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2007 Todos los derechos reservados.
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2007 Todos los derechos reservados.
EDAD DEL BRONCE Y GRECIA ANTIGUA






I.- Edad de Bronce....................................3
   1.- Civilización egea
   2.- Mundo Micénico
II.- Bronce Final y Hierro Antiguo..........24
   1.- Europa Mediterránea. Asentamientos
   2.- Europa Templada. Asentamientos
   3.- Europa Oriental.Asentamientos
III.- Epoca Oscura Griega......................40
   1.- Crisis del siglo XII
   2.- Tradición legendaria
   3.- Lengua griega
   4.- Los Dorios
   5.- Datos arqueológicos
   6.- Identidades culturales
   7.- Poemas homéricos
   8.- Homero y Micenas
   9.- El panhelenismo
   10.- Los ciclos épicos
   11.- La poesía de Hesiodo
   12.- Basileia, oikos, genos
   13.- Demos y thetes
   14.- Fundamentos teológicos. El Rey divino
   15.- Colonización del Asia Menor. Grandes migraciones
   16.- Tránsito a la civilización
IV.- Grecia Arcaica.................................61
   1.- Aparición de los nuevos estados: la polis
   2.- La propiedad de la tierra
   3.- Crisis del poder político: legisladores y tiranías
   4.- Atenas y Esparta
V.- Segunda Edad de Hierro.................101
   1.- Europa Mediterránea. Asentamientos
   2.- Europa templada y septentrional. Asentamientos
VI.- Griegos contra Persas...................112
   1.- Causas y antecedentes
   2.- Evolución de los acontecimientos
   3.- Factores políticos y económicos        
VII.- Grecia Clásica: la Penteconte-cia....................................................126
   1.- Consecuencias de las Guerras Médicas. Los jonios
   2.- Evolución política de Atenas
   4.- Esparta y la Liga del Peloponeso
   5.- De los conflictos locales a la guerra total
VIII.- Grecia Clásica II: la lucha por la hegemonía......................................145
   1.- La Guerra del Peloponeso
   2.- Recuperación de Atenas y auge de Tebas
   3.- Crisis militares e intervención persa
   4.- Crisis de la polis
IX.- Unidad de Grecia..........................166
   1.- Helenización de Macedonia
   2.- Intervención de Filipo en Grecia
   3.- Alejandro y el Imperio Universal
X.- Civilización helenística..................187
   1.- Acontecimientos políticos. La sucesión
   2.- Transformaciones institucionales. Ejército y rey
   3.- Sistemas económicos. La tierra
   4.- Sociedad helenística
   5.- Cultura y ciencia
XI.- Vida cotidiana en Grecia..............200
   1.- Lengua y literatura
   2.- La ciencia
   3.- Filosofía
   4.- Religión
   5.- Ciudades y casas
   6.- Las mujeres
   7.- Diversiones
   8.- Cómo vestían
   9.- La sociedad
   10.- El arte griego



I.- EDAD DE BRONCE
Inicio: Año 3500 a. C.
Fin: Año 1000 a. C.

En la Edad de los Metales nos encontramos con una distinción entre Bronce y Hierro. La Edad de Bronce se caracteriza por el empleo de objetos de bronce a amplia escala. La aparición de la metalurgia se manifiesta en la utilización de oro y cobre en un primer momento para después pasar al empleo de una aleación entre estaño y cobre de la que resulta el bronce. Mientras que el uso del bronce aparece ya en Egipto y Próximo Oriente hacia fines del IV milenio en Europa central y el Mediterráneo no aparecen las primeras manifestaciones hasta el III milenio prolongándose hasta el año 1000 a.C. En este período encontramos tumbas de inhumación de carácter colectivo -los famosos megalitos- y el fenómeno del vaso campaniforme. La agricultura alcanza un importante desarrollo al igual que la ganadería y los intercambios, encontrando algunas poblaciones que viven del comercio en gran medida. También en esta época apreciamos el establecimiento de organizaciones sociales. Podemos establecer diferentes áreas para el desarrollo de la Edad de Bronce: Europa del sudeste y central, Mediterráneo Occidental, Asia y Egipto. Si en el II Milenio encontramos el desarrollo de la desigualdad social en Europa templada y el Mediterráneo, también se manifiesta en Grecia y las islas la llamada Civilización Egea y el Mundo Micénico.

1.- Distribución del poblamiento

Toda la serie de transformaciones que se producen en la economía de la Edad de Bronce tienen un reflejo en el sistema de ocupación del espacio, constituyendo ésta una variable que, hoy en día, con el auge de la arqueología espacial y la proliferación de prospecciones arqueológicas selectivas y sistemáticas, comienza a disponerse de una base para poder cuantificar y valorar los sistemas de ocupación, densidad, tamaño, jerarquización y distribución de asentamientos, lo que aportará datos de sumo interés para entender problemas que han preocupado a la arqueología del territorio y que tienen una clara relación con el tamaño de las poblaciones, su especialización económica o su organización social. Cualquier organización social tiene su reflejo en la manera como organiza su propio territorio. No han sido, sin embargo, estas variables las que de forma tradicional más han preocupado a la arqueología, y a pesar de que el panorama va cambiando de manera desigual, creemos importante tratar de trazar aquí, al menos, una aproximación a problemas de densidad, distribución y jerarquización de los asentamientos. Fue Renfrew en sus ya clásicas obras "Before Civilizacion" o "The Emergence of Civilizacion. The Cyclades and the Aegean in the third millenium BC", quien puso el acento en la necesidad de la determinación del tamaño de las comunidades que dieron lugar a monumentales realizaciones como las tumbas de cámara de Rousay o Arran en las islas Orcadas, los templos de piedra de la isla de Malta, los palacios cretenses y micénicos, o los recintos ceremoniales tipo hongo del tercer y segundo milenio a.C. de Wessex, en Inglaterra. Recurriendo a una serie de paralelos etnográficos, como los de la Isla de Pascua o las denominadas marae, plataformas rituales de Tahití, Renfrew trata de demostrar que en unos casos basta con la colaboración de un reducido número de personas para construir algunos de los grandes megalitos de las Orcadas y que, sin embargo, será necesaria la colaboración de un elevado número de personas, correspondientes a diversas comunidades, para construir monumentos como Stonehenge. Por tanto, parte de las realizaciones que una sociedad ha dejado dependen del número de sus componentes o de la capacidad de su organización para reclutar personas dispuestas o forzadas a realizar trabajos en pos de la comunidad o de sus símbolos, puestos en evidencia por obras como las grandes pirámides egipcias o las ciudades mesopotámicas, en los casos extremos. No tenemos, por ahora, apenas datos sobre la evaluación de la población en distintas zonas y épocas, por lo que haremos referencia a estos problemas en un sentido muy general y con valoraciones muy ambiguas, que irán cambiando a medida que este tipo de problemas vayan interesando a la investigación y encontremos, por tanto, documentación que permita reflejar estos parámetros en las futuras síntesis. Se ha considerado que el modelo económico de agricultura-ganadería impone un sistema de ocupación de pequeñas aldeas dispersas, que reflejan poca cohesión social entre ellas y que determinan una densidad de población muy baja, con una cierta tendencia a la movilidad de los asentamientos a medida que lo requieren las condiciones de productividad de las tierras. A partir de los cambios producidos en la base económica, este panorama general tendió a modificarse, pero esta modificación no fue ni en un mismo sentido ni deparó unas mismas fórmulas de ocupación del territorio, como tampoco lo eran las estrategias económicas, ni lo serán las organizaciones sociales dependientes de ellas.

Europa del Sudeste y Central
La Europa central ofrece un buen ejemplo de un crecimiento poblacional que, para la época identificada con la cerámica decorada con cuerdas, finales del cuarto milenio y comienzos del tercero, lleva a la multiplicación de los asentamientos sin que ello reporte una concentración del poblamiento en unidades mayores, fenómeno que afectará, en el mismo sentido, a otras zonas de la Europa septentrional o a las islas Británicas. Esta situación se mantendrá a lo largo de casi todo el tercer milenio, ocupándose no sólo los terrenos más aptos para la agricultura, sino también nuevos terrenos ganados al bosque o en zonas marginales, en un fenómeno considerado como de colonización agrícola de nuevos y más variados medios. En contraste con este proceder, encontraremos cómo en el sudeste de Europa existe una tendencia a una cierta concentración de la población en algunos de los centros ya ocupados con anterioridad, de modo que se comienza a asistir al crecimiento de algunos asentamientos, mientras son abandonados otros muchos. Éste es el caso de la zona de Bohemia o Bulgaria, donde en el grupo de Baden y Vucedol se pueden encontrar yacimientos, como el propio Vucedol, donde se aprecia un desplazamiento del hábitat hacia colinas elevadas, altas terrazas fluviales, elevadas sobre el cauce de los ríos y mesetas, con el mantenimiento de algunos tells de ocupación anterior, al mismo tiempo que se siguen detectando pequeñas aldeas dispersas. Este cambio de ubicación de muchos poblados hacia zonas más elevadas es común a otras zonas de Europa oriental, como el sur de Polonia, donde también se evidencia una disparidad de tamaños entre yacimientos mayores y menores. Este fenómeno de diferenciación apreciable en los tamaños suele coincidir, en las zonas donde ello se produce, con la aparición de sistemas de fortificación a base de empalizadas y fosos, caso de Vucedol o Ezero. Este hecho se ha relacionado con la existencia de niveles de inseguridad, por un lado, y, por otro, como consecuencia de una jerarquización del asentamiento, lo que supondría la aparición de algunos centros mayores que, además de las murallas, muestran una cierta especialización en la elaboración de algunas artesanías o en el control de algunas rutas de intercambio, detectadas por la aparición de determinadas materias primas. Sin embargo, aunque algunos datos hayan podido venir a sustentar estas interpretaciones, como la organización interna del yacimiento de Vucedol, donde algún edificio tiene estructuras singulares y en cuyo interior se han encontrado tumbas con niveles de riqueza especiales en sus ajuares, no puede decirse que estemos ante un modelo extendido y concentrado poblacional y jerarquización de los asentamientos, expresado en especial por la aparición de murallas, puesto que también se han documentado yacimientos pequeños amurallados, o tumbas ricas en otras estaciones, donde también se reflejan netas diferencias entre ajuares. No podemos, con los datos disponibles, desarrollar un cuadro coherente de los sistemas de articulación territorial hasta época más avanzadas en el tiempo, pero parece evidente que algo está cambiando con respecto al modelo de los milenios precedentes. Los trabajos de Renfrew sobre las sociedades del Egeo en el tercer milenio a.C. permiten una mejor evaluación de esta variable. En primer lugar, el tipo de asentamiento dominante a lo largo del milenio puede considerarse pequeño, con una inmensa mayoría que no sobrepasaba las dos hectáreas y densidades variables que van de los cuatro asentamientos por 1.000 kilómetros cuadrados en Macedonia a más de 20 en las Cícladas, con cifras medias de 15 para Creta o Eubea, lo que arrojaría densidades de población estimadas de algo más de 200 hab/1.000 km2 para Macedonia mientras que Creta alcanzaría los 800 y las Cícladas los 1.500. Estos parámetros son sensiblemente más bajos que los estimados por el propio Renfrew para la isla de Malta. No obstante, cabría resaltar que entre estos asentamientos sobresalen algunos debidos a diferentes factores; por un lado, el de Cnosos presenta un tamaño muy superior al resto de los asentamientos del tercer milenio de la isla de Creta, y, por otro, el de Vasiliki posee un edificio de características singulares que recuerda la planta de los posteriores palacios minoicos. En el continente, Lerna tiene otro edificio en el interior de un espacio amurallado parecido al de Vasiliki, donde ha aparecido un importante lote de sellos de arcilla con motivos geométricos impresos, o Chalandrianí, en la isla de Siros, que posee una muralla bastionada que fue tomada por la investigación como el prototipo de las aparecidas en el Mediterráneo occidental durante el tercer milenio. En este mismo asentamiento, sus necrópolis han deparado considerables desigualdades en los niveles de riqueza de sus ajuares, con tumbas muy ricas, consideradas principescas y otras muy pobres. Algo similar encontramos en la mítica Troya II, donde Schliemann, en el siglo pasado, pudo excavar tumbas de gran riqueza, sin olvidar sus grandes edificaciones y sistemas de murallas, ya presentes en Troya I. En Anatolia pueden encontrarse otras ciudades amuralladas, como la fortaleza de Kultepe. Este registro ha permitido especular sobre una cierta jerarquización entre los asentamientos, que podrían convertirse en centros regionales o locales y ser el reflejo de un nivel de jerarquización social. El panorama del tercer milenio se modifica sustancialmente durante el segundo, incluso ya desde sus comienzos. En diferentes lugares de Europa, Balcanes, Cárpatos, Europa central, de Rumanía a Alemania Occidental, se asiste al nacimiento de lugares fortificados (Varsand o Barca), con fosos y murallas y la continuidad de otros anteriores, Toszeg y Monteoru, en los Balcanes, que en las áreas mejor conocidas como Eslovaquia se constituyen en centros de un conjunto de asentamientos más pequeños, no fortificados, conjuntos situados en zonas bien definidas por la topografía. Este modelo habla con claridad de una jerarquización entre asentamientos que proyectan sobre el territorio las características organizativas de la sociedad, que también quedan reflejadas en la distribución y complejidad de las necrópolis. Aunque este sistema no está documentado de manera generalizada, se ha supuesto, a partir de los casos conocidos, que un sistema de centros regionales, casi siempre fortificados, se debió extender por todo el solar del grupo Unetice y Túmulos, de la primera mitad y segunda del segundo milenio, respectivamente. Entre estos centros pueden citarse a Veselé, Spyseky, Sturtok u Homolka, recogidos por Champion, Gamble, Shennan y Whittle, a los que se les ha dado una explicación en relación con la complejidad social de los grupos que los habitaron, con un extendido recurso a la guerra que caracterizó todo el segundo milenio en Europa, deducido del alto nivel de armamento en bronce que se ha encontrado en las tumbas y la frecuencia del uso de fortificaciones. En Europa occidental, atlántica y mediterránea, la situación es desigual. Los conocimientos que se poseen sobre los hábitats correspondientes al segundo milenio, y, por tanto, de los grupos Wessex, Túmulos Armoricanos o Países Bajos, es prácticamente nulo, por lo que es imposible esbozar una aproximación al sistema de ocupación y explotación de estos territorios; la espectacularidad de sus enterramientos bajo túmulos, con ajuares de gran riqueza metálica que tienden a ir empobreciéndose a la vez que se sustituye el ritual de inhumación por la incineración, sugieren una ocupación que refleja una estructura social derivada de los sistemas funerarios, con el mantenimiento de los anteriores centros considerados ceremoniales, entre ellos las últimas fases de Stonehenge.

Mediterráneo occidental
En el extremo occidental del Mediterráneo encontramos los casos del sureste de la Península Ibérica o la fachada sur de la costa atlántica portuguesa, donde Chapman ha propuesto una colonización agrícola a lo largo del tercer milenio. En la segunda mitad del tercer milenio encontramos en ambas zonas poblados fuertemente amurallados como Los Millares, Almizareque, Cabezo del Plomo, el Malagón o el Cerro de la Virgen, para el sudeste, o Vilanova de San Pedro, Zambujal, Monte da Tumba, Pedra do Ouro o Rotura, para el territorio portugués. Los tamaños son muy similares entre unos y otros, si exceptuamos el caso de Los Millares que alcanzaría las 5 hectáreas o el de El Malagón (Granada), con una información insuficiente para una valoración adecuada de su extensión real. En cuanto a los habitantes, se ha calculado que existe una gran diferencia entre los más pequeños, que no llegarían a los 100 habitantes, o las aglomeraciones como Los Millares, con más de 1.000 habitantes, mientras que en Portugal ninguno alcanzaría estas cifras, si exceptuamos un caso anormal, el de Ferreira do Alentejo, que presenta una superficie ocupada de más de 50 hectáreas, con una insuficiente documentación de difícil valoración, siendo lo normal aquellos asentamientos con superficies ocupadas de menos de 0,1 hectárea y menos de 100 habitantes, y los que ocupando entre 1 y 5 podrían llegar a tener entre 150 y 300 habitantes. Estos parámetros han servido para plantear, junto a la aparición de murallas o ciertas especializaciones artesanales, una jerarquización de los asentamientos de estas zonas. Un fenómeno similar puede seguirse en el sur de Francia, donde los hábitats algo más densos de finales del cuarto milenio del grupo Chassey dan paso a una expansión poblacional a lo largo del tercer milenio, alcanzándose el "plateau des pasteurs", donde se documentan poblados fortificados en Le Lebous o B. Boussargues, en un proceso de jerarquización entre asentamientos parecidos al del sudeste o Portugal, que va acompañado por la presencia de los primeros objetos metálicos y otros signos de un intercambio activo. Por último, la península italiana revela una acusada diferenciación entre la zona norte, más unida al continente, donde no se observa dato alguno que pueda permitir plantear una jerarquización de asentamientos, mientras que en el centro y sur existen algunos asentamientos fortificados como Tufariello, con una necrópolis que refleja diferencias en los niveles de riqueza de sus ajuares, pero una auténtica jerarquización entre asentamientos no se establecerá hasta etapas muy posteriores. Durante el II milenio, en las costas mediterráneas occidentales, el proceso iniciado en el sur de Francia con la colonización agrícola de las tierras interiores y el surgimiento de poblados amurallados, similares a los del sureste de la Península Ibérica, indicaban un comienzo de jerarquización que queda interrumpido durante el segundo milenio, según Chapman, según la documentación que se posee. Algo parecido ocurre con el norte y centro de la península italiana, aunque aquí la presencia de poblados fortificados anteriores al segundo milenio estaba mal atestiguada. Por el contrario, en el sur es durante la segunda mitad del milenio cuando se documentan poblados fortificados, lo que se ha puesto en relación con la presencia de importaciones de objetos micénicos, que a través del comercio impulsarían una complejidad social y una jerarquización visible en el surgimiento de estos poblados amurallados, como mantiene Smith. Recientes e intensas prospecciones han documentado signos territoriales de concentración demográfica y aparición de estratificación social en Etruria, ya a finales del segundo y principios del primer milenio, que Chapman ha relacionado con el registro suministrado por las necrópolis del grupo vilanoviano. No hay ninguna duda de que la zona donde el proceso iniciado con anterioridad alcanza su mayor grado de complejidad es en el sureste de la Península Ibérica. El área de El Argar se solapa con el territorio donde se desarrolló el grupo de Los Millares. El espacio ocupado por El Argar se ha estimado en unos 45.000 kilómetros cuadrados, según Chapman, con poblados de una extensión comprendida entre las 3,5 hectáreas de la Bastida de Totana (Murcia) y 0,13 del Picacho de Oria, con una superficie media ocupada de 1,5 hectáreas por asentamiento de los 21 computados. Esto equivale a una estimación de habitantes que se sitúa entre 40 y 1.200, lo que arrojaría densidades medias de población de 3,13 hab./km2, en estimación de Chapman. Estas estimaciones son sólo una aproximación, ya que faltan por computar muchos asentamientos detectados en recientes prospecciones superficiales o excavaciones recientes, no suficientemente publicadas. Es visible una diferencia apreciable entre los tamaños de estos poblados, que queda más evidente cuando se hace referencia a la estructuración de algunos de ellos, con áreas centrales o acrópolis amuralladas y evidencias de una centralización del control de productos subsistenciales o críticos en graneros, cisternas para agua, y edificios de funciones consideradas especiales. A ello hay que unir los niveles de riqueza muy diferenciados de las sepulturas de las acrópolis, con relación a los del resto del poblado, circunstancia evidenciada en Fuente Álamo (Almería) o Cerro de la Encina (Monachil, Granada), entre otros poblados. También puede destacarse, aunque con un elevado grado de inseguridad, un crecimiento demográfico, afirmación apoyada en la mayor densidad de habitantes por poblado, lo que ha hecho afirmar a Lull que existe una expansión del poblamiento argárico a zonas no ocupadas con anterioridad, afirmaciones no concordantes con el nivel de registro actual, aunque sí pueden observarse cambios en los sistemas de ocupación del territorio entre el tercer y segundo milenios, constatado por Mathers, por lo que los cambios se orientan más a causas derivadas de la organización social y los subsiguientes sistemas de explotación que hacia otras razones, como la presión demográfica. En zonas próximas al Sureste, campiñas jienenses del Alto Guadalquivir, se ha propuesto un modelo de ocupación territorial con una estructura que ha permitido a Nocete leer este registro como la expresión territorial de una organización política estatal. En él encontramos desde grandes centros amurallados, que ocupan un lugar destacado y centralizan diferentes tipos de asentamientos más pequeños, unos establecidos en lugares estratégicos amurallados, considerados como especializados en la coerción, y otros como poblados de distintos tamaños, situados en las zonas llanas, no amurallados y dedicados a la producción agrícola. Este territorio queda delimitado por un sistema de organización espacial que incluye una auténtica frontera. Esa estructura territorial se interpreta, desde la teoría materialista histórica, como un territorio político de corte estatal, interpretación que creemos ha de ser considerada hipotética a falta de una mejor contrastación del registro arqueológico. El desarrollo de este sistema se considera la culminación, a comienzos del segundo milenio, de un proceso social iniciado ya en el cuarto milenio. En otras zonas de la Península Ibérica, La Mancha y el País Valenciano, se conoce un número importante de asentamientos que han permitido establecer los sistemas de ocupación de esas zonas. En La Mancha, el poblamiento se estructura en dos tipos diferentes de asentamientos, las motillas o poblados situados en el llano, constituido por una fortificación turriforme central, en torno a la que se dispone el poblado, y asentamientos de altura, situados en las elevaciones internas o rebordes de La Mancha, también amurallados. Resulta difícil establecer una jerarquización entre estos asentamientos, dado el nivel de excavaciones y las estimaciones de superficies de ocupación todavía tan aproximativa, como señala Chapman. Lo que sí ha sido comprobado es una cierta especialización espacial relacionada con la transformación, la producción y el almacenamiento, ya que en el área central amurallada se efectúan actividades de producción cerámica y metalúrgica y almacenamiento de ganado y cereales, además de un pozo para agua potable, documentado en la Motilla del Azuer (Ciudad Real), datos aportados por Nájera. El contraste con los asentamientos de altura, sin que por ahora se haya constatado producción o almacenamiento centralizados en éstos, estriba en los distintos niveles de riqueza, expresada en la mayor presencia de metalurgia en los ajuares funerarios de las sepulturas de los poblados de altura, y en general una mayor presencia de objetos metálicos en el registro de estos poblados sobre los del llano. Se ha querido establecer una jerarquización entre asentamientos a escala regional, a lo largo del segundo milenio, sin que parezcan existir suficientes elementos para esta suposición. En el área levantina, los poblados conocidos como propios del Bronce Valenciano se sitúan en alturas bien destacadas, en muchos casos con fortificaciones centrales, al igual que los poblados argáricos o manchegos, fenómeno que, a lo largo del milenio, se puede encontrar en las islas Eolias, Nuragas y Torres en Cerdeña y Córcega. Así, estos fenómenos han sido considerados por Lewthwaite consecuencia de economías agrícolas en zonas de alto riesgo medioambiental, que han permitido y estimulado procesos de jerarquización que no fueron capaces de generar los niveles de producción que desembocaron y mantuvieron sociedades estatales, propias del Mediterráneo oriental. En contraposición, Renfrew mantiene que las innovaciones tecnológicas son imprescindibles para permitir unos niveles de intensificación tales que permitieran la aparición del Estado. Desde una óptica materialista será la aparición de la explotación y la institucionalización de las desigualdades a través de las clases sociales, con su expresión territorial, la causa de la aparición del Estado.

Asia y Egipto
Niveles importantes de concentración poblacional se habrían alcanzado ya en el quinto milenio en amplias zonas del Próximo y Medio Oriente, donde también, desde esta misma época, se conocen asentamientos amurallados, como Tell-es-Sawwan, Hacilar o Mersin, sin que en ellas puedan aún identificarse edificios singulares como los posteriormente considerados templos, construidos sobre plataformas de ladrillos. La aparición de estas edificaciones en la segunda mitad del quinto milenio en Mesopotamia y la diferenciación entre grandes aglomeraciones, que suelen poseer estos templos, y las que no los poseen, que resultan visiblemente menores, indican un claro proceso de diferenciación entre estos asentamientos. Entre los asentamientos mayores encontramos ahora, en el periodo de El Obeid, los de Uruk, Eridu o Susa. Más tarde, a lo largo del cuarto milenio, la jerarquización entre asentamientos no sólo será una realidad contrastable en función de sus tamaños, sino que también lo será por sus funciones. Se ha llegado a establecer que la propia ciudad de Uruk hacia el 3750 a.C. pudo alcanzar la cifra de 10.000 habitantes, de los que su inmensa mayoría eran agricultores, pero ya puede hablarse de sectores de población que se ocupan de actividades artesanales especializadas o de funciones religiosas o administrativas. Uruk, Eridu, Susa o Choga Mish se convierten en auténticas ciudades, de las que dependen una escala amplia de asentamientos jerarquizados, convirtiéndose estas ciudades en el centro de su región. Su símbolo lo constituía el templo, que continúa construyéndose sobre una gran plataforma de ladrillos, ahora dotados de espectaculares fachadas, realizadas con técnicas de mosaicos multicolores. Una evidencia más de esta especialización progresiva y de una clara diferenciación de funciones en estos centros urbanos, lo constituye la fundación, hacia el 3500 a.C., de un auténtico puerto a orillas del río Éufrates, con una extensión urbana de más de 20 hectáreas, rodeadas por un cinturón de murallas, reforzadas con torres cuadradas. Los últimos siglos del cuarto milenio significan el apogeo de la llamada revolución urbana, con la construcción de nuevos templos, a veces sobre los ya existentes, de estructuras tripartitas y columnatas exentas. Juntos a estos edificios, son también característicos de este momento los grandes almacenes en el interior de la trama urbana y la aparición de otros grandes edificios que no tienen carácter religioso, mostrando una cierta separación entre el poder político y el religioso, que cristalizará con la aparición hacia el año 3000 de la primera dinastía sumeria y, con ella, la Historia escrita de la zona. Pocos datos se poseen de los periodos predinásticos egipcios y, mucho menos, relacionados con los tipos y distribución de los asentamientos, debido a las especiales condiciones topográficas y climáticas del estrecho valle del Nilo, hasta épocas inmediatamente anteriores al periodo predinástico, es decir, finales del cuarto milenio a. C., que es cuando parece que se inician los asentamientos en relación con la explotación directa del valle inundable del río. Algunas aldeas, como la de Nagada, presentan una cierta concentración de cabañas y constituyen una de las mayores aglomeraciones de la época del mal conocido poblamiento del valle. Este hecho, la ocupación del valle, y una rápida implantación de los sistemas de regadío, contribuyen a un crecimiento demográfico importante, base de las concentraciones humanas que caracterizan al Imperio Antiguo, pero que no pueden llamarse ciudades al modo de las mesopotámicas. Sin embargo, en el Extremo Oriente, las primeras aldeas de campesinos de Yang-Shao, como Pao-Chi y Pan-p'o-ts'un en Shensi, muestran una ordenación de las viviendas, rodeadas por un foso, en torno a un espacio central, lo que ha hecho pensar en una estructura segmentada de la sociedad que las construyó, según Clark, ya en la primera mitad del cuarto milenio, mientras que durante el tercer milenio se dotarán de murallas de tierra alrededor de todo el asentamiento, en el grupo de Lungshan. Como puede verse en este apretado panorama, no existen demasiados datos de los aspectos relacionados con los sistemas de ocupación de los territorios, de las densidades y distribución de los asentamientos o de las relaciones entre ellos, por lo que son muy escasos los intentos de cuantificación acerca de las extensiones reales que ocupan los grupos humanos y, por tanto, de las delimitaciones espaciales reales de las culturas y, con ello, las dificultades de evaluación de los cambios ocurridas en las mismas. Esta situación no es mucho mejor cuando se trata de hablar del tamaño y densidad de las poblaciones; sin embargo, una de las razones más invocadas para explicar tanto las intensificaciones económicas como la expansión de los grupos humanos, ha sido la presión demográfica y, de una manera inexplicable, no ha existido una preocupación real por cuantificar este extremo, lo que indica que el recurso a esa explicación era más teórico que una auténtica variable a registrar por parte de los programas de investigación. No obstante, parece que, en los casos donde este tipo de cuantificaciones se han realizado, existe una buena base empírica para contextualizar las evoluciones de las sociedades en el orden económico, social y político. De cara a un resumen, sólo puede apreciarse que, en términos muy generales, se aprecia un avance en la cantidad y extensión de la población durante el cuarto-tercer milenios, lo que en determinados casos, dentro del espacio europeo, marcó el inicio de procesos de concentración del poblamiento y una jerarquización entre los asentamientos que empiezan a diferenciarse en sus tamaños, además de otras características como la adquisición de fosos, murallas, edificaciones singulares de distinto carácter o especializaciones funcionales, todo lo cual prueba una creciente complejidad que a lo largo del segundo milenio desembocará en organizaciones sociales más estratificadas e incluso, en determinados casos, con el nacimiento de los primeros estados europeos. Por lo que respecta a Mesopotamia y Egipto, este proceso se adelanta en más de un milenio, de forma que ya a comienzos del tercer milenio vemos nacer las primeras dinastías de sus imperios. Extremo Oriente, el valle del Indo y China siguen un proceso algo diferente y no podremos asistir al nacimiento de auténticas ciudades hasta el segundo milenio, en que China se incorpora al grupo de los grandes imperios orientales, con sus propias dinastías, mientras que en la India se sigue un camino más complejo. En el valle del Indo, centros como Harappa o Kalibangan muestran, durante la primera mitad del segundo milenio, una trama urbana bien organizada, con zonas diferenciadas para las viviendas populares donde se pueden distinguir barrios especializados en diferentes artesanías, frente a zonas donde existen edificaciones consideradas públicas, entre las que sobresalen enormes graneros o almacenes, situados a veces en las ciudades amuralladas, pero que sorprendentemente no han podido atribuírseles funciones como templos o palacios, mientras que las ciudades, como la de Mohenjo-Daro, parecen más un lugar comunal, con baños, graneros y salas de reunión que el lugar de residencia de un rey o una elite aristocrática de cualquier tipo. El propio registro funerario no permite hablar de una auténtica estratificación social ni de tumbas reales, a diferencia de lo que ocurría en el Egeo o Mesopotamia o incluso en la China Shang, donde, ya en la segunda mitad del segundo milenio, aparecen ciudades como Cheng-Chou, con un urbanismo ortogonal, de una extensión de 350 hectáreas, barrios organizados por trabajos artesanales, zonas de edificios públicos, murallas y palacios, concentrados en una zona destacada de la ciudad. En la segunda mitad del milenio, la capitalidad Shang pasa a Anyang, al norte de Honan, manteniéndose las características urbanísticas de la anterior capital. Lo más destacado en el caso de Anyang son sus estructuras funerarias, destinadas a sepulturas de los emperadores, frente a una ingente cantidad de enterramientos comunes. Son grandes fosas en forma de cruz, formadas por rampas que dan acceso a una cámara central, con ajuares propios de la dignidad de los enterrados, donde destaca el enterramiento de todo su séquito, hombres y vehículos, con sus caballos y conductores, lo que nos habla de la estratificación social y el poder despótico de estas dinastías de Extremo Oriente.

Organización sociopolítica
El tercer milenio y el final del cuarto se consideran las épocas en que las sociedades europeas evolucionan de niveles igualitarios de organización a estructuras más complejas que serán el preludio de la aparición, durante el segundo milenio, de los primeros estados europeos. Esta evolución es también perceptible en otros lugares del Viejo Mundo, aunque en épocas anteriores, en Mesopotamia y Egipto y, por las mismas épocas que en Europa, en el valle del Indo y en China. El estudio de los procesos sociales es uno de los terrenos donde la posición teórica que adopten los investigadores resulta más importante para comprender las distintas tipologías establecidas o qué factores resultan determinantes a la hora de comprender los procesos de evolución social. Al mismo tiempo esas tipologías, tomadas de la aplicación de posturas teóricas al estudio de sociedades primitivas actuales por parte de las distintas escuelas antropológicas, han hecho posible que se puedan establecer paralelismos con etapas prehistóricas de las que sólo nos queda el registro de la cultura material y sus relaciones. La escuela materialista histórica, basada en los trabajos de los antropólogos E. Terray, M. Sahlins, M. Godelier, etc., sobre sociedades precapitalistas, ha aportado un marco interpretativo para las cuestiones sociales que ha influenciado a historiadores materialistas históricos, e incluso a otras corrientes, como el materialismo cultural de M. Harris. Esta posición ha sido adoptada por parte de algunos de los arqueólogos que estudiaron la época que aquí abordamos, A. Gilman, S. Shennan, K. Kristiansen, C. Tilley, etc. En estas posturas se priman las relaciones hombre-hombre, que son las que a través de la contradicción y el conflicto, inherentes a toda sociedad humana, permiten abordar el estudio de los cambios ocurridos en las formaciones sociales. El paso de sociedades igualitarias a sociedades de clases, que caracteriza a la organización política de la sociedad encarnada por la aparición del Estado, se produce a través de un proceso en que van apareciendo desigualdades en el acceso a los recursos y el nacimiento de una serie de controles sociales que permiten la aparición de productores y no productores o, lo que es lo mismo, la explotación de unos seres humanos por otros. Ese proceso surge a partir de sociedades donde las relaciones de producción, y, por tanto, económicas, se basan en los lazos de parentesco que sirven para articular la sociedad y enmascarar las desigualdades. La toma de la capacidad de decisión económica y política por parte, primero de linajes o segmentos, aún unidos por lazos de parentesco, y más tarde, de individuos y élites próximas, rompen esas relaciones en favor del papel del individuo y cambian las relaciones sociales de producción. La otra postura mayoritaria en los estudios de las organizaciones sociales se basa en la antropología evolucionista americana, en su versión más moderna del neoevolucionismo, encarnada por E. Service y M. Fried. Esta postura intenta reducir la evolución social a una serie de tipos con un claro contenido evolucionista, muy en línea con las posturas del siglo XIX, consecuencia de la generalización de las teorías sobre la evolución de la vida en la tierra, enunciadas por Darwin. Esos tipos tienen un contenido no sólo social, sino también económico; así, dentro de las categorías que se han establecido para marcar los estadios evolutivos de la complejidad social, el nivel más simple correspondería a la banda de Service, propia de sociedades con base económica en las actividades de caza y recolección y que para Fried tienen como característica fundamental la igualdad en las relaciones sociales, destacándose los aspectos de integración social en el primer caso y las diferencias en el otro. Para un estadio evolutivo siguiente, que coincide con la instauración de la agricultura y la ganadería como formas económicas dominantes, se estableció la categoría de la tribu, donde la integración social es mayor y se asiste al comienzo de la diferenciación entre sus miembros estableciéndose, en palabras de Fried, una jerarquización que no llega a cristalizar en unas instituciones centralizadas que regulen la reciprocidad, forma fundamental de las relaciones sociales. La jefatura como forma previa a la instauración del Estado ha sido una de las categorías más discutidas de estas tipologías y la que mayor aceptación ha encontrado entre un buen número de investigadores, incluso entre los que se alinean en teorías muy diferentes a las de Service o Fried, como el materialismo. La jefatura se caracteriza por una diversificación social mayor, con grados de institucionalización crecientes que incluye la heredabilidad de la condición social, que ha sido caracterizada por Fried como estratificación. La forma normalizada de relación social es la redistribución. El éxito alcanzado por esta categorización social se puede comprobar por los diferentes usos que de ella se han hecho, aplicada a la Prehistoria Reciente europea o a zonas muy diferentes y tiempos diversos a lo largo del mundo. Renfrew acuñó el uso de unas jefaturas orientadas al grupo para sociedades europeas, con manifestaciones más destacadas en los grandes monumentos megalíticos de carácter colectivo, frente a formas de jefaturas individualizadas, manifestadas por enterramientos individuales, donde se puede detectar la situación personal en la escala social, expresada en los ajuares por la presencia de objetos considerados de prestigio. En época más reciente, se ha establecido una nueva división de las jefaturas entre simples y complejas, que pretenden establecer una seriación más matizada en el camino hacia la sociedad estatal. La diferencia se establece en el grado de institucionalización del poder político y en el acceso diferencial a los marcos económicos, estableciéndose distribuciones asimétricas. El último estadio de esta evolución y la última categoría de esta clasificación es el Estado, en el que las relaciones sociales ya no descansan sobre los lazos de sangre o los sistemas de parentesco, y en el que el poder institucionalizado se manifiesta en un corpus de derechos y obligaciones establecidos en forma de leyes sancionadas o impuestas por la autoridad de unos pocos sobre los demás, garantizado por el uso exclusivo de la fuerza.
NECRÓPOLIS. Estas diferencias se refuerzan por las características propias de la residencia de los muertos, las necrópolis. Una nueva diferencia caracteriza la Europa central suroriental y las estepas pónticas, de la Europa occidental, incluyendo el área mediterránea. Se trata del ritual de enterramiento usado con carácter general en las zonas orientales, la costumbre casi exclusiva de las sepulturas individuales, fundamentalmente inhumaciones, aunque hay que señalar áreas de cremaciones, como en Europa central, que se diferencian con nitidez de la costumbre predominante en la zona occidental y nórdica del enterramiento colectivo, con un uso muy extendido de los sepulcros megalíticos, de diferentes tipologías, siempre con un ritual de inhumación. Esta situación, según las zonas, se mantiene hasta la segunda mitad del tercer milenio en que en amplias áreas, donde luego se observará la presencia de las cerámicas de cuerdas y campaniformes, se produce la sustitución de los enterramientos colectivos por las tumbas individuales, a excepción de parte de la Península Ibérica, la fachada atlántica, sur de Francia e islas Británicas, donde la persistencia del enterramiento colectivo se alarga hasta el segundo milenio. Esta distinción coincide, en parte, con la que establecimos para una cierta jerarquización entre asentamientos, aunque la escala utilizada sea demasiado amplia, a pesar de lo cual se ha planteado la existencia de centros regionales, categoría otorgada a algunos de estos poblados, como el caso de asentamientos de Europa centro-oriental. Ello se une a la documentación de unas claras diferencias entre unas pocas tumbas y el resto de ellas en la mayoría de las necrópolis, con casos realmente espectaculares como el de la necrópolis de Varna en Bulgaria, donde entre 250 tumbas, casi todas inhumaciones flexionadas, sobresale un pequeño grupo de sepulturas agrupadas, con niveles muy diferentes de riqueza en los ajuares: metal, cobre y, sobre todo, oro para colgantes, pectorales y emblemas, que acompañan a estos pocos inhumados y otras necrópolis, aunque menos destacadas, donde también puedan diferenciarse pocas tumbas con ajuares mejor dotados que sobresalen del resto de las sepulturas, como Bodrogteresztúr o Tiszpolgár en los Cárpatos.
ORGANIZACIÓN TERRITORIAL. La dificultad de realizar la lectura de las características propias de los diferentes estadios en este apretado esquema de evolución de las sociedades prehistóricas, reside en la naturaleza del registro arqueológico y en la imposibilidad de contar con otras fuentes, como las literarias, haciéndose necesario especificar en qué variables del registro residen las posibilidades de leer las condiciones específicas de las relaciones sociales. Es la dimensión espacial el ámbito del registro arqueológico que mejor puede reflejar el sistema de organización de las formaciones sociales, de modo que es en el territorio, espacio organizado por el hombre, donde quedan registrados aspectos económicos y políticos. El establecimiento del patrón de asentamiento en su vertiente de territorialidad, la jerarquización, las diferencias de actividades de producción y residenciales, la reestructuración urbana y los registros funerarios, serán los indicadores que permitan establecer las correlaciones entre la dimensión espacial y la organización social. Al tratar el tema de la organización espacial entre asentamientos, vimos cómo la situación es diferente en amplias zonas de Europa. En la zona central y oriental (Alemania, Polonia, Eslovaquia, Bulgaria, Yugoslavia y Grecia) podía observarse una jerarquización de asentamientos, con algunos mayores, fruto de una concentración poblacional, que además se dotan de murallas defensivas o fosos de sección en V e incluso, en algún caso, se han identificado la existencia de espacios relacionados con la producción artesanal especializada, como el barrio alfarero de Zvanec, en Ucrania, o algún edificio destinado a actividades artesanales específicas, como el mégaron del poblado amurallado de Vucedol, con evidencias de actividades metalúrgicas, además de estar situado en la parte más destacada de la acrópolis del poblado, o los de Lerna en el Peloponeso, con su Casa de las Tejas o Cnosos, en la isla de Creta, por su mayor tamaño en relación con los asentamientos contemporáneos, o el caso de Troya II, en Anatolia, todos pertenecientes al tercer milenio. En Europa occidental, incluidas las islas Británicas, y septentrional, no ha podido establecerse un tipo de organización espacial similar al de Europa suroriental, con una serie muy limitada de poblados fortificados, a base de empalizadas y fosos, tales como Sarup y Toftum en Dinamarca, que constituyen excepciones en un panorama de pequeños poblados, aunque a veces muy numerosos, con un limitado número de cabañas en el interior de un espacio definido por unas empalizadas o terraplenes y fosos, modelo que se extiende por toda Francia, Bélgica, Suiza y las islas Británicas.
ESTABLECIMIENTO ORGANIZACIONES SOCIALES. ¿De qué naturaleza son las diferencias que reflejan la jerarquización de asentamiento, unido a las diferencias apreciables en el ritual funerario? Conviene señalar que las variedades de sistemas de enterramiento observable en las necrópolis: ritual, tipo de tumbas, niveles de riqueza y presencia de símbolos de estatus o rango, no tienen una misma lectura, de forma que se discute si en la muerte se mantienen los mismos niveles de diferenciación social que en la vida y cómo se expresan éstos en el registro funerario. La inversión del trabajo en la construcción de grandes monumentos funerarios, los ritos complejos y la introducción de objetos como ajuares que requieren una elaboración compleja o impliquen el uso de materias primas exóticas o de difícil consecución, son considerados como indicadores de estatus diferenciados, sobre todo desde una perspectiva interna de las propias necrópolis o de las áreas locales. El aspecto territorial de las necrópolis, su ubicación en relación con los asentamientos o la distribución interna de las propias tumbas son también indicadores interesantes desde el punto de vista de las implicaciones de la organización social. En el centro de Europa encontramos situaciones mixtas, donde en una misma necrópolis o en una misma área se encuentran tumbas individuales junto a otras colectivas o la práctica de la inhumación al lado de la cremación parcial o total, en las que también pueden observarse diferencias en los ajuares aunque sin alcanzar los niveles constatados en la zona oriental, donde la presencia de útiles de cobre y las conocidas como hachas de combate en piedras duras marcan ciertas diferencias, valoradas de distinta forma según las posturas de los investigadores. El fenómeno de la coexistencia aparece en necrópolis de Bohemia, Polonia, Moravia (por ejemplo, en Budakalász), Alemania (Rossen o Baalberge), Suiza y Francia oriental, con ejemplo en Lenzburg. En la fachada atlántica europea, en la Península Ibérica, islas Británicas, área nórdica e islas mediterráneas occidentales, las tumbas colectivas en forma de cuevas naturales o artificiales, conjuntos megalíticos bajo grandes túmulos o tumbas de falsa cúpula continúan durante el tercer milenio la tradición comenzada, en muchas de estas zonas, en épocas muy anteriores, como los casos de la Bretaña francesa, la fachada atlántica portuguesa, Dinamarca o el sur de las islas Británicas. La característica fundamental, para lo que aquí nos interesa, es el carácter colectivo de estas tumbas, lo que no quiere decir que sean igualitarias. Existen diferencias que se expresan entre las sepulturas, manifestada en la monumentalidad de su construcción, su ubicación dentro de las necrópolis, con respecto a los asentamientos o a los recursos básicos de las poblaciones que las construyeron. A su vez, el contenido de las sepulturas en forma de ajuar de las inhumaciones realizadas también puede diferenciar unas sepulturas de otras. En otro sentido, aunque suele ser muy difícil establecer una correspondencia entre cada inhumación y el ajuar que se le asocia, puede suponerse que no todos los individuos han aportado un mismo ajuar, hecho documentado en algunas ocasiones. Estudios realizados por Rentaren para las tumbas megalíticas de la isla de Arran al oeste de Escocia o la isla de Rousay en las Orcadas, demuestran que la mano de obra movilizada para la construcción de los diferentes monumentos era perfectamente asumible por las comunidades campesinas que las utilizaron, no requiriendo de una gran organización extracomunitaria para su edificación, aunque existan diferencias entre unos monumentos y otros, ni una dirección especial y jerárquica que movilizase ese trabajo comunitario. Sin embargo, se considera que en otros casos, como los monumentos de distinto tipo -los grandes templos de la isla de Malta, Gigantija, isla de Gozo, Mnajdra, Tarxien o Hagar Quim, o los monumentos tipo henge del sur de Inglaterra del tercer milenio, con sus grandes manifestaciones en Stonehenge o Mount Pleasant- no pudieron ser realizados por pequeñas comunidades campesinas, sino que se requirió una organización que fuera capaz de movilizar un elevado número de recursos humanos y centralizar y coordinar el trabajo a realizar. En el extremo sureste de la Península ibérica, en la necrópolis colectiva de Los Millares (Almería), hay un cementerio de la segunda mitad del tercer milenio, perteneciente a un gran poblado amurallado de unas cinco hectáreas de extensión y con cerca de un centenar de tumbas colectivas de tipo tholos, con cámara cubierta por falsa bóveda, bajo túmulo y un número de inhumaciones que oscila entre más de 100 y una media de 20 individuos por tumba. Entre ellas se han podido establecer diferencias notables, desde la energía necesaria para la construcción de cada sepultura hasta la presencia de objetos de prestigio en sus ajuares: objetos de cobre, marfil, cáscara de huevo de avestruz, ámbar, cerámicas con decoración simbólica, pintadas o campaniformes, que han llevado a plantear a Chapman que estamos ante tumbas colectivas que reflejan la existencia de grupos corporativos, que se diferencian unos de otros dentro de una escala jerárquica, pero siempre dentro de unas relaciones de parentesco, que indican una adscripción a diferentes estatus de los inhumados, aunque con un carácter colectivo, no individual. Esta situación de diferencia entre tumbas colectivas puede extenderse a otras necrópolis del sureste, Almizaraque o Barranquete en Almería, aunque menos evidente que en Los Millares, e incluso a Portugal, aunque aquí el registro es menos claro para las necrópolis y más claro para los poblados. Todo lo expuesto permite realizar una lectura donde se puede resaltar que en Europa central y suroriental, a lo largo del tercer milenio, un proceso de jerarquización social aparecería definido por un patrón de asentamiento que evidencia esa jerarquización, reforzada por la existencia de notables diferencias entre algunas sepulturas de sus necrópolis. Esa diversidad de rango viene expresada por las diferencias en los ajuares y, en algunos casos, por las estructuras de las tumbas; son siempre de carácter individual, por lo que se han utilizado términos como tumbas principescas o reales. Ello unido a que, aunque nunca existió una tradición de tumbas colectivas en estas zonas de Europa, los tipos constructivos de las sepulturas son diferentes: estructuras de madera bajo túmulos, con empleo de ocre para recubrir los cadáveres, cámaras en pozos tras un estrecho corredor, llamadas de catacumba, todo lo que ha llevado a una serie de consideraciones, dentro de unos esquemas difusionistas, que consideran estas sepulturas como indicadores de la existencia de élites militares extranjeras que, por su mayor tecnología, controlan una población más numerosa, idea difundida por Gimbutas para explicar la expansión de los grupos Kurganes del Este. En la actualidad, dentro de un esquema neoevolucionista antropológico propuesto por Service y Fried, se han considerado estas evidencias como propias de jefaturas, en las que se conservan los vínculos de parentesco pero separados en rangos, con los individuos del segmento más próximo al jefe como elite. Renfrew propuso una distinción añadida a la caracterización de jefatura para este tipo de organización social, como vimos, considerándola "individualizing chiefdom" o jefatura individualizadora, propia del segundo milenio, pero que ya aparecería en algunos casos en el tercero, en tumbas donde los objetos funerarios de lujo acompañan a individuos privilegiados. El contraste más interesante con Europa occidental es que las tumbas colectivas, aún con sus diferencias, indican un marcado carácter comunal, subrayado por la existencia de templos o santuarios donde se refuerzan los lazos comunales por la reproducción social de unas alianzas entre asentamientos o comunidades, puesto que estos templos, henges, túmulos circulares u ovales, tipo Carnac en Morbihan (Francia) requieren colaboraciones que sobrepasan las comunidades de los pequeños poblados campesinos que construyen sus tumbas colectivas y se asocian para construir centros ceremoniales, que representan organizaciones tipo clanes que se han ido segmentando en un proceso de segregación. Como hemos recalcado, el proceso de diferenciación social de los grupos de filiación parental de las necrópolis megalíticas se hace en el seno de la comunidad, por diferenciación entre los linajes o segmentos, sin que lleguen a romperse los nexos que los unen. La existencia, en algunas áreas, de un patrón de asentamiento jerarquizado sugiere que hay una diferenciación regional, con la existencia de algunos centros que canalizan la mayor parte de materias primas consideradas como exóticas o conseguidas a larga distancia, como el sílex. Ello nos permite considerar otros factores que se relacionan con la complejidad social. Se ha considerado que la existencia de una especialización artesanal es un claro indicio de una jerarquización que permite el control de un cierto nivel de excedente o sobreproducción que, en manos de una élite, libera a tiempo completo o parcial a algunos artesanos de las labores de producción subsistencial, agricultura o ganadería. Esa especialización se centra en la producción artesanal menos utilitaria y relacionada con la existencia de bienes considerados como de prestigio o de exhibición de rango. La metalurgia es una de las actividades consideradas indicadoras de la existencia de especialistas, pero hoy día son muchos los investigadores que piensan que los primeros estadios del desarrollo de esta tecnología no implican una especialización a tiempo completo, ni por la complejidad técnica ni por el nivel de uso del metal reflejado por las primeras sociedades metalúrgicas. El significado de la especialización artesanal va unido al control de las redes de intercambio regional y suprarregional, puesto que las materias primas intercambiadas y que han quedado en el registro arqueológico son aquellas que se relacionan de una forma más directa con esta producción especializada. La presencia de objetos fabricados en materias primas lejanas, cuando llegan elaborados, pueden indicar la existencia de talleres regionales que ponen en circulación estos productos; por tanto, sí se podría, en estos casos, hablar con mayor base en favor de la existencia de artesanos especializados a tiempo total, liberados de las tareas de producción. En otro sentido, la circulación de materias primas poco elaboradas o en bruto iría más en relación con la existencia de artesanos o producciones que sólo implican una especialización a tiempo parcial dentro de las comunidades locales. El registro disponible indicaría que aunque existen redes de intercambio a largas distancias, que ponen en circulación sílex, metales, piedras duras y otras materias primas, la existencia de artesanos a tiempo completo no existió en todas las comunidades y quizás sean los grupos más cercanos a las fuentes de suministro de esas materias primas las que pudieron especializarse en parte en la elaboración de objetos como hachas de combate, puñales y largas hojas de sílex, ciertas formas cerámicas o determinados objetos elaborados en cobre, plata u oro. Ello no implicaría que en las distintas comunidades no existieran especialistas que, sin estar liberados de otros trabajos, pudieran producir, por tener una mayor habilidad técnica, ciertos útiles u objetos a partir de materias primas locales o aportadas por las redes de intercambio existentes. En este sentido, Europa oriental muestra una amplia distribución de objetos en cobre, oro, concha, obsidiana, etc., para los que se han señalado puntos de origen determinados, siendo mucho menos evidente la existencia de auténticos talleres de producción especializada, aunque se han señalado para joyas como las de la necrópolis de Varna, o útiles como los cetros de oro, también de Varna, o las hacha de combate de cobre o piedras duras. Basándose en el ritual de enterramiento individual, con indicios de herencia de rango expresado en desniveles claros en la posesión de objetos de prestigio, la existencia de una especialización artesanal, centros regionales con concentración poblacional, especialización residencial, palacios y tumbas más destacadas, además del control de amplias redes de intercambio, se puede considerar que en ciertas zonas estamos ante sociedades que han sobrepasado niveles de jerarquización para alcanzar la estratificación social, que continuará acentuándose en el segundo milenio. Esta estratificación podría entenderse que se alcanza con la ruptura de las relaciones de parentesco, sustituidas por relaciones de clase, dando lugar a lo que en términos de la tipología neoevolucionista se califica de jefatura compleja, aplicada sobre todo a sociedades del Egeo, Cícladas, Creta y Anatolia, con una redistribución asimétrica que indicaría una evidencia de explotación y, por tanto, la existencia de sociedades estatales, en términos materialistas. Mientras en Europa central y occidental la variedad de situaciones es grande, sobre todo debido a una muy desigual documentación disponible, sólo en algunas zonas el nivel de conocimientos permite hablar de una jerarquización social que no llega a romper los lazos de parentesco, pero que, basada en la existencia de centros amurallados, pueden constituir núcleos de mayor nivel de población, con una especialización artesanal que no parece llegar a alcanzar niveles de dedicación a tiempo completo y redes de distribución bien establecidas, todo lo que produce un desigual acceso a materias primas y productos concentrados en segmentos de las comunidades más complejas, sin que el nivel sobrepase la jerarquización hacia la estratificación, creando situaciones que pueden calificarse de jefaturas simples, con signos de economías de redistribución y con niveles de integración comunal basados en construcciones monumentales, templos y grandes tumbas que no nos permiten hablar aún de la existencia de clases sociales, ni de la institucionalización de productores y no productores, en organizaciones sociales aún preestatales. En los últimos siglos del tercer milenio, amplias zonas de Europa central y occidental asisten a la aparición generalizada de las tumbas individuales a base de inhumaciones en fosas, con un ajuar muy normalizado constituido por vasijas cerámicas decoradas con impresiones de cuerdas, a las que acompañan alfileres de hueso o cobre y hachas de perforación central de piedra, siempre ligadas a las tumbas masculinas. Estas tumbas se encuentran desde el Bajo Rin a Dinamarca y Suecia. A ellas siguen el mismo sistema de enterramientos individuales con el ajuar de tipo campaniforme, que ya vimos, y que viene a alcanzar zonas más amplias que las tumbas individuales de cerámicas de cuerdas, llegando a Irlanda, Inglaterra, toda la Península Ibérica, norte de Africa, el Mediterráneo occidental, sur de Francia, norte de Italia y las islas de Cerdeña y Sicilia. El sentido de su significación para la investigación ha cambiado mucho, pues de la idea de una primera unificación de buena parte de Europa como consecuencia de una invasión desde las estepas orientales, se ha pasado a un fenómeno de muy diferente significación, que se superpone a situaciones sociales también diferentes, y, por tanto, con consecuencias diversas. Interesa resaltar que en zonas como las islas Británicas, Países Bajos, Bretaña, etc., preceden al desarrollo de las grandes tumbas individuales con un notable nivel de riqueza, del segundo milenio, que han sido consideradas propias de élites guerreras que se imponen a las poblaciones indígenas, pero que hoy se consideran fruto de la evolución social en el que las elites locales, que veíamos tenían aun una base comunal, han pasado a un carácter más individual, en el que la exhibición de su rango o estatus se simboliza por la imitación de lideres vecinos a través de la adopción de unos mismos rituales funerarios, unas modas de los bienes de prestigio y una misma ideología, definida por Shennan como interacción política entre iguales, que tiende a exhibir la desigualdad social pero, a la vez, lanzar un mensaje de integración cultural.

Consolidación desigualdad social
A lo largo del II milenio se manifiesta una sistemática consolidación de la desigualdad social apreciable en el estudio de los ajuares y enterramientos. Esta consolidación se aprecia tanto en la Europa templada como en el Mediterráneo occidental.
EUROPA TEMPLADA. Durante el tercer milenio existirán diferencias entre Europa suroriental-central y la occidental, mientras que se igualan en los últimos siglos, con la sustitución en las islas Británicas, Bretaña francesa y Países Bajos de los enterramientos colectivos bajo monumentos tumulares o megalíticos, por enterramientos individuales con ajuares muy normalizados, a base del equipo campaniforme, paralelos a los que pueden encontrarse en Europa central en el grupo de Vucedol. En los últimos momentos del tercero y en los primeros siglos del segundo milenio, los enterramientos bajo túmulo a ambos lado del canal de la Mancha, Wessex y Armórica, con ajuares muy espectaculares, indican una profundización del proceso de jerarquización social, que alcanza un mayor relieve ahora en Occidente, por la significación concedida a los ajuares. La ausencia de asentamientos o su escasa entidad dificultan la valoración del fenómeno de las tumbas principescas, que aparecen en el momento de desaparición de la actividad de construcción de los grandes centros ceremoniales, tipo henge, de los que sólo se documenta una última fase constructiva en Stonehenge, reforzando la idea de un desplazamiento de las actividades ideológicas o de reproducción social de lo comunal a lo individual. Ese fenómeno de aparición de pocas tumbas individuales bajo túmulo, mucho más ricas, cuenta en Europa oriental y central con antecedentes durante el tercer milenio y tiende a ir acentuándose a lo largo del segundo, pero en un ritmo más lento que en Europa occidental, que culmina a mediados del milenio con la aparición de grandes sepulturas bajo túmulo, fenómeno que da nombre al periodo en buena parte de Europa interior. Estos túmulos, que continuarán a los del grupo de Unetice, se encuentran en necrópolis formadas por cientos de enterramientos, en las que es muy frecuente el uso de objetos metálicos en los ajuares, con un importante número de cremaciones entre las tumbas menos destacadas. Entre las tumbas se exhiben niveles claros de diferenciación en el estatus de los enterrados, con casos de sepulturas de gran riqueza en Keszthely en Hungría, la propia necrópolis del asentamiento de Unetice, Leubingen o Helrnsdorf, en Bohemia. En el caso de esta zona de Europa, es posible unir a la lectura de la necrópolis la existencia de frecuentes asentamientos amurallados, que han sido considerados centros regionales. Este mismo fenómeno de ricas tumbas bajo túmulo y asentamientos, interpretados como centros regionales, se encuentran en amplias zonas de Europa central, con necrópolis tan conocidas como Haguenau, Alemania, donde la frecuencia de aparición de espadas de bronce muy características es uno de los rasgos más propios de esas grandes tumbas. Todo ello ha hecho pensar en una unificación de casi toda la Europa templada, ahora, desde el Atlántico a las estepas rusas, con un rasgo común en los enterramientos bajo túmulo, donde sobresalen ricas tumbas. Desde las interpretaciones de Gimbutas, este fenómeno se consideró de nuevo el resultado de una expansión de pueblos pastores guerreros que se superponen a las poblaciones campesinas locales, a modo de élites militares dominantes, que en pequeños grupos y gracias a su superioridad en el terreno militar y su alto grado de organización social, ya de tipo estratificado, pueden considerarse, según la terminología neoevolucionista de Service, como sociedades de jefatura, donde aún no puede hablarse de clases pero sí existe la especialización artesanal, al menos a tiempo parcial, y la separación de actividades militares o guerreras de las de culto o sacerdotales.
MEDITERÁNEO OCCIDENTAL. La Europa mediterránea, donde perviven hasta comienzos del segundo milenio el uso de las tumbas colectivas, la existencia de asentamientos fortificados, y se documentan relaciones de intercambio regionales, continúa su evolución social, pudiéndose anotar unas notables diferencias entre su zona oriental y occidental y, a la vez, entre las distintas áreas de ambas zonas. En el sureste de la Península Ibérica encontramos el grupo más conocido y de más personalidad de todo el mediterráneo occidental, El Argar, que ocupaba el territorio del grupo de Los Millares. El cambio más significativo, desde el punto de vista funerario, es la adopción de un ritual individual o familiar en sentido nuclear, es decir, tumbas conteniendo 2 ó 3 individuos, femenino y masculino; femenino/masculino adultos e infantiles o juveniles, esto último menos frecuente. Las inhumaciones, sucesivas o a veces simultáneas, se realizan en tumbas con una tipología variada: fosas, cistas o cajas de piedra, y urnas o grandes vasijas de cerámica, éstas mayoritariamente usadas para enterramientos infantiles y juveniles, todas siempre en el interior de los hábitats, bajo el piso de las viviendas. Las tumbas muestran unas diferencias notables en los niveles de riqueza y variedad de los ajuares. Esa variedad tiene una doble significación, vertical, interpretada como diferenciación social, y horizontal, que indicaría diferencias sexuales y de división social del trabajo. El estudio realizado por Lull y Estévez les lleva a proponer cinco niveles de diferenciación social estratificados, fundamentados en cálculos del valor adscrito a los objetos que integran los ajuares: un primer nivel, en números reducidos, con más hombres que mujeres y ajuares con alabardas, diademas, espadas en metal, presencia de objetos de oro y algunos tipos de vasijas específicos; un segundo, más numeroso, con adornos de plata (anillos, pulseras, aretes, etc.), vasijas y algún puñal o punzón metálico, mayoritariamente mujeres e infantiles; un tercero, más amplio, con puñales y punzones metálicos y presencia de cerámica o no para mujeres, y puñal o hacha también con o sin cerámica para los hombres; el cuarto, con un solo objeto metálico o un vaso cerámico, tanto para inhumaciones femeninas como masculinas, y la quinta, tumbas sin ajuar alguno, también de ambos sexos y sobre todo infantiles. A estos niveles se les otorga, de forma hipotética, un valor de estructuración social, a partir de la asignación de clase dominante para las dos primeras categorías, siendo los masculinos del primer nivel los dirigentes y las mujeres y niños del segundo las familias de éstos. Los individuos del tercer grupo serían miembros de pleno derecho de la sociedad argárica, mientras que a los miembros del cuarto nivel podrían considerarse siervos, y a los de la última, esclavos, de origen extranjero o cautivos. Se trata de una propuesta de organización dividida en clases sociales, a las que corresponden diferentes niveles de accesibilidad a los recursos y con funciones sociales bien definidas. La pertenencia a las clases se obtiene por nacimiento, por lo que las desigualdades están institucionalizadas y son hereditarias. Todo ello lleva a los autores a proponer que la organización de la sociedad argárica era estatal. Por otro lado y desde otra perspectiva, relacionada con la distribución de los asentamientos en la zona considerada nuclear de este grupo, el Bajo Almanzora, Schubart y Arteaga llegan a un planteamiento similar, considerando que el grupo argárico es una sociedad que tiene un comportamiento territorial propio de un estado. El núcleo central o capitalidad se asigna al asentamiento de El Argar, del que dependen jerárquicamente otros como el de Fuente Álamo. Además, el conocimiento microespacial del asentamiento de Fuente Álamo demuestra una organización interna que sitúa en la parte más alta del poblado o acrópolis, amurallada, una serie de estructuras destinadas al almacenamiento de bienes subsistenciales y críticos y quizás de otros tiempos, con la certeza de estructuras domésticas y tumbas de gran riqueza que hablan de un segmento social situado de forma privilegiada y controlando posibles excedentes productivos o materias primas y productos escasos o de significaciónn especial. En los casos de los asentamientos de estas mismas fechas en La Mancha, País Valenciano o Sistema Ibérico aragonés, son poblados amurallados con estructuras tipo torres y bastiones, en las zonas centrales y más destacadas de los asentamientos, similares a los casos insulares de las Nuragas y Torres de Córcega y Cerdeña. En algunos se ha comprobado en el interior de estas estructuras funciones de almacenamiento y producción centralizada, pero entre las que no se han establecido diferencias apreciables entre los diferentes asentamientos, ni distintos niveles sociales entre los miembros de las comunidades que los habitan, apreciables en el registro funerario, muy escaso y poco expresivo en este sentido, por lo que se ha sugerido una centralización más comunal que individual. Otros autores que se han ocupado de la zona del sureste de la Península Ibérica, Mathers, Chapman, Ramos, etc., comparten esta opinión, que plantea que la documentación no autoriza a hablar del Estado, sino de niveles de jerarquía que podrían clasificarse como jefaturas, al igual que el resto de las sociedades del segundo milenio de buena parte de Europa, donde aparecen otras comunidades con tumbas de mayor riqueza que las de El Argar. Para Chapman, siguiendo a Renfrew, las diferencias entre el Mediterráneo occidental y el Egeo estriban en que para la formación del Estado es necesario un proceso de intensificación sostenida y continua que sólo tiene ocasión en muy raros casos y lugares, sin una continuada innovación de carácter tecnológico, presente en el Egeo y no detectada en El Argar.

2.- Civilización egea

La historia de la antigua Grecia se desarrolla en un escenario de difícil definición, porque no se trata de una nación en el sentido moderno del término, que tenga, en consecuencia, unas fronteras bien definidas, y porque, además, ni siquiera poseyó siempre una unidad étnica delimitada, ni en aspectos materiales que pudieran determinarse de modo preciso, ni en aspectos subjetivos, pues la conciencia del pueblo griego como tal fue también un resultado del mismo proceso histórico. En esta misma línea, puede decirse que, en cada período, los escenarios varían de acuerdo con movimientos expansivos u ocupaciones exteriores, de tal modo que uno de los rasgos para marcar una periodización ajustada podría consistir en señalar los territorios ocupados por griegos de manera sucesiva. De ese modo, el contenido de este momento histórico resulta en el aspecto geográfico más ambiguo que ninguno, pues se trata precisamente de indicar la formación de Grecia, la presencia de los griegos en el territorio al que darán nombre y la formación del pueblo griego propiamente dicho. La cuestión en sí se encuentra rodeada de problemas.

Periodización
En el escenario de la historia helénica mejor definida, en la parte sur de la península balcánica y en las islas del Egeo, existe un período donde hay que referirse a la historia de las sociedades prehelénicas. Es, en líneas generales, el primero de los períodos en que suele dividirse la Edad del Bronce en el Egeo. Esta Edad del Bronce suele dividirse, en la historia de Grecia, en tres períodos, Bronce Antiguo, Bronce Medio y Bronce Reciente. Por otra parte, de acuerdo con los datos tipológicos de la arqueología y según una distribución geográfica, en cada uno de los mencionados períodos se distingue Heládico, Cicládico y Minoico. El tercero de los períodos o Bronce Reciente coincide en líneas generales con el período Micénico, determinante principalmente en la península, pero con capacidad para informar la historia griega y egea en general. En los dos períodos anteriores, las distintas zonas señaladas muestran mayores diferencias entre sí y una mas definida personalidad cultural. Se suele admitir como fecha redonda que la Edad del Bronce se inicia en Grecia hacia el ano 3000 a.C., con el desarrollo de las nuevas técnicas que influyeron en la evolución de los métodos productivos aplicados a la agricultura y a la ganadería. Al parecer, tales desarrollos permiten la ocupación de nuevas tierras y la concentración de poblaciones en algunos lugares que garantizaban los suministros y permitían la protección. Tales poblaciones, de identificación difícil en el plano étnico y lingüístico, se definen simplemente como prehelénicas, o como pueblos mediterráneos, términos que, al no dar una identificación propiamente dicha, responden de una manera bastante realista a la indefinición que debía de existir en esos tiempos en la zona. Los griegos identificaban a sus antepasados como pelasgos, en quienes suelen encontrarse rasgos que los asimilan a otras poblaciones igualmente misteriosas, como los etruscos, pero también se hallan en los escritores antiguos nombres de pueblos egeos que pueden identificarse como prehelénicos, los careos, los léleges, los licios, habitantes de las islas o de Asia Menor todavía en época histórica. Sin embargo, las teorías más recientes sobre movimientos de pueblos, en épocas pasadas consideradas como invasiones, tienden a buscar explicaciones alternativas a las que consideran que los cambios llegan gracias a masas de poblaciones que se presentan y suplantan a las anteriores, con lo que se buscan formas de inflexión en lo histórico donde lo importante se encaje en procesos evolutivos internos.

Llegada de los griegos
De este modo, frente a los planteamientos rígidos que veían en el cambio arqueológico entre el Heládico Antiguo y el Heládico Medio el reflejo de la llegada de los griegos, hoy se ve en un amplio período crítico coincidente aproximadamente con el cambio de milenio, entre el tercero y el segundo, por tanto, en torno al año 2000 a.C., el inicio de la formación del pueblo griego, como resultado de las agitaciones continentales que provocan la indoeuropeización del Mediterráneo septentrional, cuando incidieron sobre la dinámica interna de los indoeuropeos. La pervivencia de estos pueblos, en muchos casos, o de tradiciones legendarias que se refieren a ellos, permiten hallar algunos rasgos primitivos, que los griegos utilizaban para mejor marcar las diferencias, pero que, al mismo tiempo, parecen responder a la realidad. Se trata sobre todo de cultos y leyendas alusivas a prácticas religiosas donde lo agrícola y lo femenino se conjuntaban en lo que parece reflejo de una concepción del mundo que espera de lo religioso una eficacia fertilizante sobre la producción y la reproducción. Con todo, muchas de esas prácticas continuaban perfectamente integradas en las comunidades que pueden llamarse griegas, sin que necesariamente las identidades culturales hayan de relacionarse con las identidades lingüísticas y étnicas y, mucho menos, con las raciales.

Metales
El fenómeno de la llegada de los griegos, que puede situarse en una fecha amplia a principios del segundo milenio, aunque para algunos es necesario rebajarla hasta la segunda mitad del mismo, aparece como parte del proceso de cambio característico de una época cuyos rasgos más significativos hay que buscarlos más bien en los asentamientos estables y en la formación de determinadas estructuras de poder relacionadas con la difusión y el control del uso de los metales. También pierde adeptos la teoría de que la llegada de los griegos puede identificarse con la difusión de la cerámica minia, pues igualmente pierden crédito las explicaciones históricas que identifican mecánicamente las etnias con las huellas de la cultura material, en este caso identificada con una cerámica que imitaba los objetos metálicos, difundida desde el norte a través de Orcómeno, donde había reinado un Minias que le daba nombre, tal vez reflejo de la difusión del gusto por los metales como objeto de lujo entre sectores que no tenían acceso a su control. La tradición sitúa míticamente en este período las leyendas sobre las primeras dinastías de la Grecia heroica.

Cícladas, Chipre y Mediterráneo Oriental
Para las islas del Egeo, incluyendo, desde un punto de vista cultural y no geográfico, a Chipre, pero no a Creta, en el tercer milenio se detecta una amplia e intensa actividad donde se favorecen los intercambios. Ello también permitió el paso arqueológico rápido hacia lo que se define como perteneciente ya a un período de Bronce Medio, en que Chipre tiene el protagonismo. Las características culturales de la región resultan bien definidas en relación con los vecinos griegos y más vinculadas al oriente del Mediterráneo. Tampoco parece que pueda hablarse en las Cícladas de concentraciones de carácter social o económico que justifiquen la denominación de estructuras jerárquicas o estatales. En cualquier caso, así como las islas Cícladas comienzan a declinar a partir del Bronce Medio, tal vez afectadas por el desarrollo de potentes estados minoicos o heládicos, en Chipre el panorama cambia, en contacto con Levante y con la misma Creta, y con Egipto, hasta el punto de que el momento de mayor apogeo suele situarse hacia 1200 a.C., después de que allí aparezca la cerámica micénica que caracteriza el ultimo período, sin hacer perder preponderancia a los rasgos propios. Chipre se convirtió en un centro cultural privilegiado que conservó su personalidad y la potenció en múltiples contactos. En una cierta medida, el punto de máximo apogeo fue también el inicio de su decadencia, hacia 1200 a.C., dentro de la catástrofe que afectó a toda la zona oriental del Mediterráneo, incluidos los griegos, en un movimiento que desde el punto de vista historiográfico se identifica con los Pueblos del Mar, concepto que vale para incluir pueblos no bien identificados que, en algunos casos, coinciden simplemente con los que son conocidos, a través de otras fuentes, con otros nombres. El problema de las fuentes afecta también a Chipre. Al margen de la rica documentación arqueológica, las fuentes orientales usan un nombre, Alasiya, que, cada vez con menos dudas, los investigadores identifican con la isla y con una estructura política allí desarrollada que resultaría coherente con el tipo de hallazgos que la arqueología proporciona cada vez con más solidez. No se trata sólo de los restos indicativos de la permanencia de los establecimientos, sino también de la clara evidencia de que Chipre mantenía contactos con una amplia zona del Mediterráneo oriental, que justificaría la presencia prestigiosa de las autoridades de Alasiya en documentos del continente asiático. En Ugarit, entre los egipcios y entre los hititas, una especia de rey de Alasiya recibe la consideración propia de quien posee un fuerte poder. De otro lado, también importa considerar la presencia de los griegos micénicos, que dejaron una huella, no indicativa de dominio, sino más bien de relaciones relativamente paritarias. Allí apareció igualmente una escritura similar al lineal A, producto de contactos mediterráneos complejos, en este caso concreto con Creta, pero la lengua que luego se descifró como chipriota revela similitudes con el arcadio, lengua del centro del Peloponeso, de rasgos arcaicos, que para algunos sería la mas parecida a la lengua micénica, la de los griegos de la península al final de la Edad del Bronce, antes de que se operaran las transformaciones de la Edad Oscura en el Peloponeso, las que acabaron con la imposición del dialecto dórico. Según algunas interpretaciones, el chipriota sería el lenguaje de los micénicos que acudieron allí antes de la crisis de 1200 a.C. Los contactos favorecieron, pues, el desarrollo y la decadencia de las estructuras sociales y políticas de la isla. Puede tal vez hablarse de una koiné mediterránea oriental en el tercer cuarto del segundo milenio, donde Chipre desempeñaría un papel aglutinador y potenciador entre estados tal vez más fuertes, pero cuya capacidad estaba también coartada por las rivalidades que llevaban a las constantes guerras como para permitir que una entidad relativamente marginal sirva de encuentro entre el Próximo Oriente, tanto africano como asiático, y las civilizaciones minoica y micénica.

Creta en el III y II Milenio
La isla de Creta se encuentra también en una situación privilegiada para entrar en contacto con los pueblos más desarrollados del tercer milenio, en las costas orientales del Mediterráneo. Las relaciones con Egipto, Chipre y Levante ponen las bases para un desarrollo cultural sobre la recepción de productos elaborados a cambio de exportaciones de madera para las construcciones del Egipto faraónico. En Creta se van configurando estructuras de poder en manos de quienes se muestran capaces de controlar los bienes ahora apreciados. El tercer milenio es, así, un período de transformaciones en que se introduce el uso de los metales controlados por grupos reducidos de la población que promueven el desarrollo desigual entre distintos puntos de la isla y dentro de las mismas comunidades. La zona más desarrollada en este período fue la de la costa oriental, además de algunos lugares del centro, en la costa norte, que pueden haber tenido desde entonces contactos con las Cícladas. Así, pudo influir también en la isla de Creta el apogeo del Bronce Antiguo en el Egeo a mediados del tercer milenio, hasta el punto de que, en algún momento, el desarrollo de la cerámica parece indicar una cierta homogeneización. A partir de un momento, en la costa sur, en que también aparecen signos de contacto con Libia, se puede hablar de una cultura minoica antigua difundida por la isla, aunque con rasgos heterogéneos. Las comunidades primitivas subsisten y dejan su rastro en los enterramientos, a pesar de que la introducción de la metalurgia introduce relaciones violentas entre las comunidades. Con el segundo milenio se notan de manera más aguda las consecuencias del cambio; por un lado, por la aparición de grandes conjuntos urbanos, de raíz agrícola, pues la agricultura experimenta los efectos de los cambios y los orienta hacia la nueva vida urbana. Por otro lado, el palacio como construcción y como institución aparece como reflejo de la capacidad acumulativa provocada por los cambios, vertida hacia una mayor capacidad para controlar las producciones básicas. La riqueza agrícola, el desarrollo de la metalurgia y los intercambios marítimos se convierten en los fundamentos para la creación de una cultura original altamente desarrollada, capaz de construcciones potentes y monumentales, destinadas no sólo a servir de utilidad, sino también a impresionar, como modo de representar el poder de quienes los hacen construir y los saben organizar. Paralelamente, parece desarrollarse la cultura espiritual, con una presencia religiosa cuya organización no parece ajena a la del poder político, en una figura que podría asimilarse a la de los reyes-sacerdotes del Próximo Oriente. Desde muy pronto, dentro del segundo milenio, se desarrolla también la escritura jeroglífica, que se continuarla en la lineal en los momentos de integración con los griegos de Micenas. También en el segundo milenio se revelan restos de intervenciones importantes en el exterior, gracias a los impulsos dados por contactos anteriormente llevados a cabo en posición subalterna. Ahora son los cretenses los que colonizan algunas de las islas Cícladas e, incluso, desde 1700 a.C., se detecta un asentamiento cretense en Citera, enfrente del extremo suroriental de la península del Peloponeso. En Melos hay un palacio minoico del Bronce Medio, en Egina restos de fortificación y en otras islas huellas de diverso orden. Da la sensación de que, en el segundo milenio, proliferaron entre las islas las acciones que pudieran calificarse de piráticas, consecuencia de los desequilibrios provocados por las nuevas formas de difusión de la riqueza, de modo que el legendario rey Minos se dedicó a limpiar el mar de bandidos, incluidos los carios, que poblaban entonces la isla de Delos, según Tucídides. El mismo autor habla de la talasocracia cretense, que llegaría a Atenas, para justificar la tradición según la cual los atenienses tenían que pagar un tributo humano, de jóvenes de uno y otro sexo en la edad de iniciarse en la integración colectiva, del que los libró el héroe Teseo, benefactor de la ciudad en lucha contra monstruos como el minotauro. Si en el minoico medio parece que la zona más avanzada fue en general la franja central de la isla, de norte a sur, a partir de 1600 a.C., en que se inicia el minoico reciente, el poder parece concentrado en un solo palacio, el de Cnosos. Aquí es donde el apogeo parece más definido y donde los rituales femeninos, relacionados con cultos zoomórficos vinculados al toro, representados en las figuras de Minos, Pasifae y Ariadna, se convierten en instrumentos de control ideológico, modos de utilización del mundo imaginario que, a pesar de haber surgido de los sectores más vinculados a la tierra y preocupados por la reproducción, quedan en manos, como todo control, del poder organizado, de tal modo que las mujeres de las clases poderosas y las diosas conservan en su nuevo papel una posición socialmente dominante. Tal era la situación cuando se produjo en Creta la irrupción de los griegos micénicos, que aprovecharon aspectos autóctonos como la escritura lineal A, que fue utilizada por el griego como lineal B, e introdujeron aspectos formales y culturales que trajeron desde el continente. Ahora Creta queda incorporada a la civilización micénica.

3.- Mundo Micénico        

La última etapa de la Edad del Bronce en el Egeo, el Bronce Reciente, y de una manera más específica en el continente, el Heládico Reciente, es la que se conoce como época micénica, la misma que aparece como tema de los poemas homéricos. La época de los palacios heroicos y, especialmente, el de Agamenón en Micenas constituía el primer período de la historia griega para los mismos antiguos, aunque ya éstos se planteaban sus dudas sobre el carácter histórico o mítico y señalaban una diferencia importante entre el tiempo de los hombres y el tiempo de los héroes. La discusión sobre la validez histórica de los poemas homéricos puede ser infinita, sobre todo porque se plantea sobre posturas excesivamente rígidas acerca de una utilización mecánica de lo allí expuesto o de la imposibilidad de dicha utilización a partir del carácter mismo del género al que pertenecen los poemas. Fue su lectura la que abrió las puertas a los hallazgos arqueológicos, cuando el comerciante H. Schliemann, helenista aficionado, gracias al éxito de sus operaciones mercantiles, pudo dedicarse a visitar Itaca, el Peloponeso y Troya acompañado y guiado por la lectura de dichos poemas. Las distintas capas halladas en Troya y las diversas destrucciones detectadas, así como los hallazgos micénicos escalonados a partir de las primeras tumbas reales, fueron el impulso para más profundos estudios que, si bien sembrados en principio de errores y rectificaciones, de identificaciones a veces demasiado inmediatas, como suele ser el caso del trabajo arqueológico tradicional, que sólo se considera histórico cuando coincide con un hecho, personaje o lugar conocido por las fuentes de manera explícita, han permitido penetrar cada vez más en realidades sociales y políticas del mundo micénico. Palacios, templos y enterramientos permiten describir un tipo de sociedad jerarquizada, con una realeza y un aparato estatal capaz de controlar poblaciones colectivamente, aspecto este último que avanza según los trabajos arqueológicos se salen de los monumentos palaciegos para atender a la distribución de los territorios exteriores. Algunos aspectos de la tradición reciben apoyo en ciertos movimientos detectados también en la llegada de caracteres conocidos por la arqueología, aunque, al mismo tiempo, los desacuerdos pueden llegar a aclarar el verdadero sentido de las tradiciones, objeto de manipulación con ánimos propagandísticos o deformadas con intenciones directamente políticas. Sin embargo, el proceso resulta cada vez más claro en el estudio de los tipos de tumba y su función en relación con el poder real micénico. Junto a ello, la arqueología resultó verdaderamente gratificada con el hallazgo de una serie de tablillas con escritura, que poco a poco ha podido descifrarse gran parte. Las primeras se hallaron en Cnosos y había algunas en una escritura llamada lineal A, todavía no bien conocida, que representa una lengua al parecer de carácter prehelénico, y otras en escritura lineal B, que luego se supo coincidente con otros muchos yacimientos del continente y que, descifrada laboriosamente por Ventris y Chadwick, contiene textos en lengua griega, apoyada en unos signos en principio no muy adecuados para ella. Se ha producido, pues, una adaptación forzada que ha añadido un factor específico a las dificultades propias de unos textos conservados en tales condiciones: inscripciones en barro que se han conservado casualmente debido a los incendios de los palacios, que cocieron las piezas. La escritura es silábica y carece de algunos sonidos, por lo que en el mismo signo coinciden fonemas como l y r, no hay sílabas cerradas, por lo que se usa una nueva sílaba para la consonante encargada de cerrar la anterior, que también puede quedar sin cerrar, y no se pueden señalar todas las vocales, pues los signos silábicos son limitados. En cualquier caso, la investigación va comprobando que la arqueología, la epigrafía micénica y el análisis flexible de los poemas pueden colaborar a la elaboración de una imagen del mundo micénico y de su tradición apta para ser analizada históricamente. Por otra parte, la lectura de las tablillas ha revelado la existencia de una forma de la lengua griega que los especialistas tienden a considerar la más antigua, capaz de explicar muchos de los rasgos de la lengua ulteriormente evolucionada.

Organización política
Desde el primer momento, los descubrimientos arqueológicos presentaron un panorama parecido a los que son frecuentes en el mundo del Próximo Oriente, donde el paisaje aparece dominado por palacios, templos y tumbas regias o principescas. Micenas, lugar fortificado al que se accede por la monumental puerta de los leones, contenía viviendas palaciegas y templos, lo que da idea de la concentración de los medios de control políticos, militares e ideológicos. El mégaron, lugar de culto centralizado, posible transferencia del antiguo hogar común y precedente del templo griego en lo arquitectónico, parece proyectarse en la península desde el Bronce Medio. Lo mismo ocurre con las tumbas en fosa, que contienen en principio restos que se interpretan como de miembros de las familias reales, pero que, en algún caso al menos, resultan representativas de una clase principesca, con restos de reyes heroizados a los que se rinde culto, frente a la difusión de la tumba de tholos, circular y monumental, para los reyes. Seria el ejemplo más significativo el representado por el que se conoce como tesoro de Atreo. También del tipo tholos se hallan restos correspondientes al Heládico Medio y algún ejemplo, como el de Eleusis, revela que se trata de enterramientos de colectividades sin ninguna indicación que defina la posesión del poder. Los datos revelan así un panorama variado y posiblemente cambiante, a troves de todo el período, cada vez más amplio, al que pueden atribuirse los restos que constantemente siguen encontrándose. En cualquier caso, sí resulta dominante la idea del poder tendencialmente centralizado en un panorama aristocrático, donde los muertos ilustres se convierten en objeto de culto a través de sacrificios que dejan huella en las cenizas conservadas. La centralización se nota en las grandes construcciones, efecto de un poder coercitivo y símbolo del mismo, para ejercerse en todos los terrenos. Esta fase, propiamente micénica, no necesita explicarse a través de la llegada de nuevos pueblos, pues muchos de sus elementos corresponden a transformaciones internas, donde también pueden haber influido movimientos étnicos no determinantes. Por otra parte, en las edificaciones palaciegas, destacan las dependencias aptas para almacenar productos, así como para la distribución del agua y de algunos otros bienes necesarios para la colectividad, que quedaban así centralizados. Las investigaciones, cada vez más frecuentes e intensas en el terreno de la arqueología espacial, sacan a la luz la existencia de asentamientos dispersos, reducidos, no económicamente ricos, correspondientes a unidades que pueden identificarse con la tribu o, por lo menos, con las aldeas, cuyos pobladores llevarían el peso de la producción controlada por el Estado. La lectura de las tablillas proporciona un panorama coherente con lo anterior. Los textos no resultan excesivamente explícitos, pues se trata de registros, de redacción escueta, dedicados al control fiscal, de lo que se ofrece a los poderes políticos y religiosos. Ello permite, desde luego, conocer los principales términos en el mundo de los aparatos estatales. El título que puede identificarse con el del rey, como figura que acumula todos los poderes y se asimila a la divinidad, es el de wa-na-ka-te, en transcripción silábica de cada uno de los signos de lineal B, fácilmente identificable con el término homérico wanax, que, en acusativo y con la consonante inicial que correspondería a la -w-, que en griego clásico ha desaparecido, sería wanakta, palabra usada en los poemas principalmente para referirse al rey de hombres Agamenón o a Zeus, padre de los dioses y de los hombres, es decir, al poder supremo en la tierra o en los cielos. Existe también un pa-si-re-wa que, con el mismo sistema de transcripción, habida cuenta de que el silabario micénico no distingue p-b, ni r-l, correspondería al basilewa acusativo de basileus, término que, si se especializó como rey en época clásica, en los poemas parece corresponder más bien a un tipo de príncipe como el que justifica la realidad arqueológica funeraria descrita. El ra-wa-ke-ta puede transcribirse como lawageta, término inexistente, pero que puede analizarse como conductor del laos o pueblo en armas, para señalar al jefe militar al que, en determinados momentos de la historia real o mítica, se dice que el rey anciano, incapaz de desempeñar las funciones militares inicialmente inherentes a su cargo y justificadoras del mismo, cedió dicha jefatura. Sería el caso de Tauro en la leyenda de Minos, de Héctor en la Troya homérica, junto al anciano Priamo, y del polemarco, cargo creado en Atenas, según Aristóteles, por dicho motivo. También hablan las tablillas de una ke-ru-si-ya o gerusía, como consejo de ancianos, y de tere-ta o telestés, como funcionario encargado de ejecutar las órdenes reales y administrar el tributo.

Economía y sociedad
El aspecto que ofrece la vida económica a través de las tablillas, junto a la realidad política descrita y a los datos de la arqueología, permite definir la economía micénica como de tipo tributario, con la producción en manos de un da-mo, equivalente al demos clásico que, como éste, alude tanto al territorio como a la población que lo habita, posiblemente equiparable a la aldea. Las tablillas sólo se interesan directamente por él por motivos religiosos. La tierra aparece controlada a través de varios sistemas. La ke-ke-me-na ko-to-na se identifica con la tierra común, mientras que la ki-ti-me-na ko-to-na se define como privada o adjudicada según los casos. De cualquier manera estaría bajo el control directo de los poderosos. Por otra parte, la tierra regia o sagrada se define como te-me-no, identificable con el témenos que en Homero puede poseer igualmente el rey o incluso concedérselo a alguien particularmente, pero que en general define sobre todo los campos consagrados a las divinidades y explotados en beneficio de los sacerdotes de su templo. El sistema ha permitido igualmente el desarrollo de las actividades metalúrgicas y de la artesanía, capaz de producir objetos de valor y de establecer relaciones de intercambio de productos de lujo. En las tumbas se hallan objetos de procedencia exótica, de Egipto, de Creta y de Asia, mientras que cada vez es más frecuente encontrar restos de cerámica micénica en amplias zonas del Mediterráneo. Sin muchos detalles, puede decirse también que la sociedad corresponde aproximadamente a ese tipo que suele definirse como asiático u oriental, en que la masa de la población trabaja la tierra, en producción controlada por aparatos fuertes que centralizan en torno al rey y al templo una clase poderosa, al mismo tiempo vinculada al rey por lazos sutiles de clientela que dan solidez al entramado y se expresan sobre todo en la guerra. Aquí el rey centraliza igualmente las fuerzas de la masa del laós, o damo transformado en ejército, en el que se permite la actuación individual de guerreros sobresalientes, capaces de llevar la parte del pueblo que les corresponde, de dirigir las campañas y de realizar acciones específicas, aunque no sólo proporcionan teóricamente la victoria sino que además consolidan su poder sobre las masas. No está claro si en la realidad alguno de los reinos micénicos llegó a concentrar tanto poder como para configurar un estado territorial fuerte. Así, aparece en "La Iliada" como mando unificado en Micenas, al menos con el objeto de llevar a cabo la campaña militar contra Troya. Los datos arqueológicos y epigráficos de las tablillas sólo permiten asegurar la existencia de poderes identificados con los grandes centros arqueológicos: Tirinto, Micenas, Argos, Atenas, Cnosos, Tebas, Gla, algunos conocidos por la literatura y la arqueología, otros, como Ga, sólo por la arqueología mientras no pueda identificarse con ninguno de los lugares mencionados en las fuentes.

Fin del mundo micénico
La civilización micénica no significó la desaparición de los pueblos que suelen denominarse prehelénicos. Pelasgos, licios, carios, lidios, minoicos, léleges... dejan huellas significativas de que, en esos tiempos, seguían presentes en el territorio griego. La cultura revelada, en la mitología y en las tablillas, muestra caracteres que a veces se han considerado prehelénicos, aunque otras veces se definen como huellas de situaciones primitivas que no hay por qué identificar étnicamente. La caída de los palacios significaría una especie de renacimientos de tales aspectos primitivos, algunos de los cuales resultan ser los más duraderos, pues se habla de una pervivencia mitológica de lo micénico, a pesar de la desaparición de los aspectos políticos y militares. En Micenas se veneran las diosas-madre, en posición dominante en muchos de los cultos cuyas sedes se han conservado arqueológicamente, como en Eleusis. Aquí se conserva el culto de la madre Deméter y su higa Perséfone acompañadas de Triptólemo, en una trinidad característica de la adecuación de determinados cultos agrarios, en identificación clara con la tierra y los ciclos de la reproducción. Las tablillas hablan de la po-ti-ni-ya, que se ha identificado con potnia, epíteto que en el conjunto de la religión griega se atribuye a las grandes diosas y se especifica en Hera, que luego será esposa de Zeus, el dios padre que acumula el poder, posiblemente por lo menos desde los períodos originarios de la realeza patriarcal, aunque herede funciones propias de las tribus pastoriles de origen y tradición indoeuropeos. También se atribuyen a época micénica los mitos de los héroes capaces de civilizar el mundo mediterráneo, como Teseo y Heracles, o de Edipo, donde la realeza masculina se construye en conflicto con las tradiciones matriarcales, lo mismo que en el caso del ciclo micénico, el de Agamenón, asesinado por su esposa y vengado por su hijo, que es perseguido por las divinidades femeninas vengadoras de los delitos de sangre, pero protegido por el dios patriarcal Apolo, convertido en tal después de apoderarse de Delfos, aunque también pertenecía a una trinidad de raigambre femenina, con Leto y Ártemis. Tras la caída del mundo micénico se conservó toda esta serie de tradiciones. Pero, sobre todo, se conservó la que hacía referencia a la expedición a Troya, reflejo para muchos del dominio micénico del Mediterráneo, el cual deja huellas en Sicilia, Asia Menor, Chipre, Rodas, las Cícladas, Ugarit, el que aparece citado por los textos hititas a nombre de Ahiyawa, traducción de Acaya, y que aparece igualmente entre los Pueblos del Mar como Akawas. La expansión máxima era ya para los antiguos el inicio de la decadencia. La leyenda decía que a la vuelta de Troya todos los héroes tuvieron que enfrentarse a la stasis, al conflicto interno dentro de la ciudad, a la lucha social que significaba el final del poderío de los reyes. La historia tiende a situar este final en el contexto de la crisis general del Mediterráneo oriental en el siglo XII, cuando también desapareció el imperio hitita y se configuró de nuevo la geografía política de la costa de Levante. En esa crisis, los aqueos pudieron desempeñar un papel activo y pasivo al mismo tiempo, pues aparecen con los pueblos en movimiento, pero también resultaron, en sus estructuras, víctimas del conjunto de la crisis. Permanece vivo el problema de si fueron los dorios, la última oleada de griegos, quienes causaron el final de los reinos micénicos y destruyeron sus palacios. Se ha llegado a negar la invasión de los dorios. Sin necesidad de llegar a eso, se tiende más bien a considerar que la presencia doria resultó una realidad determinante de ciertas estructuras políticas y culturales al configurarse la época siguiente, pero que el fenómeno no fue el resultado mecánico de una invasión exterior, cuyos efectos tienden asimismo a contemplarse más bien como algo extendido a lo largo del espacio cronológico de la época oscura. De hecho, en ésta, el mundo micénico ha desaparecido.


II.- BRONCE FINAL Y HIERRO ANTIGUO
Inicio: Año 1000 a. C.
Fin: Año 500 a. C.

Periodo comprendido entre los años 1000 y 500 a.C. en el que se empieza a manifestar la transición entre el empleo de bronce y hierro. Tres ámbitos serán en Europa donde se desarrolla este periodo: Mediterráneo, zona Templada y Oriental. Nuevos asentamientos y novedades en cuanto a la distribución y circulación así como a las bases económicas caracterizan esta etapa en la que también se aprecian importantes movimientos migratorios posiblemente motivados por cambios climáticos. Será el momento de la Guerra de Troya, la invasión de los dorios o los ataques de los pueblos del mar.

1.- Europa Mediterránea. Asentamientos.

En los inicios del primer milenio a.C. el contingente de población mediterránea había bajado sensiblemente, desapareciendo las grandes unidades políticas que, como Micenas, caracterizaron el segundo milenio. Por citar un solo caso, el asentamiento de Lefkandi en la isla de Eubea apenas debió de contar con unas docenas de personas a fines del siglo IX a.C. Sin embargo, en Grecia, a partir del siglo VIII a.C., el proceso se invierte y como señala Snodgrass, a mediados del siglo VI a.C. un sitio como Atenas en sólo sesenta años había multiplicado por siete su población. En términos generales, este proceso podría ser válido para todo el Mediterráneo, pero la constatación de la baja poblacional, con ser evidente, debió responder a diferentes matices según las zonas. Un caso especialmente bien estudiado, primero por Torelli y después por Bartoloni, porque permite evaluar el proceso hacia la aparición de la ciudad, es el que corresponde a la Cultura Villanoviana, en Etruria. Durante la fase del Bronce Final Protovillanoviano de los siglos XII al X a.C., se constata la existencia de un asentamiento-tipo en altura con un tamaño de cerca de cinco hectáreas y que, en su zona defendida por fortificación, no se muestra completamente habitado. La distancia media entre estos asentamientos es de 5 a 10 kilómetros, según los casos. Cuando esta estructura poblacional alcanza el siglo IX a.C., se produce el abandono de estos centros con el descenso al llano de la población, lo cual posibilitará la aparición de un sistema de aldeas con distancias de un kilómetro de media entre sí, formando concentraciones con un aumento significativo de las distancias medias entre cada conjunto, dándose el caso de que algunas de estas áreas territoriales de aldeas concentradas agruparon los territorios de una veintena de asentamientos del periodo precedente. Estas concentraciones se disponen en posiciones estratégicas sobre la costa (como será el caso de los núcleos de las futuras ciudades etruscas de Populonia, Vetulonia, Vulci, Tarquinia o Cerveteri), sobre los ríos (Chiusi, Orvieto o Veyes) o en las orillas de los lagos (Bisenzo). El caso de Veyes puede ser paradigmático como referente, al conformarse por una estructura de seis aldeas dispuestas en la llanura principal y una serie de núcleos que cubren estratégicamente las colinas que cierran el llano, hasta ocupar un total de 190 hectáreas. La fase, que se inicia hacia el 770 a.C. y que da inicio al villanoviano evolucionado, muestra un proceso de sinecismo por el que las aldeas, que hasta ese momento habían mantenido sus necrópolis separadas, proceden a una unificación espacial no sólo en el plano citado, sino incluso en la determinación del espacio urbano. Desde ese momento, algunas de las aldeas se erigirán en directoras de un proceso que conduce inevitablemente hacia la ciudad. La situación se produce de forma diferente algo más al sur, en el Lacio, donde con el paso de los siglos se desarrollará la poderosa Roma, sobre una base cultural común con el área villanoviana, aunque definida como cultura lacial. En la fase IIb de ésta, es decir, entre el 830 y el 770, según Bietti Sestieri, se quiebra el modelo típico villanoviano, al producirse en Roma por primera vez la separación neta entre los núcleos habitados (Foro-Palatino-Capitolio-S. Omobono) y los de las necrópolis (Esquilino-Quirinal-Viminal); es en esta fase cuando la concentración aldeana se fortifica, se crean centros dependientes como Décima y Rústica, o se desarrollan otros como Laurentino, también de forma dependiente. Sin embargo, Roma debe ser considerada un caso excepcional en esta área por su disposición de frontera y proximidad al área etrusca; en términos generales, todo el territorio lacial se caracteriza por la existencia de un patrón de asentamiento en el que los centros fortificados se disponen con distancias medias entre 5 y 10 kilómetros y tamaño sensiblemente inferior a los estudiados en la zona etrusca; en suma, un modelo que algunos autores han querido explicar por la presión de la población de la montaña sobre los territorios costeros laciales. En la Península Ibérica, conocemos el proceso que se sigue en el área mastiena del Alto Guadalquivir; allí, a fines del siglo IX a.C., se produce una situación semejante, aunque en proporciones reducidas: concentración aldeana en diferentes puntos de la Campiña de Jaén y de Córdoba tal y como lo muestran asentamientos como Torreparedones en Córdoba y Puente Tablas o Los Villares de Andújar en Jaén. El proceso se mantiene así durante el siglo VIII a.C., para desarrollar un proceso semejante al lacial, con una rápida definición de los centros fortificados sobre la mayor parte de los antiguos núcleos aldeanos. Conocemos, además, diferencias significativas entre el poblamiento de la Campiña cordobesa y la jiennense, que pueden ser efecto de la estructura étnico-cultural y política de tartesios y mastienos; los primeros, localizados en el curso bajo y medio del Guadalquivir y los segundos en el curso alto del mismo río y en toda la zona sudeste de la península. Así, sabemos que la concentración iniciada en tierras de la Campiña de Jaén durante el Bronce Final no posibilitará un poblamiento disperso una vez que se produzca la fortificación de los asentamientos; en cambio, el patrón de asentamiento cordobés, tal vez tartésico, se conforma alternando el asentamiento fortificado con las pequeñas factorías agrícolas en llano y sin fortificar. Es más, hacia fines del siglo VII a.C., quizá buscando alcanzar los focos mineros de Cástulo, se observa una auténtica colonización por medio de estas factorías aguas arriba del Guadalquivir, hasta Andújar al menos; el caso provocará en el modelo de la Campiña de Jaén una rápida reacción, en los inicios del siglo VI a.C., caracterizada por la aparición de una red de torres estratégicas, que por primera vez permiten advertir hasta qué punto el patrón de asentamiento mastieno podía fijar su territorio político. Desde el punto de vista del desarrollo de los modelos señalados, inicialmente se define en todos los casos un proceso de sinecismo, que en ocasiones se puede producir sobre los viejos núcleos ocupados en la Edad del Bronce, con dos vías alternativas de evolución: o bien una concentración en grandes núcleos aunque manteniendo la diversidad de las aldeas asociadas, lo que se sigue por la disposición independiente de cada núcleo con su aldea, como es el caso villanoviano en el área etrusca o en Roma, o bien un proceso de concentración en núcleos más pequeños, fortificados y en altura, tal y como se observa entre mastienos, tartesios o en el área lacial. Un tercer modelo, con características especiales, se configura en el territorio de Apulia, donde asentamientos como Lavello parten de una concentración del segundo tipo para, en el transcurso del proceso, entrar en un periodo de diferenciación de las necrópolis por grupos de casas o aldeas. La continuación de estos procesos se continúa en las líneas de desarrollo abiertas por los dos modelos señalados, mientras el villanoviano termina por generar grandes núcleos urbanos, unificando las necrópolis y superando la estructura defensiva, el segundo modelo produce un encastillamiento, con una variante muy concentrada, salvo en lo que hace referencia a la ocupación de puntos estratégicos con torres, caso de los mastienos o permitiendo una cierta dispersión poblacional a través de factorías agrarias tal y como se observa en el caso tartésico cordobés. Una variante del modelo villanoviano la constituye Roma, donde se construye la estructura defensiva conforme se define el modelo urbano y se aísla el área habitada y el área de necrópolis. Otro tema de gran interés es la estructura interna de los asentamientos. En Calvario, Tarquinia, uno de los pocos casos de excavación extensiva, se han localizado 25 cabañas de planta oval, rectangular alargada o cuadrangular, que siguen un sistema constructivo muy simple a base de un pequeño canal de cimentación y hoyos de poste para levantar la estructura, que se conoce gracias a las representaciones de cabañas en urnas de incineración. En general, durante los siglos IX a VIII y en algunos casos, como Bolonia, hasta el VI a.C., los poblados villanovianos muestran un modelo con cabañas y estructuras accesorias, sin orden aparente en su disposición y con distancias desiguales entre sí. En el seno de cada aldea no se detectan ni fortificaciones, ni áreas sagradas, ni siquiera una jerarquía entre los diferentes tipos, como tampoco una evolución entre unas formas de planta u otras; de hecho, el modelo, largo y complejo, no dará lugar a espacios claramente urbanos hasta mediados del siglo VII a.C. En el Lacio, el proceso se muestra igual en el sistema constructivo y en la falta de una ordenación interna de la aldea; no obstante, en algunos poblados como Satricum o Gabii, Bietti Sestieri señala que a fines del siglo IX parece destacarse una cabaña en posición relativamente central; sin embargo, no será hasta la mitad del siglo VII a.C. cuando se documente, como en Etruria, un cambio significativo en la estructura interna de las aldeas. La referencia más significativa para este momento la ofrece la evolución de la antigua Roma, con las transformaciones del Foro Boario y el Palatino, pero puede seguirse asimismo en casos como Ficana donde, en una posición excepcional en la estructura del poblado, se construye un edificio rectangular con dos ambientes y posiblemente un pórtico, en cuyo espacio interior aparecían varias fosas de basuras, en una de las cuales se documentó un servicio completo de banquete. Este hecho lleva a valorar el problema de los palacios. Uno de los casos, ya paradigmáticos, de análisis de estas diferencias internas en el seno de la trama urbana de los poblados es el realizado por Torelli en Etruria, sobre el palacio o la regia de Murlo, localizado cerca de Siena. El primer edificio, siguiendo la secuencia estratigráfica, se fecha en los primeros tres cuartos del siglo VII a.C. y presenta una edilicia muy primitiva, con una forma alargada y un significativo acroterio con la representación de un personaje. Hacia el 580 sufre una reconstrucción que sigue ya las pautas del palacio oriental, con una estructura cuadrada que gira en torno a un patio central con un pórtico de columnas alineadas sobre tres de sus lados. En uno de ellos se advierte la disposición de un almacén, en tanto que en otro se destaca un complejo tripartito para la audiencia y el banquete. En el centro del patio se distingue un pequeño recinto que debió corresponder al lugar de culto de los antepasados del grupo gentilicio. Todo el techo y las paredes del pórtico del patio ilustran, en una amplia representación figurada, las formas propias de la sociedad aristocrática: el banquete, los juegos, las procesiones o los sacrificios. Cincuenta años después, ya inscrito en el asentamiento y no en un altozano aislado como en Murlo, se levanta el palacio de Acquarossa, en el sur de Etruria y cerca de Viterbo. Se trata de un modelo muy diferente, en el que aún se conservan elementos comunes como el pórtico columnado, si bien sobre dos lados, el área del banquete o una fosa en el patio destinada a recoger las cenizas de los ritos, pero entre los relieves la representación ahora dominante es la del banquete y la de los trabajos de Hércules, es decir, los antepasados no se vinculan ya a los dioses sino a héroes. En el marco de la distribución espacial del palacio se advierte aun otro hecho más significativo: frente al palacio se ha construido un pequeño templo, lo cual implica la separación de los poderes político y divino. En el sur de la península italiana, en Apulia, durante la segunda mitad del siglo VI se observa un proceso semejante al momento documentado en el palacio de Murlo, en el asentamiento de Cavallino, con un edificio construido al gusto griego pero con los enterramientos de los antepasados en su entorno. En España, el caso más parecido a los citados se documenta durante el siglo V a.C., aunque su origen pudo remontarse hasta el siglo VI a.C., en Cancho Roano en la provincia de Badajoz donde se dan todas las características del palacio orientalizante, con un área para el banquete, otra en la parte opuesta del edificio que actuaría de almacén y un patio central entre ambas dependencias, con un pilar dispuesto en el centro, seguramente con fines rituales. En general, en el área tartésico-mastiena el proceso es bastante semejante al italiano; los poblados con cabañas se documentan durante el siglo IX y VIII a.C. en casos como Acinipo en Ronda, Málaga, El Carambolo en Sevilla o Puente Tablas en Jaén. El paso a la casa con zócalo, estructura cuadrangular y compartimentación interna se produce desde fines del VIII al siglo VII a.C., siendo el proceso anterior en la zona costera próxima a las colonias fenicias y en el Bajo Guadalquivir, si bien durante el siglo VII perduran algunos casos de poblados de cabañas como el asentamiento minero de S. Bartolomé de Almonte en Huelva.

Nuevas bases económicas
La situación de la Europa mediterránea surgida de la crisis de fines del segundo milenio a.C. conduce a un replanteamiento de los focos de interés económico. En términos generales, siguiendo a Champion, las nuevas directrices económicas se definen a través de dos parámetros: especialización e intensificación de la producción agraria; paralelamente, el proceso que marcará los primeros siglos del primer milenio conducirá a modificar tecnológicamente los viejos sistemas de manufacturas, por lo que hay que valorar la progresiva implantación del hierro como materia prima base del instrumental metalúrgico y los significativos cambios en la fabricación de la cerámica. En el plano agrícola, el modelo económico se articuló en el desarrollo de la trilogía mediterránea, es decir, en la producción de cereales, aceite y vino. En el asentamiento de Narce, en el área etrusca, se registra en los niveles del siglo IX a.C. no sólo un gran incremento de los cereales, sino de las malas hierbas que suelen acompañarlos, lo que ha sido explicado, por Potter, como un efecto de la reducción del periodo de barbecho, que se justificaría en la dinámica de intensificación de la producción. En España, el asentamiento de Puente Tablas en el Alto Guadalquivir constata, en el desarrollo de la curva polínica cerealista, un significativo aumento desde sus inicios a fines del siglo IX a.C. hasta mediados del siglo V a.C. En cuanto a la producción de aceite y vino, las referencias arqueológicas son más limitadas que para el cereal; no obstante, se deben considerar varias cuestiones de interés; de una parte, su tradicional vinculación con las clases altas, lo que implica que paralelamente al desarrollo de la aristocracia se consolidan ambas producciones, como lo prueban la existencia de sus clásicos contenedores en los ajuares de las tumbas, y, de otra, su producción intensiva favorece el modelo económico constatado, ya que permite poner en explotación tierras que hasta ese momento no resultaban propicias a un cultivo herbáceo como es el cereal. En esta dinámica, las referencias arqueológicas, aunque escasas, muestran por citar sólo un caso que en el Lacio el vino y el aceite se hacen muy presentes: el primero, desde fines del siglo VIII a.C., y el segundo, a partir de principios del siguiente siglo. En la ganadería, la definición de la fase aparece menos clara que en la agricultura ya que, aunque en general se detecta un peso muy considerable de los ovicaprinos, sin embargo, en el Lacio, Bietti Sestieri destaca el importante papel jugado por los suidos; en áreas como el entorno de Metaponte en el sur de Italia y en el valle del Guadalquivir, en términos generales, son los bovinos los que alcanzan un porcentaje superior al de ovicaprinos; por último, en zonas de valle de los ríos Segura y Vinalopó, también los bovinos dominan las tasas porcentuales de fauna, al menos hasta el siglo VI d.C., como muestra A. González Prats, en el asentamiento de La Peña Negra. Además de las características señaladas y a pesar de la escasa información existente, hay que destacar dos fases bien diferentes en el sistema económico, que tienen su límite y la inversión del proceso en el transcurso del siglo VIII y que Snodgrass ha podido valorar en Grecia a partir de los análisis polínicos. A través de ellos, se advierte que los primeros siglos del milenio, como también los últimos del anterior, supusieron una fuerte reducción del área dedicada a campos de cultivo y, a la vez, produjeron una tendencia a ampliar la base pastoril y ganadera como foco de materias primas del sector alimentario; ello pudo estar en relación con una disminución poblacional importante que tiene la inversión de la curva demográfica en el siglo VIII a.C., lo que parece coincidir con las pruebas que en su momento se sugirieron para explicar el movimiento de población que implica la colonización, tanto griega como fenicia. En el campo de las nuevas tecnologías, el periodo se caracterizará por el desarrollo de la metalurgia del hierro que, si en un principio sólo mostrará esporádicamente objetos manufacturados, acabará por generalizarse a lo largo de los siglos VII y VI a.C. El proceso de trabajo consistía en el control de la carburación, es decir, de la absorción de una pequeña cantidad de carbón por el hierro, y el templado para conseguir un material más duro. Sin embargo, como indica Collis, estos dos factores tecnológicos no eran fáciles de conseguir, porque si bien el hierro funde con relativa facilidad en hornos que alcanzan los 1.100 °C por la abundancia de impurezas, sólo podía configurarse como instrumento útil con la forja y el martilleo y, al mismo tiempo, extrayendo aquellas. Por otra parte, el control de la absorción de carbón resultaba realmente complejo, porque con la tecnología primitiva sólo la superficie externa podía convertirse en acero. Ahora bien, con todas estas referencias lo realmente significativo es que el herrero se configuraba como un artesano especializado, diferente al resto de los metalúrgicos por su conocimiento de tan compleja técnica. La presencia de los primeros productos de hierro en el Mediterráneo es muy antigua, incluso se documenta en el tercer milenio en Troya; sin embargo, su práctica más común no se observa hasta el siglo IX a.C. en Grecia y no de forma generalizada. En Italia, se documenta en contextos del siglo VIII a.C. y en la Península Ibérica, en el VII a.C., pero esta secuencia no implica que su conocimiento siguiera una vía, al modo difusionista de ondas de invención, porque este metal existe en contextos precoloniales y debió de ser la ausencia de especialistas lo que limitara su generalización. No obstante, cuando la tecnología fue controlada, los productos en hierro se generalizaron, debido, sin duda, a la abundancia de este mineral frente a los filones conocidos de cobre o estaño, que habían sido hasta el momento la base de los productos metalúrgicos. De hecho, éstos en ningún momento de su historia llegaron a alcanzar el carácter generalizado que tuvieron los productos de hierro, lo que se advierte por la presencia, sobre todo en el siglo VI a.C., de instrumental agrario en este metal, que sustituye a la vieja tecnología lítica agraria impuesta desde el Neolítico y que la metalurgia de cobre o el bronce nunca llegó a desplazar. En el campo de la cerámica se produjo también un importante cambio tecnológico, que no sólo afectó a un mayor cuidado en el tratamiento de las arcillas o en el reencuentro con los estilos pintados, sino sobre todo en el empleo del torno alfarero y en la construcción de hornos más complejos que permitieran conseguir mayores temperaturas. El proceso se define muy pronto en Grecia, ya desde fines del segundo milenio, y se observa en el siglo IX en el sur de Italia, y desde el VIII a.C., en el sur de la Península Ibérica, alcanzando en poco tiempo un amplio desarrollo. En todo caso, las nuevas tecnologías metalúrgicas y cerámicas terminaron por aumentar también la tendencia a la especialización y a ello contribuyeron otros campos artesanales como la construcción, la fabricación de barcos o, incluso, la misma metalurgia del bronce. De estos sectores, conviene detenerse en la tecnología de la construcción, por el desarrollo de la técnica del adobe y el zócalo de piedra para el alzado de las paredes de las casas que, si bien en ningún momento hizo olvidar la técnica del tapial, facilitó el paso de la casa de planta circular o redondeada a la casa angular y compartimentada, haciendo con ello desaparecer la cabaña y lo que ello suponía en el plano cultural y económico. Lo que parece evidente es que esta transición hacia el modelo de casa con división interna del espacio va íntimamente asociado a los nuevos modelos de economía intensiva y especializada, que se advierten sobre todo a partir del siglo VIII a.C.

Formas de distribución y circulación
Las nuevas tendencias en la economía mediterránea, que apuntaban al desarrollo de la producción del hierro, mineral más abundante que el cobre y el estaño, aumentaron los intereses por los metales preciosos y sobre todo por la plata, fuera por su valor de prestigio o de cambio. Para algunos investigadores, como Aubet, entre las causas que propician la colonización fenicia está precisamente la búsqueda de nuevas fuentes de abastecimiento de plata, porque el Próximo Oriente, y sobre todo, Asiria y Tiro habían evolucionado hacia un sistema con unidades que actuaban como valor de cambio. Con esta perspectiva mercantilista, las fluctuaciones del mercado por la abundancia o escasez de los metales en general y de la plata en particular, habían terminado por ordenar todo el sistema económico en función de las rutas mineras y de los focos de abastecimiento. En un plano más coyuntural, entre finales del siglo IX y finales del VIII a.C. se produjo una escasez de plata en Asiria, quizá por el cierre del mercado mineral anatólico; desde esta fecha, la demanda del mercado provocó la búsqueda de nuevas fuentes de plata en el Mediterráneo. Desde una perspectiva formalista como la expuesta, es interesante constatar que las dos grandes culturas que destacan en el ámbito centro-occidental mediterráneo, son los etruscos y sus antecedentes villanovianos en el foco italiano y los tartesios en el andaluz, siendo ambos focos ricos en el ámbito de la minería. Del primero llama la atención la localización de la colonia griega de Pithecusa en su ámbito inmediato, en tanto que de los segundos parece definitiva la disposición de Gades. Conviene resaltar que estos evidentes y tempranos contactos, en ninguno de los dos casos supusieron una actitud de ingerencia por parte del colonizador en materia de política interna, es más, ambas unidades políticas siguieron sus propias estrategias expansivas como lo demuestra el caso de Etruria hacia la desembocadura del Po, en la costa adriática o, en el caso tartésico sus relaciones con los focenses, competidores del mundo mercantil fenicio-cartaginés a fines del siglo VII a.C. o, en esa misma fecha, su expansión hacia las fuentes del Guadalquivir, para controlar la zona minera de Cástulo. En realidad, ambos núcleos y sus periferias lacial y mastiena en cada caso, viven en la segunda mitad del siglo VII a.C. los efectos de la presencia colonizadora en sus inmediaciones, pero también su propio desarrollo político y económico, lo cual se hace notar en el rápido enriquecimiento de algunos enterramientos. Todo ello contribuye a explicar socialmente los amplios cambios económicos y culturales del periodo orientalizante. Para valorarlo se puede seguir, como caso paradigmático, la evolución de la necrópolis lacial de la Osteria dell'Osa. Durante la fase II Lacial (900-770 a.C.) se observa la convivencia de dos tipos de ritual; uno de incineración, con las típicas urnas en forma de cabaña, características de la cultura villanoviana, y otro de inhumación. En opinión de Bieffi Sestieri, al primer tipo de ritual sólo se adscriben individuos masculinos adultos, en tanto que en las de inhumación se pueden identificar individuos de cualquier sexo y edad. Las armas (lanza o lanza asociada con espada) sólo están presentes en el primer tipo de ritual, lo que hace presumir que sus usuarios constituyen un grupo relativamente destacado de los demás. Las mujeres, por su parte, siguen un doble sistema de ajuar y disposición espacial dentro del ritual de inhumación: las de más edad cuentan con ajuares homogéneos pero más pobres que las jóvenes, mientras que, por el contrario, se disponen más cerca de las sepulturas de incineración masculinas. En conjunto, se observan dos grandes núcleos de tumbas de incineración con sus correspondientes enterramientos de inhumación alrededor, que se diferencian a su vez en la composición de los ajuares y que definen, según sus investigadores, dos familias extensas distintas, regidas por fórmulas de edad y sexo. En la fase III Lacial (770-730/20 a.C.), se inicia un proceso intencional de concentración y superposición de un grupo de tumbas, en tanto que se observa cómo otras forman grupos dispersos, lejos del grupo central concentrado. El hecho, sin embargo, no afecta a la distribución de la riqueza en los ajuares de los diferentes grupos, si bien el enriquecimiento general es significativo respecto a la fase anterior, en productos de bronce y, desde luego, en armas que ahora aparecen en todas las tumbas masculinas, aunque sin responder a un plan que no sea la edad. Al final del periodo, una de las tumbas comienza a mostrar signos de enriquecimiento superior al resto, por la aparición en su ajuar de yelmo, escudo y carro. Durante la fase IV A Lacial (720-630), las tumbas se hacen mayores y más orgánicas, mostrando el área de deposición de los objetos personales y distintivos del sexo y la zona del ajuar; asimismo, comienzan a advertirse enterramientos dobles o triples, asociando sexos opuestos. Respecto a la estructura espacial, se siguen definiendo grupos y comienzan a aparecer los primeros túmulos y pseudocámaras. La estructura de la necrópolis se hace mucho más compleja y orgánica, mostrándose ahora diferencias en la presencia de armas en las tumbas normales (lanzas o lanzas y espadas), y sobre todo la aparición de las tumbas principescas no sólo en la Osteria dell'Osa, sino en casi todas las necrópolis conocidas. En Laurentina, una de las tumbas contiene un enorme conjunto de piezas de bronce y hasta 115 vasos. El carro y las importaciones etruscas, griegas y fenicias se generalizan en los grandes enterramientos. La fase IV B Lacial (630-580) reduce significativamente las grandes concentraciones de objetos en los ajuares, aunque, desde el punto de vista de la estructura de enterramiento, consolida la cámara como la forma constructiva propia del grupo social dominante. En la Península Ibérica el proceso no ha podido seguirse como en el Lacio, pero los enterramientos principescos se confirman a lo largo de los siglos VII y VI a.C.; así se observa en la tumba 17 de La Joya, en la misma ciudad de Huelva, con la aparición de un carro y una arqueta de marfil de importación, dentro de un importante ajuar. Un caso de gran interés se documenta en la provincia de Sevilla, en el túmulo A de Setefilla, donde la disposición del espacio es igual que la lacial en el momento de cambio del ritual de enterramiento, si bien al contrario, ya que la inhumación se dispone en el centro del túmulo, en tanto que las incineraciones, con ajuares más pobres en las que sólo destacan los cuchillos de hierro, se disponen a su alrededor. En el siglo VI a.C., el enterramiento de Pozo Moro en Chinchilla -en la zona suroriental de la Meseta-, en territorio mastieno, nos muestra un tipo de tumba monumental de fines del siglo VI a.C. con un relieve que rememora el mito de Gilgamesh, y que constituye el nivel jerárquico superior de enterramientos, mientras en una escala inferior se establecerían los enterramientos con pilar y sobre él una escultura, normalmente de animal.

2.- Europa Templada. Asentamientos.

Casi todos los autores coinciden en aceptar, para el Bronce Final, la clasificación en tres tipos de Wells: asentamientos en llano, en las orillas de los lagos y en altura. Los asentamientos en llano, sin embargo, han sido matizados por Audouze y Buchsenschutz, en dos tipos diferentes, según que se trate de asentamientos aglomerados de tipo aldea o casas aisladas con carácter de factoría agraria. No obstante las diferencias formales, esta clasificación no responde a una cuestión cronológica o regional. El asentamiento tipo factoría agraria se documenta en toda la Europa continental desde Francia a Polonia, y cuenta con una fuerte tradición durante todo el segundo milenio. Difíciles de documentar, porque de ellos sólo queda como restos arqueológicos los hoyos de poste de la construcción, se trata de pequeñas unidades de asentamiento de dos o tres casas, muy abundantes en algunas regiones, ya que se han llegado a detectar hasta 675 en Havel. Los investigadores no acaban de ponerse de acuerdo sobre su grado de continuidad, y así para algunos autores son sólo lugares de trabajo o estaciones provisionales, en tanto que para otros son auténticas viviendas con todo lo que el concepto conlleva. La arqueología alemana, atendiendo a su ordenación interna ha dividido el asentamiento en llano y abierto en aldeas no ordenadas, con disposición en círculo y caracterizadas por un espacio central sin ocupación, y aldeas con ordenación en una o varias filas (aquí se inscriben las aldeas calle). Del primer tipo valdría como ejemplo Perleberg en Prignitz, Alemania. Petrequin ha defendido que este tipo, sin orden aparente, responde sin embargo a unas directrices previas que vienen expresadas por la orientación de las casas; de este modo, se advertiría la existencia de cuatro grupos de unidades de casas entre las dieciséis documentadas en Perleberg. Interesante, dentro del modelo de ordenación circular, es Lovcicky en Bohemia con sus 48 casas rectangulares. Las unidades se dividen en casas de dos o tres filas de postes, destacando en el espacio libre central una casa con estructura más compleja, seguramente para sostener un granero. En general, son asentamientos de corta duración, que se mueven generacionalmente a lo largo de varios kilómetros, a veces compartiendo una única necrópolis, en dos ocupaciones sucesivas. Entre los asentamientos de altura fortificados también se distinguen dos tipos: el modelo de espacio central o el de filas de casas; en el primer caso, el asentamiento de Wittnauer Horn en Argovia distribuye sus casas sobre la vertiente de la colina a lo largo de 230 metros, dejando en el espacio libre central cuatro casas, distribuidas en dos grupos de dos. Conforme avanza su historia, se produce un aumento de tamaño de algunas unidades a costa de las viviendas adyacentes. E1 segundo tipo está representado en Alte Schloss en Senftenberg, Alemania, con una ordenación en filas que cubre casi todo el espacio interno, salvo un área al noroeste. Los asentamientos lacustres responden o a un modelo sin orden preestablecido, como es el caso de Wasserburg en Baviera que, sin embargo, sigue un mismo eje de orientación en la disposición de las casas, o el caso de Cortaillod-Este, en el lago suizo de Neuchâtel, con un orden en ocho filas. En la actualidad se debate si se trata de auténticos poblados palafíticos sobre plataforma artificial o asentamientos en la orilla del lago, lo cierto es que, a diferencia del tipo de aldea en llano, suelen presentar una empalizada que delimita el asentamiento. No se conoce por el momento la relación entre los cuatro tipos de asentamiento, salvo la tendencia a engrandecerse, si se sigue su desarrollo desde el Bronce Antiguo; no obstante, se advierten algunas características en los asentamientos de altura, como la producción metalúrgica, o su disposición para cubrir puntos estratégicos, lo que podría llevar a pensar en unidades complejas de asociación entre diferentes tipos de asentamiento. Dos áreas rompen el planteamiento señalado para la Europa central y occidental, una corresponde al norte de Europa, Países Bajos y Escandinavia, donde no se documentan ni asentamientos fortificados ni complejas aldeas; se trata, en la mayor parte de los casos, de casas aisladas o de pequeñas asociaciones de dos a seis edificios, en algunas de las cuales, como en Elp (Holanda), de tres unidades, una es sensiblemente mayor que el resto. El análisis de los Países Bajos ha demostrado que muchas de las aldeas centroeuropeas pudieron ser pequeños enclaves con construcción continuada de casas, pero de tal modo que las conocidas en la actualidad sobre un plano no sean todas contemporáneas (ello podría llegar a unificar el primero y el segundo de los tipos consignados). La segunda zona se localiza en las islas Británicas, donde encontramos casas aisladas, como es el caso de Itford Hill en Sussex o aldeas como las del valle del Pym, siempre con casas de planta circular, rodeadas por una empalizada y sobre una pequeña plataforma en terraplén que anuncian lo que será el modelo clásico de la Edad del Hierro; a ello se añaden los asentamientos de altura, tipo hill-forts, tradicionalmente adscritos a la Edad del Hierro, pero que en casos como Mam Tor en Derbyshire están ocupados desde el 1100 a.C. y que parecen desempeñar una función especial, como lo muestra la disposición de algunos de ellos, Rams Hill en Berkshire, en el límite entre zonas de repartición de estilos cerámicos. Desde este punto de vista, su posición estratégica podría responder al control de intercambios de productos y no de límite entre territorios políticos. El paso a la Edad del Hierro en toda la zona templada implica algunos cambios respecto al modelo anterior: Mont-Lassois, en el Alto Valle del Sena, se levanta a partir de un talud precedido por una fosa, sobre una extensión de 40 hectáreas. El asentamiento tiene un gran interés, porque entre las tres tumbas con carro de su necrópolis destaca el mítico enterramiento de Vix. Algo más al sureste, sobre el Danubio y al sur de Wurtemberg, se levanta el asentamiento de Heuneburg con sus 3,2 hectáreas y una poderosa fortificación que, a mediados del siglo VII a.C., se convertirá en un gran muro de adobes; como en el caso anterior, el asentamiento destaca por la riqueza de sus tumbas, pero también porque en la zona excavada una antigua serie de graneros acaba por convertirse en un conjunto artesanal de talleres. También Sticna, al sur de Eslovenia, muestra con un tamaño semejante a Heuneburg una potente fortificación de tierra y piedra en un territorio rico en hierro y bueno para el desarrollo de la agricultura. Sin que se pierda el modelo del patrón de asentamiento existente en la fase anterior, fundamentado en los modelos ya reseñados, la nueva situación creada a partir de las primeras décadas del siglo VIII a.C. y que se definirá mejor en el siglo siguiente, caracteriza a los asentamientos fortificados como los factores de cambio más activos en el nuevo periodo. La investigación no ha conseguido aún explicar en qué tipo habitaron los individuos que se enterraron en tumbas tan ricas como Vix, porque hasta el momento no se han documentado unidades de habitación que impliquen una jerarquía interior en el poblado; el único factor distorsionante lo constituye, hasta el momento, los edificios con los hoyos de poste de mayor diámetro y dispuestos en el ángulo noreste del asentamiento de Goldberg en Wurtemberg; sin embargo, en opinión de Zippelius, podrían tener al igual que otro edificio también documentado, con pórtico y aislado en el centro del poblado, una función comunal. Lo sorprendente del caso es que Goldberg no es un clásico asentamiento fortificado en altura, sino una aldea con una empalizada, lo que plantea la posibilidad de que los individuos más poderosos no llegaran, durante esta fase, a habitar los asentamientos en altura y ocuparan, sin embargo, casas señoriales aisladas como la de Talhau, en las proximidades de Heuneburg. La Europa septentrional, como en la etapa anterior, continuó con un hábitat disperso, y en las islas Británicas, aunque se favoreció el desarrollo de los asentamientos de altura (hill-forts), se siguió basando la economía en las pequeñas unidades agrarias. De todos modos, estos asentamientos fortificados, como Danebury, cubrían un territorio de alrededor de 60 kilómetros, controlando una veintena de hábitats aislados. Por esta razón, los "hill-forts" se han asociado, en alguna ocasión, no como en Europa a centros artesanales, sino a asentamientos pensados para la cría de ganado, su estabulación y el almacenamiento del forraje y del cereal. Por otra parte, siguiendo la tradición de la fase anterior, las casas continuaron manteniendo la planta circular.

Sociedad-Naturaleza-Tecnología
En opinión de Wells, cinco son los hechos tecnológicos que afectan y definen lo agrario a partir del Bronce Final en la Europa templada. *El arado. Aunque éste formó parte del complejo tecnológico del segundo milenio, parece que su generalización se produjo a partir del Bronce Final en dos tipos: el recto y el curvo, que nos muestran una cronología o funcionalidad distinta. Sí es destacable que el instrumento debió ser fabricado en madera. *Las hoces en bronce. Es el único instrumental agrícola, junto al hacha para desbrozar, que se realizó de forma general en bronce; un depósito en Frankleben, Alemania, aportó hasta 230, aunque su hallazgo es muy amplio y cubre una banda que se extiende por Suiza y sur de Alemania. *Los campos celtas. Es el nombre que se da a la demarcación y parcelación de tierras en el primer milenio con bancales de tierra, muros de piedra o empalizadas; aunque su uso se constata en el sur de Inglaterra en el tercer milenio, sin embargo, como en los casos anteriores, su generalización parece corresponder al primer milenio. *La estabulación de invierno. De nuevo, como en los casos citados, se trata de una generalización más que de un descubrimiento, lo cierto es que la tradición del estabulado se reafirma conforme se consolida la casa rectangular, que permite distinguir un espacio dentro de la casa para la guarda de los animales. *El silo y el granero. Su generalización se produjo seguramente en relación con factores como la estabulación de invierno o simplemente para el almacenaje de la cosecha; lo cierto es que su presencia se hace constante en los poblados, dando signos de nuevas estrategias agrarias. A las generalizaciones señaladas, que implican en todos los casos una intensificación del modelo económico, se debe añadir una firme tendencia a la especialización como lo avala el gran desarrollo que en algunas áreas debió de tener el centeno, una especie más adaptable a condiciones de frío y humedad, en tanto que en otras áreas la espelta acabó por desplazar al trigo, y la cebada vestida a la desnuda. Tampoco se escapa, en este marco de innovaciones, el fuerte desarrollo que a partir del año 1200 a.C. comienza a tener la explotación de la sal. Es a partir de este momento cuando se desarrollan los trabajos en la región de Halle, en Alemania, en Polonia o la explotación de las sales marinas en las costas francesa y del sur de Inglaterra, por no citar las minas de sal de los Alpes de Hallsttat o las de Camp de Chateau en Francia oriental. El significativo aumento de la producción de sal está en directa relación con los problemas de conservación de la carne, y es por ello el factor paralelo al silo en la agricultura. Intensificación y especialización agraria definen un tercer componente: la conservación del excedente, que va directamente ligada a una estrategia económica que tiene como fin el aumento de la producción. El modelo muestra hasta qué punto la tendencia expansiva de la economía agrícola, iniciada en el Neolítico, había tocado fondo. Pudieron ser razones antrópicas, por el constante mal uso de las tierras, lo que provocó que en algunas zonas aparecieran turberas, con el consiguiente encharcamiento del suelo y, aunque no está suficientemente demostrado, también pudo coincidir el momento con el desarrollo de otros factores naturales, que produjeron un clima más frío, al que se sumó a partir del siglo VIII a.C. un aumento de la humedad que pudo provocar, hacia la mitad del milenio, una subida del nivel del mar del Norte; el caso es que todo el modelo económico que se dibuja durante la fase analizada produjo un inusitado interés por el control de la tierra y seguramente por el ejercicio de la propiedad familiar sobre ella. En el plano de la tecnología metalúrgica, hasta bien entrado el siglo VIII y sobre todo durante el VII a.C., no se hace patente el predominio de la tecnología del hierro, quizá porque como indica Champion, los herreros de la Europa templada no consiguieron dominar adecuadamente el temple del citado metal; el hecho es que hasta que este proceso terminó de consolidarse, los grandes avances se produjeron en el campo de la metalurgia del bronce, al menos a dos niveles; de una parte, en los avances conseguidos en la técnica de fundición, como que observa en el caso de las asas de los calderos o en las empuñaduras de las espadas y en la posibilidad de alargar las hojas de las mismas; de otra, en la introducción en la aleación de cobre y estaño de un porcentaje controlado de plomo, que facilitaba la fundición, si bien ocasionaba un producto menos resistente, pero que suponía un ahorro de las materias primas más complejas de obtener, como el cobre y fundamentalmente el estaño. Este último aspecto es coincidente con los hechos observados en otros horizontes de la información arqueológica, de ahí los escondrijos o depósitos de material de bronce inútil y que seguramente constituían fondos para ser fundidos, tal y como se constata en el cargamento de bronce documentado en dos pecios hundidos en la costa sur de Inglaterra. Todos los investigadores concluyen que la fase supuso, dados los avances en materia de fundición y de ampliación de los sectores que se surtían de bronces, como era el caso de la agricultura, un aumento significativo de la demanda de productos de lujo y de producción de este metal, como con posterioridad sucederá respecto al hierro.

Formas de intercambio y circulación
El complejo sistema de redes para mover los productos manufacturados que Europa tejió durante la primera mitad del primer milenio, es algo que por el momento desconocemos en detalle, si bien se sabe de sus efectos, ya que la presencia de un producto como el ámbar báltico se deja sentir en las áreas mediterráneas y, del mismo modo, una manufactura griega o etrusca puede llegar a documentarse más allá de los territorios alpinos. Recientemente se han abierto paso dos lecturas diferenciadas del fenómeno: Rowland, Champion y otros autores anglosajones han defendido que si las nuevas estrategias económicas tuvieron éxito, debieron producir un sensible aumento de la demanda y, consiguientemente, de la producción; esta práctica definió un modelo social jerárquico, que para su adecuada reproducción inició una estrategia de exportación del excedente, para importar manufacturas exóticas y de prestigio, que reducirían en su circulación y distribución a los grupos que tendrían posibilidad de poseerlas. Este factor, al que contribuyeron, por otro lado, los intereses mediterráneos y, en general, los de toda Europa, en poco tiempo hizo posible no ya la reproducción de los diferentes modelos sociales, sino incluso un proceso dirigido a aumentar las diferencias internas en el seno de las comunidades sobre la base de la tesaurización tal y como se sigue en los ajuares de los enterramientos. Frente a ellos, Wells ha sostenido otra posición, al defender que la presencia de los productos manufacturados mediterráneos en los asentamientos centroeuropeos es el efecto generado por el sistema mercantil griego, que influye sobre determinados individuos que se enriquecen por su papel de intermediarios, al tiempo que incentivan el desarrollo artesanal y agrario en Centroeuropa. La doble hipótesis se sigue muy bien cuando se interpreta desde ambas la presencia de la gigantesca crátera de bronce, de 208 kilogramos en la tumba de Vix; para los partidarios de la primera teoría, esta pieza sólo se entiende en el marco del sistema de competencia entre diferentes sectores sociales y su apropiación supone el refuerzo de quien la posee ante su propia comunidad y sus vecinos de igual rango social; por el contrario, para Wells la crátera es un encargo de un rico negociante deseoso de poseer una vasija extravagante. El citado caso de la tumba de Vix es un túmulo situado al pie del asentamiento de Mont-Lassois, que contenía una cámara de madera donde se había depositado el cuerpo de una mujer de treinta años con un torques de oro; junto a ella se dispuso un carro de cuatro ruedas, tres recipientes de bronce etrusco, una copa ática de figuras negras y la impresionante crátera de bronce que debió ser montada en el lugar. Se trata, sin duda, de una tumba principesca, exponente, por tanto, del más alto nivel social de la comunidad a fines del siglo VI a.C. Algo más al sureste, en Baden-Wurttemberg, está el túmulo de Eberdingen-Hochdorf, fechado a fines del Hallsttat D1, es decir, hacia el último cuarto del siglo VI a.C. El túmulo había sido construido con turba y loess y revestido en sus más de cincuenta metros de diámetro por piedra y postes de madera. En su interior, el enterramiento central había sido construido de madera y recubierto de piedra. E1 ajuar, uno de los más ricos conocidos de esta fase, no se componía de muchos materiales de importación, salvo un caldero griego de bronce, pero en su interior contenía un cazo de oro, y fuera un total de nueve cuernos con adornos de oro colgados de la pared, que estuvo revestida de tejidos. Se localizó un carro y una panoplia de guerrero, compuesta por un hacha, un cuchillo y una lanza; sobre el carro se habían depositado nueve bandejas y tres platos de bronce, pero sobre todo destacaba una cama de bronce con respaldo y restos de tapizado sostenido por ocho soportes en forma de mujer. El individuo enterrado era un hombre de unos cuarenta años, provisto de un sombrero cónico de cortezas de abedul, un torques de oro, una placa de cinturón, un carcaj, un puñal con una capa de oro y unos zapatos también bañados en oro. En total, contenía un peso en oro de medio kilogramo. En Hochmichele, por citar un tercer caso, en el ámbito de Heuneburg y en un gran túmulo de 65 metros de diámetro, junto a los ricos productos citados se documentó seda. En una clasificación de las tumbas por la riqueza, llevada a cabo por Collis, se señala que en la cúspide de la pirámide social se situaría el grupo de grandes tumbas principescas como las descritas. Un segundo nivel estaría representado por las tumbas con carro, bronce y cerámica local, pero ya sin oro; el tercero lo conforman las tumbas donde estuviera ausente el carro y la cámara, el hombre se acompañaría de la panoplia guerrera, una lanza y un puñal de hierro, y en las mujeres las fíbulas. Este grupo podría haber contado aún con sus propios túmulos. A partir de los estudios realizados en Asperg, se infiere también una serie de matices sobre las tumbas femeninas en relación a la edad y posiblemente al estatus del marido, que se expresaría por el número de fíbulas. Por la distribución de los materiales importados en el primer nivel de los enterramientos, se puede seguir la distribución macrogeográfica de estas tumbas; de este modo, sabemos que la concentración fundamental se desarrolló entre el Macizo Central francés y el Alto Sena por el norte, y el área de la Selva Negra por el este. Al norte de esta línea sólo se alcanzará la magnitud de los enterramientos citados en el siglo V a.C., durante La Tène A, pero ya el ajuar acompañante de los carros no contendrá objetos excepcionales como la crátera de Vix o el exótico lecho de Hochdorf, sino productos que resultan excepcionales en esa comunidad, pero que, por el contrario, son comunes en el área mediterránea, como los hallados en las tumbas de Kappel o Vilsingen en la primera mitad del siglo V a.C.

3.- Europa Oriental. Asentamientos.

La división tradicional en escitas reales o nómadas y escitas agricultores sedentarios debería permitir analizar un modelo de asentamiento, que, sin embargo, todavía no se conoce. En el área de la cultura de Chernoles, en la fase anterior a la supuesta intrusión escita, el poblamiento se caracterizaba por un hábitat abierto. En el distrito de Poltava, el modelo más característico es un poblado de 10 ha con las casas, en un caso hasta 22, dispuestas en círculo. Hacia el este el modelo se modifica por la aparición, sobre todo en el valle de Tjasmin, de pequeños núcleos fortificados por empalizada y con un foso inmediatamente delante; se sitúan en posiciones estratégicas y su tamaño oscila entre 40 y 100 metros de diámetro. La función y el origen de este nuevo modelo no queda bien definido, aunque en algún caso se ha interpretado como una expansión del grupo de Chernoles hacia el este. A partir del siglo V a.C., es decir, cuando esta población ya es definida como escita, el modelo sufre un nuevo cambio, ya que si por una parte se observa la continuidad del poblamiento en llano y sin defensas, caso de Ostroverkhovka con cinco grupos de casas cada una de las cuales presenta más de diez habitaciones, por otra algunos de los núcleos fortificados crecen considerablemente, como lo muestran Belskoïe en el valle del Volga o el fuerte de Tjasmin. En el primer caso, durante el siglo VII a.C., el lugar correspondía a dos fortines circulares, de los estudiados en la cultura de Chernoles; en el siglo VI a.C. ambos núcleos fueron incluidos en una estructura fortificada; por último, en la fase de los siglos V-IV a.C., se le añadió una nueva fortificación que dio la estructura definitiva al asentamiento hasta su abandono, en el siglo III a.C. Es difícil saber, en este momento de la investigación, cuál era la función de estos grandes centros; para Gimbutas, fueron lugares de reunión y defensa, y en todo caso de almacenaje del excedente; en cambio, para Chelov, pudieron ser centros de intercambio, almacenaje y producción industrial. La disposición de Belskoïe en el límite de dos territorios tribales hace pensar a este autor que se trata de Gelonus, citada por Heródoto, la capital de una unión tribal, que se encargaría de la redistribución de la madera y otros productos artesanales. Elizavétoskaïa, por citar otro caso, de 52 hectáreas y sobre el río Don, ofrece una interesante información, ya que el 80 por 100 de la cerámica recogida pertenece a ánforas griegas. Como en el caso anterior, el asentamiento desarrolló su vida hasta el siglo III a.C., siendo abandonado seguramente por la presión de los sármatas reales que ocuparon el Don hacia esta fecha; es entonces cuando se produce la aparición de Neapolis en Crimea, en un área periférica a las estepas. En el ámbito inmediato de las colonias griegas, la tendencia a imitar los modelos de la ciudad helénica fueron continuos, tanto en el área escita como en otras próximas. El asentamiento tracio de Seutopolis en Bulgaria, creado en el siglo IV a.C., muestra todas las tradiciones griegas en materia de defensa y de planificación, pero, como señala Champion, bajo esta apariencia nunca dejó de ser una residencia principesca.

Naturaleza-Tecnología-Sociedad
Salvo para muy pocos autores, se acepta que es el paso del segundo al primer milenio el que marca la aparición de la sociedad y la economía nómada. Uno de los grandes problemas que ha debatido la hasta hace poco tiempo arqueología soviética, ha sido precisamente el paso de una economía trashumante pastoril, pero sedentaria y con movimiento de una pequeña parte de la población para desarrollar esta labor, a otra de corte nómada. Klejn ha resumido las diferentes opiniones en una serie de teorías: *Teoría de la expulsión. Según la cual la población nómada fue expulsada de las raras y escasas zonas de la agricultura de regadío por la presión de los pueblos que habitaban estas áreas. *Teoría del desarrollo de las fuerzas productivas. Ha sido la tradicional en la ortodoxia marxista soviética y justifica la aparición del nomadismo por el crecimiento de las manadas de animales y la imposibilidad, por parte del modelo económico, de posibilitar pastos para este desarrollo; con tal motivo se recurrió a la dispersión como fórmula para continuar el crecimiento económico. *Teorías catastrofistas. Encierran algunas variantes como la climática, básicamente determinista, que valora el cambio en razones muy simples, como la tendencia a la aridez en la zona o, incluso al contrario, es decir, que el fin de ésta hizo posible un aumento de los pastos y la especialización. Markov ha defendido también como causa el factor antrópico, provocador de la deforestación y la salinización de los suelos. *Teoría demográfica. Importada de la historiografía occidental, ha sustituido la presión del medio por la presión demográfica. *Teoría del intercambio y la tesaurización. Para algunos autores, como Rudenko, el contacto continuado con las poblaciones sedentarias vecinas, que ya otros autores como Shilov habían defendido como causa de la aparición y consolidación de los nómadas, terminó por definir un doble sistema social de familias pobres y ricas, las últimas de las cuales al enriquecerse optaron por un sistema más ágil para mantener su poder: el nomadismo. *Teorías militaristas. Defendida por el propio Klejn, y asimismo presente en la obra de Masson, se fundamenta en el principio de que la guerra articulada a la movilidad fue un sector económico que posibilitó una relativa estabilidad económica, permitió un desarrollo económico en las limitadas condiciones que imponía el medio ambiente y fortaleció la estratificación social. Conviene señalar que algunos autores, como Marcov, han planteado la articulación de algunas de las anteriores causas citadas en un modelo multicausal, muy al gusto de la teoría de los sistemas. Si la diversidad rige el análisis capaz de explicar la aparición de la economía nómada, hay mayor coincidencia a la hora de seleccionar entre sus principales características el concepto de dispersión como el que mejor define el funcionamiento de la cría nómada, como actividad económica específica y dominante. Para Masanov la aparición y desarrollo de esta práctica se produce en el marco de una serie de límites impuestos en unas determinadas condiciones medio ambientales, que son absolutamente necesarias para la existencia de este tipo de modelo económico. Las condiciones climáticas naturales de estas áreas no permiten grandes concentraciones estabilizadas de ganado, debido a los limitados recursos forrajeros de la cobertera vegetal. En las estepas de Kazakhstán, un caballo necesita para su reproducción un mínimo de 20 hectáreas de pastos por año, y un cordero entre 5 y 7; en Mongolia, entre 1,6 y 6,7 para el segundo de los casos citados, y en las zonas subdesérticas esta medida puede ampliarse significativamente. En el plano de la cualidad, el problema es también complejo y afecta directamente a la selección racional de las especies. En los pastos desérticos del Kazakhstán, las Quenopodiáceas, que son la base fundamental de los pastos, presentan una variedad de 180 especies, de ellas los corderos consumen hasta 132, en tanto que los bueyes sólo 24. Un segundo limite ecológico lo aporta la ausencia de agua, en una zona claramente clasificable como árida o subdesértica, cuando no desértica. En general, casi todos los puntos de agua conocidos son artificiales, lo que exige una tecnología capaz de conocer y poner en práctica esta posibilidad: no deben ser pozos muy profundos y no deben encontrarse lejos de la zona de pastos y exige también la conciencia de que estos puntos no pueden mantener durante mucho tiempo una gran concentración ganadera. A ello hay que añadir que no todas las especies animales necesitan la misma cantidad de agua al día, lo que interviene en el campo de la selección racional de las especies que componen la ganadería nómada. Cumplidos estos requisitos, la red de pozos y áreas de pastos articulan el modelo de desplazamiento. A estos factores hay que añadir la capacidad de las especies no sólo para adaptarse a este medio ambiente, sino para desplazarse, es decir, su velocidad y su resistencia. Este hecho marca significativas diferencias entre la elección de un ganado u otro, por ejemplo, entre los rebaños de pequeños o grandes animales, y de hecho la distancia a los puntos de agua está en relación directa con la capacidad de desplazamiento del ganado: un caballo exige tener el punto de agua no más allá de cinco kilómetros, y un camello en cambio puede ampliar esta distancia hasta los 8 ó 10. En fin, un desplazamiento superior a la capacidad de la especie aumenta las condiciones de deterioro de los animales, y si además es desordenado, puede entrañar importantes pérdidas entre el ganado joven y aumentar las enfermedades. Las características de las diferentes áreas y la adecuación a éstas de una variedad de especies con distinta capacidad de respuesta al medio, ofrecen dos alternativas en la organización de los grupos de producción: o bien pequeñas unidades no especializadas o, por el contrario, amplias comunidades repartidas en grupos pequeños y especializadas en diferentes especies. En general, la estructura de la economía nómada se organiza en un débil grado de división territorial del trabajo, con un desarrollo tecnológico limitado a productos que fueran fácilmente transportables, para permitir una mayor capacidad de respuesta cuando las condiciones ambientales fuesen muy negativas, y siempre con la idea de que la dispersión fuese aceptada racionalmente como una norma ante el peligro que suponía su incumplimiento para la supervivencia del grupo social. Para Akichev, al desarrollo del nomadismo, que no deja de ser sino una adaptación histórica y, por tanto, se define como un modelo especializado a un nicho ecológico particular, contribuyen dos hechos tecnológicos fundamentales que se definen a partir del siglo X a.C., fecha en que se impone como modelo económico único, ya que desde el siglo XIV d.C., se conoce como modelo semisedentario, articulado a la agricultura y con desplazamientos estacionales; se trata del control de la tecnología para la obtención de agua con pozos artificiales y, de otro lado, la domesticación del caballo y la invención de las bridas, lo cual posibilitó el desplazamiento montado. A estos factores hay que añadir la importancia reconocida al armamento, seguramente en razón a los continuos conflictos que debieron existir entre grupos por el control de los nichos ecológicos básicos. En este aspecto, interesa destacar la presencia de la flecha y el carcaj y el desarrollo de la metalurgia del hierro, que son los elementos definidores de la cultura escita. Del hierro sabemos que esta comunidad llegó a controlar todo el proceso de extracción, pero, además, profundizó en ciertos aspectos cualitativos a través de la técnica del templado y por el soldado de las láminas. Uno de los centros más importantes de esta producción es Kamenka, en el Dniéper, fundado a fines del siglo V a.C., aunque conviene destacar que las pruebas sobre el avance en la metalurgia del hierro allí obtenidas se produjeron cuando los escitas se encontraban en un proceso de transición hacia un modelo sedentario, tal y como lo demuestran las fuentes históricas literarias, con referencias a su rey Ateo a mediados del siglo IV a.C. Este cambio en el modelo económico no debe entenderse, tal como lo ha expresado parte de la tradición historiográfica europea, como un proceso natural y deseado por los nómadas, sino como un modelo de interacción -así lo ha valorado Masson - que se produce preferentemente en la periferia del área de las estepas con el consiguiente intercambio cultural y simbiosis étnica con otras culturas. Es interesante recordar que las comunidades que se incorporaron a este proceso transformador como los escitas, los saces o los tagaros, están en contacto con altas civilizaciones, son la periferia de éstas, y en muchos casos, como lo recuerda el caso escita, han terminado por ocupar territorios que ya no les impone la limitación que les había llevado a la fijación del modelo económico nómada.

Relaciones de distribución y circulación
El modelo escita del norte del mar Negro, con una gran población agrícola, producía un importante excedente en trigo que, según Chelov, se destinaba al intercambio con la ciudad griega de Olbia; en sentido contrario, el asentamiento de Elizavétosvskaïa con su abundancia de ánforas griegas es indicativo de los fuertes contactos que existieron entre los dos mundos; sin embargo, salvo estos puntos de distribución de productos importados, la gran mayoría de los objetos de valor circuló hacia las tumbas de piedra con túmulo o kurganes de los escitas reales. La tradición se documenta ya desde los siglos VIII-VII a.C. como lo muestra el gran kurgán de Arjan, con 110 metros de diámetro y con habitaciones que rodeaban la tumba central, en la que se encontraron individuos de diferente sexo. En el conjunto habían sido enterrados en las habitaciones laterales hasta 15 individuos de edad y 160 caballos, además de documentarse los restos de un gran banquete. Aunque para algunos investigadores no cabe definirlo como propio de la cultura escita, es bien cierto que en él ya se documentan objetos que lo vinculan a ella, como una placa de bronce decorada con el típico estilo animalístico de esta cultura. A partir de los siglos V-IV a.C., la tendencia al enriquecimiento se hace evidente en los grandes kurganes, como el de Tchertomlyk, caracterizado por la riqueza de su ajuar, donde se documenta el conocido vaso de plata, con grabados de escitas domesticando caballos, además de animales, hojas de acanto y figuras de mujer de factura griega, y las características panoplias defensivas. A partir del siglo IV a.C. se observa un cierto empobrecimiento de las tumbas secundarias, donde llegan a desaparecer las armas, aun cuando sabemos por las fuentes que no disminuyó la importancia social del factor militar. El kurgán de Gaïmanova Moquila en Ucrania permite reconstruir el modelo característico de la ordenación espacial de un grupo de escitas: el gran túmulo, de 8 metros de altura y 70 de diámetro, se disponía entre varias decenas de túmulos más pequeños; aunque parte de la estructura había sido expoliada, en la fosa de acceso se encontraron dos caballos enjaezados con adornos de oro y plata. En una de las cámaras laterales había cuatro individuos, dos masculinos y dos femeninos, y dos carros de madera de cuatro ruedas. En general, se advierten varios niveles de riqueza en los ajuares: el primero lo constituye la simple tumba de fosa con el individuo inhumado; otro nivel lo conforman los enterramientos de caballeros, como el que se ha mencionado de Gaïmanova Moguila, en los que suelen documentarse por individuo masculino una espada, hasta dos lanzas y el clásico arco y flechas con su carcaj, se trata de túmulos de tipo medio o cámaras adjuntas a los grandes kurgartes; por último, destacan las grandes tumbas reales.


III.- EPOCA OSCURA GRIEGA
Inicio: Año 1200 a. C.
Fin: Año 700 a.C.

Varios son los periodos de la Historia Universal que reciben el nombre de Edad Oscura, término que, por una parte, se ha aplicado normalmente con una connotación negativa para referirse a épocas carentes de brillantez. Por otra parte, sin embargo, la denominación alude a la oscuridad producida por la carencia de fuentes. En este sentido, resulta aceptable para referirse al período comprendido entre los siglos XII y VIII a.C. en Grecia. Entre la desaparición del brillante mundo de los palacios micénicos y el renacimiento producido cuatro siglos más tarde, cuya principal manifestación fue la aparición de la escritura y, posiblemente, la redacción escrita de los poemas homéricos, el conocimiento de la historia griega se hace especialmente difícil, por una carencia de fuentes que, sin duda, responde a realidades estructurales. De ahí que, a semejanza del período de la historia europea comprendido entre la Antigüedad clásica y el Renacimiento, también se haya denominado Edad Media griega, con evidente pero justificada impropiedad. Los signos del Renacimiento se identifican con la aparición de los poemas homéricos, "La Ilíada" y "La Odisea", obras referidas al pasado, que sirven para definirlo como mundo de los héroes. El escenario de los poemas se sitúa en el mundo micénico, de forma que todo el período se halla marcado por sus contenidos, por haber sido posible vehículo de transmisión y de elaboración constante, así como por haberse convertido ideológicamente en el periodo donde fraguó la imagen que los griegos se hacían de sí mismos. Realidad e imaginación se entrelazan para configurar las representaciones de una época oscura que deja entrever por ello mismo su complejidad.

1.- Crisis del siglo XII

Tanto los datos resultantes de los estudios arqueológicos como la impresión que se saca del análisis de las tradiciones legendarias griegas, llevan a la conclusión de que, en torno al año 1200 a.C., se produjo una fuerte conmoción en el mundo de los reinos micénicos, coincidente con la que tuvo lugar en general en el Mediterráneo oriental, que se conoce por la presencia de un conjunto de pueblos de carácter no bien determinado, identificados por los documentos egipcios de la época como pueblos del mar. En realidad, se trata de las manifestaciones coyunturales de una profunda crisis que afectó, de una manera o de otra, a las estructuras de todos los grandes estados de la Edad del Bronce tanto en el Mediterráneo como en el Próximo Oriente. En la península helénica, la crisis se manifestó en la destrucción de la civilización palacial, lo que se muestra materialmente en la desaparición de muchas de las grandes construcciones que la caracterizaron. Los datos revelan que el proceso destructivo no fue uniforme ni coincidió en el tiempo de modo absoluto. La teoría de un cataclismo natural o la existencia de factores externos representados por una nueva población cuya llegada provoca un gran trastorno, a partir del que se inicia una renovación racial que justificara la ulterior maravilla representada por el clasicismo griego, no encuentra fundamento en los resultados de la investigación. Sólo se apoyan en la falta de aceptación del hecho de que las sociedades cambian, incluso violentamente, por factores internos. El hecho de que los factores externos se identifiquen con una renovación racial procedente del norte contiene, además, otras implicaciones obvias. En realidad, en la situación de la época, lo interno y lo externo quedan absolutamente integrados en un proceso de cambio productor de transformaciones tales que obligan a las migraciones y a los desplazamientos violentos. Ahora bien, en esas convulsiones, externas e internas, no se detecta el triunfo de una nueva población, ni parece evidente que, a escala más amplia, los Pueblos del Mar sean los recién llegados triunfadores, sustitutos de poblaciones antiguas. Se trata de un movimiento amplio de grupos humanos, más o menos organizados, entre los que algunos de los mencionados en documentos egipcios u orientales pueden identificarse con aqueos o dánaos, los nombres que reciben los griegos de época micénica en los poemas homéricos. Puede deducirse, por tanto, que estas poblaciones no fueron sólo víctimas de los acontecimientos de la época, sino que también tomaron parte activa, impulsados por el mismo movimiento que llevó a la desaparición de sus propios asentamientos. En la crisis no hubo vencedores ni vencidos, sino la manifestación de las condiciones que facilitaron el final de un mundo y que impulsaron a acciones violentas dentro del espacio que había sido ocupado por las civilizaciones del Bronce. Micenas y otros asentamientos sufrieron destrucciones que, sin duda, repercutieron en el proceso, pero que no significaron, por sí mismos, el final de la civilización, prolongada bajo nuevas condiciones en un proceso complejo, en que se interfieren factores de diferente orden, donde no cabe la identificación mecanicista entre destrucción y final del mundo micénico. Otros asentamientos sufrieron destrucciones en torno a la misma época, desde antes de la fecha simbólica de 1200 a.C., en torno a la que se sitúa todo el proceso transformador que hizo desaparecer el sistema anterior. Los actores, cuya procedencia puede situarse dentro de cada ciudad, o bien en algunas de las otras ciudades, en cada caso, o incluso en movimientos ajenos, son, de cualquier manera, poblaciones que se hallan igualmente en crisis, víctimas y protagonistas de los procesos de cambio.

2.- Tradición legendaria

De las leyendas que los griegos situaban en época micénica destaca sin duda la correspondiente al ciclo troyano, que narra la guerra de Troya y el regreso de los héroes a sus patrias, dramático y lleno de vicisitudes, entre las que sobresalen las que tuvo que pasar Odiseo. El regreso de Agamenón resulta muy significativo, por el proceso de destrucción familiar que se inicia y continúa con la dispersión de los descendientes, coincidente, en fecha mítica, con la desaparición de la Micenas arqueológica. El rey que dirigía la expedición a Troya fue asesinado a través de la confabulación entre su esposa, Clitemnestra, y Egisto, pero fueron muertos por los hijos del matrimonio, Orestes y Electra, que colaboraron en la realización del parricidio. La casa familiar y la ciudad sufren los efectos destructivos, consecuencia indirecta de la expedición lejana a Asia Menor, para destruir Troya. Este episodio puede responder también a los desplazamientos y luchas que caracterizaron la época que iba a terminar con el fin del mundo micénico. En la Atenas del siglo V a.C., en pleno apogeo intelectual de la ilustración griega, en ambiente democrático, donde se hacían evidentes los conflictos internos de las sociedades humanas, el historiador Tucídides fue capaz de penetrar profundamente incluso en las realidades remotas teñidas por los mitos. En el capítulo 12 del libro I, hace notar que, a partir de la guerra de Troya, se produjeron conflictos internos en las ciudades, lo que después facilitó los movimientos migratorios. Tucídides sabe que la crisis es fundamentalmente interna, aunque provoque desplazamientos que permiten configurar un nuevo mapa étnico, reflejo de la nueva realidad en el plano estructural. Después de Troya se produjo, según Tucídides, la ocupación de Beocia por los beocios expulsados de Tesalia, la del Peloponeso por los dorios y la de Jonia por los colonizadores del Ática.

3.- Lengua griega

En líneas generales, el panorama que se desprende de las tradiciones legendarias coincide sustancialmente con el que ofrecen los estudios dialectológicos de la lengua griega. A partir de polémicas científicas todavía parcialmente vigentes, donde la formación de los diferentes dialectos se ha explicado por procedimientos variados, por oleadas o por separaciones internas ya dentro de la época oscura, al sumarse los datos de la arqueología y predominar los intentos totalizadores, se llega a una visión dinámica de la configuración del griego como lengua poseedora de ricas variedades dialectales. Sin duda, el gran movimiento diferenciador tuvo lugar en la edad oscura, como consecuencia del amplio proceso migratorio que llevó a la ocupación de Asia Menor y a la formación de los dialectos orientales. Sin embargo, el dialecto dorio posee características propias que llevan a los investigadores del pasado a colocarlo en una posición específica, de introducción reciente, consecuencia de una nueva migración que sería la causante de la destrucción del mundo de los palacios micénicos. Las matizaciones que han resultado de estudios más recientes llevaron primero a identificar el dialecto con el hablado por las clases oprimidas del mundo micénico, cuya destrucción sería la consecuencia de una revuelta social. Más tarde, se ha admitido de nuevo el carácter migratorio de su aparición, pero más bien situada en la Edad Oscura, consecuencia, más que causa, de la catástrofe. Por otro lado, la migración no representaba una nueva invasión exógena de pueblos procedentes del norte, síntoma de una renovación racial. Las características de la lengua doria se hallan desde época anterior situadas en amplias regiones del norte o del oeste de Grecia, donde no influyeron los aspectos renovadores que llevan a la constitución de los dialectos orientales. Tesalia, Dóride, Fócide, Lócride, Etolia y Acarnania poseían en sus lenguas los rasgos con que se identifica el dorio, lengua de los pueblos que se movieron hacia el Peloponeso en época oscura, en la que se asentaron y consolidaron sus caracteres. Estos representaron el resultado histórico de la confluencia de los movimientos de pueblos con la configuración de la nueva sociedad, en que las agrupaciones concretas tienden paulatinamente a constituirse en ciudades estado.

4.- Los Dorios

Se identifican como dorios los grupos de griegos del noroeste que, en la época inestable de las migraciones, tendían a asentarse en el Peloponeso, en las islas Cícladas y en la costa sur de Asia Menor, creando relaciones complejas con los que habitaban previamente esa zona, pero con la tendencia a imponer sus modos de organización. El problema se plantea ahora, no en términos disyuntivos, sobre si hay o no migración doria, sino en términos cualitativos, sobre qué quiere decir en esta época el concepto de etnia, de etnia doria, de movimientos de pueblos, y sobre qué tipo de movimientos colectivos pueden definirse como propios de la época, así como sobre los significados que en ellos tiene la lengua, la organización tribal y la configuración de las tradiciones legendarias. Al margen de los datos de la lingüística comparada entre los dialectos griegos, lo que se considera más característico de las ciudades encuadradas por la tradición entre los dorios es la organización tribal tripartita. Musti ha puesto el acento sobre la generalidad de la existencia de tal organización entre los dorios, acerca de la que es unánime la tradición en lo que respecta al carácter de su procedencia de la Grecia central, al norte del Peloponeso, dentro de la región donde se desarrollaron los dialectos del noroeste, grupo de procedencia de la lengua doria. Pánfilos, Dimanes e Hileos, nombres de las tribus dorias, son descendientes de los hijos de Eginio, personaje representativo de la tradición exterior al Peloponeso. El hecho de que Hilo sea hijo de Heracles, adoptado por Eginio, y de Deyanira, personaje vinculado, igualmente, a la Grecia central, convierte, en la leyenda, la invasión de los dorios en regreso de los Heráclidas, tradición que introduce un elemento de complejidad que seguramente se aproxima bastante a la realidad, susceptible de ser objeto de manipulación según los intereses concretos, tendentes a potenciar o reducir los componentes dóricos o predóricos en la configuración de la propia imagen de las colectividades correspondientes.

5.- Datos arqueológicos

Los estudios arqueológicos correspondientes muestran que la crisis de 1200 a.C. no significó la destrucción de los palacios, sino el inicio convulsivo de un proceso de cambio que, inicialmente, puede considerarse de decadencia, dentro de la pervivencia de los rasgos característicos de la civilización micénica, el Micénico Tardío III C. Los rasgos principales permiten una interpretación compleja del problema. Por una parte, se detecta la presencia de grupos extraños, posiblemente pastores, de asentamientos poco estables, que a veces parecen aprovechar y, posteriormente, remodelar las zonas marginales de los antiguos asentamientos, en proceso de crisis. No parecen estas poblaciones las responsables de ningún tipo de destrucción. En efecto, por otra parte, la crisis interna se manifiesta en una reducción cuantitativa de la población y en una reducción cualitativa correspondiente a las tumbas de las clases dominantes. La decadencia se prolonga durante todo el siglo XII y hasta el siglo XI, en el período conocido como submicénico en la terminología cerámica. La población continúa disminuyendo y algunos lugares resultan ya abandonados. Los síntomas de recuperación sólo empezarán a notarse a partir del siglo X. De todos modos, el proceso se revela extremadamente variable, con épocas vacías alternativamente en regiones diferentes, síntoma de que durante todo el período aquí tratado continuaron las convulsiones, con movimientos de pueblos y conflictos sociales indicativos de la configuración de una nueva sociedad. Las nuevas formas de asentamiento son, sin embargo, demasiado inestables para dejar huellas arqueológicas, pues las nuevas implantaciones territoriales se van haciendo de acuerdo con formas de organización tribal que no se sirven de lugares fijos desde los que controlar centralizadamente la producción, como ocurría en el mundo micénico de los palacios. Con todo, del uso de determinadas armas de bronce puede deducirse que los pueblos asentados en la Grecia del noroeste mantenían previamente contactos con los micénicos y que, en la época de transición, habían llevado a cabo determinadas modificaciones propias para adaptarlas a formas de guerra más móviles que estarían presentes en el Peloponeso de la época oscura para extenderse luego a las islas del Egeo meridional. Hiller encuentra en estos datos, junto con los lingüísticos, los fundamentos reales que pueden apoyar la creencia en las narraciones tradicionales acerca de las invasiones, explicables por movimientos tribales propios de una época de crisis. En lo que a la cerámica se refiere, el período se caracteriza por la pervivencia de los aspectos más vulgares de los estilos micénicos dispersos en las cerámicas regionales. La recuperación viene representada por el estilo protogeométrico, cuyos orígenes se sitúan en el Ática. A partir de aquí se difunde por todos los centros de la nueva cultura, empezando por la Argólide, que se convierte a su vez en centro de difusión de formas originales. El estilo geométrico es el síntoma más claro del desarrollo cultural de la época, tanto en los aspectos técnicos, reveladores del dominio de la rueda y del compás, como en el temático, indicativo de nuevas formas de control del mundo imaginario, con la representación de hombres y animales sometidos a la rígida lógica de la razón geométrica. Las nuevas agrupaciones tienden a crear estilos propios, sobre todo en las zonas de mayor vitalidad, Creta y Corinto, donde muy pronto se inclina hacia formas orientalizantes. Hay zonas que permanecen, sin embargo, al margen de las innovaciones o bien para seguir ancladas a estilos antiguos o porque han sufrido una larga despoblación, como Laconia, Acaya y Mesenia. Nada indica que el carácter dorio de las comunidades signifique la adopción de determinados comportamientos, ni en la difusión de formas cerámicas, ni en las nuevas formas de enterramiento con incineración en cista de piedra, ni en la extensión del uso del hierro, fenómenos culturales ajenos a cualquier consideración de tipo étnico.

6.- Identidades culturales

Al final de la Edad Oscura, las divinidades objeto de culto son sustancialmente las mismas que lo eran en el mundo micénico, de lo que puede desprenderse de los datos procedentes de las tablillas. Por otra parte, comunidades dorias y no dorias comparten las mismas divinidades dotadas de los mismos atributos. Más complicado resulta acercarse al problema desde el punto de vista arqueológico, pues los centros religiosos que reciben ofrendas desde el siglo XI y, más abundantemente, desde el X y el IX, si en unos casos, como el de la Acrópolis de Atenas, representan la continuidad de un centro de culto micénico, en otros parece establecerse en anteriores asentamientos de población, generalmente de carácter modesto, como podría ser el caso de lugares posteriormente tan importantes como Olimpia y Delfos. Los lugares micénicos, por el hecho de serlo, adquieren un nuevo prestigio que los hace utilizables para el culto de la religión tradicional, reconstituida a través de un proceso de utilización de mitos pasados y materiales revalorados ideológicamente. La nueva cultura se define en el uso del pasado. Lo mismo ocurre en la definición de los dorios como entidad cultural, donde se utiliza la tradición anterior referente a los Heráclidas descendientes del héroe aqueo, pero integrados en la nueva población a través de Eginio como padre adoptivo de Hilo, hijo de Heracles y Deyanira. Según Heródoto, V, 72, el rey Cleómenes de Esparta se declaró aqueo cuando quiso entrar en el templo de la diosa Atenea, en la Acrópolis de Atenas, y la sacerdotisa trató de impedírselo por ser dorio. Los reyes espartanos se consideraban descendientes directos de los Heráclidas, lo que servia de base, según Mazzarino, para alimentar la ambigüedad entre los dos aspectos que se hallaban mezclados en quienes habían adoptado ese nombre. El origen era doble y la definición llegaba a constituir un fenómeno eminentemente cultural, cuyas bases étnicas quedan integradas en un proceso histórico complejo. El agrupamiento en torno a las comunidades tribales resultaba así el factor más estable en el momento de definir las marcas de personalidad del grupo dorio. Sin embargo, si la identidad doria tiene sentido en este campo y en el lingüístico, en el aspecto religioso y cultural, así como en la renovación de formas de combate, ahora más móviles, y en las formaciones sociales y económicas, los rasgos comunes resultan predominantes para definir el momento histórico. El problema dorio se integra, por tanto, en un conjunto más amplio donde cobra un nuevo sentido al adoptar una posición determinada en la totalidad.

7.- Poemas homéricos

Al final de la Edad Oscura, entre los siglos VIII y VII, se llevó a cabo la redacción de los poemas que la tradición atribuye al poeta Homero. Ya en el siglo XVIII se planteó la duda de que un solo poeta, en los albores de la creación literaria de la humanidad, fuera capaz de realizar una obra de tal envergadura. Al mismo tiempo, una cierta crítica literaria, que ya había funcionado entre los eruditos de la Biblioteca de Alejandría, en los momentos finales de la historia independiente de Grecia, tendía a considerar impropio de la personalidad de Homero el hecho de que en los poemas se advirtieran contradicciones o repeticiones. El resultado fue el nacimiento de la querella homérica, en torno a la unidad de los poemas, en la que algunos defienden que se trata de dos obras únicas, compuestas por un individuo genial, donde es inevitable la apreciación de determinados fallos, y otros que se trata de un conglomerado de obras sueltas irregularmente compuestas y enlazadas, hasta que, a través de la comparación con la época viva de algunos pueblos eslavos, Parry planteó la hipótesis de la oralidad. Los poemas habrían tenido, antes de su redacción escrita, una larga prehistoria, que se revela en algunas de sus específicas características formales, sobre todo en la llamada fórmula o expresión hecha a que recurre el poeta como método memorístico, adecuada para cubrir de modo recurrente determinados esquemas métricos en circunstancias a veces adecuadas y a veces no, pues se puede hablar del casco brillante de Héctor, aunque se halle rodando por el suelo con su dueño herido y caído tras el ataque de Aquiles. Con una gran cantidad de matices y de variaciones, tiende a generalizarse la opinión de que los poemas conocidos por haberse sometido a la forma escrita representan el punto culminante de una larga tradición, aunque el hecho mismo de haberse escrito, en un momento cultural determinado, con características propias, ha dado un nuevo tono a las obras, sometidas ahora a las nuevas necesidades de la sociedad que se configura con los inicios de la época arcaica. Como en otros aspectos culturales, la poesía que se desarrolla en la época oscura es nueva y va renovándose de acuerdo con los cambios producidos a lo largo de varios siglos, pero se apoya en una tradición de la que se sirve y a la que manipula en consonancia con las nuevas formaciones sociales que buscan un nuevo modo de controlar la cultura, en el que parece desempeñar un importante papel el uso del pasado.

8.- Homero y Micenas

Desde el momento en que los trabajos arqueológicos comenzaron a sacar a la luz las realidades materiales del mundo micénico, cuyo impulso procedía del interés de Schliemann por encontrar los escenarios de los poemas homéricos, los objetivos de la investigación histórica se definían en ese sentido. Las correspondencias y los desfases se han ido poniendo de relieve en una sucesión de trabajos caracterizados por posturas bipolarizantes. Las mismas actitudes han presidido en gran medida las preocupaciones de quienes se acercaban con ánimo de desentrañar la realidad histórica a las tablillas micénicas, una vez descifrada la escritura lineal B. Los resultados son cada vez más matizados frente a la bipolaridad que sólo admitió el reflejo de la realidad o la falsedad mitificadora como actitudes contrapuestas. Los poemas son el producto vivo del final de la Edad Oscura. Sin embargo, también se detectan los rasgos de una estructura monárquica de tipo palaciego, en la figura del ánax, equiparable al wa-ne-ka-te de las tablillas, señor de poder soberano cuyo título se aplica igualmente al señor de dioses y de hombres, a Zeus, sublimación del poder monárquico, aunque a veces su casa se parezca a la hacienda de un noble de los inicios de la época arcaica. Las tablillas tratan de un ra-wa-ke-ta, que se interpreta como conductor del laós, del pueblo en armas, ayudante del rey que, aunque carece de correspondencia léxica en los poemas, puede identificarse con el papel de Héctor, jefe guerrero junto al rey Príamo, retirado del combate. El basileus homérico, especie de rey subordinado al ánax, puede tener su equivalencia en el pa-si-re-wa. Todo ello, sobre la base de que en la escritura lineal de base silábica, cada una de las sílabas expresada en transcripción entre guiones, refleja imperfectamente la fonética griega y no distingue, por ejemplo, entre -r- y -l-. La ke-ru-si-ya micénica equivale sin duda a la gerousía, reunión de gérontes, que de ancianos han pasado a identificarse con la nobleza de los héroes guerreros. Con todo, el análisis preciso de las realidades que subyacen a esos términos, así como el estudio del conjunto histórico, llevan a autores como Finley a considerar mucho más significativas las diferencias que las similitudes. La época ha cambiado sustancialmente. La realidad micénica aparece, por tanto, como pura arqueología y lo que se revela en los poemas es la preocupación de los habitantes de la Grecia del siglo VIII o VII por dar un nuevo valor a su propio pasado. Esta preocupación despierta un espíritu anticuario que hace recuperar recuerdos lejanos, a veces en una confusión donde los anacronismos resultan el elemento más significativo.

9.- El panhelenismo

La historia de la elaboración de los poemas homéricos a lo largo de la época oscura es, al mismo tiempo, la historia del pueblo griego y de su formación como tal. Desde el punto de vista geográfico, entonces se produce el gran movimiento migratorio que los llevó a ocupar las islas del Egeo y la costa de Asia Menor en su parte occidental. Fue ya en esa nueva disposición donde los poemas se pusieron por escrito y este mismo hecho significó una cierta toma de conciencia de la unidad de los griegos, basada precisamente en la constitución de tradiciones comunes, entre las que la más eficaz fue la referente a la expedición a Asia Menor para emprender la guerra de Troya. En ella habían participado tropas y naves procedentes de toda Grecia, de norte a sur, y de las islas, incluida Creta, es decir, de todos los emplazamientos que se consideraban vinculados, directa o indirectamente, a los recuerdos de la civilización palacial. Los catálogos del libro II de "La Ilíada" sirven para dar nuevo prestigio a la Grecia en su conjunto, así como para justificar su presencia en las fundaciones de Asia Menor. El pasado se usa, se manipula e incluso se inventa, a pesar de que arqueológicamente se apoya en bases constatables, lo que da un nuevo valor histórico a los poemas como visión del pasado desde el pasado, para comprender un nuevo aspecto de la realidad micénica: el de la imagen que era capaz de transmitir y hacer perdurar a lo largo de los siglos oscuros. A través de las transformaciones sociales y políticas, a través de las migraciones, el sistema social se considera modelo de prestigio para la aristocracia que entonces se constituye y su realidad de conjunto sirve de apoyo para un nuevo panhelenismo, el que se forja como fundamento de la sociedad aristocrática que muestra su solidaridad de clase al participar en prácticas religiosas que se desarrollan en santuarios panhelénicos, fenómeno paralelo al del panhelenismo de la épica. La tradición oral, dúctil, permite las adecuaciones al momento vivido hasta que la tradición confía en la diosa Mnemosyne para mantener íntegras unas estructuras a las que ahora acudir con nuevos objetivos, como cuando se hacen nuevas ofrendas en lugares micénicos, capaces de pervivir en el tiempo a pesar de las transformaciones.

10.- Los ciclos épicos

La épica griega no se limita a los poemas atribuidos a Homero. Además de las obras atribuidas a Hesíodo, hubo una extensísima producción conservada muy parcialmente en fragmentos y testimonios indirectos que sirven al menos para dar a conocer la existencia de gran cantidad de temas que abarcaban las historias de muchos personajes de la mitología agrupados en ciclos, que serían posteriormente utilizados por los poetas líricos y trágicos, por los pintores de vasos de cerámica y por los escultores que adornaban frisos y frontones de todos los templos. En la Edad Oscura se configura el conjunto de la temática que nutre toda la cultura griega y su fundamento se hallaba en los tiempos heroicos, identificados con el mundo micénico. Así pues, toda esa cultura posee un constante referente situado en ese mundo, cuya realidad histórica se ha manipulado hasta transformarla en mito. Los poemas homéricos forman parte, en su temática, del ciclo troyano, donde se incluyen los antecedentes de la guerra, así como los regresos de los héroes, de los que el de Odiseo-Ulises sirve como tema de "La Odisea" y el de Agamenón como argumento de la trilogía trágica de Esquilo, "La Orestíada", ya en el siglo V. Los fundamentos son difíciles de captar, pero a través de toda clase de manipulaciones, parece notarse la huella de preocupaciones específicas, relacionadas posiblemente con el final de aquel mundo. Lo mismo ocurre con el otro ciclo famoso, el de Edipo y sus descendientes, causantes con sus conflictos internos de los grandes dramas sufridos por la ciudad de Tebas. Los ciclos se transmiten todos ellos por vía oral a través de cantores que viajan por las comunidades griegas, aprovechando las tendencias panhelénicas que permiten la comunicación. El oficio tiende a especializarse dentro de clanes determinados, entre los que el más famoso llegó a ser el de los Homéridas, que se convirtió con el tiempo en el monopolizador de la tradición épica, aunque también se nota en manifestaciones cerámicas que los suyos no son todavía en época arcaica los temas predominantes. La formación del mundo cultural que favoreció la actividad de los santuarios panhelénicos permitió también el inicio de la celebración de festivales donde se recitaban los poemas, lo que llevó paulatinamente a la creación de formas canónicas tendentes a la fijación por escrito. Los temas épicos representaban el mismo fenómeno de recuperación del pasado que estaba implícito en la renovación de cultos en centros tradicionalmente considerados como herencia micénica. La recuperación cobra así todo su sentido en diferentes campos de la vida cultural.

11.- La poesía de Hesiodo

La poesía que se atribuye a Hesíodo ofrece un panorama bastante diferente. La hipótesis de que existe una tradición épica que permanece en el continente, y por ello experimenta otra evolución, se ve corroborada por las peculiaridades de sus preocupaciones temáticas. La tradición experimenta así una cierta bifurcación que sirve para completar la comprensión general de la época. La nueva sociedad ha sido capaz también de organizar un todo complejo en el que se integra el mundo fantástico del imaginario primitivo, lleno de seres monstruosos, gigantes y titanes, en constantes luchas entre ellos, presidido por el Caos, para en una compleja genealogía abrir las puertas a un nuevo mundo presidido por Zeus. La nueva jerarquía sirve de modelo a los reyes que presiden en la realidad las comunidades que se han configurado a lo largo de la edad arcaica. "La Teogonía" es el relato del origen de los dioses, pero también el de la creación de una estructuración integrada superadora del mundo primitivo de los seres excesivos. La monarquía impone la unidad, pero es ya el modelo del nuevo basileus, noble aristócrata cuyo poder se ejerce a escala local. Este aristócrata es quien se erige con unos poderes que afectan profundamente al campesino, en el momento en que, a consecuencia del proceso de asentamiento, se define la propiedad. El campesino puede verse desprovisto de su tierra si no trabaja. Por ello, Hesíodo aconseja a su hermano que se afane, no vaya a ser que alguien acapare su tierra. El problema está en esos reyes, devoradores de regalos: dorophagoi. Los campesinos libres corren el riesgo de convertirse en dependientes por este procedimiento. Zeus, el rey monárquico, modelo de los reyes, representa también la unidad perdida, donde los campesinos depositan su confianza en la esperanza de que triunfe Dike, la Justicia. Los actuales reyes emiten sentencias torcidas y Hesíodo aconseja la sumisión, aunque en algún momento se deja arrastrar por la ira y expresa el deseo de no ser tan justo, porque obtiene más justicia el que se comporta más injustamente. Sin embargo, termina triunfando la postura partidaria de la sumisión a ese Zeus, contrapuesto e identificado al mismo tiempo con el poder aristocrático.

12.- Basileia, oikos, genos

A veces, da la impresión de que el Zeus de los poemas homéricos, igual que los reyes de "La Ilíada" y "La Odisea", es realmente el señor de un oikos, es decir, el jefe y organizador de una unidad económica compuesta por sus familiares y grupos de personas que se encuentran con respecto a él en diversos grados de dependencia. La basileia que se define a lo largo de la época oscura, al configurarse una propiedad acumulativa definida en ese oikos, viene a ser una forma de aristocracia, que recibe el mismo nombre que los señores que, en época micénica, tenían un poder militar que les permita ir a la guerra con sus huestes, su laós, pero que dependían, al menos en momentos de guerra, del señor supremo que se identifica con el ánax. También el nuevo basileus es jefe militar y puede emprender campañas para conquistar tierras y fundar ciudades, sobre todo en la época de las migraciones, en que se consolida su poder y capitaliza en su favor la organización gentilicia. Ésta se convierte en el vehículo por el que se transmiten las dependencias y favorece el predominio de los mejores que se convierten en eugeneis, pertenecientes a los buenos gene, los que se pueden conocer, gnorismoi, coincidentes con aquellos que son capaces de realizar hazañas excelentes, aristeiai, por lo que ellos mismos sobresalen por su virtud, areté, y se erigen en áristoi, en los mejores. El sistema aristocrático favorece la existencia de la basilea, representada por los miembros de las familias sobresalientes y que en algunos casos pueden convertirse en auténticos reyes, en el sentido de monopolizar el poder sobre una comunidad incluso después de que ésta se haya instalado como comunidad ciudadana, como politeia, circunstancia en que, normalmente, la comunidad afirma su organización tribal para convertirla en vehículo de participación colectiva, controlada por los aristócratas de modo colegiado. Lo normal es que esa realeza quede relegada, salvo en casos como el espartano, a una funcionalidad religiosa, ejercida indistintamente por diferentes miembros de la aristocracia.

13.- Demos y thetes

Las primitivas comunidades vivían en demos, asentamientos donde se explota la tierra repartida, dasmós, que entran en relaciones complejas con los señores, en el proceso acumulativo que se refleja en el poema hesiódico de "Los trabajos y los días". Su capacidad de supervivencia como demos libre resultó variable a lo largo del espacio geográfico griego. En algunos lugares se convirtieron en comunidades dependientes, en otras forzaron los agrupamientos en comunidades urbanas donde asentaron su identidad como comunidad, con funciones militares y capacidad para disfrutar de parcelas de tierra, siempre en relaciones conflictivas con los poderosos y de resultado variable. Al margen de las comunidades, los acontecimientos de la edad oscura permitieron la aparición de personas o grupos marginales, carentes de identidad como grupo, sólo capaces de subsistir cuando se alquilaban como mano de obra a cambio de la manutención o de un salario, misthós. Son los thetes, los que carecen de arraigo en la comunidad y con la tierra, que se encuentran en las condiciones adecuadas para caer en formas de dependencia individual que se orientan hacia la esclavitud, fenómeno que poco a poco se ve favorecido por el desarrollo de los viajes con intenciones comerciales y de las expediciones bélicas que tendían, no ya a controlar las tierras vecinas, sino a la captura de hombres para someter a los incipientes mercados de esclavos.

14.- Fundamentos teológicos. El Rey divino.

Los padres de la religión griega son, en cierto modo, Homero y Hesíodo. La realidad, vista desde otro ángulo, consiste en que las formas de estructuración social que se llevan a cabo a lo largo de la Edad Oscura vienen a plasmarse ideológicamente en sus obras, como resultado cultural del mismo proceso que lleva al final de la edad oscura. En ellos aparece la nueva situación sin dejar de estar presente el entramado complejo de relaciones conflictivas que vino a desembocar en el nuevo mundo. El panteón recientemente estructurado revela la complejidad de sus orígenes. Por una parte, la realeza divina de Zeus se impone sobre el Caos y sus secuelas, a través de la victoria sobre los Gigantes y la sustitución de su propio padre, Crono, que devoraba a sus hijos tras haber derrotado a su progenitor, Urano. De la fuerza celestial, representada por este último, hasta el nuevo rey, igualmente celestial, carácter revelado por la etimología del nombre y la comparación con otras lenguas indoeuropeas, el resultado ha sido el establecimiento de un poder organizado, comparable al Estado, más allá de la anarquía de los poderes monstruosos anteriores. Sin embargo, ciertas tradiciones revelan que, al menos, una parte de la población verá en la época de Crono una edad de oro.

Casa de Zeus
Según una tradición, la época de Zeus habría traído consigo el trabajo. En cierta medida, representaba el final de la edad de oro, pero también, para el campesino, la época en que a través de su hija Dike, la Justicia, era posible la concordia entre nobles y campesinos. Su carácter de divinidad estable y estática, junto a su realidad históricamente condicionada, produce la ambigüedad que permite una mayor eficacia, porque el Zeus de los poemas homéricos, junto a las posibles referencias a la realeza auténticamente micénica y a la realeza idealizada de la época antigua donde había justicia, también representa al jefe de un oikos, con una familia compleja a su alrededor, dependiente en diferentes grados, profundamente patriarcal, a pesar de que algunos rasgos de los dioses de sus familias puedan resultar chocantes, sólo lo suficiente para revelar la pervivencia de funcionalidades primitivas, relacionadas con la producción y la reproducción. Las diosas pasan a convertirse en sus esposas o sus hijas y, a pesar de los celos de Hera, se le permite la poligamia productora de nuevos dioses o héroes, en lo que también revela los rasgos propios de sociedades primitivas, perdurables por su vigencia como punto de referencia para crear una nueva cohesión actual. En su casa se representa el triunfo del patriarcado dinámicamente, resultado de la concentración del poder, de la victoria sobre seres primitivos y de la integración de las divinidades femeninas. Así, Zeus representa al jefe del oikos, sublimado en sus referencias a la realeza antigua.

Tradición e innovación
En los poemas homéricos, junto a los cultos y a las divinidades que remontan su tradición a época micénica, están igualmente presentes otros que responden a los cambios que han tenido lugar a lo largo de los siglos oscuros. Más que a las migraciones relacionadas con la nueva implantación doria en la península, las innovaciones resultan como consecuencia de la integración de las poblaciones consideradas prehelénicas. El culto de Apolo, procedente de Licia, que atraviesa el Egeo pasando por Delos; el culto de Afrodita, divinidad oriental que se asienta primero en Chipre, en el mundo temprano de los viajes mediterráneos, están ya presentes en los poemas, configurando lazos familiares dentro del panteón olímpico. Apolo, con Ártemis, divinidad igualmente asiática, de profundas raíces en los pueblos que entran en contacto con los griegos en torno a Efeso, y con Leto como madre de ambos, forman una trinidad clásica de procedencia prehistórica, aunque ya en los poemas la madre haya formado una nueva pareja con Zeus. Afrodita, reina diosa de Chipre, se amolda en los poemas a un papel secundario con relación a los valores del panteón, así como con relación a los dioses directamente vinculados con funciones masculinas como Atenea, o integrados en el mundo matrimonial, como Hera. Afrodita sufre la libertad de su feminidad al aparecer en posiciones que ridiculizan su debilidad o critican su capacidad de atractivo hacia los varones.

Ethos aristocrático
Cuando Aquiles consigue que Agamenón devuelva a la esclava Briseida, hija del sacerdote de Apolo, porque este dios castiga con la epidemia a las tropas de los aqueos, el señor, ánax, que se hallaba al frente de las tropas atacantes de Troya, el rey de Micenas Agamenón, se venga arrebatándole a la esclava que le había correspondido a él, Briseida, en un acto despótico que Aquiles le recrimina, pues se dedica a quedarse con el mejor botín obtenido de las hazañas de los demás. La estructura aquí representada tiene una doble cara, pues el basileus Aquiles se ve obligado a plegarse a las decisiones del jefe que reparte el botín, pero puede romper la coalición y retirarse del combate, dominado por la cólera, tema de "La llíada" como motivo de las desgracias que sufrían ahora los aqueos. La ambigüedad entre la realeza micénica y la coalición aristocrática, reflejo del paso de los tiempos anquilosados en los poemas, es también el valor máximo en que se revela el sentido ideológico de los mismos. El héroe aristocrático encuentra sus raíces en el mundo heroico de la edad micénica y, en la simulación literaria, desde ese mismo momento inicia su reproducción a través del canto de las hazañas correspondientes. Aquiles, dominado por la ira, se retira junto a las naves, lejos del campo de batalla, y allí se dedica a cantar las hazañas de los héroes, modo de entretenimiento propio de los de su clase y de sus herederos, hasta el siglo VIII por lo menos. Sin embargo, es más normal que el canto se deje en manos de los profesionales, de los aedos, desde que Odiseo regresaba a su casa y fue arrojado por las olas a la isla de Esqueria. Allí el ciego Demódoco ya era capaz de cantar las hazañas en las que él mismo había participado. La tradición continúa hasta la época arcaica, donde los poemas pasan a redactarse por escrito, y en ellos continúan cantándose las excelencias de los héroes, aristeia, que sirve de factor calificativo para los aristoi, que han adquirido la condición a lo largo del proceso en que las campañas han terminado por ser el recuerdo remoto sobre el que justificar el poder económico que la sustenta. Ahora el aristócrata se parece más a Alcinoo, poseernos de un oikos que incluso puede estar situado dentro de la ciudad. El héroe se ha convertido en un fenómeno del pasado, pero sus rasgos sirven de modelo y de justificación. De hecho, la aristocracia griega vuelve ahora a establecer relaciones entre sus miembros, a larga distancia, sobre la base de la tradición representada por los poemas, a causa de que, en la realidad, cada vez necesitan establecer con mayor claridad lazos de solidaridad que fortalezcan la posición de todos y de cada uno en el nuevo panorama que ofrece la sociedad, tal como aparece reflejada en Hesíodo. La culminación, representada por el siglo VIII es, al tiempo, el momento en que las relaciones con los dependientes requiere una nueva orientación, antes de lo cual el procedimiento consistente en fortalecer ideológicamente los elementos justificadores de la superioridad resulta un arma útil y capaz, por lo menos, de aplazar los conflictos. De este modo, resulta especialmente significativa la institución de la xenia, hospitalidad, para que cada uno se sienta seguro en otras tierras, sin riesgos de verse sometido a ningún tipo de dependencia. Entre ellos, los aristócratas fortalecían sus lazos con el intercambio de regalos, de modo que cuando se encontraban, incluso en el combate homérico, no sólo no combatían entra ellos, sino que reproducían la tradición, como Glauco hijo de Hipóloco y Diomedes hijo de Tideo, en el canto VI de "La Iliada". Ahora se intercambian los escudos en lugar de combatir aunque, según el poeta, eran de diferente valor. El guerrero homérico es un aristócrata del siglo VIII y, al mismo tiempo, un guerrero de época heroica, lo que hace de este último modelo el espejo vivo donde fortalecer las propias tradiciones y divulgarlas en la nueva sociedad renaciente, en que se consolida la cultura, la escritura y la navegación. Por ello también toman como modelo a Odiseo, que soportó muchas aventuras, pero mantuvo su carácter aristocrático, a pesar de que se vio obligado a pasar por lugares difíciles, a enfrentarse a pueblos primitivos y a tener contacto con mercaderes, símbolo de los nuevos tiempos. Al final, Odiseo reposa y recupera su oikos, gracias al carácter ejemplar de su esposa, que mantuvo a raya a los pretendientes que trataban de hacerse con la fortuna de Odiseo. Pero los pretendientes, a pesar de todo, son igualmente áristoi, que se mueven en el mismo ambiente competitivo de la clase de Odiseo e intentan vencerlo por todas las armas, de las que tampoco prescinde el astuto héroe de Itaca. Lo que importa es la gloria que se traduce ya en la época de redacción de los poemas en el arma más sutil del control social. De hecho, lo importante es vencer, apoderarse de las vacas del vecino o vengarse por ello, conquistar una nueva esclava o impedírselo a otro. El ethos es exclusivamente el del prestigio, la victoria y la gloria.

Santuarios
Del mismo modo que al final de la Edad Oscura se recuperan las tradiciones sobre los héroes que habitaron en época micénica, adaptadas a las nuevas necesidades, también la nueva aristocracia trata de forjarse las señas de identidad a través de los lugares de culto que considera vinculados a ese mismo pasado. Algunos antiguos santuarios comienzan a recuperarse a partir del siglo X, como ocurre en Olimpia, en el Peloponeso; otras veces el lugar parece haber conservado su función cultural, aunque a través de una etapa muy pobre, como Eleusis, cerca de Atenas, y, finalmente, en ocasiones, parece transformarse en centro de culto lo que no era más que el resto material de cualquier asentamiento abandonado, que por su vetustez ha adquirido prestigio y ha comenzado a recibir ofrendas a lo largo del período oscuro. De este modo, al tiempo que se configura un panteón y se recuperan los héroes del pasado en la literatura oral o escrita, del mismo modo se recupera el espacio para dar forma a nuevos fenómenos religiosos propios de los tiempos que se viven, pero asentados en un pasado real que se convierte en factor para el desarrollo del mundo imaginario.

15.- Colonización del Asia Menor. Grandes migraciones

La tradición que atribuía a la llegada de los Heráclidas el final del mundo micénico, relacionada con la invasión doria, se completaba al situarse dentro de un movimiento más amplio que afectaba a todos los territorios del continente, de las islas y de las costas de Asia Menor. Tanto los protagonistas como los efectos de sus movimientos superan las delimitaciones propias del pueblo griego. El fenómeno, de consecuencias sociales y culturales, afecta a griegos y prehelénicos y a las relaciones entre ambos, así como al carácter de la nueva civilización que surgirá como consecuencia del final de la edad oscura. Movimientos de pueblos y contactos entre civilizaciones sirvieron de motor para el desarrollo de un mundo nuevo donde, en todos los aspectos, se dejan notar las huellas de unos y de otros no de modo preponderante, sino como factores coadyuvantes para la aparición de una realidad distinta. Todas las nuevas señas de identidad de la civilización griega aparecen como efecto de los contactos, tanto en el aspecto religioso, donde no es posible hallar los elementos puros de los dioses, producto también del proceso de asimilación al estilo del que llevó al Apolo de los licios a formar parte del panteón griego, como en el aspecto literario, donde la tradición micénica, en la nueva épica en formación, se ve impregnada de tradiciones y leyendas microasiáticas, donde elementos lidios, frigios o carios se entremezclan, aportando aspectos exóticos, caracterizadores, a pesar de todo, del renacimiento cultural. Los nuevos santuarios buscan sus raíces en el pasado de la Edad del Bronce, pero incorporan las divinidades ahora triunfantes, del mismo modo que en la poesía épica se incorporan las preocupaciones de los pueblos recientes configurados como nueva cultura. El nuevo particularismo en el que se articula la vida económica favorece la nueva colonia de divinidades primitivas con las que se había asimilado en el mundo estatal de los despotismos del Bronce. El panorama ahora se caracteriza por su carácter variado y heterogéneo, en la supervivencia de divinidades atávicas, de cultos particulares, preexistentes a la presencia griega, con la religiosidad griega de pueblos en movimiento y de pueblos largamente asentados, que han logrado reavivar sus tradiciones antiguas como elemento sostenedor de la realidad nueva, adaptados a las nuevas necesidades de la reproducción de la comunidad.

Pueblos prehelénicos del Egeo
La tradición se refiere a diversos pueblos que habitaban las islas y las costas asiáticas antes del asentamiento definitivo de los griegos. Sus nombres étnicos se identifican habitualmente con los que aparecen en los documentos orientales relativos a los Pueblos del Mar. Entre los licios, situados históricamente en la región suroccidental de Asia Menor, mantenían según la tradición prácticas de sucesión matrilineal que se reproducían en contacto con los helenos de cuya emigración se hacen eco las leyendas. Con ellas se relaciona igualmente el culto primitivo a Apolo Liceo. El nombre se relaciona igualmente con el griego lykos, lobo, animal que aparece en la leyenda relacionado con su madre Leto, a la que en ocasiones guía y que en ocasiones se transforma en una loba, antes del nacimiento del dios, por lo que éste recibe a veces el epíteto de Licógenes, nacido del lobo. En las leyendas, primero Belerofonte y luego Sarpedón se convirtieron en reyes por sus matrimonios con la hija del rey en cada ocasión. El segundo era el conductor de las tropas licias, aliadas de los troyanos en la guerra de Troya, aunque estaba presente Glauco, el mismo hijo de Hipóloco, que era a su vez hijo de Belerofonte. Glauco, sin embargo, aparece al servicio de Sarpedón. Al noroeste del territorio ocupado por los licios se hallaban los carios, de quienes todavía en época histórica se dice que estaban gobernados por una reina de nombre Artemisia en la ciudad principal de la región, Halicarnaso. Los contactos de la costa occidental de Asia Menor, en la parte más meridional, fueron el fenómeno clave para la penetración del culto de Ártemis, desde su independencia como diosa de la fecundidad y fertilidad, a la integración en la tríada con Leto y Apolo y, finalmente, a su adopción como hija de Zeus. Los contactos sexuales de los inmigrantes tuvieron que ser conflictivos, según se desprende de un capítulo de Heródoto (I, 146), donde se cuenta cómo los griegos mataron a los varones carios e hicieron suyas a sus esposas, que luego se negaron a comer con ellos y a llamarlos por sus nombres. La dominación constituyó al mismo tiempo un motivo de conflicto que afectaba a las prácticas relacionadas con la posición de los sexos en la sociedad. Los antiguos identificaban a los carios con los léleges, habitantes, de modo confuso en la tradición, de diversas zonas de la Grecia continental balcánica. El pueblo que en Grecia se consideraba más unánimemente como antecesor de los griegos era el de los pelasgos, que sobrevivía en algunos lugares como la isla de Lemnos, en denominaciones tradicionales de dioses como el de Zeus Pelasgio en Dodona, en la Grecia del norte, y de quienes los atenienses se consideraban descendientes directos. Eran autóctonos por ser pelasgos helenizados, según una tradición muy utilizada con fines propagandísticos para justificar la superioridad ateniense en los derechos territoriales. Se decía que los pelasgos eran tirrenos, como los etruscos, que según la tradición recogida por Heródoto descendían de los lidios, pueblo situado en Asia Menor al norte de los carios. Los lidios tuvieron un importante protagonismo en las condiciones en que estallaron las guerras médicas. Durante la época oscura, el mar Egeo se convierte en un mar griego, aunque la supervivencia de poblaciones prehelénicas sea evidente en muchos casos y la población resultante sea producto de un proceso de integración, donde ambos elementos formen un todo nuevo, que desde luego es el que define realmente a lo griego, étnica y culturalmente. La lengua griega, con sus dialectos, se configuró aquí en el mismo proceso de ocupación e integración. La dialectología y las variantes, los rasgos indoeuropeos de la lengua junto a los propios de las lenguas prehelénicas que en ciertos aspectos son dominantes, constituyen fenómenos paralelos a los que en la historia fáctica están representados por las tradiciones sobre piratas carios, unidos a las que insisten sobre las relaciones matrimoniales entre individuos de procedencia aquea con los aborígenes, hijos del rey, adoptando sus tradiciones matrilineales. La violencia y los pactos están presentes. Junto a esto, se conocen auténticas acciones de violencia como la que llevaron a cabo los atenienses entre los pelasgos de Lemnos.

Nueva distribución territorial
El proceso migratorio de la edad oscura constituye el fundamento territorial para la formación de los dialectos griegos conocidos históricamente. En el nuevo mapa, la lengua griega queda dividida en cinco grupos principales, producto de procesos históricos que, en sus líneas más importantes, responden a las vicisitudes de la Edad Oscura, sobre una previa distribución, mucho más difícil de determinar, generada en la Edad del Bronce. En la larga duración, el proceso resulta, en los estudios dialectológicos, extremadamente complejo, pues la diversificación se alterna constantemente con procesos de homogeneización y en combinaciones y mutuas influencias que colaboran a crear un escenario de límites no totalmente bien definidos. En líneas generales, sin embargo, a través de un cierto mecanismo de abstracción, se puede admitir la existencia de un grupo que reúne al arcadio con el chipriota, en una distribución geográfica, en el centro del Peloponeso y en la cuenca extrema del Mediterráneo oriental, que plantea problemas acerca de la explicación histórica del proceso que pudo llevar a ella. Parecería responder a una época de difusión griega desde el Peloponeso hacia el Oriente, que sólo podía situarse en época micénica, pero sus arcaísmos no coinciden con los de la lengua micénica de las tablillas de la Edad del Bronce. Ello da pistas sobre la falta de unidad lingüística de esa época. Por otra parte, el eolio, que suele dividirse en tres subdialectos, lesbio, tesalio y beocio, responde a la distribución de la época de las migraciones, pues el lesbio, conocido principalmente a través de la poesía lírica de Alceo y Safo, se convierte en modelo de toda la región norte de la costa asiática, habitada por emigrantes de las zonas ocupadas en el continente por beocios y tesalios. La lengua eolia, en su conjunto, se ha revelado como producto de una formación postmicénica. La diferencia del eolio con respecto al resto y la que se produce en su interior resultan dinámicamente complejas y no en la línea de diferenciación propia de los árboles genealógicos. De otra parte, en su origen, no aparece como totalmente diferenciado del jonicoático, lo que explica muchos rasgos confusos de las primeras expresiones lingüísticas literarias. El jonicoático, extendido desde Ática y Eubea hasta la zona central de la costa de Asia Menor, ofrece, por su parte, rasgos que hacen pensar a Adrados en la existencia independiente en época micénica de grupos paramicénicos más vitales que el micénico como lengua burocrática, pero igualmente adquiere plenamente sus rasgos en la configuración geográfica de la época oscura y en el momento de definición de los orígenes de la época arcaica. Finalmente, el dorio parece el dialecto más profundamente condicionado por los movimientos de pueblos, pues su colocación geográfica parece responder a ellos. Sin embargo, tanto en la zona noroccidental como en el Peloponeso, de donde se extiende a las islas del sur del Egeo y a la costa suroccidental de Asia Menor, el dorio comparte rasgos, arcaicos unos e innovadores otros, con las demás formaciones dialectales, síntoma de la pervivencia de los contactos desde épocas del Bronce, seguramente en el noreste de Grecia, hasta los períodos diferenciadores de la Edad Oscura.

Nuevos asentamientos
El final del mundo micénico y la inestabilidad territorial, producto de la inseguridad y de las presiones de pueblos que actúan como piratas o bandidos, favorece la reclusión de los grupos, más o menos sedentarizados o en proceso de hacerlo, en torno a figuras que adquieren cierta autoridad sobre la base de poderes, previos o en formación, capaces de protegerlos o de conducirlos a empresas para buscar nuevos asentamientos más productivos o seguros. Muchos de los nuevos asentamientos vienen a ser continuidad de los micénicos, pero otros parecen situarse sobre lugares no previamente habitados. En cualquier caso, lo característico es el inicio de un nuevo proceso formativo en la península balcánica, así como en Asia Menor. Con ello se iniciaría un proceso, al parecer a partir del siglo XI, de concentración y dispersión, con ciudades que, recientemente configuradas como poleis, se encuentran en condiciones de fundar nuevas ciudades en lugares más o menos remotos. Tras el final del mundo micénico, la lenta recuperación vino a consistir en la nueva concentración de los grupos gentilicios en entidades superiores de carácter tribal, normalmente cuatro entre los pueblos jonios y tres entre los dorios, que sirvieron para consolidar el poder de las aristocracias en el momento de la distribución de las nuevas tierras. Los jefes capaces de conquista y protección, con el nombre de basileis, consolidan su poder al monopolizar la distribución del botín guerrero o de las tierras conquistadas, así como al organizar nuevas campañas para proceder a nuevas ocupaciones. Sobre estas bases, se estructuran las comunidades sobre los sistemas previos adaptados a nuevas necesidades, en el sistema tribal habitual, por el que los gene se agrupan en phratriai y éstas en philai, a través de un sistema jerarquizado con jefes de tribu que pertenecen a los fuerza más poderosos, los que se han hecho con las mejores partes del botín y reúnen a su alrededor más nutridas clientelas, capaces de proporcionarles la mayor victoria y los productos más ricos, en una forma específica de dependencia. Las nuevas comunidades constituyen formas de colaboración, específicamente a través de un organismo que se generaliza con el nombre de boulé, centro deliberador al que acuden representantes de las clases dominantes para, solidariamente, gobernar al conjunto de la población.

Presente y pasado
Los asentamientos en torno a los jefes aristocráticos, junto con el aprovechamiento de lugares de tradición micénica, favorecen la tendencia a la identificación con un pasado conservado y rehecho en la tradición oral. Los mitos y leyendas cobran nueva vida. En los nuevos centros de Asia Menor o las islas es donde recibieron su última forma los poemas homéricos y allí fue también donde se propagó el panhelenismo como forma de potenciar la identidad con los pueblos de la península europea. Pero allí también se formaron mitos de fundaciones y leyendas propias que afectaron principalmente a las genealogías. Dada la enorme trascendencia que tendría la colonización jónica para las islas y las ciudades de Asia Menor, para Eubea y para Atenas, acerca de las migraciones correspondientes existen ciclos completos y variantes que afectan a los aristócratas atenienses que se consideraban vinculados a los primeros inmigrantes de Pilos, en Mesenia, que habían huido de los Heraclidas, y a las ciudades fundadas, como Mileto, a donde acudiría un nuevo Neleo, antepasado de ilustres familias aristocráticas. También los de Colofón, según el poema "Esmirneida", escrito por el poeta Mimnermo de Colofón, de fines del siglo VII, se consideraban descendientes de Neleo. Eran cantos a las hazañas del pasado que justificarían la actual conquista de Esmirna, sobre la base de la virtud guerrera de los primeros navegantes que llegaban junto a sus basilei. También los espartanos acudían a las antiguas hazañas de los hijos de Heracles en Mesenia, cuando, a través del poeta Tirteo, se exhortaban para la batalla en la segunda guerra mesénica, de la época arcaica. Algunas rivalidades provocaron incluso versiones diferentes en las leyendas más respetables, como la de la guerra de Troya. Atenienses y lesbios se disputaban el control del Helesponto y en esa disputa se involucraban las interpretaciones que hacían intervenir a los hijos de Teseo en la guerra. Lesbos por su parte había llevado a cabo una profunda colonización hasta Ténedo, que utilizaba como modo de competir con la tradición jónica representada por Atenas. Otros lugares del Egeo, como Quíos y Eritras, suelen relacionarse, en cambio, más bien con viajes procedentes de la isla de Eubea, en una época en que se conocen los viajes euboicos que los llevan hasta las costas orientales del Mediterráneo y en que se hace cada vez más clara la existencia de contactos productivos con Atenas, traducidos en innovaciones comunes y en actividades renovadoras. De hecho, los viajes a Chipre y la fundación de Salamina potencien la vinculación de los Ayantes con el pasado de la isla.

Nuevas formas artísticas y culturales
Suelen atribuirse a Atenas las nuevas formas artísticas que se identifican con el estilo protogeométrico, pues desde allí se extienden siguiendo, en gran medida, las rutas de la colonización jónica, pero también a los centros de producción de cerámica tardía, con lo que se deriva un cierto paralelismo con movimientos dialectales más complejos, producto de agrupaciones y diferenciaciones sucesivas a lo largo del periodo de crisis y recuperación conflictiva. Al protogeométrico suele vincularse la difusión de la incineración, aunque el paralelismo hay que tomarlo con matices y muchas precauciones. Los mayores vínculos formados son los que se aprecian entre Ática, Eubea y Chipre, con lo que la arqueología corrobora ciertos aspectos de la tradición legendaria. En el siglo X, la cerámica de Lefkandi en Eubea y la ateniense ofrecen múltiples rasgos comunes. Lo mas característico del estilo geométrico ateniense en la decoración de las cráteras es precisamente la temática recurrente de los héroes de la edad de oro del mundo micénico, con lo que se muestra cómo en este aspecto también las preocupaciones ideológicas se dirigen a la búsqueda de un pasado prestigioso en el que asentar la nueva situación. Escenas fúnebres, comparables a los funerales de Patroclo, o guerreros armados en carros constituyen el fondo decorativo acompañado del geométrico repetitivo, modo de expresar las necesidades de un mundo estable, ahora en formación después del período crítico.

Los fenicios
La entidad de los fenicios como pueblo sólo puede definirse a partir de la crisis de 1200 a.C., resultado de la nueva estructuración que se produce en la zona oriental del Mediterráneo. Como es natural, los primeros dos siglos, por lo menos, resultan igualmente oscuros, pero en ellos va paulatinamente notándose su presencia en la arqueología y en la tradición legendaria, hasta hacerse plena a partir del año 900 a.C. en los ambientes marítimos de casi todo el Mediterráneo. Desde entonces, a partir de asentamientos costeros y con contactos pacíficos u hostiles con los grandes imperios del Próximo Oriente, los fenicios se convirtieron en el vehículo principal de los intercambios crecientes que van poniendo en contacto a los pueblos mediterráneos, al tiempo que estimulan la colaboración de algunos de modo más directo, sobre todo cuando, como en el caso de los griegos, las propias transformaciones internas los van configurando como pueblos aptos para la participación activa en tales intercambios. Desde el punto de vista de la expansión colonial por el Mediterráneo, el enclave principal fue la ciudad de Tiro, de donde partían los navegantes que empezaron a establecer los contactos y los fundadores de las principales colonias. También eran conocidos por los griegos los navegantes sidonios desde fines de la Edad Oscura. La época de los expansionismos imperialistas del primer milenio a Occidente, junto a los sucesivos problemas internos de las ciudades, reflejados en las tradiciones que cuentan las vicisitudes de los conflictos familiares, influyó en que los modos de intervención fenicios en los distintos lugares a lo largo del tiempo sufrieran transformaciones. Sin embargo, lo que resulta trascendente desde el punto de vista de la configuración de la Grecia arcaica fue la formación de una infraestructura de relaciones marítimas que, desde muy pronto, aparece como básica para los viajes de Menelao o de Odiseo. Barcos y navegantes fenicios sirven de ayuda o aparecen como elemento de fondo en los escenarios donde los héroes se mueven por fines aparentemente propios de su rango, aunque a veces se muestra claramente que sus viajes también sirven para obtener beneficios. Así, los fenicios aparecen mezclados en tradiciones legendarias griegas, como la de la participación de Cadmo en la fundación de Tebas. Los contactos resultan, sin embargo, basados en realidades constatables arqueológicamente. Tanto en Al-Mina, en la costa siria, como en Chipre, los objetos griegos se encuentran mezclados con objetos fenicios, como depósitos de viajes en que sin duda unos y otros entraban en contacto. Más tarde, también será evidente que, tanto en Rodas como en otros puntos del Mediterráneo, los fenicios se asentaban en lugares relativamente diferenciados, pero suficientemente conectados a los griegos como para dar lugar a desarrollos culturales específicos.
LOS METALES. Después de la crisis del siglo XII a.C., la recuperación que empieza a producirse aproximadamente en el cambio de milenio viene a constituir el inicio de lo que, desde el punto de vista de la cultura material, se conoce como Edad del Hierro. Ello significó una utilización más intensa de todos los metales, incluidos el bronce y la plata, lo que sirvió de estímulo para el desarrollo técnico y para las relaciones de intercambio entre los pueblos del Mediterráneo. Todos los aspectos de la vida económica se vieron profundamente alterados, desde la agricultura y las distintas manufacturas hasta la guerra, con la introducción de instrumental agrícola y de armas. Así, se aumentaba la rentabilidad del trabajo y se creaban nuevas profesiones, con actividades que absorbían los excedentes de mano de obra. Al mismo tiempo, la industria bélica facilitaba la defensa de los territorios y las empresas dirigidas a controlar las zonas de donde provenían los metales. Las inversiones se hacían posibles igualmente gracias a la creciente rentabilidad y la producción. Los viajes dirigidos a la búsqueda de los metales fueron protagonizados sobre todo por fenicios, en un primer momento. Ellos fueron los intermediarios que abastecían a los grandes señores de los imperios despóticos del Próximo Oriente. En esas condiciones, en que los fenicios tienen acceso a mercados griegos y abren nuevas rutas marítimas, tuvo lugar el inicio de la participación griega en el mundo de los intercambios a gran escala. Hesíodo está preocupado por el hecho de que su hermano Perses, a quien dedica el poema "Los trabajos y los dias", pueda abandonar la tierra para buscar riqueza fácil en los viajes que se organizan por parte de los comerciantes, emporoi, dispuestos a realizar negocios al margen de las actividades nobles del campesinado. El poeta parece diferenciar la realización de determinadas campañas, en época del año que no afecte al trabajo del campo, con ánimo de intercambiar excedentes. Otra cosa es el tipo de viaje que se puede comparar al que habitualmente llevan a cabo los desprestigiados fenicios.

Griegos y asiáticos al final de la Edad Oscura
El último período de la época oscura, a partir de las grandes migraciones en que los griegos cruzaron el mar Egeo, los puso en contacto en Asia con los pueblos del interior, que a su vez se hallaban en contacto con las culturas del Próximo Oriente. Por eso, "La Iliada", fraguada definitivamente en la península de Anatolia, punto final de una tradición que recoge de una parte la herencia micénica, constituye de otra el resultado de ese encuentro de culturas. La aparición de griegos y de asiáticos en el famoso catálogo del canto II revela cómo el inicio del panhelenismo es más bien la aparición de la conciencia de una identidad cultural que poco a poco comenzará a disolverse, precisamente a partir de ese momento. Mazzarino identificaba esa conciencia con la generalización del uso del término jonios. La cultura jónica, como término que encuadra culturalmente a los griegos de Asia Menor, se forma paralelamente a la recuperación de los pueblos que se identifican como consecuencia de las alteraciones de la crisis del siglo XII. Tras la desaparición del imperio hitita, parecen cobrar nueva vida poblaciones anteriormente sometidas, identificadas con los luvitas que, para algunos, pueden considerarse idénticas a los pueblos que combatían en "La Ilíada" del bando troyano. Por otro lado, las tradiciones revelan desde muy pronto la presencia frigia, como pueblo que llegó a configurar un reino basado en el control de los metales, que se presenta como heredero de tradiciones hititas y hurritas. La leyenda del rey Midas, que sufrió como castigo las consecuencias de haber obtenido que se cumpliera su máxima aspiración, que todo lo que tocara se transformara en oro, se convirtió para los griegos de la edad arcaica en paradigma de los peligros que podía traer consigo la obtención de riquezas al estilo de los orientales. Así llegaron a ser a la larga las relaciones entre unos y otros, atractivas, pero con diferencias marcadas en el plano de la ideología y de los principios regidores del comportamiento. Los frigios sirvieron de enlace con el posterior reino de los lidios, que entraran en relaciones conflictivas con los griegos asiáticos de la época arcaica. Las tradiciones griegas hacían de Midas, por otra parte, un rey filohelénico, casado con una griega, el primer extranjero que envió una ofrenda al santuario de Delfos. Todos estos contactos, junto con los realizados a través de los mercaderes fenicios, son los que explican la presencia de un impulso oriental en el renacimiento con que acabó, en el siglo VIII, la edad oscura de los griegos. Aquí se produce una cultura original, pero en ella están presentes elementos aglutinantes y estimulantes, al tiempo que aspectos formales, que proceden del rico mundo cultural del Próximo Oriente, continuación y renovación de una civilización ya milenaria.

La esclavitud
En los poemas atribuidos a Homero y a Hesíodo se encuentra presente la esclavitud, a través de términos que aluden a la captura o a los servicios domésticos. La situación del sistema de explotación parece bastante diferente a la de las formas de dependencia del mundo micénico tanto como a la de la esclavitud clásica. El crecimiento de los cambios y del comercio fenicio favorece el papel intermediario desempeñado por éste en el tráfico humano que permite el desarrollo de la esclavitud como objeto de la actividad mercantil, pero la base productiva parece centrarse en la presión sobre los campesinos libres, que empiezan a mostrar sus resistencias a través de las formas mentales que aparecen en Hesíodo. Los principales servicios aparecen prestados por mujeres y, en todo caso, pertenecen al ámbito del oikos, lo que sin duda se revela en el hecho de que la terminología dominante sea la relacionada con esta palabra. Sin embargo, en los mismos poemas Garlan observa un proceso de cambio entre "La Ilíada" y "La Odisea", en el sentido de un aumento del número de varones en la segunda realizando funciones serviles en las casas de los reyes y de la sumisión obtenido a través de la rapiña, de acciones de piratas, cada vez más frecuentes a costa de la acción de los héroes guerreros. El mundo de los cambios y de la navegación se impone en la realidad social, del mismo modo que "La Odisea" refleja más el mundo de los navegantes y del oikos que el del campo de batalla. El elemento diferenciador continúa situándose, por tanto, no en los medios de obtención, sino más bien en el sistema de explotación que permite colocar el mundo homérico en el plano de la esclavitud patriarcal, resultado del proceso de configuración del oikos desarrollado a lo largo de los siglos oscuros.

16.- Tránsito a la civilización

El final de la Edad Oscura se conoce justamente como Renacimiento griego, pero no se trata de un milagro, sino del resultado de un largo proceso en que van fraguando características de una nueva sociedad y de nuevas formas culturales. Movimientos de pueblos, contactos con otros pueblos, procesos de integración y de rechazo, disolución de los antiguos mecanismos de control en otros nuevos, sobre la base del manejo de los metales, adaptación de las tradiciones a los cambios, todo ello se conjuga para explicar la aparición de un nuevo mundo, que no nace de la nada, pero pretende igualarse al pasado remoto y prestigioso más que al inmediato pretérito oscuro y poco lucido. En el nuevo uso de los restos materiales y en la adaptación de las formas conocidas por la memoria, elaboradas al tiempo que se da solidez a las tradiciones, va creándose una cultura que tendrá el rasgo propio de adaptarse al proceso de creación de la polis sin perder su identidad aristocrática. Pues, de hecho, las formas culturales fraguan en centros palaciegos, donde el basileus, aristócrata destacado, capaz de crear clientelas a su alrededor, se hace heredero del pasado micénico para dar el paso hacia lo nuevo con capacidad para dominar los aspectos más destacados del mundo imaginario. Una vez que se ha apropiado del pasado, la transferencia crítica hacia la polis queda ideológicamente en sus manos, hasta el punto de que para toda la historia de Grecia permanecen marcadas las señales de identidad cultural, para ser utilizadas por cualquiera de las formaciones sociales que, al mismo tiempo, resultan de este modo condicionadas por sus rasgos principales. Las nuevas sociedades de la Grecia arcaica adoptan como arma ideológica las tradiciones creadas cuando las aristocracias regias de la época oscura consolidan su poder en el mundo del oikos, en el que se apoyaron las civilizaciones urbanas de la época arcaica. A las puertas del arcaísmo, la sociedad homérica representa un modo específico de organización cuyo rasgo más duradero ha sido el de la creación de una imagen perdurable, patrimonio cultural de la humanidad. Su capacidad para expresar la vinculación con el pasado de las sociedades en formación es precisamente parte del secreto que permite seguir disfrutando de sus logros como de un bien eterno, productor de emociones y de sensaciones relacionadas con la creencia en la solidaridad humana no porque enmascare, sino más bien porque revela de modo ejemplar el sentido de los conflictos entre los hombres, entre las clases, entre los pueblos, entre las generaciones. Ése es el primer momento favorable a que la humanidad se piense críticamente a sí misma. El renacimiento constituye un fenómeno que realmente se forma en el proceso del palacio a la polis.

De la tribu a la ciudad
Las agrupaciones gentilicias y las relaciones de clientelas que se consolidan durante el período oscuro, en la misma dinámica organizativa en que se sustenta el renacimiento, hacen posible la organización tribal como modo de encuentro de la dinámica que lleva a la polis. Así, es difícil establecer la procedencia, una vez eliminada la concepción lineal que exige la creación de una institución detrás de la otra. En efecto, frente a una concepción excesivamente evolucionista, que concibe el proceso como una marcha ascendente hacia el Estado, desde genos y la phratría hacia la phylé y la polis para llegar al Estado territorial helenísticorromano, culminación de la historia antigua, algunos autores, sobre la tradición de Max Weber y de De Sanctis, a partir de nuevos argumentos de Bourriot y Roussel, han llegado al extremo opuesto para considerar que genos y tribu son sólo formas de organizarse la ciudad a través de la subdivisión funcional. En cualquier caso, gracias a tales argumentaciones se ha podido llegar a una actitud más flexible y capaz de observar en cada caso formas específicas de desarrollo. En cada caso, el genos ha adoptado un papel diferente, según la capacidad de control que han sido capaces de acumular determinadas familias para imponer su presencia en el tránsito hacia la organización estatal. En ese proceso, las grandes familias dirigentes, al acumular el poder y el control sobre bienes materiales y sobre colectividades humanas, han podido igualmente controlar los hilos de la organización colectiva para hacer del propio genos el único reconocible. Sólo sus miembros necesitan imponer la genealogía para hacerse reconocer como eugeneis, herederos de un genos conocido, gnorismós. Al organizarse las comunidades en tribus, los gene pudieron convertirse en elementos clave para la integración y, de ese modo, el control de los medios de agrupación fue acaparándose por los miembros de aquellos. Cuando en el proceso formativo y en los movimientos migratorios las agrupaciones se consolidaron a través de acciones dirigentes de la ascendente clase dominante, la tribu se va haciendo campo de ejercicio de su mismo dominio. Sin embargo, las tribus como tales parecen estar presentes por lo menos desde las épocas previas a la distribución y a los asentamientos. Los dorios, por su parte, con sus tres tribus repetidas en las organizaciones de cada ciudad, y los jonios con las suyas, cuatro en este caso, parecen portadores de esa tradición desde el período postmicénico, cuando las comunidades sufren el proceso de dispersión desde previas organizaciones que han creado en ellos criterios de agrupamiento. En lo que se refiere a las agrupaciones intermedias, trittyes, fratrías o heterías participan igualmente de una naturaleza dinámica, pues si bien en el primer caso la terminología refleja un contenido exclusivamente numérico y, por tanto, resultado de un acto voluntario, las otras dos reflejan aspectos del parentesco, restos de las organizaciones primitivas basadas en el mismo. La dinámica organizativa de la ciudad parece haberse servido, una vez más, de instituciones primitivas para adaptarlas a las formas de organización estatal en crecimiento que resultan así nuevas, pero también arraigadas en la tradición que reflejaría la naturaleza genética del grupo.

El sinecismo
Los primeros asentamientos que darían lugar al desarrollo de una polis aparecen normalmente relacionados con sitios más antiguos, santuarios o palacios que habían quedado abandonados o poco utilizados y ahora vuelven a cobrar vida como lugar de desarrollo de las comunidades que tienden a asentarse. Los señores aprovechan los lugares y los vuelven a utilizar, a veces como tumbas donde identificarse con el pasado heroico. Los centros donde se manifiesta el prestigio de los príncipes se transforman, con el asentamiento mismo, en el centro de la vida pública, donde se imparte justicia y se regula la vida de la comunidad, donde la autoridad garantiza su protección y su arbitraje y recibe los dora de los miembros de la comunidad. El desarrollo económico que lleva al renacimiento, paralelamente al desarrollo cultural, provoca al mismo tiempo, sin embargo, el inicio de conflictos que afectan a las relaciones del oikos al agudizarse las formas de explotación junto con el crecimiento de los bienes de consumo que incitan a aumentar el excedente. Asentamiento del poder y acumulación de tierras, coincidentes con la consolidación de una colectividad asentada, tendente a la autoconciencia como comunidad, se convierten en foco de conflictos. Los gérmenes ya aparecen en "Los trabajos y los días" del poeta beocio Hesíodo, pero sus efectos se revelan en la búsqueda de nuevas solidaridades entre los miembros de la clase dominante. Da la impresión de que los diferentes oikoi tienden a juntarse bajo el rey sólo con motivo de acciones bélicas, de defensa o conquista. La capacidad de cohesión y de reparto, en sus tensiones, se reflejan en "La Ilíada". Aquiles puede apartarse del grupo como reacción al comportamiento de Agamenón, que actúa de modo despótico en el reparto del botín. La cohesión definitiva se produce cuando el conflicto procede de los antagonismos sociales. Ante la presión campesina, los oikoi se juntan en el sinecismo, syn-oik-ismós, unión de oikoi, para crear nuevos organismos de gobierno, de solidaridad aristocrática, para repartirse la arché. El basileus queda integrado en el sistema como archon-basileus, uno más de los arcontes, el encargado de los aspectos religiosos de la actividad común. Los phylobasilei pueden conservar su función militar a la cabeza de la tribu, phylé, pero el poder objetivo se reparte entre los arcontes, símbolo de la solidaridad aristocrática que acumula el poder al tiempo que impide que nadie lo monopolice. Tal es al menos lo que ocurre en muchas ciudades conocidas, aunque en otras, como Corinto, la aristocracia siguió significando el gobierno de una sola familia, los Baquíadas.

Nacimiento de la civilización griega
Al final de la Edad Oscura ha tenido lugar ya el nacimiento de la civilización griega como cultura capaz de expresarse, aunque sea muy parcialmente, por escrito. Entre las condiciones necesarias para ello se encuentra tanto la posibilidad objetiva de los griegos de cobrar en contacto con los fenicios como la subjetiva de asimilar y adaptar el correspondiente préstamo exterior. Así, da la impresión de que las diferentes variedades de escritura que se difunden en Grecia al principio de la edad arcaica se derivan de una sola, resultante de los contactos de los griegos asentados en Siria antes del final del siglo VIII. Éstos fueron capaces de difundirla entre varias ciudades de Grecia gracias a sus viajes y al desarrollo de las formas de cambio que también favorecían la difusión del instrumento representado por la escritura, que facilitaba el registro y los cálculos. La tradición que atribuye al legendario Cadmo la introducción del alfabeto sirve de testimonio, tanto para reconocer entre los griegos la conciencia del origen fenicio del mismo como para determinar algunos de los puntos por los que se extendió en primer lugar, Creta, Rodas y las Cícladas, presentes en el recorrido legendario del héroe. Los materiales escritos más antiguos conservados son lógicamente los duros, en que hay huellas de actividades económicas y expresiones de propiedad sobre objetos de uso y prestigio. Ahora bien, también comenzaron a utilizarse materiales blandos, como las pieles, que permitían una mayor agilidad para la redacción, favorecida por el nuevo tipo de escritura, de signos sencillos y de valor multiplicativo, gracias a las posibilidades combinatorias, con valores fonéticos abstractos adaptables a las sílabas. Ahora bien, esto sólo era posible gracias a las modificaciones introducidas en el sistema a través de las vocales y de los sonidos que no existían en la lengua semitica. Por ello, el alfabeto griego fue, a pesar de todo, una creación original, la única que permitió que la tradición oral de ricos matices se plasmara en creaciones literarias duraderas y modélicas, para constituir la base canónica de los instrumentos ideológicos donde se asentaba la nueva sociedad, la que igualmente se ha confinado a lo largo de los siglos oscuros.

Festivales
La nueva civilización, en su aspecto panhelénico, se manifestaba principalmente a través de los poemas escritos y de los festivales donde, entre otras actividades, se realizaban concursos de aedos que los recitaban, al tiempo que se iban estableciendo los cánones característicos de una cultura atenta a modelos específicos. Según la tradición, el año 776 se inauguraron las Olimpiadas, una vez que se habían reglamentado las formas espontáneas correspondientes a pruebas de iniciación y competiciones por el acceso a distintas formas de realeza. Ahora ya se han establecido calendarios rigurosos y se han reglamentado las pruebas para la participación de individuos de diversa procedencia. Pruebas atléticas y concursos literarios y artísticos se conjugan para llevar a cabo una grandiosa demostración de los aspectos mas significativos de la cultura griega en su renacimiento. Las pruebas se realizan primeramente para celebrar los funerales de los héroes, como Patroclo, en los que, según "La Ilíada", se hacían sacrificios en su honor, incluidos los de prisioneros, al tiempo que los jóvenes participaban en juegos, índice de heroización que beneficiaba a los aristócratas o basilei. El propio Hesíodo asiste en Eubea a los juegos en honor de Anfidamante, para competir con un himno que le dio la victoria y que consagró a las musas del Helicón. Luego, los festivales quedaban consagrados a los dioses, a los que ofrecían sus habilidades los miembros de la comunidad helénica, representados por los miembros de la aristocracia que, para conservar su capacidad de control, se habían integrado en las comunidades concretas en que se fragua la polis. Allí se exhibían realmente los áristoi para consolidar su poder como representantes de una clase privilegiada, heredera de las virtudes de los héroes homéricos y de los basilei de la Edad Oscura.

Mitología
En la imagen que Grecia ha transmitido de sí misma, es muy difícil prescindir del mito como algo que sirve de punto de referencia para cualquier aproximación. Literatura y artes plásticas se sirven de la mitología griega para expresar ideas estéticas o para reflejar una determinada concepción del mundo. Que ello sea así encuentra sus fundamentos en los mismos orígenes de la civilización griega, pues sus primeras expresiones tuvieron que ver en gran medida con ese mito. Todo el bagaje cultural recopilado oralmente desde la época en que la actividad predominante era la caza va acumulándose a lo largo de los siglos en un proceso de conservación, cambio y adaptación que lo convierten en un material riquísimo, al tiempo que provisto de una gran complejidad y dificultad de interpretación. Cada cambio deja su huella en un producto vivo de la memoria colectiva, seguramente por su carácter eminentemente oral. Sin embargo, cuando llega el momento de la plasmación por escrito, el mito continúa vivo y el que existan versiones canónicas no impide que los artistas lo usen de manera libre para expresar nuevas preocupaciones relacionadas con nuevos cambios en la marcha del proceso histórico. No obstante, igual que para la épica y para la estructuración del panteón, el momento crítico para la estabilización del mito es la época arcaica en sus orígenes, cuando el final de los siglos oscuros permite arrojar nueva luz sobre el pasado, adaptarlo a las necesidades presentes y encuadrarlo en un conjunto que ofrece los instrumentos para apoyar ideológicamente tanto el panhelenismo como el particularismo de cada una de las entidades que tienden a transformarse en una polis. El período oral, del Paleolítico a la escritura alfabética, se sintetiza en un sistema complejo y polisémico, suficientemente ágil para conservar su vitalidad como instrumento del pensamiento y de las mentalidades los períodos arcaico y clásico de la cultura griega.
CULTO. La evolución histórica que puede identificarse con el período de la edad oscura significó también en el plano religioso la sistematización de los cultos, en el tránsito de los palacios a la ciudad, de la prehistoria a la historia. Junto a los cultos panhelénicos, relacionados con el desarrollo de los grandes santuarios, en torno a antiguos restos de centros religiosos micénicos, pero también de otro tipo de huellas, sobre todo si contenían testimonios que pudieran interpretarse como fragmentos corporales de héroes del pasado, se concretaron formas culturales que aprovechaban las huellas del pasado para exaltar figuras semidivinas con las que vincular las estirpes de la realeza y de la aristocracia, que así afirmaban su poder. Sin embargo, paralelamente, al producirse el nuevo sistema integrador representado por la polis, la comunidad misma tiende a asumir funciones religiosas en las que se manifiesta colectivamente, como comunidad cívica. La devoción, que en las primeras manifestaciones arqueológicas del renacimiento griego se dirige a los héroes, tiende, en el mismo proceso formativo de la ciudad, a prestar atención preferente a los dioses protectores, de la polis o de las cosechas, dioses que marcan el calendario cívico y vinculan a la colectividad con su pasado como entidad social, divinidades poliadas, en la Acrópolis, o extraurbanas, protectoras de los campos y del territorio cuyos límites señalan con su presencia. El templo es una creación del renacimiento. Aquí se recoge arquitectónicamente la tradición micénica. En su funcionalidad, sin embargo, se señalan principalmente el altar, el lugar de los sacrificios, generalmente heredero de un lugar que se reconoce por las huellas dejadas por las cenizas de los animales sacrificados, y el témenos, el recinto que puede identificarse con el primitivo bosque sagrado, donde se selecciona un espacio marcado y señalado entre árboles, lugar primitivo de reunión, adonde acuden las comunidades de cazadores para el reparto del botín y para hacer partícipes a las divinidades que han colaborado con su ayuda sobrenatural al éxito de la empresa. Ahora, como símbolo de la colectividad cívica, el lugar se marca arquitectónicamente. Los dioses que ahora reciben culto son principalmente los miembros sobresalientes del panteón olímpico, sobre todo Atenea y Apolo, junto con el padre de los dioses, Zeus, y su esposa Hera. Con ello se produce una nueva coincidencia entre la tendencia a formar entidades reducidas, donde se identifican y afirman las comunidades tribales, y la que conduce a la cultura panhelénica, como forma de expresión de la solidaridad aristocrática, vinculada a un pasado institucional que se refuerza en el movimiento hacia la recuperación. Ahora bien, los cultos locales son al mismo tiempo herederos de las prácticas ancestrales, expresión de las preocupaciones del grupo por la propia reproducción y la garantía de los medios de subsistencia. Por ello, los templos se convierten en objeto de las ofrendas de los jóvenes que entran en la edad viril o de las doncellas que se disponen a convertirse en esposas o madres y, sobre todo, en los santuarios extraurbanos, en objeto de practicas simbólicas de la fertilidad de los campos y la fortaleza de los jóvenes, como las que se revelan en la historia del Cleobis y Bitón, que llevaron a su madre al templo de Hera uncidos al carro en sustitución de los bueyes. Los ritos de fecundidad y de kourotrophia, de la crianza del kouros, del joven que se transforma en hombre, se juntan como partes de una misma preocupación reproductora. Las korai y los kouroi vienen a representar la imagen plástica del culto cívico, aglutinador de las preocupaciones de una colectividad cuya actividad agraria se manifiesta ahora en el marco de una ciudad, donde el matrimonio se transforma en acto público y la fuerza del joven se aprovecha colectivamente en la función militar. La ciudad se convierte así en el marco de los cultos cívicos. En ella perduran los cultos agrarios que tienden a pervivir en ese mismo marco, más o menos adaptados alas nuevas formas de vida, pero, en cualquier caso, conservando gran parte de su sentido originario, sobre todo en festivales de tipo femenino, como las Tesmoforias o Adonías, que sobreviven al tiempo que marcan el sentido preciso de la polis, crisol privilegiado de la síntesis entre ciudad y territorio.



IV.- GRECIA ARCAICA
Inicio: Año 700 a. C.
Fin: Año 500 a. C.

El siglo VIII, clave como punto de encuentro entre el final de la Edad Oscura y la época arcaica, renacimiento que continúa y se opone al período inmediatamente anterior, es también el punto de partida de un período rico en logros culturales, en transformaciones sociales y políticas y en situaciones conflictivas. Las ciudades, a través de la afirmación en el plano económico, militar y político, se afirman como lugares de actuación de los propietarios de las parcelas de la tierra cívica, los soldados defensores del territorio, los que se hallan en disposición de disfrutar de la politeia, de los derechos de ciudadanía. La comunidad se amplía considerablemente, pero para ello pasa a través de la stasis como conflicto interno y de la transformación del sistema aristocrático, heredero de la antigua realeza, en un sistema predominantemente oligárquico, en algunos casos tendencialmente democrático. Paralelamente, en íntima relación con todo lo anterior, el mundo griego amplía su escenario geográfico a través de la expansión colonial, fenómeno vinculado por medio de lazos diversos con los cambios económicos de la polis en formación, hasta el punto de que, al mismo tiempo que se produce como efecto del modo de desarrollarse ésta, se transforma en factor influyente sobre el modo en que se configura a lo largo del período. Si la historia de la Grecia arcaica en toda su extensión geográfica resulta rica en formaciones y en matices, sin embargo los fenómenos históricos van haciendo necesario que la atención se centre en dos ciudades de un modo específico, Esparta y Atenas, porque las realidades de la historia posterior imponen y hacen posible que a través de las fuentes sean las mejor conocidas de todo el mundo griego.

1.- Aparición de los nuevos estados: la polis

El sinecismo, como integración tribal en una comunidad superior y como integración de los oikoi en una forma productiva donde participan factores de comunicación y de solidaridad entre ellos mismos, llevó a la constitución de una forma política estatal, donde las relaciones humanas se regulan a través del organismo superior de la polis como vehículo por el que se ejerce, de manera nueva, el poder de la aristocracia. La materialización del sistema se halla representada por el ejercicio de la arché por individuos de esa clase, a través de magistrados que reciben en ocasiones el nombre de arcontes, y por el funcionamiento de organismos representativos de los intereses solidarios de su clase, boulai, que se identifican con el modo en que se han derivado, en la polis, los antiguos consejos de ancianos, de los gérontes, hasta el punto de que en algunos casos conserven el nombre de gerousía. Si todo ha cambiado para que nada cambie, al constituirse un sistema en que la misma clase conserva el poder, sin embargo la nueva forma de agrupamiento institucional, tendente a la unión solidaria, defensiva ante las presiones que resultan de la stasis como conflicto interno derivado del proceso mismo de acumulación y aumento del poder aristocrático, se transforma pronto en el marco de nuevas luchas, tendentes a modificar el sistema como resultado de las tensiones entre resistencias. El sistema aristocrático fue, pues, escenario de luchas, que se tradujeron también en rivalidades entre familias poderosas para controlar parcelas del poder, con lo que permanecen en una nueva tensión entre la solidaridad y la rivalidad, una de las características propias del conjunto del período. Como el oikos continúa siendo el centro económico, allí se centra la actividad del aristócrata, aunque la proyecte hacia la polis y, en un plano más cercano a la idealidad, a la unidad panhelénica. En estos tres planos se desarrolla la actividad cultural de la época arcaica, pero, mientras la épica tiende a plasmarse en un mundo superior a las ciudades y en éstas se fraguan las nuevas formaciones culturales tendencialmente oligárquicas, el oikos permanece como el centro de la actividad propia de los aristócratas que se integran en la ciudad a través del sinecismo y, aunque sus relaciones se proyecten en ámbitos más amplios, allí quedan reducidas algunas de las formas expresivas más características, la práctica del banquete, la organización de la hetairía y la poesía lírica.

Banquete aristocrático
Las fiestas primitivas celebradas en torno a determinados cultos experimentaron las transformaciones correspondientes a los cambios producidos a lo largo del período oscuro. Algunas se transformaron en motivo de reunión de diferentes comunidades, en el momento de institucionalizarse las fiestas panhelénicas, como manifestación de la conciencia común creada al tiempo que se producían las migraciones. Otras tendieron más bien a identificarse con la nueva comunidad política, integradora de elementos sociales diversos que aceptan como guía y factor de cohesión la existencia de un sacerdocio, normalmente dominante, pero controlado por la comunidad. Finalmente, otras fiestas quedaron monopolizadas por grupos aristocráticos específicos. Entre los aspectos más sobresalientes de la fiesta primitiva se hallaba el canto y la danza, con el recitado de creaciones tradicionales portadoras de las claves ideológicas en que se apoyaba la comunidad, momento fundamental de la transmisión del saber, coincidente con el reconocimiento de los jóvenes como miembros de pleno derecho de la colectividad productora, reproductora y protectora de sí misma. Las festividades heredan algunos de los aspectos de épocas aún más primitivas, propios de los pueblos cazadores, entre quienes el motivo de reunión era el reparto del alimento y el consumo inmediato, colectivo, acompañado de la ofrenda y el sacrificio en honor de las fuerzas sobrenaturales, con cuya ayuda se había llegado al éxito en la labor emprendida. Los grupos gentilicios tienden a considerarse depositarios de las tradiciones más sagradas en ese sentido. Cuando la basileia acapara el poder, también acapara la capacidad de reunir a los miembros de la comunidad para las celebraciones religiosas, donde se simboliza su capacidad para repartir dones y recibir muestras de adhesión en un sistema de clientelas en que naturalmente quien más da es también quien más poder acumula. Así considerado, el banquete resulta un fenómeno paralelo al de la formación de la polis, en el momento en que los basileis se enterraban en grandes tumbas principescas, destacadas del resto de la comunidad. Del mismo modo que, desde el siglo VII, por lo menos, como ocurre en el yacimiento de Lefkandi, en la isla de Eubea, uno de los ejemplos más primitivos de la constatación arqueológica de la existencia de la polis, el sistema deja paso a otro en que el poder queda formalmente diluido, también la práctica simposíaca se difumina. Los grupos gentilicios se recluyen en prácticas privadas, donde se transmiten los fundamentos ideológicos del grupo y se bebe en común para fortalecer una solidaridad minoritaria, índice del aislamiento mismo de la minoría aristocrática en la formación de la polis, coincidente con su búsqueda, por ese mismo camino, de nuevos modos de intervención. El simposio representa la herencia del pasado, desde el grupo cazador hasta su proyección en el presente, en que, dentro de la polis, los grupos aristocráticos relegados lo conservan con ánimo de transformar las nuevas condiciones de la vida social o, al menos, intervenir en ella en favor de sus propios intereses.

Hetería
El mismo proceso que llevó a la formación de la ciudad a lo largo de la época oscura también introdujo importantes modificaciones en el sistema gentilicio. Las necesidades de la polis aprovechan, al tiempo que modifican, los distintos organismos, de manera que las agrupaciones del tipo de la phratría pasan a servir fundamentalmente como modo de encuadramiento militar, pero también como vehículo por el que los gené más poderosos ejercen su influencia sobre la comunidad. El ejercicio de las capacidades clientelares, desde sus funciones de patronato a través de la phratría, transforma a ésta en instrumento del sistema aristocrático. Como proyección del sistema de dominio gentilicio, cuando éste se integra en la comunidad urbana, aquél se reduce igualmente al ámbito de lo privado. La terminología varía en las ciudades griegas y la phratría ateniense se compara habitualmente con instituciones como el syssition, el phidition, el syskenion, la synomosía, la enomotia o el eranos, que utilizan términos alusivos en Esparta a la comunidad del banquete, a la edad viril, a la convivencia militar en la tienda (skene), o a la lealtad garantizada por el juramento. La phratría ateniense se ha comparado igualmente con la hetairía cretense. También en Atenas se usa este último término, desplazado del sistema gentilicio y del sistema militar por el modo específico en que se ha desarrollado la sociedad. Aquí la hetería ha dejado de ser una forma oficial de agrupamiento de las unidades gentilicias para transformarse en un modo voluntario de asociación, al margen del sistema militar, donde se unen los aristócratas para continuar ejerciendo sus prácticas minoritarias. La hetería, como institución, también pervive en otras ciudades, en relaciones matizadas con los otros modos de agrupamiento, heredados igualmente del sistema gentilicio, adaptados de distintas maneras a las nuevas realidades representadas por una polis en que la aristocracia gentilicia sobrevive, pero impone su poder de modo muy específico, no directo, sino sometido a sutiles matizaciones. En tales circunstancias, la hetería y sus equivalentes tienden a convertirse en modos de agrupación para la actuación política, que en algunos casos han llegado a compararse con los partidos de los sistemas modernos. Normalmente, ellas representan la sede en que se celebra el banquete, el lugar simbólico donde se ha operado el paso del sistema en que el basileus reparte y controla a este otro en que se define la solidaridad aristocrática.

Poesía lírica
Dentro de constituir un género extremadamente variado, la poesía lírica griega arcaica representa un fenómeno relativamente homogéneo, ilustrativo del arcaísmo en su proceso de estabilización tras el llamado renacimiento y en su evolución, en el campo de las luchas políticas y de la percepción de los nuevos espacios coloniales. De manera general, puede decirse que las raíces de la poesía lírica se hallan en manifestaciones colectivas de orden religioso relacionadas con ceremonias de trascendencia social, en torno al calendario festivo, al nacimiento, al matrimonio y la muerte, a la guerra o a otras tomas de decisión que afectaban al destino de la comunidad. En palabras de Adrados, la mayor originalidad de la cultura griega estriba en la asombrosa proximidad en que se encuentran lo popular y religioso de los productos culturales más exquisitos. En el arcaísmo se opera esa mutación en el terreno de la lírica, en el que florecieron grandes individualidades, capaces, como Píndaro, de transformarse en poetas representativos de toda Grecia. El conjunto de la poesía simboliza el proceso entero, de lo local y específico a lo universal y general, en el movimiento creador de un género representativo, en su diversidad, de una forma de concebir el mundo y las relaciones humanas. Como la épica, también la lírica adopta como objeto temático el mito que, al imaginar el pasado, configura un modo de ver el presente. Frente a la épica, aquí la proyección es mucho mas diversificada, pues alcanza desde la perspectiva semiépica, que canta la gloria de las hazañas pasadas de los héroes de la ciudad, hasta el individualismo del personaje relativamente marginado. En su uso colectivo, la lírica procede de modo más directo. Las hazañas de los héroes del remoto pasado sirven de modelo directo a la exhortación para el combate. Tal parece ser el caso del poeta Arquíloco de Paros cuando para animar a sus conciudadanos a la conquista de Tasos recuerda las hazañas de Heracles en el mismo lugar, o el de Calino, al recordar las aventajas de los héroes tras la guerra de Troya, dispersos por diversos lugares de Asia Menor y de las costas levantinas del Mediterráneo. El uso exhortativo del pasado resulta especialmente claro en Tirteo, cuando recordaba a los Heráclidas como antepasados de los reyes espartanos y las hazañas de la primera guerra mesenia, en formación gentilicia y tribal, para que los soldados de su tiempo emprendieran con ánimo la nueva guerra mesenia, con que se configuraría el fundamento territorial del sistema político y económico de la Esparta clásica. El presente se ve reflejado idealmente en el pasado heroico. En otros casos, a partir de cantos originados en fiestas agrarias o de la reproducción, la lírica se orienta hacia lo privado, o bien en términos satíricos, para denostar el papel de la mujer en el oikos, como también hacía el poeta épico Hesíodo, en tema confluyente a partir del mito de Pandora, uno de cuyos representantes sería Semónides, o el mismo Arquíloco, o bien en términos eróticos, aspecto reflejado principalmente en Anacreonte o en los himnos de Safo a Afrodita. La fiesta ha podido tomar una orientación más oficial para convertirse en fiesta pública en que se consagran cada año las jóvenes doncellas que pasan a integrarse, en la madurez, para acceder al matrimonio, en una fiesta orquestada por un poeta director del canto y la danza, como Alcmán, creador de hermosos Partenios, himnos referentes a la virginidad de las jóvenes. Ahora bien, por su relación con la reproducción también pueden haber dado lugar a manifestaciones más o menos obscenas, como las que se plasman en la obra de Hiponacte, que llega a referirse a los aspectos negativos de la formación de la ciudad arcaica, a la exclusión de los no integrados, al phármacos, maldito, objeto de exclusión simbólica, ritual y purificadora pero también real, pues el proceso integrador llevó consigo igualmente la definición del espacio del que se excluyen los demás. Los grupos aristocráticos tienden a monopolizar ciertas ceremonias rituales, en torno a la hetería, en el banquete, heredero de la ceremonia distribuidora, ya transformada en elemento de control y de solidaridad del grupo, vehículo de transmisión de las ideas que le dan carácter compacto. Teognis es posiblemente el poeta más significativo cuando da consejos al joven Cirno, con quien tiene relaciones pedagógicas y pederásticas, y le advierte de los peligros que los cambios sociales de la época pueden reportarle a él y a su clase, en el terreno político y en el plano ideológico, como defensor de la pureza de sangre.

Formación del arcaismo
En el desarrollo de la poesía griega se perciben frecuentemente influencias orientales que contribuyen a la configuración definitiva de las formas líricas y a la integración de temas y tradiciones procedentes de diferentes lugares de Asia. Sin embargo, la definición de un período orientalizante pertenece más bien de manera tradicional al terreno de las artes plásticas. Al final del período geométrico, la nueva sociedad está en disposición de adoptar nuevas formas cerámicas, al tiempo que desarrolla los temas del mito acompañados de los elementos decorativos procedentes de Oriente. El aumento de los recursos y la frecuencia de los intercambios se conjugan para dar lugar al nuevo esplendor del arcaísmo. En la cerámica pintada puede considerarse que la introducción de decorados florales y frisos con animales significan la incorporación precoz de elementos orientalizantes que marcarán el período subsiguiente en una transición gradual desde el final del período geométrico. En este terreno, fue Corinto la ciudad que mas claramente se orientó en la nueva dirección con el estilo denominado corintio de transición, en el que abundan las escenas de animales, así como las de combate movidas, punto de encuentro del nuevo sistema de combate hoplítico con las tradiciones míticas. Entre los productos del corintio de transición destaca el vaso Chigi, con la clásica escena de los guerreros hoplíticos, alineados uniformemente y cubriéndose unos a otros con el escudo redondo. La escena de Odiseo atacando al Cíclope Polifemo representa el ejemplo de escena mitológica en un vaso protoático, estilo desarrollado algo más tarde, a partir de mediados del siglo VII, pues en Ática el estilo geométrico fuertemente asentado debía de ofrecer mayor resistencia. La formación de la ciudad sirve de escenario a la escultura monumental, donde se trasluce la ofrenda tradicional realizada en madera, el xóanon, de la colectividad primitiva, para convertirla en estatua de piedra, ofrenda de la joven (kore) o del joven (kouros) que se destaca como protagonista anual en las ceremonias donde la colectividad queda representada por el individuo, con lo que se da paso a que la familia aristocrática siga desempeñando un papel específico, pues son sus miembros los más capacitados para triunfar en los juegos o en la elaboración de los tejidos con que las jóvenes muestran sus habilidades para entrar en la comunidad de los mayores. Al mismo mundo pertenece la práctica de ofrecer calderos y trípodes metálicos ricamente adornados, símbolo en muchos casos de los viajes emprendidos por los grandes señores a tierras lejanas. Así se muestra su capacidad para realizar acciones benéficas en favor de los dioses o de los hombres que, individual o colectivamente, estén dispuestos a prestarles sus servicios. La época arcaica es igualmente el periodo del desarrollo del templo griego, con su estructura geométrica, casa del dios, del que se desarrolla la fachada para dar acogida al público, en la ciudad o en las afueras, o en los grandes santuarios. Sus variaciones responden a los modos de manifestación del culto publico y los estilos van recogiendo la tendencia orientalizante, desde el dórico al jónico, cada vez más urbanizados, pero también adaptados a las formaciones sociales y políticas que caracterizarían el arcaísmo en su desarrollo. El templo de la divinidad poliada representa el mundo del espíritu colectivo, pero su monumentalización se basa en la capacidad de las grandes familias y de los tiranos para ejercer su influencia en la ciudad, que se convierte en campo de su acción benéfica y en objeto de su autoridad despótica.

Naturalismo jónico
Los impulsos cambiantes producidos a partir del origen de la ciudad, en la que nuevas fuerzas económicas y sociales generan energías provocadoras del progreso y de las luchas internas, al mismo tiempo que el desarrollo de las posibilidades objetivas del conocimiento, provocaron a lo largo del período arcaico un movimiento intelectual destinado a tener enormes consecuencias, pues, en definitiva, se trataba del origen de la filosofía. Es, desde luego, difícil separar a ésta de las concepciones míticas que intentan dar una explicación del mundo a través de una narración simbólica, creadoras de lazos de causa y efecto fantasmagóricos. El paso del mito al logos se produce casi imperceptiblemente en ese proceso en el que, en las nuevas condiciones de la polis, la percepción del cambio se hace más controlable por algunos sectores de la sociedad. Formalmente, el lenguaje escrito parece imponer sus condiciones, al menos de manera parcial. El metro, propio de la poesía, permite la conservación de la tradición oral, motivo de culto a la diosa Mnemosyne. Sobre el lenguaje escrito se facilita la aparición de la prosa, modo de fijar la exposición de temas y argumentos capaces de contener formas específicas de razonamiento. Los nuevos pensadores tienden a expresarse a través de la prosa, aunque muchos de ellos continúen con el uso del verso, como Empédocles de Agrigento, Jenófanes de Colofón o Parménides de Elea, todos ellos pertenecientes al ambiente colonial de Sicilia o la Magna Grecia, donde también ejerció su actividad Pitágoras, que tuvo que marchar de su patria, Samos, por las circunstancias políticas de la época. Los ambientes en que se extiende la filosofía participan, de todos modos, de los rasgos de las comunidades de tipo religioso. Las escuelas vienen a ser desarrollos de comunidades de ese tipo. Por ello, la expresión en prosa está también lejos de convertirse en un modo de comunicación racional y distanciado. Se ha dicho que cuando Tales encuentra en el agua el principio de todas las cosas, la arché, tanto en el tiempo como en el sentido del origen permanente que todo lo compone como elemento básico, sólo se aleja mínimamente de los mitos del Océano primordial, base de una importante faceta del pensamiento mítico asimilado en Grecia a partir de tradiciones orientales. Importa, sin embargo, considerar que la terminología utilizada, acerca de las transformaciones internas de la materia para dar lugar al conjunto complejo de la realidad, se orienta hacia una concepción procesual capaz de prescindir de la presencia de fuerzas externas, sobrenaturales, para explicar los cambios, cuestión básica en las preocupaciones de la época. Un lenguaje en cierta medida oracular sirve a Anaximandro para exponer una concepción del mundo que alcanza un mayor grado de abstracción, tanto en el hecho mismo de que la génesis de los seres se halla para él en lo indeterminado, ta ápeiron, como en el de que los procesos que conducen en una u otra dirección hacia el nacimiento o la destrucción, se hallan igualmente en las relaciones internas de dike o adikía. Son éstos los conceptos desarrollados, al tiempo que se configuran relaciones nuevas entre los hombres dentro del ámbito de la polis. Ambos, igual que Anaxímenes, proceden de Mileto, ciudad que desempeñó un importante protagonismo en todo el proceso definidor del arcaísmo, desde la migración jónica hasta la fundación de colonias, a través de las transformaciones internas que afectaron a las formas políticas, especialmente al hecho de haber experimentado el gobierno de los tiranos, y de los contactos con Oriente, factor estimulante de muchos de los fenómenos intelectuales del arcaísmo. Sin embargo, posiblemente el caso más significativo procede de la ciudad de Éfeso, donde Heráclito, perteneciente a la basileia de la antigua comunidad, descendiente de los fundadores de la casa real ateniense que se encargaba del sacerdocio de Eleusis, es considerado el primero que fue capaz de percibir como real y racional, dentro de un sistema coherente de pensamiento, la existencia de los cambios y de las contradicciones. En Efeso, él mismo esta relacionado con el culto de Artemis, símbolo del papel de la aristocracia emigrante como elemento aglutinador del sincretismo, que hace de la divinidad aborigen, diosa de la fertilidad, un instrumento de la nueva coherencia que integra a los indígenas en relaciones desiguales. Los fenómenos históricos se suceden allí también con gran rapidez y Heráclito es capaz de elaborar un sistema donde se percibe en sí mismo el cambio, del que es producto como elemento vivo y en sí mismo cambiante, pero también es al mismo tiempo su teorización. El lenguaje de Heráclito no dejó de ser oracular y gnómico, formado por sentencias enunciadas dogmáticamente, pero su contenido es la expresión misma del pensamiento antidogmático, inicio, en el paso de lo religioso a lo racional, de un modo de pensamiento que, según Thomson, encontrará su culminación en la dialéctica hegeliana, principio y fin de una tradición de pensamiento oculta tras las corrientes dominantes dogmáticas, arraigada en la concepción del mundo prerracional, en aquella concepción que, como expresión religiosa primitiva, no tiene problemas para asumir el hecho de que la realidad es profundamente cambiante y contradictoria.

2.- La propiedad de la tierra

La creación de la polis viene a ser un efecto del proceso de transformación cualitativa y cuantitativa por el que atraviesan las relaciones entre los hombres y la tierra. En Hesíodo resultaba evidente la trayectoria de la acumulación llevada a cabo por los basilei, creadora de conflictos y de situaciones precarias para el campesinado. A través del sinecismo se reforzaba la solidaridad de los propietarios de las unidades económicas conocidas como oikoi que así controlaban el poder en una escala mayor. Sin embargo, de este modo la polis se continua como el marco de las nuevas luchas, pues también el demos resulta así capaz de actuar de modo solidario. El nuevo sistema productivo, consolidado en el oikos, permite, al mismo tiempo, el aumento de la capacidad colectiva para colonizar nuevas tierras en zonas baldías, de modo que aumenta el territorio que adquiere la naturaleza de chora y se amplían los cultivos. Paralelamente, el final de la época oscura se caracteriza por un notable crecimiento demográfico, factor que a su vez permite aumentar la producción, pero también resulta fuente de conflictos al no ser siempre coordinados ambos elementos, sobre todo en su engranaje con los cambios cualitativos, creadores de formas de explotación y de profundas diferencias en la obtención de los beneficios. Por otro lado, los procesos expansivos necesarios, paralelos al crecimiento demográfico, chocan con los mismos procesos en las ciudades vecinas, sobre todo en las zonas más pobladas, lo que produce conquistas y conflictos, sumisiones o pactos, pero también internamente fomenta la solidaridad y la concordia, consolida un cuerpo ciudadano que unitariamente sea capaz de defender el territorio colectivo. La ciudad pasó a ser, por tanto, marco de solidaridad social al mismo tiempo que marco de la conflictividad. Los caminos seguidos fueron variados y se manifiestan de modo entremezclado.

La stasis
La ciudad es, pues, efecto y causa de stasis, de conflicto interno, que afectaba a los diferentes segmentos de una sociedad configurada como comunidad política. Las raíces de la stasis se hallan en los problemas de la tierra. Su escenario es la polis, dentro de esta realidad específica en que lo ciudadano y lo agrario no vienen a ser más que dos aspectos de una sola entidad indivisible. Del mismo modo que quienes asientan su poder económico en el control de la tierra productiva traducen en el plano de la polis su aspiración al control de la colectividad, ésta también pasa a pronunciarse en el mismo plano. Así, el conflicto económico se identifica con el conflicto político. En el proceso de acumulación aristocrática, los miembros de la comunidad campesina corren el riesgo de caer en formas de dependencia clientelares susceptibles de aproximarse a formas de servidumbre colectiva que en principio no aparecen suficientemente definidas. En Tesalia los penestas, en Argos los gimnetas, en Sición los corinéforos, aparecen todos como colectividades supeditadas a las oligarquías dominantes. En el siglo II d.C., el lexicólogo Pólux los encuadrará entre la libertad y la esclavitud, como los hilotas espartanos y los mariandinos de Heraclea Póntica. Los rasgos de estas dos últimas colectividades están condicionados por el proceso expansivo espartano, en el primer caso, o por la expansión colonial, en el segundo. Penestas, gimnetas y corinéforos parecen resultado de procesos de transformación interna que dejaron fuera de la comunidad cívica a quienes no habían conseguido conservar sus derechos sobre la tierra, que iban normalmente unidos a la participación activa en la defensa militar del territorio. En algunos casos, a través de la stasis, el campesinado consiguió resistir a la acumulación y consolidarse como comunidad cívica. En estos registros es donde se producen, a lo largo de Grecia, las mayores variaciones, características de la gama amplia en que se mueven las instituciones de la polis.

La politeia
De este modo se configura la oligarquía de los politai, el conjunto de ciudadanos cuyo derecho a acceder a la tierra les posibilita asimismo el acceso a las funciones colectivas, a la politeia. Su manifestación más importante se lleva a cabo en la asamblea, donde se reúne la colectividad, bajo formas de control variables, según los casos, por parte de la aristocracia que, en la polis, accede a actuar públicamente en el centro, tanto en sentido metafórico como en su sentido real, pues el lugar público de la actuación política constituye igualmente el centro de la ciudad. En torno a este centro, meson, gira la vida de la comunidad, de la koinonía, equilibrio de las desigualdades, elemento superador de la stasis, siempre que los elementos externos, guerra o sumisión de extranjeros, colonización o control de territorios limítrofes, contribuyan como contrapunto a fomentar la solidaridad. La politeia significó el triunfo de los lazos políticos de base económica sobre los lazos de sangre. Sin embargo, los áristoi, que suponían que su excelencia se hallaba asentada en tales lazos, continuaron en líneas generales poseyendo el control real de las instituciones sobre la base de un prestigio reforzado con la consolidación de un sistema ideológico que hacía del pasado la justificación de la identidad presente, que buscaba en él sus propias señas. El ciudadano es el heredero del antiguo aristócrata, con lo que éste recupera una imagen grandiosa que fortalece al nuevo aristócrata en su misión ciudadana cuando es él quien se muestre capaz de patrocinar los cantos públicos que exaltan la figura de los héroes y de acudir como atletas a los juegos panhelénicos para lograr prestigio para su ciudad, pero también para afirmar su propio prestigio dentro de ella. La participación de todos en la politeia, de todos los que disfrutan de la tierra, no impide que de hecho la arché, el poder que se ejerce a través de las magistraturas, el de los árchontes, siga en manos de los poderosos, que también monopolizan la timé, el honor, que viene a identificarse con el poder, como en Roma, donde la identidad latina de los honores con las magistraturas simboliza la identidad del poder fáctico con su nivel ideológico. La contrapartida estaba representada por las leitourgíai, institución por la que los poderosos se ven obligados a desempeñar cargos onerosos, a realizar actos benéficos, en el plano económico y social, que a cambio los convierte en individuos protectores de la comunidad, como para justificar su superioridad política y económica.

El ejército
La formación de la polis y de la politeia corre en paralelo con la identificación de una chora como territorio de la ciudad, a pesar de las diferencias que pueda haber en la distribución de las parcelas. Su defensa implica a todos los miembros de la colectividad interesados en conservarla, dentro del proceso de ampliación y colonización interna de las diferentes comunidades que se constituyen como poleis. La actividad militar se convierte así en el eje en que confluyen los intereses económicos de los campesinos con los aristócratas que tienden a acumular tierras a costa de los primeros. El sinecismo unifica las tierras de los diferentes oikoi a escala política, integra las clientelas en la ciudad y crea una nueva clase dominante, la oligarquía formada por los sectores del demos que, en cada caso, han logrado acceder a las parcelas de la chora, el kleros, y han pasado por ello a convertirse en parte interesada en su defensa. Demos es, en definitiva, un término que alude originariamente al territorio objeto de distribución entre los miembros de la comunidad, dasmós. El sistema de la polis viene a ser una consolidación de tal comunidad, dentro del proceso conflictivo formado por la contraposición entre acumulación y resistencia. Esta nueva clase de propietarios, vieja como heredera de la comunidad campesina, es también la que forma el grueso del nuevo ejército hoplítico, la que también se llama, aludiendo a esa función, clase hoplítica. Pueden admitirse diferentes posturas, radicalmente contrapuestas o llenas de matizaciones, acerca de la prioridad del carácter militar o del carácter económico o social de los hoplitas. Por una parte, su papel en la defensa de la ciudad les confiere el peso suficiente para apoyar sus reivindicaciones en el plano político y en el disfrute de la tierra, garantizado institucionalmente, pero, por otra parte, sólo la preocupación por la defensa de un territorio propio, disfrutado de modo colectivo con todas las diferencias reales que se quiera, permite pensar en la existencia de un ejército como el ahora creado. Puede admitirse que los primeros armamentos pesados fueron proporcionados por los poderosos a sus clientes, en las formaciones más primitivas que puedan caracterizarse como hoplíticas. Sin embargo, la configuración del cuerpo cívico como ejército de combate requiere una participación libre y masiva. En el nuevo ejército, el soldado costea su propia armadura, pesada y cara, compuesta de lanza, casco, grebas o canilleras y, sobre todo, del escudo redondo que se sujeta al brazo izquierdo, con lo que el soldado se protege a si mismo y a su compañero, que a su vez protege al que le sigue por la izquierda. De este modo, el ejército actúa de modo compacto, sólida y solidariamente, sin que quepa ni la huida individual ni la hazaña personal. Los ejércitos sólo actúan en campo abierto, para proteger o para ocupar nuevos territorios cultivables. La guerra hoplítica es una guerra típicamente agraria, donde no importa la captura del prisionero ni la destrucción del enemigo, sino la ocupación y demarcación del territorio. Por eso el hoplita combate en falange, formación sólida sometida a reglas, a campos de batalla específicos y a alineaciones concretas, donde el lado izquierdo tiene que ser el protagonista de la acción, pues el flanco derecho no tiene escudos que lo protejan.

Conciencia hoplítica
Toda esta realidad militar apoyada en realidades económicas y creadora de aspiraciones políticas, forma una nueva mentalidad dominante en la colectividad, caracterizada por una idea de la comunidad como heredera del mundo heroico. Ahora es la polis la que actuó en su propia defensa, lo que permite que cada soldado sea heredero de los héroes, como en los poemas en que Tirteo exhorta al ejército espartano a la guerra mesenia, donde cada uno, al luchar dentro de la formación hoplítica, puede identificarse con el héroe legendario de la primera guerra mesenia. Sin embargo, la afirmación de la conciencia hoplítica, al basarse en la tradición heroica, posibilita asimismo que se preserven los valores heroicos, en los que en definitiva los verdaderos protagonistas eran los aristócratas, que podían atribuirse la condición de descendientes suyos. La oligarquía hoplítica, que basa sus privilegios en la existencia de nuevas clases dependientes, afirma su superioridad en formas ideológicas que repercuten en la conservación de los privilegios, que así perduran a lo largo de toda la historia de la ciudad arcaica. También la estructura topográfica de la ciudad revela la nueva mentalidad, pues los santuarios extraurbanos se configuran como símbolos de los límites del territorio colectivo, consagrados a las divinidades que patrocinan la kourotrophia, la educación de los jóvenes para el combate hoplítico, en festivales donde compiten al estilo de los héroes, hasta el punto de que, en los juegos panhelénicos, llegaron a imponerse pruebas propias del hoplita, paralelas a las del luchador singular y a las del jinete o conductor de carros. Los jóvenes se integran a través de la efebía, para pasar a formar parte del ejército donde, en ocasiones, perviven las divisiones basadas en las clases de edad, pervivencia transformada desde las prácticas tribales, adecuadas a las nuevas necesidades. La mentalidad hoplítica se define así como heredera de la tradición gentilicia, teñida de valores aristocráticos, adaptados a la nueva realidad, a la que proporciona una nueva coherencia al darle fundamento en las tradiciones ancestrales. Éstas proporcionan a la novedad espiritual su aspecto más tradicional y los elementos para convertirse en ideología conservadora, de los propios privilegios y de las clases aristocráticas.

Características de la colonización griega
La stasis producida como consecuencia del proceso acumulativo básico en la formación de la polis encuentra otra posible vía de solución en el inicio de una nueva etapa en la organización de viajes colectivos al exterior. El crecimiento demográfico y los cambios cualitativos en la explotación de la tierra favorecieron los impulsos que llevaron a algunas colectividades a trasladarse en busca de un nuevo oikos, cuando sus posibilidades en casa se hallaban cerradas. La formación de la politeia era un proceso simultáneamente integrador y excluyente, pues la formación de un demos privilegiado implicaba automáticamente la supeditación o exclusión de nuevas masas de población, numéricamente crecientes. Una posible salida para esta exclusión fue la búsqueda de un nuevo oikos externo, una apoikía. Éste es, en efecto, el nombre que recibe en griego la institución que habitualmente se traduce por colonia. Se trata, en general, de un nuevo asentamiento donde una población emigrada funda una nueva polis, que adquiere ex novo los rasgos que se están configurando en la ciudad madre, en la metrópolis. En las colonias, tales rasgos, al implantarse de modo preconcebido, resultan en general más nítidos. Los nuevos propietarias de un kleros distribuido entre los colonos emigrados son naturalmente miembros de esos sectores de la comunidad que, en su propia polis, tienden a quedar excluidos del proceso integrador formativo de la nueva politeia. Sin embargo, la empresa colonial está siempre encabezada por un fundador, oikistés o ktistes, perteneciente a alguna de las familias de la aristocracia metropolitana. Así, se hace expresa referencia en relación con las expediciones procedentes de Eubea, donde se habla de los hippobotai, la aristocracia caballeresca que domina las ciudades de Calcis y Eretria en el momento de iniciarse su precoz colonización occidental. Al tratar también de las colonias fundadas por los corintios, las fuentes mencionan específicamente el genos de los Heráclidas, como se definían los miembros de la aristocracia dominante, monopolizadora de la herencia que habrían dejado las migraciones de la edad oscura, de raigambre relacionada con los héroes legendarios del mundo micénico, aunque a veces también se refieren a los Baquíadas, genos específico y concreto que ejerce su poder en la Corinto aristocrática, de manera prácticamente dinástica. De este modo, también las colonias inician su andadura bajo la guía y protección de la aristocracia y el fundador adquiere el estatuto de héroe al que se rinde culto como a los héroes fundadores legendarios de las ciudades de la Hélade. El proceso colonial representa, pues, un efecto del desarrollo conflictivo de la formación de la polis, pero también una proyección de sus líneas dominantes, pues la aristocracia sigue presente en el control de la realidad y del imaginario de la nueva polis. Este aspecto queda reflejado de manera muy especial en el papel desempeñado por el oráculo de Delfos, que en esos momentos se está definiendo precisamente como centro ideológico de la Grecia arcaica. Su consolidación como centro panhelénico posibilitó el aumento de su influencia y gracias a ella se reforzó a lo largo de esos años hasta marcar las líneas principales del pensamiento griego. En efecto, toda expedición colonial debía ir precedida de la consulta oracular, capaz de dar indicaciones sobre rutas, sobre lugares de asentamiento y sobre las personas que habrían de desempeñar el papel dirigente. Es muy probable que las tradiciones recogidas por las fuentes exageren y sistematicen en exceso algunas de las respuestas oraculares, sobre todo las más antiguas, pero todo hace pensar que el santuario se fue convirtiendo en un centro informativo, capaz de archivar y de distribuir dosificadamente los datos, entreverados con los elementos que podían servir para garantizar el control de las acciones coloniales desde el oráculo mismo, intermediario panhelénico de las clases dominantes de las ciudades.

Emporion y precolonización
Parece evidente que el establecimiento de colonias, apoikía, como formación de nuevas ciudades con territorio, es un fenómeno relacionado profundamente con las transformaciones generales del inicio del arcaísmo que afectan a la explotación de la tierra. Sin embargo, ello no quiere decir que sea conveniente adoptar una actitud monolítica en el tradicional debate acerca del carácter dominante del fenómeno de la colonización, como impulsado por factores comerciales o por factores agrarios. En realidad, se trata de un fenómeno polivalente que recoge la multiplicidad y variedad de la realidad histórica de su época. En efecto, al mismo tiempo que a los factores expuestos anteriormente, tocantes a la agricultura y a las formas de poder aristocráticas, es preciso referirse igualmente al nuevo desarrollo de los cambios y de los viajes que tuvo lugar en los momentos finales de la edad oscura como uno de los factores básicos para el impulso inicial en el terreno económico tanto como en el cultural del arcaísmo. El desarrollo del período llamado orientalizante, fenómeno económico y cultural, viene a ser el síntoma de unos contactos con Oriente que revelan asimismo las potencialidades desarrolladas en las ciudades griegas en ese período de transición. Los contactos con los fenicios, la presencia griega en la costa de Siria y las referencias de la épica homérica y los poemas hesiódicos indican el desarrollo de una creciente actividad en el mundo de los intercambios coherente con las transformaciones sociales coetáneas. Sólo el desarrollo de riquezas alternativas permite diversificar la actividad de los aristócratas, para que puedan acceder otros sectores sociales a diferentes formas de poder político, cuando los controles reales pueden establecerse a otra escala y repercutir en la aparición de nuevas formas de dependencia relacionadas con los cambios. Las formas de explotación agrícola y el desarrollo de los cambios evolucionan paralelamente en una mutua interferencia dentro de un proceso global en que se inscribe el mundo de las colonizaciones. Ambos factores no son, desde luego, sucesivos en el tiempo, aunque en cada caso pueda haber precedencias temporales claras. Así, no hay constancia de que en las costas del Levante mediterráneo la presencia de los griegos, procedentes mayoritariamente de Eubea, haya dejado de estar representada nunca por asentamientos de tipo empórico, bases más o menos estables desde las que se practican los intercambios. Por el contrario, a partir de la presencia de los griegos de la misma procedencia en la isla de Pitecusas, desde aproximadamente el año 775, los viajeros se asentaron en una colonia en Cumas, hacia el 750, con los rasgos de una polis que serviría de punto de partida de una larga empresa colonial. Desde entonces, emporio y apoikía serán protagonistas de historias paralelas donde no es fácil distinguir en cada caso el carácter dominante, porque, en definitiva, vienen a ser manifestaciones de un mismo desarrollo económico.

Griegos e indígenas
Las relaciones que se establecen entre los colonos griegos y los habitantes indígenas son tan variadas como pueden serlo, multiplicadas, las diferentes situaciones en que éstos pueden hallarse en el momento de la llegada de los primeros y las condiciones concretas en que se produce el asentamiento. Un emporio establece necesariamente relaciones diferentes de una colonia fundada sobre lugar previamente habitado, donde puede surgir la competencia por la explotación de la tierra. Entre los emporios se conocen casos en que los colonos fueron protegidos por los indígenas, en lugares reservados, delimitados, en que nacían ventajas para ambas comunidades. Los griegos reciben el sustento y proveen a los indígenas de bienes externos, capaces de consolidar el prestigio de los sectores dominantes, que así tienden a estructurarse como clase. Se conocen también otras formas de colaboración llevadas a cabo a través de pactos, por ejemplo, en el aprovisionamiento de mujeres para la reproducción de los colonos, aunque también hay datos muy claros de violentos enfrentamientos, como los que se reflejan en los poemas de Arquíloco, en Tasos, frente a los tracios. En gran medida, el conflicto procede de la necesidad de los griegos de penetrar en el territorio para proceder a una explotación agraria profunda, cuando la polis crece y la propia dinámica interna impone formas de colonización territorial, como ocurrió en Sicilia. Así, la ocupación puede colaborar a dar un nuevo giro a los pactos cuando los colonos pretenden hacer uso de los indígenas como mano de obra, pues aparecen los llamados pactos de servidumbre, que no son otra cosa que procedimientos de sumisión, más o menos pacíficos, creadores de formas de dependencia del tipo de las que Pólux situaba entre la libertad y la esclavitud, como es el caso de los mariandinos de Heraclea Póntica y los cilicios de Siracusa. Por otro lado, dado que la colonización va unida al momento histórico en que las formas de dependencia citadas se ven superpuestas por el desarrollo de los cambios que permite la existencia de la esclavitud como mercancía, igualmente los contactos con los indígenas sirvieron para acceder a las fuentes de estos bárbaros que naturalmente se convertirían en esclavos. De acuerdo con lo dicho, no es extraño que Tracia se convirtiera pronto en la principal fuente de esclavos para algunas ciudades griegas, donde las relaciones fueron tan conflictivas como se refleja en la poesía de Arquíloco.

Mapa de la colonización griega
Aunque el movimiento colonial pueda considerarse como un fenómeno griego que responde a las características de un momento específico de la historia de Grecia como un todo, sin embargo, dadas las características peculiares de las poleis en formación, no puede extrañar que en la practica funcione de modo muy variado. En efecto, el fenómeno ofrece un amplio panorama, de modo que algunas de las ciudades centran la mayor parte de su actividad en este terreno y otras no participan en absoluto. Las ciudades de la isla de Eubea habían participado en movimientos precoloniales y fueron las primeras en fundar una colonia propiamente dicha. Se sabe que allí ha habido un enfrentamiento, la guerra lelantina, en torno a la llanura del río Lelanto, y que la época coincide, según los datos arqueológicos procedentes de las tumbas principescas de Lefkandi, con el período en que los enterramientos experimentan cambios indicativos del paso de una basileia a la oligarquía hoplítica. La conjunción de los fenómenos define el período de transición. Tras la fundación de la colonia de Cumas, las otras fundaciones conjugan intereses de la explotación agrícola con el control de las rutas, sobre todo en el estrecho de Mesina. Regio y Zancla ocupan los dos lados del estrecho; Naxos, Catana y Leontinos, desde la costa oriental de Sicilia, penetran en los fértiles campos de este lado de la isla. Otros importantes puntos de atención de la colonización euboica fueron la península Calcídica, así llamada por la abundancia de ciudades procedentes de Calcis, y una parte de la costa de Tracia, al norte del Egeo. La ciudad de Corinto, bajo la familia dinástica de los Baquíadas, desarrolló su principal actividad fundacional en las islas y costas del mar Jónico, por ejemplo, en Corcira, pero la principal colonia occidental de Corinto fue sin duda Siracusa. Su presencia en Potidea, en Calcídica, también tuvo repercusiones en la posterior historia de las relaciones entre ciudades griegas. En el Ponto Euxino, fue la ciudad jónica de Mileto la que desde el siglo VIII impuso su presencia y llenó de asentamientos coloniales prácticamente todas sus costas incluidas las de la Propóntide. Tales son los puntos dominantes en el origen de la colonización. A ello hay que añadir la colonización aquea, procedente del norte del Peloponeso, donde nada permite pensar en la configuración de un sistema similar al de la polis. Sin embargo, puede afirmarse que prácticamente todo el sur de Italia fue ocupado por colonias aqueas que llegaron a formar una unidad en diversos aspectos de su vida económica, política y cultural. Es la zona que recibiría propiamente el nombre de Magna Grecia, capaz de controlar colonias de otro origen, como Siris, fundada por exiliados de Colofón, pero luego integrada en el mundo aqueo. Algunas colonias representaron fenómenos aislados, como la de Mégara Hiblea, procedente de Mégara, o la de Tarento, desde Esparta, en condiciones muy específicas, vinculadas al especial desarrollo que experimentó la ciudad laconia. Rodios y cretenses intervienen juntos en la fundación de Gela, en Sicilia, pero ambos, sobre todo los primeros, están constantemente presentes en las narraciones de viajes, reales o legendarios, por todo el Mediterráneo, seguramente por su integración dentro del mundo de los viajeros fenicios. Creta y Tera también aparecen implicadas en los viajes que llevaron a la fundación de Cirene, en el norte de Africa, punto de partida de la expansión por la costa de la península Cirenaica. Carácter específico tuvo Naucratis, en el delta del Nilo, centro empórico protegido por el faraón, donde griegos originarios de varias ciudades se repartían el beneficio a través de pactos que garantizaban las relaciones con los habitantes del territorio circundante. En el extremo occidental del Mediterráneo cualquier contacto anterior al siglo VII permanece sumido en las elaboraciones legendarias que sólo permiten plantear hipótesis sobre el modo de configurarse un mundo mítico a través de realidades inalcanzables. Los datos sobre Coleo de Samos, que entró en contacto con Tartessos a través de una ruta relacionada con los viajes griegos a Cirene, permiten hablar de algún contacto con centros protegidos gracias a pactos con la realeza indígena, por los cuales pudieron los griegos llevar importantes riquezas a la isla de Samos y hacer ofrendas valiosas en el templo de Hera. Más tarde, son los habitantes de Focea los que llegan a Tartessos y, aunque no se asientan en la chora, recibieron riquenas. Cuando mas tarde, expulsados por los persas de su ciudad, en Asia Menor, buscaron asentamiento, lo encontraron en Elea. Asimismo fundaron Masalia, que se convirtió en un centro imperialista del que dependían otras colonias, como Emporion, centro del territorio ampuritano, único lugar seguro de penetración de la cultura griega en la Península Ibérica de modo directo.
LOS COLONIZADORES. Según el historiador romano Veleio Patérculo, Gades fue fundada por los fenicios ochenta años después de la caída de Troya, es decir, hacia el 1104 a.C. El hecho que, como otras acciones históricas significativas, marca el inicio de una nueva etapa, el primer milenio a.C., servirá de excusa aquí para valorar una doble cuestión conceptual de capital interés. La fundación de un asentamiento colonial, aunque sea con carácter más o menos permanente, siempre implica la presencia de una nueva población que entra en contacto con la base étnica residente en el área. En la visión arqueológica que ha caracterizado la investigación en gran parte del siglo XX, primar este efecto, como punto de partida para cualquier innovación tecnológica o cultural, ha recibido el nombre de difusionismo. El concepto nació en oposición a la tradición evolucionista, caracterizadora del trabajo arqueológico en el siglo anterior, que destacaba el desarrollo de cada grupo en un modelo secuencial prefijado que avanzaba desde el salvajismo a la civilización. En realidad, salvo este principio señalado, el modelo difusionista no ha sido sustancialmente distinto a las lecturas evolucionistas decimonónicas: ambas respetaban un modelo unilineal hacia el progreso y la civilización y mantenían la perspectiva historicista al plantear que el sujeto de la Historia había sido siempre las etnias o las nacionalidades, olvidando la existencia de los conflictos internos dentro de cada comunidad. En todo caso, la diferencia que distingue a evolucionistas y difusionistas hay que situarla en la contextualización histórica en que se produjo el debate entre ambas corrientes. Si rastreamos el origen del difusionismo, a fines del siglo XIX, cuando el neoimperialismo repartía los mercados afroasiáticos de materias primas entre las grandes potencias, se comprenderá el interés por la temática colonizadora y se justificará que, ideológicamente, se produjera la imagen del colonizador paternalista y bienhechor y, consecuentemente, la del indígena salvaje e infantil. La crisis de la Arqueología tradicional a fines de la década de los años sesenta y su reconstrucción bajo planteamientos funcionalistas, que ya no tenían tanto interés en el proceso histórico, y por ende en el tiempo, terminó por producir una dura crítica a los planteamientos difusionistas dominantes y a sus excesos. La Nueva Arqueología ha estado más preocupada por describir los sistemas de comportamiento en una sociedad que por conocer cuál era el origen de cada situación. Este planteamiento ha generado una cierta revitalización de las lecturas evolucionistas, si bien éstas se han hecho para construir las leyes de rango medio, como gustan decir los neopositivistas, que han caracterizado de forma atemporal el desarrollo de una sociedad y en general al ser humano, todo ello desde perspectivas no unilineales y mucho menos utópicas. De todos modos, el hecho colonizador es empíricamente contrastable y la crítica al difusionismo no pone en cuestión la existencia del contacto, sino su tratamiento. Por esta razón se hace conveniente valorar al menos dos consideraciones: El contacto entre colonizador e indígena colonizado no se expresa siempre desde una lectura unívoca, en la que el primero es factor de civilización, y el segundo el elemento cambiante y receptor del proceso; por el contrario, el contacto se enmarca en una serie muy compleja de conceptos (aculturación, interacción, intervencionismo, etc.) que van desde el encuentro esporádico y pacífico al permanente y violento de la conquista. Paralelamente, el hecho se localiza en una amplia gama de escalas que se localizan desde el punto de encuentro de un intercambio al marco macroeconómico y político que lo posibilita. El contacto entre colonizador e indígena no expresa cultural y económicamente un factor desintegrador de conflictos, existentes tanto en el seno de la sociedad indígena como en el de la colonizadora; en todo caso, este hecho activa otros factores o modifica determinadas situaciones internas, hasta hacer evidente que la nueva situación tiene diversas maneras de ser vivida culturalmente y diferentes efectos económicos. En otro marco conceptual y metodológico, la cita de la fundación de Gades permite plantear otro problema de gran interés, cual es la articulación entre Arqueología e Historia (valorada desde el documento escrito). Nunca, en toda la historia de la investigación arqueológica de Cádiz, se han registrado materiales u otros documentos que puedan adscribirse a una cronología fenicia tan alta como la que expresan las fuentes históricas escritas. La arqueología gaditana, como la practicada en otros asentamientos fenicios también valorados por las fuentes escritas como de alta cronología, tal es el caso de Utica, Cartago u otros puntos mediterráneos, ofrece como datación más alta para sus materiales más antiguos estratificados el siglo VIII a.C. Este hecho demuestra hasta qué punto en ocasiones la investigación histórica puede presentarse de modo contradictorio entre diversas disciplinas. Sin duda alguna la información arqueológica cuenta con un componente empírico de mayor posibilidad de contraste que el documento histórico escrito; sin embargo, este hecho no debe ser definitivo en la elección de una posición u otra. En el caso de la Arqueología ha de reconocerse en muchas ocasiones la dificultad que supone la fijación de una cronología absoluta, y la debilidad metodológica que existe para establecer las cadenas que permitan ordenar las cronologías relativas; asimismo, nunca ha de olvidarse la incapacidad de determinadas metodologías y técnicas de excavación para obtener todo el registro arqueológico; desde el punto de vista del documento escrito, la ausencia de la crítica del texto es demasiado frecuente en la investigación y no ha de olvidarse que existe un condicionante cultural y económico que siempre está presente en el momento de su elaboración. Por efecto de la contradicción interdisciplinar expresada, la investigación de la arqueología fenicia ha planteado una doble alternativa para la explicación del caso. Una corriente, representada en investigadores como Aubet, ha asumido la información arqueológica como la determinante en la valoración científica de la colonización. Para ellos la documentación histórica de Veleio Patérculo, que seguirán reproduciendo otros muchos historiadores romanos, no es fiable, por proceder seguramente de Timeo de Tauromenia, dada la falta de rigurosidad de este último autor; además, analizada contextualmente la información, se observa, en términos generales, la confusión de las fuentes helenísticas sobre la colonización fenicia, así como la asunción de los poemas homéricos como fuente histórica segura. En el caso de Cádiz se reconoce, además, una corriente muy al gusto de la época en que se elaboraron los textos y que tiende a ennoblecer el origen de las grandes ciudades vinculándolas a legendarios personajes; éste pudo ser el caso de la leyenda de la fundación, propiciada en el siglo IV a.C., que unía a través de un viaje los destinos de los Heracleidas y de la ciudad fenicia, obligando con ello a llevar el origen de la ciudad a un momento próximo, cronológicamente, a la guerra de Troya, dado que el citado viaje se produjo al terminar aquélla. Todos estos factores, localizados en la difícil frontera que separa en tiempos antiguos lo mítico de la realidad, terminaron por definir el hecho histórico de la fundación de la ciudad en una fecha muy anterior al momento real de su origen. Como alternativa al rechazo de las fuentes históricas escritas, se ha creado el concepto de Precolonización, a partir de los trabajos de autores como Bisi o Moscati. Se trata de definir con ello la existencia de un proceso que se piensa característico de la etapa anterior a la colonización y que destaca por la existencia y el desarrollo de actividades de intercambio en puntos sin asentamientos estables; ello, además, sin la voluntad precisa de ofrecer presencia étnica, es decir, de constituir colonias con fines comerciales o demográficos. En general, los defensores de esta hipótesis alternativa, tras valorar los materiales que podrían justificar la existencia de esta fase precolonizadora, defienden localizar este periodo precolonial asociado a un ambiente indígena protorientalizante en los siglos X y IX a.C. Existen, incluso, investigadores partidarios de ampliar esta secuencia hasta hacerla coincidir con la propuesta documentada en las fuentes históricas escritas. Los materiales arqueológicos a que se ha hecho referencia en un momento anterior del texto y que justifican esta hipótesis alternativa, según Aubet, se pueden dividir en tres niveles: Materiales que se adscriben tipológica y estilísticamente a fines del segundo milenio a.C., como el grupo de marfiles decorados con técnica de incisión localizados en Carmona (Sevilla) y la estatuilla de bronce de Selinunte (Sicilia). Materiales que se adscriben de forma directa, por tipología y estilo, a los primeros siglos del primer milenio, caso de la estela de Nora en Cerdeña. Materiales de fabricación indígena pero de influencia oriental, estratificados en algunos casos durante los primeros siglos del primer milenio a.C. Se trata de ciertos tipos de escarabeos, fíbulas y jarros de cerámica procedentes de yacimientos de Sicilia, cerámica de producción a mano y decorada con pintura de tipo Carambolo, fíbulas de codo, estelas decoradas, escudos con escotadura en forma de "V", o elementos singulares como el cuenco de bronce de Berzocana (Cáceres) y el yelmo metálico de la ría de Huelva; todos los casos reseñados se localizan en el sudoeste de la Península. En general, todos los elementos citados salvo la estela de Nora plantean complejos problemas, ya que en ningún caso se tienen datos firmes de su procedencia y nunca se valora la continuidad del estilo en épocas posteriores e incluso, en algún caso, su amortización tal y como muestra la necrópolis de Almuñécar. El caso de Nora, por su parte, ofrece una cronología tardía, muy próxima a las primeras fundaciones con registro arqueológico contrastable. En el tercer grupo de materiales, definidos como indígenas pero de carácter cultural protorientalizante, es difícil por el momento fijar su cronología exacta, pero aun cuando pudieran fecharse en etapas tan antiguas, no se tienen en cuenta los procesos internos de desarrollo o la escala de contactos en toda su magnitud y que no excluye la inclusión de alguna zona, como es el caso del sudoeste, en el ámbito de las rutas económico-culturales atlánticas.
FASES Y ORIGEN DE LAS FUNDACIONES. El proceso de colonización que se define arqueológicamente a partir del siglo VIII a.C. y que tiene como marco todo el mar Mediterráneo, se produce en el campo de actividades de dos diferentes pueblos: griegos y fenicios, en áreas diferentes de influencia y posiblemente con modelos de colonización también distintos. Tradicionalmente se ha defendido que el límite de influencia griega se dibuja en una línea de frontera que, tras ocupar el mar Negro y tocar el norte de Africa en Egipto y Libia, transcurre por el sur de la península Itálica, Sicilia y, desde allí, continúa por el continente europeo, extendiéndose por el sur de Francia y Cataluña, aunque en estos dos últimos casos ya en un momento avanzado del proceso. Más difícil resulta hoy confirmar la presencia griega en el resto de la Península Ibérica, aunque no de sus productos, ya que colonias citadas en las fuentes escritas como Hemeroskopeion o Mainake no han podido ser contrastadas por la investigación arqueológica sus supuestos puntos de localización. Del mismo modo que es posible distinguir geográficamente el ámbito griego, el área fenicia se extiende por el norte de Africa, Sicilia, Cerdeña, Ibiza y el sur de la Península Ibérica, con puntos hacia el norte dentro de este último territorio como el área alicantina y más recientemente, aunque con un carácter menos permanente y por ello consolidado, en la desembocadura del río Ebro, como lo demuestra el caso de Aldovesta. Desde el punto de vista de los modelos de colonización, tradicionalmente se han opuesto dos sistemas diferentes, según se haga referencia al caso griego o al fenicio; el primero se ha supuesto que se produce por efecto de la presión demográfica y que sólo en un momento avanzado de su desarrollo se hace consciente de los intereses comerciales que pueden caracterizar un sistema colonial; por el contrario, el modelo fenicio se ha supuesto siempre caracterizado por el factor mercantil y, en menor medida, por el demográfico agrario. En el caso de la colonización griega, cronológicamente se han establecido dos grandes etapas: la primera, centrada exclusivamente en el Egeo y el Asia Menor y que arranca, con un componente mítico muy importante, del siglo IX a.C.; la segunda, por el contrario, se localiza en el ámbito territorial extraheleno y se define en dos grandes oleadas. La primera de ellas, fechada en el siglo VIII y durante la primera mitad del siglo VII a.C., se caracteriza territorialmente por la ocupación del área oriental de Sicilia, con la fundación de colonias como Naxos, Megara Hiblea o Siracusa, y algo antes, en la costa occidental de la península Itálica, con los casos de Pitecusa y Cumas; hacia fines del siglo VIII a.C. se realizó la ocupación del mar Jónico con fundaciones como Síbaris o Tarento. Los últimos centros establecidos en este periodo se localizaron tanto en Sicilia, caso de Gela, como en la Magna Grecia: Metaponte en el mar Jónico o Neápolis en la costa occidental tirrénica. Según las fuentes literarias, el componente étnico de estas primeras fundaciones es muy diverso, advirtiéndose la presencia calcídica-eubea en las más antiguas como Pitecusa, Naxos, Cumas, Catania, Regio y Leontinos. De este primer bloque en Sicilia, sólo Megara y Siracusa no responden a este patrón étnico, siendo la primera fundación, megarense, y la segunda, corintia; en la península Itálica es interesante considerar el fuerte peso que, en esta fase, tienen las fundaciones peloponesias como Síbaris, Crotona y Tarento. Por último, del grupo de fundaciones de los inicios del siglo VII a.C. hay que distinguir las que se hicieron por griegos procedentes de la metrópolis, como es el caso de Locros, Gela y Siris, o desde las propias colonias, así Parténope o Neápolis es fundación de Cumas, Callípolis y Euboa de Naxos, Caulonia de Crotona y Metaponte de Síbaris. La segunda oleada de la colonización se produjo a partir de la mitad del siglo VII a.C. y viene a ocupar todo el siglo VI a.C.; es la etapa que tradicionalmente se ha asociado con la reconversión del modelo agrario colonizador por el mercantil. Geográficamente se definen los siguientes frentes. *Expansión en territorios ya controlados y enmarcados en el área de influencia de las colonias griegas. Es el caso de las áreas central y occidental de Sicilia, con fundaciones producidas desde las propias colonias de la fase anterior; así Megara Hiblea estableció Selinunte, Zancle fundó Himera y Gela hizo otro tanto con Agrigento en el 580, cerrando el proceso en la isla; del mismo modo en la península se llevó a cabo la fundación de Posidonia por Síbaris en la costa tirrénica, compitiendo con los intereses eubeos de las antiguas colonias; la última fundación en esta zona correspondió a Elea por los foceos, hacia el 540-535 a.C. El mar Adriático fue colonizado desde Corcira y Corinto con fundaciones como Epidamno y Apolonia, entre finales del siglo VII e inicios del VI. a.C. Desde allí se pudo acceder a la desembocadura del Po y, de hecho, el asentamiento de Spina es un emporio griego fundado a fines del siglo VI a.C. Hacia la zona nororiental, las únicas fundaciones anteriores a la mitad del siglo VII a.C. se localizaban hasta la península occidental de la Calcídica, destacando de entre ellas Calcis, a partir de mediados del siglo VII según las fuentes arqueológicas. Algo antes según las fuentes literarias se produjo la expansión hacia el este, siguiendo la costa hacia el Bósforo; de entre los nuevos asentamientos cabe destacar Tasos y Abdera. *Expansión al occidente del eje Sicilia-península Itálica. Lo que tradicionalmente conocemos como la expansión focense, caracterizará este frente con fundaciones como Alalia en Córcega, Massalia en Francia o Emporio en la Península Ibérica, todas fundadas entre fines del siglo VII a.C. y las primeras décadas del VI a.C. *Expansión hacia el Próximo Oriente. Uno de los focos más interesantes de este frente es la actuación en Naucratis en el delta del Nilo, en territorio egipcio, que se realizó después de las actuaciones pioneras en el puerto de Al-Mina en Asia Menor. Especial interés tiene la ocupación de la Cirenaica, en el norte de Africa y en el actual territorio libio, destacando la fundación de Cirene, a fines del siglo VII a.C., y la de Barca, a mediados del siglo VI a.C. *Expansión hacia el mar Negro. Dirigida fundamentalmente por Megara y Mileto, si bien con intereses distintos, agrarios los primeros y mercantiles los segundos. La ocupación del mar Negro, aunque se documenta con altas cronologías, no se hizo efectiva hasta la segunda mitad del siglo VII a.C., a tenor de la información arqueológica, y siempre después de la ocupación del Bósforo, con fundaciones como la milesia Cízico. Son estos mismos milesios los que fundaron, en la parte occidental del mar Negro, Istro y Olbia, en tanto que megarense es en esta área Mesembria; en la península de Crimea destacan las fundaciones milesias de Teodosia y Panticapea y la megarense Quersoneso, por último, en la zona sur-oriental hay que citar la colonia milesia de Sinope. La colonización fenicia ofrece varios grupos diferenciados de fundaciones. Los primeros centros citados por las fuentes se localizan en el occidente del Mediterráneo: Lixus, Gades y Utica, con una cronología que se fija en el paso del siglo XII al XI (siempre según las fuentes literarias), siendo la fecha de Cádiz del 1104 a.C.; la de Utica, en el litoral de Túnez, algo después, en torno al 1101 a.C., y la de Lixus, en el Marruecos atlántico, la más antigua por ser citada por las fuentes como la primera fundación fenicia en Occidente. No obstante, como ya se ha señalado aquí, la arqueología no ha conseguido documentar materiales más antiguos al siglo VIII a.C. Desde este punto de vista, la fundación de Kition en la isla de Chipre en el 820 a.C. es arqueológicamente la fundación mediterránea más antigua. Dentro de este grupo existe un segundo bloque de fundaciones que corresponden a las norteafricanas de Auza y Cartago, la primera en la costa de Libia y la segunda en la de Túnez, con cronología del 814 ó 813 a.C. La investigación arqueológica ha documentado por el momento materiales en Cartago que se adscriben al siglo VIII a.C. Del conjunto de este grupo las fuentes señalan que salvo Lixus, que se dice es fundación sidonia, el resto es tiria. Un último grupo de fundaciones norteafricanas lo componen Leptis Magna, Hippo y Hadrumetom, si bien sin referencia arqueológica salvo en el primero de los tres casos. En la isla de Sicilia las fuentes literarias documentan al menos tres puntos a partir de la cita de Tucídides sobre la llegada de los griegos y el desplazamiento de los fenicios, se trata de Motya, Solunto y Palermo, de las cuales la más conocida y sin duda la más importante es Motya, donde se registra una ocupación en el siglo VIII a.C. A ello hay que añadir la ocupación de una serie de islas cercanas como Malta y Cerdeña. En esta última isla se citan Nora, Sulcis, Tharros y Caralis o Cagliari, de las cuales las dos primeras han ofrecido documentación arqueológica del siglo VIII a.C. Por último, la isla de Ibiza, que tradicionalmente se había pensado era una fundación cartaginesa, recientemente ha proporcionado materiales fenicios de inicios del siglo VII a.C. en puntos como Puig de Molins, Puig de la Vila y La Caleta. En la costa mediterránea de la Península Ibérica se localiza un último grupo de colonias entre las que las fuentes literarias citan, expresamente, Malaka, Sexi (Almuñécar) y Abdera (Adra). Arqueológicamente se han detectado en todos los puntos materiales fenicios, añadiéndose a ellos sitios como Chorreras y el Morro de Mezquitilla en la desembocadura del río Algarrobo, Toscanos en la del río Vélez, el Cerro del Villar en la del río Guadalhorce y el Cerro del Prado en la del río Guadarranque, las tres primeras en Málaga y la última en la costa mediterránea de la provincia de Cádiz. La mayor parte de estos últimos asentamientos citados, que sólo conocemos por fuentes arqueológicas, tienen su fundación a partir de mediados del siglo VIII a.C., su cenit hacia el siglo VII a.C., con la excepción de Chorreras que se abandona antes, y su desaparición en torno al 580 a.C.
MODELOS DE COLONIZACIÓN. Uno de los problemas que hoy despierta mayor interés en la investigación reside en el hecho de contrastar los modelos y procesos seguidos por las colonizaciones fenicia y griega. Tradicionalmente se han propuesto como dos sistemas antagónicos: mercantil que tiende a agrario en el caso fenicio, y al contrario para el caso griego, con un punto de inflexión en ambos que viene a coincidir con la mitad del siglo VII a.C. El tema es especialmente interesante porque nos permite afrontar aspectos tales como los modelos de colonización, la naturaleza de las relaciones que los producen y los conflictos que en el ámbito del Mediterráneo surgen entre colonizadores, sin olvidar las relaciones que la presencia de éstos provoca en el mundo indígena y en el propio grupo colonizador. Hoy coinciden los investigadores en poner en cuestión la simplicidad con que ha sido tratada la alternativa colonizadora fenicio-griega. E. Lepore, en sus análisis sobre las primeras colonizaciones griegas del siglo VIII a.C., duda que el factor demográfico y agrario sea la única causa del proyecto. El caso de Pitecusa, demasiado alejada de los centros griegos y del Egeo y muy próxima al área etrusco-lacial de la península italiana, podría constituir un magnífico ejemplo para poner en duda el dominio exclusivo de razones demográficas en su fundación; pero del mismo modo se podría pensar si se analizara la posición de Zancle y Regio y lo que implicaría su localización para el control del estrecho de Mesina. En realidad, la vieja oposición obtenida de las fuentes entre apokía y emporio, oponiendo la colonia agraria al centro mercantil, cada vez resulta menos precisa. Otro tanto se puede indicar del modelo fenicio. Aubet ha propuesto una clasificación de los tipos de asentamientos fenicios occidentales, llegando a la conclusión de que al menos podrían sintetizarse en tres casos diferentes: el modelo de metrópolis mercantil, observable en casos como Gades, fundada en función de los recursos de la Baja Andalucía y con ánimo de controlar, en términos mercantiles, el hinterland tartésico; el modelo de Cartago, fundada como auténtica colonia, con un componente de población aristocrática y que muy pronto adquiere carácter urbano y, por último, lo que cabría definir como colonias de explotación agrícola, entre las que sitúan los casos de Toscanos y Almuñécar, en la costa andaluza, por tratarse de asentamientos dispuestos en unidades dispersas y en territorios escasamente poblados por grupos indígenas. Sin duda alguna es difícil para la investigación fijar un modelo agrario anterior o posterior a otro mercantil, pero, sobre todo, resulta complejo aceptar que sea sólo una causa la que provoque el despliegue mediterráneo de griegos y fenicios. Cada día se hace más necesario para realizar estos análisis conocer el proceso que llegó a producir la colonización y para ello es imprescindible pensar en el marco económico en que se mueve el grupo colonizador. Respecto al factor mercantil, se han desarrollado tres corrientes: de una parte, la escuela sustantivista que, con el concepto de comercio de tratado, ha establecido un modelo económico en el que es el Estado el único capacitado para fijar las reglas de intercambio, con el único objetivo de obtener los bienes de que se carece y, en consecuencia, renunciando al lucro y al beneficio. Desde su perspectiva no existe mercado, ni empresa privada, ni riesgo, ni ganancia; desde este punto de vista, el puerto de comercio es la institución por excelencia del modelo y la que articula a los mercaderes y sus actividades bajo la autoridad del Estado y su proyecto redistribuidor. Frente al sustantivismo de Polanyi o Finley, la corriente formalista defiende la viabilidad de los conceptos de la economía moderna en las sociedades antiguas, de este modo se acepta la presencia de la iniciativa privada, sin duda difícil de aislar de la pública, por el propio sistema económico, de las fluctuaciones de los precios, de los beneficios y de la especulación, en suma de los factores indicativos de actividad mercantil. Especial interés dentro de esta última corriente tiene el modelo de la diáspora comercial de Curtin, presentado con carácter atemporal y que presupone la existencia de una red de comunidades especializadas, socialmente interdependientes pero espacialmente dispersas; recuerda el caso el modelo de las etnias especializadas de Amin, que tienden en algunos casos a desarrollar un modelo de jerarquización funcional y de dependencia entre centros con la cúspide en la metrópolis, de aquí que cuando ésta entre en crisis, lo haga todo el modelo. La tercera línea, caracterizada en el materialismo italiano, del que podría ser un clásico representante Lepore, enfatiza las relaciones con los indígenas como uno de los factores más olvidados del sistema colonizador, rechazando la posibilidad de extrapolar conceptos actuales de la economía de mercado al mundo antiguo, pero también los modelos de redistribución que plantea el sustantivismo. Que el factor mercantil resulta hoy difícil de aislar como causa única de la colonización, lo prueba un rápido análisis del factor agrario. La stenochoría o falta de tierras estuvo también presente, tal y como se ha advertido, en el trasfondo de la colonización griega y la fundación de apokíai, es decir, la separación de un grupo de ciudadanos de la metrópolis en que residían, su instalación en una fundación y su independencia política y administrativa. La consecuencia directa de este proceso ha sido la definición de la chora o tierra controlada por la colonia en casos tan evidentes como Metaponte y, según algunos autores, en modelos tan mercantiles como Ampurias. En el área de la colonización fenicia, la presencia de estas zonas de tierras urbanizadas podría justificarse en casos como los centros de la Andalucía mediterránea, si bien sin olvidar su base mercantil. El debate, sin embargo, está muy vivo en casos como Gades, donde los recientes estudios de Ruiz Mata en Torre de Doña Blanca defienden la existencia de un poblado fortificado situado entre el límite de la Campiña y la Bahía y con amplias posibilidades de mostrar el ámbito territorial controlado directamente por la fundación fenicia, en tanto que desde otra perspectiva se defiende el papel de emporio para el enclave fenicio. Lo cierto es que Tiro sufrió un proceso de sobrepoblación, con déficit alimentario a consecuencia de su limitado territorio agrícola, que se hace patente no sólo por el crecimiento del asentamiento, sino por su política expansionista entre los siglos X y VIII a.C. Un caso paradigmático de análisis puede valorarse a través de la secuencia del asentamiento de Toscanos, que resumimos a continuación. El lugar se funda en un pequeño altozano entre los años 740-730 a.C. construyendo varias viviendas aisladas y de gran tamaño. Se define por su carácter marcadamente mercantil. En el desarrollo del siglo VIII a.C. se advierte un fuerte incremento demográfico y se constata un aumento del nivel de riqueza a través del sistema constructivo. ¿Se podría hablar para esta fase de una segunda oleada de colonos coincidentes con la construcción del primer sistema de fortificación? Durante la fase que marca el siglo VII a.C. se observa el momento de mayor auge económico. Se construye el llamado Gran Almacén, y surge un barrio industrial dedicado a la manufactura de objetos de cobre y hierro. El asentamiento alcanza su máxima expansión. Se calcula que hacia el 640-630 a.C. alcanza entre los 1.000 y los 1.500 habitantes y es en ese momento cuando se refuerza la fortificación con la construcción de una nueva muralla. Algo después del periodo de esplendor se inicia una crisis en el asentamiento, que termina por ser abandonado hacia el año 550 a.C. En el marco del análisis que aquí se plantea, el asentamiento constituye una clave en este debate, ya que su localización no responde a un esquema preferentemente comercial para contactar con los indígenas del entorno inmediato, pues se busca para su ubicación un territorio bastante despoblado, si bien desde él se puede acceder, aunque a cierta distancia, a los ricos núcleos indígenas de las altiplanicies granadinas. Por otra parte, se localiza el sitio en un fértil valle de tierra de aluvión, bien definido territorialmente respecto al interior y en dos momentos diferentes de su historia refuerza el sistema de fortificación propio. De forma significativa, frente a este factor agrario evidente, en las características internas de su estructura urbana priman los elementos mercantiles, con la construcción del gran almacén y la disposición del barrio metalúrgico.
PROCESO HISTÓRICO COLONIZADOR. Como el propio concepto griego de apokía significa, en contraste con la kleroukía más tardía, la aparición de una colonia implica la segregación de un grupo de individuos de la metrópolis, pero sobre todo la pérdida de sus derechos ciudadanos por el hecho de formar parte de una nueva polis. Desde este punto de vista, las fundaciones griegas del siglo VIII a.C. no conllevan la traslación de los sistemas políticos de las metrópolis a otros territorios. El caso de Tarento puede ser significativo, por cuanto en su ordenación político-administrativa no se calcó el modelo espartano de su metrópolis fundadora; esta indiscutible independencia se deja observar también cuando se analizan los productos manufacturados presentes en las colonias, y se comprueba que la cerámica corintia aparece por igual, tal y como señala Vallet, en Megara, Naxos, Tarento, Cumas y Siracusa, es decir, en colonias fundadas por corintios o no. En realidad, los viajeros comerciantes, portadores de objetos manufacturados, fueron ajenos a las particularidades étnicas de las diferentes colonias y se inscribieron en el marco de los monopolios de corintios, focenses, milesios o atenienses según el momento histórico vivido y su área de influencia; las mismas producciones cerámicas coloniales se hicieron en función de parámetros distintos a las de las antiguas metrópolis y, así, Gela produjo una cerámica más próxima al mundo corintio que al rodio, siendo frecuente que, en muchos casos, pronto definieran sus propios estilos coloniales. En todo caso, sólo se mantuvo una débil relación con la metrópolis en el campo religioso, aunque desarrollando otras creencias propias conforme el tiempo transcurría. El caso fenicio es también complejo, pues las fuentes literarias no llegan a definir el estatus concreto de cada fundación respecto a Tiro. Ahora bien, la metrópolis, indica Aubet, cimento su política económica sobre tres ejes: su papel de intermediario entre las grandes potencias, su producción especializada de bienes de lujo y su interés por ser el principal abastecedor de metales preciosos para los imperios asiáticos; esta estructura económica, que se hizo patente, sobre todo a partir del reinado de Ithobaal I, aunque ya estuviera planteada algunos siglos antes con Hiram I, según formula la corriente formalista, fue dando paso a compañías privadas, con las que incluso pudo llegar a competir el mismo Estado, que se definieron como empresas familiares; ello pudo provocar la existencia de estas firmas en las colonias mediterráneas, que actuaron interrelacionadas con las existentes en la metrópolis, si bien en el marco especialmente óptimo para el sistema que había creado el Estado y en general el modelo de mercado. Si se siguen estos parámetros, el caso podría implicar una semidependencia de las factorías respecto al Estado, ya que, por una parte y por la tradición privada, podían actuar de forma independiente, pero, por otra, eran muy débiles a los conflictos que desde el Próximo Oriente pusieran en cuestión la estabilidad del sistema, que siempre pasaba por la metrópolis. Como ejemplos de esta situación pueden servir dos situaciones coyunturales. A mediados del siglo VII a.C., cuando Tiro fue asediada por los reyes asirios Asarhadón y Assurbanipal que redujeron al mínimo su territorio y, sobre todo, a partir del 640 a.C. en que pasa a constituirse en provincia del Imperio Asirio, se observa la expansión cartaginesa en Occidente con la fundación de Ibiza, que las fuentes históricas localizan cronológicamente en el 654 a.C. Un segundo caso se sigue cuando se produce el asedio de Tiro por Nabucodonosor en el 580 a.C. y se relaciona el hecho con el abandono o la caída del esplendor de las factorías malagueñas. Cartago es especialmente interesante como caso a estudiar, porque, heredera de Tiro a partir del siglo VI a.C., terminará por convertirse en potencia militar del occidente mediterráneo. En términos generales, el ser un centro relativamente independiente desde su fundación, a lo que no es ajeno su carácter de fundación aristocrática, le llevo a definir ciertos factores políticos y culturales de modo muy diferente a como se expresaban en Tiro: su marcado militarismo y, en otro nivel, la presencia de los tofets, un recinto perfectamente delimitado donde se depositaban las urnas de los sacrificios humanos, generalmente niños y animales. Lo interesante del caso es que el tofet, que se documenta también en las fundaciones del Mediterráneo central, como en Motya en Sicilia o Sulcis en Cerdeña, se basa en un tipo de sacrificio infantil, el sacrificio molk, conocido de antiguo en el Próximo Oriente, pero que, sin embargo, sólo llegó a adquirir su forma de representación espacial a partir de Cartago, de aquí que sea indicio de su área de influencia, ya que no se constata ni en el territorio de la metrópolis, ni en las fundaciones del extremo occidente; también el tofet es un factor cultural que sólo se hace presente cuando la fundación adquiere visos de colonia urbana, por lo que es un elemento vinculado a las oligarquías coloniales de los asentamientos fenicios. Hay que constatar que los sacrificios de la primera etapa del tofet de Cartago sólo se practican entre los colonos aristocráticos, es decir, entre el sector más directamente ligado al Estado. Cartago, tal y como se perfila en la estrategia mercantil de Tiro, pudo ser entendida desde su fundación más como centro político que como sitio comercial, porque su función parece pensada para frenar el desarrollo del comercio griego; de hecho, en Cartago, hay más preocupación por la problemática agraria que por la estrictamente comercial. Históricamente, hacia fines del siglo VIII a.C., el asentamiento ya estaba en condiciones de ser un gran centro urbano. Hacia mediados del siglo VII a.C., coincidiendo con el refuerzo político de Cartago, se produce el desarrollo de la llamada segunda oleada de la colonización griega occidental. Se trata de la fase reconocida tradicionalmente, desde el lado griego, como la más mercantil y, en efecto, hay un cambio significativo en ella, si nos atenemos a la actuación de algunas metrópolis. Es el caso de los milesios y sus fundaciones del mar Negro que, a diferencia de la relación de independencia que hasta ese momento había existido entre metrópolis y colonia, ahora hacen que las nuevas fundaciones saquen al mercado los productos manufacturados por Mileto. Un caso especial es el que protagonizan los focenses, porque tanto las legendarias relaciones con el tartesio Argantonios, hoy refrendadas por los hallazgos de cerámica griega en Huelva, como la fundación de Massalia implican la búsqueda de un punto de comercio en el extremo occidental mediterráneo. No obstante el carácter mercantil del primer proyecto focense, el caso se complicó cuando se produjo la caída de la metrópolis algún tiempo después, a consecuencia de la presión persa; ello motivó un desplazamiento demográfico muy fuerte, primero hacia Massalia y después del rechazo de ésta, sucesivamente a Alalia en Córcega y a Elea en la costa tirrénica italiana. Los efectos de esta expansión focense hacia Occidente se dejan sentir primero en una confrontación comercial y después en el enfrentamiento militar contra los cartagineses en la batalla de Alalia. En realidad, en ese momento se abre un proceso competitivo de control de áreas de influencia política, del que son buenos ejemplos los sucesivos tratados firmados ya no por los griegos, sino por su sucesora Roma y por Cartago en el año 509, es decir, escasamente tres décadas después de la victoria pírrica de los focenses en Alalia, en el 348 a.C., donde de nuevo parecen determinarse las áreas de intervención de cada potencia y, por fin, en una nueva y doble confrontación militar: las Guerras Púnicas.
ESTRUCTURA ÉTNICO-CULTURAL DEL MEDITERRÁNEO. Con demasiada frecuencia la Arqueología ha practicado fórmulas excesivamente simples de identificación entre distribuciones de un determinado tipo de cerámica o de rito de enterramiento y la definición étnica del grupo social en el que se registra. En el peor de los casos, esta identificación se ha practicado exclusivamente sobre rasgos físicos paleoantropológicos, es decir, por diferencias raciales. En la mayor parte de los casos se ha terminado por igualar estos grupos étnicos culturales o raciales con unidades políticas, desvirtuando hasta niveles estereotipados la realidad histórica. Los recientes análisis de la Arqueología y los menos recientes de la Antropología, han puesto en cuestión estos conceptos al mostrar la complejidad de las estructuras culturales por una parte, y al romper la identificación entre etnias y estructuras políticas, por otra. L. F. Bate ha resaltado en sus últimos trabajos que la etnia es un producto histórico, muy alejado de las rígidas lecturas exclusivamente raciales, que puede sobrevivir al modelo político en que se construyó, pero además que es una estructura viva, y en consecuencia cambiante, por su interacción con cada nueva situación histórica. Por otra parte y en el marco de la estructura cultural, la etnicidad se articula en diferentes escalas a la hora de compartir factores culturales y de disponerse especialmente, lo que implica que un Estado o entidad política puede comprender varias culturas y viceversa. La península italiana se ha ordenado en razón a la cultura material mueble e inmueble en una serie de grandes áreas. En atención al rito de enterramiento, que ha jugado un enorme papel en la división cultural de la arqueología tradicional, todo el norte italiano (grupo de Golasecca al oeste y Paleovéneto o Este al este), así como el área protovillanoviana que ocupa la Toscana y el Lacio, se incluyen dentro de los ritos de cremación en urna; mientras que el resto, es decir, las áreas centro-oriental y meridional, se inscribe en la región de los ritos de inhumación. A partir de esta primera diferencia señalada en la zona de tradición crematoria, desde inicios del siglo IX, el Lacio realiza un rápido cambio hacia la inhumación, definiendo así la cultura Lacial, en tanto la Toscana produce un complejo proceso de cambio en el mismo sentido que se alargará hasta la época etrusca en el siglo VII a.C., definiendo el área de la cultura Villanoviana primero y Etrusca después. Ateniéndose a factores lingüísticos y a la documentación histórica literaria al mismo tiempo que a las referencias del ritual de enterramiento, la zona de predominio de la inhumación ha sido ocupada por la cultura medio-adriática o Picena, correspondiente al mundo lingüístico osco-umbro, y que se localiza en paralelo pero al este de la cultura Villanoviana y Lacial; al sur de aquélla y ocupando toda la Apulia, en la vertiente suradriática de la península italiana, se define la cultura Japigia, que cubre a los pueblos históricos daunios, peucezios y mesápicos. Por último, desde la Campania a Calabria se dispone la Cultura de las Tumbas de Fosas, que incluye a pueblos históricos como los enotrios, en el ámbito de la costa del mar Jónico. En la Península Ibérica se definen dos amplias zonas, en función no tanto del ritual de incineración como de la influencia europea o mediterránea. El primer núcleo se extiende ya desde la misma costa suroriental francesa hasta alcanzar la provincia de Castellón y asciende aguas arriba del río Ebro hasta alcanzar puntos como Cortes de Navarra; no obstante, el factor mediterráneo se deja sentir en la zona a partir del siglo VII a.C., como lo muestran los asentamientos de Vinarraguell en Castellón y, en menor medida, Isla d'en Reixac en Gerona. Esta área de fuerte tradición de los Campos de Urnas agrupa, según las fuentes históricas escritas, un conglomerado de pueblos que la arqueología por el momento no ha podido aislar culturalmente. En cambio, el proceso se muestra más claro en el área cultural del sur peninsular. El primer foco de interés se detecta, ya desde los primeros siglos del milenio, en el llamado Bronce Final del Suroeste o de las Estelas, que agrupa un ámbito territorial desde el sur de Portugal a Extremadura por el norte o el Bajo Guadalquivir por el oeste. Se trata de un área estratégica tanto por ser el punto de unión de las rutas atlánticas marítimas y terrestres con las mediterráneas a través del estrecho de Gibraltar, como por sus propias riquezas mineras. El mejor referente de su cultura material lo ofrece el ejemplo del depósito de la ría de Huelva, seguramente un cargamento hundido de armas de bronce amortizadas para ser recicladas, resultado de la mezcla de estilos atlánticos y mediterráneos en sus productos de bronce (espadas de lengua de carpa, de hoja pistiliforme, de lengüeta calada, hachas de talón y anillas, de apéndices, escudos de escotadura en "V", fíbulas de codo, etc.). El paso del Bronce del Suroeste al periodo del Hierro tartésico se produjo desde el momento en que se dejó sentir el peso de los primeros productos orientalizantes, pero el área tartésica, que en alguna ocasión la historia literaria ha llevado hasta la costa levantina, es asimismo un conglomerado de pueblos. De todos ellos, en los últimos tiempos se han comenzado a aislar el mastieno, que se localiza a partir del Alto Guadalquivir y hasta la zona murciano-alicantina, en función de las excavaciones de Los Saladares, Peña Negra y Monastil en la provincia de Alicante. En el plano de los rituales de enterramiento, el área franco-catalana asume las tradiciones de la cremación de los Campos de Urnas centroeuropeos, en tanto que el área tartesio-mastiena sigue un complejo proceso, semejante al de la Toscana pero en sentido contrario, aunque con amplios vacíos de información que hacen difícil cualquier generalización del hecho; así, durante el siglo VII a.C., la práctica de la inhumación convive con la cremación en asentamientos como Setefilla en Sevilla, o domina en casos como Cerrillo Blanco en Porcuna; en cambio, en el área mastiena la incineración se documenta como forma dominante en Peña Negra durante los siglos VII y VI a.C. La península Itálica muestra, desde la mitad del siglo V a.C., cambios significativos en la distribución étnica conocida en la etapa anterior. En el norte, las fuentes hablan de los galos, Senones y Boios, que se adentran hasta territorio piceno en el centro de Italia y que, a principios del siglo IV a.C., llegaron a asediar a la misma Roma. Hacia el sur, el caso es más complejo porque conlleva una auténtica reestructuración de las viejas etnias. Para ello hay que valorar una serie de cuestiones: de una parte, la destrucción de la colonia griega de Síbaris, que era pieza clave en la conexión del este y el oeste del sur de Italia, así como la incapacidad del resto de las ciudades griegas para ocupar su papel, lo cual contribuyó a dejar un vacío en la estructura del territorio hasta entonces ordenado por las funciones económicas y políticas de los griegos. De otra parte, hay que añadir la crisis etrusca, que llevó consigo el abandono de la Campania. Desde el punto de vista de las etnias indígenas locales, éstas habían conseguido en ese momento un cierto grado de poder económico y control político al que se sumó la presión demográfica de los grupos itálicos del centro de la península que, como los samnitas, se hicieron cada vez más presentes en la sociedad daunia y lucana, primero como mercenarios y después formando parte de la propia elite dominante; así lo muestra el enterramiento de la necrópolis lucana de Atella, en la que se sigue un rito de deposición en el que el cuerpo se presenta en posición extendida y boca arriba, al modo tradicional samnita. En general, el periodo abierto a partir de fines del siglo V a.C. recompone el panorama étnico fortaleciendo las etnias lucana y daunia, ahora con un fuerte componente samnita, al tiempo que se definen otras nuevas como los bretios, antigua población dependiente de los lucanos y localizados en Calabria. En la Península Ibérica la decadencia tartésica, que se documenta a fines del siglo VI a.C., coincide con cierto desarrollo de la Alta Andalucía y, en general, de todo el sudeste, es decir, de la vieja etnia periférica mastiena, que define en términos culturales el paso al Ibérico Pleno en su fase más antigua (en esta área, el Ibérico Antiguo se identifica con el orientalizante reciente o con el Tartésico Final del siglo VI a.C. en la Baja Andalucía). Coincide además este hecho con cierto auge del comercio ampuritano, que está llegando de forma evidente a toda el área levantina y con algunos límites a la Alta Andalucía, lo que se documenta por la presencia en muchos asentamientos de la copa jonia B-2 o por algunos elementos estilísticos que se siguen tanto en la escultura de Elche como en el conjunto escultórico de Porcuna. En la segunda mitad del siglo IV a.C. se observan síntomas de crisis semejantes a los que se indicaban en Italia, permitiendo el desarrollo de un nuevo mapa étnico, que conocieron romanos y cartagineses durante la segunda guerra púnica, a fines del siglo III a.C.; en él, donde anteriormente se localizaban los viejos tartesios se reconocen ahora los turdetanos y túrdulos, y en el territorio mastieno, los contestanos y bastetanos. Otros grupos, como los oretanos ceñidos a la Meseta durante la etapa anterior, ahora se distribuyen por el Alto Guadalquivir, con capital en Cástulo. Hacia el norte se dibuja un área de etnias ibéricas entre el Júcar y el Ebro, como los edetanos, los ilercavones o los ilergetes con características propias a partir de la reordenación étnica de los siglos IV y III a.C., incluso en la decoración cerámica, tal y como lo muestra el estilo figurado narrativo de la cerámica de la edetana Liria en contraposición al estilo simbólico figurado de Elche-Archena de los contestanos, o al de tradición geométrica del resto de los casos citados. Por último, más hacia el norte se abre un área ibérico-languedociense, con una definición muy particular en su cultura material, al presentar tipos cerámicos propios, como las producciones de cerámica gris o de pintura blanca y modelos de poblamiento diferentes como los de los laietanos, indiketes, sordos y elisices entre otros.
ESTRUCTURA ÉTNICO-CULTURAL DE LA EUROPA TEMPLADA. Poco se puede matizar sobre la conformación étnica de las comunidades de Europa continental, que conformaron a partir del 1300 a.C. la cultura de Hallsttat y que Reinecke dividió en cuatro etapas, dos que cubren en el Bronce Final (A y B) y dos la Primera Edad del Hierro (C y D). Se fundamentó la cultura hallsttática en varios elementos de su cultura material, los enterramientos de incineración, llamados campos de urnas y la producción cerámica donde destacaban los recipientes con un alto cuello cilíndrico. De entre la producción metalúrgica en bronce se deben citar armas, como las espadas tipo Erbenheim o Hemigkofen, con sus clásicas hojas con formas foliáceas con el final ensanchado, que en el Hallsttat C fueron sustituidas por los tipos Mindelheim, con pomos en forma de sombrero, y las tipo Gündlingen, algo más cortas y ya en bronce o hierro; también los puñales de Hallsttat D, que sustituyeron a las espadas en un momento posterior, las hachas de aletas, las fíbulas, las agujas, y recipientes como las sítulas, primero lisas y después con decoración repujada. No obstante esta primera lectura global, la investigación ha comenzado a encontrar matices que permitirán poco a poco incidir en la diferencia regional, aunque hasta el momento ésta se ha limitado a los elementos de la cultura material y no a otros factores como el poblamiento y su asociación a la diversidad ritual en el enterramiento; en esta línea comienzan a definirse grupos como el de Lausitz (Lusacia) al sur de Polonia y este de Alemania, hoy perfectamente diferenciado del grupo Hallsttat. En otros casos, las diferencias regionales se han practicado exclusivamente a partir de la cultura material mueble de su tradición cultural anterior; éste es el caso del sur de Inglaterra y noroeste de Francia, que partía del Bronce Final Atlántico y mostraba significativas diferencias en sus tipos metalúrgicos locales, como el hacha de cubo y la asunción matizada del armamento hallsttático (se tomó el escudo o la espada, pero no la armadura). De aquí que, en Gran Bretaña al menos, el periodo se haya secuenciado en las fases Taunton-Penard-Wilburton-Ewart Park hasta alcanzar el Hierro Antiguo, hacia el 700 a.C. Un tercer caso es el área no hallsttática de la zona occidental de la Península Ibérica, con grupos como el de Cogotas I, muy arraigados en la tradición anterior de la Edad del Bronce. En otras zonas como el área de las sítulas decoradas comprendida entre Hungría, Austria, Eslovenia y norte de Italia, el contenedor de bronce convertido en fósil-guía será lo que dé nombre al grupo. Por último, en algún caso como el área sur de la actual Yugoslavia, han sido los enterramientos de incineración bajo túmulo los elementos definidores del área cultural. Excluidas estas zonas periféricas, el grupo hallsttático propiamente dicho ha tenido una de sus más interesantes ordenaciones, desde el punto de vista regional, en el trabajo de P. Brum, que ha utilizado para ello una matriz al modo en que lo planteaba J. D. Clarke, es decir, un dendrograma que ordena una amplia información cultural desde varias escalas de asociación; o bien a partir de un número limitado de componentes culturales asociados, que correspondería a los tecnocomplejos socioeconómicos caracterizados en amplias unidades regionales, o bien áreas más reducidas, que comparten más elementos culturales y que son definidas por el concepto de cultura, pasando por una escala intermedia que se define en los grupos culturales. En el primer nivel, Brum ha establecido dos grandes tecnocomplejos: uno, definido como nor-alpino o hallsttático, y otro, como atlántico. Aun cuando no aparece definido, ha de pensarse en la existencia de un tercero, sur-alpino o mediterráneo de tradición de campos de urnas, compuesto por las culturas de Golasseca, Franco-catalana, Este o Paleovéneta y sur de Yugoslavia. En el nor-alpino incluye dos amplios grupos culturales, uno oriental y otro occidental, correspondiendo al primero, al sur, la Cultura de la Cerámica Grabada-estampillada o de la Baja Austria-Baviera y, al norte, la de Bohemia-Palatinado. En el grupo occidental, sitúa al sur la Cultura del Jura y al norte la del Marne-Mosela, que incluyen a su vez unidades como la de Aisne-Marne, Hunsrück-Eifel o Berry (esta última con problemas de definición). Sobre esta clasificación, Brum establece un doble concepto, que convendrá valorar críticamente en su momento: de una parte, la identificación de las culturas con unidades políticas que él llama principados, y de otra, su teoría del proceso de desplazamiento del predominio político cultural en el seno del tecnocomplejo socio económico, que interpreta en función de un análisis centro-periferia, de tal modo que durante el Hallsttat C, ya en la Edad del Hierro, los centros dominantes serán los orientales (Hallsttat, Sticna, etc.), para pasar este papel dominante, con el Hallsttat D, a ser una característica de la Cultura del Jura (Heuneburg, Vix, etc.), quizá como consecuencia de la fundación de Massalia y la consiguiente apertura de las rutas mercantiles a través de los ríos franceses. Por último, durante La Tene A, es decir, ya en el siglo V a.C., se produciría un deslizamiento del predominio económico-cultural hacia la periferia norte, es decir, hacia las Culturas de Bohemia y Marne-Mosela. Dos corrientes han acabado por sintetizar hoy las diferentes hipótesis que se han desarrollado sobre el origen y constitución de los celtas. Ambas posiciones retoman el viejo debate difusionismo-evolucionismo, si bien exponiéndolo bajo fórmulas más sofisticadas. La tradición difusionista ha olvidado, con el paso del tiempo, el concepto de oleada, para acabar ajustándose al de celticidad acumulativa que hiciera C. Hawkes, por el cual ya no es una continua invasión de pueblos celtas lo que justificaría la extensión de la cultura material de La Tène; no se discute, sin embargo, la existencia del núcleo céltico originario, que se define en los territorios centroeuropeos del modelo de poblamiento de los oppida. Recientemente C. Renfrew, desde una perspectiva neofuncionalista, se ha convertido en abanderado de la primitiva posición evolucionista al fijar el concepto de celticidad acumulativa recíproca, por el que ya no existe un eterno núcleo céltico donante y diferentes núcleos receptores, sino una área muy amplia, que va desde la Europa del Norte, incluidas las islas Británicas, a los Alpes y desde Francia occidental a Checoslovaquia, donde se produce una continua interacción entre grupos para construir, en el siglo V a.C., lo que hoy se reconoce como Cultura Céltica. Para fundamentar esta hipótesis, Renfrew establece dos principios: de una parte, que la lengua es el elemento básico en la definición de un pueblo y ello no tiene por qué ser equiparable a la cultura, el arte o las costumbres (en este caso los celtas encuentran su definición étnica en la lengua indoeuropea), y de otra, que para encontrar la presencia del indoeuropeo hay que retrotraer el punto de arranque del pueblo celta al 4000 a.C. con la llegada a la Europa templada de los primeros agricultores y pastores. Esta lectura no cierra la posibilidad de la difusión, ya que reconoce que las áreas célticas del sur de Europa, excluidas de este largo proceso formativo, sí pudieron ser efecto de invasiones, tal y como apuntan las fuentes para el norte de Italia, la España atlántica y Portugal. No obstante, el debate propuesto para la identificación cultural de los celtas se continúa haciendo a través de la cultura de La Tène y aunque la primera reflexión ponga en cuestión este hecho, destacamos aquí sus rasgos más característicos en el campo de la cultura material, aunque sólo tenga el valor de definir a los celtas centroeuropeos. La cultura de La Tène implica en el campo de la cerámica un hecho tan fundamental como es la aparición de la producción a torno, que ya comenzó a constatarse en los asentamientos del último Hallsttat, pero restringida en su distribución a los núcleos destacados del poblamiento, como Heuneburg o Mont-Lassois. Entre los elementos más característicos de esta producción hay que destacar que la introducción del torno fija una serie de formas muy presentes en el Hallsttat D, así cabe valorar los tipos reconocidos en el grupo que Hunsrück-Eifel y en Europa central, los jarros llamados Linsenflaschen, que en Baviera aparecen decorados con animales y presentan una forma de botella con el cuerpo achatado y un largo y estrecho cuello, y los cuencos tipo Braubach, con perfil en S y un baquetón en la inflexión del cuerpo. En la fase de los oppida, son producciones cerámicas características los recipientes de cocina tipo Graphiltonkeramik, pero sobre todo las cerámicas pintadas en rojo y blanco con motivos geométricos que, en algunas áreas como en la Francia central, muestran figuras estilizadas de animales. En cuanto a los estilos decorativos de la metalurgia, que como las fíbulas y las espadas han tenido amplios estudios tipológicos, ha de señalarse que durante toda la secuencia de La Tène existen al menos tres estilos: el primero ligado al siglo V a.C. y reconocido como orientalizante, representado en el cuenco de oro de Schwarzembach, en el que los motivos mediterráneos son interpretados por el artesano indígena creando un friso de flores de loto y palmetas; el segundo se documenta hacia el siglo IV a.C., se trata del estilo céltico reconocido en la tumba Waldalgeshein, que hizo hablar, en algún momento, del maestro de esta localidad y aunque hoy está descartada esta idea, ha de reconocerse la existencia de una escuela de decoración que juega con dibujos relacionados con el motivo mediterráneo de la vid, entrelazando sus tallos en formas simétricas o asimétricas; por último, debe citarse el grupo de estilos tardíos que se reconocen a partir del siglo III a.C. y son: el plástico, para la decoración tridimensional de los torques, y el de las espadas, para las superficies planas; ambos tienden a una estilización de los motivos anteriores. Espadas y fíbulas, entre otros elementos de la cultura material, jugarán un importante papel en la definición cultural de los celtas, pero este proceso que se sigue muy bien en las fíbulas de La Tène B, tipo Münsingen (caracterizadas por presentar una roseta decorada al estilo Waldalgeshein), que se extienden desde Checoslovaquia a Suiza, sin embargo la tendencia se quiebra a partir del final de la fase citada por el desarrollo de tipos locales que producen una cierta regionalización, manteniéndose en todo caso el horizonte cultural general en objetos más prestigiosos, como las espadas. Otro nivel cultural es el de los ritos de enterramiento, que se define por la sustitución del rito de inhumación, que domina en el siglo IV a.C., por el de incineración, que acaba imponiéndose durante el periodo de La Tène C. No obstante, sobre esta base de síntesis intervienen particularidades locales; así, durante los siglos IV y III a.C. no se documentan enterramientos en la zona de Hunsrück-Eifel, pero a partir de mediados de La Tène C, mientras en términos generales en Europa decae el interés por los ricos ajuares depositados en los enterramientos, en la zona de Hunsrück-Eifel renacen estos conceptos rituales, al igual que en las islas Británicas, con la aparición de las tumbas con carro.
ESTRUCTURA ÉTNICO-CULTURAL DE LA EUROPA ORIENTAL. Sin duda alguna, uno de los ejes culturales más significativos del milenio se conformó al norte del mar Negro y en el curso bajo del Danubio, algo más al oeste. Se trata de los pueblos que conoció Heródoto y que la tradición historiográfica ha definido como escitas, cimerios y tracios. Sobre los primeros, tanto M. Gimbutas como Chelov, defienden un modelo difusionista e invasionista y para ello se remiten a un componente étnico diferente, según se trate de los pueblos agricultores del Dniéper, que Heródoto llamara escitas agricultores o de los escitas reales o nómadas. La investigadora alemana caracteriza al substrato étnico como proto-eslavo y lo identifica arqueológicamente con la Cultura de Chernoles, con un ritual de enterramiento que mezclaba incineración e inhumación, si bien considera que a partir del siglo V a.C. han sufrido una fuerte influencia cultural que termina por hacerlos partícipes de la Cultura Escita. Hacia el oeste, en el actual territorio de Bulgaria y Rumanía, los tracios debieron sufrir una constante presión escita, y si se acepta la idea de la invasión de este pueblo sobre los territorios del mar del Norte, debieron de soportar durante el Hierro Antiguo la presencia de los cimerios desplazados de aquella zona. Es, sin embargo, un aspecto poco conocido y bien pudiera ser efecto de una tradición historiográfica más que de un hecho histórico comprobado. Lo mismo se indica para los pueblos ilirios de la Dalmacia, donde destacan entre otros lebúrneos y yácigos y se destaca, en este caso, la continua presión tracia. De todas las etnias conocidas en esta parte del mundo, el caso que interesa valorar con más detalle, por lo que tiene de novedad respecto a Europa occidental, es el mundo de los pueblos de las estepas, que ha constituido un mito en la tradición difusionista desde el mismo Neolítico. Recientemente Martynov, en oposición al eurocentrismo, ha propuesto un modelo étnico diferente al tradicional que siempre ha tratado de situar en algunos de los modelos occidentales el complicado poblamiento de las estepas euroasiáticas. Martynov ha definido a este conjunto de pueblos como un macrosistema articulado, caracterizado por el éxito de una forma de economía particular. Este modelo escita-siberiano tiene su origen en el sistema económico basado en la cría de ganado sedentaria, del tipo documentado en la cultura de Andronovo, localizada cronológicamente en el Bronce de las estepas durante el segundo milenio; el investigador defiende que a partir del primer milenio a.C., y en tanto se consolida el modelo nómada, se produce la tendencia a la formación de culturas locales, si bien con rasgos comunes como los primeros complejos funerarios de tipo Arzhan o la estatuaria en piedra que caracteriza este mundo entre el Danubio y Asia central. A partir del siglo VI a.C. se considera completamente caracterizado el modelo por la articulación regional de las culturas locales, con elementos comunes como la semejanza de los sistemas socioeconómicos y los continuos contactos entre unos grupos y otros debidos a su alta movilidad; pero, a la vez, el modelo produce una ausencia de comunidad étnica y lingüística por efecto de la composición pluriétnica de la población. Entre los distintos grupos, Martynov cita como los más representativos los escitas, al norte del mar Negro, los sármatas, situados más al oeste de las estepas, sobre el Caspio, y al sureste de éstos los saces. En Asia central los grupos del Alto Altaï, los tagaros y el grupo de Tuva y, por último, en el extremo oriente los ordos. Para otros autores, como V. M. Masson, el conjunto euroasiático responde a dos grandes grupos culturales caracterizados en los escitas y los saces, si bien entendido este último grupo desde una perspectiva cultural amplia.

3.- Crisis del poder político: legisladores y tiranías

Las ciudades que se forman por sinecismo en el tránsito de la edad oscura a la época arcaica, al mismo tiempo que centro de poder, se hacen igualmente centro de las relaciones económicas de la ahora, lo que permite que, además de polis, como comunidad de ciudadanos, la ciudad tienda a transformarse en centro urbano. Como, por otra parte, la estructuración ciudadana se hace paralelamente al desarrollo colonial, elemento promotor de nuevas formas de intercambio, y consecuentemente de nuevas actividades artesanales, el centro urbano permite que se acentúe el cambio cualitativo de la población. De hecho, los campesinos se ven sometidos a las leyes de los mercados de cambios y algunos miembros de las familias aristocráticas tienden a diversificar sus economías a través del acceso a productos lejanos y a los instrumentos de la actividad mercantil, principalmente a las naves. La polis permite tanto la diversificación de la población como la de sus actividades. El acceso a territorios lejanos permite aumentar la obtención de bienes de prestigio para consolidar el poder social y la obtención de mano de obra servil con el fin de aumentar los rendimientos y permitir la salvaguarda del campesino libre. De este modo, la transformación llega a ser también cuantitativa desde el punto de vista de la producción. Paralelamente, el aumento de las actividades auxiliares dentro de la ciudad permite que ésta se convierta en el lugar privilegiado para la actividad de los thetes, hombres libres que alquilaban ocasionalmente su trabajo a cambio de un misthós, pago en especie que va transformándose con el desarrollo de nuevas estructuras económicas en forma de pago y medio de distribución social.

Moneda
Varios fueron los elementos confluyentes hacia la creación de una economía monetaria a lo largo de la época arcaica. La riqueza de los reyes de Frigia y Lidia, proverbial en las figuras de Midas y Creso, respectivamente, permitió el desarrollo de un sistema de tributación y de remuneración de tropas mercenarias, apoyado en la abundancia de metales preciosos existentes en sus territorios. Tanto las referencias de los autores antiguos como los datos de la arqueología permiten concluir que fueron las acuñaciones lidias las que sirvieron de modelo para las primeras monedas griegas. Sin embargo, sólo gracias a las condiciones de desarrollo de la misma economía griega, el sistema monetario pudo generalizarse a lo largo del período. De un lado, las transformaciones de la sociedad que se vinculan a los orígenes de la ciudad imponen nuevas formas de redistribución. La unidad representada por el oikos se diluye en formas más complejas, donde las clientelas se mantienen a base de una participación en beneficios que no siempre puede hacerse en especies. La moneda desempeña un papel intermediario para paliar los desequilibrios surgidos en las formas económicas, como instrumento válido para acceder a los bienes, sobre todo por quienes no intervienen directamente en la producción primaria. Ello permitiría que más tarde Aristóteles le atribuyera un valor moral, garantía de la estabilidad de la comunidad de la polis. De otro lado, del mismo modo que las transformaciones de la sociedad van vinculadas al desarrollo de los cambios, también la moneda, como instrumento polifacético, sirvió para el desarrollo y consolidación del comercio exterior que, desde luego, ya venía practicándose anteriormente sin necesidad de que existiera aquélla. En cualquier caso, su función en el comercio exterior queda siempre vinculada a la función interna, como factor de potenciación y síntoma de las transformaciones en ámbito social. Al mismo tiempo que favorecía la agilización de los intercambios exteriores, potenció los interiores y creó las condiciones para que el misthós fuera una institución permanente, tanto en el trabajo productivo como en el servicio de los ejércitos mercenarios. Las transformaciones críticas de la aristocracia efectivamente favorecían el alquiler de efectivos desarraigados de las unidades políticas en formación.

Crisis aristocrática
El desarrollo inicial de los ejércitos hoplíticos aparece todavía actuando bajo la dirección y patrocinio de la aristocracia. La tendencia a liberarse por parte del campesinado ponía en peligro su pervivencia. Algunos aristócratas acuden consecuentemente a tratar de reforzar las filas a su alrededor, fortaleciendo clientelas a través de repartos benéficos y aumentando sus poderes reales con ejércitos mercenarios, pagados con las monedas con acuñaciones indicativas de los símbolos heráldicos del demos dominante. El primer paso, tanto en las nuevas formas militares como en los nuevos medios de cambio, se inserta así en la crisis de la aristocracia que sobrevive a base de poner ella misma los fundamentos de las nuevas estructuras, tanto en el plano militar como en el económico. En otro orden de cosas, la ciudad, órgano de la solidaridad aristocrática, se transforma en el escenario no sólo de sus acciones tendentes a integrar y transformar los fundamentos materiales en que se asientan las otras clases, creando así lazos verticales, sino de las acciones que rompen los lazos horizontales de esa misma solidaridad. De este modo, a las presiones del campesinado, a la presencia a veces conflictiva de los thetes, se une la rivalidad aristocrática, donde los miembros de las grandes familias compiten entre sí para obtener el control de los bienes y de los hombres. Las presiones de estos últimos y sus resistencias colaboran, sin embargo, a desarrollar fuerzas aglutinadoras que permiten que dentro de la aristocracia se produzca una tensión entre tendencias solidarias y competitivas, característica de las acciones y de las creaciones ideológicas del arcaísmo. En este ambiente, las mentalidades que se reflejan en los medios aristocráticos recogen en cierta medida los elementos que se desprenden de la práctica del combate hoplítico y del papel equilibrador del ágora como centro político. El oráculo de Delfos se erige en patrono ideológico de la clase que exige el equilibrio para su supervivencia solidaria. Las máximas "conócete a ti mismo" y "nada es demasiado" recogen tajes necesidades, con el intento de evitar que la insolidaridad lleve a cualquier individuo a violar las reglas de la propia clase y a excederse, en su ambición, en sus modos de explotación de las clases antagónicas y en la rivalidad con sus homólogos, de modo que provocara la destrucción del todo. El mayor delito moral sería la hybris, la ruptura con los propios límites, el olvido de la propia naturaleza, la soberbia que lleva al hombre a intentar igualarse con los dioses y a provocar su envidia. Todo exceso trae como consecuencia la propia destrucción. Para los griegos, los representantes de tal mentalidad fueron los siete sabios, número mágico que encuadra en listas que contienen variaciones concretas a los hombres que, mitad políticos y mitad filósofos, habían expuesto en las teorías que habían llevado a la práctica, en la vida pública y en la privada, los principios básicos de esa mentalidad. En el plano político, éste es el espíritu que se plasmó en las diferentes legislaciones que se llevaron a cabo en las ciudades griegas, donde se redactaban, generalmente por escrito, las normas de convivencia con la intención de imponer orden, tanto por medio del freno de las reivindicaciones y de los abusos de las clases en conflicto como a través de la imposición de los límites a las rivalidades destructivas de los miembros más ambiciosos de las clases aristocráticas. En Magna Grecia se hicieron famosos Zaleuco y Carondas, cuyas leyes seguían sirviendo de modelo en la época clásica. Pitágoras sería el representante de la doble cara, política y filosófica, de este tipo de personajes, pues su teoría matemática y musical viene a ser la sublimación de estas actitudes ante la realidad social. En Esparta y en Atenas es donde la actividad de los legisladores Licurgo, Dracón y Solón resulta mejor conocida.

Tiranía
Todo intento de encontrar una causa unilateral al fenómeno de la tiranía griega se ha mostrado condenado al fracaso no sólo porque la casuística ofrece múltiples variedades, sino, sobre todo, porque los factores concluyentes, en cada caso de diferente manera con graduación distinta, son tantos como los aspectos que pueden detectarse en la realidad histórica que acompaña a este momento de crisis de la aristocracia. La tiranía no es la "dictadura del proletariado", vanguardia de una lucha que representaría los intereses del trabajo asalariado, representado por los thetes, ni la manifestación política de una clase mercantil ascendente en lucha contra la aristocracia, ni el gobierno que abrió las puertas al sistema hoplítico, ni el resultado de las rivalidades aristocráticas de las grandes familias apoyadas en clientelas compuestas por grupos de campesinos más o menos identificados con territorios precisos. Ninguna de estas explicaciones resulta coherente, y en cada caso hay datos que representarían una flagrante contradicción con la explicación general. La tiranía no representa unilateralmente ninguno de los fenómenos anteriormente expuestos, pero, en cambio, puede decirse que responde a rasgos susceptibles de identificarse con todos ellos. Globalmente, en lo que se refiere al sistema productivo, tal vez pueda decirse que el fenómeno coincidente más importante es el de la consolidación de la clase hoplítica como oligarquía de los propietarios de tierra, al margen de cuál fuera en cada caso la intención del tirano, que actuaría más bien como un fenómeno mas y no como puro artífice del cambio. Como tal fenómeno, sus relaciones con las clases en conflicto pueden ser contradictorias. Naturalmente no pueden hallarse coincidencias cronológicas entre el desarrollo del armamento hoplítico y la tiranía, pues no se trata, en ningún caso, de una relación mecánica en que el tirano implante el ejército hoplítico ni que éste imponga el gobierno tiránico. Por otra parte, la presencia de sectores urbanos pertenecientes a la clase subhoplítica también se deja notar, aunque sólo se refleje en el plano de la demagogia y de las representaciones imaginarias. En algunos casos existen medidas relativamente integradoras, pues, en definitiva, en el plano político los programas tienden a potenciar la funcionalidad urbana con la que articular mejor las actividades productivas agrarias. Esto quiere decir que en el panorama general de la tiranía no hay que olvidar el desarrollo de un proletariado, si se entiende como tal la masa del demos subhoplítico que constituye el conjunto de los thetes. Finalmente, si bien es cierto que el protagonismo aristocrático resulta evidente al estudiar la prosopografia tiránica y que los tiranos se apoyan en grupos clientelares, en ocasiones con base territorial, es preciso tener en cuenta que estas actitudes sólo se entienden dentro de la llamada crisis de la aristocracia, donde se rompe la solidaridad al producirse la posibilidad de acceso a fuentes de riqueza alternativas a la explotación agrícola y de crear nuevas dependencias en los sectores no asentados agrícolamente, donde se encuentran bases de apoyo para consolidar el nuevo sistema de poder. Además, al romper con la solidaridad aristocrática, los tiranos buscan fundamentos nuevos en las tradiciones del pasado y en los modelos vecinos. Por ello, no es extraño que los tiranos busquen representar la recuperación del papel del basileus, idealizado como factor de superación de conflictos entre nobles y campesinos, en ocasiones ornamentado con las formalidades de la realeza oriental, conocida principalmente a través de los lidios. Así, el tirano, símbolo de la riqueza monetaria, coincidente con el desarrollo de los cambios que le permite la ruptura de sus solidaridades internas, toma un nombre que parece de origen asiático, atribuido por primera vez en la literatura griega, en el fragmento 102 (Adrados) de Arquíloco, al rey Giges de Lidia, rico en oro. También se decía que de allí procedía la moneda cuando se difundió entre las ciudades griegas. De este modo, la tiranía representa un fenómeno político vinculado a la heterogeneidad de las relaciones sociales de la época, centro, al mismo tiempo, del debate ideológico vinculado al desarrollo del período orientalizante, producto de la presencia objetiva de bienes materiales y de las influencias que Oriente ejercía como atractivo espiritual.

El Peloponeso
Según algunos de los datos cronológicos, la primera forma de gobierno que recibió en Grecia el nombre de tiranía fue la de Fidón de Argos. Allí se conoce desde fines del siglo VIII un proceso expansivo que se relaciona con las huellas arqueológicas de la introducción del armamento hoplítico. La peculiaridad de la tiranía de Argos reside en que Fidón se hizo tirano desde la posición de rey, heredero de Témeno, y pretendía recuperar los dominios que habían conquistado los Heráclidas, los reinos de Agamenón y Diomedes, al norte del Peloponeso. Así, se sabe que intervino provechosamente en los conflictos por el control de Olimpia, centro de gran valor ideológico en una política conquistadora. La tradición sobre su naturaleza regia indicaría que como rey había roto la solidaridad aristocrática gracias a las transformaciones que permite la táctica hoplítica y la adquisición de nuevos territorios, lo que facilitaría el nacimiento de fidelidades clientelares, igualmente favorecidas por el desarrollo económico, reflejado en los contactos con Oriente desde el puerto de Nauplia. Los sistemas metrológicos argivos, referidos al peso y a la moneda, sirvieron de modelo a muchas ciudades griegas en época arcaica. Como la tiranía resulta un síntoma de los conflictos sociales, es natural que las fuentes puedan aparecer contradictorias, sobre todo en aquello que corra el riesgo de implicar un juicio de valor. Es lo que ocurre en torno a Cípselo de Corinto, pues junto a versiones que tratan de su crueldad, otras consideran que su acción fue resultado de un oráculo de Delfos, que en otros casos se expresaba negativamente, destinado a eliminar a los monarcas Baquíadas en favor de una nueva generación salvadora. Los Baquiadas habían llegado a crear una dinastía, basada en la riqueza procedente de la gran expansión colonial, que podía ser calificada como tiránica por individuos como Cípselo, hijo de una mujer del mismo genos que ellos, pero de un padre del demos que ejercía el cargo de polemarco. Ejército y demos aparecen unidos en las rivalidades internas del genos en una competencia por el poder que puede favorecer el prestigio de Cípselo, pero que no puede evitar que a su hijo Periandro le atribuyan los rasgos propios del tirano, cruel, para acabar en la consolidación de un sistema oligárquico capaz de prescindir del protagonismo exclusivo de las grandes familias y que Heródoto califica como isokratía. También ejercía el cargo de polemarca Ortogoras de Sición cuando accedió a la tiranía. Las acciones más significativas del régimen se atribuyen, sin embargo, a Clístenes, su sucesor. El hecho de que suspendiera la recitación de los poemas homéricos y el culto al héroe Adrasto, sustituido por el de Melanipo, así como el hecho de que reformara el sistema tribal y atribuyera a las tribus nombres alusivos a los animales, indica que quienes controlaban el marco ideológico y organizativo eran miembros de familias a las que el sistema tiránico se opone al menos en su segunda etapa, considerada por las fuentes más dura que la primera, a pesar de que la relación de Clístenes con los Alcmeónidas atenienses suavizará la imagen en historiadores como Heródoto, vinculado a las clases dominantes atenienses. Clístenes recuperaba las tradiciones míticas cuando, según Heródoto, ofrecía la sucesión y la mano de su hija Agariste a quien en Olimpia venciera en la prueba de la carrera de carros. Finalmente, en Mégara, se dice que el aristócrata Teágenes llegó a la tiranía con el apoyo del pueblo, pues se puso al frente de sus reivindicaciones cuando luchaba contra los aristócratas que habían monopolizado la tierra común. Mégara había desempeñado y desempeñaba una importante labor en las colonizaciones y disfrutaba de puertos a uno y otro lado del istmo. Agricultura e intercambios, campesinado y aristocracia se encuentran de nuevo involucrados en el episodio de la tiranía.

Asia Menor y las islas
Como es natural, en las ciudades de la costa de Asia Menor y en las islas los aspectos orientalizantes de la tiranía se agudizan, aunque las relaciones entre tiranos y monarcas lidios presentan caracteres variables e incluso contradictorios. Algunos ejemplos también resultan interesantes en el orden interno por reflejar las contradicciones mismas del proceso por el que se implanta la tiranía, circunstancia que se hace mayor en el escenario de las relaciones con la monarquía lidia y posteriormente persa. Se dice de Trasibulo que se hizo con la tiranía en Mileto gracias al apoyo de los demás gene aristocráticos para enfrentarse a Aliates de Lidia. Sin embargo, luego se cuenta de él una anécdota que se interpreta como antiaristocrática, pues aconsejó a Periandro de Corinto que metafóricamente cortara las flores más sobresalientes de su jardín. La ciudad se había convertido en un próspero centro capaz de fundar importantes colonias en las rutas hacia el mar Negro, de sostener el centro cultural panhelénico de Dídima, dedicado a Apolo, y de ser cuna del pensamiento científico y filosófico en la corriente representada por Tales, Anaximandro y Anaxímenes. La acción aristocrática sirve de eje a las transformaciones promovidas por los cambios económicos en un lugar donde la ploutís o conjunto de los ricos recibía también el nombre de aeinautai, navegantes perennes, que se enfrentaba a la hetairía Quirómaca, la de los que luchan con las manos. Con todo, en algunos casos también colaboraban tal vez en una situación resultante de la tiranía en que la explotación de la tierra por los hoplitas y la navegación sostenían relaciones complejas, de colaboración que en ocasiones podían llegar al enfrentamiento por contradicciones no antagónicas, matizadas por los contactos con los estados situados al oriente. En Mitilene, isla de Lesbos, los conflictos se reflejan desde los inicios del arcaísmo, pues la antigua familia real de los Pentélidas continúa presente en las luchas hasta la llegada de la tiranía, representada en principio por Melancro y Mirsilo. Este último fue derrocado con la participación de la familia del poeta Alceo, que canta en sus versos la victoria de la aristocracia. Sin embargo, también ha colaborado Pitaco, que ha obtenido prestigio en lucha contra el ateniense Frinón por el territorio de Sigeo en la Tróade. Tal vez sobre esa base reciba el encargo de mediar como aisymnetes en los conflictos de la ciudad. En el ejercicio del poder, Alceo lo ataca como tirano, aunque la tradición lo sitúa entre los sabios y se cuenta sobre él una anécdota en que rechaza la riqueza ofrecida por los lidios, que sí aceptaría Alceo, y comenta que la mitad es más que el doble porque él ya posee riqueza suficiente. La mentalidad parecería más próxima a la del sabio délfico, pero las luchas políticas hacen que para su rival en el campo de las luchas aristocráticas haya de verse calificado como tirano. El concepto se ve, pues, sometido a las vicisitudes de las luchas concretas reflejadas en las fuentes. En Samos, la tiranía de Policrates aparece en época mas tardía y sus relaciones orientales tuvieron lugar ya con el rey de los persas, de quienes primero fue un leal colaborador, para acabar en una posición antagónica que lo llevó a la destrucción. Aparece apoyado en los hoplitas, pero su actividad más conocida está relacionada con el mar, tal vez como herencia de los viajes de largo alcance de aristócratas como Coleo, que dieron vida y riquezas al santuario de Hera, donde se señalaba el final de la chora de la ciudad y se simbolizaban los límites de los viajes marítimos. El sabio Pitágoras huyó de la isla al implantarse la tiranía, como personaje representativo de la mesura, frente a la desmesura de Polícrates, demasiado rico, tanto que, como ejemplo de provocador de la envidia de los dioses, daba miedo al faraón Amasis, con quien también mantenía buenas relaciones. En un momento determinado era el eje de las relaciones entre estados y ciudades del oriente del Mediterráneo.

4.- Atenas y Esparta

La historia del siglo VI caracterizada por el predominio de unas relaciones conflictivas y variables entre Atenas y Esparta, ha llegado a plantear un problema historiográfico de difícil solución. En efecto, toda la atención conduce a considerar a estas dos ciudades como los protagonistas virtualmente únicos de la historia de Grecia. Pero no se trata sólo de un problema de atención y de hábito historiográfico, sino del resultado de la naturaleza de las fuentes que, a su vez, es el efecto de esa misma impresión. Todas ellas vienen a referirse principalmente a la historia de esas dos ciudades. Si para el siglo V, aunque de modo discutible, pudiera admitirse que su presencia hegemónica impone sus condiciones al conjunto de las ciudades griegas, que así quedarían encuadradas de modo globalizado bajo dicho protagonismo, mucho más complicado es admitirlo para la época arcaica, donde múltiples ciudades, metrópolis o colonias tuvieron un papel que desempeñar, de gran valor en el conjunto de Grecia y del Mediterráneo. Por otra parte, ese protagonismo se viene a reducir en el fondo a la ciudad de Atenas. El peso de su producción cultural es tal que la imagen que se posee de Esparta está mayoritariamente mediatizada por la transmitida por los atenienses, para quienes Esparta fue rival de las guerras de los siglos V y IV, pero también modelo como sistema político digno de imitación para los sectores oligárquicos que en Atenas sólo veían los efectos perniciosos de la democracia. Esparta fue, pues, la ciudad antagónica y el modelo invertido. Esa imagen se proyectaba hacia el pasado, hasta el punto de que en muchos casos se retrotraían los conflictos y rivalidades, hasta la época de los Heráclidas. De hecho, Esparta tendía a quedar recluida en el Peloponeso, salvo en las esporádicas intervenciones exteriores del siglo VI, cuando entre Atenas, frente a la tiranía, en el proceso conflictivo que a pesar de la intervención espartana llevó a la democracia. Este sería el extremo histórico y real de los antecedentes antagónicos que partirían de la época heroica. La rivalidad era consecuente con las diferencias políticas, entre oligarquía y democracia. Las realidades anteriores responden a circunstancias diferentes y es difícil hallar motivos de fricción real, pues tampoco las posibilidades expansivas de Atenas se dirigieron nunca hacia el Peloponeso.

Esparta
La tradición legendaria transmitida en la épica homérica situaba en Esparta el reino de Menelao, el rapto de Helena, la casa de Tíndaro y las relaciones amorosas entre Zeus y Leda. Contrariamente a lo que ocurre con otros centros micénicos, aquí la arqueología ha podido constatar sólo la existencia de restos muy pobres de edificación como los que reciben el nombre de Menelaion, al que se atribuía la cualidad de palacio del rey, o el santuario de Amiclas, al sureste de Esparta, al margen de abundantes yacimientos no constructivos a las orillas del Eurotas y en el golfo Laconio. La cerámica corresponde sobre todo al Heládico Tardío III B. La construcción más sólida donde puede percibirse una continuación con el estilo geométrico es la de Amiclas, donde se estableció el culto de Apolo sobre el de Jacinto, de origen aparentemente prehistórico, dedicado al niño divino, símbolo de la recuperación primaveral, en peligro de muerte anual. Al margen de este centro, el resto parece haber quedado prácticamente despoblado hacia 1100, hasta mediados del siglo VIII. Por otro lado, la tradición se refiere al retorno de los Heráclidas como acontecimiento posterior a la guerra de Troya, fundamento de una imagen de Esparta como ciudad típicamente dórica. Junto al dialecto dorio se considera huella sintomática de los efectos del proceso migratorio la existencia de las tres tribus que se repiten en otros centros considerados del mismo origen, Hileos, Dimanes y Pánfilos. La clase dominante se considerará heredera de los Heráclidas, dorios por su procedencia, pero predorios por representar el retorno por el que reivindicaban el territorio del que habían sido expulsados. De hecho, da la impresión de que el abandono que se nota desde el siglo XI pudo ser aprovechado por tribus de pastores inmigrantes que tienden a configurar una nueva sociedad estructurada y estable.
CONSTITUCIÓN ESPARTANA. La arqueología muestra que, a finales de la Edad Oscura, el siglo VIII representa el marco de la recuperación en territorio laconio y la ruptura con el aislamiento. Muchos de los instrumentos metálicos hallados son de nueva factura, aunque de algún modo tienden a imitar a los antiguos y a producir la impresión de continuidad. En la realidad, las espadas de hierro imitan las antiguas de bronce, pero los recursos técnicos son nuevos aunque las formas reflejan la tendencia a imitar el pasado, lejano pero prestigioso. Entre continuidad y ruptura no puede establecerse una disyuntiva radical, pues ambas propuestas son reales. El modelo micénico se adapta a los nuevos recursos materiales y a la nueva realidad de una guerra móvil, individual, donde el carro sirve de transporte para combatir a pie. Tal estructura corresponde a un nuevo modo de controlar el territorio. Junto a ello, la situación que empieza a ser conocida desde el siglo VIII revela igualmente una nueva forma de organizarse las relaciones humanas. La tradición hace notar que las diferencias sociales se corresponden con las que se forjarían entre los dorios y los predorios, pero, al mismo tiempo, tal identificación puede responder más bien a la imagen que se hacían los espartanos de tiempos posteriores de su pasado. De hecho, el rey Cleómenes se presenta como no dorio, con lo que parece paradójico que se identifique a los dorios con las clases dominantes y que el rey niegue pertenecer a ellos. Puede pensarse que ya está configurada la estructura que define como privilegiados a los espartiatas y como clase oprimida a los hilotas, pero, al mismo tiempo, determinados datos hacen pensar que lo que se fragua en el siglo VIII es el conjunto de las condiciones necesarias para que se llegue a plasmar esa diferencia y ese modo concreto de explotación del trabajo.
LA ÉPOCA DE LICURGO. En este siglo VIII se produce en Esparta, como en la mayor parte de Grecia, aunque con caracteres específicos, el renacimiento. En las tradiciones espartanas, el fenómeno se identificaba con la figura de Licurgo, al que se asigna no sólo una legislación constitucional integradora de todas las instituciones espartanas, fuera cual fuese su procedencia y su cronología real, sino también algunos otros rasgos que sirven para señalar el momento histórico en el plano cultural. Licurgo había participado como fundador de los Juegos Olímpicos en el año 776 y había sido el introductor de los poemas homéricos en Laconia. Así se representaban los espartanos la conciencia de participar en la corriente cultural que arqueológicamente también aparece señalada con la aparición de figuras con casco de origen oriental y escudos decorados que responden al mismo ambiente. Ya hacia el año 700 se define el santuario de Menelao, sobre un antiguo lugar sagrado de época micénica, hecho indicativo de la difusión de los conocimientos sobre tradiciones épicas, adaptados a los nuevos intereses. De este modo se forma también la tradición que define a Orestes como antepasado de los espartanos y se buscarán por ello sus huesos en Tegea. Esta tradición se usará como motivo del ataque a Tegea, en Arcadia, pues la Pitia, según Heródoto, les prometió la victoria si los encontraban. La tradición admite que hallaron huesos de gran tamaño, propios de los héroes gigantescos a que aluden los poemas homéricos. Según un papiro publicado en 1979, los Heráclidas tuvieron que luchar con los hijos de Orestes, y en ocasiones los espartanos justificaban el privilegio de mandar sobre confederaciones de ciudades griegas en el hecho de que de este modo aparecían como descendientes de Agamenón, que había dirigido a todos los griegos en la guerra de Troya. Esparta salía, pues, de su aislamiento al recibir influencias del exterior y acogerse a los movimientos culturales del momento y al comprometerse en intensos movimientos expansivos debidos a su propia dinámica interna, que aprovechaban igualmente los fenómenos culturales para tejer un entramado ideológico. Las figurillas de bronce laconias halladas en Olimpia, procedentes de esta época, resultan indicativas del uso precoz del santuario panhelénico, elemento reforzador de la presencia en el exterior. Paralelamente, en el reino de Arquelao y Carilo, que la tradición atribuye a los anos 775-760, los espartanos conquistaban la zona noroeste de Laconia, tras una consulta al oráculo de Delfos que estaba entonces en su época de mayor prestigio. Es posible que se trate de los primeros reyes que desempeñaron juntos su función en esa peculiar institución de los espartanos que es la diarquía y que no ha llegado a explicarse con satisfacción. Sólo un pacto de realezas con sus pueblos dependientes en el proceso de unión territorial puede explicar esa especie de sinecismo en que en lugar de desaparecer la basilea, se multiplica. Al mismo período se atribuye arqueológicamente la configuración de sistemas centralizados que incorporan las aldeas, la última de las cuales fue la de Amiclas, centro de tradiciones religiosas de gran prestigio, que se remontaban a tiempos micénicos. La organización colectiva queda configurada en cinco obas, pero tal vez la última unificación tuviera lugar sólo entre el conjunto de la primera agrupación y la que se reunía en torno a Amiclas, capaz de conservar su propia basileia.
ESPARTA Y MESENIA. Las mismas direcciones introducidas en época de Licurgo, la cultural y la conquistadora, continúan en la segunda mitad del siglo VIII con tendencia a agudizarse e intensificarse. El estilo geométrico tardío se innova en la misma medida que el estilo argivo con la introducción de elementos decorativos formados por meandros y líneas en zigzag, pero también con el inicio de la representación figurativa humana y de animales, de danzantes, de guerreros y de caballos. Por otro lado, ya en el reino de Teleclo, que ocupa la mitad del siglo, se conoce la existencia de colonos establecidos en Mesenia al tiempo que las fuentes describen una situación de rivalidad y de violencia interior, de lucha entre las diferentes comunidades que se hallan en proceso de integración. Este fue, sin duda, conflictivo y la conflictividad tiene consecuencias en el modo de actuar hacia el exterior. En el campo de las explotaciones agrarias, el resultado fue la creación de dependencias en las zonas limítrofes. La consolidación de la unidad dio como resultado que determinadas comunidades con su oikos situado en posición marginal, las de los perioikoi o periecos, quedaran excluidas en el momento de definirse la comunidad política. En efecto, en las guerras médicas, según Heródoto, Demarato, espartano prisionero del rey Jerjes, le contaba que había muchos lacedemonios, pero que eran pocos los que participaban en condiciones de igualdad en la polis de Esparta. Las otras eran poblaciones rurales sometidas a un modo específico de dependencia, sancionada por la carencia de derechos políticos. En época del rey Teopompo, a finales del siglo VIII, tuvo lugar, según la tradición, la primera guerra mesenia que acabó transformando el territorio del suroeste del Peloponeso en terreno conquistado y a sus habitantes en hilotas.
LOS HILOTAS. En tiempos posteriores, los hilotas se identificaban frecuentemente con los mesenios, pues habían llegado a constituir el principal núcleo. Así, se plantean las dudas sobre su existencia anterior, aunque la opinión dominante se inclina por la respuesta afirmativa. Dentro de ella caben matices acerca del posible carácter predorio de los que se habían visto sometidos a tal condición o acerca de la posibilidad de admitir una evolución interna, donde la acumulación de tierras del período formativo de la polis tuviera como consecuencia el empobrecimiento y sumisión de masas campesinas de volumen no fácil de calibrar. En cualquier caso, tal sumisión aparece normalmente relacionada con la intervención en Mesenia, incluso dentro de la versión que permite deducir una evolución interna. Según Estrabón, se convertirían en hilotas los que no fueron a Mesenia en el ano 725, aunque en otra ocasión el mismo autor se refiere a los que se habían resistido a la sumisión dentro del proceso de configuración interna de la sociedad espartana. La sumisión interna se vería favorecida por el fortalecimiento de los conquistadores, ahora más poderosos gracias al territorio y a la población sometida en el exterior. Estrabón también se refiere al pago de una apophorá, de un tributo, que asimilaría el sistema a una dependencia de tipo tributario. Los mismos antiguos dudaban al definir el tipo de dependencia al que se sometía a los hilotas. Algunos aspectos hacen pensar en esclavos de la comunidad, pero a veces también se revelan lazos de dependencia personal, contradicción que se resuelve en la idea de que sólo pertenecen al ciudadano particular en tanto que es miembro de la comunidad y disfruta de la tierra cívica. El hilota dependía del kleros al que se vincula y es explotado directamente por éste.
SEGUNDA GUERRA MESÉNICA. Los finales del siglo son testimonio de un momento de gran prosperidad entre los vencedores espartanos. El templo de Ártemis Ortia se llenó de ricas ofrendas indicativas de la existencia de una poderosa clase aristocrática. El desarrollo del estilo orientalizante y del comercio de lujo se proyecta en la presencia de artistas de origen laconio en Olimpia, donde abundan las figurillas productos de las ofrendas de vencedores en los juegos, símbolo de la riqueza y de los deseos de obtener prestigio para consolidar el poder en una sociedad que se configura en diversos grados de dependencia. En el santuario de Menelao abundan las ofrendas dedicadas a Helena y, al mismo tiempo, se desarrolla la escritura laconia. En los inicios del nuevo siglo, el gusto por la cultura se traduce asimismo en la presencia de poetas de origen extranjero, como Terpandro y Alcmán, encargados de dar ornato a las fiestas con que se autoafirma la sociedad de los vencedores. La prosperidad tiene, no obstante, otra cara visible entre los explotados. En el año 706 tuvo lugar, desde Esparta, la fundación de Tarento. Que en sus orígenes estaba el peligro de conflictos se manifiesta en la narración de Diodoro, que trata de una revuelta de epaunactas o partenios, términos de contenido discutible, pero que tienden a definir a aquellos que quedaban marginados en el proceso de organización de la colectividad. Se habían agrupado en torno a Falanto, pero se evitó el conflicto intentando primero apoderarse del territorio de Sición, a lo que se opuso el oráculo de Delfos, el que luego les aconsejó la fundación de Tarento. Los tarentinos se definen como hijos de vírgenes, es decir, de padre no reconocido. La formación de la polis y de la ciudadanía deja fuera a quienes carecen de hopla, a quienes no pueden hacerse hoplitas por carecer de las tierras donde se consolida el sistema de la transmisión patriarcal de la sociedad por el que se reconoce la paternidad. En los principios del siglo VII tuvo lugar el enfrentamiento con Argos en disputa por el territorio de la Tireátide, al noroeste de Laconia. La derrota de los espartanos suele atribuirse a la superioridad del ejército hoplítico que se ha desarrollado en Argos en la época de Fidón, mientras el ejército espartano se halla todavía en proceso de formación, condicionado por los intereses de la aristocracia dominante. Poco después, a los problemas internos se suma la revuelta que se conoce con el nombre de segunda guerra mesénica. Los poemas de Tirteo para exhortar a los soldados ponen de relieve que ahora ya, frente al antiguo ejército tribal cargado de indicativos épicos, los soldados se mueven condicionados por las estructuras de la falange hoplítica. Los poemas de Tirteo resultan así una fuente excepcional para conocer la mentalidad subyacente a la nueva estructura militar impulsora de reformas de orden político y social.
LA RHETRA. Parece evidente que la segunda guerra mesénica constituyó un factor clave para determinar el sentido de la constitución espartana. El texto de la misma se transmite en la forma arcaica que había recibido del oráculo de Delfos, gracias a la "Vida de Licurgo" de Plutarco. Aquí se atribuye a Licurgo el texto por el que la población estaba distribuida en tribus y en obas o aldeas, por el que se instituye la gerousia o consejo de ancianos, compuesta por treinta miembros incluidos los dos reyes, y por el que se atribuye la decisión final al pueblo reunido en la asamblea de la apella. Según Plutarco, en la época de Teopompo y Polidoro, tras la guerra, se añadió un epílogo por el que las decisiones del pueblo quedaban sometidas a la aprobación de los ancianos y reyes que podían disolver la asamblea en caso de que consideraran que sus medidas eran torcidas. Tirteo, en sus versos, recoge ya la síntesis completa y se refiere en plural a los que fueron a consultar el oráculo, con lo que parece evidente que ya está pensando en Teopompo y Polidoro como organizadores del nuevo sistema, en que la oligarquía se somete en condiciones de guerra a las decisiones minoritarias de reyes y gérontes. Sin embargo, Heródoto cree que aún así permaneció la kakonomía, que sólo se tornó en eunomía en el siglo VI en la época de León y Agasicles, a partir de la cual, tras varios fracasos, se llevó a cabo la conquista de Tegea y el asentamiento del sistema hilótico sobre unas estructuras muy rígidas en el plano político, que afectaban incluso a la participación de los libres con derechos, a los espartiatas. La arqueología, así como las listas de vencedores olímpicos, demuestra que en efecto los espartiatas poderosos seguían luciendo sus riquezas con tesoros no amonedados, frente al conjunto de los hoplitas que participaba de la comida en común, syssition.
EL EFORADO. Tras la instauración de la eunomía los espartanos consiguieron la victoria sobre Tegea y la adquisición de nuevos hilotas. Se discute mucho sobre si ahora es cuando se instaura el eforado, resultado de la nueva situación o procede de la anterior organización de la comunidad aldeana. En cualquier caso, es en este momento cuando se hace visible su papel, capaz de lograr el equilibrio social entre la riqueza de los pocos y las aspiraciones de los muchos. El éforo cuyo papel resulta simbólico es Quilón, al que los antiguos incluían entre los siete sabios, elemento definitivo en la creación de la eunomía en que deja de haber restos arqueológicos de grandes riquezas y conflictos sociales. Es éste sin duda el inicio de la historia de la Esparta clásica.

Atenas
Según la tradición, reproducida y fomentada de manera constante por el espíritu patriótico ateniense, Teseo era al mismo tiempo el fundador de la democracia y el creador del sinecismo. La primera atribución se debía a la concepción desarrollada a partir del gobierno de los tiranos y la instauración de la democracia, según la cual la disyuntiva básica en el vocabulario político era la existente entre el poder personal y el poder colectivo. Lo que la tradición atribuía realmente a Teseo era la difuminación del poder entre las familias aristocráticas y la desaparición de la primitiva monarquía. Ésta, la basileia, consistía en la concentración del poder en manos de un solo gobernante, perteneciente a una de las familias aristocráticas, en torno al que, según Tucídides, los atenienses anteriores a Teseo sólo se agrupaban cuando había algún peligro exterior. Se trataba de una monarquía militar capaz de agrupar a las poblaciones en torno a sí por sistemas próximos a los descritos en los poemas homéricos. Entre las varias tradiciones referentes a la realeza ática, la más destacada es la que incluye a Cécrope, fundador del matrimonio con el fin de acabar con la promiscuidad. En su tiempo tuvo lugar la disputa entre Poseidón y Atenea por el patronato del Ática y el triunfo de la última gracias al voto de las mujeres. La irritación del primero hizo que para aplacarlo los atenienses privaran del voto a las mujeres y establecieran la filiación patrilineal. A esta época se atribuían, pues, las primeras pautas de una organización estatal. Otro episodio de interés es el que habla del combate entre Erecteo y Eumulpo por la realeza, indicativo de la rivalidad entre las grandes familias, capaces de acceder a la basileia, antepasados de Erecteidas y Eumólpidas, representativos de los cultos de la Acrópolis y de Eleusis, respectivamente. Se señala también con ello la dualidad guerrera y sacerdotal de la antigua realeza. Arqueológicamente, el episodio se relaciona con los restos micénicos de la Acrópolis y del santuario eleusino de Deméter. El templo de Erecteo será un venerable testimonio de las raíces autóctonas de los atenienses, que consideraban que en su historia no había solución de continuidad desde los tiempos más primitivos.
TESEO Y EL SINECISMO. Durante ese período los atenienses vivían distribuidos en pequeñas polis, con sus órganos de gobierno agrupados en torno a señores aristocráticos que concentraban en el oikos la actividad económica. Desde Teseo, los oikoi se unifican en un solo órgano político, con lo que desaparece la anterior función regia y se crea una nueva solidaridad que tiene su manifestación en la nueva polis, con una sola boulé y un solo pritaneo, gobernada por los arcontes. La tradición es capaz de reproducir nombres de arcontes desde el siglo XI. El proceso de transformación largo y seguramente conflictivo, que para alcanzar su plenitud hubo de durar con toda probabilidad a lo largo del período oscuro, queda sintetizado en el mito de Teseo. El período oscuro aparece dominado por la aristocracia gentilicia, con referencia a basilei, que tienden a quedar relegados frente a los arcontes vitalicios, representativos de un alargamiento del sistema, donde las rivalidades familiares se disuelven en la nueva solidaridad, necesaria para afianzar las nuevas formas de control de los bienes, cada vez más atractivos, y para resistir a las presiones de una población creciente. En esa época se consolida el sistema por el que cada una de las cuatro tribus (phylai) está dividida en tres phratríai y cada una de éstas en un número indeterminado de eugeneis, los de un genos conocido, gnorismoi, que monopolizan el mérito de las antiguas hazañas de guerras, aristeiai, y se erigen en áristoi, capaces de competir por la basileia. Pero frente a la competitividad se impone la solidaridad del sinecismo y el poder se ejerce por nueve arcontes, uno más destacado que da nombre al año, epónimo; otro que recibe el poder militar, polemarco, seguramente heredero del jefe del ejército regio, cuando el rey sobrevivía a pesar de no ser capaz de dirigir las fuerzas militares o no querer, porque tenía ya el suficiente prestigio para nombrar a un colaborador dedicado a ello; el tercero heredaría, como sacerdote, el título de basileus; finalmente, otros seis se encargan del establecimiento y custodia de las normas legales, thesmoi, los tesmótetas.
SOCIEDAD ARCAICA. La continuidad ática se percibe en la aparición temprana de la cerámica geométrica, que enlaza con el submicénico en sus aspectos locales. Pronto se convirtió en paradigma y en modelo, así como en punto de partida de la exportación. En principio, el lugar de la transición se sitúa en el cementerio del Cerámico, a partir de 1100 a.C., pero cuando llega el período de las grandes ánforas funerarias, con la maravillosa decoración poblada de animales, carros y hombres tendentes a reproducir las hazañas de los héroes o sus rituales funerarios, entonces los cementerios más lejanos tienden a contener los mejores ejemplares, mientras que el Cerámico pierde parte de los signos de estatus. Es la época de gran apogeo del llamado Maestro del Dípilon, coincidente con la definición del hierro como material utilitario que tiende a convertir al bronce en objeto de prestigio, ricamente ornamentado. Las tumbas del ágora se llenan de objetos de lujo de metales preciosos. La configuración resulta complicada. La aristocracia que manda en la polis se enriquece, pero también se encuentra en una posición mas complicada con respecto al resto de la población. De hecho, Plutarco atribuye a Teseo la distribución de la población en tres partes, Eupátridas, Geómoros y Demiurgos. A los primeros les habría adjudicado las funciones políticas, legales y religiosas; los segundos destacarían en cambio por su utilidad, y los terceros sólo se caracterizarían por su masa. El sinecismo sintetiza como proceso la creación de un sistema de gobierno aristocrático capaz de integrar no sólo a las poblaciones campesinas, sino también a los que desempeñan las funciones vinculadas a las nuevas características de la ciudad que como centro político tiende a convertirse igualmente en centro redistributivo de las rentas y creador de nuevas actividades secundarias en torno a la producción básica agrícola.
EL INTENTO DE TIRANÍA DE CILÓN. Así, durante el primer siglo del arcaísmo, en Atenas crecía la actividad marítima, puesta de relieve principalmente por la existencia de la cerámica exportada. Ello facilitaba los contactos, al menos por parte de algunos sectores de la población, con otras ciudades y centros panhelénicos de donde, junto con las ganancias, procedían también los impulsos paralelos que podían favorecer los intentos de cambio. Es el caso de Cilón, que muy probablemente hacia el año 632 llevó a cabo un intento de instaurar la tiranía en Atenas. Según Tucídides, era vencedor en alguna prueba olímpica, como hombre de origen noble y poderoso dentro de la ciudad. Está, pues, encuadrado en la aristocracia que ejercía su poder a través de los mecanismos que permitía la ciudad del momento y que, a través de su participación en los juegos de Olimpia, obtenía un prestigio dentro de la ciudad que podía proporcionarle el manejo de los mecanismos de control. Además, se había casado con la hija de Teágenes, el tirano de Mégara, con lo que no sólo define su encuadramiento como miembro de la parte de la aristocracia tendente a rivalizar por el poder, aunque para ello hubiera que romper las solidaridades de la clase y apoyarse en fuerzas equivalentes del exterior, sino que, al mismo tiempo, adquiere esos apoyos a través de las solidaridades panhelénicas heredadas de los métodos heroicos de la aristocracia, en que la hospitalidad entre familias podía llegar a estar por encima de los enfrentamientos bélicos. Cilón se apoyaría en Teágenes y en sus propios amigos del interior de Atenas. Sus métodos son, pues, los de la aristocracia, aunque hubiera de controlar grupos marginales para luchar frente a otros de la misma clase. Cilón consultó al oráculo de Delfos, institución que, como la Olimpiada, representa el panhelenismo aristocrático y con la que, en sus primeros momentos, los tiranos sostienen relaciones normales hasta que se vio que los intereses generales de la aristocracia iban por otro camino. La Pitia le aconsejó que ocupara la Acrópolis de Atenas el día de la fiesta mayor de Zeus. Cilón, en su calidad de vencedor olímpico, interpretó que se trataba de las Olimpiadas, fecha en que pudieron acudir de los campos a oponerse a sus intentos, y los nueve arcontes organizaron el asedio que acabó con la huida de Cilón y la muerte de algunos de sus colaboradores, a pesar de haberse refugiado en lugar sagrado. Ello fue motivo de que los Alcmeónidas, que habían organizado la represión, tuvieran sobre sí la mancha del sacrilegio, recordada cada cierto tiempo como arma contra el genos o contra Atenas, pero también de que adquirieran fama de ser los adalides de la oposición a la tiranía. Dicen que Cilón tenía que haber elegido la fecha en que se celebraban las Diasias, la mayor fiesta de Zeus en Atenas, dedicada a Zeus Miliquio, a quien se hacían ofrendas no sangrientas y en el campo, porque de este modo los atenienses se habrían encontrado fuera de la ciudad. Al margen de las rivalidades gentilicias y de las implicaciones panhelénicas, también el campesinado ático desempeñó un papel al oponerse a un intento que posiblemente se apoyaba en las novedades que se producían dentro de la población urbana, sin que el campesinado pudiera percibir las ventajas.
LA LEGISLACIÓN DE DRACÓN. El año 621/620 es el que se considera como momento adecuado para situar un hecho por lo demás extremadamente oscuro, el de la legislación atribuida a Dracón. Lo más claro en sus contenidos se refiere a la estatalización de los juicios por delitos de sangre, que vienen a estar en manos de los philobasileis, los jefes de tribu que perviven con carácter militar, antecedentes de los estrategos y de los ephetai, institución oscura pero reveladora de la tendencia del texto hacia la profundización en la labor jurídica de las instituciones supragentilicias. Al margen de las referencias a la "Política" aristotélica, se conoce una inscripción en que se hace una reproducción tardía del texto legal y en ella destaca la importancia que da a las condiciones de ciudadano o extranjero (polites, xenos) en los trámites legales del proceso. Da la impresión de que la politeia va cobrando entidad en sus repercusiones jurídicas. Por ello, a pesar de que en la "Política" Aristóteles dice que sólo consistía en la recopilación de la tradición existente, puede también tenerse en cuenta el texto de la "Constitución de Atenas" donde el mismo autor o los miembros de su escuela se refieren a las condiciones económicas precisas para desempeñar determinados cargos y, sobre todo, a que la politeia se atribuía a los que eran capaces de proporcionarse armas, hopla. El proceso legal y la circunstancia social permitían así consolidar el poder de la oligarquía hoplítica, al menos como definición de la politeia y ampliación hacia los que se consolidan como campesinos libres hasta poder emanciparse de las clientelas aristocráticas. Por supuesto, con unos datos tan precarios no es posible determinar el alcance exacto de la ampliación.
LAS REFORMAS DE SOLÓN. La fijación exacta de los limites sólo se produjo con las reformas llevadas a cabo por Solón, en el arcontado del ano 594. Una de las medidas fundamentales fue la determinación y evaluación de las fortunas en términos agrarios, sobre la base del medimno como medida de los cereales, pero, según Plutarco, con el establecimiento de equivalencias en ganado y en términos monetarios, aspecto este último sometido a crítica, pues no hay acuerdo sobre la difusión de la moneda o equivalentes en esta época. Es posible que algún tipo de sistema promonetal, al menos, se estuviera generalizando. En la ciudadania quedan incorporados los thetes, los que se hallan por debajo de los ciento cincuenta medimnos, que, sin embargo, no tienen participación en la boulé, órgano representativo de las cuatro tribus, donde se integran los miembros de la ciudadanía activa. Ésta está constituida por los hoplitas, denominados zeugitai en la legislación, aludiendo con ello al aspecto agrario, a la yunta. Sólo por encima de los trescientos medimnos podía el ateniense tener acceso al arcontado, cuando estaba encuadrado entre los hippeis o hippotai, los miembros de la caballería. Dentro de esta clase aristocrática ampliada existe un grupo más restringido que posee los quinientos medimnos y así se denominan pentakosiomedimnoi, de quienes no se conocen atribuciones específicas y que puede tratarse de un grupo de prestigio diferenciado sólo en el plano de los reconocimientos sociales como gene, miembros destacados próximos a los sacerdocios. Solón, uno de los siete sabios, recibió sus atribuciones legisladoras como mediador en un violento conflicto creado dentro de la ciudad y mostró en la práctica la ideología de la medida, al intentar colocarse en medio sin permitir que los ricos abusaran o que los pobres llegaran a ser como los ricos, según expone en sus versos elegíacos, modelo de la poesía lírica representativa de la aristocracia arcaica no competitiva. Según Aristóteles, lo peor de la politeia del momento era que la mayoría estaba esclavizada por no tener ningún derecho. La expulsión del cuerpo cívico pone al hombre al borde de la esclavitud en un momento en que, por el desarrollo económico y los intercambios, tal institución comienza a difundirse por las ciudades griegas. En la práctica, la situación se concretaba en que quienes se habían apoderado de las tierras esclavizaban a los pobres y lo habían hecho a través de las deudas. Los pobres caen en la situación de pelatai o hectemoroi, término este último alusivo a la parte que deben entregar a los dueños. El primero, menos concreto, equipara a los campesinos áticos con los clientes romanos de época arcaica, forma de dependencia similar a la que amenazaba al campesinado ático de principios del siglo VI. Como la situación era conflictiva y existía el peligro de que algún aristócrata intentara romper la solidaridad de su clase por apoyarse en el descontento campesino y acceder a la tiranía, funcionó momentáneamente esa solidaridad y se entregó a Solón la posibilidad de la reforma, de cambiar para que nada cambiara. La medida principal fue la sisactía, la descarga de las deudas y obligaciones que pesaban sobre el campesinado. Con la estructuración censataria citada, la politeia disminuía, le quedaba reconocida también a los thetes, sin tierras suficientes de la ciudad, para desempeñar las funciones secundarias que la nueva urbe requería, en los intercambios y en las manufacturas. Paralelamente, la explotación del trabajo esclavo permite liberar de la presión al campesino de la ciudad y estructurar la comunidad de modo que la politeia, incluso la mínima, sirva de protección frente a la dependencia, de la que queda libre el ateniense. Al parecer, ekklesía y heliea, órganos de plena participación ciudadana con funciones legislativas y judiciales, respectivamente, cobran en este período un nuevo impulso de gran trascendencia posterior como arma de la actuación política del demos subhoplítico.
LA TIRANÍA DE PISISTRATO. A pesar de la estructuración realizada por Solón, las tensiones continúan. En el plano de las rivalidades gentilicias, un arconte, Damasias, pretendió prolongar el cargo de modo irregular. En el plano de la representación política, la importancia del arcontado se reveló, según Aristóteles, en que para intentar apaciguar la situación se eligieron nueve arcontes, cinco eupátridas, tres agroicos y dos demiurgos, representantes de la nobleza, el campesinado y las actividades artesanales que caracterizan ahora la ciudad. Luego, el conflicto o stasis se había quedado definido, según Heródoto, como un enfrentamiento entre los atenienses de la costa, páraloi, de la paralia, lugar junto al mar o playa, y los de la llanura. Los primeros estaban encabezados por Megacles, del genos de los Alcmeónidas, que al parecer tenían sus tierras en las zonas costeras próximas a Laurio, al sur del Atica, y los segundos tenían como dirigente a Licurgo, de los Eteobútadas, que suelen situarse en el demos de Bútadas, al noroeste de la ciudad. En esa disputa vio la oportunidad de intervenir Pisístrato, a cuyo padre, Hiparco, mientras sacrificaba en Olimpia, se le había aconsejado que no tuviera hijos. Era un peligro para la estabilidad representada por la aristocracia olímpica y defendida por los espartanos frente a los tiranos. Pisístrato pertenecía al genos de los Filaidas que se remontaba a Codro, rey de Atenas, descendiente de los Neleidas de Pilos. Se apoyaba en los diacrios o hyperakrioi, los que están a lo largo de o mas allá de las montañas. La Diakria se situaba al noroeste, entre Parnés y Braurón, donde se halla File y el demos de los Filaidas y se rinde culto a Artemis Brauronia. Fingió un atentado mientras se dirigía al campo y pidió ayuda al demos, apoyándose en el prestigio adquirido en su función como estratego frente a Mégara luchando por el puerto de Nisea y por Salamina, donde se sabe que se implantaron clerucos, colonos con una parcela de tierra, kleros, nuevo modo de solución de los problemas de la explotación agraria. La asamblea le concedió una guarnición de korynephoroi formada por individuos de la ciudad, astoi, ajenos al ejército hoplítico, con la misma denominación que la clase dependiente de Sición. Posiblemente, también en Atenas se vivían tensiones que podían llevarlos a la dependencia. El proceso iniciado con Solón tiene como virtual efecto su salvación, garantizada de hecho por Pisístrato. Así se introduce igualmente la práctica del misthós, de la paga para formar parte del ejército, medida alternativa y paralela, en desarrollo, a la exclusividad de los ejércitos hoplíticos. Según Aristóteles, los grupos en discordia podían definirse por los lugares en que cada uno practicaba la agricultura, pero también por criterios de orden político. Así, Megacles y los Alcmeónidas representaban la mese politeia, la constitución equilibrada tan querida por Aristóteles, la de Licurgo buscaba la oligarquía y Pisístrato resultaba ser el mas demótico y popular. Si las definiciones de los primeros grupos responden a los matices internos de la actitud que puede adoptar el genos aristocrático en su modo de distribución del poder, definida ésta más bien de acuerdo con las circunstancias de tiempos posteriores, Aristóteles especifica, en cambio, que en torno a Pisístrato se alineaban los que se habían quedado descargados de las deudas, porque continuaban en la miseria, aporía, y los que no estaban claramente integrados en el sistema gentilicio, es decir, los segregados y los absorbidos en la práctica política soloniana, que habían pasado a constituirse como thetes. Cuando se expulsó la tiranía, éstos serian sometidos a una revisión para la determinación del voto en las asambleas. Plutarco dice que sus partidarios estaban formados por la masa de los thetes. Es evidente que en la lucha gentilicia Pisístrato ganó apoyos ajenos a las clientelas aristocráticas y territoriales, lo que lo convirtió en el más próximo al demos. Pisístrato fue expulsado por la alianza entre Licurgo y Megacles. Sin embargo, luego este último lo hizo volver con la promesa de entregarle la mano de su hija, pero Pisístrato no quería tener hijos con ella. Las alianzas entre familias no daban el resultado buscado y tuvo que marcharse. Había entrado en la ciudad bajo la protección de una curiosa Atenea, representada por una corpulenta mujer tracia vestida de hoplita, tal vez en busca de nuevos apoyos en la ciudad a través de un patriotismo algo burdo, según lo cuenta Heródoto, con el servicio de los tracios, donde Pisístrato busca metales y mano de obra esclava en una nueva visión de las relaciones económicas y sociales. Pisístrato regresaría con nuevos apoyos, desde Eretria, en Eubea, con el respaldo económico de Tebas, ejércitos argivos que recibían un misthós, hombre y dinero de Lígdamis de Naxos, apoyado para obtener a su vez allí la tiranía. Nuevas relaciones internacionales se van fraguando en el desarrollo de las tiranías. Pero al desembarcar en Maratón, también recibió el apoyo, tanto desde la ciudad como de los distritos rurales. Las minas de Laurio, en Ática, y Pandeo, en Tracia, se convertirían en su apoyo económico, el que le permitiría encargarse, él solo, de los problemas de la comunidad y prescindir del ejército del demos, al que hizo deponer las armas ante el templo de Teseo, en el ágora. Según Aristóteles, ayudaba a los pobres para que cultivaran la tierra y no tuvieran que estar constantemente presentes en la ciudad. Con ello pretende estabilizar a la clase campesina, lo que hace que en el futuro aparezca entre ellos como un nuevo representante de la edad de oro. Alternativamente, la ciudad adquiere un nuevo auge como centro cultural y religioso. Allí se traslada el culto de Ártemis Brauronia y los festivales rurales de Dioniso, transformados así en Dionisias Urbanas, lugar de desarrollo de los festivales dramáticos. También las fiestas Panatenaicas adquirirían nuevo vigor, sobre todo en la época de sus hijos Hipias e Hiparco. Este fue considerado una especie de mecenas cultural de la ciudad y de su transformación edilicia. Pero fue muerto en uno de los festivales por rivalidades aristocráticas, complicadas al parecer por celos amorosos de tipo homosexual, por obra de Harmodio y Aristogitón, que luego recibirían culto como tiranicidas como si fueran héroes de la democracia. En el siglo V, Tucídides pondrá en guardia a sus lectores contra esta interpretación. El historiador advierte que sólo más tarde fue derrocada la tiranía y ello con el apoyo de los espartanos.
LOS PRIMEROS PASOS DEMOCRÁTICOS: CLÍSTENES. A la caída de la tiranía volvieron a encontrarse enfrentados los miembros de la aristocracia, Iságoras, al que Aristóteles considera amigo de los tiranos, tal vez como modo de oponerlo a Clístenes, de los Alcmeónidas, familia considerada democrática y antitiránica. La lucha no se resuelve entre hetairíai, pues Clístenes, en situación de inferioridad en ese plano, acude al demos, al que, según Heródoto, trata como su hetairía. Alternativamente, Iságoras acude al rey espartano Cleómenes, con quien la familia mantenía las clásicas relaciones aristocráticas y panhelénicas de hospitalidad, xenía. Una vez más en el enfrentamiento se hallan entrelazados los conceptos de aristocracia y lucha gentilicia, de tiranía y de democracia, o búsqueda de apoyos populares, elementos que funcionan de modo contradictorio pero confluyente, para hacer comprensible la complejidad de la realidad social del momento. Iságoras, con sus amigos y el apoyo espartano, disuelve la boulé y expulsa a setecientas familias, seguramente las que formaban el entramado clientelar de los Alcmeónidas, para establecerse como dueño de la ciudad con trescientos de sus amigos. La multitud reaccionó de modo contrario, expulsó a Cleómenes y los suyos e hizo venir a Clístenes como prostates o presidente del demos y como hegemón, términos no institucionales, resultado de que el demos se había hecho dueño de la situación. Sobre estos condicionantes se inician las reformas democráticas.
LA DEMOCRACIA. Básicamente, la transformación consiste en una nueva estructuración del sistema tribal en el que, por un lado, se introduce el cálculo decimal como modo de racionalización. Las tribus pasan a ser diez y en ellas se encuadra toda la población sin tener en cuenta el antiguo sistema de cuatro tribus. En efecto, según Aristóteles, la reforma buscaba la anameixis, la mezcla de toda la población, prescindiendo de los vehículos tribales por donde se ejercía la influencia aristocrática. Clístenes, en efecto, ha triunfado gracias a su apoyo en el demos, no en los lazos representados por los hetairoi. Anteriormente, el sistema tribal consistía en cuatro tribus, dividida cada una de ellas en tres phratríai. Éstas se fundamentan en un conjunto indeterminado de gene. Los Eupátridas eran, de hecho, los eugeneis que controlaban el sistema a través de la estructura de la phratría. Clístenes recupera como fundamento el demos, unidad territorial donde se agrupaba, al estilo de las comunidades aldeanas, la población campesina. De este modo, la libera de las dependencias gentilicias al mismo tiempo que amplia el sistema y lo adecúa a la ciudad, con lo que agrupa en demoi las poblaciones de la ciudad (asty), de los territorios costeros (paralia) y de la mesogaia, las tierras del interior. Hay, pues, tres tipos de demos, que se agrupan a su vez en treinta trittyes. Cada una de estas trittyes está formada por un demos de un solo tipo, del asty, de la paralia, o de la mesogaia. De este modo, la trittyes se configura como un simple modo de agrupación, sin fundamento gentilicio. Por otra parte, cada una de las tribus está formada por tres trittyes (tercios), una de cada tipo, de tal manera que la tribu obtiene una estructura heterogénea y sirve de crisol para la mezcla de la población. Desde ahora, la onomástica ática se transforma para dar paso, frente al genos, al demos, de modo que Clístenes Alcmeónida queda sustituido por una fórmula del tipo Sócrates (hijo) de Sofronisco, del demos de Alopece. Los jefes militares de la tribu pasan a mandar sobre unidades heterogéneas de hoplitas, como phylarchoi, con tendencia a convertirse en los verdaderos jefes políticos de la polis. Los que eran orgeones, de estirpe desconocida, y los gennetai quedan integrados en una sola unidad. La nueva estructura permite a Clístenes inscribir en la tribu a quienes antes eran extranjeros y esclavos metecos, es decir, a quienes por no tener la ciudadanía quedaban al margen de los derechos cívicos y podían transformarse en esclavos. Ahora se garantiza el estatuto de meteco para quienes no siendo ciudadanos se consideran dignos de protección frente al creciente sistema esclavista. El sistema decimal influyó en el calendario político y en la boulé, ahora de quinientos, cincuenta por cada tribu. Si Aristóteles comparaba, en el antiguo sistema, a las tribus con las estaciones del ano y a las phratríai con los doce meses, porque en cada uno se ejercía la pritanía o presidencia permanente por una de las fratrías, con residencia en el Pritaneo, pequeño edificio dentro del ágora, ahora las pritanías corresponden a las diez tribus, en un calendario político de diez meses que se superpone al de doce, vigente todavía en el plano religioso para festivales y rituales. El origen antitiránico del sistema se tradujo en la institución del ostracismo. Cada año se votaba en la asamblea si era preciso que la ciudad se preservara de alguna amenaza tiránica y, de ser así, se celebraba algún tiempo después una sesión específica en que cada uno escribía sobre un óstrakon, o fragmento cerámico recogido del suelo del ágora, el nombre de la persona a la que consideraba peligrosa. Era necesario un alto quorum para que alguien fuera condenado al ostracismo, es decir, a permanecer diez años alejado de la ciudad, conservando, sin embargo, sus derechos y propiedades. Hasta el periodo conflictivo coincidente con las guerras médicas no se conoce la aplicación del sistema, usado ahora como arma en los conflictos políticos, tanto que la arqueología ha detectado en los depósitos de fragmentos la utilización de mecanismos para influir en los votantes, a través de la inscripción de un determinado nombre en un número considerable de óstraka que debía de estar dispuesto para repartirse entre los ciudadanos en el momento de la reunión.




V.- SEGUNDA EDAD DE HIERRO
Inicio: Año 500 a. C.
Fin: Año 200 a.C.

Tras la Edad de Bronce se desarrolla la Edad de Hierro caracterizada por el empleo de utensilios y armas de hierro. Si bien en el Próximo Oriente aparecen instrumentos de hierro en el III milenio, no será hasta el siglo XIII a.C. cuando alcance un importante desarrollo en Anatolia , especialmente entre los hititas, quienes tendrán el monopolio de su uso durante un tiempo. Las relaciones comerciales impulsadas por griegos y fenicios motivarán la expansión del hierro hacia Europa donde se desarrollan entre el siglo VI y el III a.C. importantes culturas como la geométrica en Grecia, la villanoviana en Italia o Hallstatt y La Tène en Europa central. El desarrollo a gran escala de la agricultura, de los intercambios y de los poblados serán características destacadas de este momento prehistórico.

1.- Europa Mediterránea. Asentamientos.

En el área mediterránea de la Península Ibérica, los análisis sobre el patrón de asentamiento comienzan a ofrecer los primeros resultados y, con ello, significativas diferencias dentro de la geografía de la cultura ibérica. Los estudios sobre el Alto Guadalquivir de A. Ruiz y M. Molinos, han confirmado la existencia, desde mitad del siglo V a.C., de un modelo de asentamiento único que en las fuentes históricas escritas es conocido con el nombre de oppidum, sin que tenga mucho que ver con lo que serán algunos siglos después los oppida celtas. Se trata de asentamientos localizados en alturas entre los 300 y los 800 metros sobre el nivel del mar, en puntos de amplias posibilidades estratégicas por su gran visibilidad y altura relativa y, sobre todo, en el caso de los que ocupan las campiñas de Córdoba y Jaén, por dominar las fértiles tierras de secano de su entorno. Hacia el este y del mismo modo en las altiplanicies de Granada, el modelo se modifica sensiblemente porque los asentamientos, también oppida, se localizan junto a las vegas de los ríos, perdiendo parte de su valor estratégico visual pero ganando en su disposición respecto a las redes de comunicación, así como asegurando su supervivencia económica en el marco de una agricultura de regadío. Presentan los oppida ibéricos patentes fortificaciones con torres y, en la mayor parte de los casos conocidos, se levantan sobre los viejos asentamientos fortificados del siglo VII. Por otra parte, son, en algunas áreas como el Alto Guadalquivir, tal y como se ha señalado, el modelo único de asentamiento, con distancias entre sí de 8 kilómetros de media y tamaños diferentes que se pueden expresar en tres escalas: una superior, entre 10 y 20 hectáreas, otra media, entre las tres y seis, y un tercer nivel, de pequeños núcleos, en torno a la hectárea. No se puede señalar por el momento si existiría otra escala superior en asentamientos como Porcuna o Cástulo, que fueron los grandes centros de la zona, al menos desde el siglo III a.C. y tal vez antes si se siguen las fuentes literarias. En el área valenciana, en torno al valle del río Turia, se observa otro modelo de asentamiento que podría ser algo más tardío, quizá a partir de mediados del siglo IV o inicios del III a.C. y que articula tres tipos diferentes de asentamiento, como han demostrado J. Bernabeu, C. Mata y H. Bonet. Esta vez a los oppida, que son escasos y se mueven en las escalas media e inferior de las referidas al Alto Guadalquivir (el asentamiento mayor es Lliria, con 10 hectáreas), se añaden pequeños caseríos sin fortificación y atalayas defensivas en los extremos del territorio del oppidum mayor, como es el caso del Puntal del Llops para los centros estratégicos o Castellet de Bernabé para las aldeas agrarias. En el área catalana, a los elementos reconocidos en el caso anterior se le añade la originalidad de presentar campos de silos, como se ha documentado en el Empordá, en las proximidades de la factoría griega de Emporio, o en el Bajo Llobregat. Por lo demás, mantienen el modelo valenciano de un gran oppidum, como se advierte en los casos de Ullastret o Burriac. El modelo citado, excepcionalmente en algunas áreas como la costa de Garraf, no muestra restos de fortificación en los asentamientos. En el entorno de Marsella, un complejo de núcleos de altura fortificados como Entremont o Saint-Blaise dan idea de un modelo nuclearizado que recuerda el recogido en el Alto Guadalquivir. No obstante, tienen unas características específicas y distintas a las recogidas en aquel caso y, sobre todo, falta información sobre el territorio. Más significativo es, en la bibliografía, el debate en torno al problema de influencia griega sobre el hábitat indígena, dada la proximidad de Massalia. Para autores como Treziny, apenas se puede observar helenización antes de los inicios del siglo II a.C., en el que hacen su aparición los planos hipodámicos en Entremont o I'Ille-de-Martigues o las fortificaciones como en el primero de los dos asentamientos citados o en Saint-Blaise. Durante el periodo anterior, tanto la construcción de las fortificaciones en piedra, con torreones circulares, como el trazado filiforme de los poblados sólo mostrarían el peso de la tradición indígena. En contra de esta opinión se barajan cuestiones como la construcción, desde el siglo VI y de forma generalizada en el V a.C., de casas con zócalo de piedra y adobe o la impronta que a través del Ródano se va dejando notar hacia el interior de Europa del efecto focense massaliota. En la península italiana también se conocen algunas referencias sobre el patrón de asentamiento, al margen del caso romano, ya un modelo clásico al que no se hará referencia aquí. En general, el desarrollo del siglo V a.C. muestra una serie de cambios importantes; así, en la Lucania desaparecen algunos núcleos, Ruvo del Monte o Ripacandida, en tanto otros, como Serra de Vaglio, sufren una importante transformación; en general, en esta área interior lucana del sur de la península, en Basilicata, se advierte un cambio en la estructura del paisaje sustituyéndose las antiguas aldeas por un sistema disperso que se hace patente en el segundo cuarto del siglo IV, si bien paralelamente se reafirma el sistema de núcleos fuertemente fortificados, unas veces ocupados, caso de Serra de Vaglio, y otras veces como simples recintos defensivos en los que concentrarse la población dispersa en situaciones críticas. Este último modelo que la investigación italiana conoce con el nombre de patrón de asentamiento pagano-vicánico o aldeano, ha sido muy bien estudiado en el área samnítica y sabina, que alcanza la vertiente adriática; se trata de una población dispersa que se organiza en factorías y se asocia a un gran recinto (oppidum) en el que son raros o inexistentes los edificios y es frecuente, también en la zona, la existencia de algún santuario local para las ferias periódicas. En la vertiente tirrénica y en el interior de la Campania, de nuevo en territorio lucano, se documenta asimismo el sistema de oppida fortificados asociados a un poblamiento disperso, es el caso de Roccagloriosa, que se muestra como un gran centro indígena desde el siglo V a.C.; sin embargo, aquí el proceso sigue una vía muy diferente al que se observa en el interior del territorio lucano, ya que la población en la segunda mitad del siglo IV salta la estructura fortificada disponiendo las estructuras de habitación de una forma muy regular, lo que se observa también en otros casos de la zona como Grumentum. Quizá en ello influya la expansión militar que en un momento dado había producido la toma de la colonia griega de Paestum por los lucanos. Hacia el norte, la presencia céltica se hace cada vez más evidente con sus sistemas de oppida y aldeas, como se documenta en el oppidum de Monte Bibele, una pequeña aldea de pocas casas que, sin embargo, muestra diferencias significativas en su necrópolis. En el tema de la planificación interior de los asentamientos para el área ibérica se constatan diversos modelos, que van desde los casos más pequeños con la planimetría de calle central o forma circular con espacio central vacío, muy documentados en el área catalano-levantina e identificados en las atalayas o las aldeas, como el caso de los sitios valencianos ya citados de Puntal dels Llops, Castellet de Bernabé o catalanes como Puig Castellet en Gerona, hasta planos muy complejos con acrópolis definidas por torres, también presentes en el área en el Bajo Ebro en el Coll del Moro. Un nivel con trazados más complejos, con diferentes manzanas y calles de distinto ancho, se documenta en los oppida de mayor tamaño; en Andalucía éste es el caso de Puente Tablas o Tejada la Vieja; en Valencia, de la Bastida o San Miguel de Liria, y en Cataluña, de Ullastret y Burriac. Respecto a la estructura de las casas ibéricas, se observa una amplia tipología donde el modelo más simple lo constituye los departamentos únicos documentados en las atalayas o aldeas que, en algún caso como Puntal dels Llops, han sido interpretados como espacios insertados en una unidad mayor, el asentamiento, en la que las unidades constructivas se complementan entre sí en las diferentes funciones domésticas. En otros casos, como la recientemente excavada casa de Gaihlan, en el sur de Francia, se ha advertido que la estructura única distribuía después interiormente el espacio en dos salas y utilizaba el exterior para desarrollar gran parte de la actividad cotidiana. En el otro extremo del área ibérica, se conocen unidades mayores como las casas recientemente estudiadas en Puente Tablas, Jaén, con un patio al fondo o a la entrada, semicubierto lateralmente y donde se dispone el hogar y la mayor parte de las actividades de consumo, y una estructura cubierta al fondo, a veces a la entrada, compartimentada lateral u horizontalmente, en algún caso hasta en tres estancias. Los modelos más complejos disponen una segunda planta sobre la parte cubierta y pueden llegar a añadir un cuerpo lateral al patio, también cubierto. En general, las casas oscilan en tamaño entre los 6 y los 170 metros cuadrados de superficie en los edificios domésticos. No obstante y con la salvedad del sur de Francia, donde en algunos poblados persiste la cabaña de materiales perecederos hasta fechas muy tardías, todos los edificios presentan zócalos de piedra y construcción de las paredes en tapial o adobe, sin poderse documentar, hasta el momento con anterioridad al siglo III o II a.C., según las zonas, sistemas complejos de servicios urbanos como la canalización del agua o complejos pavimentos en las calles; no así los silos y los aljibes, que están presentes en muchas casas a nivel privado y en las zonas vacías interiores de los oppida. Más complejo es el problema de los edificios singulares. En el sur de Italia, a partir de la destrucción del palacio de Braida en Serra de Vaglio, en la Basilicata, y la restructuración que sufre el poblado en el siglo V a.C., se levantaron varias casas señoriales o aristocráticas. De igual modo, estas situaciones se producen en la Daunia, con la persistente tradición de seguir enterrando cerca de la casa. En Forentum, en la Daunia interna, se construyeron cinco residencias aristocráticas a fines del siglo V a.C., con planta absolutamente idéntica, caracterizadas por un gran patio precedido por un pórtico decorado con un acroterio que muestra representaciones de caballeros. En la Península Ibérica, estos signos de isonomía se perfilan en los edificios singulares que se documentan en Campello, Alicante, o, más recientemente, en San Miguel de Lliria en Valencia. El primero, con un almacén frente a él, y el segundo, con un patio con un betilo central, y un pozo con cenizas, y un rico ajuar en su interior. El debate sobre estos edificios está abierto en la actualidad entre los partidarios de considerarlos templos o residencias aristocráticas.

Base económica
Es escasa la información que tenemos para la zona en materia de reconstrucción paleoambiental y de estudios sobre la producción vegetal o animal. No obstante, parece confirmarse que durante el siglo V a.C. el paisaje natural del área mediterránea occidental estaba compuesto preferentemente por encinas y pinos, como lo demuestran los estudios polínicos realizados en puntos tan distantes como Puente Tablas en el Alto Guadalquivir o el santuario rural de Pantanello en Basilicata, a 3 kilómetros de la colonia de Metaponte. Se desconoce hasta qué punto estos núcleos eran ya reductos del bosque mediterráneo, ya que en sitios como Castellones de Ceal, aguas arriba del Guadalquivir o Puntal dels Llops en Valencia, los restos polínicos recuperados destacan el papel del pino de forma dominante, aunque puede deberse a su disposición excéntrica respecto a los bosques de encinas. En el plano de la agricultura, continúa ejerciendo un fuerte predominio la producción cerealista, que en el Alto Guadalquivir domina sobre el resto de las herbáceas de forma poderosa, en una curva que tiende a alcanzar su óptimo a mediados del siglo V a.C. para descender después y recuperarse a fines del siglo IV. Dominan en el grupo la espelta y la cebada, así como el trigo duro, y comparte el cereal su presencia con las leguminosas, además del olivo y la vid. En Pantanello se da la misma articulación, con la salvedad de que no se documenta trigo duro y que, a partir de finales del siglo IV, se produce la caída del olivar y la vid, quizá por efecto de una estrategia diseñada por la colonia de Metaponte, y se desarrolla la producción de cereal con una tendencia al monocultivo, que incluso puede haber puesto en cuestión el modelo rotativo con las leguminosas, a juzgar por la baja que éstas también presentan en la curva polínica general. En el marco de la fauna, las variaciones son muy amplias, aunque parece apuntarse una tendencia al dominio porcentual de los ovicaprinos, a tenor de los resultados obtenidos en asentamientos muy distantes entre sí del ámbito mediterráneo. Pantanello, que mostraba primero una tendencia, durante los siglos VI y V a.C., al dominio del ganado bovino, sin embargo, a partir del IV a.C. da signos de potenciar los rebaños de ovicaprinos; igual sucede en la mayor parte de los asentamientos de la zona de Metaponte a partir de su inclusión en la chora, es decir, desde el siglo V a C.; un caso sintomático de estos cambios es Cozzo Presepe, un hábitat indígena que, en el siglo VI a.C., articulaba las tres especies (ovicaprinos, bovinos y suidos) de forma equilibrada, pero que a partir del siglo V a.C. ve caer la tasa de bovinos y suidos y aumentar considerablemente el número de ovejas. En el valle del Guadalquivir, conforme se desciende hacia su desembocadura, el dominio del bovino es significativo, como lo demuestran las series de El Carambolo Bajo, durante la fase orientalizante; sin embargo, conforme se asciende hacia la parte alta del valle, los porcentajes dominantes caracterizan a los ovicaprinos no sólo atendiendo a esta razón geográfica, sino al tiempo. En Puente Tablas, en el siglo III a.C., se confirma ya el dominio de los ovicaprinos, y en Peña Negra se realiza esta transición durante el periodo orientalizante. En términos generales, la fase que se inicia en el siglo V a.C. supone una importante transformación del paisaje, porque se hacen efectivos los cambios abiertos por las colonizaciones no tanto en materia de incorporación de nuevas especies, ya que el aceite o la vid se conocen desde el milenio anterior, sino porque se generaliza su cultivo. De este modo, en Basilicata se advierte que áreas que no habían sido cultivadas con anterioridad ahora con las especies arbóreas pueden ser puestas en producción, sin necesitar para ello demasiada mano de obra. Este proceso expansivo hacia nuevas tierras se define, hacia la mitad del siglo II a.C., en zonas del valle del Guadalquivir hasta entonces no cultivadas por la dureza de sus suelos, posiblemente por un cambio tecnológico que Wells recoge, como es la sustitución de la reja de arado de madera por la de hierro y la extensión del uso de la guadaña.

Relaciones distribución-circulación
La mayor parte de los autores coinciden en observar un proceso de recesión económica para el Mediterráneo occidental, e incluso para la Europa templada a partir del siglo V a.C., que, sin embargo, se hará efectivo un siglo después. Indudablemente, los cambios que se propician a partir de este siglo son significativos respecto al periodo anterior, no sólo porque suponga el hundimiento del rico mundo orientalizante y porque los productos que circulen ya no sean los excepcionales objetos del siglo VI a.C., y sí piezas comunes y estandarizadas, sino porque todo el sistema de redes de circulación de productos cambia sustancialmente. De hecho y como recoge Collis, algunos síntomas dejan ver la nueva situación; de una parte, se produce un interés de los mercados griegos por la Europa suroriental, que se observa en el auge de las relaciones con el mar Negro; de otra, griegos y etruscos deciden buscar nuevas vías para acceder a Centroeuropa, a través de los pasos alpinos del norte de Italia, de ahí la competencia abierta entre unos y otros por controlar la vertiente adriática con la fundación griega de Spina y etrusca de Marzabotto; por último, hay que añadir que el Mediterráneo occidental daba para esta fecha signos evidentes de una competencia romano-cartaginesa cada vez más conflictiva. De hecho, Marsella disminuye en su papel de centro fundamental de intercambio, como lo muestra la baja de los hallazgos de cerámica de figuras rojas respecto a la de figuras negras de la etapa anterior y ello puede estar en directa relación con el control cada vez mayor que Cartago ejerce sobre las rutas del sudoeste mediterráneo, lo que se avala en el estudio de A. Arribas sobre el pecio del Sec, un cargamento de productos griegos hundido en un puerto mallorquín controlado por los cartagineses, que se dirigía a cubrir la demanda de productos del sur y del levante de la Península Ibérica. En todo este entramado de razones no hay que olvidar el giro producido en los talleres de cerámicas ahora controlados por las producciones de figuras rojas áticas y, sobre todo, sus tipos estandarizados de baja calidad, como el kylix del Pintor de Viena 116 o por las producciones de la Magna Grecia que imitan prototipos áticos. Se ha de añadir que este giro en la estrategia de los intercambios se produce, además, por razones internas de las sociedades receptoras, que sufren procesos hacia la atomización del poder político, como lo muestran los modelos nucleares de los asentamientos del Guadalquivir o el sur de Francia o los conflictos internos sufridos en áreas como la lucana, que afectan de modo tan directo al desarrollo de algunas colonias de las vertientes tirrénica y jónicas y la gestación de una base social más amplia receptora de productos importados. El proceso se ajusta a lo que en algún momento se ha definido como los síntomas de isonomía de las sociedades indígenas, y que no deben presuponer un proceso democratizador al estilo griego, sino una tendencia hacia un modelo social de oligarquías aristocráticas, es decir, una isonomía sólo entre iguales. Este factor está en la base de las nuevas demandas y justifica seguramente muchos de los cambios producidos. Si se hace una valoración global de los ajuares de los enterramientos en los siglos V y IV, se observará que las tumbas ricas son menos ricas y las pobres menos pobres. El proceso que marca el paso del siglo V al IV a.C. va dejando a un lado las abundantes concentraciones características de las tumbas principescas, que todavía se documentan a fines del siglo V a.C. en casos como Melfi-Pisciolo, y va dando paso a un modelo de tumba masculina con los elementos propios del ritual del banquete y el simposio: las pinzas o el conjunto de vasos griegos que van desde la crátera al kylix y conforman el ritual del vino. Es interesante reseñar que este cambio advertido en la segunda mitad del siglo V a.C. no se muestra siempre igual, como lo deja ver la ausencia de las armas defensivas en Banzi, a fines del siglo V a.C., o por el contrario, su presencia en tumbas de inicios del siglo IV a.C. en Paestum en la Campania, una vez conquistada por los lucanos, en Forentum, en la Daunia y en las necrópolis del área ibérica. En cuanto al conjunto general de los enterramientos, en Forentum, a partir de la segunda mitad del siglo V a.C. se generaliza la presencia del kylix de barniz negro en muchos enterramientos, extendiéndose esta tradición durante el siglo IV; igual proceso se observa en la Península Ibérica, ya que desde fines del siglo V a.C. con la copa Cástulo y, sobre todo, a partir del segundo cuarto del siglo IV a.C. con el kylix Pintor de Viena, es frecuente que en tumbas significativamente pobres en ajuar y estructura se documente este tipo de producción cerámica. El hecho se constata en Cabezo Lucero en Alicante, El Cigarralejo en Murcia, Baza en Granada o Cástulo en Jaén. Si en el caso italiano el proceso deja suponer la puesta en marcha de talleres coloniales de la Magna Grecia, en cambio, en el caso español, gracias a la documentación ofrecida por el pecio del Sec, no cabe duda que la producción es importada. Si bien es cierto que las importaciones y en general ciertos productos de valor llegan a una gran masa de población, también lo es que dentro de estas producciones algunos elementos sólo circulan en determinados sectores sociales, así la crátera, que es componente característico de los ajuares en el Alto Guadalquivir, sólo se asocia a las tumbas de cámara o a las grandes cistas, es decir, a tumbas de gran calidad constructiva. De este modo, se van definiendo por áreas distintos tipos de ajuar aristocrático y otra serie escalonada de ajuares que responden sin duda a razones sociales; en Baza los ajuares con kylix, por citar un caso, siempre se localizan en el círculo que se define en torno a una gran tumba aristocrática y se cierra por una serie de enterramientos en grandes cistas, lo mismo que aquellos que tienen la falcata, la característica espada curva ibérica, y el soliferreum. En otros casos como Cástulo o Forentum, la falcata o la espada se muestran como parte del ajuar aristocrático y, en cambio, aparece generalizada la lanza en el caso de Cástulo, o la lanza y la jabalina en Forentum. La distribución de estos productos y los diferentes niveles de ajuar siguen también modelos espaciales distintos; así, mientras en la Daunia se localizan las necrópolis en el interior de los asentamientos, y dentro de ellos se observan posiciones agrupadas según su riqueza, las tumbas más ricas de Forentum se localizan en la acrópolis junto a las residencias aristocráticas; en cambio, en el área ibérica del sudeste de la Península, las necrópolis son núcleos bien definidos, próximos y exteriores al oppidum y en su distribución interna las tumbas de cámara y, en general, las más ricas se disponen, como en Baza, Galera o El Cigarralejo, en una posición excéntrica desde donde disponen la distribución del resto de los enterramientos. En el marco de estas tumbas complejas en ajuar, asimismo se advierten variantes significativas desde el punto de vista constructivo, que van desde las tumbas de cámara con frescos pintados en sus paredes en el área tirrénica, conquistada por los lucanos, o las de cámara ibéricas de la Bastetania, entre la provincia de Granada y Jaén, en casos como Galera o Toya, a los túmulos con empedrado del área murciano-alicantino-albaceteña (El Cigarralejo, Cabezo Lucero o Los Villares), o los enterramientos definidos por cenefa dibujada con cantos rodados en Cástulo. Conviene recordar que en el marco del Mediterráneo, el área italiana se decanta en este periodo por la inhumación, con variantes como el ritual samnio de posición supina o extendida y el tradicional daunio en posición fetal, mientras en la Península Ibérica es la incineración el modo de ritual dominante; es interesante citar que algunas zonas como la vieja área tartésica, después turdetana, no ha mostrado restos funerarios que se adscriban al periodo estudiado, lo que puede deberse a deficiencias en la investigación, pero también a tipos de ritual diferentes que no dejen huella, lo que implica un modelo que no produce circulación en el ámbito funerario y, sobre todo, una tradición cultural distinta.

2.- Europa templada y septentrional. Asentamientos.

La transición de Hallsttat D a La Tène A, en el siglo V a.C., no se presenta como un proceso de ruptura si se analiza en el marco global de la Europa central, sino como un desplazamiento del eje económico más fuerte de Hallsttat D hacia el norte, conformando así las bases de riqueza de los grupos de Hunsrück-Eifel y Aisne-Marne al oeste y Bohemia al este. Es en esta área, que cubre una franja muy amplia entre la Champagne y la Bohemia, donde se continúa y desarrolla la tradición de los centros fortificados y las últimas tumbas principescas, cuando los centros más importantes de Hallsttat D en su área clásica, como Heuneburg, han sido abandonados; sin embargo, el proceso al tratarlo de una forma particularizada se muestra mucho más complejo: en Befort, Luxemburgo, los resultados de la excavación, en opinión de algún autor como Collis, dan más una imagen de granja fortificada que de gran poblado. Diferente es la situación en Bundenbach en el Palatinado, donde parece existir una aglomeración significativa de población, pero en ningún caso da señales de ser un asentamiento como Heuneburg; es más, la mayor parte de los asentamientos se sitúan en llano y sin defensas, y es en estos últimos donde parece que pudo residir el sector más enriquecido de la sociedad. De todos modos, el paso al siglo IV a.C. en todas las zonas supone una importante caída demográfica, como lo prueba la reducción del número de tumbas en este lugar; también desde el punto de vista del poblamiento, en la zona de Bohemia se constata la desaparición de los poblados de altura y las aldeas se definen como el elemento más característico del patrón de asentamiento. Collis señala que habría que poner en relación esta baja poblacional y estos cambios en el patrón de asentamiento con los movimientos demográficos que se observan al iniciarse el siglo IV, y que las fuentes documentan en el 390 a.C. con el avance céltico en Italia hasta Etruria y la misma Roma. El proceso se ve muy diferente dos siglos después, cuando se muestra en el territorio el patrón de asentamiento de la llamada civilización de los oppida, que se inicia primero a fines de La Tène C en Checoslovaquia y Alemania central y, algo después, en Francia y el sur de Alemania. Se trata de amplios asentamientos en altura o llano, defendidos por una fortificación a la que no le importa atravesar en su discurrir vallonadas y alturas, como en Zavist en Bohemia y en Mont-Beubray en la Borgoña. Los tamaños varían entre 20 ó 30 hectáreas, aunque una veintena oscila entre 90 y 600 hectáreas y algunos alcanzan las 1.500, como Heidengraben en el Jura. Collis destaca dos aspectos significativos en la valoración del modelo del oppidum. Una primera cuestión, referida al desarrollo del proceso, indica una tendencia a abandonar los oppidum en llano por oppida de altura, como ocurre en Lebroux y Basilea; posiblemente se justifique este hecho porque se tienda a una concentración de población mayor, como se demuestra en Auvernia, en asentamientos como Mont-Beubray o Gergovia, el primero de 135 hectáreas y el segundo de 150. No obstante, en algún caso el oppidum en llano partió de una antigua aldea y se mantuvo en el mismo lugar; es el caso de Manching, con sus 200 hectáreas junto al río Danubio. En Checoslovaquia, en cambio, como se advierte en los oppida de Stare Hradisko y Stradonice, la construcción fue desde un primer momento en altura. La segunda cuestión responde a la tipología de los oppida y su distribución espacial, a partir de su estructura de fortificación. Collis destaca dos tipos constructivos diferentes, uno conocido como el muro gálico, que consistía en realizar un entramado interior de la fortificación por un sistema de postes horizontales, que a veces sobresalían al exterior de la fortificación e iban asegurados por espigones de hierro. El muro era de tierra, si bien podía ser revestido al exterior por piedra y en su cara interna presentaba un talud de tierra. El segundo sistema constructivo era el tipo Kelheim y consistía en una pared construida con postes verticales, revestida por piedra al exterior y, como en el caso anterior, reforzada al interior por un terraplén de tierra; para el investigador anglosajón, si bien el modelo de muro gálico pudo estar presente en Alemania, como en Manching, es más característico del área gala, en tanto que el tipo Kelheim es característico de la zona centroeuropea. El patrón de asentamiento de la civilización de los oppida no se limitaba exclusivamente a las áreas defendidas, aunque a veces como en Zavist, la fortificación más externa encerraba un tipo de asentamiento rural. En oppida como Mont-Beubray o Steinsburg se documentan pequeñas unidades dispuestas en sus proximidades que permiten concluir que el poblamiento de los oppida no era nuclearizado y que siguieron existiendo factorías y aldeas tal y como lo prueban los casos excavados de Steinebach en Baviera o Zaluzi en Checoslovaquia. El hecho lo destaca el propio César, cuando señala que entre los helvecios había 12 oppida, 400 vici, que deben interpretarse como aldeas y un número indeterminado de factorías, que define como edificios privados. Ello no excluye que en este marco los oppida se presenten como los centros que congregan las mayores concentraciones de población; de hecho, las estimaciones demográficas superan todos los cálculos realizados para las fases anteriores; así, a Manching se le calcula 1.700 habitantes, y a Zavist 3.400. Para Wells, con una posición más cauta, la mayor parte de los oppida oscilaron entre 1.000 y 2.000 habitantes. En lo que respecta a la estructura interna de los oppida, uno de los casos mejor estudiados es Manching; a través de su investigación se sabe que la ordenación interna del asentamiento fue planificada de antemano, con calles de más de 10 metros de ancho, bordeadas por edificios rectangulares construidos en madera. Dentro del asentamiento se documentan áreas especializadas, separadas por empalizadas, como los grandes edificios interpretados como graneros o como posible barrio de artesanos y metalúrgicos, y áreas que se han interpretado para pasto del ganado, ya que la zona densamente ocupada con trazado de calles ocupa sólo 80 hectáreas. Este modelo de asentamiento, que tuvo incluso espacios para la acuñación de moneda, muestra el desarrollo de obras de carácter público como las calles empedradas de Hrazany en Bohemia, con edificios rectangulares que, a diferencia de Manching, son construidos con zócalo de piedra. Sin embargo, en ningún caso se documentan casas que se pueden interpretar como residencias aristocráticas o centros públicos, aunque son mencionados por César; no obstante, Collis resalta que algunos grandes edificios cercados, como los documentados en Villeneuve-Saint-Germain o el propio Manching, pudieron ser residencias de un grupo social dominante. Las casas son las que en algún momento hemos destacado por su función artesanal. Algunas áreas europeas incluidas dentro del área celta ofrecieron, sin embargo, modelos diferentes de poblamiento, como se ha observado para el norte de Italia y ahora se valora en las islas Británicas y en el área atlántica de la Península Ibérica. En el primer caso, está muy presente la tradición agropecuaria ya señalada en el periodo anterior y que primaba a lo largo de la Edad del Hierro el papel de la granja, es decir, de las unidades aisladas sobre el resto de los modelos de poblamiento; en todo caso, se puede apreciar con el correr del tiempo una cierta diferencia de tamaño entre los casos más antiguos, que partirían de los siglos VII y VI a.C., como Little Woodbury y los más modernos, caso de Gussane All Saints. En el siglo I a.C., como ocurre en Europa, se produce la concentración pero aquí se hace de dos modos: en el sur, a partir del desarrollo y engrandecimiento de los antiguos "hill-forts": Maiden Castle o Danebury; que ahora aparecen con varias líneas de defensa para la guarda del ganado, aunque el hecho coincide con la reordenación interior del asentamiento, si bien manteniendo siempre la tradición de la casa de planta circular. En todo caso y como señala Cunliffe, la población nunca superó los 350 habitantes. En la nueva situación debió jugar un gran papel el puerto de Hengistbury Head, que fue un asentamiento de la primera Edad del Hierro, muy reforzado en su papel comercial a partir de fines del siglo II a.C. Por el contrario, hacia el este y el sudeste, se abandonan los antiguos "hill-forts" y ya en el siglo II a.C. aparecen poblados defendidos por terraplenes, como Colchester, y localizados en los puntos estratégicos de las vías de comunicación definidas por los ríos y sus desembocaduras. En la Península Ibérica, hay una gran diferencia entre las unidades de poblamiento próximas al área ibérica, en La Mancha o Aragón, que tarde o temprano asumen ciertas tradiciones ibéricas y que producen grandes asentamientos como los casos de Complutum en Alcalá de Henares o Toletium entre los carpetanos y Bílbilis o Contrebia entre los celtiberos, con una significativa jerarquía territorial, y el noroeste, donde destacan el grupo de asentamientos vacceos, caracterizado por grandes núcleos muy distanciados entre sí, o Galicia y Asturias, con el mundo de los castros caracterizados por situarse en posiciones de altura, con fortificaciones, a veces dobles, y con casas de planta circular sin orden aparente en su distribución interna. En la Europa septentrional, el modelo conocido en la fase anterior continuará con las mismas características de hábitat disperso, ya documentado. Sólo a fines del milenio se observará una tendencia al aumento de tamaño de algunas granjas y se observará la aparición de las primeras fortificaciones.

Bases económicas
Como ocurre en el área mediterránea, uno de los factores que caracteriza el periodo es el desarrollo de una estrategia agrícola extensiva a partir de la ampliación de las áreas a cultivar, es decir, colonizaciones de tierras altas que antes no habían sido tratadas desde este sector económico; es éste el caso de los Vosgos en Francia, donde se documenta por primera vez la agricultura en el 300 a.C., en Westerwald en Alemania central o en los Alpes suizos. Paralelamente, se advierten ciertos cambios en la producción de especies vegetales y animales, que profundizan en la línea de especialización planteada en el periodo anterior; de hecho, se constata un significativo aumento del centeno, junto a las tradicionales producciones de cebada y espelta. En la fauna, al menos los resultados de Manching y de Altburg bei Bundenbach en Alemania, muestran la importancia de los bovinos, que en el caso del primero de los asentamientos pueden suponer hasta el 85 % del total del consumo de carne, siendo la caza en Manching sólo el 0,2 % del total de los restos faunísticos. Ello no quiere decir que el modelo agropecuario celta fuera único, y buena prueba de ello es el papel que los grandes rebaños de ovejas jugaron en la zona francesa tal y como reconocen las fuentes escritas. Los cambios en el sector agropecuario se articulan, en opinión de Champion, con dos factores: de un lado, el aumento demográfico, que ya supuso a principios del siglo IV un avance de la población céltica sobre el norte de Italia y en el III a.C. sobre los Balcanes y Grecia, y de otro, la demanda de productos básicos de las regiones mediterráneas, que provocó la exportación a Italia de grano inglés, carne de cerdo alemana y productos lácteos de los Alpes. Si son importantes las informaciones que nos inducen a pensar en un sector agropecuario que sigue modelos cada vez más especializados y extensivos, según las zonas, en relación con ello hay que poner los cambios tecnológicos producidos a lo largo del siglo II a.C., como las puntas de arado en hierro y las guadañas que Wells cita como factores básicos para aumentar la producción y poner en desarrollo nuevas tierras y suelos más duros; otros factores, asimismo tecnológicos como el molino giratorio, parecen imponerse hacia la misma fecha en toda Europa central; por último, hay que añadir también los campos célticos de dudosa adscripción cronológica, pero que de ser localizados en esta fase debieron permitir un mejor cuidado de los campos al ser cercados, ya que evitarían la entrada de los animales y debieron potenciar la tendencia a la afirmación de la propiedad familiar. Hasta el momento, sin embargo, los campos célticos con sus pequeñas parcelas sólo se documentan en áreas del norte de Europa, es decir, en zonas no célticas como Holanda, Dinamarca y Suecia, advirtiéndose también en las islas Británicas, en Woolbury o Danebury en Hamsphire y en zonas marginales de Francia, de relativa pendiente en la vertiente occidental de los Vosgos, o en algunos bosques de la Lorena. Con los estudios agrarios de este periodo se han establecido los primeros modelos teóricos agrarios. El más conocido es el de Glastonbury en Somerset, Inglaterra, desarrollado por D. Clark para el siglo II a.C. El asentamiento se localiza en una zona pantanosa, casi impracticable para la agricultura de noviembre a mayo; atendiendo a ello, el territorio en torno al poblado se articula en tres círculos: el primero - el infield - se dedicaría al cultivo de la cebada de invierno; el siguiente - el outfield -, al trigo de primavera y a los guisantes alternativos del barbecho; el último círculo, el más exterior, ocupado por el pantano, permitiría ser explotado por la caña y los pastos. Ello, en lo que hace referencia a un territorio restringido de producción, ya que a un nivel más amplio se localizarían áreas compartidas con otros grupos para el desarrollo de la trashumancia. El segundo modelo ha sido elaborado por G. Lambrick para el alto valle del Támesis. Su modelo es extremadamente especializado, ya que considera que sobre la primera terraza, frecuentemente inundada, se localizaría un tipo de hábitat estacionario dedicado a la cría de ganado bovino y caballar, mientras que en la segunda terraza se localizarían las granjas, las labores agrícolas y el ganado ovino. Un proceso diferente caracteriza la Europa septentrional, donde el ambiente climático se hace más duro y los suelos ya no responden, por el agotamiento que les produce el uso continuado, al modelo agrícola documentado en la primera mitad del primer milenio. De hecho, Kristiansen documenta en Dinamarca para esta fase las primeras concentraciones sobre los mejores terrenos. Sin embargo, la solución no se hizo en esta línea, sino modificando las estrategias agrarias en varias direcciones. Por una parte, intensificando el trabajo agrícola mediante la parcelación y la concentración del ganado en la parcela para usar el abono; por otra, cambiando como se hacía en Europa algunas especies vegetales por el centeno, más resistente al frío, y, desde luego, fomentando el trabajo del hierro. En otro nivel se han de destacar avances tecnológicos de interés. La fabricación de la cerámica, por ejemplo, hará aparecer el torno de alfarero y nuevos hornos, pero también auténticos barrios artesanos. En Manching se ha comprobado que el oppidum producía cuatro tipos diferentes de cerámica. De los nuevos hornos se conoce el de Gellerthegy-Taban, en Hungría, que formaba parte de un complejo de producción cerámica con las fuentes de extracción de arcilla muy próximas. En l'Ile-à-Martigues, en la desembocadura del Ródano, se conoce un modelo de horno con tres cuerpos: una cámara de cocción apoyada sobre otra de calor desmontable y ambas dispuestas sobre el hogar, que es portátil. La arcilla no ofrecía, como es sabido, grandes problemas para su localización, lo que propició que los centros de producción no dependieran de las áreas donde ésta existía, como ocurrió con otras materias primas; no obstante, en algún caso se produjo una especialización por ella; se trata de la arcilla utilizada para la elaboración de la cerámica grafitada, que era muy apreciada por su capacidad para soportar las altas temperaturas que imponía la nueva técnica. Esta demanda propició la explotación de los bancos de arcilla de Passau en Baviera y Ceské Budejovice en Checoslovaquia. Se ha podido saber que esta arcilla se transportó a una serie de centros productores como Manching. Diferente es el sistema productivo cuando se trata de explotar los filones de hierro, sobre todo de hematita, que es de fundición más fácil, de lignito o las minas de sal, porque se tiende a situar el centro productor cerca de la mina; así se comprueba para el caso de la producción del hierro en Manching y Kelheim, en Alemania o en Trisov y Stare Hradisko en Checoslovaquia. La producción no solamente se hacía en los oppida, granjas como Steinnebach en Baviera o Gussane All Saints en Inglaterra, también ofrece restos de esta producción. En general, la localización de los hornos de fundición se hacía fuera de la zona habitada o en barrios bien aislados por el peligro del fuego; en algún caso como Burgenland en Austria, se organizó un pequeño centro productor, con más de un centenar de puntos de fundición, dos tercios de ellos contemporáneos del siglo I a.C., para completar la producción de un asentamiento mayor: Velemszentvid. El tipo más frecuente de horno de fundición se practicaba en un pequeño hoyo circular, con una chimenea troncocónica de cerámica y un sistema de toberas para la entrada del aire al nivel del suelo. De la explotación de la sal, el caso más conocido es Dürrnberg que, a partir del 400 a.C., heredó la tradición económica y la hegemonía de Hallsttat. Su traslado se debió posiblemente a las mejores tierras que aparecían en torno al nuevo asentamiento, pero sobre todo a la mayor facilidad de comunicación. Según Wells, la unidad productora estaba compuesta por tres o cinco familias cada una, es decir, entre diez y veinte personas. Un último aspecto en el campo de las nuevas tecnologías se produce por efecto del desarrollo de la metalurgia del hierro. En Manching, las herramientas fabricadas en este metal superan las doscientas en opinión de Jacobi, lo que implica una especialización que ya no se explica en los ámbitos domésticos, sino en los talleres artesanales de profesionales del metal. Para este momento, la producción de hierro ya se ha generalizado a toda la población y el metal, que da nombre a la época, se utiliza de forma indiscriminada en todos los sectores económicos e incluso para levantar las fortificaciones.

Sistemas de distribución y circulación
Uno de los procesos que caracterizan el desarrollo de la segunda mitad del primer milenio, es la progresiva sustitución de los sistemas de distribución que habían caracterizado el periodo anterior. Los bienes procedentes del Mediterráneo ya no acceden a las grandes tumbas principescas con la misma intensidad y coste, porque los rituales de enterramiento han cambiado sustancialmente y ahora no contemplan la práctica de dar signos de enriquecimiento desmesurado. Tan sólo una zona continúa con la tradición anterior, se trata del área de Hunsrück-Eifel y, en menor medida, de la Champagne, Bélgica y el centro del valle del Mosela, donde son frecuentes los enterramientos con carro, ahora de dos ruedas y con los productos procedentes del norte de Italia. A fines del siglo V a.C. también esta zona acaba por perder esta tradición; los ricos enterramientos de Reinhein y Waldalgeshein, con sus torques y brazaletes de oro, son los últimos en mostrar la vieja tradición. Paralelamente al proceso citado, el desarrollo de las producciones indígenas fue aceptado por su propia población, de tal modo que en el siglo V a.C. ya se puede hablar de un estilo orientalizante celta e incluso en Waldalgeshein de un taller. El armamento de producción celta se hace patente también en la fase más antigua de La Tène en Champagne, donde los productos de importación son también escasos, allí es frecuente encontrar en las tumbas carros, espadas, lanzas, yelmos de bronce y complejos arneses y guarniciones de carro. Con la llegada de los últimos siglos del milenio, la tendencia a cubrir con productos indígenas las demandas locales parece ya un hecho. En algún caso como Suiza, los herreros llegaron a firmar sus espadas, aunque no está claro que llegaran a la especialización entre ellos. De todos modos, los productos de metal sí debieron generar distintos circuitos de distribución según su calidad y función, siendo así que las espadas y las armaduras parecen tener un circuito de distribución mucho más amplio que las fíbulas u otros productos de adorno o formas cerámicas como los recipientes de cerámica grafitada; no obstante, los circuitos fueron en el primer caso poco frecuentes, y en el segundo locales. Incluso el mismo hierro, en forma de lingote de doble punta, también circuló hacia los talleres que no se encontraban cerca de las minas. La distribución de los productos importados y en general de los estandarizados en el mundo indígena, durante la etapa de la cultura de los oppida, se dirige preferentemente al poblado y no a la necrópolis, y no muestra, por lo conocido hasta ahora, una preferencia por un tipo de casa u otra. Es una excepción, sin embargo, el norte de Francia y el sudeste de Inglaterra que, a fines del siglo II y hasta la mitad del siglo I a.C., recuperaron la vieja tradición de concentrar los productos más ricos en las tumbas, como se documenta en Goeblingen-Nospelt en Luxemburgo o Snettisham e Ipswich en Inglaterra, con recipientes de bronce de Campania, copas de plata itálicas, ánforas vinarias Dressel Ib, fíbulas de plata del norte de Italia y torques de oro de producción local. En Europa septentrional no se advierten signos de diferenciación en el acceso a los productos hasta el siglo I a.C. A partir de esa fecha, sin embargo, como ocurre en Inglaterra y el norte de Francia, se documentan los primeros enterramientos ricos y con presencia de carro, con la sustitución de la incineración por la inhumación y el interés por los productos relacionados con el vino. No obstante, el intercambio de productos por el ámbar, que había sido una de las bases de su sistema de relación externa, cayó significativamente durante gran parte del periodo.


VI.- GRIEGOS CONTRA PERSAS
Inicio: Año 500 a. C.
Fin: Año 400 a. C.

La época de las guerras médicas suele servir como barrera para la división entre la Grecia arcaica y el clasicismo no sólo porque, al margen de los criterios artísticos que condicionaron la periodización de la historia griega, una guerra generalizada resulte criterio notable y señalado, heredero además de una concepción fáctica que no deja de tener peso sobre todos los períodos históricos, sino también porque en esas guerras se produjeron los elementos necesarios para la formación del clasicismo. La autoconciencia de los griegos frente a los bárbaros, la tendencia predominante a establecerse el modo de producción esclavista, la presencia condicionante y determinante de Atenas y del sistema democrático, la formación del pensamiento clásico y las rivalidades entre ciudades pueden ser algunos de los rasgos que definan la historia de los siglos V y IV, antes de la presencia de Filipo, los cuales, si bien constituyen la herencia del arcaísmo, también reciben una especial forma de giro y definición en el período de enfrentamiento con los persas.

1.- Causas y antecedentes

La actitud de los persas hacia los griegos y sus disputas con los lidios y los jonios de Asia están entre las causas de las Guerras Médicas. Los deseos y sus sucesores de Darío de ampliar su imperio hacia el Mediterráneo y el Egeo motivarán el choque definitivo entre los dos enemigos que se iniciará con la revuelta jónica y finalizará con la derrota persa en Platea y Mícala, tras haber vencido en las Termópilas.

Los Persas
A lo largo del siglo VI se produce en el Próximo Oriente asiático un movimiento expansivo espectacular que parte de los pueblos nómadas de Persia para crear un imperio superpuesto a todos los anteriormente vigentes en la zona, con organización más sólida y un sistema de control más eficaz. Desde que Ciro sustituye a Astiages y lleva a cabo la unidad de medos y persas, sus planes se revelan claros en el control de Armenia y del territorio de los caldeos. Se trata de consolidarlos por medio de fuertes y guarniciones para permitir que los pueblos sometidos trabajen sus tierras y lleven sus ganados a los pastos. Con la protección del rey, se intensifica la producción, lo que aumenta las rentas de los dominantes armenios y caldeos y garantiza el tributo debido al protector. Por ello, el imperio se preocupa específicamente de conservar las poblaciones sometidas, elemento clave para la producción y para la organización de los ejércitos que puedan garantizar la reproducción territorial del mismo. Trabajo y crecimiento son los lemas que se difunden en los mecanismos ideológicos del imperio aqueménida. Éste es el espíritu que lleva a la conquista de Lidia y de Mesopotamia, como alargamiento de la dependencia tributaria, donde todos se sienten defendidos por el rey, en un sistema que se configura ideológicamente como equilibrado y simétrico.

Los lidios
Como consecuencia tardía de la desaparición del imperio hitita, en Asia Menor se producen diferentes movimientos y conflictos, con la presencia de cimerios y escitas, hasta que en el siglo VII parece definirse la formación de un reino lidio. Las tradiciones le atribuyen desde el primer momento una gran riqueza, que caracterizaría al rey Giges, fundador de la dinastía de los Mérmnadas, en conflicto con Candaules. Antes, el rey Midas ha dado ocasión, en Frigia, con su riqueza al nacimiento de la leyenda del que transforma en oro cuanto toca. La tradición atribuye a Lidia el origen de la moneda y de la tiranía griegas, dos rasgos característicos de la evolución del arcaísmo hacia formas productivas y sistemas políticos coherentes, capaces de estructurar una nueva sociedad. Creso, a mediados del siglo VI, igualmente famoso por su riqueza, entró en contacto contradictorio con los griegos de las costas de Asia Menor. Desde Giges, los lidios los habían atacado esporádicamente, pero también habían establecido con ellos relaciones de colaboración que favorecieron en gran medida los contactos de las ciudades griegas con oriente, promotores de su prosperidad económica y desarrollo científico y cultural. Creso fue el primero que, según Heródoto, se dedicó a conquistar ciudades. Su modo de intervención fue el de la imposición de tributos, sin que parezca haber interferencias de tipo político. Posiblemente, los gobernantes de las ciudades, aristocracias o tiranías, se acomodaban al sistema tributario a cambio de la estabilidad que los lidios podían proporcionar a su propio dominio. Creso, por otro lado, experimentó un fuerte proceso de helenización que facilitaba en lo ideológico las relaciones creadas. Creso consultaba el oráculo de Delfos, buscaba la alianza con Esparta y, en un diálogo ficticio, Heródoto lo convierte, frente a Solón, en el personaje alternativo al sabio moderado, el rey que aspira a la riqueza y se halla satisfecho con lo que considera su felicidad, sin darse cuenta de que, en la mentalidad griega soloniana, tanta felicidad trae consigo de manera inevitable la ruina y la destrucción. Como personaje externo al mundo griego, Creso sirve como modelo del tirano, consciente de su propia felicidad e inconsciente de sus peligros. En efecto, en la época de Creso, que confiaba en poder destruir un gran imperio, el de los persas, lo que hicieron los lidios fue destruir el suyo propio, por la propia iniciativa del rey, confiado en su fuerza y en el oráculo ambiguo de la Pitia délfica, que no especificaba qué gran imperio iba a destruir.

Los jonios de Asia
La historia de las ciudades jónicas de Asia Menor representa un variado mosaico donde cada una sigue una trayectoria diferente. Las tiranías y las monarquías dinásticas tradicionales se alternan en el plano político, lo mismo que algunas ciudades se integran activamente en el proceso colonizador, mientras que otras se limitan a garantizar el control de los territorios agrícolas del entorno. Las relaciones con los lidios han sido igualmente variadas y, a partir de la toma de Sardes, la capital lidia, por los persas, se orientan en sentido contrario a ellos. Las divergencias se producen también en el interior de las ciudades, pues Tales de Mileto fue el promotor de un movimiento de resistencia concentrado en el Panjonion, el santuario que pretendía erigirse en centro de cohesión de toda la etnia jónica, mientras que los gobernantes de la misma ciudad de Mileto se inclinan al acuerdo con los persas. En otras ciudades, la unanimidad fue mayor y los foceos aprovechan sus anteriores contactos con el Mediterráneo occidental para acudir a fundar nuevos asentamientos, mientras los de Teos emprendían la expedición a Abdera, en la costa norte del mar Egeo. El sistema persa de intervención era igualmente tributario, apoyado normalmente en tiranos sostenidos por ellos, que garantizaban el control de la costa y los estrechos para emprender nuevas campañas. Al mismo tiempo algunas ciudades, como Atenas, vieron favorecida su intervención en las costas asiáticas, posiblemente a través de la colaboración familiar de algún genos como el de los Alcmeónidas.

Los persas en el Mediterráneo
En la época del sucesor de Ciro, Cambises, el imperio experimentó un nuevo crecimiento en las costas mediterráneas, pues, tras haberse puesto en contacto con los fenicios y los griegos de Asia, los persas estuvieron en condiciones de ampliar su campo de acción en el mar, con el uso de la flota de los nuevos pueblos sometidos. En Chipre y la Cirenaica entran en contacto con los sectores más activos de los intercambios mediterráneos. En tales condiciones, los persas se encontraban en disposición de penetrar en Egipto. Aquí reinaba, hasta 526, el faraón Amasis, considerado el último de los grandes faraones, en cuya época los egipcios mantuvieron intensas relaciones con los griegos y los fenicios que estimulaban los intercambios en el Mediterráneo oriental. Como Creso en Lidia, se sintió atraído por los aspectos más notables de la civilización griega y contribuyó a la reconstrucción, tras un incendio en 548-547, del santuario de Delfos. Para Heródoto, se convirtió en un paradigma de esa sabiduría egipcia que debía de servir de modelo a los griegos, de tal modo que, en la alianza que sostuvo con Polícrates de Samos, es el egipcio el prototipo del moderado, el que se asusta ante el exceso de riqueza del tirano y le aconseja desprenderse del objeto más precioso de su posesión, el famoso anillo de Polícrates que luego retornó a sus manos en el vientre del pez de que le hizo obsequio un pescador. Para Amasis, esta excesiva fortuna fue motivo de ruptura, pues no podía dejar de provocar compensatoriamente una enorme desgracia. Samos y Egipto serían igualmente víctimas del imperialismo persa. En Egipto, los persas y Cambises son objeto de una fama contradictoria. Su actitud parece haber sido permisiva, pero también corre el rumor de haberse comportado violentamente con los dioses egipcios, lo que puede relacionarse con el movimiento de rebelión encabezado por Psamético y con la fuente griega, transmitida por Heródoto, tendente a configurar una imagen persa especialmente negativa, mientras que los egipcios gozaban y gozarían de buen prestigio entre los helenos.

La restauración de Darío
De todos modos, la época de Cambises, que, por una parte, representa un período expansivo, es también, por otra, un período de convulsiones internas, posiblemente porque los nuevos contactos con pueblos que sostienen relaciones de cambio y tienen acceso a las mercancías que se mueven por todo el Mediterráneo pudieron afectar a las estructuras internas de poder y crear reacciones positivas y negativas. En el episodio que llevó a la revuelta contra Cambises están implicadas las relaciones familiares de la dinastía reinante, pues el usurpador, según Heródoto, trataba de presentarse como Esmerdis, hermano de Cambises, a quien éste había mandado eliminar. El usurpador era, por otro lado, un mago, de la casta sacerdotal de los medos, en lo que puede haber implicaciones, tanto de carácter territorial y étnico, signo de supervivencia de la primitiva rivalidad entre medos y persas, no superada, como otras que afectaron directamente a la forma de poder y a la capacidad de influencia de la casta sacerdotal, en un tipo de enfrentamiento, frecuente en el Próximo Oriente, entre el poder regio y los sacerdotes, que constituyen en otras ocasiones las dos caras del ejercicio del control por las armas y la ideología, tendentes a la colaboración y las alianzas. Los magos suprimieron el tributo y el reclutamiento y destruyeron lugares de culto, señal de que, de alguna manera, representaban fuerzas insatisfechas con las tendencias dominantes en el imperio, cuyas conquistas afirman el sistema tributario y fortalecen los signos del poder divino, modo de consolidar a su vez ese poder conquistador. Parecería, sin embargo, que esta mecánica tendiera a crear rechazos en sectores no bien determinados. La inscripción de Behistún se refiere a revueltas coincidentes con la usurpación en distintos lugares del imperio, lo que lleva a pensar que la rebelión de Esmerdis pudo tener su fundamento en un movimiento centrifugo. La revuelta tuvo, sin embargo, un éxito efímero, pues la configuración imperial y el expansionismo habían dado la fuerza suficiente al rey y a la nobleza colaboradora para que, manejando los hijos del sistema organizativo, la aristocracia pudiera restablecer la unidad y acabar con la rebelión. Heródoto habla de siete nobles persas como los protagonistas de la acción restauradora. Uno de ellos, Darío, se vinculaba genealógicamente a la familia de los Aqueménidas y, en las inscripciones citadas, se atribuye el mérito principal en el aplastamiento de todas las acciones que resonaran a lo largo del territorio imperial. Según Heródoto, tras la victoria, los nobles persas se planteaban el problema de cuál pudiera ser el régimen adecuado para la nueva situación creada y participan tres en el debate, a favor de la democracia, de la oligarquía y de la monarquía. A pesar de que el debate contiene todas las características para considerarlo dentro de un género propio de la Grecia o, mas bien, de la Atenas de la época, puede resultar igualmente significativo de la situación persa misma, que se debate entre las formas de organizar políticamente un imperio en crecimiento, dentro del que surgen problemas como resultado de la integración de realidades sociales y económicas tan sumamente diferentes entre sí.

El Nuevo Imperio
Con la victoria sobre los magos en el año 521 a.C., se restaura un nuevo imperio que cuenta con el apoyo solidario de la nobleza, perfectamente integrada en un sistema concentrado en el poder del rey. Las inscripciones de Behistún, que conmemoran sus victorias, ponen también de relieve la estrecha vinculación con el poder del dios Ahura-Mazda, vencedor del mal, creador de la unidad, protector del nuevo rey. Paralelamente, en el imperio se lleva a cabo un nuevo esfuerzo administrativo que se traduce en un reforzamiento del sistema tributario fundamentado, no sólo en la fuerza de las armas, sino en la racionalización del sistema circulatorio, tanto para las mercancías, a través de las redes de caminos, como del nuevo sistema monetario, basado en el oro, instrumento eficaz para una circulación fundamentalmente vertical, entre los contribuyentes y el poder. Sin embargo, los controles territoriales se traslucen también en una política expansiva, dirigida a consolidar las posiciones del Egeo y a controlar, al norte, a los escitas, junto con otras campañas en las fronteras egipcias del sur y en la India, que no afectan a las relaciones con los griegos de modo directo. La campaña contra los escitas situados al norte del Danubio es objeto de la atención del libro IV de la "Historia" de Heródoto. Las especiales características de este pueblo pusieron de relieve las dificultades con que podía encontrarse un gran imperio, basado en el reclutamiento y en el tributo, en el momento de su máxima consolidación, para controlar poblaciones lejanas, estructuradas socialmente de manera tribal, incapaz de hacer frente a un ejército con disciplina y orden. Los escitas se escabullían y se presentaban de manera inesperada, de tal manera que Darío tuvo que renunciar al control de sus territorios.

Darío y los griegos
Las circunstancias por las que atraviesa el imperio persa produjeron reacciones contrapuestas entre los griegos, de acuerdo con las distintas formas políticas que en las ciudades existían. Algunas de ellas iniciaron una rebelión, que el poder persa aplastó con facilidad. Sin embargo, los problemas internos parecen haberse trasladado a la periferia y manifestarse en la acción de Otanes, que fomenta las democracias entre los griegos, el mismo que había defendido la democracia en el debate político de los tres persas que, según Heródoto, se plantea en el momento de la restauración. De todos modos, la actuación persa adquiere aspectos divergentes, pues resulta igualmente defensora de la democracia y de la tiranía, de acuerdo con circunstancias específicas que, a veces, más que a lo que el protagonista persa pensara de la política, podía responder a la oportunidad de la coyuntura concreta, orientada con ánimo de consolidar el poder imperial. Para los persas se hizo especialmente importante controlar los estrechos en el paso de Asia a Europa. En el Quersoneso se había establecido como tirano, con el apoyo de los Pisistrátidas, Milcíades, ateniense del genos de los Filaidas, que había instaurado una especie de estado con la agrupación de las aldeas locales de los doloncos. En el momento de su expulsión, los Pisistrátidas todavía controlaban en la Tróade el asentamiento de Sigeo. Todo favorecía una política de colaboración, que después se reconocerá por los persas en la protección a Hipias fugitivo, cuando, en cambio, Milcíades había abandonado la alianza con los Pisistrátidas. En Mileto, la tiranía sufre coincidentemente una modificación significativa cuando se produce la sucesión en la persona de Histieo, al tiempo que impone sus condiciones el poderío persa. El tirano se convierte en una especie de rehén, encargado de proporcionar ejércitos mercenarios que colaboren en las conquistas persas. Se conoce su colaboración en la expedición contra los escitas, en el plano militar y en el de los consejos, como el del desmantelamiento del puente para evitar la persecución de los enemigos. Luego se convertiría en consejero de la corte. La situación se acercaba a la del prisionero, debido probablemente a las intrigas y celos interiores en la corte del rey. Su sobrino y yerno Aristágoras vio la oportunidad de reforzar su poder en Mileto apoyando a los oligarcas de Naxos, a los que los persas querían situar frente a los demócratas que habían sustituido al tirano Lígdamis, instalado gracias al apoyo pisistrátida, a cuya tiranía había igualmente colaborado él. El fracaso del intento debió de influir en los acontecimientos posteriores.

Los persas en el Egeo
Después del fracaso escítico, los persas concentran sus energías en la costa sur, en Tracia y Macedonia. En la costa norte del Egeo, los asentamientos atenienses que conectaban los intereses navales con el acceso a las fuentes de la mano de obra esclava se ven afectados y, en consecuencia, algunas familias de las implicadas en estos mismos negocios se ven arrastradas a tomar actitudes conciliadoras ante los persas. Tal parece haber sido el caso de los Alcmeónidas, lo que tendría repercusiones en la época de la guerra. En Macedonia, la realeza se sometió fácilmente al dominio persa, en una época en que se definían dificultosamente sus señas de identidad, como griegos o bárbaros. Heródoto cuenta varias anécdotas referidas a Alejandro Filoheleno, sobre cómo, a pesar del servilismo que se manifestaba hacia los persas, él había sido capaz de engañarlos, introduciendo unos esclavos cuando habían solicitado la presencia de las mujeres de la corte. Más significativo es el hecho de que sólo tras disputas y controversias lo admitieran como participante en los juegos olímpicos. Más tarde, quiso persuadir a los atenienses para que no ofrecieran resistencia a los persas, pero, al no conseguirlo, quiso que se le tuvieran en cuenta sus muestras de buena voluntad. Así, en el cambio de siglo, el imperio persa se ha consolidado en un sistema de satrapías rígidamente organizado, sustentado en el tributo, al que sirve de apoyo un fuerte ejército conquistador y una administración y una red de comunicaciones muy desarrolladas, punto de partida para nuevas conquistas. Así, el imperialismo persa se caracteriza por hallarse encerrado en el círculo de la constante reproducción como medio de subsistencia y perduración.

2.- Evolución de los acontecimientos

La revuelta de los jonios contra los persas motivará la solicitud de ayuda a las demás polis griegas. La revuelta fue aniquilada por Darío quien establecía la autoridad perdida. Para asegurar el dominio de Tracia y Macedonia, un fuerte ejército y la flota persa al mando de Mardonio se dispuso a ocupar la mayor parte de la península griega. La reacción de los griegos fue positiva ya que los atenienses derrotaron a sus enemigos en la batalla de Maratón. Será Jerjes algunos años más tarde quien recupere el plan de invasión. Tras un primer éxito en las Termópilas, los persas cosecharán tres rotundos fracasos en las batallas de Salamina, Platea y Mícala. Durante treinta años los griegos disfrutaron de paz, saliendo beneficiada del conflicto Atenas quien pondría en marcha su imperio.

La revuelta jónica
En efecto, con la ayuda del sátrapa Artafernes y el apoyo de Darío, el año 500, Aristágoras emprende el ataque a Naxos, con ánimo de restaurar la oligarquía y conseguir un apoyo para Persia en las islas del Egeo, buen camino para controlar las demás islas e intentar continuar la marcha expansiva que para el imperio se hacía imprescindible. La expedición terminó en un fracaso, posible causa de las ulteriores inquietudes de Aristágoras. Entre tanto, según cuenta Heródoto, Histieo, retenido por los persas en Susa, le envió un mensaje, tatuado en el cuero cabelludo de un esclavo, para incitarlo a la rebelión. Esperaba que le ordenaran volver para aplacarla. Sin embargo, detrás de los motivos personales de uno y de otro, parecen poder vislumbrarse conflictos más profundos en las motivaciones de la intervención en Naxos y en la misma actitud de Aristágoras en Mileto, como para pensar que los individuos intentan mantener su poder adecuándose a las realidades cambiantes. Ya Heródoto pone en boca de Histieo la afirmación de que sus posibilidades de ser tirano están apoyadas en la presencia de Darío. Las alternativas para ello sólo se encuentran en un cambio de actitud en lo interior y en lo exterior. En efecto, en los inicios del siglo V, las relaciones entre ciudades y las relaciones sociales internas empiezan a mostrar rasgos específicos. Seguramente, ésa es la razón por la que Aristágoras aparece ahora como promotor de la democracia ante los milesios, buscando el apoyo del demos a falta del apoyo persa. La presencia de éstos, a pesar de la suavidad del sistema imperialista, había producido alteraciones en las relaciones de mercado que afectaban a los puertos, en competencia con los puertos fenicios. Por otra parte, el sistema tributario, impulsado a la expansión, al encontrar obstáculos entre los escitas y limitaciones entre las ciudades griegas, creaba repercusiones que podían afectar a las relaciones sociales internas.

Aristágoras en Esparta y Atenas
Antes de ponerse en acción, Aristágoras se dirige a las grandes ciudades de Grecia, Esparta y Atenas, en busca de ayuda. Se presentó con un "mapa de la tierra entera", efecto del desarrollo de los estudios jónicos de geografía, herederos de Anaximandro y de Hecateo, para que se convencieran del interés que para ellos podía tener el control de los territorios de Asia. Los espartanos no estuvieron dispuestos a alejarse tanto de sus propios centros de interés. A pesar de que se decía que Esparta poseía la hegemonía entre los griegos, sus intereses quedan circunscritos a la península balcánica e, incluso, según se van definiendo en los años sucesivos, al Peloponeso. En cambio, Atenas y, de modo secundario, Eretria respondieron positivamente. Los de Eretria decidieron enviar cinco naves, seguramente porque sus contactos con las costas del Levante mediterráneo podían comenzar a verse afectados, después de haber permanecido activos desde los siglos oscuros, según puede deducirse de los restos arqueológicos de los asentamientos sirios. La situación ateniense parece más compleja. Las posibilidades de obtener ventajas económicas de los contactos con las zonas controladas por los persas se veían interferidas por los mismos conflictos internos de la ciudad, pues los persas se dedicaban a apoyar a Hipias y la actitud de los Alcmeónidas resultaba ambigua. Para Heródoto, que en general parece adoptar una actitud de defensa de los miembros del genos, fue más fácil para Aristágoras convencer a muchos que a pocos, al demos ateniense que a Cleómenes, en la idea de que la revuelta que se fraguaba era el origen de todos los males para los griegos. Parece que, en su opinión, habría sido mejor no apoyarla, de acuerdo con algunos de los sectores de la clase dominante ateniense.

Ofensiva y fracaso
Los atenienses envían, pues, veinte naves. La rebelión se convirtió en una manifestación de la solidaridad de los jonios que se autodefinen, de acuerdo con los atenienses, como enemigos de la tiranía, ahora claramente identificada con las actitudes favorables a los persas. Con ello se encauza políticamente la tensión creada como consecuencia del curso que tomaban los acontecimientos internos de las ciudades. Las actitudes internas se traducen en posiciones específicas en relación con los persas. Algunas opiniones conocidas, como la de Hecateo, se oponían a la revuelta. Heródoto se hace eco de la oposición cuando ve en aquélla el inicio de los males para los griegos. La expedición tuvo un primer éxito espectacular, cuando los jonios llegaron a Sardes, se apoderaron de las zonas periféricas y pusieron fuego a algunos centros religiosos. Parecía fácil obtener la adhesión de las poblaciones de Licia y Caria, que se unieron a la rebelión. En el mar, la lucha adoptó la forma de un enfrentamiento entre griegos y fenicios y tuvo un importante escenario en Chipre, donde algunas localidades se unieron inicialmente a la revuelta. En el año 496, sin embargo, la isla estaba de nuevo controlada por los persas. En el continente, los persas reaccionaron, liberaron Sardes y vencieron a los griegos en Efeso. En esos momentos, con la llegada del invierno, los atenienses se retiraron. En adelante, las ciudades de Jonia dejan de actuar de modo unitario. Todavía hubo algún intento de unificar la flota y a duras penas pudieron presentarse así en la batalla de Lade, bajo el mando de Dionisio de Focea, que, no obstante, hubo de enfrentarse a múltiples problemas debidos a la insolidaridad de los contingentes. Una vez derrotados en Lade, los jonios sufrieron los ataques y la represión de los persas, que se hicieron especialmente notorios en el caso de Mileto, donde la destrucción llegó incluso al santuario panhelénico consagrado a Apolo en Dídima y la población fue masivamente sometida a esclavitud. En sus relaciones con los griegos, los persas van modificando su política imperialista, sustituyendo la tributación por la esclavización.

El papel de Mardonio
El ano 492 se caracterizó, en las relaciones entre griegos y persas, por el protagonismo de la acción de Mardonio, tanto en el plano militar como en el diplomático. Por una parte, según la versión de Heródoto, se dedicó a establecer democracias en las ciudades gobernadas por tiranos, lo que resulta un tanto enigmático desde el punto de vista del contenido real del término. Tal vez se tratara tan sólo de un modo de garantizar pacíficamente los tributos, vistos los costos de la guerra. Por otra parte, Mardonio continúa la acción en las costas europeas. Tuvo un relieve especial la captura de Tasos, considerada como punto clave entre el mar y el continente, productora además de importantes riquezas minerales. En el plano militar, la expedición se encontró con dos graves obstáculos, la derrota ante los brigos, tribu tracia que permanecía incontrolada, donde se puso una vez más de relieve el tipo de dificultades con que podía encontrarse un ejército masivo, sometido a rígida disciplina, carente de movilidad, y el naufragio de buena parte de la flota en el promontorio del monte Atos, centro de corrientes marinas contrapuestas, agravadas por una fuerte tempestad. Era el extremo sur de la península de Acte, la más oriental de las tres en que se divide la península calcídica. Con todo, la labor de Mardonio continúa. La acción diplomática consiguió consolidar la colaboración de los macedonios, convertidos incluso en mensajeros de las propuestas persas. En Esparta y en Atenas no obtuvieron resultados positivos, pero los enfrentamientos que estas ciudades sostenían con Argos y Egina respectivamente jugaron a favor de que éstas se inclinaran a pactar con los persas.

Maratón
En el año 490, partió de Cilicia una flota persa bajo las órdenes de Datis y Artafernes, con la intención de dirigirse, por el camino de las islas del Egeo, hacia Eretria y Atenas. Aquí parece definirse por primera vez, en la práctica, el proyecto de venganza por la colaboración prestada por ambas ciudades a la revuelta jónica. De hecho, lo que consiguieron fue el control de las Cícladas. En la isla de Delos, hacen un sacrificio a Apolo, al tiempo que, para Heródoto, se trata de la esclavización de los griegos. Resulta en cierto modo paradójico que tal esclavización vaya unida a esa ceremonia que recuerda la "vocatio" romana, sistema que sirve para propiciarse al dios de los enemigos. Ahora bien, al mismo tiempo, en esa expedición los persas inician una transformación en sus modos de relación social, donde la influencia griega no deja de estar presente, aunque el resultado de la guerra frustrara en cierta medida el proceso. De hecho, cada conquista traía consigo la sumisión de las poblaciones y la integración en el ejército, cada vez más heterogéneo. Éste es el ejército que se dirige en las naves hacia Eubea, fuerte pero, al mismo tiempo, vulnerable, por su dependencia de las naves. La vía tracia se consideraba fracasada. El proyecto era el resultado mixto del imperio de formación terrestre ahora volcado a las acciones navales con apoyo de los fenicios y de los jonios. Sin embargo, se pretendía que su fuerte siguiera estando en la caballería, por lo que en la expedición iban unos transportes especiales dedicados al acarreo de las monturas. En Eretria los resultados les fueron positivos, destruyeron la ciudad y capturaron a los hombres. A continuación se dirigieron hacia el Ática. Los atenienses estaban prácticamente solos. Las ciudades griegas que no habían mostrado su sumisión al persa tampoco reaccionaban en contra. Los espartanos estaban ocupados en las fiestas Carneas, cuyas jornadas principales coincidían con la luna llena y no podían abandonarlas para salir en expedición militar. La tendencia espartana a limitar su acción al territorio señalado por el istmo parece cada vez más consolidada, al margen del significado que pueda tener, internamente, la fuerte preponderancia del motivo ritual en una sociedad como la espartana. Sólo los de Platea enviaron un contingente, lo que quedó grabado en el espíritu de los atenienses, que manifestaban su agradecimiento en el plano jurídico y político tanto como en el de los honores religiosos. Los plateenses adquirirían un especial estatuto en relación con la ciudadanía y recibirían los honores propios de los ciudadanos muertos en el combate por la patria. Parece que fue Hipias quien aconsejó el desembarco en Maratón, el lugar en que su padre recibió la adhesión de las poblaciones cuando marchó a Atenas para establecerse definitivamente como tirano. Las circunstancias eran sin duda diferentes, tanto las atenienses como las correspondientes a sus compañeros de desembarco, persas frente a atenienses, aunque en medio de éstos crecían motivos de discordia, paralelos a las vicisitudes políticas y sociales por las que pasa la ciudad durante estos años. Ahora, el ejército persa, mayoritariamente formado por la caballería, se enfrenta al ejército hoplítico de los ciudadanos que defienden el territorio, posiblemente el mismo que les fue garantizado como posesión a través de las medidas del padre de Hipias. Son los campesinos los que llegan a tomar la defensa de la ciudad, los que pasarán a definirse como maratonómacos, el mayor timbre de gloria para un ejército y para una clase. Milcíades, el estratego que terminó imponiendo, por encima de las dudas de la mitad de sus colegas, la tesis del enfrentamiento en vez de la sumisión, terminó adquiriendo más prestigio y desempeñando un papel más importante que el arconte polemarco, Calímaco, que sirvió de árbitro, pero siguió las indicaciones del primero. Para éste, la batalla era el único modo de evitar la tiranía. Las vicisitudes concretas las cuenta Heródoto, cuya narración coincide con la representada en las pinturas que, según Pausanias, constituían el tema principal del Pórtico Pintado del ágora de Atenas. Estaban junto a las escenas de la guerra de Troya, con la que en cierto modo se identifica a Maratón, para equiparar a los hoplitas atenienses con los héroes de la epopeya homérica. Cuando la derrota era clara para los persas, dice Heródoto que Hipias recibió una señal indicativa de que la ciudad estaba desguarnecida. El historiador de Halicarnaso no quiere creer que los emisores fueran los Alcmeónidas, pero sabe que muchos lo pensaban. Las tropas persas se dirigieron al puerto de Fálero rodeando el cabo Sunion, pero ya los atenienses estaban allí presentes. En Atenas, Maratón serviría como referencia de la ruptura definitiva con los persas, inicio del uso de la acusación de medismo como arma política de gran fuerza y de la elaboración del concepto de bárbaro como enemigo natural, digno de ser esclavizado porque los bárbaros mismos esclavizan y, además, todos son esclavos de un solo déspota, el rey.

El sucesor de Darío: Jerjes
Inmediatamente después de Maratón, Darío comenzó los nuevos preparativos para otra expedición masiva contra Atenas. Basado en la victoria, el sistema persa se ve afectado violentamente por las derrotas. Heródoto se refiere difusamente a los problemas internos, pero el problema más espectacular surgió en Egipto, como reacción popular frente al sistema tributario, por más que para los sacerdotes Darío apareciera como gran benefactor. La presión se agudiza y los problemas internos tienden a manifestarse. En 486 estalló la revuelta, pero poco después murió Darío. Jerjes tuvo que encargarse de la represión y, una vez vencida la revuelta, el nuevo sátrapa, Aquemenes, ejerció una forma de intervención mucho más violenta, al tiempo que Egipto quedaba reducido a la condición de satrapía. En líneas generales, el poder persa adquirió mayor fama de despotismo. Luego, Jerjes se dedicó a fortalecer y reorganizar el ejército y a preparar, según Heródoto, la expedición contra Atenas. Dice el historiador que un esclavo le decía constantemente: "señor, acuérdate de los atenienses". En el año 481 ya se inicia la marcha, jalonada por las dos acciones que, para los griegos, eran más significativas de la desmesura de Jerjes, el puente sobre el Helesponto y el canal en el istmo de la península de Acte, la transformación, artificial y contraria a la voluntad de los dioses, del mar en tierra y de la tierra en mar. El avance por la costa norte del Egeo se realizó sin ninguna dificultad para ellos, contando con la colaboración de ciudades griegas, como Abdera, donde se dice que los magos difundían las doctrinas persas.

Los griegos
Los problemas entre las ciudades griegas no cesan con la experiencia de Maratón ni con las expectativas de nuevos ataques persas. Sin que los detalles concretos que corresponden a este momento puedan precisarse con exactitud, sí resulta evidente que continúan los conflictos entre Argos y Esparta. Por su parte, Atenas sigue en guerra contra Egina. La unidad de los griegos frente a los persas fue más bien un deseo y, en todo caso, el resultado de la guerra, pero no una actitud previa que hubiera fraguado frente al peligro oriental. No obstante, en el año 481, los partidarios de la resistencia a la invasión persa consiguieron celebrar una reunión de la que se conoce como Liga Helénica, en el istmo de Corinto, a donde enviaron probouloi muchas de las ciudades griegas. En primer lugar, estaba allí representada Esparta, como cabeza de la Liga del Peloponeso, lo que sirve de fundamento organizativo para la Liga Helénica y da pie al reconocimiento de la hegemonía espartana en la organización. También estaban Atenas y algunas ciudades vecinas, de Beocia y Eubea, pero no todas. De las primeras se encontraban presentes Platea y Tespias, de las segundas Calcis, Eretria y Estira. Corinto había acudido con sus colonias, aunque Corcira enviaría su ayuda con retraso. Entre algunas comunidades, como la de los tesalios, se perciben actitudes variadas, indicativas de las diferencias internas. No todos estaban, en efecto, con los Alévadas de Larisa, que habían buscado el apoyo persa para garantizarse el control de la situación dentro de la región. Los tebanos y otras ciudades beocias, no incluidas Platea y Tespias, aparecerán colaborando con los persas después de las Termópilas. Los locrios y algunos otros de los pueblos relacionados directamente con la Anfictionía délfica tomaron actitudes ambiguas. El mismo oráculo se mostraba en sus manifestaciones partidario de conservar la neutralidad y así lo declaraban a quienes le consultaban a este propósito, como los cretenses, que se negaron a participar en la Liga, los argivos, que continuaron enfrentados a Esparta, o los atenienses, a quienes dieron una respuesta que hubo de interpretar hábilmente Temístocles para garantizar la defensa activa. El tirano Gelón de Siracusa, según Heródoto, no quiso participar, si no tenía él el mando. Para los espartanos, ello habría significado una ofensa a Agamenón, antepasado suyo, jefe de todos los griegos en la guerra de Troya. De hecho, su situación debía de ser difícil en la isla de Sicilia, como se demostraría en la inmediata batalla de Hímera, frente a los cartagineses, que la tradición hace coincidir con la de Salamina, en una sincronía que quiere significar la imposición del griego frente al bárbaro. Es la época en que la definición se consolida, como consecuencia de la difusión de la esclavitud como mercancía, donde el bárbaro aparecerá como esclavo por naturaleza. En definitiva, los griegos, como se llamaba oficialmente la alianza, aunque el mando estuviera en manos espartanas, decidieron acabar las guerras y organizar conjuntamente la resistencia.

Las Termópilas
A pesar de que la actitud espartana tendía a buscar la concentración de la defensa en el istmo de Corinto, con ánimo de apoyar a los tesalios enemigos de los Alévadas, la liga decidió establecer la defensa en el valle de Tempe, en el norte de Tesalia, con lo que se conseguía defender el territorio de Grecia entera. Varios pudieron ser los motivos por los que hicieron regresar a la expedición allí enviada, desde la estrategia espartana hasta la inseguridad que podían producir la división de los tesalios y las actitudes de los beocios. También pudo tenerse en cuenta que el campo de batalla en la llanura tesalia podía ser favorable a la caballería de los persas. La flota se situó en el canal de Oreo, al norte de la isla de Eubea, cerca del cabo Artemisio. La elección de un lugar estrecho tenía como objetivo impedir que la flota persa, muy superior en número, pudiera desplegarse plenamente. Tras el regreso del ejército de infantería desde Tempe, los griegos decidieron enviar la expedición a las Termópilas, lugar que podía protegerse mejor al norte de Lócride Opuntia, cuyos habitantes también combatieron en la batalla. Era un desfiladero situado a la altura en que estaba colocada la flota de Artemisio. Aquí la batalla naval fue dura e indecisa. Los griegos capturaron primero algunas naves persas, pero luego sufrieron un duro ataque de consecuencias negativas, aunque no determinantes. La debilidad del contingente que el mando espartano envió a las Termópilas hace sospechar que seguían pensando en una defensa centrada principalmente en el Istmo. Además, a consecuencia de una traición que permitió a los persas cogerlos entre dos fuegos, el rey Leónidas redujo aún más el contingente, concentrado en trescientos espartiatas que resistieron valerosamente hasta la muerte.

Salamina
Los resultados de Artemisio y las Termópilas abrían de hecho las puertas al ejército persa hacia el Ática y el Peloponeso. La flota se volvió rápidamente y, como la mayoría de las naves procedía de Atenas, Temístocles consiguió que se apostara en Salamina, lugar ideal para cubrir y proteger la necesaria evacuación de la ciudad de Atenas, pues el ejército de tierra se sitúa definitivamente en el Istmo para proteger el Peloponeso, pero dejando desguarnecida el Ática. Los habitantes de los territorios intermedios tendían predominantemente a colaborar con los persas. De este modo, según el decreto de Temístocles encontrado en Trecén, la población de los no combatientes se refugiaría aquí, localidad de la península de la Argólide, y en Salamina misma. Las tropas de Jerjes ocupan la Acrópolis y el puerto de Fálero. Sin embargo, lo que desde el punto de vista griego podía ser, en principio, una simple maniobra de protección que sirviera además de apoyo a la resistencia terrestre, se transformó en la principal batalla de la guerra. Las expectativas de la tensa espera y la destrucción de la ciudad y de sus lugares públicos impulsaron al ateniense Temístocles a acelerar su puesta en marcha a través de una estratagema que lo caracterizaría como uno de esos generales que usan las astucias de la inteligencia y que no gustarían a los pensadores clásicos del tipo de Platón o Plutarco. Según cuentan Esquilo y Heródoto, Temístocles, a través de un esclavo ficticiamente fugitivo, hizo creer a Jerjes que le convenía atacar rápidamente para evitar la desbandada, cuando de este modo lo que conseguía era que la lucha se desarrollara de nuevo en un lugar estrecho, donde no pudiera actuar a sus anchas la flota persa, mucho más numerosa. Las naves persas se estorbaban mutuamente cuando las atenienses, en el estrecho canal entre isla y continente, las obligaban a apelotonarse junto a la costa, al pie del promontorio donde Jerjes se había hecho construir un trono para contemplar mejor lo que esperaba que fuera una indudable victoria. La importancia de la victoria griega, seguramente exaltada por la literatura y la historiografía más por las consecuencias que tuvo que por los aspectos estrictamente estratégicos, fue percibida igualmente por Jerjes, que abandonó el territorio griego, adonde lo había llevado personalmente el interés fraguado a lo largo del decenio posterior a Maratón.

Platea y Mícala
La importancia de la victoria naval en Salamina respondía principalmente a la perspectiva ateniense. Para los peloponesios, a pesar de que de momento habían evitado la invasión de su península, quedaba pendiente el control territorial amenazado por la permanencia de las tropas persas al mando de Mardonio, que, en definitiva, era lo que respondía a las aspiraciones persas a establecer un control fundamentalmente territorial, sólo alterado recientemente por medio de las intervenciones en el Egeo. Los griegos ni siquiera dieron su apoyo para que Temístocles continuara la acción naval en el Helesponto, donde cortaría las posibilidades de que llegaran, por tierra, nuevos refuerzos. La política de la Liga sigue controlada por los espartanos. Con todo, Temístocles siguió actuando en el mar, en Andros, Paros, Naxos, en misiones de castigo contra poblaciones que habían tomado actitudes favorables a los persas y favorecido el paso de la expedición naval de un decenio antes. En el año 479, Mardonio, tras algunos intentos de negociación diplomática para conseguir la sumisión de Atenas, donde intervino Alejandro I de Macedonia, invadió de nuevo la ciudad del Ática. Las fuerzas de la Liga se presentan finalmente a combatir a los persas en Platea donde, al mando de Pausanias, consiguen una victoria terrestre que produce la muerte de Mardonio y la huida de los supervivientes. Paralelamente, la flota griega, al mando del espartano Leotíquidas, con un importante contingente ateniense al mando de Jantipo, del genos de los Alcmeónidas, partió hacia Asia Menor, en apoyo de los de Quíos, que se rebelaban del poder persa. Los espartanos seguían manifestando sus dudas, hasta que la actitud de Samos, igualmente convertida en aliada, con su importante flota, impulsó a llevar a cabo una acción profunda de intervención. En el cabo Mícala, frente a Samos, la flota persa recibió una importante derrota que vendría a facilitar la nueva tendencia al predominio en el Egeo de los griegos y, específicamente, de los atenienses.

3.- Factores políticos y económicos

En las guerras de los griegos contra los persas se deben de tener en cuenta factores políticos y económicos como el expansionismo persa, el papel de Esparta y la confederación griega, el ascenso de Temistócles al arcontado, el importante papel desempeñado por los maratonómacos, la creación de la flota ateniense o la concordia que se desarrolla en Atenas entre loas diferentes clases sociales.

Expansionismo persa en el siglo V a.C.
La revuelta jónica imprimió sin duda, a pesar de su fracaso, un giro en la política expansiva de los persas. Parece evidente que, para Darío, los límites marítimos, en principio símbolo del final de la tierra conquistada, equiparables a los límites del imperio lidio en Asia Menor, se convirtieron en un motivo de preocupación y de atención, materializado en esa pretensión de control de las ciudades griegas y, específicamente, de Atenas, que los griegos veían como una necesidad de venganza. Ahora bien, los controles de las zonas navales proporcionaron unos gastos y una renovación en las necesidades militares que afectaron al conjunto del sistema fiscal y a la organización de los controles mismos, que en las zonas continentales han llegado a un alto grado de perfección. Las dudas de Jerjes, reflejadas en las conversaciones que Heródoto cuenta como sostenidas con Atosa y de ésta con el espartano Demarato, en las que parece evidente que necesitó un fuerte impulso, apoyado en la descripción de los atractivos del mundo griego, pueden representar una parte de la realidad persa, en situación ambigua, mezclada con el propósito de venganza que le hacía llevar consigo al esclavo que le obligaba a acordarse de los atenienses. Su capacidad para un control eficaz queda clara en el hecho de que una buena parte de la clase dominante de las ciudades griegas viera en ella un modo de consolidar su propio poder, en luchas internas o en situaciones conflictivas agudizadas por las vicisitudes de la guerra y de los acontecimientos exteriores. Los intereses de los persas pueden definirse como parte de la dinámica imparable de un imperio necesitado del crecimiento para la propia conservación de sus fronteras, en las que hay un pueblo original comparado con los que hasta este momento habían sido las víctimas de su expansionismo.

Esparta y la Confederación Griega
La historia de los conflictos internos de Esparta durante este período se muestra en los enfrentamientos entre los reyes, como personajes representativos de las diferencias que pudieron existir entre diversos sectores de la clase dominante reflejadas en las actitudes hacia el exterior. Demarato, partidario de plegarse ante los persas y de llegar a un acuerdo con ellos, fue expulsado y, según Heródoto, fue él quien supo persuadir mejor a Jerjes, a través de Atosa, para que atacara a los griegos, en la idea de que así volvería a su patria y reinaría. Cleómenes, su rival, se mostraba antipersa y claramente tendente al panhelenismo. Fue el mismo rey que había favorecido la intervención espartana en Atenas dentro de los conflictos que sucedieron a la expulsión de la tiranía de los Pisistrátidas. Luego viene una sucesión extraña desde el punto de vista dinástico, paralela a las actitudes igualmente oscuras que caracterizaron en general a los espartanos en el período de las guerras médicas. Durante los anos centrales de la década de los ochenta su actitud era bastante próxima a la que manifestaba el oráculo de Delfos, que subrayaba, sobre todo, la inutilidad de los peligros que podía correr cualquier ciudad que se opusiera a los persas. Sin embargo, al final triunfó la actitud que llevaba a asumir la hegemonía de los griegos, como proyección de la hegemonía del Peloponeso. Con todo, su estrategia seguía tendiendo a limitarse a la península, salvo en algún momento en que, forzados por las circunstancias, acudían a posiciones lejanas, como Tempe o las Termópilas, la primera efímera, la segunda terminada en fracaso, en el que algo pudo tener que ver el exiguo numero de las tropas espartiatas que quedaron hasta el final. Sus intervenciones en Platea y Mícala, tras Salamina, venían impuestas por la necesidad de contrapesar el triunfo ateniense, actitud que no todos los espartanos compartían, pues al principal protagonista, Pausanias, su actitud agresiva le trajo repercusiones negativas, seguramente porque respondía a tendencias no del todo asimiladas en la generalidad de la clase dominante laconia.

El arcontado de Temístocles
La década de los noventa, la que se había iniciado con la revuelta jónica, a la que los atenienses colaboraron con veinte naves, fue en Atenas escenario de conflictos, donde la herencia de los tiranos y las tendencias renovadoras de la democracia se encuentran involucradas con los efectos de la presencia persa en el Egeo. Pisistrátidas y Alcmeónidas están presentes en los asentamientos costeros afectados por la expansión y por sus acciones represivas o protectoras de determinados grupos colaboracionistas dentro de la política de las ciudades. Mientras Hipias era protegido de los persas, en el 496-95 desempeñaba el arcontado en la ciudad de Atenas un Hiparco, miembro de la misma familia de los tiranos, a pesar de que antes la misma asamblea había votado el apoyo a la revuelta antipersa. Por otra parte, en el año 493, el poeta trágico Frínico representó su obra "La captura de Mileto", acerca de los recientes acontecimientos, ocurridos cuando la ayuda ateniense ya se había retirado, tal vez porque ya entonces dominaba una política menos hostil a los persas. La obra es de las pocas, conservada sólo los "Persas" de Esquilo, que se refieren a acontecimientos históricos recientes, dentro de un género que habitualmente tiene el mito legendario o heroico como tema. Así se convierte en heroico el drama reciente de la ciudad. Ahora bien, según Heródoto, el público no pudo reprimir su dolor y, consecuentemente, multaron al autor. El corego, ciudadano encargado de los gustos de una liturgia o función pública cara pero productora de gran prestigio, había sido Temístocles, del genos de los Licómidas, no especialmente brillante, pero considerado hostil a los Alcmeónidas, en unos momentos en que parecen acercarse los intereses de éstos a los de los Pisistrátidas. Si bien Frínico fue multado, sin embargo, al año siguiente Temístocles fue elegido arconte. Tal vez, paralelamente, se hubiera producido un acercamiento a Milcíades, que a su vez había roto con los Pisistrátidas. Las luchas gentilicias reflejaban las tensiones que afectaban a la población en su conjunto, en proceso de consolidación como democracia, para la que los apoyos exteriores, imprescindibles, resultaban oscilantes debido a la alteración de las circunstancias, entre las que la presencia persa y la política externa espartana desempeñaban también un papel.

Los maratonómacos
El año de Maratón el estratego fue Milcíades y en la batalla desempeñó un gran papel, no tanto en el plano militar como en el político, pues fue quien convenció a los atenienses de que era necesario hacer frente a los persas, tanto para que salieran a su encuentro como para que iniciaran el enfrentamiento armado. Milcíades aparecería como el héroe de los maratonómacos, el ejército hoplítico ciudadano que heredaba colectivamente la virtud de los héroes legendarios, plasmada simbólicamente en el túmulo de Maratón y en las pinturas del Pórtico que más tarde realizaría Parrasio. Fue el triunfo de los hoplitas frente a las grandes familias que, en la transición a la democracia, habían desempeñado un papel del que habían obtenido un provecho plasmado en su capacidad de influencia externa. Era el caso de Hipias, Pisistrátida, que estuvo también en Maratón, pero en una nave persa, para aconsejar el lugar de desembarco y para recibir las señales que le enviaban los miembros de la familia de los Alcmeóniclas desde la ciudad. Después de terminar la batalla, sin embargo, Milcíades, tras una expedición fracasada a Paros, fue condenado a pagar una multa. Poco después murió a consecuencia de las heridas recibidas en la expedición. Aristóteles, en la lista expuesta en la "Constitución de Atenas" donde enumera a los dirigentes del demos, a los que opone otra lista de jefes oligárquicos, coloca a Milcíades entre estos últimos, mientras que el dirigente del demos que sitúa en paralelo es Jantipo, yerno de Megacles, del genos de los Alcmeónidas, lo que demuestra la movilidad dinámica del momento. La tradición democrática representada por los Alcmeónidas, desde el punto de vista de Aristóteles, se ve, por intereses concretos, vinculada a los persas junto con sus enemigos Pisistrátidas, mientras que Milcíades, promotor del combate hoplítico, queda ligado a esa oligarquía que, de algún modo, se ve superada por el proceso democrático.

De Maratón a Salamina
Para los maratonómacos, según Plutarco, la batalla hoplítica había significado el final del peligro persa, mientras que para Temístocles no había sido más que el principio de la lucha contra esa forma específica de dominio. La década subsiguiente resulta rica en sucesos significativos de los movimientos contradictorios dentro de las tensiones que, en las clases dominantes, reflejan transformaciones más profundas. Este es el momento en que realmente empieza a ponerse en práctica el ostracismo, como arma de lucha contra la tiranía, pero también porque esa lucha era el modo de manifestarse todos los conflictos. Cualquier modo de sobresalir podía colocar al individuo de familia aristocrática en posición peligrosa. Su poder y su popularidad podían servir de fundamento para transformarse en tirano, pero también, por sus contrincantes, para acusarlo de aspirar a la tiranía. La lista de personajes sometidos al ostracismo en la década resulta en sí misma significativa. En el año 487, fue condenado al ostracismo Hiparco y, en el 486, Megacles Alcmeónida, aunque algunos de los óstraka hallados se refieren a Temístocles, alternativa que se ofrecía dentro de la lucha política del momento. Para el 485, los datos son oscuros, aunque se menciona a algún amigo de los tiranos, tal vez un tal Calixeno, hijo de Aristónimo, o Calias, al que algunos óstraka califican como medo. Junto a la tiranía está presente la actitud favorable a los medos. Seguramente fue esto también lo que influyó en el ostracismo de Jantipo, padre de Pericles, que se había opuesto a Milcíades y había tenido un activo papel en su condena. Finalmente, en 483 ó 482, fue sometido al ostracismo Arístides, llamado el justo, de quien se decía que carecía de fortuna, lo cual puede querer significar que no pertenecía a ninguna de las familias que controlaba social, económica y políticamente la vida ateniense en los momentos de transición a la democracia. Como Temístocles, podía ser resultado de los nuevos tiempos. Fue, por otra parte, uno de los últimos arcontes elegidos, en 489/8, pues en el 487 se reformaría el sistema para que fueran designados por sorteo entre quinientos candidatos elegidos en los demoi. La anécdota que cuenta Plutarco, según la cual un campesino analfabeto le habla pedido al propio Arístides que escribiera su nombre en el óstrakon porque estaba harto de oirlo llamar justo, muestra el peculiar papel de la institución, destinada a evitar que quien adquiriera demasiado prestigio sintiera la tentación de transformarse en tirano. De ahí procedió la tradición de que los atenienses se deshacían de sus mejores benefactores.

La flota ateniense
El último de los casos de ostracismo que tuvo lugar antes de la batalla de Salamina, el de Arístides, parece poder relacionarse con el problema de la orientación de la estrategia militar ateniense hacia la marina y, paralelamente, con una nueva concepción de la función económica redistribuidora de la polis. Arístides aparece vinculado tradicionalmente con los maratonómacos, mientras que en esos años se aprueba la política propuesta por Temístocles de dedicar los principales esfuerzos públicos a la construcción de doscientas naves, para hacer frente a las rivalidades con Egina, todavía vigentes. De hecho, el peligro persa seguía igualmente presente e incluso renovado con los preparativos de Jerjes. Los equilibrios externos e internos permanecen como factores condicionantes, no determinantes. Según Aristóteles, Temístocles, como dirigente del demos, se opone a Arístides como sucesor de Milcíades entre los nobles, al que acompañaba en Maratón como estratego. Paralelamente, los atenienses descubrieron un nuevo filón metalífero en Maronea, en las minas de Laurio, lo que, en el momento de disfrutar de los beneficios como ciudad democrática, poseedora de bienes demosia, públicos, pertenecientes al demos, planteó un problema especifico de procedimiento. La reacción inmediata fue la propuesta de distribución, con lo que la ciudad sustituía de modo directo al rico, capaz de practicar el evergetismo a través de la distribución de excedentes entre las colectividades cívicas. Triunfó, sin embargo, una propuesta alternativa presentada por Temístocles, según la cual la ganancia había de emplearse en la flota y utilizarse masivamente con la intervención de los ricos, que realizaban así su función litúrgica con dinero público en beneficio público. El mecanismo, aparentemente conservador, desde el momento en que seguía depositando en manos de los ricos la función redistribuidora, avanzaba sin embargo en el camino de la consolidación de la función pública, como instrumento de empleo, en beneficio de la colectividad, de los que eran ingresos de la colectividad. Temístocles, luego, interpretaría como proyecto de construcción de la flota el oráculo de Delfos que aconsejaba la construcción de un muro de madera, con lo que el protagonismo de la guerra y el peso de la victoria pasaría a manos de los thetes, los tripulantes de las naves, procedentes de la clase subhoplítica. Así, la táctica militar orientaba las transformaciones sociales, de modo que la imagen de Salamina y la política naval de Temístocles aparecen con una doble cara en el panorama transmitido por la tradición, como fundamento de la salvación de Grecia frente a los persas, imagen que domina durante la época triunfal de la democracia, y como factor creador de los elementos destructores propios de las ciudades volcadas al mar, eje de la interpretación histórica del platonismo y de las secuelas que aparecen reflejadas en la tradición recogida por Plutarco.

La concordia
La proximidad de los persas produjo reacciones contrarias a las tendencias dominantes los años anteriores. Si en éstos las tendencias dominantes fueron la de la disgregación y la manifestación de las diferencias internas, que afectaban a distintos órdenes de la vida en común, ahora, el peligro próximo, una vez tomada la decisión de resistir, impulsó a la solidaridad, hasta el punto de reclamar el regreso de los personajes que habían sido sometidos al ostracismo. Algunos de ellos pasaron a desempeñar un papel importante en la batalla, como Arístides, encargado de la fuerza hoplítica estacionada en la isla de Psitalea, lugar estratégico de gran importancia, situado en plena zona de desarrollo de los acontecimientos navales. Por otra parte, la decisión de evacuar la ciudad dio al Areópago un papel protagonista en todo el proceso, considerado como mecanismo de transferencia de la polis, definida como unidad de los hombres, no identificada con sus murallas. La ideología de la unidad era capitalizada por los organismos tradicionales, como depositarios del espíritu ateniense, en el que empieza a definirse la función de unificador de Grecia como patria común, a pesar de las diferencias que se han mostrado a lo largo de la guerra. Las tensiones entre ambos modos de ver la realidad se proyectan en la historia sucesiva, donde momentáneamente se impone la concepción unitaria de Arístides, Jantipo o Cimón, frente a quienes veían la configuración de nuevos peligros en los contactos con otras ciudades griegas. La confluencia de intereses navales de algunas de las familias implicadas anteriormente en alianzas colaboracionistas con los persas y de los intereses del demos subhoplítico crea una situación particular que influirá en la configuración de la nueva época.


VII.- GRECIA CLÁSICA: LA PENTECONTECIA
Inicio: Año 480 a. C.
Fin: Año 425 a. C.

Es muy difícil librarse de la idea de que la historia y civilización de la Grecia clásica es la historia civilización de Atenas. Las fuentes imponen una visión en que Atenas es el centro. Las realidades conocidas responden a esa impresión. Los acontecimientos principales se generan en torno a la formación de la hegemonía ateniense y a su transformación en imperio, de modo que difícilmente hay ciudades, dentro de todo el panorama del mundo helénico, que no estén condicionadas por su presencia. Ello incluye a los griegos de las colonias occidentales y a los macedonios, aunque, sin duda, las vicisitudes de cada ciudad o región puedan ser objeto de atención específica, incluso si la colación es traída a propósito de las líneas maestras marcadas por Atenas y, subsidiariamente y en calidad de antagonista, por Esparta. Una visión global no se consigue con acumular historias locales mal conocidas, sino en la tendencia integradora a comprender lo particular en lo general, que, en la Grecia del siglo V viene señalado por las peculiares relaciones de Atenas con los demás.

1.- Consecuencias de las Guerras Médicas.  Los jonios.

Después de la batalla de Mícala, entre los jonios de Asia y de las islas, lo mismo que entre algunos de los eolios, que suelen incluirse a este propósito dentro de la primera denominación, se difundió de nuevo el espíritu de rebeldía frente al poder de los persas. Las islas de Lesbos, Samos y Quíos llevaron la iniciativa y buscaron el apoyo de los atenienses, pues sabían que éstos habían defendido la propuesta de defenderlos en su territorio frente a la opinión espartana, favorable a evacuar los territorios asiáticos. Los problemas internos de Esparta, que tuvieron su manifestación más precisa en la aventura de Pausanias, favorecieron que, sobre estos fundamentos, se produjera un cambio de hegemonía. De hecho, el mismo año de Mícala, mientras el espartano Leotiquidas volvía a Lacedemonia y disolvía la flota de la Liga Griega, Jantipo, al mando del contingente ateniense, con el apoyo de los jonios, pulso cerco a Sesto y pudo regresar al ano siguiente, el 478, con un importante botín. Cuando la flota espartana volvió a presentarse al mando de Pausanias, su modo de actuar en Bizancio fue considerado tiránico y filopersa, por lo que, por motivos diferentes, jonios y espartanos estuvieron de acuerdo en ceder la hegemonía a los atenienses. De hecho, éstos no hacían más que intentar recuperar el control que se había establecido en el Helesponto en la época de la tiranía, así como el acceso a los centros aprovisionadores de grano de que se venía nutriendo Atenas desde época de Solón. Los mismos intereses que habían llevado a los individuos relacionados con el genos de los Alcmeónidas a mantener unas relaciones cordiales con los persas eran los que ahora impulsaban a Jantipo a continuar ha guerra contra ellos. Las fuentes, procedentes de Atenas, ven en este proceso, por una parte, de manera inmediata, la voluntad de la ciudad de convertirse en la defensora de la libertad de los griegos y, por otra parte, el inicio del panhelenismo, aspecto este último recogido más bien por escritores tardíos, de los que destaca Diodoro de Sicilia, de pensamiento universalista, que ha leído a Éforo, historiador que en el siglo IV se enfrentaba al particularismo de la polis.

La Liga de Delos
La consecuencia de esta nueva situación fue que terminara creándose una alianza distinta, Atenas y sus aliados, que, en el Egeo, tomaba las funciones de la Liga Helénica, aunque ésta continuara existiendo durante bastante tiempo. En sus presupuestos, definidos como un modo de liberación de los griegos, cabía incluir la organización de la venganza por las anteriores acciones de los persas, pero todos ellos se califican como pretextos atenienses por Tucídides. A la larga será, en efecto, un instrumento de dominio. Más difícil es definirla en sus inicios, pues la representación igualitaria en una koiné sýnodos, asamblea común, aparece, según la opinión de Hammond, contrapuesta a la asamblea ateniense, de modo que el sistema podría definirse como bicameral y esta asamblea tendría tanto poder como el conjunto de los aliados. En los presupuestos de la liga estaba el propósito de actuar todos juntos con los mismos amigos y los mismos enemigos, lo que sin duda podía traer consecuencias en el futuro, cuando Atenas tuviera nuevos enemigos diferentes a los persas. Las medidas de la alianza se tomaron en la isla de Delos, lugar sagrado de los jonios, en el santuario de Artemis y Apolo, con todas las connotaciones religiosas que eso traía consigo, además de que justificaba ideológicamente la superioridad de Atenas, metrópolis de todas las ciudades jónicas. Allí se colocaría también el tesoro de la Liga, procedente del tributo, phoros, aportado por las ciudades de la alianza. En general, éstas pasaron a tener una aportación exclusivamente financiera, mientras que la aportación militar quedaría monopolizada por Atenas, con Samos, Lesbos y Quíos, cuya situación siguió considerándose durante mucho tiempo más igualitaria que la de las demás. El tesoro, situado en Delos, era desde el principio administrado por los helenotamías, funcionarios que siempre fueron atenienses. La colaboración está marcada desde el principio por una tendencia a la superioridad y al control por parte de los atenienses. De hecho, así Grecia quedaba dividida en dos alianzas diferentes y la liga Helénica se convertía en una ficción que, en la práctica, volvía a su naturaleza originaria como Liga del Peloponeso. El organizador de la Liga fue Arístides, a quien se atribuye también por esto el calificativo de justo, pues se dice que consiguió una distribución equilibrada de las obligaciones. Esta afectaba sobre todo al phoros, que según Aristóteles se estableció en un montante de cuatrocientos sesenta talentos anuales, una vez calculadas las posibilidades de cada ciudad. No se sabe cuál era la mencionada distribución e incluso da la impresión de que esa suma total era más teórica que real, pues los documentos epigráficos que proporcionan datos sobre el tributo realmente pagado no coinciden en sus cifras. En algunos casos, las vicisitudes concretas pueden explicar las alteraciones, pero otras veces las incoherencias permanecen sin solución.

Inicios del intervencionismo ateniense
Los nuevos dirigentes de la ciudad, Arístides y Cimón, hijo de Milcíades, inician de manera inmediata una política expansionista, tendente a hacer desaparecer de manera total la presencia persa de las costas del Egeo. En el año 477, Cimón dirigió un contingente contra Eón, situada junto al río Estrimón. De este modo se provocaba la eliminación de la presencia persa en las costas tracias y se recuperaba el control de los accesos a las riquezas de la zona. En relación con las acciones sucesivas, van siendo cada vez menores sus relaciones con la guerra contra los persas. La isla de Esciro estaba en manos de los piratas, lo que, dada su posición geográfica, ponía de hecho obstáculos a las vías de comunicación marítima hacia el Helesponto, elemento clave en la recuperación ateniense tras la guerra. Por otro lado, en ella se recuperó la práctica del asentamiento de cleruquías, poblaciones atenienses que se trasladaban para explotar una parcela, kleros, sin alterar, como en el caso de las colonias, la condición de ciudadano. Era un modo relativamente nuevo de solucionar los problemas de la tierra, evitando el modo brutal de exclusión propio de la época arcaica. Los thetes acceden así a la clase de los hoplitas y se integran en el ejército, aunque para ello tengan que abandonar físicamente la ciudad, lo que puede significar también un alivio en la tensión social al desaparecer una buena parte de los thetes, no siempre ocupados en la acción naval. Ahora, ambas vías se complementan en el momento optimista subsiguiente a la guerra contra los bárbaros. Sin embargo, a pesar de todas las justificaciones reales, Cimón halló también una causa patriótica, asentada en las tradiciones heroicas. Trataba de vengar la muerte de Teseo y de hallar sus restos para trasladarlos a la ciudad. El heroísmo del hoplita adquiere así un tono aristocrático consecuente con la vía individual iniciada por los que están capitalizando los triunfos de la guerra. Tanto en Eón como en Esciro la población fue esclavizada, sobre la base de que se trataba de poblaciones no griegas. De hecho, aparece otra faceta característica de la nueva situación, donde se afirma la libertad de los thetes paralelamente al control externo de territorios y poblaciones. Sin embargo, en la misma época se suceden las intervenciones violentas en centros de población griega, como en Caristo, en la isla de Eubea, en donde se llega a un acuerdo, después de la guerra. De Naxos dice Tucídides que fue la primera ciudad griega esclavizada después de un intento de salirse de la alianza. Tal vez haya habido una revuelta vinculada a algún cambio político, en el que los oligarcas hayan intentado desprenderse del control del demos ateniense. Sería el primer caso en que relaciones imperialistas y vicisitudes políticas internas aparecen vinculadas entre sí. Tucídides, sin embargo, lo atribuye más bien a las relaciones que se establecen dentro de la alianza, donde las ciudades quedan en situación de inferioridad por limitarse a participar con dinero y no con naves ni contingentes militares. Cimón continúa las acciones de control de los mares frente a Persia en Caria y Licia, hasta la batalla del río Eurimedonte, en Panfilia, datada, según los autores, en 469 y en 466, frente a tropas persas y naves fenicias, que significó de hecho la anulación de la capacidad de éstas para mantener su presencia en el Egeo.

La represión
Después de Naxos, cuya capitulación total no tuvo lugar hasta el ano 467, se produjo la revuelta de Tasos, que, para algunos, obligó a los atenienses a prescindir de planes de mayor alcance en el control del Mediterráneo. Según Meiggs, en este caso, el origen del conflicto hay que buscarlo en la agresión de los mismos atenienses. Se trataría de una manifestación violenta de sus aspiraciones a controlar las riquezas minerales de la isla y del continente situado enfrente, a donde se habían enviado colonos que servirían de base para la posterior fundación de Anfípolis. Al parecer, en la revuelta de Tasos estuvo complicada Esparta, que prometía invadir el Ática para debilitar las posibilidades de acción de los atenienses, pero la situación se complicó con la revuelta de los hilotas en Mesenia, lo que no sólo repercutió en la capacidad de maniobra de Esparta, sino también en las relaciones con Atenas. Cimón, en efecto, acudió en ayuda de los espartiatas, lo que, a la larga, disminuyó su prestigio en la ciudad e hizo cambiar la orientación del rumbo de las acciones imperialistas. La actuación de Cimón fue considerada poco eficaz por los nuevos políticos en alza, Efialtes y Pericles, que lo acusaron de haberse dejado sobornar por el rey Alejandro de Macedonia para que no interviniera directamente en el continente. Ahora, los continuadores de Cimón en la dirección de la política ateniense tienen que dedicarse, a principios de los cincuenta, a dos actuaciones en lugares remotos. Por un lado, parecen renacer las intenciones de dominio en el Mediterráneo oriental, cuando la flota se dirigió a Chipre y se desvió hacia Egipto, porque aquí las expectativas parecían aún mayores. También en estos momentos Artajerjes pedía a los espartanos que prestaran su colaboración procediendo a la invasión del Ática. En efecto, por otro lado, las relaciones con la Hélade se deterioran. Ello llevó a un nuevo enfrentamiento con la isla de Egina que desembocó en victoria ateniense, con el establecimiento de clerucos. La formación y conservación del imperio empiezan así a chocar con los intereses espartanos, dando lugar a la llamada primera guerra del Peloponeso.

El Imperio Ateniense
Los aspectos positivos de la hegemonía, plasmados en el control de las aguas del Egeo, y los aspectos negativos, materializados en los crecientes enfrentamientos con Esparta, agudizan los problemas de Atenas en el momento en que buscaba asentarse fuertemente sobre el dominio adquirido, todo lo cual produjo una aceleración del proceso que definía las condiciones del imperialismo. Es posible que a principios de la década haya que situar la alianza con Segesta, en Sicilia, marco de unas nuevas ambiciones expansionistas, pero también de nuevas relaciones bélicas con las ciudades de la isla, sólo aparecidas más tarde. Los problemas creados tuvieron que influir en que, a finales de la década, los atenienses hubieron de concentrar sus esfuerzos para afirmarse en la Liga y para fortalecerse en las relaciones con los persas. Por otro lado, en el interior se habían manifestado algunos problemas indicativos de que la oligarquía como bloque no estaba ya tan satisfecha con la marcha de los acontecimientos y las formas que adoptaban las relaciones exteriores. Significativamente, en el año 454, el tesoro de la Liga se trasladó de Delos a Atenas, lo que puede tener un valor más simbólico que de fondo, pues, en definitiva, ya era controlado desde antes por los helenotamías, funcionarios atenienses. Ahora, Atenas era ya el centro de los jonios y la Acrópolis sustituía como santuario al tradicional de Apolo en Delos. Ideológicamente, crecen las justificaciones. Pericles decía ahora que Atenas tenía que ser el centro porque ya había librado a los griegos del peligro persa. Sin embargo, tal situación sólo se reconoce en un hecho que, por lo demás, está puesto en duda por la crítica. Los mismos antiguos se mostraban divididos para aceptar el hecho de que, en 449, se hubiera llegado a la paz de Calias entre persas y atenienses. Antes, Atenas ha tenido que actuar violentamente, una vez más, en Mileto y en Eritras. Las listas de tributos señalan que entre 453 y 451 los milesios ofrecieron resistencia a colaborar, mientras pagaban las dependencias próximas de Leros y Tiquiusa, seguramente porque allí se hallaban refugiados los leales que habían sido expulsados. Nuevamente, las lealtades al imperio ateniense aparecen unidas a vicisitudes de política interior. En el caso de Eritras, igualmente situada en la costa jónica, se conocen los acuerdos con los que terminó el conflicto. Se instituye una boulé democrática designada por sorteo, cuyos miembros juran lealtad al pueblo de Eritras y al de Atenas, así como no aceptar sin la aprobación de la boulé y el demos de los atenienses a quienes se hayan exiliado y refugiado junto a los medos. Por otro lado, se instituye la presencia en las ciudades de epískopoi, o supervisores enviados por Atenas, y de phrourarchoi, jefes de guarnición encargados de garantizar el cumplimiento de los acuerdos. Cada vez más, las decisiones comunes se toman en Atenas, paralelamente al hecho de que se hubiera trasladado el tesoro común.

La crisis de los cuarenta
Para algunos, la paz de Calias, a pesar de los problemas que ofrece la documentación pertinente, hay que admitirla por el mero hecho de que sus efectos se notan en las realidades de la política imperialista. Es el inicio de la llamada por Meiggs "crisis de los cuarenta". Resulta difícil justificar la alianza contra el persa cuando la paz con ellos se ha reconocido oficialmente. El dominio ateniense empieza a pensarse como instrumento para controlar a los griegos. De hecho, durante esos años, las listas de tributos reflejan graves problemas por parte de Atenas para efectuar la recaudación. Pericles agudiza paralelamente los aspectos ideológicos que resaltan la superioridad de Atenas. En 447-43 se inició la construcción del Partenón, que quería ser el símbolo de esa superioridad, dedicado a Atenea como cabeza de sus fiestas de integración, poderosa y conciliadora al mismo tiempo. Con todo, las acciones de recuperación no pueden cesar. A veces, como en el caso de Mileto, parece que se permite la conservación de un sistema oligárquico. En el caso de Colofón se impone el juramento de no disolver la alianza. Todo indica que se sigue una política de concordia, salvo en lo económico, pues a esas fechas se atribuyen, aunque haya voces discordantes, los decretos de Clinias y de Clearco, dirigidos a controlar las acuñaciones monetarias y la recaudación del tributo, con ánimo de dar vigor a la moneda ática, instrumento clave en la perduración del imperio, como medio de ingreso sustancial, habida cuenta de la importancia que ha adquirido la explotación de las minas de Laurio. En 446, cuando, en el lado de los enfrentamientos con Esparta, el panorama se ha aliviado gracias a la paz de treinta años, estalla una rebelión en la isla de Eubea. Fue especialmente conocida la represión, pues en Histiea se ejerció duramente y se asentaron mil atenienses después de haber expulsado a la población local. En Calcis también expulsaron a los hippobotai, clase de caballeros propietarios de tierra, que fue distribuida entre clerucos atenienses mientras que, en cambio, se reducía el tributo de cinco a tres talentos.

Turios y el panhelenismo
Los conflictos de los cuarenta se saldaban a través del establecimiento de una cierta homogeneización en el mundo controlado por los atenienses, o bien porque, como en el caso de Eubea, se establecían clerucos propios y se difundía con ello la propia politeia, o bien, como en el caso de Mileto y de Colofón, porque se favorecía o imponía el establecimiento de un sistema democrático. Asimismo, en el año 445, un decreto señala el envío de colonos atenienses a Brea, que reproduce las características propias de las fundaciones coloniales, pero establece una normativa para regular formas de asistencia mutua en el territorio tracio y regula la participación de los colonos en las fiestas de la metrópolis, Panateneas y Dionisias. Hacia la mitad de la década, las listas de tributo revelan, después del año crítico de 447, el inicio de la recuperación. A partir de entonces, las circunstancias favorables en el exterior, reflejadas en la paz de treinta años con Esparta, y los triunfos políticos de Pericles en el interior facilitaron el encauzamiento de una nueva política orientada hacia el reforzamiento ideológico de la unidad griega como manifestación del espíritu panhelénico. Ésta es la interpretación que dan algunos autores, frente a la opinión de otros, del sentido profundo que tenía la fundación de la colonia de Turios. Los de Síbaris habían pedido ayuda para reconstruir su colonia, destruida por los de Crotona. Era sin duda para Atenas otra nueva oportunidad de intervenir en Occidente, hacia donde, al parecer, ya se van delineando algunas aspiraciones expansivas de la ciudad. Junto a ello, el hecho de que se convocara la colonia de manera amplia para estructurar una población mezclada, en correspondencia con el ambiente dominante, hace pensar que Pericles trataba de crear una colonia modelo, que rompiera el particularismo de la polis, que uniera a los griegos bajo el patrocinio fundador de Atenas como ktistés. La participación de Lampón y Jenócrito, adivinos que parecerían integrarse en las concepciones tradicionales propias de los sectores ciudadanos más apegados a los rituales délficos, al lado de Protágoras, símbolo de la renovación intelectual, parece revelar que también en el tiempo se buscaba la síntesis de lo viejo y lo nuevo, para integrar la mayor cantidad posible de aspectos de la realidad. El historiador Heródoto, nudo historiográfico entre la genealogía y el mito, por un lado, y la concepción histórica explicativa de la realidad democrática e imperialista, por otro, acudió a Turios, donde redactó buena parte de su obra. Paralelamente, según un dato de Plutarco que no todo el mundo acepta como verídico, Pericles convocaba un congreso panhelénico para proponer que las ciudades se recuperaran solidariamente de las pérdidas habidas en la guerra con los persas. El proyecto fracasó, seguramente porque era fácil notar las intenciones de Atenas, que se consideraba la mayor perjudicada en dicha guerra y, por tanto, pretendería ser la mayor beneficiaria de las compensaciones, al margen de que de ese modo también tratara de articular en torno a ella un panhelenismo que podía interpretarse como imperialismo.

Imperio y democracia
En el año 441 tuvo lugar la revuelta de Samos, cuyas vicisitudes concretas se conocen bastante bien gracias a la atención que le presta Tucídides. En sí misma, fue significativa de las vinculaciones existentes entre las relaciones políticas de Atenas con las ciudades del imperio, las que se daban entre éstas y los problemas internos de cada una. Las concepciones que se refieren unitariamente a la rebelión de Samos deben revisarse, pues se trata de un conflicto de orden interno, que, desde luego, fue posible sólo dentro del panorama general de las relaciones entre ciudades. Se produjo, en efecto, un conflicto entre Mileto y Samos por el control de Priene. Los de Mileto, en situación desventajosa, pidieron ayuda a Atenas, pero también tenían el apoyo de algunos samios que pretendían renovar la politeia. Su victoria significó el establecimiento de la democracia. Contra ellos se rebelarían los exiliados y algunos de los que se habían quedado a pesar del nuevo régimen. Entre ellos estaba Meliso de Samos, filósofo pitagórico que escribiría contra los políticos demócratas atenienses. Atenas derrotó a los rebeldes por medio de una expedición que fue dirigida personalmente por Pericles. Desde luego, no puede desprenderse un automatismo absoluto entre las intervenciones atenienses y el apoyo a la democracia. Al parecer, en la primera intervención en Mileto, los atenienses habían llegado a determinados acuerdos entre los que se encontraba el respeto al sistema oligárquico existente. No obstante, parece que la tendencia va en el otro sentido y el autor anónimo de la "Constitución de Atenas" atribuida a Jenofonte señala precisamente el caso de Mileto como efecto de un error excepcional. Si permitían el gobierno oligárquico en las ciudades, a los atenienses se les creaban problemas, mientras que tenían garantizada la fidelidad en el caso de que apoyaran el poder del demos. Tal era la base de las relaciones según este autor. Así, el demos ateniense se sentía seguro. Ello coincide con los comentarios que, en general, se hacían sobre la represión tras las revueltas y los intentos secesionistas, que recaía sobre los más ricos y poderosos, al menos durante los años de la Pentecontecia. Según Aristófanes, los juicios por traición siempre iban dirigidos contra los más poderosos de las ciudades aliadas, eran los ricos y los gordos los que recibían habitualmente los castigos. Los comentarios generales de Tucídides y Aristóteles van por el mismo camino. Para el primero, los atenienses son los sostenedores del demos, mientras que los espartanos apoyarán a los pocos cuando se inicie la guerra del Peloponeso. Aristóteles, en cambio, se refiere a la expulsión de las oligarquías por parte de Atenas y de las democracias por parte de los espartanos. Hay que reconocer, sin embargo, que la regla general no se cumple en cada caso y, sobre todo, que las circunstancias posteriores, durante la guerra, harán que se alteren muchas actitudes por coyunturas específicas, desde los temores a la represión del contrincante hasta las alianzas circunstanciales por beneficios inmediatos en los enfrentamientos bélicos.

Imperialismo ateniense
El hecho de que la intervención ateniense encontrara el apoyo del demos, correlativamente al hecho de que el beneficiario más directo e inmediato del impacto fuera el demos ateniense, plantea el problema de la identificación de este fenómeno con el del imperialismo como concepto general susceptible de aplicarse a realidades concretas. Así, en un famoso articulo de 1954, G.E.M. de Ste.-Croix plantea un problema que ha suscitado gran debate acerca del carácter del imperio ateniense y de si su popularidad permite que se le atribuya el nombre de imperialismo. Sobre la popularidad cabe discutir el problema de las fuentes, siempre contrarias al imperio y a la democracia, pero es difícil negar que era ahí, en el demos, donde se hallaban los posibles elementos colaboracionistas con el poder ateniense. Algunos casos concretos se conocerán mejor dentro de las circunstancias de la guerra, aunque éstas introduzcan, lógicamente, factores de confusión. Aun así, los casos de Lesbos, Melos y Quíos podrán resultar ilustrativos. Más complicado conceptualmente es determinar la legitimidad del uso del término imperialismo. Es cierto que, en el uso habitual del mismo, se hace referencia a un sistema de imposición en el que el dominante encuentra apoyo en aquella parte de la comunidad oprimida que constituye a su vez su clase dominante. Aquí, los dominantes son el demos ateniense, dentro de unas relaciones específicas que constituyen la forma de convivencia de la Atenas del momento, de modo que la alianza se establece igualmente con el demos, que recibe el apoyo de Atenas en su convivencia con sus propios oligarcas. Estos son los que aportan las rentas que constituyen el tributo y es a ellos a quienes se priva de tierras para beneficiar a los clerucos atenienses. La democracia apoyada por Atenas impide que la presión se ejerza tan violentamente por esos oligarcas sobre el demos de las ciudades, como si se tratara de un sistema adecuado a sus intereses. El demos tiene órganos expresivos y el apoyo de la potencia imperialista. De ese modo, las relaciones imperialistas canónicas no parecen encajar en estos sistemas. Ahora bien, la imposición de un tributo del que las ciudades tratan de escapar, las guarniciones establecidas para garantizar la sumisión, la implantación de clerucos y la celebración de juicios en los tribunales atenienses reflejan la violencia de una actuación que evidentemente impide creer que el propio demos sea capaz de controlar la situación como hace el demos ateniense. Ésa es la realidad. El demos de las ciudades sólo controla gracias al apoyo ateniense, pero ello lleva consigo el pago del tributo por parte de los propietarios, lo que hace que las relaciones imperialistas repercutan negativamente en las relaciones sociales, cuando esas mismas relaciones son las que permiten la concordia dentro de la sociedad ateniense. Las relaciones entre demos ateniense y demos de los aliados se hacen así eminentemente desiguales, por más que la democracia ateniense constituya un modelo digno de imitación por todos los pueblos de Grecia, que no accederán plenamente a ella mientras su propia ciudad no sea una ciudad imperialista, por lo que la imagen de la democracia ateniense se convierte, para los demás, en un espejismo, un modelo inalcanzable que, como tal, crea alianza y cohesión pero también, en momentos críticos, se transforma en motivo de discordia.

2.- Evolución política de Atenas

Tras la victoria contra los bárbaros, Temístocles parece especialmente preocupado por la posibilidad de que Esparta recupere la hegemonía griega. En ese marco hay que situar sus esfuerzos para la reconstrucción de los muros de Atenas, a la que se oponían los espartanos, que seguían proponiendo situar toda la defensa griega en el Peloponeso. Una vez más, Temístocles llevó a cabo una de las estratagemas que lo caracterizaban por las artimañas de su inteligencia y por su personalidad particular renovadora. Así se demostró, se dice, que Atenas estaba en condiciones de actuar por sí misma. También se opuso a la propuesta espartana de castigar a quienes habían colaborado con los persas, pues eso podría significar el reconocimiento de la hegemonía espartana, al margen de que así Temístocles parecía defender las tradiciones representadas por el oráculo de Delfos e intentar que recuperara su prestigio. La expedición espartana que pretendía castigar a los tesalios, por otra parte, fracasó, lo que permitió afirmar la actitud defendida por Temístocles. Las acciones similares de Pausanias en el Egeo no hicieron más que proporcionarles problemas a los espartanos. Los conflictos internos subsiguientes hicieron que Esparta como tal dejara de constituir un problema para la afirmación momentánea del poder ateniense en el Egeo. De este modo, cuando los espartanos quisieron implicar a Temístocles en sus acusaciones contra Pausanias, se encontraron con que aquél había caído en desgracia y había sido sometido al ostracismo, seguramente en 471, o tal vez un poco antes. Era el resultado del desarrollo expansivo, a costa de los persas, que se había iniciado con la formación de la Liga de Delos y que proporcionaba todo el prestigio a personajes como Arístides y Cimón, mientras que la hostilidad hacia Esparta quedaba fuera de los objetivos del pueblo ateniense, ahora enfervorizado por el triunfalismo y por la afirmación de la propia entidad griega frente a los bárbaros, circunstancias potenciadas por las posibilidades de acceso a las ganancias que se empezaban a vislumbrar como consecuencia del dominio del Egeo. Tras el ostracismo, los atenienses reclamaron a Temístocles como colaborador de Pausanias en su política inclinada a una nueva colaboración con los persas. El ateniense, que había quedado inicialmente en Argos, lugar clave del Peloponeso para desarrollar una política antiespartana, huyó hacia el norte y, a través de Macedonia, se refugió junto a los persas, donde, paradójicamente, se dice que se dedicó a planear la posible recuperación del imperio del rey. La evolución política de la ciudad está condicionada por factores externos. Esparta y Persia, en sus vicisitudes internas, influyen en las actitudes cambiantes adoptadas por el pueblo ateniense y en los apoyos buscados por los políticos en el plano individual.

Imperio y evergetismo
El desarrollo de los controles marítimos se convirtió lógicamente en cauce de enriquecimiento para las familias poderosas. La proliferación de las acciones proporciona ventajas en el control de los mares y en las posibilidades de acceso a nuevos territorios, que podían ser objeto de reparto como cleruquías, y a poblaciones susceptibles de ser sometidas a esclavitud. La población libre ateniense se acomoda momentáneamente al predominio de las tendencias oligárquicas, adaptadas a los nuevos modos de acceso a la riqueza. Ahora la oligarquía no se opone a la política naval, sino que encauza en provecho de sus propios intereses el desarrollo naval de la época de Temístocles. Durante la primera década posterior a la guerra, las fuentes se refieren a la colaboración entre Arístides y Temístocles, situación que finalizó en el momento en que este último quedaba fuera del juego político a través del ostracismo, de la acusación espartana y del exilio junto a los persas. La tradición continúa alabando la moderación del primero. En algún momento, tal vez de modo anacrónico, Aristóteles le atribuye la propuesta de que el ciudadano ateniense viva de la hegemonía que se viene configurando. Sin embargo, el político verdaderamente prominente y significativo de este período, en el plano de la política interna, fue Cimón, hijo de Milcíades. Estratego de éxito en las acciones de la flota, ganó tal prestigio que le permitió ejercer la estrategia desde 478 y conservar la influencia política hasta 461, con una prolongación posterior accidentada y circunstancial, reflejo del cambio de los tiempos. Para Cimón, es importante que sean los atenienses quienes lleven el peso militar de la Liga, con lo que los aliados pueden permanecer en paz y tranquilidad bajo su protección, mientras aquéllos obtienen tierra y botín. La relación imperialista se va articulando y estructurando. Sin embargo, esa articulación se realiza de modo individual. El sistema hegemónico se convierte en el sustento económico para la recuperación del modo de redistribución de la ciudad arcaica, a través de acciones benéficas por parte de los más ricos. El propio Cimón se caracterizó y obtuvo fama por su generosidad en el reparto del botín, modo de atraer voto para perpetuar el control dentro del sistema democrático. Además, se decía que mantenía sin vallas sus propiedades territoriales para que todos pudieran acceder a ellas y tomar cuanto necesitaran. Aunque posiblemente, de acuerdo con Aristóteles, haya que limitar esta práctica a los miembros de su demos, se trata, de todos modos, de una práctica evergética políticamente instrumentalizada como medio de reproducción del poder. También se decía que ofrecía comidas y financiaba los entretenimientos del ocio del pueblo. Para el sofista Gorgias, la riqueza le servía para obtener honra, timé, concepto abstracto, pero también concreto, pues se refiere frecuentemente al ejercicio de las magistraturas, como los honores latinos. No era elocuente, dice como elogio Estesímbroto de Tasos, escritor contrario a los personajes sobresalientes de la democracia ateniense. Sus méritos estaban en la política, pues sus prácticas, en este sistema evergético, hacían innecesario el uso de la oratoria para atraer los votos, como ocurrirá en épocas sucesivas.

Política laconizante
En el año 469, un terremoto en Laconia favoreció la promoción de una revuelta servil entre los hilotas de Mesenia, que se hicieron fuertes en el monte Ítome, lugar sagrado de Zeus en que se sentían protegidos. A pesar de que ya se definen las diferencias entre ambas ciudades, los espartanos, en situación muy agobiante, buscan la solidaridad de los propietarios de esclavos y la reciben de algunas colectividades, entre ellas de Atenas. Aquí todavía triunfaba el orgullo de la victoria, como si el apoyo a los espartiatas fuera a repercutir en la consolidación de la hegemonía, incluido el territorio del Peloponeso. Los argumentos de Cimón se dirigían hacia la consideración de una Grecia bifronte, formada por dos ejes que no se podían perder. En este debate se sitúa la primera actuación de Efialtes, opuesto a que tal ayuda se llevara a cabo. El demos vota de momento a favor de la propuesta de Cimón. Es el punto culminante de la política evergética. Plutarco aclara el sentido que pudiera atribuírsele a ésta. Para él, no hay que ver en ella algo que pueda confundirse con la democracia. Cimón era aristocrático y laconizante. Éste fue el momento clave para que se revelaran los contenidos de sus actitudes. En efecto, la revuelta no se sofocaba a pesar de que los espartanos habían confiado en la capacidad de los atenienses. No sólo ésta resultaba inútil, sino que, incluso, comenzaron a surgir sospechas de que los atenienses no mostraban interés, a causa de sus diferentes etnias, pues no pertenecían a la rama griega de los dorios, pero tampoco compartían sus modos de concebir las relaciones humanas. Los atenienses tuvieron que marcharse, ante las sospechas de que colaboraban con los rebeldes, lo que repercutiría en la orientación de las relaciones entre ambas ciudades y en el prestigio de Cimón dentro de Atenas. Al revelarse el sentido exterior de sus proyectos políticos, para el demos ateniense se aclararon también los aspectos externos, revestidos de demagogia, pero consistentes más bien en que la capacidad distributiva de los poderosos, enriquecidos gracias al trabajo del demos, de los esclavos, de los tributos y de las acciones navales en que participa el demos, aumenta su poder y aparta al demos del mismo. Éste se dedica a los erga, labores económicas, productivas y de consolidación del poder imperial, mientras deja los prágmata, la labor política, en manos de aquéllos, que son los que ponen en circulación el dinero. El texto conocido como "Anónimo de Jámblico" alaba esta actitud como creadora de circulación frente a la tesaurización propia del hombre tiránico, aislado de la colectividad. Aquél se encuadra dentro de la democracia, pero en una línea que reproduce los aspectos económicos del arcaísmo.

El Areópago
Dice Aristóteles que, en el período subsiguiente a las Guerras Médicas, en Atenas había gobernado el Areópago gracias a las medidas que había tomado en el momento de la batalla de Salamina. Se trata, pues, de un efecto del espíritu triunfalista, el mismo que llevaría a intervenir en favor de Esparta a propuesta de Cimón. Sin embargo, después del ostracismo de Temístocles, al inicio de la década de los sesenta, las circunstancias comienzan a cambiar, seguramente por causas no ajenas a dicha intervención. En efecto, mientras Cimón estaba ausente, en 462-61, en Atenas, Efialtes lleva a cabo una serie de medidas que afectaban principalmente al Areópago, tanto porque fueron acusados muchos de sus miembros por delitos públicos, como porque la institución misma se vio privada de buena parte de sus funciones. En relación con el primer aspecto, cabe pensar que aquí se encuadre el desarrollo de las prácticas por las que los magistrados y cargos públicos se someten en Atenas a la rendición de cuentas. Nadie estará libre en la democracia de una sanción si su gestión no ha sido satisfactoria para el demos. En este sistema, donde en el aspecto económico los controles siguen en manos de las grandes familias, tal forma de supervisión popular limita la capacidad de los poderosos para ejercer sus cargos con impunidad. Según Aristóteles, lo fundamental fue que privó al Areópago de su papel de guardián de las leyes y creó nuevos nomophylkes, para desempeñar esa función, mientras que otras fueron atribuidas al Consejo de los Quinientos, la boule, y a los tribunales, la Heliea, reclutada entre todos los miembros del demos. La consecuencia, en este aspecto, afecta al arcontado, al que se priva de la capacidad de dar un veredicto en cuestiones judiciales, ahora en manos del demos. Bien es verdad que, anteriormente, los arcontes, al haberse designado por sorteo, habían perdido funcionalidad política y atractivo como función desempeñada por la clase dominante, por lo que no tuvo tanta importancia en la fama que posteriormente acompañaba a las reformas de Efialtes, más atenta a lo que afectaba al Areópago, organismo entonces en auge. Ahora quedaría limitado al juicio por delitos de sangre, heredero de la justicia gentilicia, ya estatalizada en tiempos de Dracón. Ese papel venerable mantendría su prestigio, vinculado a la leyenda de la absolución de Orestes por el asesinato de su madre, timbre de gloria de la Atenas mítica que sirvió de resolución dramática conciliadora a la tragedia de los Atridas representada en la Orestiada esquilea, en el año 458. Otra consecuencia fue el ostracismo de Cimón, coherente con la misma reacción del demos, en el plano institucional y en el plano individual. La represión de la revuelta de los tasios pudo colaborar, pues de allí volvía cuando sufrió la condena, porque tal vez ponía de relieve que las relaciones idílicas no eran posibles en el imperio tal como se iba configurando, ni siquiera entre griegos. La teórica continuación de la guerra contra los persas está empezando a dejar ver su otra cara, que afectaba a estas otras relaciones.

La democratización
La reacción contraria se manifestó en el asesinato de Efialtes, objeto de toda clase de elucubraciones entre los autores antiguos, alguno de los cuales, citado por Plutarco, llega a atribuírselo a Pericles, colaborador de Efialtes en las reformas y en los ataques a Cimón. La reacción de éste ante las reformas no tuvo eficacia y, a pesar del asesinato, la línea marcada por las reformas de Efialtes es la que continúa adelante, con el protagonismo creciente de Pericles. Para muchos, éste fue el momento preciso en que se implantó un sistema verdaderamente democrático, dentro de las condiciones propias de la ciudad antigua, en Atenas. Las medidas se suceden y, paralelamente, el cambio de iniciativa, cada vez más centrado en los intereses del demos. Sin embargo, el protagonismo de Pericles sólo se hace evidente hacia el año 450. Antes, el anonimato no permite atribuirle el protagonismo de algunas de las medidas democratizadoras. Así, en el año 458-57, el arcontado se hace accesible a los zeugitas u hoplitas, lo que representa un arma doble, indicativa de cómo el proceso democratizador no se lleva a cabo sin altibajos. En efecto, si la ampliación del cuerpo cívico capaz de acceder a la magistratura es una medida indudablemente isonómica, tiene también otra cara, pues de este modo se consigue una nueva diferenciación institucional dentro del demos, donde quedan diferenciados los poseedores de tierra del demos subhoplítico, relegado, sólo él, a quedar ajeno al arcontado. Bien es cierto que el arcontado ha quedado muy desvirtuado con la designación por sorteo, lo que quiere decir que el acceso hoplítico permanece en el plano del prestigio social e ideológico, pero éste es muy fuerte en una época en que se configura la mentalidad del hoplita como clase privilegiada, imitadora del héroe legendario, identificada con los maratonómacos, cuando se está fraguando la diferencia entre los méritos de Maratón y los de Salamina, forma de compensación de las posibles ventajas reales obtenidas por ellos a través de la política cimoniana, ahora desplazada. En 453/2, se crean los jueces de los demoi, lo que sería un modo de acceso directo de los particulares a la vida judicial para evitar las concentraciones en la ciudad que favorecían la acumulación de poderes particulares. Tras estas medidas suele admitirse la existencia de una democracia como la definida por Aristóteles, donde se puede acceder a las magistraturas gracias al sorteo, mientras que la estrategia, basada en la experiencia militar, pasa a convertirse en el verdadero vehículo de actuación política de los individuos.

Los privilegios de la ciudadanía
Según Plutarco, entre las medidas de Pericles estuvo la de establecer la misthophoría, o pago de indemnización por asistir a funciones políticas. Lo hacía, dice, para competir con el evergetismo de Cimón. De hecho, ahora la redistribución del beneficio del imperio se hará, por tanto, a través del estado. La acción idion, privada, se sustituye por la acción dernosion, pública. Ello significa que se priva a los particulares de utilizarla en su proyecto. El redistribuidor deja de ser el particular para poner la función en manos del demos, sin que ello quiera decir que no continúen teniendo posibilidades de control los miembros de las grandes familias. Sin embargo, controlada la ganancia por el demos, la flota se convierte básicamente en instrumento para el mantenimiento de su propia libertad, a través de la ciudadanía, situación que garantiza, no sólo no caer en la esclavitud, sino también no caer en las condiciones económicas que pudieran obligarlo a realizar, como libre, trabajos serviles. El demos controla y se beneficia del imperio, aunque también se beneficien las clases dominantes, pero éstas han de actuar políticamente en consonancia con los intereses del demos. Una vez que la ciudadanía se ha convertido en arma privilegiada, su extensión se restringe, hasta el punto de que otra de las medidas, coherente, atribuida a los primeros momentos del predominio democrático de Pericles, es la del metréxenos, por la que se excluye todo aquél cuya madre fuera extranjera. Según Plutarco, se tomó para reducir el número de los beneficiarios de un concreto reparto de cereales procedentes de Egipto, pago de la colaboración con Inaro, pero tuvo una proyección mayor en la sucesiva conformación de las relaciones entre ciudadanía, democracia e imperio. Según Plutarco, quedan fuera 10.040, pero Filócoro habla de 4.700 ilegales.

Democracia e Imperio
El demos ateniense resultaba, sin duda, beneficiario del imperio y en él se apoyaban sus posibilidades de conservar y prolongar la democracia. Tales circunstancias crearon una mentalidad específica dentro del propio demos y de sus dirigentes. En efecto, de este modo se configura la idea que hace al demos ateniense, por una parte, consciente de su superioridad sobre los demás griegos y, por otra parte, capaz de admitir una situación de superioridad interna protagonizada por individuos de la clase dominante. La estabilidad a que se llega en los años finales de la década de los cuarenta facilita la consolidación de las formas ideológicas que acompañan a esta específica coyuntura, donde se conjuga el imperialismo ateniense con la democracia. En el interior, la democracia se personaliza para que el demos acepte la dirección de las figuras de la aristocracia, como símbolos capaces de asumir la superioridad brindada por el colectivo ciudadano. Para Tucídides, lo que de nombre era democracia constituía de hecho el gobierno de un solo hombre. En la práctica, ese hombre fue Pericles, un prostates del pueblo que era llamado protos, el primero, y que era comparado con Zeus por sus contemporáneos. La figura de Pericles se va erigiendo en modelo al que todos los políticos posteriores, dentro de la democracia, tratarán de imitar. Igualmente, se erige en el punto de partida de nuevas teorías que creen en la mente rectora del mundo, el nous, o en el "hombre medida de todas las cosas". En efecto, en torno a Pericles se forma una escuela de pensamiento que se revela como la proyección ideológica del sistema mismo. Por este motivo y por el hecho de que esta realidad se base en la existencia de una superioridad protagonizada por Atenas, la visión se proyecta. La misma relación que existe entre Pericles y los atenienses, que lo aceptan por colocarse por encima de todas las disputas entre ellos, quiere verse en Atenas, directora de la Hélade en el plano político, porque en sus manos estuvo la acción que llevó a la libertad y que sigue llevando a ella, porque la superioridad ateniense, en este plano propagandístico, es la que permite que el peligro bárbaro se halle controlado. Por ello pueden invertirse los fondos de la Liga en la construcción de edificios en Atenas, convertida en paideusis de Grecia, la escuela donde aprenden todos los griegos, la que, según Pericles, en palabras reproducidas por Tucídides, no envidia nada a nadie, sino que es ella misma objeto de envidia. Tanto la democracia como el imperio vienen a ser expresión de una misma realidad, formada por la relación entre un elemento colectivo y otro individual, que ejerce, con méritos suficientes, una superioridad basada en el consenso y la concordia.

La oposición de Tucídides de Melesias
En estas circunstancias en que se juntaban la paz con Persia, los planes coloniales y la afirmación del imperio como elemento de reforzamiento de la democracia, los sectores oligárquicos, según Plutarco, se asustaron ante la posibilidad de que Atenas cayera definitivamente en manos del demos, a pesar de que el dirigente teórico, personalizado, fuera Pericles. Por ello, comenzaron a gestar planes dirigidos específicamente contra éste. Como alternativa, se promueve la candidatura representada por Tucídides, hijo de Milesias, a quien comparaban con Cimón, como si se tratara de hacer renacer una política basada en la alianza con Esparta y en las relaciones sociales expresadas principalmente en el evergetismo. El objetivo era que los oligarcas recuperaran el control del estado. La campana de Tucídides se proyectó en las acusaciones, dirigidas contra Pericles, de dilapidar el dinero público procedente de los aliados en gastos favorables a la ciudad. El objetivo era, por tanto, el tipo de redistribución que Pericles había ofrecido como alternativa al evergetismo, el dinero demosion como fondo para el bien colectivo. Según Plutarco, Pericles se ofreció a actuar en consecuencia. Si no se admitía el gasto público para sus proyectos, emplearía sus dineros privados, lo que fue rechazado por el demos que, evidentemente, se inclina por el sistema que él mismo había preconizado. En relación con esto se encuentra, sin duda, el ostracismo del año 444-43, promovido al parecer pensando que la popularidad de Pericles podría considerarse peligrosa, por tender a transformar su superioridad democrática en superioridad tiránica, como se dirá luego del imperialismo. El resultado, sin embargo, fue que el mismo Tucídides resultó el objeto de los votos negativos de la mayoría del demos. El sistema se halla en un momento espléndido y la colaboración entre Pericles y el demos, basada en el imperio, posiblemente se encuentra en su punto culminante.

La oposición
Las posibilidades de una actuación eficaz por parte de la oposición cesaron de esta manera. De ahora en adelante, antes del comienzo de la guerra del Peloponeso, no se conocen acciones en este sentido. Se sabe, sin embargo, que existían movimientos contrarios, por supuesto, en las ciudades del imperio que sufrieron algún tipo de represión, como los representados por Meliso de Samos o Estesímbroto de Tasos. También en Atenas se conoce un escrito significativo, posiblemente de esta época, la "Constitución de Atenas" que aparecía entre las obras de Jenofonte, pero cuyo autor real permanece en el anonimato. En ese escrito se critica el tipo de relaciones establecido entre Atenas y las ciudades, sobre todo el hecho de que los ricos de éstas tengan que acudir a los juicios a la cabeza del imperio. Ahora bien, el autor sabe bien que todo ello ocurre porque el demos obtiene beneficios y que todo el sistema se organiza así porque trata de atender a los intereses del demos, frente a ricos, nobles y propietarios agrícolas. El sistema democrático, desde su punto de vista, no es bueno, pero si fuera bueno no podida servirle al demos en su propio beneficio. Se trata de un escrito claramente contrario a la democracia, pero capaz de analizarla con enorme lucidez. En los años anteriores a la guerra del Peloponeso, se conocen algunas actuaciones contrarias a aquéllos que aparecen más próximos a la figura de Pericles, a los llamados círculos intelectuales orgánicos, lo que se interpreta habitualmente como modo de manifestarse los movimientos de oposición, incapaces de dirigirse contra Pericles mismo. Anaxágoras, autor de la teoría del nous o mente organizadora, que suele identificarse como teoría del poder personal y democrático, fue objeto de una condena por tratar de los asuntos del cielo, lo que se había prohibido a través del decreto de Diopites, adivino a quien se consideraba vinculado a las prácticas oraculares délficas. También fue condenado Fidias, el escultor de los frisos del Partenón, autor de la Atenea que era símbolo de la ciudad misma y de las esculturas donde las fiestas de la ciudad aparecen como representación de las pretensiones integradoras de la nueva Acrópolis, de aspiraciones panhelénicas. Se duda si en tales círculos contrarios a Pericles se encuentran representados los aristócratas relegados en torno a Tucídides o si empieza a fraguarse un tipo de política donde actúan los nuevos personajes que luego se definirán en figuras como la de Cleón, tendentes a formas de demagogia que conducen hacia posturas consideradas extremadas las aspiraciones imperialistas del demos.

3.- Esparta y la Liga del Peloponeso

Durante las guerras médicas, los conflictos internos de Esparta se manifestaban en términos de medismo, sobre todo en el caso del rey Demarato, exiliado entre los persas, colaborador e incitador para que atacaran Grecia, al tiempo que, en Heródoto, se muestra como admirador de las instituciones espartanas, contrario al despotismo del Rey. Luego, permanecieron las dudas y la tendencia a proteger el territorio sólo desde el Istmo, lo que produjo problemas con sus aliados atenienses. El final de la guerra no aclaró totalmente el panorama, agravado más bien por las relaciones internas de la Liga del Peloponeso. En esos años, Tegea y Elis dan síntomas de que la coherencia está dañada, al margen de que continúan los problemas con Argos, inclinada hacia los persas. Incluso hay datos para pensar que algunos de los asentamientos de periecos se mostraban tendentes a aprovechar la coyuntura en favor de su propia secesión. Eran circunstancias complicadas las que vivía Esparta en los momentos en que los atenienses vencían en Salamina y, después, ellos mismos dirigían las tropas hacia Mícala y Platea. Después de Mícala, no quisieron atender a la llamada de los griegos que pedían ayuda para liberarse de los persas. Pausanias sí tuvo un papel activo en Platea, donde, por otra parte, Heródoto tiene que reconocer el mérito especial que había que atribuir a las tropas ligeras, formadas por personal no espartiata, incluidos los hilotas, a quienes Pausanias encargaría el reparto del botín.

Pausanias: la tiranía y los persas
La gloria también fue para Pausanias, pero, según se decía, había hecho un monumento en que se atribuía personalmente los méritos de la victoria, con lo que faltaba a la práctica propia de los espartanos y, en general, de los ejércitos hoplíticos, consistente en actuar colectiva y solidariamente, para que los méritos correspondieran igualmente a la colectividad. Después, al mando de la flota, recupera Bizancio de manos de los persas, pero inmediatamente empiezan a quejarse los griegos del trato tiránico que recibían de él, que se había hecho una guardia oriental y andaba por la ciudad como un reyezuelo al servicio del rey de los persas. La agudización de los aspectos individualistas que habían comenzado a fraguarse en su autoelogio posterior a Platea llega a su extremo al adoptar esas formas típicas del despotismo oriental. Los espartanos lo hicieron volver como objeto de una acusación, para someterlo a juicio, porque pretendía convertirse en tirano. Al parecer, prometía la libertad a los hilotas. Junto con los aspectos formales que podían hacer pensar en ese tipo de proyecto, el hecho mismo de pretender, frente a la opinión dominante, continuar con el control del Egeo y liberar a los dependientes, para crear un demos libre capaz de actuar, al menos en sus posibles pretensiones, como actuaba el demos ateniense, elemento básico de la expansión naval, hace pensar que en la acusación contra él podría haber algo de verdad, pues respondería así tardíamente a la figura de los tiranos, instrumento de liberación del pueblo en vías de caer en la servidumbre, al tiempo que efecto y vehículo de las transformaciones vinculadas al nacimiento de los intercambios de la edad arcaica. En las vicisitudes de la biografía de Pausanias, absuelto, refugiado entre los persas y nuevamente condenado, se interfieren las relaciones con Atenas y el desarrollo inicial de la Liga de Delos, al mismo tiempo que las acciones de Temístocles, enemigo de los espartanos pero acusado de colaborar con Pausanias, lo que revela a medias ciertas coincidencias cuya naturaleza de fondo no aparecen claras. Los espartanos no querían continuar con la hegemonía, una vez que ésta se convertía necesariamente en hegemonía marítima y se traducía en acciones ultramarinas, con una flota que imponía formas de liberación como la propuesta por Pausanias. Sin embargo, de una anécdota de Éforo transmitida por Diodoro Sículo se desprende que ésa fue la opinión dominante, impuesta por la gerusía, como órgano más representativo de la oligarquía que acaparaba el poder, minoría dentro de la minoría de los espartiatas. Las noticias de la pérdida del dominio marítimo habían levantado protestas, así como la contrapropuesta consistente en recuperarlo para bien de Esparta y de los espartiatas. Diodoro dice que era ésa la opinión mayoritaria entre los jóvenes, pero que uno de los Heráclidas se impuso por su prestigio, al preconizar que el tipo de dominio no era propio de Esparta sino de Atenas, y que sólo provocaría problemas, sin duda los derivados de las transformaciones sociales que necesariamente llevaba consigo.

Tercera Guerra Mesenia
El final de Pausanias y la retirada de la hegemonía dejaba todas las decisiones espartanas en manos de esa oligarquía aislacionista y conservadora, ahora especialmente fortalecida. Sin embargo, su capacidad para tomar decisiones internas no la libró de enfrentarse a múltiples problemas procedentes de los márgenes de su realidad. Desde 471, parece que, en cierto modo como efecto de la actividad de Temístocles en el Peloponeso, reaparecen los problemas entre los eleos y los tegeatas, tendentes a convertirse en ciudades democráticas y a aliarse con los argivos, que continuaban manifestando su hostilidad a los espartiatas. En la década de los sesenta, los arcadios llegaron a formar una coalición que fue derrotada en la batalla de Dipea. Ni los datos ni las investigaciones habidas hasta el momento permiten definir con cierta exactitud cuál es el grado de democratización a que llegaban estas ciudades rivales de Esparta, ni cuál sería su identificación en el plano económico y social, cuáles eran los límites de la participación en la politeia y los derechos reales que ésta aportaba a los grupos de la colectividad. Hay que suponer, con todo, que al menos suponía una notable ampliación del cuerpo cívico con respecto a una oligarquía restringida. Ahora bien, el problema más grave con el que tuvieron que enfrentarse los espartanos fue el de la llamada tercera guerra mesenia, consistente realmente en la revuelta de los hilotas de Mesenia, relacionada con un terremoto atribuido a la voluntad de Poseidón, dios que conmueve la tierra, que tenía un santuario en el Ténero, lugar de asilo de los hilotas. Sin embargo, la resistencia más fuerte de la rebelión, que se dice que duró diez años, desde mediados de los sesenta a mediados de los cincuenta, tuvo lugar en el monte Ítome, donde también había un santuario dedicado a Zeus, en que los hilotas conservaban, en Mesenia, algún tipo de asilo. Posiblemente, la actuación anterior de Pausanias no es ajena a los gérmenes de todo este proceso de rebeldía. La ayuda prestada por los atenienses a iniciativa de Cimón y el rechazo posterior de parte de los espartanos contribuyó al inicio de las hostilidades entre ambas ciudades y a las transformaciones democráticas de Atenas, a iniciativa de Efialtes. Hubo también grupos de periecos de diferentes asentamientos que apoyaron la revuelta. En su primer impulso, el movimiento tomó una actitud más activa, pero luego se limitaron a resistir en el monte Ítome. En relación con estos datos, existe alguna ambigüedad sobre la participación de hilotas laconios, seguramente debido a que el desenlace centrado en Mesenia influyó en la orientación en este sentido de las fuentes que tienden a considerar el movimiento como específicamente mesenio. Al final, seguramente porque el inicio de las hostilidades con Atenas obligó a los espartanos a dispersar fuerzas, éstos se vieron forzados a llegar a un pacto con los rebeldes y, si no les concedieron la posibilidad de quedarse cultivando sus tierras, al menos los mesenios pudieron asentarse en Naupacto, en el golfo de Corinto, en la costa de Lócride, donde desempeñarían un importante papel en las relaciones entre Atenas y Esparta.

Liga del Peloponeso
A lo largo del período de la pentecontecia, o cincuenta años de paz, la que se vería, como se había visto y se verá, constantemente violada, las relaciones de Esparta con sus aliados no aparecen del todo claras. Por un lado, la Liga del Peloponeso sería la heredera de las relaciones creadas antes de las guerras médicas entre Esparta y las ciudades de la península, que para Heródoto eran una forma de sumisión. Sin embargo, la guerra misma había transformado esa liga en una Liga Helénica, que tuvo vigencia teórica hasta mediados de siglo, pero que de hecho se había desvirtuado desde el momento en que se formó otra alianza en torno a los atenienses. Ello sin duda repercutió en las relaciones internas entre los peloponesios, como puede deducirse de los acontecimientos en los que al parecer había tenido un papel promotor Temístocles. La difusión de la democracia había significado paralelamente la aparición de impulsos secesionistas. Sin embargo, una vez que se llegó, en los cincuenta, a una tregua en el problema mesenio y, en los cuarenta, a la paz con Atenas, la situación va haciéndose más estable. Ello no impide, de todos modos, que la alianza siga teniendo un carácter relativamente heterogéneo. Tucídides, en el libro II, capítulo 9, señala claramente una diferencia entre los aliados procedentes del Peloponeso y los de fuera del Istmo. De dentro estaban todos menos los argivos y parte de los aqueos, de fuera del Peloponeso se cita a los megarenses, los beocios, los locrios, los focidios, los ampraciotas, leucadios y anactorios. Ello parece responder no sólo a un criterio geográfico, sino a circunstancias de tipo político, dado que, al parecer, sólo los peloponesios estaban atados por los votos del conjunto de la Liga. Sin embargo, la identificación geográfica no es total, pues los beocios y, tal vez, los focidios y locrios aparecen en algunas circunstancias como si estuvieran integrados plenamente en la Liga con todas sus consecuencias. El problema, con todo, permanece vinculado más bien a la posibilidad de atribuir caracteres institucionales a realidades expresadas como los espartanos y sus aliados, que pueden corresponder a alianzas sujetas a las alternativas de las relaciones entre pueblos y entre los sectores que funcionan en cada ciudad, partidarios o no de respetar las condiciones de cada alianza en cada momento. Los juramentos funcionaban de acuerdo con factores ajenos al mundo de un derecho internacional que, como tal, no tenía una existencia plena. De las expresiones con contenido jurídico, así como de las actuaciones concretas, se deduce que la alianza, que puede definirse como symmachía, por la que los aliados han jurado tener los mismos amigos y los mismos enemigos, se configura como un conjunto de relaciones establecidas, una a una, entre Esparta y los demás. No hay un pacto común ni pacto de las demás ciudades entre si. Ahora bien, la Liga pretendía convertirse, a pesar de todo, en una institución permanente y todos los miembros de esa Liga, formada a través de alianzas particulares con Esparta, tenían voto dentro de ella. De cualquier modo, la condición específica y particular de Esparta se notaba en la existencia de una superioridad de hecho, a la que los textos antiguos califican como hegemonía. Por una parte, permanece vigente la cláusula fundamental de las alianzas particulares con Esparta, tener los mismos amigos y los mismos enemigos que ella, lo que se traduce en una inmediata superioridad en el plano bélico. Se hacen las guerras que Esparta determine, porque, además, existe una cláusula, tal vez tardía, que fuerza a todos a seguir a los espartanos adonde ellos los conduzcan. Por otra parte, en los congresos de la Liga, Esparta vota de manera independiente frente al conjunto de los aliados, lo que de hecho los convertía en seguidores de las decisiones hegemónicas. Ella es, en tercer lugar, la única ciudad con capacidad para convocar ese congreso y, además, la que ejercía la presidencia. Todo esto transforma el problema del voto en una cuestión sin sentido. La Liga del Peloponeso era la expresión de la hegemonía espartana en el Peloponeso, con el añadido de algunas otras ciudades, por afinidades que se van concretando según se crea la diferenciación dicotómica que va a conducir a la guerra del Peloponeso. La denominación normal de la Liga es, así, la de lacedemonios y aliados y sólo en algunos momentos los oradores se dirigen a los aliados, sin especificar a los miembros de la ciudad hegemónica. Por ejemplo, da la impresión de que los corintios, antes de la guerra del Peloponeso, tengan necesidad del voto de todos para que la Liga se decida a declarar la guerra. En ésta, serán naturalmente los espartanos los que desempeñen todas las jefaturas militares. El mando supremo estaba, consecuentemente, en manos del rey. El papel del congreso de la Liga se revelaba sobre todo en las declaraciones de guerra del conjunto, pues a él habrían de acudir tanto Esparta como las demás ciudades para iniciar una guerra que pudiera considerarse responsabilidad de todos, y por ello se explica que entonces los corintios hablaran a los aliados, y no específicamente a los espartanos, para pedir que se iniciara la guerra del Peloponeso. Luego, no siempre, sobre todo en momentos conflictivos, cada miembro actuaba en consecuencia. De hecho, los aspectos jurídicos quedaban superados por los religiosos, pues el juramento sacro era el que daba valor al pacto, de la misma manera que la cláusula de reserva se fundamentaba también en que alguna oposición se expresara por parte de dioses o de héroes. Este impedimento se manifestaba habitualmente en forma de coincidencia con alguna fiesta religiosa o de sacrificio cuyos resultados negativos indicaran que la divinidad se oponía a la campaña en cuestión. No parece, en cambio, que la Liga funcionara como algo parecido a un estado federal, pues ni siquiera era el organismo supremo representado por el congreso el encargado de arbitrar en las cuestiones que pudieran surgir entre sus miembros.

4.- De los conflictos locales a la guerra total

En la batalla de Salamina, los empeños de Temístocles se manifestaban contrarios a los proyectos espartanos de reducir la defensa a la península del Peloponeso. Después de Salamina, el rey Euribíades se mostró contrario a seguir a los persas y a cortarles la retirada en el Helesponto, plan propuesto a la Liga por Temístocles. La interpretación generalizada tiende a ver desde estos momentos una actitud creciente en Temístocles, que vendría a ser como una premonición de la guerra del Peloponeso, basada en que el verdadero enemigo para el desarrollo de la nueva Atenas, marítima y democrática, guiada por una política protagonizada por los intereses de los thetes, era Esparta. Las diferencias se mostraron sobre todo en el año siguiente, cuando, en el momento en que los atenienses se pusieron a fortificar la ciudad destruida por la ocupación persa, se presentó una embajada de Lacedemonia para intentar impedirlo, según Tucídides, porque temían la fuerza que se estaba gestando en Atenas, puesta de manifiesto en las capacidades demostradas en la guerra, aunque ponían como pretexto que así los persas, de hacer un nuevo ataque, no tendrían donde hacerse fuertes, como hicieron en la ocupación anterior. Entonces Temístocles actuó como consejero de los atenienses y propuso enviar una embajada para tratar el asunto en Esparta, con lo que, alejada la embajada espartana, podría emprender subrepticiamente la obra de fortificación. El propio Temístocles fue en embajada a Esparta y decía esperar a sus compañeros para hablar oficialmente del asunto, con lo que daba tiempo a terminar la obra. A los que desde Esparta iban a comprobar lo que pasaba en Atenas los retenían, por orden igualmente de Temístocles, hasta que ya pudo anunciar la finalización de la obra. Así consideraba que la ciudad podría ser más fuerte y hacerse oír en el mundo griego en general. De este modo surgió uno de los primeros motivos de distanciamiento entre Esparta y Atenas. Pero en ésta el protagonismo lo representaba Temístocles, defensor máximo de la política naval y de concentrar las defensas en El Pireo, lugar protegido por el acceso al mar, igualmente vehículo de aprovisionamiento. Así, con visión de futuro, se manifestaban los planes de Temístocles. Sin embargo, ante la nueva participación en la política expansiva de personajes como Arístides y Cimón, en Atenas se fue configurando una diferencia entre las actitudes más conciliadoras de éstos y la del propio Temístocles que, según una anécdota contada por Plutarco, había propuesto destruir la flota de todos los griegos, frente a la que triunfó la postura de Arístides, que consideraba la medida útil, pero injusta. Las diferencias internas de Atenas corren paralelas a las que se fraguan dentro de Esparta, donde reclamaban judicialmente a Pausanias, por inclinación al modismo y tendencia a la tiranía, apoyado en los hilotas, a los que prometía la libertad y la ciudadanía. Temístocles fue sometido al ostracismo y cuando los espartanos lo reclamaron acusado de colaborar con Pausanias, el pueblo ateniense atendió a las reclamaciones. Temístocles estaba solo en Atenas en su política antiespartana, pero podía coincidir con los espartanos que pretendían que el sistema se transformara. Es bastante probable que Temístocles colaborara desde Argos, en torno al año setenta, en los movimientos antiespartanos que surgieron en el Peloponeso, unidos normalmente a procesos oscuros de democratización.

Coexistencia y ruptura
Durante los años sucesivos, predominó en Atenas la actitud de pacifismo y de colaboración en relación con los espartanos. Para los dirigentes del proceso de expansión imperialista, el Egeo se podía dominar en lucha contra los persas y controlando a las ciudades rebeldes. Por cierto que, al parecer, los tasios habían conseguido que los espartanos prometieran que iban a invadir Atica para obligar a los atenienses a dispersar sus fuerzas, pero se interfirió la rebelión mesenia, ante la que los atenienses enviaron ayuda a los espartanos. Sin embargo, aquí se sitúa en gran medida el fin de la concordia entre Atenas y Esparta y del predominio en Atenas de la actitud partidaria de la convivencia. En 461, el político más representativo de la postula laconizante fue sometido al ostracismo. Fue la decisión contraria a la tomada un decenio antes contra Temístocles. Ahora, el demos ateniense busca la alianza con Argos, pero también con Mégara y los tesalios, nuevo sistema de relaciones, ya no situadas exclusivamente en el mar, como modo de expansión naval, sino vertido hacia las regiones peninsulares y a competir con Esparta en el control de los territorios vecinos. Si la alianza con Argos podía justificarse en la democracia coincidente en ambos sistemas políticos, el carácter dórico de Mégara y la aristocracia tesálica muestran que no siempre hay justificación étnica como en el imperio naval, ni política como en el caso argivo. La alianza con Argos enfrenta a Atenas con Esparta, la alianza con Mégara la enfrenta a Corinto, a la que además cierra el paso hacia el norte. Atenas, por su parte, accede a los puertos de uno y otro golfo, en Pagas y Nisea. Este se proyectó, como el Pireo, con unos largos muros que lo unían a la ciudad. La posición marítima en el golfo se consolidó con el asentamiento en Naupacto, en la costa de Lócride, de los mesenios que habían hecho la tregua con los espartanos después de la rebelión. Ciertamente, las acciones de los atenienses en los primeros años cincuenta se mantienen dentro de un escenario próximo, en el que la Argólide constituye al parecer el primer objetivo, fruto evidente de la colaboración con Argos. Primero fueron derrotados en Halieis, en el extremo meridional de la Argólide, por los de Epidauro y Corinto, pero luego obtuvieron una victoria en Cecrifalia, una de las islas situadas entre Epidauro y Egina. A partir de ahora se dedicaron fundamentalmente a atacar esta última isla. Una batalla, mencionada sólo por Pausanias cuando describe la Stoa Poikile (Pórtico Pintado) de Atenas, habría tenido lugar en Énoe, en Argólide, entre Esparta y Argos, ésta última apoyada por los atenienses. Ahí se habría fraguado la alianza y se habrían hecho manifiestas las hostilidades entre Atenas y Esparta, en una guerra cuya cronología inicial no es fácil de determinar. Para Russel Meiggs sería la previa y determinante de las acciones de Halieis y Cecrifalia. El ataque ateniense a Egina promovió la defensa de los aliados peloponesios en varios terrenos. Por una parte, enviaron sus naves los de Corinto y Epidauro, pero no pudieron impedir que la isla se convirtiera en parte del imperio ateniense. Por otra parte, los corintios, con la intención de obligar a Atenas a aliviar su presión sobre Egina, enviaron una expedición a ocupar el territorio de Mégara, lo que sin duda respondía también a intereses propios en el control de territorios limítrofes. Ahora bien, no sólo no consiguieron debilitar las fuerzas atenienses ni expulsarlas del territorio de Mégara, sino que sufrieron una grave derrota frente a las tropas residuales atenienses, los más viejos y los más jóvenes dentro del espectro de la edad militar hoplítica, apoyados por tropas ligeras, que acorralaron a los corintios en un lugar sin salida. Las tropas atenienses iban bajo el mando de Mirónides, hijo de Calias. Paralelamente, los habitantes de la Dóride, donde la tradición doria situaba la cuna de su etnia, antes del retorno de los Heráclidas, pidieron ayuda a Esparta porque estaban siendo objeto de ataques por parte de los focidios. Todos los dorios del Peloponeso colaboraron en la expedición de ayuda, que tuvo que atravesar en naves el golfo de Corinto, dada la ocupación de la Megáride. Cuando iban a regresar, supieron que los atenienses también controlaban el mar con su flota, por lo que tuvieron que esperar, ya que aquellos habían ocupado incluso los pasos de Geranea, en el Istmo. La actitud de la alianza de Atenas y Argos resulta claramente agresiva en estos momentos, lo que también se tradujo en una expedición de atenienses y argivos, apoyados en principio por la caballería tesalia, que se dirigió a hacer frente a los espartanos en Tanagra. La situación interna de Atenas obligaba a la acción, pues, al parecer, los oligarcas afectados por las reformas de Efialtes trataban de buscar apoyo espartano para derrocar la democracia. Habría sido peligroso que se acercaran en exceso a la ciudad las tropas del Peloponeso. Por ello también se ampliaron y fortalecieron los largos muros, que unían la ciudad a los puertos, con un nuevo tramo hacia el puerto de Fálero.
Ofensiva ateniense
Las circunstancias llevaban, tanto externa como internamente, a acentuar la actuación ateniense en el exterior. Poco más tarde, en la misma temporada del año 457, Mirónides dirigió un ataque contra Beocia, donde los peloponesios se habían hecho fuertes en su anterior expedición. Los atenienses alcanzaron la victoria en Enófita y con ello abrieron la posibilidad de penetrar en los territorios meridionales de la Grecia central. Su intervención se mantuvo dentro de cierta moderación, limitándose a recibir ayuda militar y a intervenir en favor de los sectores de la población partidarios de la aproximación a Atenas, sin ningún tipo de imposición tributaria. Es posible que los atenienses trataran de aprovechar su situación para ganar alguna forma de control sobre la Anfictionía de Delfos. Las intervenciones del ejército hoplítico pueden estar relacionadas con la reforma, señalada por Aristóteles, consistente en que los zeugitas podrían acceder al arcontado a partir del año 457-56, pues da la impresión de que están recuperando un cierto protagonismo también en lo militar. En el mar también se sucedían los éxitos, con el final de los asedios de Egina y Tasos. Consecuentemente, aquí se ampliaba de la misma manera el campo de acción, con igual orientación agresiva hacia el Peloponeso. Tólmides realizó un viaje triunfal alrededor de la península, en el que devastó la isla de Citera y la ciudad de Metona, al sur de Mesenia, y destruyó las naves espartanas estacionadas en Giteo, en el golfo Lacónico, cerca de la desembocadura del Eurotas, vía de comunicación con la ciudad. Además llegó a las islas de Zacinto y Cefalenia y penetró en el golfo de Corinto, con lo que no sólo dañaba las bases espartanas, sino que además se interfería en las importantes rutas de Corinto hacia occidente. En Etolia, se apoderó de Cálcide, con lo que fortalecía la posición de la colonia de mesenios establecida en Naupacto. Todavía en 454-53, Pericles llevó a cabo una nueva expedición por el golfo de Corinto, que puso de su parte a los aqueos de la costa norte del Peloponeso, pero no logró dominar más que parcialmente la zona de Acarnania. La posición era muy favorable para Atenas frente a Esparta, mientras que en sus relaciones con los persas y los miembros de la Liga de Delos abundaban los problemas, que llevaron a que Cimón, a su regreso del ostracismo, fuera encargado de conseguir una tregua de cinco años con Esparta, lo que también beneficiaba a esta ciudad, preocupada por los problemas internos planteados por los mesenios, sobre los que sin duda ha influido el fortalecimiento ateniense y su presencia en torno al Peloponeso.

La Guerra Sagrada
Tampoco al norte del golfo de Corinto los atenienses dejaron de intervenir. En Tesalia buscaban la restauración de sus partidarios. A los focidios los presionaban para que consiguieran el control de Delfos. Esto último produjo la reacción espartana, que consiguió la autonomía del santuario. Los datos conocidos se refieren fundamentalmente a la primacía de cada una de las ciudades en la consulta, lo que viene a ser como un reconocimiento internacional de la superioridad, en el plano del prestigio, fuertemente establecido a propósito del valor ideológico que tenía en toda Grecia el santuario apolíneo de Delfos. Parece evidente que, en estos momentos, Esparta intenta recuperar el papel de dirigente panhelénico que le está disputando Atenas. La paz de Calias y el final de la guerra con Persia habían obligado a ésta última a crear nuevos elementos de cohesión ideológica a través de su propio papel aglutinador. En ese ambiente cabe situar la trayectoria que conduce desde el decreto del congreso panhelénico a la fundación de Turios. En 447, sin embargo, Atenas conseguía devolver a los focidios el control sobre el santuario de Delfos. El control ateniense sobre el territorio beocio después de Enófita se había caracterizado fundamentalmente por un intervencionismo creciente en el plano político, con el apoyo de sus partidarios, inclinados normalmente a un sistema de tipo democrático. Con ello, Atenas se garantizaba la fidelidad de las ciudades, pero no la de todos los grupos aristocráticos que, procedentes de varias de ellas, se iban agrupando en torno a algunos centros, como Queronea y Orcómeno, al norte del territorio beocio. La primera acción estalló en Queronea, donde los oligarcas se hicieron dueños de la situación, tal vez en la idea de que la presencia espartana en la vecina Fócide les iba a servir de apoyo. Sin embargo, el ateniense Tólmides, con una fuerza no muy grande, reprimió el movimiento y tomó duras medidas de esclavización de la población, medida que, al parecer, fue criticada por Pericles. A su regreso, Tólmides recibió en Queronea un ataque de las fuerzas oligárquicas procedentes de Orcómeno, donde se habían agrupado gentes procedentes de Lócride y Eubea que, según Tucídides, participaban de las mismas opiniones. Los atenienses fueron derrotados y las ciudades beocias restablecieron los sistemas oligárquicos que sirvieron de base a la Confederación encabezada por Tebas, que controlaría la situación hasta la época de Alejandro. Las condiciones favorecieron la revuelta de Eubea, a donde acudió el propio Pericles para intentar restablecer la situación, pero se vio obligado a volver porque en Mégara se había producido igualmente un movimiento secesionista, apoyado en los espartanos, que pretendían así invadir el Ática. Sólo quedaba controlado el puerto de Nisea. Los megarenses rebeldes tenían el apoyo de Corinto, Sición y Epidauro. Aunque el rey Plistoanacte había llegado en su avance hasta Eleusis y Tría y había devastado el territorio, inmediatamente se volvió, lo que se interpretó como resultado de algún tipo de soborno llevado a cabo por Pericles. De hecho, el rey y su consejero Cleándrides fueron condenados al exilio, lo que, por lo menos, revela la existencia de diferencias internas en Esparta. Gracias a esto, Pericles pudo volver a reprimir la revuelta de Eubea, a castigar a los hipóbotas y a establecer cleruquías que afirmaban el poder imperialista y su capacidad para provocar beneficios para los ciudadanos sin tierra.

La paz de los Treinta Años
En 446-45, atenienses y espartanos firman la paz de treinta años sobre la base de que Atenas renunciaba a todos los territorios que había ido controlando en la península, desde Mégara hasta Acaya. Se reconocía el fracaso en el continente, pero le quedaban las manos libres para la actuación imperialista en el mar. Sería éste el momento en que se define circunstancialmente la aceptación de la doble hegemonía, territorial y marítima, que coexistirán, con explosiones violentas, a lo largo de los tiempos venideros. Todos reconocían que Atenas y Esparta tomaban las decisiones que afectaban al conjunto de los griegos. A las ciudades neutrales se les permitía la libertad de alianza con cualquiera de las dos hegemónicas. La paz se mantuvo entre Atenas y Esparta, pero las relaciones imperialistas de Atenas no dejaron de plantear conflictos, como el de Samos y Mileto, donde se implicaban las relaciones entre ciudades con las tendencias políticas. El intervencionismo no podía dejar de aprovechar cualquier circunstancia, como la de que una parte en conflicto solicitara la ayuda ateniense, como en Corcira, ni de mostrarse precavido ante la confluencia de intereses contrarios a Atenas, como los de macedonios y corintios en la península Calcídica, ni de controlar la actuación de los vecinos territoriales, cuya actividad afectara a las zonas limítrofes, como las que los separaban de Mégara. Por otro lado, el imperio y la paz engendraban necesidades internas que posiblemente hacían difícil la pasividad para una ciudad tendente a los controles marítimos y territoriales, porque, a pesar del triunfo de Pericles sobre Tucídides de Melesias, continuaba el conflicto interno con armas más o menos evidentes. Los conflictos entre ciudades antagónicas, entre ciudades miembros del imperio o entre sectores sociales dentro de las ciudades constituyen los factores múltiples que crearon las condiciones para que estallara la Guerra del Peloponeso.
 



VIII.- GRECIA CLASICA II: LA LUCHA POR LA HEGEMONÍA
Inicio: Año 425 a. C.
Fin: Año 350 a. C.

La historia griega se caracterizó, desde el principio, por el carácter particularista de sus ciudades, capaces de convivir a través de pactos y convenciones, plasmadas en instituciones panhelénicas, pero enfrentadas de manera constante en luchas por los territorios limítrofes o por el control de poblaciones más lejanas y de los accesos a minerales o a territorios productores de bienes atractivos, por necesidad o por la búsqueda del prestigio de las clases dominantes. La unidad nunca ha sido real. Todo lo más, circunstancialmente se ha definido un enemigo común capaz de aglutinar las fuerzas de más o menos ciudades, como en el caso de los persas, ante los que la unidad fue más una imagen creada que un hecho real. Confederacionesy ligas representan unidades enfrentadas a otra parte del mundo griego, integradas, por lo demás, de manera hegemónica. La Liga del Peloponeso se aglutina en torno a Esparta como la de Delos lo hace en torno a Atenas, aunque la naturaleza de sus relaciones internas sea diferente. De hecho, la polis, a partir de un momento específico de su desarrollo, cuando ha accedido a los mercados de intercambio de productos y de mano de obra servil, sólo subsiste en constante crecimiento, lo que la lleva a supeditar a otras y a enfrentarse con los vecinos. Ahí se halla la contradicción de la polis, en que sólo subsiste cuando, de algún modo, deja de serlo. La ciudad ideal platónica, no imperialista, sólo existe en el mundo de la utopía. El siglo que transcurre entre el inicio de la guerra del Peloponeso y la intervención macedónica en Grecia es por ello el siglo de las luchas por la hegemonía, lo que, al ser consecuencia de la evolución de la polis, informa también la historia interna de la misma en una faceta determinada, la que suele conocerse como crisis de la polis. Luchas por la hegemonía y crisis de la polis son, por tanto, dos caras de una misma moneda, de una sola historia.

1.- La Guerra del Peloponeso

Durante los años de la Pentecontecia, en Atenas, el desarrollo de la democracia ha corrido paralelo al desarrollo del imperio y, por tanto, a la creación de relaciones conflictivas entre las ciudades. Gracias al imperio, era posible la concordia interna en Atenas, con más o menos altibajos a lo largo de todo el período, pero estabilizada a partir de la desaparición de Tucídides de Melesias, sólo alterada desde entonces por las acusaciones dirigidas contra los colaboradores del llamado círculo de Pericles, cuando ya empezaban a deteriorarse las relaciones a todas las escalas. Cuando el demos actuaba en el exterior, en cambio, ejercía la sumisión y la violencia, aunque al mismo tiempo fuera capaz de obtener el apoyo del demos de las ciudades aliadas. En éstas de hecho no era posible el mismo tipo de concordia, pues el phoros recaía sobre los ricos, que trataban de liberarse de él enfrentándose al demos propio y al de los atenienses. El imperio creaba conflictos entre Atenas y los demás, pero también entre las otras ciudades y entre los miembros de las mismas. Dentro de Atenas, los thetes habían llegado a ser libres, tanto jurídica como económicamente, pero en terreno político seguía a un hegemón, a un ciudadano capaz de poner en práctica sus decisiones y de orientarlos. Fue Pericles el hegemón por antonomasia. Ello daba, de todos modos, a la democracia un sentido especial, en que convivía la concordia entre masa e individuo con la violencia subyacente a la admisión de que existe la hegemonía como tal, de un hombre sobre la masa, de Atenas sobre el imperio. La concordia era, al mismo tiempo, germen de violencia. Finalmente, la tendencia de las ciudades a controlar hegemónicamente el mundo circundante no acaba en la obtención del imperio para Atenas, pues ésta la obligaba a mantener relaciones competitivas con los demás, por rivalidades territoriales y control de los cambios. Para los demás, por otro lado, significaba la imposibilidad de admitir el predominio ateniense, obstáculo notable para el desarrollo territorial y marítimo de ciudades como Corinto, empeñada en nuevas fundaciones coloniales y en los tráficos navales. Por ello, Tucídides, al inicio de su narración, piensa que la causa más verdadera de la guerra estaba en el miedo que Atenas proporcionaba a todos los griegos.

Causas del conflicto
Junto a la causa general del enfrentamiento entre Atenas y Esparta, cada una de ellas con sus aliados, el historiador Tucídides indica también cuáles son las causas o motivaciones que las llevaban a actuar del modo correspondiente en el estallido de la guerra. Cada una de estas motivaciones respondía en cierto modo a diferentes aspectos de las relaciones que podían surgir entre Atenas y los miembros de la Liga del Peloponeso, sin que afectaran de modo directo a los espartanos. Por el contrario, fueron los corintios los principales protagonistas de las dos que el historiador desarrolla explícitamente, las cuestiones referentes a Corcira y a Potidea. La tercera, el llamado decreto megarico, sólo es mencionada por Tucídides de manera alusiva y resulta en la actualidad objeto de debate, sobre todo a partir de los estudios de Ste.-Croix. En el año 435, en la ciudad de Epidamno, colonia fundada por los corcirenses con la participación de los corintios, que eran a su vez los fundadores de Corcira, tuvo lugar un conflicto civil a consecuencia del cual se estableció una democracia tras expulsar a los aristócratas. Estos se dedicaron a atacar la ciudad con el apoyo de las tribus indígenas del continente, por lo que los demócratas solicitaron la ayuda de la metrópolis. Pero aquí los gobernantes se negaron a colaborar con el sistema establecido, por lo que los de Epidamno acudieron a la metrópolis común, Corinto. Su intervención, sin embargo, fue un fracaso, pues sus naves fueron derrotadas por las corcirenses. Ante los preparativos que los corintios realizaban para llevar a cabo un nuevo ataque, que tendría lugar dos años más tarde, los corcirenses acudieron a Atenas. Desde su punto de vista, para Atenas sería importante contar con una flota como la de Corcira ante un eventual enfrentamiento con los del Peloponeso. Para el historiador Tucídides, la guerra era inminente. Por mucho que la participación ateniense apareciera como una mera colaboración en la defensa de Corcira ante la agresión, de hecho se convirtió en uno de los motivos proclamados por los corintios para pedir el inicio de la guerra. Según Tucídides, la importancia de Corcira era grande por hallarse en las rutas que conectaban Grecia con las ciudades de Sicilia y del sur de Italia. Tales circunstancias han servido para que se establezca un debate acerca de la importancia de los conflictos comerciales en los orígenes de la guerra del Peloponeso, e incluso de las guerras antiguas en general. Frente a actitudes excesivamente mercantilistas y modernizantes, tendentes a ver fenómenos paralelos a los de las guerras imperialistas modernas, Ste.-Croix quita todo valor a ese tipo de rivalidades. El fenómeno de la guerra antigua, según su punto de vista, responde fundamentalmente a rivalidades territoriales por espacios limítrofes o, como mucho, al control de vías de acceso a los aprovisionamientos. En cualquier caso, tras las matizaciones que eviten todo anacronismo, en el episodio puede mostrarse, materializado en un caso concreto, uno de los aspectos significativos de los cambios que se producen en la época clásica, con la intervención de una doble rivalidad superpuesta, la de Corcira con Corinto y la de ésta con Atenas. Sin duda, en la primera se hallan implicadas también las relaciones coloniales, su evolución y transformación a partir de formas de supeditación de la que algunas fundaciones se van independizando. Corinto ve cómo ocurre así con sus colonias, sobre todo con Siracusa. Ya no existe dependencia ni siquiera en el plano ideológico. Por otro lado, Atenas tiende a imponerse en el Mediterráneo a través del control de los mares que, si bien en general se dirige al este, ya ha empezado a proyectarse igualmente hacia el oeste, en la fundación de Turios y en los pactos con Segesta. La enorme difusión de la cerámica ática testimonia que la búsqueda de acceso a los aprovisionamientos va acompañada de la salida de los propios productos, elemento de valor económico e ideológico. Por supuesto, las posibles rivalidades navales entre Atenas y Corinto hay que encuadrarlas en el marco de las relaciones entre las ciudades antiguas vecinas, pues la intervención de los atenienses en Mégara, con la defección de ésta de la Liga del Peloponeso, después de la colaboración ateniense en Ítome y el deterioro consiguiente de las relaciones, ponía de manifiesto el inicio de hostilidades concretas, agravadas por la vecindad. Lo que se ponía en peligro era la posibilidad de convivencia de los territorios limítrofes. Factores de proximidad territorial y de controles lejanos se complementan e interfieren mutuamente, y no resultan excluyentes entre sí. El segundo de los motivos a que alude Tucídides es el enfrentamiento que tuvo lugar en Potidea, donde de nuevo se interfieren varias circunstancias. Se trataba de una colonia corintia, donde la metrópolis continuaba enviando epidemiurgos. Por Tucídides se sabe que los atenienses les ordenaron prescindir de éstos y desmantelar las murallas. El texto da a entender que se había producido algún tipo de movimiento de resistencia, apoyado por los corintios y por Perdicas de Macedonia. Permanecen las dudas acerca de las iniciativas, promovidas desde Corinto o desde Atenas. La situación revela, en cualquier caso, la gravedad que alcanzan las relaciones de Macedonia, en cuya corte se generan rivalidades aprovechadas por las ciudades griegas para apoyar a unos o a otros, al tiempo que el expansionismo macedónico empieza ahora a repercutir en las posibilidades de control del norte del Egeo por parte de las ciudades griegas. Por otro lado, sean cuales fueren las responsabilidades en el inicio concreto de la guerra, en las listas de tributos se nota un aumento importante de la aportación de Potidea para el ano 433-42, lo que no deja de ser un factor de conflicto, dentro de unas relaciones imperialistas. Los espartanos prometían invadir el Ática, mientras los atenienses Calias y Formión se dirigían a luchar contra Potidea frente a Perdicas, a los corintios y a la Liga Calcídica encabezada por Olinto. El asedio de Potidea era, de hecho, un aglutinador de todos los elementos del conflicto. Finalmente, entre los motivos por los que los espartanos lanzan su ultimátum a los atenienses, Tucídides menciona el decreto megárico, por el que los atenienses impedían a los megarenses el acceso a los puertos del imperio y al ágora ateniense. En los "Acarneos" de Aristófones, éste fue uno de los principales motivos de que estallara la guerra, circunstancia que también menciona Plutarco. Ste.-Croix, en su línea, quita importancia a un motivo que, desde su punto de vista, revelaría un aspecto anecdótico de las relaciones entre ciudades. Sin embargo, para Atenas era una medida importante, pues respondía a la actitud de los megarenses, que habían cultivado el territorio limítrofe y acogían en las fronteras a los esclavos fugitivos de Atenas. Se mezclarían, por tanto, las circunstancias territoriales que suelen llevar al enfrentamiento entre ciudades y las propias del desarrollo del sistema esclavista con la difusión de los intercambios vinculados al mercado inmediato y al imperio marítimo.

Los preliminares
Fueron los corintios quienes convocaron a los miembros de la Liga a una reunión en Esparta con el objeto de proponer la guerra contra Atenas. A las acusaciones de tratar de esclavizar a los griegos, una delegación ateniense que Tucídides sitúa en Esparta por casualidad contesta con los argumentos que fundamentan en sus méritos como liberadores de Grecia el derecho de los atenienses a poseer el imperio. Los espartanos, por su parte, aparecen divididos. Mientras el rey Arquidamo es partidario de mantener la paz con Atenas, el éforo Estenelaidas revela una actitud agresiva. Según Tucídides, el triunfo de la postura representada por este último se debió a la intimidación, pues despertó en los demás el temor a los atenienses, actitud coherente con lo que para el historiador es la causa de la guerra. En consecuencia con ello, los peloponesios enviaron un ultimátum a Atenas en el que exigían la abolición del decreto megárico, la autonomía de los griegos y la eliminación de los efectos de la mancha debida al sacrilegio cometido por los atenienses en el momento de la expulsión de la tiranía de Cilón, donde estaba implicado el demos de los Alcmeónidas, al que por línea materna se vinculaba Pericles. En un discurso puesto en boca de este último, Tucídides hace saber que, para los atenienses, la guerra, no deseable, tampoco puede evitarse con ceder a unas exigencias que, de aceptarse, se ampliarían indefinidamente hasta llegar a un enfrentamiento en que, con el retraso, los atenienses sólo conseguirían encontrarse más débiles. En estos momentos parece que la postura más belicista corresponde a los miembros de la Liga del Peloponeso, afectados por el crecimiento y desarrollo del imperio.

Los efectivos
En el inicio de la guerra, los atenienses cuentan con unos importantes efectivos en lo que se refiere a recursos marítimos. Han acumulado con el tiempo seis mil talentos procedentes de los tributos de la alianza, poseen trescientas trieres y abundantes thetes y metecos para dotar la flota, a la que se suman las naves de Samos, Quíos, Lesbos y, recientemente, Corcira. Los tres mil hoplitas eran menos que los peloponesios y, en principio, no se contaba como fuerza eficaz con los mil doscientos caballeros, que, en estos momentos, sólo se utilizaban para la defensa de los territorios más próximos a la ciudad y en misiones especiales. Los peloponesios cuentan fundamentalmente con un potente ejército de cuarenta mil hoplitas. Tucídides dice que su condición de campesinos les obligaba a evitar las acciones que los alejara excesivamente de su propio territorio. En el mar se mostraban muy inferiores, por todo lo cual confiaban en poder realizar una campaña rápida y definitiva que dejara a los atenienses incapacitados para seguir ampliando su dominio marítimo. Una guerra prolongada, que los mantuviera largo tiempo alejados de su territorio, podía ser fatal para el mantenimiento de sus propias estructuras internas, que requería atención constante en el plano económico y en el de la represión de los hilotas. Los aliados de Esparta aportaban en total cien trieres, pero tenían graves dificultades para la reposición, pues Atenas controlaba los más importantes accesos a las zonas madereras. Más grave era incluso el problema del reclutamiento de remeros, que en Atenas se hacía entre los thetes, libres sin tierra de los que no había equivalentes en las ciudades donde la ciudadanía seguía determinada por la condición hoplítica. La utilización de esclavos no resultaba igualmente favorable, por eficacia y por seguridad.

La guerra en tiempos de Pericles
El periodo de la guerra que ocupa los años 431-421 recibe habitualmente el nombre de guerra arquidámica, a causa del rey espartano que dirigió los ataques durante los primeros años, que de algún modo marcaron las características de todo el decenio, superioridad marítima y terrestre de atenienses y espartanos respectivamente, sin llegar a un enfrentamiento definitivo en un terreno donde las fuerzas de unos y de otros pudieran medirse de manera equiparable. Los planes espartanos buscaban una victoria terrestre atacando el Atica para que, por otra parte, los atenienses tuvieran que abandonar sus acciones de control naval con la intención de proteger el territorio propio. Sin embargo, Pericles tomó la determinación de no hacer frente a los ataques para evitar la eficacia buscada por sus contrincantes, que pretendían que así quedaran liberadas las ciudades del imperio. El ateniense pensaba que la ciudad podía prescindir de sus relaciones con el interior y vivir del imperio, en lo que seguía una línea de pensamiento que en cierta medida había sido ya la defendida por Temístocles. Mientras los espartanos atacaban el Ática por tierra, la flota ateniense podía dedicarse a atacar las costas del Peloponeso. La estrategia de Pericles, relativamente conservadora, ponía en duda la eficacia de la estrategia de Arquidamo. Ahora bien, también resultaba peligrosa para los propios atenienses, pues la teoría de la Atenas urbana frente al Peloponeso rural no constituía toda la verdad. El mismo Tucídides se encarga de hacer saber a sus lectores que todavía entonces una buena parte de la población ática vivía en el campo y, cuando Pericles propuso que abandonaran sus tierras, sus casas y sus templos, lo hicieron de muy mala gana. Todavía en el año 425, el personaje principal de los "Acarneos" de Aristófanes, Diceópolis, se quejaba de haber tenido que abandonar la vida del campo, donde, entre otras cosas, se ignoraba el uso del verbo comprar. La guerra y los aspectos sentimentales del abandono de la tierra se complican con el enfrentamiento de la autarquía con la economía donde se imponían los intercambios. Con todo, la estrategia de Pericles causó problemas internos, pero resultó eficaz en tanto en cuanto hacía ineficaz la política de bloqueo planteada por Esparta. Tanto es así que el motivo inmediato de la guerra se situó en otro lugar, en Platea, donde el conflicto civil hizo que algunos abrieran las puertas a los tebanos para que apoyaran a los oligarcas, pero el pueblo de Platea consiguió reprimir el movimiento y condenar a muerte a los traidores, después de haber prometido su salvación. Los atenienses no tuvieron que intervenir para ayudarlos, pero el hecho sirvió de motivo a Esparta para asediar la ciudad. La guerra civil o stasis llevó a la guerra entre ciudades. La actuación de Arquidamo debió de ser lo suficientemente lenta para que, de acuerdo con los planes de Pericles, se encontrara con los territorios del Ática por los que pasaba completamente desiertos. Los ejércitos espartanos quedaron en Acarnes a la espera de que la invasión y las acciones devastadoras de las tropas provocaran la reacción ateniense. La política militar planteada por Pericles funcionaba en líneas generales, y no había respuesta. Pero había algunas reacciones que respondían a los aspectos de la sociedad ateniense que no parecen haberse previsto dentro de los planes estratégicos. Ahora surgen, a este propósito, las primeras diferencias entre los ciudadanos. Algunos campesinos veían la necesidad de salir a proteger los territorios, en lo que se encontraban apoyados, según Tucídides, por los jóvenes que pretendían poner en práctica allí las tácticas militares para las que se hallaban adiestrados, modo de afirmación de su identidad ciudadana. Pericles reaccionaba con el envío de tropas de caballería para que evitaran la excesiva proximidad de los enemigos a la ciudad. A pesar de las circunstancias negativas, Pericles mantenía su actitud prudente, aunque tenía que evitar que fueran demasiado frecuentes las reuniones de la Asamblea. Los hoplitas, humillados, hacían notar sus voces y se fraguaba una cierta alianza ente ellos y la aristocracia ecuestre, frente a los intereses marítimos que influían en la línea marcada por Pericles. Según Plutarco, en la organización de formas de oposición sistemáticas estaría presente la figura de Cleón, aunque será difícil encuadrar tal actitud dentro del panorama político que parece vislumbrarse en estos momentos en la ciudad. Posteriormente, su actitud será más bien cercana a la que, colectivamente, podían representar los thetes. El año 430 se siguió la misma estrategia, aunque con más vigor por ambas partes. La invasión dirigida por Arquidamo llegó hasta la región de Laurio, donde las minas de plata constituían un importante apoyo financiero para la política imperialista. De este modo podían sentirse afectados los cimientos del sistema. De forma inmediata, sin embargo, fue más grave la difusión de una epidemia, que se conoce habitualmente como peste, aunque no es fácil determinar su verdadera naturaleza. Era en definitiva un nuevo aspecto negativo de la estrategia de Pericles, causado o por lo menos acentuado por el hacinamiento en la ciudad de las masas procedentes del campo. Otro efecto fue que ahora eran esas masas las que influían en las decisiones de la asamblea. Así puede explicarse la oscilación producida en sus votaciones, que se inclinan a favor de someter a juicio a Pericles y hacerlo perder la estrategia, para luego llamarlo de nuevo, en circunstancias oscuras, que demuestran cómo, ya en su tiempo, se notan los efectos internos de la guerra. Curiosamente, tales circunstancias coinciden con los momentos de mayores éxitos, la toma de Potidea tras un largo asedio y el establecimiento de clerucos, al tiempo que Formión vencía a la flota peloponesia en Río, cerca de Patras, y aumentaba así el control del golfo de Corinto y la protección del asentamiento de Naupacto.

Los sucesores de Pericles
A finales del año 429 Pericles muere. Los historiadores se plantean el problema de si existe algún político que pueda considerarse su heredero en la línea estratégica y en la capacidad de consenso. La respuesta es indudablemente negativa, aunque todos son de algún modo sus sucesores, pues pesa su imagen como para que traten de imitarlo, aunque las circunstancias históricas impidan que ninguna personalidad lo consiga. De manera inmediata, el problema se plantea en torno a la dicotomía entre Nicias y Cleón. De Nicias pueden considerarse similares a los de Pericles sus planteamiento moderados en la acción bélica, pero llevados a un extremo tal que más bien adquirió fama de cobarde. Por otra parte, por su afición a los adivinos y su tendencia a la superstición, Plutarco establece precisamente una oposición entre ambos personajes y caracteriza a Nicias como representante de una época de auge de tales prácticas, donde se extienden los temores ante teorías como las de Anaxágoras. Usaba adivinos propios para los asuntos políticos y para los asuntos privados. Desde luego no parece que pueda encontrarse dentro de lo que suele conocerse como el círculo de los amigos de Pericles. Era rico, aunque no pertenecía a ninguna de las familias aristocráticas conocidas en Atenas. Su riqueza se relacionaba con la explotación del trabajo de los esclavos, que poseía en gran cantidad y los alquilaba para el trabajo de las minas de Laurio. Su interés por proteger las costas del norte del Egeo se relaciona sin duda con que en Tracia se encontraba la principal fuente de esta mano de obra para los atenienses. De Cleón se dice que era mal orador. No tenía la educación propia del joven aristócrata ateniense y aparece definido como curtidor, lo que seguramente significa que poseía talleres explotados también con mano de obra esclava. Es objeto del desprecio por parte de Tucídides y de los ataques más virulentos de la comedia en general y de Aristófanes en particular. Su elocuencia vulgar es coherente con el desprecio que muestra hacia los sofistas. Sin embargo, en parte resulta también heredera de la estrategia de Pericles, de quien mantiene la actitud hostil y, personalmente, se aleja de sus amigos y hetairoi, de las relaciones en que se mueve la política aristocrática, para colocarse por encima de la polis en su conjunto. Si Pericles era filópolis, y no filohetairos, Cleón se define más bien como filodemos, próximo a un sector de la sociedad, el demos, no a su conjunto, por lo que en su actitud se rompería la tendencia a la concordia. También, como Nicias, era supersticioso. La realidad no permite otro Pericles, tampoco en el plano intelectual.

Platea, Mitelene y Corcira
Cuando, a causa del temor a la peste, los lacedemonios renuncian a invadir Ática, emprenden alternativamente el asedio de Platea, como castigo por su anterior actitud ante los tebanos. La situación se prolongó durante dos años, para acabar con una reducción violenta y la entrega de la ciudad a éstos. La invasión del Ática, en 428, no consiguió efecto alguno. Durante esos años los atenienses ejercieron una mayor presión sobre los aliados. Forzaron a Tera a someterse al tributo, pero no lo consiguieron con Cidonia, al noroeste de Creta. Parece que intentaban cortar el suministro de los peloponesios. Ante las dificultades, los atenienses tuvieron que recurrir por primera vez a la exigencia de la eisphorá, tributo interno que gravaba sobre los ricos y creaba conflictos intestinos al romper la concordia que se producía cuando el imperio beneficiaba a todos. En estas circunstancias, los oligarcas de Mitilene consiguen promover una rebelión en la que participaron todas las ciudades de la isla de Lesbos salvo Metimna. Piden ayuda a Esparta, pero los atenienses impedían que ésta se produjera con sus ataques navales alrededor del Peloponeso. Los oligarcas repartieron armas entre el demos, pero éste amenazó con entregar la ciudad, por lo que aquellos intentaron negociar con Atenas a través de Paquete, estratego encargado de la represión. Mitilene se tuvo que rendir, pues, el año 427 y en Atenas la Asamblea, a propuesta de Cleón, decidió la muerte de todos los varones y la esclavización de mujeres y niños. Una nueva reunión de la Asamblea trató al día siguiente de rectificar tan dura decisión. Cleón defendía la aplicación del castigo, pues el imperio tenía que actuar como una tiranía sin escuchar a los sofistas que hablaban de justicia, ya que ésta sólo serviría para envalentonar a los súbditos. Es la ley del más fuerte convertida en doctrina del representante del demos, frente al que Diódoto, defensor de las ventajas de la retórica, argumenta con la utilidad que puede extraerse de conservar la fidelidad del demos de los aliados, entre otras cosas para poder seguir obteniendo el tributo. El demos decide enviar una nueva nave para rectificar la decisión tomada el día anterior. Destruyen la muralla de Mitilene, confiscan la flota y distribuyen la tierra entre clerucos atenienses, pero seguía cultivada por los lesbios, en una forma específica de dependencia. Los campesinos dependen ahora de Atenas, no de los propios oligarcas. Al mismo tiempo, en Corcira estalló la stasis, o conflicto civil, heredera de las circunstancias que anteriormente habían servido para pedir ayuda a Atenas y provocar una de las causas de la guerra. La lucha se hizo famosa por las consideraciones que hace Tucídides acerca de la violencia interna, de sus implicaciones en la guerra entre ciudades y de la alteración de todos los valores, en una especie de análisis de psicología colectiva. Aquí intervienen, en efecto, tanto Esparta como Atenas, en favor de oligarcas y demócratas respectivamente, y la solución tomó una orientación democrática, ya en 425.

Pilos
En 427 los atenienses envión una expedición a Sicilia, a ayudar a las ciudades calcídicas frente a la agresividad siracusana. Para Tucídides, era un intento de dominio y, cuando los generales volvieron tras haber patrocinado una especie de pacto que no daba ningún beneficio a los atenienses, fueron condenados porque el demos esperaba obtener alguno, en momentos de gran confianza en el propio poder. Demóstenes, en 427, dirigió varias campañas en Etolia, en un plan terrestre lejano a los planteamientos de Pericles, pero la infantería hoplítica, de movimientos lentos, no pudo con los soldados ligeros en zonas montañosas conocidas de los aborígenes, hasta que luego llevó él también tropas ligeras y mesenios de Naupacto, con los que obtuvo la victoria en Anfiloquia, en el golfo de Ambracia. Es la época en que Demóstenes disfruta del más alto prestigio estratégico. En 425, una expedición a su mando, que iba camino de occidente según Tucídides, se asentó en la bahía de Pilos, tal vez para promover el levantamiento de los hilotas. Los espartanos que invadían el Ática tuvieron que abandonarla para atacar a Demóstenes, pero éste consiguió bloquear a cuatrocientos veinte hoplitas en la isla de Esfacteria, la que sirve de cierre a la bahía. Los espartanos se vieron obligados a pedir una tregua para negociar con los atenienses, a los que ofrecieron la paz, en época en que Aristófanes reclamaba, a través de Diceópolis en los "Acarneos", la consecución de una paz duradera. Cleón se opone desde el principio y la lucha se prolonga, hasta que el político se dedica a atacar a los estrategos. La reacción viene de la mano de Nicias, quien propone que sea el propio Cleón quien se encargue de las acciones encaminadas a acabar con la situación de manera definitiva. Tucídides dice que desde el punto de vista de las gentes honestas siempre resultaría beneficioso, porque o bien éste conseguía la victoria o acabarían librándose de él. De hecho se produce una importante alteración en el modo de llegar a la estrategia y en la condición social de sus depositarios. Los espartanos se rindieron y Pilos fue entregada a los mesenios de Naupacto, que se dedicarían a promover la agitación entre los hilotas del interior. Los prisioneros se convirtieron en rehenes para evitar la invasión del Atica. A estos momentos atribuye Tucídides el mayor optimismo ateniense, traducido en la elevación del phoros de la comunidad de los aliados hasta 1460 talentos. Otros triunfos vienen a consolidar la situación, protagonizados por Nicias en Corinto y Citera. Ahora tuvo lugar también la condena de los generales de Sicilia, a causa de la euforia de quienes creían que se podía haber sacado más provecho, y no haber dejado que el siracusano Hermócrates impusiera la teoría de que Sicilia había de ser para los sicilianos.

La reacción espartana: Brasidas
En Esparta, la figura de Brasidas se vincula a una reacción que lleva la contraofensiva primero a Mégara, donde hace fracasar los intentos atenienses por controlarla de nuevo, y luego al norte, a Tracia, para atender la llamada de algunas ciudades que, con el apoyo de Perdicas de Macedonia, trataban de liberarse del imperio ateniense. Naturalmente, las posturas internas no eran unánimes, pero la ocasión representaba una oportunidad notable para obstaculizar los principales recursos del imperio ateniense, en minas y madera. La expedición lejana obligaba a una transformación en el plano social, por lo que Brasidas procede a integrar a los hilotas en su ejército, en lugar de la condena y desaparición que anteriormente habían aplicado contra los que consideraban aspirantes al cambio de situación social. Habían matado a dos mil y ahora transforman a setecientos en hoplitas, a los que se suma un ejército mercenario. Esparta va a poder acceder al uso de una flota, con madera del norte y remeros libres pagados con plata. En el invierno de 424-23 tuvo lugar la rendición de Anfípolis y otras ciudades en que los espartanos recibían el apoyo de las minorías enemigas de Atenas. A partir de entonces se llega a una tregua, no cumplida por los mismos atenienses que la habían solicitado. Toman Escione, al sur de Palene, una de las tres penínsulas de la Calcídica, y Mende, por obra de Nicias que, a pesar de buscar la paz, sigue interesado en el control del norte del Egeo. Se habla de problemas derivados de la falta de coincidencia de los calendarios de cada una de las ciudades griegas. Finalmente, en 422, Cleón ataca Anfípolis, donde mostró su carencia de cualidades para el manejo de los ejércitos hoplíticos. En la batalla murieron tanto Cleón como Brasidas, los dos máximos promotores de una estrategia agresiva en estos momentos.

La paz de Nicias
Así, en 421, coincidiendo con el estreno de la "Paz" de Aristófanes, se firmó la paz entre Nicias y Plistoanacte, con el ánimo de que durara cincuenta años. La costa de Tracia quedaba dentro del imperio ateniense. En la firma participaron todos los estrategos de aquellos años, Hagnón, Demóstenes, los que habían estado cerca de Pericles y los que actuaban más enérgicamente en los años intermedios. Sin embargo, ni Corinto, ni los beocios, ni Mégara aceptaron las condiciones, donde veían un reparto hegemónico entre Esparta y Atenas. Anfípolis no se entregó a los atenienses ni éstos devolvieron Pilos. Los hechos fueron, pues, reticentes. En esas circunstancias, Corinto intentó una nueva alianza peloponésica con Argos, pero el sistema democrático de ésta provocó las suspicacias de las oligarquías de la zona. Así, la aparición de Alcibíades en Atenas motivó ciertos cambios en las relaciones exteriores. Alcibíades era un personaje curioso, perteneciente a la alta aristocracia, capaz de obtener varias victorias en las carreras hípicas en los juegos panhelénicos, de formarse en la retórica y la política con los sofistas y de participar de manera íntima en los círculos socráticos. Su carrera dependía de la guerra, por lo que personalmente pasa a coincidir con aquellos sectores del demos que estaban deseosos de volver a emprender acciones agresivas para el sustento del imperio lucrativo. Él fue el promotor de una alianza defensiva con Argos, que incluyó Mantinea y Elis. Pero Argos emprende en 419 el ataque a Epidauro y los espartanos reaccionaron atacando la Argólide, defendida por Mantinea y Elis. Alcibíades impulsa la acción agresiva sobre Arcadia y se les enfrenta en Mantinea, en 418, con la consiguiente victoria espartana. Como consecuencia, en el invierno de 418-17, Argos cae en manos de la oligarquía proespartana y firma la paz, hasta que un nuevo cambio interior lleva a repetir la alianza con Atenas. Corinto, como reacción, se acerca de nuevo a Esparta, lo que provoca los temores por parte de los atenienses, entre los que se agrieta la situación. Nicias aparece como partidario de volver a intentar consolidar la paz y recuperar Anfípolis, mientras que Alcibíades aparece como defensor del imperialismo agresivo, partidario de provocar el temor para no caer en el temor de la esclavización, representante de las nuevas generaciones ansiosas de ganar la gloria gracias a la guerra. Sin embargo, otro personaje partidario de la agresividad recoge la herencia no aristocráta de Cleón, Hipérbolo, objeto como éste de los ataques de Aristófanes y que, cuando se pretendía eliminar a Alcibíades como posible pretendiente a la tiranía, fue él mismo condenado al ostracismo, con lo que, según Plutarco, se desacreditaba la institución, pues ya no caía sobre un hombre digno, prestigioso y, como tal, posible aspirante al poder personal, sino sobre un hombre vil.

La expedición a Sicilia
En el año 416, los atenienses intervinieron en la isla de Melos, en la que, según algunas versiones, no habría ningún precedente que justificara la represión. La ciudad no pertenecería a la alianza y se trataba, por tanto, de una nueva incorporación basada simplemente en la fuerza. Algunos datos epigráficos muestran, sin embargo, que pudo haber relaciones anteriores que justificaran la intervención. Desde luego, no existía el fundamento ideológico que hablaba de la unidad de los jonios en torno al santuario de Delos, dado que los de Melos eran dorios. Tucídides reproduce un diálogo entre melios y atenienses en el que se plasma la discusión vigente en torno al imperio y sus justificaciones. Para los atenienses su intervención se justifica en el simple hecho de la superioridad conseguida en su anterior defensa de la libertad de los griegos frente al persa. Ahora, su derecho se basa en la existencia misma de esa superioridad. Se formula aquí de nuevo la ley del más fuerte predominante en los fundamentos ideológicos del imperio. Según los atenienses, sólo habla de justicia quien quiere evitar que caiga sobre sí el dominio del poderoso. Los melios no se dejaron convencer y la resistencia fue vencida con la consecuencia de la muerte de los varones y la esclavización de las mujeres y los niños. Los territorios de la isla fueron objeto de colonización. Parece que Alcibíades tuvo una parte en la negociación y representación de los melios, índice del camino que tomaban sus planes de agresividad y continuación del expansionismo imperialista. El episodio donde la tendencia se muestra más claramente fue el de la expedición a Sicilia, escenario de las manifestaciones agresivas del joven aristócrata y de sus coincidencias con el demos. En la isla, en efecto, habían surgido los disturbios entre los oligarcas y el demos, concretamente en la ciudad de Leontinos. La situación se complica porque los oligarcas reciben ayuda de Siracusa, cuando ha quedado establecida la democracia. Una situación parecida se plantea en Segesta, donde los demócratas piden ayuda a Atenas. Un primer enviado ateniense, Féace, regresa con la impresión de que va a ser muy difícil conseguir una coalición de las ciudades sicilianas capaz de unirlas frente a los siracusanos que, con su apoyo a las oligarquías, se han convertido en los enemigos de todas las ciudades en que puede encontrarse una tendencia democrática. En Atenas se plantea entonces un debate sobre la posible intervención activa de las tropas atenienses. Según Tucídides, en el debate estaba presente la idea de que Siracusa se podría convertir en un peligro si se hacía fuerte en toda la Grecia occidental, pero el verdadero motivo que llevó a la decisión positiva hay que buscarlo en las expectativas de una posible sumisión de la isla de Sicilia entera. Tras el pretexto de la actuación defensiva estarían ocultas las verdaderas intenciones imperialistas. La situación interna era tal que, a pesar del profundo desconocimiento de la isla que existía entre los atenienses, la asamblea votó favorablemente el envío de una expedición mandada por Nicias, Alcibíades y Lámaco. Nicias había argumentado en contra sobre la base de la difícil situación en que se encontraban Grecia y Tracia, donde crecía la necesidad de gastos. Podían acusarlo de que trataba de eludir, como rico que era, los gastos propios de las liturgias, pero él sabía que la opinión contraria procedía de "la juventud irreflexiva y ambiciosa que miraba sólo por su bien privado". Por su parte, Alcibíades argumentaba que el imperio era un bien para todos. La votación demostró que los intereses particulares de Alcibíades coincidían con los del demos.

La derrota siciliana
La noche antes de que la expedición partiera fueron mutilados las hermas de la ciudad, bustos sobre basas portadoras de símbolos sexuales colocadas en cruces de calles y lugares específicos, representación del traslado al centro urbano de la simbología reproductora de la tierra y, por tanto, de la historia de la ciudad misma. Ello por tanto tuvo que despertar una viva indignación en los ciudadanos, escandalizados por el sacrilegio hacia la representación de su propia identidad, en ambiente democrático. Por otro lado, en el momento crítico vivido, crece la superstición y el miedo a los peligros que pudieran estar fraguándose en torno a una expedición de por sí conflictiva. Así, surgieron las preguntas sobre si los causantes eran los mismos que querían evitar que la expedición se llevara a cabo. Por otro lado, a esta superstición se unió la procedente de otra acción que se atribuía a Alcibíades y a algunos jóvenes de la aristocracia. Se decía que habían celebrado una parodia de los misterios de Eleusis, cuyos contenidos estaban absolutamente vedados y no podían revelarse a los no iniciados, con lo que la violación se hacía doble. El conjunto se interpretó como una conspiración contra la democracia, en un momento en que se acusaba a Alcibíades de posible aspirante a la tiranía. En las comedias de Aristófanes se equipara su deseo irrefrenable de acción a la posible aspiración al ejercicio de la tiranía. De momento, el miedo a que la expedición fuera suspendida trajo como reacción en el demos la decisión de acelerar la marcha de la flota, a cuya partida acompañaron grandes manifestaciones de entusiasmo popular. Alcibíades y la expedición se convierten en el eje de las tensiones del demos. Desde el principio, en la expedición surgieron diferencias con motivo de los distintos planes defendidos por cada uno de los estrategos. Nicias sólo pretendía conseguir la protección de Segesta, mientras que Alcibíades y Lámaco planeaban el ataque a Siracusa. Sin embargo, la mayor complicación procede de que entonces llegara a la flota la llamada que ahora hacía el pueblo ateniense para que regresara a someterse a juicio. Las tensiones, con los thetes mayoritariamente en la flota, se habían resuelto en ese sentido. Por su parte, los siracusanos piden ayuda a Corinto y Esparta, pero en ello interviene Alcibíades, que ha escapado y buscado refugio en Esparta, donde, según Tucídides, pronunció un significativo discurso. Según Alcibíades, Atenas pretende dominar el mundo, por lo que recomienda colaborar a ponerle freno. En lo que a él personalmente respecta, dice que sólo se ha manifestado como demócrata por conveniencia, porque, en una ciudad como Atenas, ése era el único medio de hacer carrera política para los jóvenes de la aristocracia. Aunque expresado de modo cínico, refleja la verdad de ciertos individuos de la mencionada aristocracia. Alcibíades proponía la invasión del Ática, pero pretendía que se hiciera con más profundidad, con la ocupación y fortificación de Decelia, para poder llegar a paralizar la explotación de las minas de Laurio. Era mucho más ambicioso que el plan de Arquidamo. Las defecciones que se esperaban más la falta de recursos, podrían traer consigo el final de Atenas. En el año 413, de hecho, se produjo la derrota ateniense en Sicilia, con la esclavización de buena parte del ejército y la muerte de Nicias y Demóstenes, estratego que había ido en una segunda expedición.

La oligarquía
En estos momentos, dadas las circunstancias, renacen las esperanzas persas en Asia Menor, en el reino de Darío II. De este modo, se llega a un pacto con los espartanos, dispuestos a cederles el control sobre esos territorios a través del debilitamiento de Atenas y la desaparición del imperio. Entre los persas sobresale ahora el papel del sátrapa Tisafernes que, paralelamente, establece conversaciones con Alcibíades, que empieza a no ver claro con los espartanos. Entre tanto en Atenas, las circunstancias de la derrota llevaron al establecimiento de medidas excepcionales que se plasmaron, primero, en el nombramiento de diez probouloi, consejeros que promovían la legislación previamente a cualquier decisión de la asamblea. Aristóteles sabe que el sistema probuléutico tiende a favorecer a la oligarquía. De hecho crecieron sus actividades hasta que, en 411, se estableció la oligarquía de los cuatrocientos, donde sólo votaban los miembros de una boulé de número reducido. Más tarde, el sistema se transformó en una oligarquía hoplítica, donde había cinco mil con derechos políticos, definidos como los poseedores de hopla, de las armas propias de los hoplitas. Esto significaba efectivamente una reducción de los derechos del demos, agravada por el hecho de que se abolieran las pagas de que eran beneficiarios los pertenecientes a la clase subhoplítica, los thetes. Parece que en este proceso participó Sófocles, el dramaturgo, clásico representante de la moderación. Por su parte, el historiador Tucídides pensaba que era el mejor gobierno desde la muerte de Pericles. Seguramente respondía a las aspiraciones de quienes todavía esperaban recuperar aquel sistema identificado con la concordia y la convivencia pacífica de las diferentes clases, lo que resultaba difícil tras las profundas transformaciones que están sucediendo durante la guerra. El proceso, con todo, ha sido complejo. Cuando se estableció la oligarquía en Atenas, la flota, que se hallaba en Samos, permaneció fiel a la democracia. Parece que Alcibíades desempeñó un importante papel para que ambos bandos aceptaran la situación intermedia representada por los cinco mil. Según Tucídides, Terámenes hablaba del miedo de los oligarcas a la flota de Samos. El argumento de Pisandro, de que la democracia era incapaz de continuar la guerra, colaboró a que se aceptara el regreso moderado a la situación en que participaban los hoplitas. De hecho, sin embargo, inmediatamente la política oligárquica se dirigió a la búsqueda de la paz con Esparta. Terámenes se define como personaje característico de este momento, de equilibrio entre la recuperación democrática y el dominio de la oligarquía. Su apoyo se encuentra en los hoplitas, temerosos de caer bajo el control de una oligarquía tiránica, pero insegura, al mismo tiempo, ante la democracia imperialista.

Los Treinta Tiranos
En los estrechos Alcibíades emprendió importantes campañas y obtuvo victorias en Cícico y Abido que abrían los accesos de la Propóntide y el Helesponto. La nueva agresividad y la actividad naval fortaleció los impulsos democráticos, que se materializaron en el apoyo popular a la figura de Cleofonte, nuevo representante de los sectores de procedencia oscura, de los que formaban parte Cleón o Hipérbolo. De este modo, en el año 410 se restableció el consejo de los Quinientos, los tribunales populares y los pagos por servicios públicos y se fijó el diobolo como subsidio a cualquier ciudadano. En el año 408 Alcibíades se atreve a regresar a Atenas donde, a pesar de la oposición de algunos, recibe una acogida triunfal y es nombrado hegemón autokrátor, pues esperaban que fuera capaz de restaurar el imperio y de recuperar todas sus ventajas para el demos. Sin embargo, la actividad espartana en Asia Menor continuaba siendo beneficiada por las circunstancias del mundo persa, donde el nuevo sátrapa de Sardes, Ciro el Joven, hijo de Darío, favorece el mantenimiento de relaciones amistosas con el espartano Lisandro, que se preocupa especialmente del crecimiento de la flota, con la ayuda de los persas. Las posibilidades que prometía Alcibíades, de recibir ayuda de los persas, quedaban definitivamente esfumadas. Lisandro, en 407, consigue la victoria sobre la flota ateniense en Notion, en las costas de Asia Menor frente a Samos. Alcibíades ve cómo desaparece la justificación de su presencia en Atenas, basada en la victoria, y huye al Quersoneso. Luego sólo aparecerá circunstancialmente como consejero de una estrategia que los atenienses no consideraron adecuada, pero fueron derrotados por ello. Tal vez se trate de una forma de propaganda póstuma favorable al político exiliado. Todavía en 406, los atenienses consiguieron una nueva victoria en la batalla naval de las Arginusas, entre Lesbos y las costas de Asia Menor. Pero el triunfo no impidió que se pusieran de manifiesto los graves problemas internos de la ciudad, cuando los generales victoriosos fueron condenados a muerte, en un juicio que se consideraba ilegal, por el hecho de haber abandonado a los náufragos o de no haber recogido los cadáveres, según las fuentes. Según Jenofonte, el juicio estuvo promovido por Terámenes, pero también se nota la presencia de los representantes más radicales de las tendencias democráticas. Los espartanos luego pidieron la paz, pero la tendencia dominante en el demos conducía naturalmente al rechazo. En el año 405, Lisandro vence a los atenienses en la batalla de Egospótamos, en el Quersoneso, lo que llevó a la aceptación de la paz, conducida por Terámenes, en que admitían las condiciones de renunciar a la Liga y a las cleruquías. Aristóteles dice que en Atenas había que distinguir entre dos corrientes dentro de los nobles antidemócratas, los que buscaban el establecimiento de la oligarquía y los partidarios de la patrios politeia, la constitución propia de los antepasados, que, simplemente, puede identificarse con el régimen en que participan y controlan los miembros del ejército hoplítico. El triunfo en el debate interno les correspondió a los oligarcas, encabezados por Critias, que, según Jenofonte, reconocía que el nuevo régimen, formado por los Treinta, había de comportarse como una tiranía para evitar eficazmente la vuelta de la democracia. Su eficacia estaba en la represión, que ejerció incluso contra Terámenes, acusado de actuar de manera ambigua y de facilitar la recuperación de los enemigos.

La restauración democrática
Para la oligarquía resultó verdaderamente más perjudicial el hecho de enajenarse la voluntad de los miembros de la propia clase que pretendía restaurar en el poder. La oligarquía, decía Platón, produce la violencia dentro de la propia clase. De este modo, comienza a agruparse un sector de los exiliados, encabezados por Trasibulo y Ánito, que se manifiestan defensores del sistema hoplítico. Varias de las ciudades aliadas de los espartanos les prestaron ayuda, lo que indicaba cómo la radicalización de posturas subsiguiente a la guerra permitió paralelamente la desintegración de la coherencia de cada bando. Los grupos más extremados de Atenas necesitan el apoyo espartano, pero los aliados de Esparta no se identifican con esos grupos en el momento de definirse en relación con la política interior ateniense. Están dispuestos a admitir la inclusión de tres mil en la ciudadanía activa, pero Terámenes ataca el esquematismo, en la idea de que todos los buenos deben integrarse con pleno derecho. Critias utiliza el apoyo de bandas armadas representantes de los grupos secretos aristocráticos que se convirtieron en su verdadero apoyo. Terámenes parecía próximo a una figura como la de Sócrates, que se quejaba de la violencia de los Treinta, pero Critias critica sus contradicciones, sobre la base de que no es posible la oligarquía sin tiranía. Terámenes, por su parte, tampoco admitía la democracia en la que tenían parte los que necesitan una dracma, es decir, los que reciben el misthós, los thetes. La restauración democrática vino de la mano de Trasibulo y sus colaboradores, que pasaron de Tebas a File y luego al Pireo, donde se sitúan en Muniquia. Los Tres Mil deponen a los Treinta y nombran a los Diez para negociar. Los Treinta se refugiaron en Eleusis hasta el ano 401-400. La resistencia se hizo más difícil cuando entre los propios espartanos surgieron diferencias que enfrentaban a Lisandro y a Pausanias, este último contrario a apoyar el régimen tiránico que había recibido la ayuda del primero. Trasibulo se presenta como abanderado del discurso de la concordia, lo que llevó a que posteriormente se declarara la amnistía, unida a la restauración datada en el año ático 403-02, el del arcontado de Euclides, específicamente alabada por Aristóteles como moderada. Algunas medidas pueden ser significativas, como la instauración de los nomótetas, encargados de redactar leyes, que se encontrarían por encima de cualquier decreto que hubiera sido votado en la asamblea. También se plantearon reformas sobre el estatuto de la ciudadanía, algunas tendentes a la ampliación, incluyendo metecos y esclavos por méritos de guerra, otras tendentes a la reducción, como la de Formisio, del grupo de Terámenes, que pretende que se reduzca a los que tienen tierras, pero que fue rechazada. Su aprobación habría significado, según Dionisio de Halicarnaso, la exclusión de cinco mil ciudadanos, lo que quiere decir que la medida no se refería al estatuto del hoplita, sino que admitía como ciudadano a propietarios de pequeñas parcelas de los que se incluían entre los thetes. El síntoma más significativo de que los conflictos continuaron fue la condena de Sócrates, el año 399, donde siguen presentes los efectos de los anteriores enfrentamientos, como el de Terámenes con Critias, pero también el proceso de las Arginusas y las actuaciones conflictivas de Alcibíades y Critias, de cuya formación se acusaba a Sócrates. La presencia entre los acusadores de Ánito, participante en el proceso de restauración, enemigo de los sofistas, admirador despreciado de Alcibíades, es uno de los síntomas, en definitiva, de la pervivencia de la conflictividad interior en la ciudad.

Supremacía espartana
Tras la guerra del Peloponeso, la situación de todas las ciudades griegas se ha transformado y la propia Esparta entra en la dinámica que se titula habitualmente de lucha por la hegemonía, entendida como aspiración al control de territorios lejanos y de poblaciones susceptibles de ser sometidas a dependencia. Lisandro organiza un imperio controlado por los harmostas y con la colaboración de las oligarquías locales. El rey Agesilao emprende la labor de recuperar para Esparta los territorios de la costa jónica, a través del procedimiento de liberar las ciudades griegas, del dominio ateniense y del peligro de caer bajo el persa. Pero en la península helénica se organiza una alianza antiespartana, formada por Atenas, Tebas, Argos y Corinto, que obligaron a regresar a Agesilao. Fue la guerra de Corinto en la que la victoria de Coronea no proporcionó a los espartanos ningún beneficio importante. Que Atenas restaurara los muros y que Conón, con la ayuda del oro persa, pudiera reconstruir la flota, llevó a Esparta a iniciar las negociaciones que llevarían a la Paz de Antálcidas. Paralelamente, la revuelta de Cinadón, en 397, que había reunido a todos los sectores de las clases marginales espartanas, había colaborado a minar las estructuras sociales y militares de la ciudad triunfadora. Los impulsos expansivos volvían a chocar con los frenos procedentes de las rígidas estructuras sociales espartanas.

2.- Recuperación de Atenas y auge de Tebas

A partir de la batalla de Egospótamos, Conón se había quedado con la flota ateniense al servicio de los persas, bajo el mando de Farnabazo. Los ejércitos tendían ya a nutrirse principalmente de tropas mercenarias. La capacidad de recuperación de la empresa de Conón se mostró en la batalla de Cnido, en que vencieron a los espartanos en el año 394. Luego continúan sus campañas por Asia Menor, donde se va minando la fuerza de los espartanos, con la expulsión de los harmostas y el establecimiento de regímenes democráticos. Muchas de las ciudades erigieron estatuas a Conón como héroe, lo que le permitió ganar prestigio y promover los medios para la restauración de las murallas. También permitió que se emprendieran nuevas acciones en torno al Peloponeso, entre las que destaca la ocupación de la isla de Citera, al sureste del Peloponeso. Desde el año 392 los espartanos empezaron a buscar la paz con los persas, pues la victoria obtenido en Coronea no había tenido ninguna eficacia positiva en sus relaciones con las demás ciudades griegas. Sin embargo, por el momento éstas no estaban dispuestas a someterse a unas condiciones que no se presentaban favorables. En Atenas, en concreto, más bien resurgían las aspiraciones a recuperar el control del Egeo, aprovechando los primeros asentamientos en Lemnos, Imbros y Esciro, islas que gozaban de unas condiciones geográficas especialmente favorables en relación con las vías marítimas que seguían los atenienses para llegar al mar Negro. Con todo, las propuestas espartanas y las respuestas atenienses se enmarcan en un ambiente conflictivo donde empiezan a definirse las actitudes imperialistas de nuevo como modo de acceso a los instrumentos que garantizan libertad del demos. En el ano 391 el orador Andócides pronunció su discurso "Sobre la paz", en el que expone los puntos de vista sobre la paz y la guerra como medio de obtener recursos por uno u otro sector de la población. Los pobres no creen que la paz les dé de comer. Es la misma situación que se refleja en las comedias de Aristófanes que se datan en el siglo IV. Los pobres tienen ganas de lanzarse al combate, mientras que los ricos desean la paz. En las "Historias Helénicas" anónimas, conocidas como "Helénicas de Oxirrinco", por el hecho de haberse encontrado en uno de los papiros descubiertos en ese lugar de Egipto, también se distingue entre partidarios de la paz y de la guerra como buenos y malos, terminología empleada frecuentemente para referirse a las clases sociales en conflicto, enmascaradas así entre denominaciones de orden moral.

Expansión marítima
En realidad, en Atenas se producen graves alteraciones sociales, provocadas por los efectos negativos de la guerra y sus consecuencias, pero también por el nuevo impulso de la riqueza paralelo a la recuperación militar. Por el orador Lisias se conoce el caso de Ergocles, demócrata que se hizo rico a través de la navegación y que desde entonces pasó a favorecer a las oligarquías. En efecto, desde el año 389 Trasibulo comienza a recuperar el control sobre el Egeo, en acciones que van desde Rodas a las costas del Helesponto. Aquí emprende acciones diplomáticas entre los pueblos indígenas, aprovechando los conflictos entre grupos, para convertirse en el mediador y árbitro, capaz de restablecer la concordia, lo que lo coloca en una posición privilegiada para establecer desde allí el control de los estrechos. En Bizancio se estableció una especie de aduana en la que cobrar tasas a las naves que regresaban del mar Negro. Con el apoyo a la democracia había conseguido que la presencia de los atenienses no resultara molesta a las poblaciones locales, según Jenofonte. Más tarde, en Lesbos expulsó a la guarnición espartana. Desde allí se dedicó a devastar el territorio de la costa continental, lo que, al parecer, tuvo que ver con su muerte, en una emboscada, y con el surgimiento de problemas en Atenas en torno a sus partidarios, síntomas de que comenzaban a renacer los conflictos que envolvían el movimiento expansivo. Paralelamente, los cambios se manifestaban en otro terreno. Los problemas de la ciudadanía repercutían en las posibilidades de conservar en el plano militar el sistema tradicional ciudadano, nutrido de campesinos sirviendo como hoplitas. Poco a poco se impone el método de reclutamiento mercenario, por lo demás caro, necesitado de aportaciones tributarias o de acciones de pillaje. Ifícrates elige una vía más barata, consistente en formar ejércitos de tropas ligeras, que, sin ser propietarios capaces de aprovisionarse ellos mismos del armamento, tampoco requerían un gasto especial por parte de la ciudad. Las tropas se mostraron eficaces sobre todo en la victoria del Lequeo, donde atacaron por sorpresa a un ejército hoplítico espartano y demostraron las ventajas de la movilidad. Del año 387-86 se conoce el decreto que regulaba las relaciones de Atenas con Clazómene, ciudad jónica situada en la costa de Asia Menor, donde se establecía la participación económica y la normativa para el envío de guarniciones, circunstancia ésta que se dejaba a la decisión del demos ateniense. Para algunos, son pasos dados en la política de recuperación legal de las relaciones imperialistas.

Segunda confederación ateniense
Estos primeros pasos expansionistas, sin embargo, quedaron frustrados por la paz de Antálcidas, según la cual Atenas sólo conservaba el control sobre Lemnos, Imbros y Esciro. Más tarde, en la idea de que la paz había favorecido el desarrollo de un nuevo expansionismo espartano, desde Atenas surgen nuevas iniciativas para crear bloques capaces de promover la defensa de la libertad. Se trataba de evitar el desarrollo de una nueva arché. La primera organización se crea como una symmachía con Quíos, Rodas, Mitilene, Bizancio y algunas islas. Los pasos concretos hasta llegar a la constitución de la liga permanecen oscuros, pues se interfieren múltiples problemas relacionados con las reacciones espartanas y las dudas atenienses. Los datos de la epigrafía van poniendo orden a las narraciones de los historiadores. El gran documento es, desde luego, el decreto de Aristóteles, del año 378-77, por donde se conocen los nombres de los participantes y, en cierto modo, el proceso de formación, gracias al orden establecido y a los tipos de letras utilizados. Junto a los citados, se encuentran en primer lugar Metimna, con respecto a cuya alianza particular se conoce también un decreto anterior, y Tebas, que ha sido víctima de la agresión espartana que se materializó en la ocupación de la Cadmea, hecho considerado injusto incluso por la historiografía proespartana. La nueva liga se gobernaría de acuerdo con un synedrion en que participaban todos los aliados en sesiones celebradas en Atenas, donde las decisiones se controlarían conjuntamente con la asamblea ateniense. Las precauciones para evitar que en la nueva confederación se viera renacer el espíritu agresivo del imperio del siglo V se traducían en el establecimiento del tributo, llamado ahora syntaxis, y no phoros, con el ánimo de quitarle aquellas connotaciones. Éforo creía que era sólo un modo de disimular la nueva realidad, pero, en el fondo, había elementos nuevos, que convertían al segundo imperio en una caricatura del primero, pero que también despertaban en el demos las aspiraciones agresivas que daban como resultado el aumento de la conflictividad en las luchas entre ciudades por la hegemonía y entre los diferentes elementos sociales de la ciudad misma. Por ello surgieron diferencias entre quienes creían que la justificación del imperio estaba en el mantenimiento de la paz y quienes creían que sólo tenía sentido como modo de control de nuevos territorios, de consolidación del tributo, lo que llevó a personajes como Timoteo a emprender campañas, en Cefalonia y Corcira que, por otro lado, exigían gastos en el tesoro público creadores de conflictos entre los contribuyentes, reclutados entre los ricos, y los miembros del demos partidarios de la recuperación del control naval. De otro lado, el pago de mercenarios promovía formas de desarrollo monetario y de moneda circulante que creaban desajustes en los valores próximos a los procesos inflacionistas, que se reflejan en las alteraciones constantes en los valores monetarios. La victoria de Naxos en 376 proporcionó a los pacifistas atenienses la oportunidad de imponer su concepción del imperio, al aprovecharse de la petición espartana. Sin embargo, los jefes de tropas mercenarias no podían permanecer en la inactividad y Timoteo continuó actuando por cuenta propia, como precedente de los jefes militares que colaboraron a la formación del tipo de relaciones propio del mundo helenístico. Sólo la presencia de la hegemonía tebana facilitaría que, desde 371, las condiciones de una nueva paz fueran respetadas igualmente por atenienses y espartanos.

Hegemonía tebana
Una de las medidas que habían apoyado los espartanos en la firma de la paz de Antálcidas había sido la de la disolución de todas las ligas, lo que afectaba especialmente a la confederación beocia que, si bien desde mediados del siglo V se había mostrado fundamentalmente contraria al imperio ateniense, después de la guerra del Peloponeso había pasado a participar en las coaliciones antiespartanas. En tales circunstancias, los espartanos aprovecharon la protección del rey para tomar represalias contra aquellas ciudades que, aun considerándose sus aliadas, no habían actuado en consecuencia. Así, entre 385 y 379, los espartanos disolvieron la polis de Mantinea y obligaron a su población a dispersarse. Con ello, comenta Jenofonte, se alegraron los oligarcas, pues estaban así más cerca de sus propiedades y se liberaban de la acción política de los demagogos. Igualmente actuaron contra la ciudad de Fliunte en favor de los exiliados oligarcas. Las represalias eran al mismo tiempo un modo de intervenir en los asuntos de la ciudad para orientar en un sentido oligárquico su organización interna. La intervención más importante fue la que se planeó en la confederación Calcídica, para evitar su expansión a costa de la independencia de algunas ciudades de la zona, en concreto de Acanto y Apolonia. Las tropas que se dirigían a la península Calcídica, en una expedición lejana que volvía a alterar los presupuestos militares de la organización social espartana, se encontraron en el camino con la posibilidad de intervenir en Tebas, en favor de Leontiadas frente al grupo encabezado por Ismenias, favorable a la alianza con Atenas. Los espartanos ocuparon la Cadmea, la acrópolis de la ciudad de Tebas, y llevaron a cabo una feroz represión contra el grupo derrotado, que buscó apoyo en Atenas. De este modo, en el año 379, los tebanos consiguieron liberarse de la presencia espartana y recuperar su autonomía. Los protagonistas habían sido Pelópidas y Epaminondas, que estaban exiliados en Atenas y restauraron la Confederación Beocia apoyada en la reconstitución de la Confederación Ateniense. Desde el punto de vista militar, la hegemonía tebana se fundamenta en la instauración de una nueva táctica para el combate de los ejércitos hoplíticos, según la cual, en lugar de atacar hacia la izquierda, dado que la derecha era el flanco desprotegido, los soldados atacan hacia la derecha, con lo que, según Jenofonte, de entrada se consigue al menos un importante efecto de sorpresa. Ello alteraba profundamente toda la tradición de las batallas en campo abierto, herederas del sistema de lucha arcaico. Era un síntoma más de los efectos militares de las transformaciones de la polis. Ésta fue la táctica empleada por los tebanos frente a los espartanos en la importante batalla de Leuctra del año 371, coincidente con la paz que hacía desaparecer a los harmostas del Egeo y consolidaba el segundo imperio ateniense, basado en la agresividad y en el control de la paz por personajes como Timoteo. Ahora Tebas se hace fuerte en la península helénica y realiza una serie de intervenciones en el Peloponeso, en favor de los mesenios, para los que fundan la ciudad de Mesene, símbolo de la nueva libertad de los antiguos hilotas, y de los arcadios, agrupados ahora en la Confederación Arcadia, de tendencia democrática. Los tebanos también intervinieron en Tesalia, región que se hallaba en conflicto, debido al movimiento expansivo que surgió en Feras bajo la conducción del tirano Jasón. En apoyo a las otras localidades, regidas por aristocracias tradicionales, los tebanos reforzaban sus posiciones. Parecía que ahora la hegemonía marítima ateniense tenía como contrapartida continental la hegemonía tebana, en un cierto equilibrio antiespartano. Sin embargo, los temores parece que llevaron a los primeros a aceptar las conversaciones de paz con Esparta en el año 369, en una situación complicada por diversas combinaciones de alianzas entre ciudades, con la intervención del sátrapa Ariobarzanes. Por fin, en el año 362 los tebanos entraron una vez más en el Peloponeso y se enfrentaron a los espartanos y a sus aliados en Mantinea. Allí murió Epaminondas y la victoria, según Jenofonte, no sirvió para que se aclarara el panorama hegemónico de las ciudades griegas. Sin haber sido derrotada, Tebas comienza un proceso de decadencia que elimina un nuevo candidato para poner de relieve que la solución de cada polis no podía encontrarse en el dominio sobre las demás. Tampoco podían encontrar aquí la solución de sus problemas internos.

3.- Crisis militares e intervención persa

Después de la guerra del Peloponeso, una expedición espartana, en la que tomó parte el ateniense Jenofonte, apoyó a Ciro el Joven en sus pretensiones de acceder a la realeza de los persas frente a su hermano mayor Artajerjes, a la muerte de Darío II. La derrota de Ciro en la batalla de Cunaxa trajo como consecuencia el deterioro de las relaciones entre persas y espartanos, agravado por las repercusiones que pudieron tener las actuaciones de Agesilao en Asia Menor como liberador de las ciudades griegas. Los acontecimientos de los años noventa agravaron la situación para Esparta, sobre todo con la guerra de Corinto, por lo que se impuso la tendencia que pretendía llegar a un acuerdo con los persas, cuyo principal representante fue Antálcidas, que ofreció a Tiribazo la renuncia a defender la autonomía de las ciudades griegas de Asia, a cambio del control del resto de Grecia, con el apoyo persa. Las propuestas, sin embargo, no tuvieron éxito hasta el año 386. Perduraban hasta entonces los efectos de la batalla de Cnido y las buenas relaciones con Atenas entre los persas. En el cambio de década, sin embargo, las circunstancias variaron, pues los atenienses apoyaron la revuelta de Evágoras de Chipre frente a Persia y las acciones expansivas de Trasibulo podían llegar a afectar a zonas que los persas consideraban dentro de su órbita. El acuerdo con los espartanos podía llegar a garantizarles su control real. Por ello, en el ano 386, con la participación formal de todos los griegos, se juró el texto de la paz que contenía tres puntos principales. Las ciudades griegas de Asia pasaban a depender del control del Gran Rey, incluidas Clazómenas y Chipre, lo que afectaba claramente a las posibilidades expansivas del imperio ateniense. Por el contrario, todas las ciudades de Grecia, incluidas las islas, quedaban libres de cualquier control sin poder unirse en ligas o confederaciones, salvo Lemnos, Imbros y Esciro, únicas que permanecían bajo el control ateniense, sin duda las más importantes desde el punto de vista de los tráficos marítimos hacia el mar Negro, pero no para la recuperación del imperio como fuente de recursos capaces de mantener la libertad del demos. Finalmente, todas las ciudades que se negaran a aceptar las condiciones de la paz podían ser objeto de los ataques persas.

Esparta tras la Paz del Rey
Esparta conseguía con la firma de la Paz del Rey imponer sus condiciones en las relaciones entre ciudades, pues la situación le permitió frenar el desarrollo del imperio ateniense a pesar de que no era capaz de hacerlo sólo con sus propias fuerzas. En este sentido, la paz revela las condiciones objetivas de ese equilibrio, entre el poder y la debilidad. En ese ambiente fue igualmente capaz de someter a las ciudades rebeldes que, por las transformaciones de sus propias realidades internas, tendían a separarse de su tutela. La estabilidad conseguida se resintió pronto, como es natural, de la precariedad de la propia situación espartana. A la larga, no fue posible frenar el nuevo impulso de la segunda confederación ni la reacción de la confederación beocia encabezada por Tebas en su nueva imagen democrática. Durante la década de los setenta a duras penas podía conservar la situación establecida, a pesar de los esfuerzos de Agesilao. La paz se rompía de hecho constantemente, hasta que, en 371, atenienses y espartanos llegaron a la firma de una nueva paz, con participación persa, en que los espartanos aceptaban el reconocimiento de las Ligas entre ciudades griegas. Los tebanos eran ahora los verdaderos protagonistas en la iniciativa de las acciones bélicas entre ciudades. Las relaciones espartanas con los persas en los primeros años del siglo IV estaban condicionadas por las circunstancias internas, heredadas del conflicto dinástico, que se plasmaban en rivalidades entre los sátrapas occidentales. Fue Tiribazo el encargado de introducir a los espartanos ante el Gran Rey para llegar a establecer las condiciones de la paz. A pesar de la iniciativa espartana, encabezada por Antálcidas, la verdad es que la paz suele recibir un nombre más adecuado a su sentido real, la Paz del Rey. Éste era el verdadero valedor de la paz y amenazaba con la fuerza a quienes no se adecuaran a ella. Se inaugura así una institución destinada a tener gran trascendencia en la historia de las relaciones entre las ciudades griegas en el siglo IV, de sus alianzas y enfrentamientos, desde ahora bajo la mirada de alguna potencia exterior, persa o macedonia. Por su parte, los persas quedaban libres de actuar en todo el territorio asiático y una de las primeras acciones de Artajerjes, consecuencia de la paz, fue la intervención armada contra Evágoras de Chipre. Sin embargo, a partir de aquí, la tendencia predominante entre los persas fue la de conservar la situación, sobre todo a partir de la derrota sufrida por la expedición enviada a Egipto entre 374 y 373, de tal modo que la paz de 371 fue patrocinada por el Gran Rey como árbitro, pero su capacidad de presión real había desaparecido. Luego, serán los problemas internos de nuevo los que tengan ocupados a los reyes, situación que sin duda se reflejará en los modos de reaccionar cuando tenga lugar la intervención macedónica.

4.- Crisis de la polis        

La crisis de la ciudad estado en el siglo IV no es problema de datos cuantitativos. La riqueza global posiblemente aumenta. La población no parece experimentar alteraciones cuantitativas, pero aumenta el número de esclavos, hasta el punto de que se dice que en Atenas llegó a los cuatrocientos mil, y el libre se halla en peligro, porque ya la ciudadanía no representa una garantía. En el plano político, sobre todo en Atenas, tiende a perder los privilegios que le confería el hecho de tomar parte en los organismos públicos. Aquí es donde la pérdida del imperio y los diferentes intentos de recuperación crearon conflictos internos, al perderse con ello las posibilidades de una concordia apoyada en el control de las islas. La presión del demos trataba de recuperar ese control, con el apoyo de quienes seguían creyendo en la concordia y de quienes esperaban recuperar los negocios subsiguientes. Sin embargo, la importación, el tráfico de mercancías y el acceso a los mercados era posible recuperarlos sin imperio. Este podía llegar a convertirse incluso en un obstáculo, sobre todo si era necesario sostenerlo con la guerra. Los ricos no eran partidarios de la guerra, porque ésta, en manos de mercenarios, era cara y hacía aumentar la eisphorá, el impuesto entre ciudadanos que afectaba a los más poderosos económicamente. Ello colaboraba a que sus inversiones se hicieran sobre todo en riqueza aphanés, oculta, con lo que rompían con la solidaridad ciudadana. La crisis consistía en un renacimiento de los conflictos internos que repercutía en los conflictos externos, relacionados con las transformaciones económicas y sociales, reflejadas en las estructuras políticas, incapaces de controlar la situación ni con la concordia ni con la represión, ni en el mundo real ni en el imaginario. En ese ambiente, junto al soldado mercenario se desarrolla la figura del jefe carismático, que logra la victoria y la salvación, a la vez que colabora con sus prácticas a la difusión de nuevas formas de funcionamiento económico. Las luchas entre ellos, sin embargo, harán que sólo desde fuera, tras intentos como el de Jasón de Feras o el de Dionisio de Siracusa, como portadores de formas políticas primitivas, en las que el papel individual se asienta sólidamente, se vislumbre la solución en la figura de Filipo de Macedonia, capaz de establecer la paz por la fuerza y de crear una imagen positiva en las expectativas de salvación de que él mismo es portador como jefe carismático, como heredero y como alternativa al mismo tiempo de los jefes de tropas mercenarias, renovado en la imagen primitiva del rey semibárbaro.

Transformaciones económicas
Aparte del panorama general que ofrece el conjunto de las ciudades griegas, sólo puede observarse parcialmente la situación económica en Atenas, protagonista de hecho y, sobre todo, de las fuentes, como contrapunto de la hegemónica Esparta, modelo para muchos de los autores a través de los que se deja ver algo de la realidad en este terreno. Así pues, hablar de las transformaciones económicas del siglo IV en Grecia es referirse a las que pudieron tener lugar en Atenas, en la seguridad de que la especial posición de esta ciudad en el siglo anterior garantiza el carácter representativo, no porque la situación de las demás ciudades pueda ser comparable, sino porque aparece como modelo y como factor condicionante de cambios a escala general. Hay ciudades donde pueden notarse movimientos protagonizados por el demos en los que se reivindican medidas del tipo de la abolición de deudas o la redistribución de las tierras, lo que en cambio no ocurre en Atenas. Pero, a pesar de la derrota de la guerra del Peloponeso, tanto las posibilidades anteriores de control como las prácticas democráticas, en situación de peligro, pero no abolidas del todo, permiten la existencia de otros mecanismos donde se desenvuelve la vida económica por derroteros diferentes. Desde luego, la única visión realista de la economía griega en el siglo IV sería la que permitiera observar, junto a Atenas, la economía de las otras ciudades y, además, el tipo de relaciones que se establece entre la una y las otras, en una escala amplia y variada, que incluiría Esparta, Tebas y ciudades pequeñas como Fliunte, poco conocidas, pero lo suficiente como para notar que los acontecimientos políticos reflejan profundas convulsiones relacionadas con el nuevo panorama económico. A escala amplia, sólo este panorama general permitiría comprender los variados aspectos, externos e internos, que se ven implicados en las luchas entre ciudades que se conocen como luchas por la hegemonía. Durante la época clásica, la economía sigue teniendo como base productiva el trabajo agrario. Los movimientos mencionados indican que, al menos en algunas ciudades, se ha operado una agudización en la presión explotadora que puede afectar, según las circunstancias, a la población de los campesinos libres. El panorama variado de las ciudades indica igualmente que el desarrollo productivo agrario sigue siendo profundamente desigual. El sistema ateniense se ha hecho dominante, pero, al tiempo, ha provocado una crisis y ha caído en ella. El modelo sólo se mantiene con cambios, pero ha generado una dinámica que influye en el panorama económico general. Las ciudades no poseedoras de un imperio, donde en general el sistema de explotación esclavista no se ha hecho dominante, al entrar en el mundo de las transacciones económicas han desarrollado en sus clases dominantes aspiraciones productivas que sólo se satisfacen con el aumento de la explotación interior, sobre poblaciones libres que normalmente se hallan en posición cercana a determinadas formas de dependencia. Atenas como imperio defensor de la democracia ha representado en ocasiones un modelo, inalcanzable, pero que podía servir de apoyo para delimitar las posibilidades de explotación por parte de la clase dominante. En el siglo IV, ha desaparecido el imperio ateniense y la potencia hegemónica predominante, Esparta, tiende mas bien a apoyar a las oligarquías, con lo que éstas consiguen consolidar su situación. Es cierto que no lo hacen sin conflicto y eso es lo que explica la existencia de las tensiones sociales, dentro de un panorama en que las posibilidades de recuperación o de consolidación económica pasan por el disfrute de una posición políticamente hegemónica.

Agricultura
En los escritores áticos que durante el siglo IV se dedicaron a dar a conocer la situación espartana, sobre todo Jenofonte, Platón y Aristóteles, admiradores de su sistema político y social, en el que ninguno deja de ver, lúcidamente, un efecto de la estructura económica, se ha notado, sin embargo, la presencia de una cierta decepción referente a los tiempos mas recientes. Da la impresión, en unos más claramente que en otros, de que la situación ya no es la que era. La eunomía o buen gobierno se había sustentado en un sistema de disfrute equilibrado de la tierra, que permitió considerar iguales a todos los que participaban de la ciudadanía, los espartiatas, sobre una clase de hilotas explotada y dominada, perfectamente delimitada y controlada. Las guerras y la hegemonía provocan alteraciones sociales y rupturas en los límites, desde el momento en que es preciso utilizar los servicios de los dependientes en favor de la ciudad. Al menos desde finales de las guerras médicas han venido notándose alteraciones en este sentido, con repercusiones políticas en el ámbito de las luchas personales. Los accesos al control de ciudades externas y a los mercados del Egeo constituyen el otro factor capaz de operar la transformación estructural. En el siglo IV, la reforma de Epitadeo, que permitía la libre disposición de las propiedades en el testamento, representa la traducción legal de la tendencia a favorecer la acumulación que, para los comentaristas laudatorios del sistema tradicional espartano, significaba el final de las condiciones en que se asentaba aquella específica forma de vida en común. Ya desde el siglo V, desde la misma narración bélica de Tucídides, se deduce la existencia, por lo menos, de una utilización privada de los hilotas que los aproxima al esclavo comprado. En el momento de la revuelta de Cinadón, la detallada descripción de Jenofonte permite deducir que ya se ha operado en gran medida una diversificación de los sectores dependientes, donde, junto a los hilotas, se incluyen términos indicativos de un proceso de reestructuración. Jenofonte insiste en que, dentro de la sociedad espartana, en estos momentos, la masa de los dependientes, posibles aliados de la revuelta, es infinitamente superior en el número al total de los propietarios, enemigos bien definidos de Cinadón. Así como en Esparta, que parte de una situación bien particular, la transformación operada es determinante, en Atenas, en este terreno, el panorama, a pesar de todo, permanece oscuro. La existencia de ciertos mojones, horoi, con inscripciones referentes a parcelas de tierra, había hecho pensar en la existencia de hipotecas comparables a las conocidas para la época previa a las reformas de Solón, las que habían justificado algunas de sus medidas en un momento de auténtica crisis agraria. En los inicios del siglo IV, el panorama había sido similar y permitía fundamentar en él el concepto de crisis para definir el período posterior al de la guerra del Peloponeso. Los análisis posteriores han demostrado que más bien se trata de documentos indicativos de movimientos de compraventa. La tierra no se halla hipotecada en este momento, lo que permite orientar el enfoque del problema en otra dirección y, tal vez, intentar definir de nuevo el concepto de crisis, de un modo que esté más de acuerdo con las condiciones históricas de la ciudad a comienzos del siglo IV. Ahora no se trata de la acumulación agresiva de una aristocracia que intenta subordinar la población campesina, circunstancia ante la que reacciona con el apoyo de los sectores moderados de la aristocracia. En estos momentos, la agricultura se inserta en el panorama de un sistema económico en que los mercados esclavistas se encuentran consolidados y la circulación monetaria ha llegado a ser lo suficientemente activa para incidir en los procesos de explotación de la tierra. La situación del campesino miserable en que aparecen retratados algunos personajes de Aristófanes, los problemas que soportan algunos de los individuos litigantes en los discursos de los oradores áticos y los peligros que prevé Platón en la existencia de un campesinado empobrecido resultan fenómenos paralelos al del crecimiento de las transacciones, que igualmente están presentes en los discursos de los oradores, o a la descripción de algunas casas, unidades de explotación, escenario de disputas judiciales igualmente tratadas en los discursos, pero cuyo modelo canónico es la casa de Iscómaco del "Económico" de Jenofonte, ejemplo de explotación próspera. Ahí se muestra que la crisis representa un proceso cualitativo, y no cuantitativo, pues la riqueza crece al mismo tiempo que la miseria entre las poblaciones libres.

Comercio y moneda
Las transacciones relativas a la tierra indican el peso que en la economía del momento había adquirido la circulación monetaria. Todos los escritores del siglo IV serán, de un modo o de otro, testigos del fenómeno, sobre todo Aristóteles, que, en el plano moral, ve en él un elemento clave para explicar la disolución de la comunidad que, a su manera de ver, se está llevando a cabo. Los valores se alteran desde el momento en que crece la actividad crematística, la de quienes compran para vender y no sólo venden para comprar lo que necesitan. De la alteración de los valores en el plano específicamente monetario es testigo Aristófanes, que alude a monedas devaluadas, hecho indicativo de los inicios de procesos inflacionistas, manifestados siempre de esta manera en el sistema económico antiguo, con la devaluación real y material consistente en rebajar la cantidad de metal precioso que contenía la moneda. La aparición de alteraciones en el valor metálico de las monedas resulta como consecuencia de los desequilibrios producidos en momentos de intensa actividad económica. Ésta se manifiesta en el tráfico de la propiedad, pero también en el desarrollo de los mercados. La presencia de la cerámica ática en todo el Mediterráneo es prueba de ello, lo que se ve compensado con la importación de materias primas, sobre todo agrarias, fenómeno heredado de la tradición que venía haciendo del Ática un territorio eminentemente importador de cereales. En principio, así resulta equilibrada la situación, pero en un siglo de guerras es frecuente que los puertos resulten inseguros, hasta el punto de convertirse en un tema de preocupación de muchos oradores de la época. Las consecuencias pueden repercutir en el conjunto de la vida económica y social. Los intercambios se realizan plenamente a través de la economía monetaria, no solo de la compensación en el trueque de cereales por cerámica. De hecho, la moneda de plata ática ha adquirido un valor circulatorio prestigioso que la garantiza a través de todos los mercados del Mediterráneo durante el período imperialista. La guerra ha creado para ella circunstancias de crisis. Su fundamento material se halla en la producción de las minas de Laurio y del Pangeo, cuando controlan la costa de Tracia. Las circunstancias de finales de la guerra del Peloponeso han puesto en peligro la producción metalúrgica, sobre todo a partir de la ocupación espartana de Decelia. Los desequilibrios pueden venir por varios caminos, representados por los problemas de la explotación minera y por los de la garantías de la importación cerealística. El riesgo está presente constantemente en ambos durante la primera mitad del siglo IV. De hecho, la historia de la explotación minera resulta significativa, pues, a pesar de los esfuerzos estatales, las inversiones se reducen. Es más seguro invertir en las propiedades territoriales, en auge, donde es más fácil ocultar la rentabilidad en momentos de fuerte presión fiscal, provocada por los gastos de la guerra en un período en que ésta resulta costosa por la tendencia a sustituir a los ejércitos ciudadanos por soldados mercenarios. De este modo, la legislación ática de 375 que trata de imponer el uso de la moneda propia frente a imitaciones y falsificaciones, las listas de los poletai que se encargan de controlar zonas de explotación, conocidas para los años sesenta, y las preocupaciones de Jenofonte en su obra sobre ingresos y gastos, Poroi, escrita en la década de los cincuenta, revelan los desequilibrios producidos en el mundo económico y financiera a lo largo de este período. En este ambiente se inserta el desarrollo de la banca, donde se encuentran los máximos beneficiarios de todo el proceso de aumento de la circulación, lo que favorece los préstamos, los depósitos y todas las operaciones ligadas al mundo del emporion. Son los banqueros los que sacan provecho de todos los procesos de alteración de valores que, para Aristóteles, rompían con la koinonía, con la comunidad estable identificada con la ciudad de los hoplitas, autárquica y autosuficiente.

Transformaciones sociales
La banca, factor de transformación en el mundo de la economía, actuaba también, sintomáticamente, como elemento revelador de las transformaciones sociales. En ella se fraguaba, también en lo social, el fundamento de la preocupación aristotélica. Si no es frecuente en la ciudad griega que el esclavo reciba la manumisión, ni es legal que el liberto se convierta en ciudadano, ambos fenómenos se producen entre los banqueros y Pasión y Formión experimentaron un proceso parecido. Se rompía en ellos la norma estatutaria de la comunidad de la polis. También se rompía la tradición en el plano de la vida militar. La capacidad de la participación ciudadana, como tal, se reduce y la mayoría de los soldados recibe el misthós, sea ciudadano o extranjero. El ciudadano ateniense también se alquila como mercenario para otras ciudades o reinos. La sociedad hoplítica ha roto su integridad, la que identificaba al ciudadano con el propietario de tierra que se manifestaba en la ciudad como soldado. El misthós, que antes recibían los thetes de la flota, se generaliza, con lo que contribuye a aumentar la circulación monetaria. No es éste el menor de los factores que llevaron al desarrollo de los procesos inflacionistas, pues fueron precisamente los jefes de los soldados mercenarios, como Timoteo, los que tomaron medidas particulares en ese sentido, para facilitar el sistema de pagas. Parece admitido que, al ser los primeros trabajadores que reciben masivamente un salario, los soldados mercenarios contribuyen a desarrollar formas de mercado que tienden a salirse de los marcos propios de la sociedad antigua. El desarrollo de los mercados también favoreció el aumento de la esclavitud como sistema sometido a las normas de la mercancía. La guerra era para ello al mismo tiempo un obstáculo, como para otras mercancías, y un cauce, debido a la facilidad que ofrecía para acceder a los cautivos. Un problema se suma, sin embargo, consistente en que las guerras del siglo IV fueron mayoritariamente entre griegos. En teoría sólo era esclavizable el prisionero bárbaro, pero la realidad se impone y la tendencia a esclavizar griegos se hace cada vez mayor, desde el período de la guerra del Peloponeso, donde ya se practica por las ciudades contendientes. La ruptura de la identificación con el bárbaro contribuyó para que la condición de los esclavos dejara de tener una identificación étnica en general, incluso dentro de la ciudad. De hecho, en Atenas proliferan los procesos judiciales para determinar la condición estatutaria de personas, que había sido puesta en duda por el hecho de que realizaran trabajos serviles. Tan es así que Aristóteles llega a considerar que es esclavo el que realiza determinados trabajos banáusicos, trabajos manuales hechos al servicio de otro, al margen del estatuto de quien lo realiza. Está claro que éste no es el factor determinante de las sociedades, sino un efecto jurídico de las relaciones reales de dependencia económica. Paralelamente, los esclavos realizan trabajos de todo tipo. No sólo son frecuentes en la explotación agraria del siglo IV, sino que también los propietarios se dedican a alquilarlos para trabajos externos, para que lleven el salario a casa del dueño, y allí se mezcla con el ciudadano pobre que realiza el mismo trabajo y recibe el mismo salario. El aumento del trabajo esclavo y los problemas de la tierra y del mercado llevan a la indefinición estatutaria que hacía del ciudadano pobre una vez más una posible víctima de la sumisión a nuevas formas de dependencia.


IX.- UNIDAD DE GRECIA
Inicio: Año 350 a. C.
Fin: Año 323 a.C.

Son las circunstancias de la historia griega tanto como las de la historia macedónica las que explican el proceso expansivo de un reino que se transformó en lo que para muchos fue la solución de los problemas de las ciudades de Grecia. El conflicto puso de relieve muchos de los aspectos problemáticos que se desarrollaban dentro de éstas. Los macedonios se hallaban, sin duda, en una situación peculiar, que, desde el primitivismo de unas estructuras tribales resueltas en una monarquía expansiva, viene a superponerse a las estructuras desarrolladas y civilizadas de la polis. La nueva situación aparece como consecuencia de la integración de lo viejo y lo nuevo. Uno de los aspectos resultantes fue el de la continuación y ampliación del proceso expansivo, que vino así a afectar al imperio persa, convertido ahora de agresor en agredido. La figura de Alejandro introduce un elemento nuevo, al agudizar la imagen del gobernante individual y carismático hasta el punto de convertirse en figura mítica, modelo de todo gobernante posterior que pretendiera sustentar su poder en las cualidades individuales. Con Alejandro se universaliza la historia antigua de Asia y Europa, en un proceso en que vuelve a configurarse una nueva realidad entre la helenización de Oriente y la orientalización de Grecia.

1.- Helenización de Macedonia

Desde el punto de vista geográfico, Macedonia se divide tradicionalmente en dos grandes regiones, la alta y la baja Macedonia, diferenciación con proyección histórica que, como fenómeno, influye igualmente en la neta diferenciación regional. La Baja Macedonia se sitúa en torno a los ríos Axiunte y Haliacmón y a las orillas del golfo Termaico. Es una zona rica desde el punto de vista agrícola, sobre todo para la producción de cereales, pero también permite la explotación ganadera, entre el llano y la montaña, donde por otro lado pronto se hizo famosa su producción maderera, gracias a los grandes y tupidos bosques. La Alta Macedonia es, por el contrario, una zona muy montañosa, encerrada entre grandes alturas, entre las cuales puede ponerse en comunicación con el exterior a través de los valles, como el de Tempe, hacia el sureste, siguiendo los ríos Europo y Peneo. Hacia el noroeste, los macedonios pudieron entrar en comunicación incluso con el Ilírico, a través de Peonia y, por supuesto, con el Epiro. Existen hipótesis variadas sobre el origen de los macedonios, condicionadas por las fuentes antiguas, insertas en programas de propaganda que tratan de definir su carácter helénico o bárbaro según los casos. El problema perdura en muchas ocasiones condicionado por las actitudes de los nacionalismos modernos. Para algunos, los habitantes de la Alta Macedonia serán los auténticos macedonios primitivos, cuyo nombre se referiría a los pobladores de las alturas. Cabe admitir que, en parte al menos, fueran poblaciones residuales de las tribus migratorias conservadas allí en época histórica. De este modo se plantea la cuestión de su carácter griego. La lengua, desde luego, no ayuda mucho, pues los rasgos conocidos pueden responder a un dialecto específico del griego tanto como a otra lengua indoeuropea más o menos próxima. En definitiva, se trataría de un problema mal planteado, sobre todo si se considera que los griegos como tales, como unidad histórica y cultural, se formaron en Grecia. Términos como Berenice, que corresponderían a Ferenice, o Nicéfora, portadora de la Victoria, son los que sirven para definir la situación de proximidad o alejamiento con respecto al griego. En la actualidad, algunos autores como Dascalakis insisten en la definición como griegos de los macedonios de Egas, en la Baja Macedonia por lo menos desde el siglo IX, sobre la base de algunas de las primeras tumbas de Vergina, pero también de los lincestas, en la Alta Macedonia, a los que se atribuye la identificación con la etnia de los dorios. Los antiguos los llamarían bárbaros porque usaban un criterio no étnico sino cultural. El problema permanece, pues, en el plano de los conceptos básicos diferenciadores. Al margen de criterios de tipo étnico, difíciles de evaluar cuando se trata de una situación histórica donde los movimientos de pueblos se interfieren con desarrollos culturales capaces de difundirse y de servir de modelo, en un ambiente en que se crean grandes desigualdades que favorecen la imitación, lo heleno es fundamentalmente un criterio cultural. La helenización consiste, por ello, fundamentalmente en tomar conciencia de pertenecer a una comunidad más amplia, portadora de determinadas tradiciones y rasgos culturales que definen sus señas de identidad, sea cual sea la relación que antes podía tener el pueblo macedonio con los antepasados de quienes luego se definieron como griegos. Este fenómeno parece que pudiera situarse en el siglo VII, a donde se remontan algunas de las leyendas griegas de los orígenes, con la presencia de reyes helenizantes, sean o no griegos, que identifican a la dinastía de los Argéadas con la ciudad de Argos, dada como cuna de sus antepasados. El momento preciso suele identificarse con el episodio recordado por Tucídides, donde, junto a la referencia a los Teménidas, procedentes de Argos, que les daría el nombre de Argéadas, se habla de la expansión por Pieria, Botía y otras zonas de las ocupadas en tiempos históricos por los macedonios, incluida la región costera paralela al río Axiunte. La situación descrita por Tucídides produce la impresión de que se trata de un conjunto de pueblos dispersos donde se ha superpuesto una monarquía provocando un intenso movimiento de masas. La formación de esa monarquía, al consolidarse, alimenta el fortalecimiento de sus fundamentos ideológicos con la adopción de las tradiciones culturales griegas. Pero el fenómeno resultante toma un aspecto específico. La elaboración del mundo legendario macedónico presenta, como es normal, una gran complejidad. Si el nombre de Argéadas procede de Argos y el de Teménidas se interpreta como una referencia a Témeno, el Heraclida, el nombre de macedonio parece, en cambio, propio, pero no se libra de una identificación legendaria tardía con un Macedón, hijo de Eolo, en un período posterior, entre los siglos V y IV, donde se enriquecen las referencias para hacer de Alejandro un descendiente de los Eácidas y de Heracles un lincesta, habitante de la Alta Macedonia. Tampoco faltan leyendas de carácter más primitivo referentes a fundaciones y orígenes dinásticos, con alusiones a esclavos liberados y pastores de cabras, como la de Cárano y la fundación de Egas, difícilmente integrables en el conjunto de la tradición helenizante. Todo ello representa más bien el síntoma de unos orígenes complejos, donde a la realidad se ha superpuesto una configuración ideológica dominada por la imagen griega. Sin embargo, la realeza se mantiene conflictivamente. Tucídides habla todavía de varios pueblos con reyes, que luchan y compiten entre sí, de varias dinastías con sus tradiciones y de varios candidatos a la realeza dentro de una misma dinastía. La más estable de las dinastías, la de los Argéadas de Macedonia, se muestra como monarquía gentilicia apoyada en una aristocracia que elige al monarca dentro de un clan, pero con una frecuente conflictividad. La aristocracia se va consolidando sobre los asentamientos en la tierra, a través de la guerra, creadora de solidaridad, capaz también de asentar en la realeza al monarca capaz de dirigir a la colectividad hacia el control de las tierras y la sumisión de los pueblos. Los problemas externos repercuten en el agrietamiento de la solidaridad, los éxitos la afianzan. Por ello, la historia de la consolidación del reino macedónico está llena de alianzas y conflictos entre grupos, reyes y aspirantes. La señal más palpable de la consolidación del reino está formada por las tumbas reales, que se inician desde finales del siglo VI, llenas de ricos ajuares y adornadas con valiosas obras de arte de tradición griega. Ahora bien, curiosamente, se busca la identidad con aquellos aspectos de la tradición cultural griega que más pudieran identificarse con su propia realidad, los relacionados con la realeza potente de los micénicos. En las máscaras de oro halladas en la tumba se descubre el ansia por señalar la potencia de los propios reyes en su pervivencia tras la muerte, al mismo tiempo que una afirmación genealógica legitimadora de los esquemas legendarios difundidos en favor de su propia identidad. La imbricación de lo peculiar y lo griego toma así un aspecto singular que define la historia macedónica como la de una realidad específica con personalidad propia.

Macedonia y los persas
Ya en la época de Heródoto, en el siglo V, la dinastía macedónica estaba perfectamente elaborada y servía de base para consolidar a los reyes entonces gobernantes. Sin embargo, las luchas continúan, complicadas por las relaciones de Macedonia con los demás protagonistas de la historia de la época, persas y griegos. En efecto, la expansión persa de finales del siglo V y, en concreto, la expedición contra los escitas pusieron a Darío en contacto con el rey Amintas, que ofreció la hospitalidad a los embajadores. Una hija del rey fue entregada en matrimonio al noble Bubares. Por otra parte, Hipias, al ser expulsado de Atenas, halló refugio en Macedonia, lo que le sirvió de vehículo para luego ponerse en contacto con los persas, que lo acogieron definitivamente y colaboraron en sus intentos de restaurar la tiranía en Atenas. Así respondía a las aspiraciones imperialistas de los bárbaros. Macedonia, como reino en formación en un ambiente de violencia, se encuentra en una situación compleja entre las fuerzas enfrentadas y en contacto con sistemas políticos ciertamente divergentes. Figura de especial relieve dentro de este contexto es Alejandro, hijo de Amintas, luego Alejandro I, cuya actuación resulta simbólica de la peculiar situación de Macedonia, entre ciudades griegas y sistemas políticos isonómicos, entre grandes reinos y costumbres bárbaras. Cuenta Heródoto que no pudo soportar la osadía de los embajadores persas, que pidieron que estuvieran presentes en la fiesta de recepción las mujeres de los macedonios. Alejandro los engañó con servidores disfrazados que mataron a los persas cuando intentaron sobrepasarse. También cuenta Heródoto que era próxenos de Atenas y trató de convencer a los atenienses para que cedieran ante los persas, pero que, al no lograrlo, les pidió que reconocieran su buena voluntad y su amistad. Lo llamaron Filoheleno, pero de hecho ofreció riquezas a los persas y sus tropas combatieron a su lado en la batalla de Platea. Heródoto dice que era griego, concretamente argivo, y la prueba estaría en que pudo participar en los juegos olímpicos, posiblemente los del año 500. Sin embargo, el hecho mismo de que lo llamaran Filoheleno parece indicar que no era considerado propiamente griego, pues tal es un título atribuido a los extranjeros que actúan de modo benéfico. Por otra parte, la posibilidad de participar en la Olimpiada le fue concedida tras una disputa, según cuenta el mismo Heródoto, pues algunos lo llamaban bárbaro. La cuestión era sin duda objeto de controversia en esa época y su actuación en las Guerras Médicas no debió de favorecer el proceso de integración helenizadora. La tradición atribuye a Alejandro I la organización de un ejército de caballería, en que los vínculos tribales parecen haberse supeditado a los vínculos personales, en forma de hetairía. Sin duda, los contactos exteriores, en guerra y en paz, ante reinos organizados y poderosos y ante ciudades independientes y personajes que mantenían con ellas relaciones complejas, favorecieron la tendencia a fortalecer militarmente el reino y la función individual del rey.

Macedonia y el Imperio Ateniense
Una vez terminadas las Guerras Médicas, Temístocles, víctima de las transformaciones internas de Atenas y del inicio de sus diferencias con Esparta, buscó, como Hipias, refugio entre los macedonios y ello le sirvió igualmente para dirigirse a Persia. Así, se inician las nuevas relaciones internacionales de Macedonia, reflejadas igualmente en la serie de sus acuñaciones, que primero siguen el modelo persa, destinado a satisfacer el tributo impuesto, para luego adecuarse a los mercados del Egeo, dominados por Atenas. Durante el reino de Alejandro I, que llegó hasta mediados de siglo, predominan las relaciones pacíficas, ambiente favorable para que se extiendan opiniones como la de Heródoto. Sin embargo, a partir de la época de Perdicas II, aproximadamente desde el año 452, a pesar de la posible alianza establecida entre el rey y Atenas, las relaciones con los griegos se complicaron, pues reaparecieron las luchas entre candidatos a la realeza macedónica que buscaban alianzas entre los griegos y éstos, en el creciente conflicto entre ellos, buscaban igualmente alianzas, pero también realizaban acciones que pudieran afectar al reino del norte. Perdicas ayudó a las ciudades de Metona y Potidea frente a Atenas, lo que condicionó su propia posición en los inicios de la Guerra del Peloponeso, que lo sorprendió colocado en el lado lacedemonio. Sin duda, este lado era preferible pensando en el propio proceso de expansión externa que ahora experimentan los macedonios.

Macedonia y la Guerra del Peloponeso
En el año 423-22 Perdicas volvería a firmar una alianza con Atenas, pero ello se inscribe en una época confusa donde pesan las circunstancias externas, los intereses en ciudades como Anfípolis, que no volverá al imperio ateniense a pesar de la paz de Nicias, y las rivalidades internas con Filipo Arrideo, contra el que recibió el apoyo de Brasidas, mientras que los atenienses habían apoyado a Derdas, aliado de Filipo. Gracias a Tucídides, para la época de la guerra del Peloponeso se puede deducir la existencia de una monarquía que para los griegos era identificable con el sistema conocido a través de los poemas homéricos, pero asentada en cierta confusión de pueblos que permitía en ocasiones referirse a una multiplicidad de basilei. Daría la impresión de tratarse de un sistema similar al del comitatus germánico, con una superioridad materializada sólo en tiempos de guerra, instrumento para el ejercicio de los repartos que, según Aristóteles, caracterizaban a la realeza macedónica. La influencia griega aumenta en este periodo, pero parece permanecer en la superficie y en ambientes próximos a la corte. La época de auge del helenismo llegó con el reinado de Arquelao, a finales de la guerra del Peloponeso, que se convirtió en un mecenas que acogía en su corte a los intelectuales, sobre todo a los que se iban de la Atenas agobiada por las condiciones dramáticas del final de la guerra. El poeta Eurípides escribió allí más de una tragedia, entre ellas una dedicada a Arquelao, como antepasado del rey ahora gobernante, lo que muestra que en cierto modo ejercía como tirano, recibiendo los halagos de los artistas. También estuvieron el cómico Agatón y el pintor Zeuxis. El sofista Trasímaco lo califica como bárbaro y Platón como tirano, lo que prueba que seguía existiendo un tipo de relación contradictoria entre los griegos y la realeza macedónica. De su política se sabe que introdujo una red de caminos y fortificaciones que le permitían aumentar el control sobre el territorio.

Expansionismo macedonio
Los inicios del siglo IV en Macedonia se definen como un período confuso, por los conflictos internos, traducidos en luchas de pretendientes a la realeza, y por los enfrentamientos con pueblos vecinos, todo ello indicativo de cómo, a pesar de las transformaciones señaladas, están vivos los rasgos de la primitiva monarquía, producto de rivalidades personales y de luchas étnicas. Alejandro II, que reinó un solo año, fue un ejemplo extremo de esa inestabilidad. Sin embargo, en ese año había intentado ampliar los círculos de actuación interviniendo en los asuntos de Tesalia. Lo asesinó Ptolomeo de Aloro, cuñado suyo, que luego gobernó como regente entre 368 y 365, hasta la toma de posesión de Perdicas III, hermano de Alejandro. Durante este período, las luchas dinásticas se complican con las intervenciones atenienses, en vías de consolidar la segunda confederación, especialmente interesada en recuperar Anfípolis. Las acciones de Timoteo se concentraron en la Calcídica y en 364 tomó la ciudad de Metona, en el interior del golfo Termaico. Para Atenas, la posibilidad de supervivencia económica, dentro de un movimiento expansivo que requería el mantenimiento de un ejército mercenario como el de Timoteo, que ya se revelaba costoso y problemático, pasaba por el control de las minas de Pangeo, habida cuenta de la baja explotación por la que pasaban en cambio las minas de Laurio, por razones derivadas de la estructura económica interna, que no estimulaba las inversiones privadas. Perdicas III tuvo que abandonar sus acciones frente a los griegos porque llamaron su atención los conflictos procedentes del Ilírico, donde el rey Barcilis encabezaba un movimiento expansivo que afectaba a los territorios controlados por Macedonia en el noroeste. Allí encontró la muerte y, desde 359, desempeñó las labores de gobierno su hermano Filipo, al parecer como regente en sustitución de Amintas, hijo de Perdicas, hasta el ano 355, aunque sobre este extremo las opiniones son divergentes. Desde el principio, su reino estuvo caracterizado por la realización de abundantes acciones militares, que afectaban a todos los campos específicos de la naturaleza de la monarquía macedónica. Tuvo que luchar contra los pretendientes de la familia, donde numerosos parientes de Perdicas se creían con derechos, en una situación institucionalmente incierta agravada por la existencia de un hijo menor apartado por un regente de veintidós años. En el exterior, fue prioritaria la guerra contra Iliria, donde la victoria significó recuperar el territorio de la Lincéstide, pero también controlar a los peonios y molosos, así como a algunos otros de los pueblos limítrofes, igualmente sometidos a presiones y a necesidades expansivas. De mayor trascendencia fueron sus acciones dirigidas hacia la región oriental, contra los bacios, con el mismo objeto, que no sólo lo hizo entrar en contacto con las ciudades griegas y los problemas de la Liga Calcídica, circunstancia de gran trascendencia posterior, sino que lo llevó a garantizar el control de las minas del monte Pangeo. La importancia de este hecho no se traduce sólo en la competencia con Atenas por el control del mineral y, por lo tanto, de los medios de cambio representados de modo privilegiado por la moneda de plata, sino también en el mundo de las organizaciones militares, cuyas transformaciones en este período acompañan como elemento estructural al proceso evolutivo que lleva a las nuevas formas de organización social y política. En efecto, la riqueza minera transformada en moneda circulante le permite a Filipo reforzar un ejército de mercenarios, integrado así en una nueva estructura donde el jefe carismático se identifica precisamente con el rey. Antes de la conquista macedónica de las ciudades griegas, ya se produjo un fenómeno significativo de la confluencia entre la evolución de la realeza expansiva y la de las estructuras de la ciudad-estado. Por otro lado, tras las crisis recientes, Filipo, en su proceso de conquista, fragua una nueva estabilidad en la vida militar que le permite asentar las medidas tomadas por reyes anteriores, de Arquelao a Alejandro II, consistentes en el fortalecimiento del sistema del control del territorio y el establecimiento de colonias lo que, paralelamente, permitía la configuración de un ejército de tierra formado por los pezetairoi, los hetairoi de a pie, traducción del ejército hoplítico a las circunstancias propias de un régimen de lealtades regias de Macedonia, pero síntoma también del desarrollo de una clase de pequeños campesinos asentados en los territorios controlados. Era otro aspecto de la tendencia a sintetizar en la realeza las estructuras de la polis. Finalmente, Filipo había pasado parte de sus años de juventud como rehén en Tebas, como consecuencia de la intervención macedónica en los asuntos tesalios, en época de Epaminondas. Éste lo instruyó en las artes de la guerra, sobre todo en la táctica oblicua, que se convirtió en elemento clave de la victoria dentro de las nuevas estructuras. Lo propiamente militar se suma, como un nuevo factor, a los aspectos económicos y sociales en que se estructura la nueva etapa del expansionismo macedónico.

Filipo, Atenas y la guerra social
Desde el punto de vista ateniense, la paz de 371 tuvo un efecto similar al que pudo tener la paz de Calias en el siglo V. El final de la lucha contra Esparta representaba ahora, como entonces el final de la lucha contra Persia, la eliminación de los elementos justificadores de la alianza. De hecho, en 365, los de Ceos se rebelan por causa de las prácticas judiciales que obligaban, como antes, a dirigirse a Atenas para someterse a determinados juicios. La rebelión fue reprimida con dureza. Desde 366, Timoteo se dedica a establecer cleruquías en Samos, Sestos y Potidea. Las prácticas imperialistas se imponen de nuevo, sin que parezca haber justificación en la necesidad de luchar contra un enemigo común. Los comienzos del reinado de Filipo, coincidiendo con el declive de la hegemonía tebana, parecían favorables para la consolidación de la liga como paso hacia un nuevo imperio. En efecto, aprovechando el debilitamiento tebano, consiguió la alianza de las ciudades de Eubea, mientras que, por otra parte, preparaba la organización de las ciudades del Quersoneso como miembros estables de la confederación. Los de Anfípolis parecían hallarse en una situación dubitativa, ante el peligro representado por el expansionismo macedónico, pero Filipo parecía dispuesto a prescindir de ella e incluso, se dice, en un tratado secreto se había mostrado dispuesto a colaborar con Atenas para que pudiera recuperar su dominio. Sin embargo, lo que en el verano de 357 parecía estabilizado se rompió ese mismo año con la secesión de las islas de Quíos, Rodas y Cos, extendida luego a Bizancio y apoyada por Mausolo, sátrapa de Caria. Era el inicio de la guerra social, en la que nada pudieron hacer las tropas atenienses dirigidas por Ifícrates y Timoteo. El movimiento se ampliaba y Filipo aprovechaba la coyuntura para extenderse hacia Pidna e incumplir sus promesas referentes a Anfípolis. Las consecuencias siguieron manifestándose en los años sucesivos, en que Filipo expulsó a los clerucos atenienses de Potidea y se alió con los promacedonios de Olinto, que fueron los beneficiarlos del reparto de las tierras adquiridas. La fundación de Filipos, al otro lado de la zona minera del Pangreo, significó la consolidación del control total sobre su producción y se tradujo en la difusión de la estátera de oro macedónica, con lo que Filipo ya no acuñaba dentro de los sistema argénteos patrocinados por las ciudades, sino que imponía el sistema áureo representativo de la propia monarquía. En el año 355 acabó la guerra social y el segundo intento de imperio ateniense. Atenas tiene que reconocer la independencia de las ciudades y prescindir de la sýntaxis. Todo ingreso depende ahora de la eisphorá, lo que provoca el conflicto interno. Jenofonte, en los "Poroi", propone el establecimiento de un sistema financiero en que el estado se encarga de proporcionar esclavos para las minas y apoya los negocios de los metecos. Se trataba de una especie de alternativa utópica a la economía imperialista. Las circunstancias favorecen la difusión de actitudes pacifistas como la representada por Eubulo, donde se garanticen los mercados y las actividades del puerto y se ahorra el gasto en tropas mercenarias.

La guerra sagrada
Tanto en Atenas como fuera de ella, las circunstancias resultaban favorables para que las aristocracias griegas, dentro de ciudades en conflicto, buscaran el apoyo de Filipo. La primera intervención en este sentido tuvo lugar en Tesalia, donde apoyó a los Alévadas de Larisa frente al tirano Licofrón de Feras en 354. Se trataba de una lucha por el control del territorio tesalio desde la perspectiva de la aristocracia o del tirano, heredero de una estructura estatal creada por Jasón, apoyada en el ejército mercenario, aspirante a convertir el puesto de tagos, o cabeza de la liga tesalia, en una monarquía, definida generalmente como tiranía, supuestamente por sus rasgos antiaristocráticos, lo que era forzoso en una situación como la tesalia, tradicionalmente dominada por una familia, la de los Alévadas. Los apoyos con que éstos contaron no sólo sirvieron para derrotar a Licofrón, sino también para ampliar la acción hacia quienes habían sido el principal apoyo de éste último, los focidios. El protagonismo de los focidios se inscribe dentro del proceso de decadencia de la confederación beocia y de sus intentos de recuperación. Los beocios pretendieron aprovecharse de su posición de privilegio en la Anfictionía de Delfos para que se aprobara la imposición de grandes multas contra los focidios por haber cultivado la tierra sagrada de Cirra y contra los espartanos por la ocupación de la Cadmea, igualmente considerada como acto sacrílego. La reacción de los focidios, con la ayuda espartana primero y ateniense más tarde, fue la de ocupar, al mando de Filomelo, el santuario de Delfos. La reacción de los locrios sólo tuvo como consecuencia que los focidios ocuparan también parte de su territorio. Filomelo se convirtió rápidamente en un poderoso jefe de ejércitos mercenarias pagados con las riquezas procedentes del santuario. Los beocios, para hacerles frente, acudieron a los miembros de la Anfictionía y, principalmente, a los tesalios. Todos ellos consiguieron derrotar a Filomelo, que murió al regreso del combate. Fue su sucesor Onomarco quien realizó una importante campaña hacia el norte y acudió en ayuda del tirano de Feras, con éxito inicial, a pesar de la ayuda de Filipo a los Alévadas. Sólo los refuerzos posteriores hicieron posible la victoria de los macedonios en la batalla del Campo de Azafrán, del año 352, que significó el inicio del declive para el efímero imperialismo focidio. Para Filipo, en cambio, significó la consagración como defensor de la causa apolínea frente a los focidios. Ahora fue admitido como miembro de la Anfictionía y se convirtió en el verdadero reorganizador de la confederación tesalia, tal vez con el nombramiento de tagos. Tal posición resultaba en principio favorable para continuar el avance contra los aliados de los focidios y, de hecho, en el verano del mismo año había llegado a las Termópilas, pero la presencia de los contingentes aliados le hizo desistir. Filipo celebró su triunfo en Delfos, a pesar de las protestas atenienses porque la agonothesia fuera desempeñada por un bárbaro. Las consideraciones de tipo étnico vuelven a renacer al recrudecerse las relaciones conflictivas.

La ciudad griega del siglo IV
Los acontecimientos que tuvieron lugar en la Grecia del siglo IV son el resultado de la confluencia entre la nueva orientación que toma la monarquía macedónica a partir de Arquelao y la posición en que se hallan las ciudades griegas particularmente y la ciudad griega como fenómeno general. El hecho de que cada una de ellas sea incapaz de subsistir como ciudad independiente, sin necesidad de acudir a la explotación de recursos externos, quiere decir que, como institución, la polis autárquica con que todavía sueña Aristóteles ha dejado de ser una posibilidad real. La explotación de la chora y de la comunidad dependiente interna no garantizan los medios económicos que sustenten la participación colectiva de un cuerpo cívico isonómico, ni siquiera de tipo hoplítico. La guerra entre ciudades resulta cada vez más estéril como solución a ese problema, porque no todas las tendencias de los intereses interiores van en la misma dirección. Mientras para unos se pretende garantizar el phoros, otros sólo buscan proteger los puertos y vías de comunicación para el tráfico de mercancías, incluidos los esclavos. Así, las luchas por la hegemonía acaban convirtiéndose en un elemento más en la aceleración del proceso final de la historia de la ciudad-estado. La tendencia del demos a recuperar, conservar u obtener la democracia repercute en la agudización de los conflictos sociales internos y, por tanto, en la imposibilidad de mantener una coherencia que facilite el triunfo en la guerra exterior. Éste sólo se consigue a través de ejércitos mercenarios mandados por un jefe que acaba convirtiéndose en personaje carismático. En este ambiente, la teoría de la ciudad se divide en dos direcciones. Por una parte se encuentra la que trata de conservar la situación antigua a base de recuperar las restricciones que identificaban al libre con la clase dominante, más estrictamente, como en el caso de Platón, o de modo más amplio, como en el de Aristóteles. Para el primero, todo productor queda marginado. Aristóteles incluye a los campesinos propietarios, pero explica que su ventaja como clase gobernante reside en que acuden poco a los actos públicos, con lo que dejarían la política en manos de un grupo minoritario de dirigentes que serían los mejores, áristoi. La mese politeia, la constitución intermedia que no incluye a la masa del demos que realiza trabajos serviles, se resuelve en una aristocracia. Por otra parte, Jenofonte defiende la conservación de la polis gobernada preferentemente por los caballeros, pero no rechaza la posibilidad de una realeza, siempre que evite la caída en la tiranía, definida por su apoyo en las clases populares. Isócrates, a lo largo de su vida, tras variadas posiciones, llegó a ver clara la solución en la presencia de un gobernante personal, preferentemente ajeno a las ciudades en conflicto, que se va definiendo en varios reyes o tiranos concretos, como Dionisio de Siracusa, para fijarse definitivamente en Filipo de Macedonia. Éste es el ambiente de la ciudad griega con que se encuentra el expansionismo que se consolida en el siglo IV.

2.- Intervención de Filipo en Grecia

Después de la retirada de las Termópilas, las acciones de Filipo, entre los años 351 y 349, estuvieron centradas en el norte del Egeo y afectaron principalmente a los tracios. Los problemas volvieron a surgir, sin embargo, en torno a la Liga Calcidica, donde ya no preocupaba el problema de Anfípolis. Por eso, Olinto, que se erigía en cabeza de la Liga, tendía a dirigir una política independiente bajo la figura de Apolónides, de tendencia democrática y que había recibido la ciudadanía ateniense. Apolónides fue expulsado por los partidarios de la alianza con Macedonia, que había favorecido los asentamientos en territorios arrebatados a los clerucos de Potidea. Un sector importante de la población se veía favorecido por este protectorado, como se demuestra por el hecho de que, incluso después de la derrota, las actividades económicas del ágora de Olinto hayan seguido siendo florecientes. La Liga Calcídica pidió ayuda a Atenas, que llevó a cabo varias intervenciones consideradas inútiles. Desde el ano 350 probablemente empieza Demóstenes en Atenas su intensa actividad política para que la ciudad iniciara una actitud agresiva ante Filipo. Desde su punto de vista, Atenas tenía que atacarlo en su propio terreno. Para Demóstenes, los atenienses no actuaban del modo necesario y siempre será una incógnita si la derrota dependió estrictamente de las condiciones materiales del enfrentamiento bélico o si la situación interna de Atenas representaba objetivamente un obstáculo para la victoria. La ciudad cayó en el año 348 y da la impresión, por lo que puede deducirse de la posterior situación de la ciudad, de que los derrotados fueron principalmente los atenienses y sus colaboradores demócratas del interior. En el mismo año 349 tuvo lugar una revuelta oligárquica en Eubea contra el tirano Plutarco de Eretria, que era apoyado por Atenas. El hecho de que surgiera en el demos la idea de que era necesario llegar a una negociación con Filipo y de que aquello representara para Atenas la necesidad de dispersar sus fuerzas, ha inducido a pensar en las posibilidades de que estuviera así planeado por Filipo e incluso de que se tratara de una conspiración coordinada con participación interior. El balance fue, sin duda, totalmente negativo para Atenas, pues la Liga Calcícida quedó esclavizada por los macedonios y además tuvieron que reconocer la independencia de Eubea, en 348, bajo la dirección del movimiento rebelde, encabezado por el tirano de Calcis y aquellos a quienes suele atribuirse el calificativo de los mejores.

Paz de Filócrates
En el año 346, Filipo volvió a presentarse en las Termópilas en apoyo de los beocios para finalizar la guerra sagrada. Los focidios volvieron a recibir el apoyo de espartanos y atenienses, pero no hubo una resistencia real. La situación en Atenas llegó a ser especialmente confusa y las circunstancias variaban a gran velocidad. Las mismas personas cambiaban de actitud de manera inesperada: los que promovían la resistencia se hicieron pronto partidarios de llegar a acuerdos con el rey macedónico. Éste fue el caso de Eubulo, pero Demóstenes, que lo acusaba de defender la postura de los ricos por el hecho de buscar la prosperidad en la paz, participó después, junto con Esquines, en la embajada que fue a tratar la paz con Filipo. También iba Filócrates, autor de la propuesta, que dio nombre a la paz resultante de las conversaciones que tuvieron lugar en Pela. Luego, Filócrates sería acusado de traición y condenado al exilio. Demóstenes también acusó a Esquines en su discurso "Sobre la embajada infiel". Es el momento del máximo enfrentamiento entre los dos oradores, representantes de posturas contrapuestas en lo referente a las actitudes que podían tomarse ante los macedonios, aunque ambos pretendieran a su manera preservar la autonomía de la polis. Las acusaciones se basaban en que se habían dejado pasar cláusulas por las que no se reconocían las alianzas atenienses en Tracia ni con los focidios, e incluso se permitía a Filipo que atacara a estos últimos. Esparta, por otra parte, quedaría excluida de la Anfictionía. De hecho resultaba el final de los focidios como ente independiente y el reconocimiento de la hegemonía de Filipo. Ésta última tenía otra vertiente perteneciente al plano de la ideología. Filipo adquiere la promantia en Delfos, el derecho preferente en la consulta de los oráculos, y ejerce la presidencia en los siguientes juegos Píticos, a los que los atenienses se negaron a acudir. El dominio en este plano era por tanto comparable al conseguido en el aspecto militar. La nueva situación de paz es comparable a una koiné eirene, similar a las que se realizaban bajo el patrocinio del rey de los persas, sustituido ahora por Filipo en este papel, lo que dará lugar a ciertas ambigüedades acerca de cuál de las dos dependencias es preferible y cuál puede ser más despótica, la de los persas o la de los macedonios. En Atenas, el pacto que llevó la embajada se reveló inmediatamente muy frágil, lo que ya se había notado en la falta de aceptación de la hegemonía ideológica de Filipo tal como se había manifestado en Delfos. En el interior, proliferan las condenas. Hipérides, acusador de Filócrates, reemplaza a Esquines en el consejo anfictiónico, lo que significaba dar un papel importante y representativo a un personaje que se revelaba como abiertamente contrario a los acuerdos con Filipo. Con él y con Demóstenes, se emprende una campaña popular de asentamientos de cleruquías en el Quersoneso, del establecimiento del impuesto militar llamado stratiotiká, destinado a reforzar los ejércitos para fortalecer la resistencia, de condenas a privación de la ciudadanía y confiscación de bienes a los ricos que se oponían a tales medidas. Fue el momento de mayor éxito popular de la política propugnada por Demóstenes.

Conquista de Grecia
Durante los años inmediatamente subsiguientes, Filipo continuó sus acciones de control en el norte. Paralelamente, las reacciones de las ciudades griegas se manifestaban a veces contrarias a la creciente presencia macedónica. Demóstenes, en Atenas, conseguía el máximo asentimiento, pero las condiciones objetivas resultaban paralizantes, circunstancia de la que se queja el orador y que atribuye a la pereza de sus conciudadanos. La expansión de Filipo por el norte del Egeo llegó a los estrechos, donde ocupó la Tróade y Bizancio. Ello representaba para Atenas un obstáculo en el tráfico marítimo hacia el mar Negro. Los aliados de Atenas, además, pidieron su ayuda, alarmados por la agresividad de los macedonios. De hecho, éstos, en 340, pusieron sitio a Perinto y en la Propóntide atacaron una expedición de naves atenienses cargadas de cereales. Todas las negociaciones y actitudes alternativas se habían mostrado inútiles. Atenas se veía afectada en dos planos, en lo que se refería a sus aliados y en la seguridad del tráfico marítimo. Sin embargo, la confusión existente se puso de relieve en las circunstancias que rodearon a la nueva guerra sagrada, promovida por las acusaciones de los locrios contra Atenas y de Esquines contra Anfisa, todas ellas en circunstancias muy oscuras, sobre todo porque se conocen en el ambiente conflictivo en que se enfrentaban los oradores, en el que las distintas actuaciones se convertían fácilmente en armas de ataque político. Pero la complejidad afectaba igualmente a las relaciones entre ciudades, pues los tebanos se alejaban paulatinamente de su alianza con Filipo por el papel excesivamente predominante que éste iba adoptando en la Anfictionía. De este modo, Demóstenes no sólo consiguió promover en Atenas la guerra contra Filipo, sino también la alianza de los tebanos, que vieron identificarse sus intereses con los de los atenienses. Tales fueron las circunstancias en que Filipo emprende la marcha sobre Grecia para vencer en Queronea a las tropas aliadas. El resultado fue especialmente grave para los tebanos que, según se dice, fueron sometidos al régimen oligárquico, con la imposición de una guarnición que los esclavizaba.

Consecuencias de Queronea
Tras Queronea en Atenas la resistencia queda vencida, pero no por ello dejan de actuar los grupos que anteriormente se habían manifestado en contra de Filipo, con propuestas en ocasiones desesperadas, como la de Hipérides, que habría llegado a defender la liberación de los esclavos para conseguir la defensa de la ciudad. La línea de Demóstenes, defensora de la polis, llega a la contradicción de proponer la destrucción de sus bases para conservarla. Es un síntoma de la perplejidad en que se encuentra el demos. En cambio, Foción aprovecha la coyuntura para tratar de reanimar las actividades del Areópago, para transformar la presencia macedónica en marco de la restauración del sistema oligárquico. La nueva realidad se ve retratada en que esa misma oligarquía apoya la erección en el ágora de una estatua dedicada a Filipo, imagen del poder personal, inicialmente contradictoria con las aspiraciones antitiránicas del poder oligárquico. En el exterior, aunque Filipo controla el Quersoneso, los atenienses consiguieron conservar algunas cleruquías, dentro de la política de aceptación momentáneamente triunfante, por los que rodeaban a Foción. En el 337, se reúne el congreso de Corinto, donde se nombró a Filipo hegemón de los griegos, strategós autokrátor, denominaciones institucionales basadas en tradiciones griegas ya existentes, pero ahora cargadas de una fuerza personal mayor que, en la realidad, se traducía en la imposición en las ciudades de guarniciones encargadas de apoyar a los promacedonios, es decir, a aquellos que, en defensa de sus propios intereses, habían procurado favorecer la intervención de los macedonios. Las medidas son significativas del sentido general representado por estas tendencias. El rey prohibía tomar medidas como las redistribuciones de tierra, la abolición de deudas y la liberación de los esclavos. En el año 336, Filipo reunía las tropas en el Helesponto para emprender una expedición contra Persia. Con ello, los conflictos griegos trataban de hallar una solución en el exterior. Pero en ese momento Filipo era asesinado.

Los atenienses ante Filipo
La presencia de Filipo en Grecia, tras el largo proceso de expansión y de contactos entre violentos y amistosos, produjo reacciones de diverso signo que, en el conjunto de las ciudades, pueden evaluarse a través de actitudes colectivas e indirectas, variables, como las de Tebas, bajo condiciones difíciles de conocer. En Atenas las circunstancias varían, pues no sólo se conocen mejor las fluctuaciones colectivas, sino que, además, por medio de las reacciones individuales de una serie de personajes significativos, protagonistas de la vida política del momento, cuyas opiniones se conocen directamente gracias a los discursos presuntamente pronunciados por ellos mismos, puede accederse mejor a los matices y las oscilaciones concretas que pudo producir la presencia de Filipo, acicate para despertar reacciones que tenían que ver, en gran medida, con la propia coyuntura social, económica y política que atravesaba la ciudad, espejo, sin duda peculiar y deformado, del conjunto de Grecia. Isócrates, orador y teórico de larga vida profesional, estuvo desde el principio preocupado por encontrar el sistema que acabara con las luchas por la hegemonía, pues en ellas no era posible hallar el camino para la estabilidad social de las ciudades y, específicamente, de Atenas. Primero creyó que esta misma ciudad podría lograr la reconstitución de una unidad concorde que garantizara la paz interior. Luego puso sus ojos en Esparta. Se trataba de recuperar un objetivo común, capaz de aglutinar en un solo proyecto las fuerzas de cada ciudad, para lo que nada parecía mejor que la guerra contra Persia. Evágoras de Chipre, Dionisio de Siracusa y, finalmente, Filipo de Macedonia fueron sus candidatos para un programa de guerra exterior donde hallar la solución de los conflictos internos. Así, podría organizarse un nuevo mundo político donde la democracia tradicional, patrios politeia, se identificaría con la participación en los ejércitos hoplíticos. Con ello se eliminaría el peligro de los ejércitos mercenarios, motivo de disgregación de la comunidad ciudadana, y se restringiría la participación en los derechos políticos, con exclusión de la masa de los thetes, medida que, a su vez, sólo sería posible por medio de la coacción desde un sistema autoritario procedente del exterior, el mismo que fuera capaz de organizar la campaña contra los persas. Sólo muestras de bienvenida podía recibir esta corriente del avance de Filipo. El orador Demóstenes, en cambio, sale a la luz pública con motivo de los avances de Filipo, que ponían en peligro la capacidad de control de los mares por Atenas. Los objetivos de sus reacciones se dirigen fundamentalmente a la conservación de ese control, único capaz de garantizar la autonomía de la polis y la perduración del sistema democrático. Los fundamentos teóricos se apoyan en la idea de una polis autónoma, pero, dados los peligros externos, es capaz de percibir cómo se desprenden del sistema consecuencias que afectan a su eficacia militar, de modo que llega a hablar de las ventajas del poder personal en ese terreno. El resultado es un entramado ideológico contradictorio, seguramente uno de los reflejos más significativos de la crisis ideológica del sistema de la polis democrática. Esquines fue el rival de Demóstenes en lo concreto y en lo teórico. Se dice que no era ni aristócrata ni rico, pero adopta formas de pensamiento tradicional, expuestas sobre todo en el discurso "Contra Timarco". Se presenta como defensor de las leyes, sobre modelos que se hallan por igual en las leyes de Esparta y en la constitución de Solón. La clase dominante no aristocrática ha adoptado de modo radical la ideología de la aristocracia. Él mismo se presenta como defensor de la democracia, pero esa defensa implicaba, a su manera de ver, la aceptación de Filipo, pues de lo contrario los atenienses caerían en una situación de violencia similar a la que habían atravesado a lo largo de la guerra del Peloponeso, es decir, la época en que el fundamento del sistema democrático se encontraba basado más radicalmente en el demos subhoplítico. La recuperación de una situación anterior a la guerra del Peloponeso se revela también en la recuperación del proyecto de lucha contra los persas, lo que vuelve a justificar la aceptación de Macedonia, ofrecida como alternativa a la sumisión a los persas. Esta última actitud habría sido la de los tebanos, que lucharon en Platea junto a Mardonio. Esquines olvida que también lo hicieron los macedonios. El discurso "Contra Ctesifonte" viene a representar la elaboración de esta teoría, para defender una vez más la colaboración con los macedonios. En el interior, es en la postura contraria donde se halla el peligro de poder personal, en Demóstenes, demagogo que intenta implantar la tiranía, apoyada en los persas, frente a la democracia defendida por él mismo, en realidad una forma de oligarquía sustentada por el poder militar exterior de los macedonios. Según Plutarco, fue Foción quien tuvo que desempeñar el papel de administrador del naufragio la ciudad. Sería más bien un personaje sintomático de cómo vivían ese naufragio algunos sectores específicos de la ciudadanía. Era de origen artesano, pero se educó en la Academia con Platón y Jenócrito. Las clases relacionadas con el desarrollo artesanal de la ciudad han accedido ya a los bienes intelectuales anteriormente monopolizados por la aristocracia, síntoma igualmente de la adopción de determinados mecanismos ideológicos. En el campo de la retórica, se define, contrariamente a otro artesano, Cleón, como un orador sobrio. Como los antiguos estrategos, su vida pública se concentra principalmente en la actividad militar, iniciada al lado de Cabrias, en la corriente no imperialista. El poder naval ha de servir fundamentalmente para la garantía del tráfico y de los mercados. En el retrato de Plutarco, se enorgullece de hallarse muy frecuentemente en desacuerdo con la ciudad, modo de definir una actitud política que quiere presentarse como no demagógica. El demagogo sería un esclavo del demos, mientras que Foción entra en conflicto con él porque pone de relieve los peligros de sus actitudes agresivas. Sin embargo, al mismo tiempo, se presenta como defensor de los intereses del demos, sobre la base de que mientras reine la paz es él quien tiene el poder, mientras que la guerra se presta a que sean los estrategos los que acumulen en sus manos los hilos de la decisión. Aquí se ponían de relieve los complejos matices de la realidad, que fueron aún más manifiestos después de Queronea. Entonces estalló el conflicto entre Caridemo, enemigo violento de Filipo, y Foción, que terminó con el triunfo de este último. Ahora bien, Foción no quiso participar en el synedrion de los griegos que organizó el macedonio, mientras que Demades defendió la participación materializada en el envío de tropas a las órdenes del rey. Ello produjo la reacción del rey. Plutarco quiere dibujar la figura de Foción como ejemplo de moderación y equilibrio, pero pone de relieve su ambigüedad en un momento conflictivo, de indefinición de los intereses del demos. Se presenta como defensor de la autonomía de la polis, de la moderación, de la paz y de la autonomía, de la colaboración con Filipo sin sumisión. Por ello, consecuentemente, no participaría en la guerra Lamíaca, auténtica rebelión contra el poder macedónico. Más difícil fue la actitud que habría de tomar ante la presencia de Antípatro. En principio, se niega a admitir la presencia de una guarnición macedónica, pero se plantea el problema de garantizar la paz interior cuando, en definitiva, se trataba de restringir la participación de la ciudadanía para recuperar los rasgos de una ciudad oligárquica. Para tal restricción hubo de admitir el establecimiento de una guarnición, lo que provocó contra él las iras del demos, en esta ocasión aliado de los esclavos, pues la tendencia del poder estaba dirigida a identificarlos en una clase dependiente de esclavos y pobres. El apoyo recibido de Poliperconte, calificado de democrático, viene a ser ya un ejemplo de la orientación que toma la utilización del término en los inicios de la época helenística, aplicado a la conservación pactada de instituciones de tradición democrática dentro del protectorado de los reyes y de sus colaboradores. Hipérides fue el colaborador y continuador de la actitud representada por Demóstenes, aunque la llevó más lejos y la mantuvo hasta el año 323. Él fue quien organizó la resistencia tras la batalla de Queronea y llegó a proponer que, para poder evitar que los libres se convirtieran en esclavos, había que darles a éstos la libertad. Desde otro punto de vista, resulta igualmente ilustrativo de los fenómenos de reacción contra las restricciones de Foción y de las transformaciones que se operan en el sistema, creador de una forma de dependencia que incluye a los libres y requiere para su control de un aparato represivo fuerte como el representado por la monarquía macedónica.

3.- Alejandro y el Imperio Universal

A la muerte de Filipo, Macedonia se había extendido hasta el mar Negro, conquistando buena parte de Tracia, y había ocupado Tesalia, mientras que el resto de la Hélade y del Epiro aparecían como estados aliados o vasallos. Al heredar Alejandro el trono macedonio contaba pues con un excelente punto de partida para alcanzar su máximo objetivo: la conquista de Asia. En la primavera de 334 a.C. Alejandro partía de Macedonia, avanzando hacia Tracia y alcanzando las costas de Asia Menor donde se produjo el primer enfrentamiento con los persas en la batalla de Gránico. La victoria permitió al macedonio continuar su avance hacia Lidia, ocupando las ciudades de Mileto y Halicarnaso. Las regiones de Caria y Frigia cayeron en sus manos. Tras cortar el famoso nudo en Gordión, la Capadocia y Cilicia serán ocupadas antes de producirse una segunda batalla decisiva, la de Issos donde Alejandro bate a Darío de manera contundente. La decisión del monarca macedonio será descender hacia Siria para tomar Tiro y Sidón, sirviendo de cabeza de puente para la conquista de Egipto, donde fundará la famosa Alejandría. Tras visitar el oráculo de Amón se embarcará en la toma de Mesopotamia, produciéndose la definitiva batalla de Gaugamela donde Darío será contundentemente derrotado. Susa y Persépolis caerán bajo su dominio, estableciendo el próximo objetivo en las satrapías superiores: Bactriana y Sogdiana. Los territorios más septentrionales del Imperio Persa eran ocupados en el año 328 y desde allí Alejandro descendió hasta la India, alcanzando el Indo. Tras ocho años alejadas de Grecia, las tropas presentan sus primeras muestras de cansancio por lo que se impone el regreso desde Patala. Alejandro dirigía el cuerpo de ejército por tierra mientras Nearco costeaba con una flota hasta llegar al golfo Pérsico. El rey macedonio llegó otra vez a Persépolis y a Babilonia donde falleció el 30 de junio de 323 a.C. antes de cumplir los 33 años.

La sucesión de Filipo
La muerte de Filipo por asesinato produjo una situación de gran confusión, donde proliferaron las acusaciones dirigidas no sólo a tratar de castigar a los asesinos, sino también a consolidar la línea sucesoria en una determinada dirección, con la eliminación en tanto que sospechosos de otros posibles aspirantes. Por otra parte, las luchas sucesorias se complican con los problemas territoriales, pues Alejandro participaba de la línea de los Lincéstidas, como hijo de Olimpia, con quien Filipo se había casado en su primer matrimonio, procedente de la Alta Macedonia y a quien se oponían los representantes de la Baja Macedonia, defensores de los descendientes de Cleopatra, considerados por algunos como los auténticamente macedones. Ante ellos, el propio Alejandro era considerado sospechoso. La muerte de Átalo es considerada por Diodoro de Sicilia como resultado de esas luchas, pues podía ser un competidor y había declarado, en el matrimonio de Filipo con Cleopatra, que por fin iba a haber herederos nobles. Al margen de las cuestiones propiamente dinásticas, y del hecho de que en esta coyuntura se manifestaran una vez más las tendencias centrífugas características de los pueblos sometidos a la monarquía macedónica, también hay que introducir un elemento fundamental, consistente en que, a estas alturas del desarrollo del sistema, entre estos pueblos todavía está vigente la tradición que obliga a los reyes a obtener el trono a través de competencias y luchas con otros aspirantes. También en Grecia la lucha continúa, pues fue necesaria la sumisión de varios movimientos de rebelión. Desde el 336 Alejandro comienza la carrera en este sentido, acompañada de la adopción de los títulos propios de la tradición helénica. Se nombra tagos de la liga Tesalia, hegemón de la Anfictionía de Delfos y strategós autokrátor de la Liga de Corinto. También actúa en el norte y llega hasta el Danubio, mientras que en Ambracia se dice que respetó la autonomía e instauró la democracia. En Atenas liberó a la ciudad de los persas, adoptando así la identificación de la resistencia demosténica con la colaboración con el bárbaro tal como la definía Esquines. Tebas se queda sola en su resistencia y como había luchado en favor de los persas en las guerras médicas y se lo pedían otras ciudades, al menos según las fuentes favorables a Alejandro, éste arrasó la ciudad dejando en pie sólo la casa de Píndaro, como síntoma de dudoso respeto a la cultura, y esclavizó a treinta mil ciudadanos. Dijo que cumplía así con los deseos de la Liga de Corinto. En cualquier caso, resulta significativa como acción inaugural de los nuevos sistemas de dependencia que se instalan gracias al apoyo del reino de Macedonia, donde la orientalización posterior, despótica, encuentra una disposición tendencial, al menos.

Alejandro y los griegos de Asia
Una vez que Alejandro hubo restaurado el poder macedónico en el continente, emprende lo que en principio había de ser la continuación de la obra en que la muerte había sorprendido a su padre. La campaña se inicia en el año 334 con el paso del Helesponto. De hecho, los primeros contactos de Alejandro en las costas occidentales de Asia Menor fueron los establecidos con los griegos de la zona, cuya historia reciente les había dado una especial configuración. Las relaciones específicas, establecidas con los persas desde la paz del Rey, habían servido para consolidar regímenes oligárquicos o tiránicos dependientes, en los que era difícil avivar sentimientos de rebelión. Así, como de entrada las ciudades griegas no mostraban especial entusiasmo por acoger al macedonio que se presentaba como liberador, Alejandro optó por emprender directamente la vía militar, para lo que se dirigió hacia el este y se enfrentó a las tropas persas en la batalla de Gránico, en la Frigia Helespóntica. La victoria, indiscutible, abrió para los ejércitos de Alejandro las puertas de Asia Menor, donde las ciudades griegas comenzaron a reaccionar de manera diferente y a buscar la alianza con Alejandro, a través de modificaciones internas que se definen como formas de democratización. En los documentos conservados gracias a la epigrafía, Alejandro aparece como firmante unido a los griegos, con lo que se da a su empresa un carácter panhelénico, desprendido de la realeza macedónica, para identificarse con el conjunto de los helenos y con su propia persona individualmente. Él y los griegos serán los protagonistas de las primeras campañas y los promotores de un nuevo marco de encuadramiento de las ciudades asiáticas. Alejandro llegó por el sur hasta Sardes y Éfeso, donde favorecía igualmente sistemas denominados democráticos bajo la vigilancia de Alejandro mismo. Sin embargo, un griego, Memnón de Rodas, típico producto de las formas de colaboración que se vienen anudando entre persas y griegos de Asia a lo largo del siglo IV, fue el encargado de organizar la contraofensiva, de modo que recuperó el control sobre gran parte de las Cícladas y, especialmente, sobre las ciudades de las islas de Quíos, Rodas y Lesbos. Alejandro, una vez sometida a control la zona suroccidental de Asia Menor, se dirigió hacia el interior de nuevo y tuvo que atender, aunque sólo desde lejos, las necesidades de la flota a la que ya había dado de lado, como factor secundario en su nuevo empeño. Sin embargo, la muerte de Memnón y las necesidades del Rey de concentrar fuerzas para volver a intentar la resistencia a la penetración grecomacedónica hicieron innecesaria la acción, de modo que, desde lejos y con el apoyo de su prestigio creciente en las acciones dentro del territorio persa, los griegos se reestructuraron en la Liga de Corinto, con la entrada de las ciudades liberadas, de las que se expulsaba a los tiranos, se hacía volver a los exiliados, naturalmente a los que lo habían sido por las tropas aliadas de los persas y no a los exiliados por la acción de los macedonios, y se organizaba un nuevo sistema en que el demos compartía teóricamente el control de la situación con Alejandro mismo. Arriano habla de leyes democráticas bajo la vigilancia de Alejandro. Alejandro continuaba entre tanto su expedición de control de los territorios de Asia Menor, por Gordion, donde tuvo lugar el famoso episodio consistente, para la mayoría de las fuentes que retratan un Alejandro valeroso y afortunado pero violento, en el corte tajante del famoso nudo que se le ofrecía como obstáculo, mientras que para Aristóbulo, autor de una imagen de Alejandro serena e inteligente, modelo del tipo de emperador que en sus tiempos le gustaría ver gobernando el imperio romano, el rey habría desatado hábilmente el nudo. Luego descendió hasta llegar a Tarso, de nuevo en la costa del Mediterráneo, donde ya podía entrar en contracto con los refuerzos que había hecho transportar a Siria.

La cuenca mediterránea
Al norte de Siria, Alejandro consiguió una nueva victoria sobre las tropas del Gran Rey, en Isos, con lo que quedaba controlada toda la península de Anatolia. De este modo se inicia una nueva etapa, caracterizada por el control de las ciudades fenicias y por la desaparición de sus flotas y la de los chipriotas, en que se apoyaba tradicionalmente el imperio persa. Con ello terminan sus posibilidades de subsistencia en el mar. Por otra parte, la adhesión creciente de las ciudades griegas y las ofertas de paz hechas por el Gran Rey pondrían punto final a una forma específica de expansión, capaz de controlar Grecia desde la monarquía de origen exterior como solicitaba Isócrates y de contener la fuerza del imperio persa en favor de la Grecia de las ciudades, que ahora contaría con el control de los territorios de Asia Menor. Sin embargo, el proceso expansivo mismo va creando su propia dinámica de reproducción, plasmada en las nuevas intenciones conquistadoras de Alejandro. La acción más agresiva tuvo lugar en Tiro, ciudad fenicia que ofreció la mayor resistencia, contra la que se emplearon los métodos más modernos de la artillería de la época y de cuyos habitantes, aparte de los ocho mil que fueron condenados a muerte, treinta mil fueron vendidos como esclavos, en agosto de 332. Después de Tebas, Alejandro seguía empleando masivamente el sistema, indicativo de que, al menos en parte, uno de los objetivos de la empresa se situaba en el reforzamiento del sistema de sumisión por conquista, en crisis a causa de los problemas que afectaban a los sistemas militares de la ciudad-estado. En Egipto, Alejandro es recibido como un libertador, desde el punto de vista de una población que en tiempos recientes ha experimentado los efectos más duros de la dominación despótica persa. El episodio más destacado, por su trascendencia y su significación en los modos de definición del poder de Alejandro, fue la visita al oráculo de Amón, en Siwa, que ya se consideraba sincretizado con el padre griego de los dioses y de los hombres, Zeus. La acogida favorable por parte de los sacerdotes, expresada en la filiación de Alejandro como hijo de Amón, protegido como nuevo faraón, se interpretó igualmente como filiación con respecto a Zeus, característica específica de la realeza tradicional, de los basilei, con lo que se logra una nueva síntesis entre la teología egipcia de la realeza y las características griegas de la realeza mítica y aristocrática. Como hijo de Zeus, no podía reprochársele ningún tipo de despotismo orientalizante, al margen de que el sistema egipcio estaba asimilado por la tradición griega desde la época arcaica e incluso había sido incorporado en la elaboración teórica representada por el platonismo. Sin embargo, al mismo tiempo, ello le permitía atribuir aspectos divinos a las formas de poder que iba elaborando. Otra medida de gran trascendencia fue la fundación de Alejandría, elemento simbólico de ese mismo personalismo y punto de partida de una nueva concepción de la ciudad griega, asentada entre pueblos orientales, vehículo de acción de futuras formas estatales significativas del nuevo mundo en formación.

Mesopotamia e Irán
Alejandro volvió a la costa palestina para, desde Tiro, dirigirse al noreste, por Damasco, hacia el Éufrates y, tras cruzar este río así como el Alto Tigris, enfrentarse por fin al Gran Rey en la batalla de Gaugumela, en el año 331, donde se hizo con un magnífico botín, dentro del que nuevamente se halla un número de decenas de miles de prisioneros. El Rey se escapó y Alejandro se dedicó a perseguirlo, al tiempo que ya parece irse fraguando la idea de que va a buscar convertirse en su sucesor, aplicando una vez más la práctica de la tradición regia macedónica, según la cual quien mata al Rey se convierte en Rey. La victoria, por otra parte, le abre el camino hacia Babilonia, sede mítica de la realeza oriental. Pero Alejandro continúa la marcha en persecución del Gran Rey en el territorio de Persia, hasta Susa y Persépolis, donde devasta el palacio, venganza por la destrucción de Atenas en las guerras médicas, modo de reivindicar la herencia del imperio ateniense, sin prescindir de las nuevas aspiraciones orientalizantes. En la práctica, Alejandro no sólo imita el sistema de control de los territorios propio de los persas, el de las satrapías, con el nombramiento de algunos de sus colaboradores como sátrapas de los territorios conquistados, sino que incluso hace uso de los mismos sátrapas que ya ejercían esas funciones bajo las órdenes del Gran Rey. Desde allí, Alejandro continúa la persecución hasta Media y se asienta en la ciudad de Ecbatana, pero Darío se sigue escapando hacia el territorio de las llamadas Altas Satrapías. En Ecbatana, Alejandro decide prescindir de las tropas griegas, en las que empezaban a notarse síntomas de descontento. Seguramente, era ya muy difícil conjugar la nueva imagen de la conquista con las expectativas de los habitantes de las ciudades en crisis. El ejército se configura claramente como un contingente de mercenarios alejado del mundo de la ciudad-estado. De este modo acababan las funciones de la Liga de Corinto.

Muerte de Darío III
Cuando Alejandro emprendía la persecución de Darío hacia las Altas Satrapías, tuvo conocimiento de que, después de deponerlo de la realeza, Beso mismo había sido el responsable de su muerte, al tiempo que se presentaba simultáneamente como interlocutor de Alejandro y sucesor del Rey. Alejandro no podía admitir la presencia de un interlocutor diferente. Él mismo se convierte ahora en el vengador de la muerte de Darío y en el encargado de recuperar los territorios sobre los que los persas mantenían las pretensiones. Alejandro entra así en una nueva etapa, en que aparece como conquistador de la Partia, donde la forma de actuar con las aristocracias comienza a identificarse con la de las monarquías orientales, en que el rey, apoyado en las aristocracias es, al mismo tiempo, fundador de ciudades, como individuo portador de poderes carismáticos, capaz de dar nombres a las ciudades nuevamente fundadas, portadoras del nombre personal del Rey, Alejandrías variadas que señalan su itinerario. Alejandro penetra hacia Aria, Drangiana, Aracosia, Bactriana y Sogdiana, hacia el año 329. La historia de las conquistas de Alejandro se convierte en la de la expansión sobre territorios ocupados por pueblos primitivos, cuyas estructuras se encuentran al margen de cualquiera de los procesos civilizadores llevados a cabo hasta ese momento en la historia de los pueblos del próximo oriente asiático, sólo conocida por su sumisión al poder de los grandes imperios. Entre los episodios más notables, se encuentran los enfrentamientos con Espitámenes, símbolo del encuentro entre culturas radicalmente opuestas, que tuvo como escenario privilegiado la ciudad de Maracanda, luego Samarcanda, lugar donde entran en conflicto diferencias profundas en la concepción de las relaciones humanas. Desde el punto de vista territorial, Alejandro alcanzó así los límites del imperio persa, mientras que en el plano personal adoptaba el papel de sucesor y heredero del rey persa. Alejandro lucha contra los escitas, los musagetas, los corasmios, los sacas y los dardas, mata a Beso como usurpador, acusado de la muerte del Gran Rey, cuya sucesión correspondería al propio Alejandro. A Espitámenes, que se ha erigido como nuevo representante de las fuerzas opositoras a Alejandro en Oriente, lo matan los mismos bárbaros, convencidos de que las nuevas fuerzas personales no se distinguen de las viejas y tradicionales, procedentes de los pueblos persas.

La sucesión de Darío
En el año 327, Alejandro inicia una política matrimonial integradora cuando toma por esposa a la bactriana Roxana, en una nueva forma de integración que era al mismo tiempo un modo de adaptación al Oriente. Ahora bien, este proceso traía consigo la aparición de problemas en las relaciones entre griegos y macedonios en las filas de las fuerzas dependientes de Alejandro. La creciente fuerza del poder personal de Alejandro, unida a las tendencias orientalizantes que pueden deducirse de la integración misma de Alejandro en el mundo de la realeza oriental, sirve de fundamento para la transformación de la realeza macedonia. Ahora, cuando algunos orientales le ofrecen el modo externo de sumisión representado por la proskynesis, Alejandro cae en la tentación de aceptarla, forma de sumisión servil que para los griegos era identificable con la esclavitud propia de los orientales. Algunos de los miembros de su expedición se niegan a admitir la existencia de una práctica similar. En realidad, se trata de problemas formales que han surgido desde el momento en que Alejandro se ha identificado con la realeza en la sucesión de Zeus Amón, padre de los dioses. Desde el año 330 se habían notado los efectos de esa identificación, cuando Filotas, tras negarse a admitir la existencia de ceremoniales regios de ese tipo, fue condenado y ajusticiado. Los problemas se tradujeron en asesinatos y delaciones, que afectaron a personajes próximos desde el principio a la persona de Alejandro y provocaron cambios importantes, en los que desapareció Parmenión, colaborador desde el primer momento, y se impusieron Hefestión, personaje siempre considerado digno de la confianza de Alejandro, y Clito, caracterizado por sus críticas a las tendencias orientalizantes del Rey. Entre ambos representaban la síntesis de la nueva situación, de la tradición macedónica y el orientalismo que se impone con la expansión sobre los territorios recientemente conquistados. De hecho, las contradicciones se resuelven en un nueva síntesis, que viene a estar representada por lo que puede definirse como la de los hombres de Alejandro, que no adoptan una actitud definida en los problemas planteados sobre las cuestiones básicas, porque, en definitiva, éstas quedan resueltas en el plano personal, a favor o en contra de Alejandro. En este escenario se hallan personajes como Crátero y Perdicas, destinados a desempeñar un papel específico en los momentos sucesivos.

Alejandro, déspota oriental
En el año 327 Alejandro llegó a la India. Cuáles fueran los objetivos concretos, de realizar ciertas acciones para llegar a los valles de los ríos que se encuentran en la India, será siempre difícil de determinar, pues entra dentro de un tipo de dinámica que las fuentes antiguas envuelven en la leyenda y en el mito. Cada paso parecía implicar que se acercaba a los territorios señalados como confines por las tradiciones referentes a Heracles o a Dioniso, divinidades que habían adquirido en la tradición, entre otras, la función de señalar los límites del mundo habitado o habitable por los griegos. Sin embargo, todo ello tuvo una doble vertiente, señalada por los aspectos negativos surgidos tanto en el interior como en el exterior. En este último aspecto, la lucha contra el rey Poros complicó sin duda los planes. Pero más importante fue el hecho de que en estas circunstancias se produjeran las revueltas de las colonias militares asentadas en las Altas Satrapías, provocadas por las noticias de la muerte de Alejandro, lo que indicaría el fuerte grado de personalismo que se está extendiendo en la proyección oriental de la política griega. Pero también resulta significativo que los colonos militares allí asentados echaran de menos la polis como sistema organizativo. Aquí están presentes los problemas resultantes del proceso de formación del mundo helenístico, aunque, momentáneamente, el problema concreto se resolviera a través de la represión y de la destrucción simple de los asentamientos. Desde el año 324, la obra de Alejandro se traduce en una nueva organización del reino y del territorio. La conquista queda sustituida por la organización. Pero, de repente, se ponen de manifiesto todos los problemas que han ido quedando ocultos por la dinámica conquistadora y expansiva de cada momento. En líneas generales, puede decirse que el sistema persa se convierte en el dominante, plasmado desde el principio en la organización de las satrapías. Paralelamente, la herencia ideológica materializada en el proyecto de control de la ecúmene desempeña también un papel en el límite de las realidades, cuando éstas llegan al límite del mundo. Cada etapa se convierte así en el punto de arranque de una nueva etapa conquistadora, único argumento capaz de sustentar sólidamente una forma de poder como la que Alejandro ahora pretende. El problema viene en este momento a traducirse en el de los modos de aplicar a occidente los métodos asimilados en la conquista de oriente. Así, se plantea por primera vez la cuestión de si es posible que en una misma estructura política se incluyan Oriente y Occidente. Pero, desde 324, Alejandro se dirige a las ciudades griegas como el Rey sucesor de los Aqueménidas, el Rey Alejandro, no el Rey de los macedonios que, voluntariamente, dejaba fuera de la fórmula a los griegos, como si se tratara de un estado aliado y colaborador de las ciudades griegas libres. En el mensaje que transmitió a través de Nicanor, además, Alejandro exigía de ellas el culto como si se tratara de un dios invencible, theós aníketos, una vez que se considera realizada la misión para la que han apoyado la presencia de una fuerte autoridad exterior, que ahora reclama su compensación. La transformación de la monarquía macedónica, operada al servicio de los griegos en la epopeya oriental, se traduce ahora en una presencia despótica en el mundo griego. La muerte puso punto final a una empresa, antes de que sus consecuencias lógicas y paradójicas pudieran ser constatadas en la práctica, cuando sólo era posible comprobar lo que quedaba después de la desaparición de su principal protagonista individual, creador, al tiempo que víctima, de unas circunstancias generales realmente específicas y peculiares. La helenización se traduciría, parcialmente, en una orientalización de las formas políticas y sociales.

Orientalización y helenización
En realidad, éste es uno de los problemas fundamentales que se derivan de la interpretación general de la obra de Alejandro. A partir de un momento determinado, el control real de los territorios orientales se llevaba a cabo a través de las aristocracias iranias. El problema se presenta cuando se comprueba el papel que pudieron tener los miembros de las hetairías macedónicas, formaciones aristocráticas y despóticas adaptadas parcialmente al mundo de la polis en el proceso de contacto con el mundo griego. En definitiva, el hetairos sigue desempeñando el papel de vehículo para la integración de las comunidades en el sistema de dominación personal, donde no es fácil discernir lo que procede de la tradición macedónica adaptada a nuevas circunstancias y lo que se recibe del mundo iranio a través de personajes de otras procedencias. Al final, las acciones llevadas a cabo en Babilonia, como punto de concentración de flotas orientales y occidentales, parecen indicar que también en la opuesta dirección la actividad de Alejandro mostraba aspiraciones integradoras. Allí, fenicios y chipriotas, griegos y orientales, pretendían transformar el puerto fluvial, regulado por la monarquía, en el nudo de comunicaciones integrador del Oriente y del Occidente. La muerte de Alejandro, en 323, frustró igualmente este proyecto, nunca se sabrá si realizable o no.

Polis y sistemas tributarios
Una de las características fundamentales de la empresa de Alejandro hay que buscarla en su situación paradójica como defensor de los intereses de unas poleis en decadencia desde la perspectiva de una monarquía primitiva, donde la polis sólo fue un proyecto que buscaba sus modelos en el exterior. Ahora bien, para la defensa de esos intereses, se construyó el proyecto de Filipo de conquistar territorios que pudieran convertirse en subsidiarios y proporcionar poblaciones dependientes. La mayor paradoja hay que buscarla posiblemente en que esos territorios se convirtieron en punto de atracción para el proceder de una realeza primitiva, porque allí había una realeza más evolucionada, que podía satisfacer mejor las aspiraciones despóticas de un individuo ambicioso. Pero, además, el sistema de dependencia tributaria se revelaba, en definitiva, más eficaz para la nueva estructura, basada en un amplio dominio territorial, que el sistema de dependencia esclavista basado en el mercado, donde cada esclavo era objeto de compraventa, sólo garantizada por sistemas de solidaridad integrados en una ciudad ahora en decadencia como tal, pues los libres estaban en peligro y no se sentían suficientemente identificados en cada una de las estructuras representadas por cada polis. En el mismo movimiento expansivo se va viendo cómo es preferible la adopción del sistema tributario en el territorio conquistado y cómo pueden buscarse sistemas equiparables para extender al mundo griego. De ahí que se tienda a someter a la monarquía a la ciudad griega, no ya para proporcionarle los medios de conservar sus anteriores estructuras, sino para facilitar el camino que llevará a las nuevas estructuras. El influjo de la conquista de Alejandro viene a traducirse en que la polis se somete paulatinamente al sistema tributario hasta ahora representado por los grandes imperios de oriente, que los propios persas no han podido imponer en las ciudades griegas y que éstas ahora reclaman con la ayuda de una realeza no persa, sino vencedora de los persas. Ello no impide que en el sistema de Alejandro se intentara conservar y fomentar el mundo del mercado, empezando por la nueva concentración en torno al puerto fluvial de Babilonia y por el fomento de intercambios con Egipto a través de la nueva ciudad de Alejandría. El mercado pasa a desempeñar, en la nueva estructura, una nueva función, aunque posiblemente, desde el punto de vista subjetivo, Alejandro pretendía recuperar la funcionalidad antigua. Casi toda la obra de Alejandro puede definirse de esa manera, como la de quien sirve de vehículo para la renovación cuando pretendía conservar la estabilidad de los métodos antiguos, del reino macedónico y de la ciudad griega, igual que los de las monarquías orientales. La renovación se orienta precisamente por el camino de las estructuras más tradicionales y arcaicas del mundo antiguo.

Divinización del poder
Los instrumentos del poder elaborados por la realeza macedónica a lo largo de los tiempos son heredados por Alejandro. Entre esos instrumentos se hallan elementos primitivos y elementos más elaborados, desde el concepto de la realeza conseguida por la competición y la lucha con otros pretendientes, para demostrar el carácter carismático del triunfador, hasta la incorporación de la basileia como herencia de las tradiciones griegas, incluidas las referencias a los héroes que se vinculaban a la época micénica y la tradición de la guerra de Troya. De este modo, Alejandro se vincula a la divinidad a través de Heracles como heredero de los reyes de Argos y a Dioniso como heredero de Aquiles. Sin embargo, con la conquista, estos aspectos van acentuándose y adquiriendo nuevas formas. El paso fundamental fue dado en el santuario de Zeus Amón en el desierto de Libia. La paulatina incorporación de los rasgos de la realeza oriental va dando a Alejandro elementos nuevos de poder que se traducen, en lo formal, en la proskynesis, a través de la adhesión de las poblaciones sometidas. Sin embargo, tanto en las ciudades griegas como en la comitiva que lo acompañaba surgen movimientos de oposición que se traducen en la recuperación del concepto aristotélico de la realeza, propiamente helénica, sólo entendida como pacto en que el Rey concede tierras y proporciona la victoria. Los conflictos serán el preámbulo de toda una tradición que se prolongará a lo largo de toda la historia del mundo helenísticorromano, entre el Rey heredero de la antigua basileia aristocrática y la realeza despótica orientalizante que puede identificarse, en lo griego, con la tiranía. Ahora se nota que todavía pervive la visión clásica de la aristocracia moderada, tendente a rechazar los excesos del poder personal.

Mito de Alejandro
Seguramente, con ningún personaje de la historia existe la sensación de hallarse ante la figura de un protagonista, que base los éxitos en los méritos individuales, como en el caso de Alejandro. Ello lo convierte automáticamente en un problema historiográfico a través del cual es necesario averiguar las relaciones que pueden existir entre el individuo y la sociedad, planteamiento que intenta colocarse entre la concepción individualista de la historia y la explicación de los hechos y cambios por medio de factores múltiples que afectan a los diversos aspectos de la realidad y que se encuentran relacionados entre sí de manera compleja. En efecto, el análisis global, en la larga duración, permite encuadrar a Alejandro en la transición hacia el mundo helenístico, en la que por lo menos es preciso tener en cuenta la existencia de varios bloques de realidades de orden diferente, mutuamente relacionadas. Por una parte, la Grecia del siglo IV ofrece un panorama múltiple de entidades en evolución dramática hacia la destrucción mutua, como consecuencia de los conflictos internos, que unas veces se manifiestan en la lucha social y otras en la búsqueda de soluciones externas. La polis como marco de la libertad y del ejercicio político de la colectividad del ciudadano propietario de tierras, ampliada en ocasiones en el sistema democrático en el colectivo de los thetes, sólo se reproduce a costa de otra ciudad, de ahí la importancia de que el ciudadano se identifique con el soldado, pero la otra ciudad, al llegar un momento determinado, reacciona con la guerra para impedir esa reproducción y conseguir la propia. La vuelta a los sistemas restrictivos de la ciudadanía sólo se consigue con la violencia de que es capaz el sistema autoritario macedónico, que ofrece al mismo tiempo la posibilidad teórica de la hegemonía helénica exterior. En efecto, sólo la confluencia de una evolución que ha llevado a esa situación a las ciudades griegas con la que ha experimentado el pueblo macedónico, sometido a presiones que lo obligan a adoptar crecientemente una dinámica expansiva, explica el resultado consistente en la intervención de los griegos en esa nueva empresa, como súbditos y como inspiradores, como si la idea madre de la conquista persa fuera la herencia de las más patrióticas de las tradiciones helénicas. Ahora bien, junto a estos factores que pudieran llamarse protagonistas, otros dos al menos hacen comprensible el proceso expansivo y los resultados, el imperio persa y los pueblos marginales. El primero, como factor clave de la consolidación del sistema tributario en que se sustentan los imperios del Próximo Oriente asiático, ha alcanzado un grado de expansión donde se imponen nuevas transformaciones, hasta tal punto que, en cierto modo, puede decirse que la conquista de Alejandro significó, por un lado, la única posibilidad de conservación y reproducción del sistema y, por otro, el elemento clave para su disolución política, en la creación del nuevo escenario donde se crean nuevas formas de relación tributaria entre dominantes organizados en imperios y pueblos limítrofes. Éstos vienen a ser, en efecto, los protagonistas silentes y explotados de la nueva situación en el marco de la nueva disposición territorial. El panorama resultante aparece como variado y heterogéneo, pero al mismo tiempo coherente como integración de formas económicas contradictorias, como absorción de formas políticas de diverso orden y como cuadro de asentamientos de todo tipo, en una unidad sólo posible a través del proceso de unificación y diversificación de que fue protagonista Alejandro. Por ello no puede resultar extraño que el proceso producido en el plano de las realidades colectivas haya facilitado la aparición de un mito que atribuye todos los méritos a las cualidades y a los vicios de un solo individuo.

Proyección historiográfica del mito
En efecto, Alejandro como eje de los cambios se convierte en mito, lo que no quiere decir que su figura se halle exenta de crítica. Antes bien, por eso mismo, los juicios se colocan en posiciones opuestas, siempre resaltando el carácter excepcional de su personalidad. En este plano, la versión mítica más definida es la que ha llegado a través de Diodoro de Sicilia, que le dedica prácticamente todo el libro XVII. Al parecer, esta versión, mayoritariamente recibida de Clitarco, historiador vinculado a la corte de los Lágidas en Alejandría, a donde Ptolomeo trasladó el cadáver del Rey macedónico, se encuentra en la tendencia que procuraba hacer notar que la realeza benefactora tenía carácter divino, al estilo de los dioses propios de la visión evemerista, que los consideraba grandes benefactores de la humanidad transformados en dioses. Lo mismo podría aplicarse a Alejandro e incluso a Ptolomeo Lago. Sin embargo, para Goukowsky, la teoría tenía su fundamento en la personalidad misma de Alejandro, cuya biografía, insertada en el mundo de la conquista asiática había producido unas importantes mutaciones desde la realeza macedónica hasta el despotismo orientalizante, cuyo carácter carismático necesitaba el apoyo de la identificación con la divinidad. Los síntomas se habían manifestado precisamente en Egipto, en el santuario de Zeus Amón. En ese proceso, la victoria se convierte en elemento clave para consolidarse en el poder al que se atribuye un carácter sobrehumano que heredarán los reyes helenísticos. Paralelamente, de modo en muchas ocasiones inseparable, Alejandro es objeto de críticas basadas en su actuación violenta y en sus excesos de todo tipo. Si en algunas ocasiones se trata de descalificar un modelo negativo de Rey, en otras representa más bien un ornamento para destacar los aspectos excepcionales de una personalidad colocada en los limites de lo humano y lo divino. Sólo él es capaz de conjugar los aspectos extremos que caracterizan al héroe. Pero, curiosamente, el retrato de la imagen de Alejandro sólo se completa si se tiene en cuenta que de la misma corte de Ptolomeo surge la versión que transmiten las fuentes de Arriano para proporcionar una imagen de Alejandro como Rey sereno y reflexivo, contrapunto del tirano, modelo de otra imagen igualmente mítica del Rey macedónico. Desde el principio, Alejandro se presta a que se configuren imágenes polisémicas de su personalidad y del sentido de la misma en la realidad histórica del momento.

Elementos de la nueva realeza
La realeza macedónica, en su configuración inmediatamente anterior a Alejandro, se basa en el fortalecimiento de las relaciones aristocráticas dentro de una estructura tribal tendente a la descomposición. En contacto con las ciudades griegas, los reyes han desarrollado, sin embargo, un ejército de infantería, paralelo al de la aristocracia ecuestre, basado en importantes cambios, entre ellos en la consolidación de nuevos sectores de campesinos que se integran en ciudades a través de la estructura de las relaciones monárquicas, elemento clave para que la aristocracia se amolde a la situación y se fortalezca el poder real. La conquista del norte del Egeo y el acceso a los metales preciosos, tras un período en que los cambios han desarrollado la economía monetaria, permitieron que también el ejército mercenario pudiera desarrollarse dentro de la nueva estructura y que sirviera para acentuar el carácter carismático del jefe militar que proporciona la victoria. Entre tanto, en Grecia, en el período crítico de la historia de la ciudad estado, aumentan las aspiraciones a la unidad, conseguida desde una ciudad o desde fuera de ese mundo, pero siempre en la idea de que sería un individuo quien fuera capaz de llevar a cabo el proyecto. La forma de poder personal que admite la tradición aristocrática, frente a la tradición tiránica, viene a ser la que representa idealmente la resurrección de la realeza homérica, modelo aristotélico que se asimilará en la Macedonia de Antípatro, como forma alternativa a la realeza oriental. Ello colaboraría a la creación de una imagen griega de Alejandro, en que sus logros se deben a su areté, a la virtud aristocrática tradicional. Ya los macedonios habían iniciado la configuración de esa imagen, cuando el Rey se identificaba con Heracles, héroe panhelénico y conquistador, que elimina el mal y establece la civilización, con poder sobre todos los griegos. Será la imagen elaborada por Calístenes, integrada en la tradición aristocrática, el héroe providencial que esperaba Isócrates como salvador de la Hélade, sin que alterara la naturaleza de su civilización, sino que recuperara sus aspectos más tradicionales. En Macedonia, Antipatro y Parmenión serán capaces de consolidar localmente esa forma de realeza, mientras Alejandro se dedicará a la conquista y en ella surgirán las contradicciones que configuran el nuevo proceso. En la práctica, las reformas militares que refuerzan la autoridad de Alejandro sirvieron para consolidar el estado centralizado que se formó en Babilonia, encabezado por Hárpalo. En principio, este nuevo estado se limita a Asia, pero de hecho servirá como apoyo para reforzar la autoridad macedónica en Grecia.

Griegos y bárbaros
En la figura de Alejandro se plasman algunos de los problemas propios del período de transición que se traduce en la definición de nuevas relaciones entre griegos y bárbaros. Alejandro ha recibido apoyo griego en cierto modo por el hecho de que representaba la posibilidad de esclavizar poblaciones sometidas como bárbaras, para evitar la difusión de otras formas de supeditación que podían afectar a los griegos. Los mismos escritos aristotélicos se definen en este sentido, en el de garantizar y extender la esclavización del barbaro, esclavo por naturaleza. Por ello, uno de los vehículos utilizados por los enemigos de Alejandro fue la acusación de aproximarse a los bárbaros, por adoptar formas orientalizantes o por vivir en el lujo que habitualmente se atribuía a los monarcas persas. Es el caso de Efipo, autor perdido, pero que ha dejado sus huellas en los escritos posteriores identificados como pertenecientes a la tradición vulgata. Paralelamente, resulta que toda la tradición posterior de la teoría de la realeza tiene su apoyo en Alejandro, fundamento de argumentaciones variadas en torno a la definición de una u otra forma de monarquía. El caso es encontrar un ejemplo que sirva para la justificación de la legitimidad, apoyada desde ahora en su personalidad, compleja y polisémica. La postura representada por Aristobulo refleja el antagonismo irreconciliable entre Alejandro y Darío, de los macedonios que luchan contra los persas sin ninguna posibilidad de reconciliación. Es la doctrina que trata de conservar al Alejandro exigido por quienes lo apoyan para conseguir que se lleve a la práctica la doctrina de la superioridad del griego sobre el bárbaro. Por el contrario, Duris de Samos representa un Alejandro corrompido, que ha traicionado los proyectos que ponían en él sus expectativas. Timeo refleja una evolución, desde el conquistador griego que puede llevar a la práctica el programa de Isócrates hasta el Alejandro corrompido por sus aduladores que ya no se halla en condiciones de hacerlo. En la práctica, la realeza inaugurada por Alejandro, entre griegos y bárbaros, se convierte en modelo de los aspirantes a formas de realeza inmediatamente posteriores. Demetrio Poliorcetes, autodefinido como Rey Demetrio, y no sólo como Rey de los macedonios, apoya sus formas divinizantes en la identificación con Dioniso a través de Alejandro. Con ello se inicia un nuevo camino, que hace posible que las formas de la realeza, a través de la imagen de Alejandro que sirve de elemento de promoción, con base aparentemente occidental, puedan prescindir de los rasgos orientalizantes y, por tanto, de la identificación con el bárbaro, para servir de apoyo a figuras como Pirro y Lisímaco. En cualquier caso, la realeza apoyada en el Alejandro oriental para crear un nuevo Rey helénico, se contrapone a la otra forma de realeza que trata de aproximarse lo más posible a la tradición macedónica, la representada por Casandro, heredero teórico de la monarquía nacional. Más complicado era el escenario en que se define la realeza de los Seléucidas, en plena Babilonia, donde se impone la tentación mesopotámica a través de las satrapías aqueménidas, o el de los Lágidas, que en Egipto configuran una realeza donde los elementos faraónicos se interfieren con la imagen creada por Alejandro, escenificada en Alejandría, escenario de la creación historiográfica de Clitarco y Ptolomeo, recogida por Arriano de Nicomedia en época de los emperadores Antoninos. El héroe griego, representado por Heracles, se une a la imagen del conquistador realista, base teórica de la teología evemerista. Lo griego y lo bárbaro se conjugan inseparablemente para dar lugar a una nueva imagen de la realeza.

Alejandro y la posteridad
La historia de la imagen de Alejandro resulta así tan importante como la misma personalidad del Rey. Ello se acentúa por el hecho de que los historiadores que en su tiempo se ocuparon de él sólo se conservan en fragmentos citados por otros que pueden haber introducido matices en los aspectos que lo retratan. Es lo que ocurre, según se admite tradicionalmente, con el libro XVII de Diodoro de Sicilia y con la "Historia de Alejandro" de Quinto Curcio, que al parecer se apoyan en la tradición de Clitarco. En toda esta literatura, la base se encuentra en la relación que existe entre grandeza y excesos, definida de modo privilegiado en la figura de Alejandro. Es también el fundamento de toda la otra tradición, diferente pero inseparable de la anterior, constituida por las novelas de Alejandro, de gran proyección posterior. Junto a ello se encuentra la tradición representada por Arriano, que recoge los datos transmitidos por Ptolomeo y por Aristobulo, que estuvo con Antípatro, portador de la imagen macedónica de la realeza nacional, la que imagina al Rey como representante de la comunidad. Tal vez sea Plutarco quien, a pesar de su declaración de intenciones como escritor moral y no historiador, sea capaz de recopilar los datos de origen más variado como para transmitir una imagen de esa importante diversidad de fuentes, síntoma de la diversidad de imágenes que dejó de sí el mismo Alejandro. Los primeros autores interpretan, condicionados por su propia intencionalidad, pero los recopiladores también lo hacen, como Diodoro, al mezclar las fuentes, cuando quiere dar una visión favorable a la Tebas sojuzgada, por ejemplo. Arriano, ejemplo para muchos de ecuanimidad, se ha revelado, en estudios como los de Vidal-Naquet, como un historiador profundamente condicionado por las realidades de la época en que vivió, creadora de una imagen del poder para la que podía servir de fundamento un Alejandro conquistador pero equitativo, equiparable a Trajano o a Adriano, según los aspectos que se tratara de resaltar. El estudio de Alejandro es, pues, inevitablemente, el de Alejandro y su imagen.


X.- CIVILIZACIÓN HELENÍSTICA
Inicio: Año 323 a. C.
Fin: Año 200 a. C.

Un nuevo mundo, que puede encuadrarse tanto en la historia de Grecia como en la historia de Oriente, se abre con la muerte de Alejandro, efecto de la influencia de todos los factores que llevaron a su propio protagonismo e hicieron de él el eje de los cambios y el teórico responsable de toda la historia de la época, imitado y rechazado. El nuevo mundo, imaginado como creación de Alejandro, interpretado como resultado de factores múltiples, es el ejemplo de una unidad sólo comprensible en su más variada complejidad, entre oriente y occidente, entre el clasicismo griego y la romanidad del Mediterráneo, entre la ciudad estado y el poder personal, donde lo más característico sería su naturaleza sintética. La síntesis se lleva a cabo entre lo griego y lo oriental, pero en lo griego se ha encontrado ya la ciudad con los pueblos periféricos, macedonios, etolios, epirotas, y en Oriente los estados despóticos, con palacios, templos y poblaciones sometidas a dependencias colectivas se encuentran con pueblos nómadas, libres. La unidad sólo se entiende como síntesis de la diversidad y la contradicción. Las complejidades se resolverán en el imperio romano, donde el poder personal se erige en único sistema de control de ciudades y pueblos, donde las estructuras mercantiles, heredadas de la ciudad, aunque superadoras de la misma, encuadran en su propio sistema de realidades sociales de la parte oriental.

1.- Acontecimientos políticos. La sucesión.

A la muerte de Alejandro, en el plano militar, el cargo de quiliarca, "el primero después del Rey", estaba en manos de Perdicas. Era una titulación cargada de connotaciones orientales, imitada de los persas, desempeñada por un hombre de confianza, lo que le atribuía un importante poder en este momento clave. La propuesta triunfante inicialmente fue la de esperar a que el hijo de Roxana se convirtiera en el sucesor en el desempeño de la realeza, propuesta en que, igualmente, triunfaban las expectativas orientalizantes, apoyadas por la caballería, especialmente por los mercenarios, partidarios de acentuar los aspectos carismáticos del jefe militar, capaz de seguir proporcionando la victoria, en la imagen del sucesor y en la realidad del quiliarca. El plan se materializaba en el proyecto de unir Macedonia con Oriente, en una auténtica unidad política, donde se impondrían los aspectos nuevos de la realeza. Sin embargo, en Macedonia las opiniones se inclinaban en favor de Filipo Arrideo, sucesor por línea directa de Filipo II, medio hermano de Alejandro. Ello significaba la continuidad macedónica propiamente dicha, encarnada en una figura tachada de poco capaz, pero apoyada por los soldados de la falange macedónica y por el conjunto de campesinado. Habría sido el triunfo de una visión de la realeza inspirada en la tradición y en la concepción aristotélica, válida para un campesinado poco atraído ya por la empresa de la gran conquista territorial, más allá de fronteras controlables, entre pueblos de costumbres sorprendentes. En principio, en Babilonia, se plantea como solución el reparto del poder entre los reyes, lo que significaba un reparto, cargado de expectativas, entre los auténticos hombres fuertes, Crátero, consejero del Rey en Macedonia, Antípatro, jefe de los ejércitos, estratego del ejército macedonio, y Perdicas. Macedonia y Grecia parecen definirse por una sucesión más identificada con Filipo que con Alejandro, lo contrario de lo que ocurre en los ejércitos de Asia. Perdicas se apoya en ello para adquirir fuerza en las negociaciones, donde también interviene Ptolomeo, apoyado en algunas de sus heroicas acciones, entre ellas en la de presentarse como salvador de Alejandro. En Asia, Crátero se erige en prostates de los reyes para iniciar las negociaciones, pero muere en el año 321, lo que sin duda complica enormemente los resultados anteriores, sometidos ahora a nuevas presiones. En la nueva reunión de Triparadiso, en el año 321, Antígono, que había sido sátrapa de Anatolia, es nombrado estratego para Asia, Ptolomeo, interesado por la conservación de la independencia de las satrapías, se sitúa en Egipto, apoyado en la posesión del cadáver de Alejandro, Lisímaco domina el territorio de Tracia, mientras que Éumenes queda situado en la zona de Paflagonia y Capadocia. A pesar de todas las tendencias orientalizantes de Alejandro, ha predominado la presencia de los generales grecomacedonios.

Nueva división del poder
La muerte de Alejandro mostró hasta qué punto en los ejércitos griegos y en los pueblos sometidos tenía vigencia el carácter carismático de su poder personal. Aunque la rebelión de los soldados establecidos como colonos en las Altas Satrapías, bases del reino greco-oriental de la Bactriana, estuviera fundamentada en razones reales, relacionadas con su falta de adecuación a la nueva situación, alejada de la polis, lo cierto es que sólo las noticias sobre la muerte del Rey sirvieron de estímulo para que se materializaran en un movimiento de este tipo. El final de Alejandro se interpretaba como el final de la capacidad de control del sistema estatal. De hecho, no fue así y el movimiento fue controlado, aunque en otros aspectos los resultados políticos respondieran a esa imagen, dado que sin Alejandro el reino no permaneció como un estado unitario. De un modo parecido puede interpretarse lo que ocurrió en Atenas en el año 323, donde se inicia el movimiento de rebelión conocido como guerra Lamíaca. La hazaña cobró un aspecto eminentemente individualista, síntoma de las realidades en que va desembocando la estructura de la polis, sólo sustentada ya en jefes militares, en este caso Leóstenes, apoyados en ejércitos mercenarios, orientados en un sentido cada vez más difícil de distinguir de aquél que trataban de evitar. En el interior, la ciudad se convirtió en escenario de la lucha política de las fuerzas contrapuestas representadas por personajes como Foción e Hipérides. La derrota trajo como consecuencia la imposición de una guarnición por parte de los macedonios para apoyar el gobierno de la oligarquía. De este modo, Grecia resulta pacificada y sólo quedan movimientos de resistencia en Etolia. Los problemas sólo permanecen entre los mismos diádocos, sucesores en diversos campos del mando de Alejandro. En efecto, tras derrotar a Crátero en Asia en 321, no pudo hacer lo mismo con Ptolomeo y sus propios soldados se volvieron contra él. Sólo la victoria garantiza la lealtad de las tropas. Antípatro, en cambio, será en Triparadiso el nuevo epimeletes de los reyes con poderes autocráticos. Su objetivo será la lucha contra Éumenes, que inicialmente se ha situado junto a Perdicas, representante de la tendencia orientalizante frente a la macedónica. Pero Antígono, encargado de la ejecución de esa lucha, se sitúa cada vez más en el mismo lado orientalizante. Cada vez se define más claramente el partido tomado por Antípatro y, a su muerte, por su hijo Casandro, como opuesto al representado por Antígono. Casandro había sido primero el quiliarco de Antígono, situado allí por Antípatro, pero, a la muerte de éste, entra en competencia con Poliperconte, nombrado epimeletes, que proclama la libertad y autonomía de las ciudades griegas. Si por un lado esto significa tan sólo un modo de ganar adhesiones en Grecia, sin embargo, en la práctica representó el ambiente que permitió la revolución democrática en Atenas donde se llevó a cabo el juicio y la condena de Foción. La democracia duraría hasta el año 317, en que la victoria de Casandro sobre Poliperconte trajo consigo la instauración del régimen censatario, bajo la tutela de Demetrio de Fálero. Se dice que entonces se llevó a cabo un censo en Atenas en el que constaba la existencia de cuatrocientos mil esclavos, cifra que los historiadores suelen considerar inverosímil, pero que tal vez refleje, no en números exactos, el proceso de deterioro de la polis como comunidad de hombres libres. Poliperconte ha nombrado entre tanto a Éumenes jefe del ejército real en Asia, para luchar contra Antígono, pero es éste el que resulta vencedor. Casandro es ahora el dueño de Macedonia y Grecia y se enfrenta a Olimpia, que muere en 316 acusada de haber matado a Filipo. El joven Alejandro es hecho prisionero. El siguiente paso será la formación de la realeza helenística.

Formación de la realeza helenística
Las posibilidades de negociación son cada vez más difíciles tras la nueva división del poder. Antígono, dueño del territorio asiático dirige sus esfuerzos hacia occidente, proclamando la libertad de los griegos y el establecimiento de la demokratía, que hay que empezar a entender como la concesión de una cierta autonomía vigilada para los asuntos internos de las ciudades. En la guerra emprendida en 315 se alían Casandro, Lisímaco y Ptolomeo y terminó con el reconocimiento de los territorios correspondientes. Antígono tiene que contar ahora con el sátrapa de Babilonia, Seleuco, que se ha fortalecido tras diversas campañas y alianzas, con lo que ha conseguido el reconocimiento como rey de Babilonia posiblemente desde el año 307, con la firma de la paz. Antígono y su hijo Demetrio dedican sus empeños a recuperar el control sobre Grecia, renovando su programa de liberación de Atenas y del resto de las ciudades, definido ahora claramente como salvador del demos. En Atenas, Demetrio llega a identificarse con las divinidades mistéricas y soteriológicas, con Dioniso y como pareja homónima de la diosa Deméter. Tras la victoria en Chipre, Antígono se proclama rey, ejemplo seguido de modo inmediato por Ptolomeo, Lisímaco y Casandro. Después, las acciones se centran en las luchas por el control de Grecia entre Casandro y Demetrio. Éste obtuvo la alianza de Pirro, que ahora intervenía por primera vez en los asuntos de la Hélade, pero, en cambio, en el lado contrario se formó una importante coalición, que acabó con Antígono en la batalla de Ipso, en Frigia, en el año 301. El movimiento de recuperación de Demetrio se dirigió en el mismo sentido, hacia Chipre y las islas griegas, sobre la base de una fuerza cada vez más basada en la flota. El período, de guerras y alianzas, ve modificada su orientación con la muerte de Casandro, en 297, que estimuló las acciones ofensivas de Demetrio. La muerte de Alejandro, en 294, le permitió modificar su titulo en el sentido de llamarse rey de Macedonia. El control del territorio griego sólo se ve obstaculizado por la rivalidad con Pirro. Pero la intervención de Lisímaco en apoyo de este último hizo que perdiera Macedonia. Ello provocó un movimiento de oposición a Demetrio que puso a toda Grecia en manos de Lisímaco. Las nuevas rivalidades de éste con Pirro favorecieron que Antígono Gonatas, hijo de Demetrio, buscara la alianza con el rey del Epiro. Una nueva modificación en el plano individual tuvo lugar en el año 283, con la muerte de Demetrio y de Ptolomeo. El movimiento expansivo de Lisímaco, que así intentaba aprovecharse de la nueva situación, fue cortado por un movimiento similar iniciado por Seleuco desde Asia, que lo derrotó en Curupedio en 281. Allí murió Lisímaco, pero también murió poco después Seleuco, a manos de Ptolomeo Cerauno, medio hermano de Ptolomeo Filadelfo y que fue proclamado rey por el ejército macedonio en el año 280, aunque inmediatamente fue derrotado por Antígono Gonatas.

Reinos helenísticos
Desde el año 280 se consolidan las tendencias a formarse estados monárquicos hereditarios, resultado de los múltiples factores que se han ido desarrollando de múltiples maneras en el período de los Diádocos, la monarquía macedónica, el despotismo oriental y la ciudad griega, tras haberse fundido en la compleja obra de Alejandro. El resultado es una realidad múltiple y diversa, tendente a la unidad, sobre la base de que ésta sólo era posible en la conciencia de su propia heterogeneidad. Los reinos se han configurado en torno a las principales entidades territoriales que se formaron a la muerte de Alejandro. Ptolomeo II Filadelfo hereda el reino de Egipto; Antíoco, hijo de Seleuco, hereda el reino de Siria, formado sobre la satrapía de Babilonia y las conquistas llevadas a cabo sobre todo a costa de Antígono, mientras que Antígono Gonatas, el hijo de Demetrio, se convierte en rey de Macedonia. Aparecen en la escena entidades étnicas como la de los etolios, donde no llegó a formarse el tipo de comunidad identificado con la ciudad estado. Ahora actuaron en colaboración con Antígono Gonatas, para rechazar a los galos, actuación que luego utilizarían en su propia propaganda. También están presentes desde el principio de esta época las aspiraciones de Pirro, que primero las proyecta hacia Macedonia, para luego desviarlas hacia Italia y Sicilia y terminar intentando el control de Grecia. En Occidente trataba de reproducir la guerra de Troya, defendiendo a los griegos contra los sucesores de Eneas. Su muerte en Argos, en 272, sirvió para consolidar el poder de Antígono, sobre todo en la Grecia del norte, donde recibía el apoyo de las nuevas tiranías, consolidadas gracias a su propia presencia. En 275, en cambio, Antíoco era derrotado y frenado en sus aspiraciones occidentales, lo que significó el desarrollo de algunos reinos más pequeños en Asia Menor: los de Nicomedes de Bitinia, Mitríades del Ponto y, sobre todo, Éumenes de Pérgamo, independiente desde el año 262, fundador de la importante dinastía de los Atálidas. Egipto fue convirtiéndose en el reino más fuerte del Egeo, donde apoyaba la independencia protegida de Atenas, de la Liga Aquea, nueva entidad confederal formada con las ciudades del norte del Peloponeso, y de Esparta. En los años setenta, la primera guerra siria sirvió para la consolidación de las grandes propiedades de Ptolomeo, que, en los sesenta, apoyó a Atenas en la guerra de Cremónidas frente a Antígono. La posterior alianza de Macedonia y Siria frente a Egipto llevó a la segunda guerra siria, en la década de los cincuenta, que convirtió a Antígono en el señor de Grecia por unos años, hasta 251, en que comenzó su declive, materializado en la independencia de las ciudades y, sobre todo, de la Liga Aquea, que comenzó así su etapa más gloriosa en la época en que estaba dirigida por Arato de Sición. El periodo sucesivo, de gran oscuridad, está marcado por la tercera guerra siria y los problemas internos del reino de Siria, donde se señalan múltiples muestras de inquietud entre las heterogéneas poblaciones que lo forman. En el mar Egeo, los etolios manifiestan su poder actuando como piratas y poniendo sus propias condiciones para proteger la navegación contra la acción de los mismos piratas. Las pretensiones de la Liga Aquea de dominar el Peloponeso fueron frenadas por la oposición del rey Agis de Esparta, que recibe para ello el apoyo de los reyes Lágidas de Egipto. La Macedonia de Antigono Dosón los derrota y el rey consigue con ello hacerse dueño de Grecia, excepto del territorio controlado por los etolios. Ésta será la misión de Filipo V, su sucesor, cuando ataque Grecia en 219. Entre tanto, el reino seléucida experimenta un proceso de desintegración que le afectó sobre todo en los territorios orientales, complicado por las guerras dinásticas y la formación del reino de Pérgamo en occidente. La muerte, entre los años 223 y 221, de Antígono Dosón, de Seleuco III de Siria y de Ptolomeo Evérgetes señala simbólicamente el final de los reinos helenísticos independientes, continuados por Filipo V y Antioco III, que tuvieron como principal objetivo la lucha defensiva contra los romanos, mientras en Egipto y Pérgamo se iniciaba un proceso integrador que llevó a soluciones más pacificas en el mismo sentido.

2.- Transformaciones institucionales. Ejército y rey.

Desde la reunión de Babilonia, a la muerte de Alejandro, en el año 323, se puso de relieve el papel del ejército en el momento de nombrar al nuevo rey. La única disyuntiva era la de si habría de contar más la opinión de los nobles de la caballería o la de los campesinos de la falange. Sobre ello, cada vez será más importante el papel de los ejércitos mercenarios. Sea cual fuere su composición, es evidente la necesidad mutua. El individuo que pretende acceder a los puestos de mando necesita la lealtad de un ejército, cuya fidelidad se define de forma cada vez más individualista, mientras que el ejército necesita la guía carismática de un dinasta, que proporcione la victoria gracias a sus habilidades y conocimientos, pero también a ciertos poderes incontrolables que tienden a considerarse hereditarios o, al menos, innatos. El triunfo garantiza la disciplina y en ella se apoyan las formas de poder que terminan definiéndose como monárquicas. Por ello, que perduren ciertas formas de lo que suele definirse como monarquía militar; más que como síntoma de democracia, ha de clasificarse dentro de las formas de relacionarse el poder personal con el ejército. Además, junto a las formas monárquicas que pueden considerarse heredadas de la realeza macedónica o de los jefes griegos de ejércitos mercenarios, también van configurándose como parte de la nueva realidad las aportaciones procedentes de las satrapías orientales, donde el poder se ejerce por jefes aborígenes. No deja de ser curioso, sin embargo, que la reacción de las ciudades griegas venga encabezada por individuos que igualmente adoptan papeles dirigentes, en cierto modo competitivos con los de sus propios oponentes, en la línea de Demóstenes, que, cuando atacaba a Filipo, envidiaba su capacidad personal de tomar decisiones individuales, hecho imposible en la ciudad democrática. Atenas estaría dirigida por Demetrio de Fálero, que desempeña un papel individual al servicio del rey para defender la posición de los partidarios de la oligarquía, o por Demetrio Poliorcetes quien, individualmente, pretende conseguir la salvación del demos. Antípatro aparece como el representante más extremado de la postura contraria al establecimiento de las dinastías salvadoras, basadas en el carisma de corte orientalizante, pero teme a su propio hijo, Casandro, que pretende el establecimiento de una nueva dinastía en su propia persona, por ser hijo de su padre, el enemigo de la teoría dinástica. Sin embargo, Diodoro lo representa consultando a sus amigos en el campo, los que tenían ocio, los oligarcas propietarios de tierra, para la organización de una dynasteia, poder personal que pretende no basarse en la basileia. Seria una forma específica de poder personal al margen de la realeza tradicional, basada en la solidaridad de la aristocracia. Los diversos elementos van configurando nuevas formas de poder, a través de la intervención en las ciudades que sirven para oscurecer los conflictos internos, unas veces represiva y otras con la máscara de la salvación del pueblo y de la liberación, lo que, unido a las victorias capaces de aumentar el prestigio personal del jefe va acrecentando sus posibilidades reales de aspirar a cargos más altos. La satisfacción de las ambiciones individuales corre paralela al desempeño de funciones ambiguas, donde importa el evergetismo. La capacidad de controlar al demos tiene la doble cara que, conjuntamente, constituye su eficacia, montada sobre la fuerza y las promesas de salvación elaboradas sobre su propia capacidad redistributiva.

Monarquías helenísticas
Dentro del mundo helenístico de los reinos una vez configurados como tales, según las características específicas del territorio de su asentamiento, así como las vicisitudes de su historia particular en el proceso de su formación, cada una de las monarquías, dentro de un mundo globalmente unitario, tiende a marcar su propia especificidad. Dentro de un sistema que tiende a identificar al estado con el monarca, para crear un eje integrador de la nobleza, que interviene con la prestión de donaciones y la obtención de los cargos de la burocracia, pueden considerarse diferencias importantes. Así, en Macedonia, a la muerte de Alejandro, existe un intento de recuperar la que se define como monarquía primitiva, basada en la asamblea militar. El proceso de helenización ha consistido fundamentalmente en la creación de ciudades integradas en el sistema económico esclavista, pero sin autonomía real en el ámbito político. Grecia se convirtió en el objetivo específico de los jefes militares, sobre todo de Antígono y Demetrio, con lo que se pretende también que la ciudad griega pierda igualmente su autonomía política. Ello plantea problemas de reacción, pero también de aceptación, pues para muchos era el modo de obtener la sumisión de las poblaciones más pobres, ahora sin derechos políticos en que apoyar sus reivindicaciones. Para Antígono y Demetrio, su papel de defensores del demos fue el que les permitió controlar la situación al tiempo que ganaban el apoyo popular para hacerse con el título de rey. Los reyes desempeñan el papel de ejes de la helenización y de la integración de los griegos en el sistema monárquico. Pirro favorece la helenización del Epiro, al tiempo que intenta controlar Grecia aplicando el sistema monárquico. Éxitos y fracasos forman el amplio mosaico en que se aplica de modo variado el sistema general. En Macedonia, todavía Antígono Dosón pretende gobernar como representante de la comunidad de los macedonios. Su situación se mantuvo en genera en un difícil equilibrio entre las tradiciones macedónicas y las mutaciones operadas según se iban produciendo las intervenciones en ciudades que los acogen como reyes evergéticos y soteriológicos, capaces de beneficiar a sus poblaciones y de salvar a sus habitantes más desdichados, elementos que los elevan a un estadio sublime ante sus súbditos. La presencia de guarniciones y gobernadores inclina otras veces el panorama hacia la visión de una monarquía autoritaria. Las transformaciones fueron en todo caso más radicales en las monarquías que se superponen en los territorios orientales a sistemas monárquicos de mayor tradición despótica. Es el caso de Egipto, donde la confluencia de un Alejandro influido por la tradición de la realeza amónica en tiempos en que los faraones han experimentado anteriormente un importante proceso de helenización, da el resultado híbrido o sintético representado por los Lágidas. La estructura social conserva su base apoyada en las grandes propiedades trabajadas por las masas de campesinos. La administración está en manos de los griegos, conocida específicamente gracias a la colecciones de papiros halladas en las excavaciones, sobre todo las del archivo de Zenón, que administraba grandes extensiones explotadas y grandes sumas de dinero, obtenidas con el trabajo de masas que no pueden considerarse propiamente de esclavos, sino de poblaciones serviles similares a las existentes previamente en el Egipto faraónico. Las rentas de los Lágidas se calculan en el equivalente a una cantidad entre 500.000 y 750.000 salarios de trabajadores. Por encima de la administración griega, el rey lágida ocupa posiciones propias de los antiguos faraones. Lo mismo ocurre con la monarquía seléucida en Siria, donde los reyes heredan el sistema aqueménida y se, convierten en los propietarios de la mayor parte de las tierras, aunque en muchos casos aquí las administran a través de los templos o de las ciudades como formas de organización, que obtienen así una mayor entidad. A ello se añade un elemento específico y creciente constituido por el importante control del comercio en las rutas orientales que conectan con zonas productoras de objetos de lujo. El rey se convierte en la mayor entidad económica, por lo que la competencia por la realeza y los controles del territorio se hacen igualmente instrumentos de control de los medios de producción. El panorama se hace aún más variado si se tienen en cuenta las monarquías menores, como la de los Atálidas de Pérgamo, capaces de mantener formas externas próximas a la de los Antigónidas, pero igualmente dominados por la tendencia a la expresión lujosa de la realeza que se manifiesta tan claramente en el famoso altar de Pérgamo, representante simbólico del mundo helenístico de la realeza en su totalidad.

Ciudad helenística
Junto con la integración de las ciudades griegas, los reyes helenísticos llevaron a cabo gran cantidad de fundaciones a través del sinecismo de comunidades previas, para que la producción campesina se canalizara a través de la chora politiké, donde se unificaba y se organizaba, como en el caso sirio, o por medio de colonias, donde se asentaban normalmente los soldados mercenarios licenciados. Ciudades que tomaban el nombre del rey fundador, para poner así de relieve incluso en el nombre dentro de qué sistema habían de encuadrarse. Son Alejandrías, Seleucias, Antioquías, Casandreas, ocupadas por clerucos, encargados igualmente de su defensa, gobernadas a través de un epistates y, a veces, con guarniciones, aunque poseían magistrados y organismos colegiados, equivalentes al consejo, recibían normalmente prostágmata, órdenes de los reyes, que constituyen, en su forma epigráfica, una de las más importantes fuentes para conocer la vida política del mundo helenístico. Internamente, las ciudades tienden a organizarse de modo oligárquico, aunque pretendía identificarse como democracia el hecho de que, en ocasiones, la ciudad gozara de cierta autonomía en el orden interno. La libertad vista por los estoicos, corriente de pensamiento predominante en la época, venía a traducirse simplemente como un modo elegante de aceptar las circunstancias impuestas. De hecho, las nuevas estructuras sociales se traducían, en el plano urbano, en que sólo permanecen en la ciudad los que disfrutan de la politeia, circunstancia que tiende a identificarse con las clases poderosas, al tiempo que todos los demás quedan excluidos, convertidos en masas de campesinos, tendentes a la dependencia. Como residuo permanece una masa urbana, peligrosa, que las oligarquías quieren controlar con la presencia de los poderes regios. Entre las ciudades griegas, algunas se conocen mejor y esta circunstancia suele coincidir con el hecho de que presenten algún tipo de peculiaridad. Es naturalmente el caso de Atenas. Las tensiones entre el demos y la oligarquía se interfieren en la intervención de los reyes. La imposición de un censo, como en el caso de Antípatro, sirve para delimitar los derechos del demos, mientras que Poliperconte lo apoya, permitiendo la entrada a multitud de demóticos que estaban apartados de la politeia. Los reyes se hacen populares gracias al nuevo desarrollo de la conquista, capaz de poner en cultivo nuevas tierras y de acelerar el intercambio con la apertura de nuevas vías para los tráficos de mercancías. Esparta representa un caso igualmente específico, aunque diferente. Las transformaciones posteriores a la guerra del Peloponeso acabaron con el rígido sistema hoplítico y propiciaron la concentración de propiedades, lo que permitió el desarrollo de la riqueza, pero también el aumento de la conflictividad. Los mismos reyes son los promotores de reformas que se decían tendentes a recuperar el sistema representado por las leyes de Licurgo. Agis IV y Cleómenes III intentaron, paralelamente, controlar el Peloponeso y entraron así en conflicto con la Liga Aquea, lo que sirvió a su vez para provocar la intervención de los reyes. La ciudad entra en una dinámica mimética en relación con los reinos, pues trata de evitar los conflictos promoviendo la conquista o el evergetismo de las grandes fortunas amasadas sobre las nuevas formas de explotación favorecidas por el sistema impuesto a partir de la intervención macedónica. Entre otros casos igualmente específicos dentro del conjunto del mundo helenístico, también destaca Rodas, ciudad controlada por una gran aristocracia reforzada por el poder naval, promotora de un lujo verdaderamente paradigmático. La acumulación de riquezas permite el desarrollo del evergetismo, forma de redistribución de los productos del trabajo esclavo, especialmente renovado en la isla. Ello permite la concordia social entre los libres, en circunstancias internacionales que les permitían aprovecharse de las discordias para ganarse el apoyo a cambio de adhesiones circunstanciales, sobre todo en las relaciones con los Ptolomeos. Es interesante comprobar el interés de los reyes egipcios por aparecer como sus liberadores, en competencia con Antígono.

Ligas helenísticas
La época de la historia griega en que la estructura predominante es la representada por la ciudad estado se caracteriza igualmente, en la época final de crisis situada en el siglo IV, por las luchas entre esas mismas ciudades. Como mecanismos defensivos en el mundo de las ciudades se crean sistemas federales, indicativos de las diferentes circunstancias que llevaron a la creación dentro de ellas de cierta situación de impotencia. Esto se debía a la presencia de las monarquías, sistemas que revelaban su creciente capacidad para controlar la situación social y política. Anteriormente, durante el período de las luchas entre las ciudades, la institución de la isopoliteia había servido de método defensivo contra ciudades más poderosas. Ahora, su funcionalidad se centra fundamentalmente en la defensa frente a las monarquías. El koinón existía antes del Helenismo, pero ahora recibe una nueva funcionalidad. Por otra parte, junto a la confederación existente en el mundo de las ciudades, creadoras de una koinón, también se habían reunido ya en época clásica las comunidades que sólo habían llegado a definirse dentro de un ethnos. Desde la época clásica, los tesalios se han reunido en la Liga Tesalia, que ahora se convierte en el órgano de penetración macedónico en Grecia. Las circunstancias precisas que dominan en el mundo griego durante este período favorecen la propensión de las clases dominantes a crear organizaciones más amplias capaces de controlar el mundo de la piratería y de garantizar la seguridad para los medios de intercambio y para la explotación de los sectores marginales. Las ligas resultan de la solidaridad entre las clases dominantes de las ciudades tanto como de la necesidad de algunas de esas ciudades de resistir a los poderes exteriores, que vienen, en otros casos, a ofrecer medios de resistencia para consolidar el poder de las mismas clases dominantes. Las ligas resultan, por tanto un elemento heredado y nuevamente utilizado en la situación recientemente creada. En cada caso, la historia previa y la de su reutilización responden a condiciones específicas. Como factor en el origen de la transformación del mundo clásico en el mundo helenístico, seguramente las ligas desempeñaron un importante papel. Así, después de haber servido de órgano integrador de los griegos bajo el poder macedónico, la Liga de Corinto había servido como elemento de identificación de las tradiciones griegas bajo Demetrio Poliorcetes, que le proporcionó las bases democráticas para identificarla con la ciudad de Atenas. Más tarde, en el ano 224, Antígono organizaría la Liga Helénica, como una especie de Liga de Ligas. Antes, Antígono I ha colaborado a la creación de ligas, en Jonia o en las Islas, como canales de influencia de su propio poder. La Liga, como organización de entidades superiores a la ciudad, viene a ser representativa del proceso de aumento del trabajo esclavo, creador de mayores diferencias dentro de las mismas clases libres, factor de ruptura de la ciudad, que, si no se ve superado por el proceso de creación de los grandes reinos helenísticos, lo hace por el sistema de la organización de la Liga. La mayor separación entre las clases, incluso dentro de las clases de los libres, favorecerá la proliferación de los mercenarios, de la emigración y de las revueltas, factores favorables a la definición de grandes espacios políticos, fortalecidos como método de controlar los elementos organizativos de las nuevas formas de estructuración. Junto a las ligas de ciudades, importan de modo específico aquellas que tienen como base y fundamento las comunas de tipo cantonal como la Liga Etolia, que tiene como centro el templo de Apolo en Termo, donde se reúne la asamblea del pueblo en armas, como creadores de una sympoliteia, equivalente de la isopoliteia. Hay una asamblea y una boule, con los convocados de la comunidad, apokletoi, por lo menos desde 280, aunque se sabe que hay Liga por lo menos desde 367, según un documento epigráfico. Antes de la intervención macedónica, las Ligas Arcadia y Beocia habían desempeñado un papel importante en el proceso de sustitución del protagonismo de la polis. Ahora, se suma la Liga Aquea, organización efectiva por lo menos desde 255, con una ekklesia, que aparentemente sólo resultaba eficaz para las alianzas y las declaraciones de guerra. Sin embargo, desde la época de Arato de Sición, había iniciado una política agresiva, actuando en favor de la liberación de Corinto y contra otros sistemas definidos como tiranías. El momento culminante de la Liga Aquea tuvo lugar en la época de Filopemen, en que la Liga estableció la convocatoria de reuniones rotatorias con el centro en Egión, con un ejército dirigido por un general y diez epidemiurgos. El sínodo aqueo era el equivalente a la reunión de una boulé, mientras que el sýnkletos vendría a equivaler a una asamblea de todos, donde se tomaban las decisiones por votación popular entre las masas de las poblaciones de más de treinta años. Cada ciudad, de todos modos, mantenía su independencia. En el año 217, la guerra social representó el enfrentamiento entre Macedonia y sus aliados, la Confederación Aquea y la Liga Etolia.

3.- Sistemas económicos. La tierra.

La variedad del panorama político que se ofrece en el mundo helenístico responde a una variedad económica que por lo menos presenta igual complejidad, determinante de aquélla, pero también producto de los distintos caminos que toma en ese enorme espacio territorial el modo de actuación de los gobernantes. En cada uno de los reinos resultantes del proceso de disolución del estado de Alejandro, las formas de explotación se definen de acuerdo con sus tradiciones, pero en todos se impone el hecho político representado por el despotismo en su vertiente económica. El despotismo sirve de vehículo para normalizar los sistemas de explotación. En Egipto perviven las explotaciones faraónicas, mientras que en los territorios asiáticos son las formas heredadas de las estructuras aqueménidas las que subsisten. En el mundo griego de las ciudades, éstas mantienen, a través de los órganos representativos supervivientes, un control sobre la explotación agraria. Sin embargo, todo ello puede estructurarse de acuerdo con un esquema general dentro del que perviven particularidades y se desarrollan elementos específicos, sobre trayectorias previas y a partir de nuevas condiciones integradas en los sistemas de intercambio y contactos que el mundo helenístico permite. De este modo, incluso las entidades que permanecen políticamente al margen de la integración regia están condicionadas por el sistema en que ésta es dominante. Además, la heterogeneidad de los pueblos que llega a ser característica de algunos de los reinos, sobre todo del de Siria, también se hace notar en la persistencia de formas de explotación colectiva que sirven para definir algunas de las medidas étnicas que sobreviven bajo el reino, conservando sus propias características, pero sometidas a las aportaciones tributarias que parcialmente definen el sistema global. En general, la tierra que pertenece a las unidades étnicas (chora ethniké) puede explotarse colectivamente o haberse atribuido a los templos o a los particulares por el rey. La tierra del rey (chora basiliké) puede explotarse directamente por la administración real o por la aldea que entrega el tributo, aunque puede adjudicarse, directamente para su explotación o a través de la cesión del tributo, a los particulares, a los templos o a las ciudades. La entregada a los particulares puede estar asignada o no al territorio de las ciudades (chora politiké), mientras que la entregada a las ciudades puede quedar en manos de la colectividad, de algún particular encargado de gestionarla o de determinados grupos específicos de ciudadanos privilegiados, definidos como politai o klerouchoi. Según los casos, el punto de partida del proceso se lleva a cabo desde la economía regia o desde la economía politiké, de la polis. Dentro de los reinos, todo tiende a quedar integrado en ese sistema, donde un texto atribuido a Aristóteles, distingue, en su período formativo, cuatro formas de economía: basiliké, satrapiké, politiké, idiotiké. Cada término pone el acento en un aspecto específico: la realeza, la percepción regional del tributo, las ciudades y los particulares, pero en el fondo son los modos específicos de una forma de explotación que tiende a la homogeneidad, pues las ciudades y los individuos privados sólo conservan sus privilegios dentro de las garantías proporcionadas por el sistema despótico. Pero ello tiende a ocurrir de la misma manera en las zonas donde la acción política de la monarquía se ejerce indirectamente o en tensiones alternativas con sistemas no personalizados. De hecho, ligas y ciudades terminan gobernadas por sistemas igualmente despóticos, por Arato de Sición o Agis de Esparta, o por la alianza de Demetrio de Fálero con los macedonios.

Producción artesanal e industrial
El paso de la Grecia clásica al mundo helenístico no se caracteriza por haberse producido una transformación revolucionaria de la capacidad productiva en el terreno de las manufacturas. Sólo cabe aludir a la especificidad de los modos de producción, integrados en el sistema dominante, el mismo de la explotación agraria, ya que el desarrollo de las cortes provocó un aumento de la demanda de objetos de lujo, que favoreció el auge de algunos talleres, generalmente vinculados asimismo a las cortes reales. Así, en la producción cerámica se generalizó la elaboración de vasos con relieves, a imitación de los metálicos, lo que servia para difundir entre las clases propietarias dentro de las ciudades los gustos refinados de la corte. Las terracotas y los vidrios se encuentran en el mismo terreno productivo. Más incidencia en el mundo económico tuvo la producción metalúrgica, creadora, junto con la fabricación de objetos de lujo, de instrumentos agrarios y de vehículos para el transporte. Ello se encuentra relacionado con la producción minera, que experimentó un importante progreso, no tanto por el refinamiento de las técnicas extractivas, como por el acceso a nuevas fuentes de riqueza minera en territorios lejanos, de Nubia y del Ponto, favorecido por el desarrollo de los nuevos sistemas políticos capaces de asegurar el control territorial. La actividad industrial más sobresaliente del mundo helenístico fue sin duda la relacionada con el urbanismo y la construcción. Los reyes y los ricos de las ciudades dedicaron un importante esfuerzo de inversión de sus rentas al fortalecimiento y al embellecimiento de las ciudades, a la construcción de puertos y faros que garantizaran la seguridad de los intercambios y de los viajes, de negocios y de placer, cada vez más frecuentes, así como a la edificación de lugares públicos y, sobre todo, de templos. Al aspecto utilitario se añade el aspecto ideológico, al promover la existencia de lugares de reunión, teatros, estadios, simbólicos de la unidad ciudadana apoyada habitualmente en la producción procedente de una chora cada vez más desligada de la polis. La nueva ciudad no simboliza, como la ciudad clásica, la unión de campo y urbe, sino, todo lo contrario, la exclusión del productor agrícola. Muy próxima a este campo constructivo se hallaba la labor de los ingenieros militares, destinada fundamentalmente a fortalecer la ciudad y a desarrollar las técnicas de la poliorcética, pues la defensa y la victoria se han consolidado, dentro de este mundo, como parte de la vida económica, método de subsistencia y de control de poblaciones y recursos. La actividad militar de Demetrio Poliorcetes, sitiador de ciudades, tenía su paralelo científico en el desarrollo de la ingeniería y en el protagonismo de figuras como Ctesibio, Filón o Arquímedes, que aplicaban a la guerra el progreso del conocimiento científico, poco útil para aplicarse en cambio al mundo productivo, distanciado y sólo conocido de cerca por sectores de la población alejados del acceso a la ciencia.

Desarrollo de los cambios
El nuevo escenario ecuménico del mundo helenístico favoreció el desarrollo de los cambios de largo alcance, no sólo por el hecho de que se controlaran nuevos territorios, sino también porque los límites entran en contacto con poblaciones como las de la India e incluso de la China, productoras de ricos objetos de lujo, atractivos para las nuevas clases dominantes. El poder político estaba en condiciones de controlar rutas por territorios exóticos para garantizar el acceso de los traficantes a esos lugares. También se desarrollaron los intercambios dentro del mundo mediterráneo, donde alguna ciudad adquiere en este campo un protagonismo específico, como Alejandría, convertida dentro de Egipto en una especie de isla, más comunicada por mar que por tierra. El caso más sobresaliente es el de Rodas, protegida por los grandes reinos como puerto libre de obstáculos, el mercado de esclavos más notable de la época. El desarrollo de los cambios a escala ecuménica favoreció la difusión e intensificación del uso de la moneda, apoyado en el renacimiento del sistema redistributivo basado en el evergetismo. Las grandes acumulaciones de capital se ven aliviadas por la labor de reyes y ricos en las ciudades, como distribuidores entre las poblaciones de parte de sus ganancias gracias al uso de la moneda, instrumento especialmente adecuado para ese momento. Paralelamente, el asentamiento de los ejércitos mercenarios favoreció al mismo tiempo el desarrollo de esa otra forma de distribución de las ganancias garantizadas con el esfuerzo de los soldados, a través de esa forma precapitalista de trabajo asalariado. La moneda fue asimismo el más eficaz instrumento de propaganda regia, por el que se transmitían las consignas del poder y se daba a conocer a las colectividades la personalidad de los gobernantes y su extremada capacidad para protegerlas. Las poblaciones de la ciudad reciben sin duda las repercusiones de todas estas transformaciones, pero los intercambios internos no dejaron de ser los mismos de antes, los que proporcionan el suministro a una población alejada de la producción de alimentos.

4.- Sociedad helenística

La originalidad de la sociedad helenística se basa en su diversidad, al intentar integrarse, bajo un sistema intencionalmente unificador, un conjunto de pueblos de tradiciones distintas. En gran medida, se trató de conservar en cada caso las estructuras existentes en los territorios conquistados, pero necesariamente había que contar con un elemento nuevo formado por los griegos, cuyos rasgos sociales se habían modificado en contacto con los macedonios. De hecho, nunca se produjo una auténtica unificación. Las estructuras indígenas basadas en las aldeas perduraron en el mundo oriental y en Egipto. La superposición llevada a cabo por los estados helenísticos no variaba en gran manera de la que se operaba en los estados despóticos. Ahora, los sectores dirigentes estaban formados mayoritariamente por helenos y macedonios, aunque de modo habitual quedaban integradas las clases dominantes de las antiguas monarquías. Sin embargo, los miembros de éstas tomaban, en ocasiones conflictivas, la determinación de sumarse o encabezar movimientos secesionistas o rebeldes, manifestación de descontento colectivo generalmente encauzado como movimiento étnico. El panorama resultaba, de este modo, variado por diferentes conceptos. En primer lugar, el mundo helenístico en su conjunto estaba formado por territorios donde habitaban pueblos diferentes, en algunos de los cuales la población griega resultaba numéricamente superior, pero en otros era mayor el número de la población identificada como bárbara. Dentro del campo occidental, los macedonios experimentaban un proceso creciente de helenización, porque se asentaban en ciudades que imitaban a la polis griega y porque ésta dejaba de ser independiente para pasar a tener sentido sólo como modo de encuadramiento de poblaciones pertenecientes a un estado monárquico de amplia base territorial. Por otra parte, griegos y macedonios habían emigrado a los territorios orientales y se habían asentado en colonias que imitaban las instituciones y las prácticas griegas, pero vivían en el aislamiento entre poblaciones bárbaras, en relaciones a menudo tensas. También era posible que las prácticas orientales se introdujeran en las comunidades procedentes de Grecia y que los sistemas sociales tendieran en esos momentos a homogeneizarse, sobre nuevos fundamentos creadores de la unidad helenística como mosaico de la diversidad. La integración de griegos y bárbaros crea una nueva unidad donde las relaciones sociales llegan a prescindir parcialmente de los fundamentos étnicos, sólo conservados como tales en función de su capacidad productiva en las relaciones de explotación del trabajo. Las diferencias étnicas más duraderas fueron las que respondían a la distribución territorial, encajadas en las fronteras de los reinos, que perduran aún después de la caída de éstos bajo el poder romano. Con ello se estructuraba la nueva ecúmene, fronteriza con los bárbaros, objeto de conquistas territoriales y capturas bélicas, cuando la república en expansión conseguía reconstituir el sistema de la esclavitud que se alimenta de la guerra y transforma al cautivo en mercancía. También las ciudades se conservaron como centros de discriminación, donde los griegos mantenían sus costumbres y pretendían que su superioridad cultural se interpretara como superioridad natural y se tradujera en privilegios políticos y económicos.

Formas de dependencia
Las relaciones entre griegos y bárbaros se resuelven en la aparición de formas específicas de dependencia derivadas de la evolución de las ciudades griegas y de la integración de las poblaciones bárbaras, colectivamente sometidas en la época anterior dentro de los reinos orientales. Principalmente en Oriente, la tierra, fuera cual fuese el sistema de propiedad dominante, estaba trabajada por masas de campesinos que habitaban en ella y que aportaban ganancias a las clases dominantes a través del tributo, al Rey o al templo, a la comunidad ciudadana o a los particulares, ganancias que se distribuían a través de las ciudades, de forma que el colectivo urbano resultaba en cierto modo beneficiario, como explotador de los laoi o masas campesinas, y de este modo se creaba una diferencia antagónica entre la chora y el asty, entre campo y ciudad. En las ciudades de tradición griega se conserva, sin duda, el sistema esclavista clásico. Sin embargo, en éste se han producido algunas transformaciones que vienen a ser confluyentes con las formas de dependencia de procedencia oriental. Las mismas prácticas vinculadas a las más venerables tradiciones griegas, como son las manumisiones de esclavos llevadas a cabo en el santuario de Delfos, tienden a establecer cláusulas que facilitan la conservación de la dependencia de los libertos, obligados por la paramoné a prestar servicios a los antiguos dueños. De este modo, también desde la institución esclavista se consolidan formas de dependencia de personas jurídicamente libres que definen la nueva situación del mundo social en el Mediterráneo oriental.

Esclavos y libres
Al tiempo que se transforma, el sistema esclavista se fortalece gracias a la acción de los estados poderosos, cuya culminación está representada por la república romana, y a la de los piratas, sus antagonistas. Los nuevos estados autoritarios favorecen en Grecia la aparición de nuevos estados conquistados en las guerras, procedentes en muchas ocasiones de las mismas poblaciones griegas. La sumisión política a un buen jefe militar, transformado habitualmente en rey, permite la conservación de la libertad, lo que aumenta su prestigio como evérgeta y soter, salvador de la colectividad. Los piratas etolios y cretenses se dedican a esclavizar poblaciones griegas, que encuentran la protección de los reyes, o de Arato de Sición, que aumenta su protagonismo como protector y su poder hasta transformar la Liga Aquea en una forma de monarquía. Pero también la Liga Etolia establece pactos para proteger a las poblaciones contra la esclavitud. Así los grupos tribales, al introducirse en un mundo dominado por el sistema esclavista en transformación, pasan a desempeñar un papel fundamental dentro de él. Otras poblaciones, como los cretenses, desde posiciones relativamente marginales, pasan a desempeñar un papel igualmente significativo en el proceso crítico de la evolución de la ciudad, al alquilarse como mercenarios, único ejército válido en la defensa de una estructura tendente a sobrevivir como parte de la unidad estatal monárquica. Los libres pobres que no se alquilan como mercenarios, si no disfrutan de alguna protección de reyes o señores que los someta a dependencias de tipo clientelar, pasan a alquilar su trabajo por un misthós o salario, en lo que vienen a coincidir con los esclavos que trabajan alquilados, para entregar la apophorá a su dueño. Son los chorís oikoûntes, que viven aparte de sus señores y realizan los mismos trabajos que los libres, en una nueva confluencia característica del tránsito a la época helenística. Son principalmente las ciudades los ámbitos donde se desarrollan estas relaciones, paralelamente al predominio en la chora del trabajo de los laoi.

Conflictividad social
Las tensiones propias de un momento en que se llevan a cabo nuevas formas de supeditación de las poblaciones, en el tránsito de la ciudad clásica al mundo helenístico, favorecieron el apoyo de las clases dominantes al poder autoritario de los reyes. Ahora bien, en éstos apareció pronto la tendencia a completar la acción de la fuerza con un programa ideológico que los representa como salvadores de las poblaciones oprimidas, a veces porque conseguía liberarlas de la esclavitud a que podían someterlas las acciones de otros reyes o de los piratas, otras porque conseguía aliviar la presión de las clases dominantes sobre ellas, lo que creaba nuevas formas de enfrentamiento, que sólo se resolverían con la presencia romana, única garantía de que se podía conservar el sistema en paz, aumentando las posibilidades de mejorar el aprovisionamiento de esclavos. Reyes o pretendientes obtenían en sus luchas dinásticas el apoyo popular al presentarse como auténticos demagogos, provistos de un programa como el de Demetrio Poliorcetes, que hizo que lo enalteciera el mismo pueblo de Atenas, hasta alturas insospechadas en una ciudad de tradición democrática. Pero era precisamente el demos el que así actuaba. Caso especialmente significativo fue el de los reyes de Esparta. Agis aparece como restaurador de la tradición que prohibía las posibilidades de enriquecimiento por acumulación de tierras, la difusión del oro y de la plata. Para ello propone abolir las deudas y llevar a cabo un nuevo reparto de tierras. El otro rey, Leónidas, amigo de Seleuco, lo que lleva a cabo como contrapartida es una dura restricción de la ciudadanía. Serían las dos formas típicas de la realeza helenística, la que se presenta como salvadora del pueblo y la que restringe sus derechos, ambas significativas del período de conflictos, entre las que cabe inclinarse en uno u otro sentido, aunque también pueden coincidir de modo dialéctico. La primera agudiza los enfrentamientos del rey con la clase dominante, la segunda sólo circunstancialmente aplaza los problemas sociales. Más tarde, Cleómenes, inspirado en la doctrina estoica, según Plutarco, espera que la guerra sirva para solucionar los problemas de la tierra, los instrumentos de la polis en manos de sus ejércitos hoplíticos. Se hallaba entre el tirano arcaico, que Esparta no había soportado, y el rey helenístico. Nabis sería, según Polibio, un tirano, capaz de colaborar con los piratas cretenses. Tras la abolición de deudas y el reparto de tierras, pretendía exportar su revolución como salvador de los griegos. Sólo la presencia romana acabaría en Esparta con las expectativas de cambio de algunos sectores de la población, empobrecidos al cambiar los modos de explotación de la tierra, sin derechos dentro de la ciudad que les permitieran reconstituir un sistema isonómico, mirando nostálgicamente hacia una polis hoplítica.

5.- Cultura y ciencia        

La civilización helenística es la heredera de la civilización griega clásica, planteada como programa de vocación universalista desde la perspectiva de los propios griegos. El resultado es, desde luego, una cultura nueva, pero no debida a la fusión de la griega con las otras culturas, de origen oriental, sino a la implantación de la cultura griega convertida en elemento aglutinador de los elementos propios de los pueblos de Oriente, transformados en exotismos útiles para la formación de una nueva imagen de lo helénico. De este modo, los distintos aspectos de la vida cultural evolucionaron de acuerdo con su mayor o menor vinculación a las clases dependientes.

Filosofía helenística
En el plano representado por las escuelas filosóficas las corrientes dominantes derivan claramente de las existencias en la ciudad clásica y representan los impactos que en ella se producen como consecuencia de la crisis y de la ampliación de la ecúmene. En todas ellas domina, en cierto modo, la necesidad de representarse el mundo de modo estático, por lo que vienen a ser modos reductivos de enfocar problemas viejos, al prescindir de la capacidad dinámica que dominaba el pensamiento de la polis. La Academia posterior a Platón tiende a reducir a una fórmula la teoría de las ideas, mientras que en el Liceo triunfa exclusivamente el ánimo clasificatorio que definiría posteriormente a la Escuela, fuente de dogmatismos intelectuales. El estoicismo, corriente vinculada por forma y contenido a las nueva concepción ecuménica del mundo, se revelaría como poseedor de una gran ductilidad, por su capacidad de integrar posiciones variadas en torno a diversos problemas teóricos y prácticos. En definitiva, se trata más que nada de una postura ante el mundo representado en su nuevo aspecto, universal y unificado por las conquistas y las nuevas estructuras políticas y administrativas. Las dificultades para comprender el proceso de cambio que ahora se produce se manifiesta de varias maneras, en el escepticismo, que declara la incapacidad para el conocimiento, o en el epicureísmo, escuela que opta por profundizar en el conocimiento científico como modo de resistir a los inconvenientes que lleva consigo el contacto intelectual con la realidad inmediata. Los cínicos optan por el alejamiento de la vida pública, para elaborar teorías intelectuales que posteriormente desempeñarán una función pública, como contrapunto al poder despótico de los reyes, a los que proporcionan una teoría válida para ofrecer la alternativa al despotismo. Así, los cínicos que se oponen al Rey se convierten en los teóricos de una forma de realeza proyectada hacia el mundo helenistico-romano.

Religión helenística
El mundo religioso ofrece, naturalmente, una mayor complejidad, pues en él se manifiestan de modo más inmediato las relaciones entre clases y entre pueblos. El panteón olímpico sólo se modifica en el sentido de acentuar sus aspectos más alejados de las preocupaciones intelectuales más inmediatas y de concentrarse en las festividades oficiales de las ciudades, que pretenden seguir siendo símbolo de los poderes de las autoridades establecidas. Sin embargo, algunos de los dioses clásicos, portadores de los rasgos adecuados a una nueva funcionalidad en el ámbito de las clases populares, se integran en su mundo de religiones mistéricas, herederas de las clásicas, pero tendentes a asimilarse a la religiosidad oriental, representada por Isis y Serapis, Atis y Cibeles. De este modo, las religiones orientales se difunden en el mundo helenistico, tanto como nunca lo habían hecho en el mundo de la polis, pero ahora pasan a desempeñar una nueva función, griega, para encauzar ideológicamente las aspiraciones de las nuevas poblaciones libres, tendentes a configurar formas de dependencia específicas. Al lado de ello, los estados pretenden organizar sus sistemas propios, atribuyendo a los jefes políticos poderes sobrenaturales que los hacen capaces de organizar de forma nueva la sociedad. En esta dinámica entre las formas estatales de controlar al pueblo y las tendencias del pueblo mismo a crear sus formas específicas de expresión se constituye el mundo helenístico-romano, campo de tensiones y foco de difusión de las concepciones ideológicas dominantes, como cauce hacia el futuro de la integración del mundo intelectual anterior.


XI.- VIDA COTIDIANA EN GRECIA
Inicio: Año 1200 a. C.
Fin: Año 200 a. C.

A través de las fuentes escritas, las pinturas de las cerámicas o los relieves podemos conocer como era la vida cotidiana de los griegos, cómo vestían, cómo se divertían, dónde vivían, cuáles eran sus creencias, qué hacían las mujeres, cómo estaba constituida su sociedad, cómo era su arte, cualés eran sus pensamientos filosóficos, su literatura o sus ciencias. De esta manera conoceremos un poco más de cerca la verdadera vida de Grecia, alejándonos de las tradicionales batallas y enfrentamientos entre los diversos rivales.

1.- Lengua y literatura

La lengua griega se integra en el grupo de las lenguas indoeuropeas. Su alfabeto es de origen semítico, concretamente fenicio, aunque desconozcamos la fecha exacta de su utilización. Cada una de las diferentes polis que integraban la Hélade tenía su propia lengua, si bien podemos agruparlas en cuatro grandes grupos: el dialecto jónico-ático, el dórico, el eólico y el aqueo. El ático se convertirá en el dialecto más empleado por los grandes literatos y en época de Alejandro se puede considerar como el embrión de la lengua griega. Como es lógico pensar, no se ha conservado más que una pequeña parte de obras literarias, estableciendo los especialistas una división en diferentes periodos para conocer mejor la producción. Entre los siglos X-VI a. C. nos encontramos con la época arcaica; los siglos V y IV abarcan la fase clásica mientras que la alejandrina se desarrolla entre los siglos III y I a. C. De la época arcaica apenas quedan manifestaciones, aunque existiría una lírica primitiva donde se cantaban los momentos de tristeza y los de alegría, bien colectivamente o de manera más intimista. Homero es el literato más famoso de este momento, considerado el autor de dos de las obras más importantes de la Literatura Universal: la Iliada y la Odisea. Hesiodo es el máximo representante de la escuela doria, más pedagógica. Se considera el autor de Los trabajos y los días y La Teogonía, donde narra el origen del mundo. Esopo sería el continuador de esta escuela moralista, autor de unas 400 fábulas finalizadas con moraleja. La lírica toma cada vez más importancia a partir del siglo VII a. C. destacando figuras como el ateniense Solón, de cuya obra elegante y moralizadora nos han quedado algunas muestras. Arquíloco sería el representante de la poesía satírica mientras que la poetisa Safo es la máxima exponente de la escuela de Lesbos, caracterizada por la simplicidad. La poesía bucólica está representada por Teócrito de Siracusa, autor de los Idilios. Píndaro será el mejor poeta de la lírica dórica, a pesar de que no conservamos muchos ejemplos de su arte, siendo lo más importante los Epicinios. La fase clásica será la de mayor esplendor, desarrollándose los dos grandes géneros dramáticos: la tragedia y la comedia. La tragedia es la forma literaria que deriva del culto dionisiaco, constituida en un primer momento por el coro y un contestador, tratándose de un teatro político ya que el estado paga a los autores y controla las obras. La primera tragedia documentada se atribuye a un tal Tespis, poeta del siglo VI que reorganizó las representaciones en honor a Dionisos. Esquilo, Sofocles y Eurípides serán los mejores autores de tragedias, mostrándonos al ser humano en su momento más intenso, enfrentándose con su Destino. Esquilo es considerado el verdadero creador de la tragedia al introducir un segundo actor y reducir el coro, dotando a sus obras de un significativo contenido heroico y religioso. Sus obras más importantes son Los persas, especie de drama histórico, Los siete contra Tebas donde nos cuenta la guerra provocada por la rivalidad de dos hermanos, y La Orestiada. Sofocles aportará a la tragedia griega su forma clásica, más humanizada, al introducir un tercer actor y reforzar el coro, aunque disminuya su importancia, desarrollando el drama a través de la psicología individual como se pone de manifiesto en las 123 obras que compuso entre las que destacan Antígona, Edipo Rey, Electra o Filoctetes. Eurípides intentará poner de manifiesto la desilusión del héroe, a través de recursos psicológicos y naturalistas, mostrando pasiones y sentimientos, anticipándose al drama burgués al centrar la acción en la vida cotidiana como podemos apreciar en Medea, Hipólito o Las Troyanas. La comedia será elevada a género literario por un tal Epicarno de Siracusa. Su objetivo será hacer que el público tome conciencia de los problemas que le invaden a través del humor. La sátira política alcanzará su mayor desarrollo en esta época, siendo Cratino de Atenas uno de sus principales promotores. Aristófanes nos presenta los problemas de la ciudad y diferentes cuestiones de carácter social en sus obras más famosas: La asamblea de las mujeres, Las avispas o Las nubes. Meandro de Atenas se convertirá en el mejor representante de la comedia "nueva" caracterizada por su tono menos satírico e incluso apolítico como se manifiesta en El misántropo o La bella de los rizos cortados, obras donde se nos presentan cuadros de costumbres. En época clásica tenemos las primeras muestras historiográficas de importancia con Herodoto de Halicanarso, Tucídides y Jenofonte. Herodoto es considerado por Cicerón el "padre de la Historia". Su espíritu viajero le llevó a diversos países, dejando constancia escrita de lo que observó. Su obra principal lleva el título de Histories apodeixis y está dividida en nueve libros donde narra el enfrentamiento entre persas y griegos. Su profunda religiosidad le lleva a considerar que los dioses han determinado el proceso histórico. Tucídides es considerado el creador de la narración histórica objetiva al eliminar los elementos míticos o legendarios. Los acontecimientos históricos están determinados por factores geográficos, políticos y humanos modificables, no por la decisión de los dioses como se pone de manifiesto en su obra Historias de la guerra del Peloponeso. Jenofonte narra en su Anábasis, con un estilo fácil, las campañas de la lucha de Ciro el Joven con su hermano Artajerjes y la retirada de los mercenarios griegos al servicio de los persas. El periodo alejandrino trae consigo la aparición de dos importantes focos literarios, producto de la desmembración del Imperio de Alejandro: Pérgamo y Alejandría. En la lírica encontramos a Calímaco de Cirene, Teócrito de Siracusa y Apolonio de Rodas, autor de Los Argonaúticas, donde intenta resucitar la poesía épica aunque con escaso éxito. En el ámbito teatral, Herondas de Siracusa nos presenta asuntos de costumbres de manera irónica, poniendo de manifiesto la crisis que vivía el teatro convencional.

2.- La ciencia

El contacto de Grecia con las civilizaciones vecinas de Egipto y Mesopotamia va a resultar determinante para la evolución de su ciencia, superando en la mayor parte de los campos a sus maestros. En matemáticas se produjo un importante avance al introducir signos numerales similares a los latinos, utilizando tablas para realizar los cálculos. La geometría se desarrolló espectacularmente gracias a Tales de Mileto y Pitágoras, quienes desarrollaron la teoría de los triángulos semejantes y el famoso teorema, respectivamente. La figura de Euclides será capital al resumir las teorías matemáticas y sentar las bases de la geometría con sus famosos axiomas. La ingeniería avanzará espectacularmente gracias a los trabajos de Empédocles de Agrigento - inventor de un calorífero -, Ctesibio - constructor de una bomba contra incendios, de un autómata y una bomba para elevar agua -, Filón de Bizancio - creador de fuentes móviles - y Arquímedes de Siracusa - inventor de las poleas compuestas y de un cañón que lanzaba pequeños proyectiles gracias al agua -. El estudio matemático será fundamental para el desarrollo de otras ciencias como la astronomía, realizando las primeras especulaciones sobre la posibilidad de que la Tierra fuera plana y estuviera flotando en el espacio, no sujeta a algún elemento como se creía hasta ese momento. Pitágoras ya planteó la posibilidad de la esfericidad mientras que Anaximandro señaló que la Tierra era el centro de un conjunto, girando en círculos a su alrededor la Luna, el Sol y las estrellas, teoría que fue ampliada por Aristóteles quien introdujo los planetas en su sistema. Sin embargo, Aristarco de Samos ya planteó que la Tierra era un planeta más por lo que debía girar alrededor del Sol. Hiparco de Bitinia desarrolló la trigonometría, de gran utilidad para la medición del espacio, alcanzando conclusiones bastante acertadas respecto al diámetro de la Luna o su distancia respecto a la Tierra. El deseo de conocer la Tierra llevó a su representación gráfica, provocando la evolución de la geografía. Se establece la distinción entre Europa y Asia, oriente y occidente, y los cuatro puntos cardinales. Los mapas permitirán un giro radical en los viajes, que a su vez favorecerán el desarrollo de la cartografía. Una de las figuras que más aportará en este sentido será Alejandro al promover su campaña conquistadora de Asia, alcanzando los confines de la India. Dicearco estableció la circunferencia de la Tierra en 54.000 kilómetros mientras que confeccionó el mejor mapa de su tiempo y redujo la medida a unos 39.600 kilómetros, planteando la posibilidad de poder viajar desde la península Ibérica a la India por mar, anticipándose así a Colón. Eratóstenes es considerado el mejor geógrafo de la Antigüedad. La medicina experimentará importantes avances, manifestando Hipócrates de Cos que "todas las enfermedades tienen una causa natural, sin la cual no pueden producirse". A pesar de esta acertada máxima, todavía se otorgaba un importante papel a la magia en la curación de enfermedades. Continuando el nivel médico alcanzado en Egipto, la medicina griega obtuvo un grado de desarrollo significativo, introduciendo la experimentación como fórmula de conocimiento. En esta línea debemos plantear la habitual práctica de disecciones a partir del siglo V a. C., estableciéndose un amplio número de escuelas médicas en todo el territorio de la Hélade. Figuras como Alcmeón de Crotona - autor del primer tratado médico griego conocido -, Empédocles - quien sanó a la ciudad de Selinunte de la malaria al desviar el cauce de uno de los ríos para incrementar de agua al otro -, o Demócrito de Abdera anteceden a Hipócrates, quizá el médico más popular de Grecia gracias al famoso Juramento Hipocrático y a la realización de importantes operaciones con las que consiguió curar a numerosos enfermos. Proxágoras de Cos establecería una aceptable distinción entre venas y arterias al tiempo que planteaba como entre la columna vertebral y el cerebro existía continuidad. Serapión de Alejandría y Filino de Cos son los creadores de la escuela empírica basada en la experiencia y en la observación, produciéndose un importante desarrollo de la cirugía, destacando Filoxeno de Alejandría, el autor del primer tratado de cirugía conocido. Pero no debemos olvidar la importancia de los santuarios de Asclepios y Dionisos como lugares de curación relacionados con la magia, realizándose ceremonias curativas en las que el dios y el enfermo se unían para sanar los males. Los baños serán una de las terapias más recomendadas por los médicos helenos, existiendo una red de balnearios curativos frecuentemente visitados. La sanidad era costeada en buena parte por el Estado al pagar a los médicos y financiar los tratamientos de los sectores sociales más humildes. En relación con la medicina se produjo también un importante desarrollo de la botánica gracias a Empédocles, Teofrasto o Aristóteles. Las plantas fueron divididas en árboles, arbustos e hierbas. La botánica permitió el avance de la farmacología, elaborándose herbarios que compilaban las plantas medicinales conocidas. El año heleno tenía 12 meses de 30 días resultando un desfase de 11 días con respecto al año astronómico. Para solucionarlo incorporaron un nuevo mes cada dos años aunque tampoco el resultado fuera perfecto lo que obligó a continuas modificaciones. Los meses estaban divididos en tres grupos de diez días y respecto a la hora, siguieron la división caldea de una hora como la vigesimocuarta parte del día, estando dividida en 60 minutos, cada uno de ellos dividido a su vez en 60 segundos. La medida del tiempo se realizaba con relojes de arena y de agua.

3.- Filosofía

Etimológicamente, la palabra filosofía procede de los términos griegos philein (amar, aspirar) y sophia (sabiduría) por lo que su significado sería amor o aspiración a la sabiduría. Numerosos autores antiguos consideran a Pitágoras como el inventor del término ya que en su viaje por Grecia fue interrogado por el tirano Leonte de Fliunte sobre su profesión a lo que él respondió que no era sabio sino amante o buscador de la sabiduría (filósofo). El objetivo de la filosofía es, por lo tanto, saber, conocer, dar respuesta a las preguntas que todos nos planteamos relacionadas con la naturaleza y su creación, abandonando los mitos para dar protagonismo al logos. Los filósofos presocráticos están considerados como los promotores del cambio de pensamiento experimentado en Grecia. No formaron una escuela e incluso tienen pensamientos diferentes pero fueron los primeros en plantearse la búsqueda del saber. Tales de Mileto (624-546) será considerado el padre de la filosofía por Aristóteles. Considera el agua como el elemento único de lo que todo está hecho, otorgando un importante papel al movimiento. Anaximandro de Mileto (610-547) continuó la obra de Tales e introdujo el apeirón como el elemento clave del universo, desde donde se originarán parejas de contrarios que serán las causas de todos los procesos. El hombre sería el descendiente de los peces. Para Anaxímenes (588-524) el origen de todas las cosas está en el aire, desde donde parten los diferentes elementos. Pitágoras de Samos (580-496) formó una comunidad filosófica en Crotona con durísimas normas de convivencia. Su pensamiento se basa en los números por lo que profundizó en las matemáticas, en la música y en la astronomía. Planteó la teoría de la transmigración de las almas, estando las almas castigadas a permanecer junto a un cuerpo del que se separarían tras la muerte, desarrollando una reencarnación considerada regeneradora. Jenófanes de Colofón (570-475) plantea que sólo hay "un Dios que es Uno y Todo" y de él proceden todas las cosas, renunciando así a las teorías del antropomorfismo y la pluralidad de dioses. Heráclito de Efeso (544-484) continuó con esta línea e incluso avanzó al considerar que la religión sólo era útil para los que temían a la muerte. "Todo fluye y nada permanece" será su máxima, apuntando a la guerra de contrarios como el principio de la creación. Parménides de Elea (515-440) se opone a Heráclito, siendo considerado el creador del método racionalista. Los planteamientos de Parménides serán rechazados por Demócrito de Abdera (460-370) al plantear la existencia de átomos que conforman las diferentes cosas. Zenón de Elea (490-430) se considera el creador de la Dialéctica aunque alcanzaría más fama por sus argumentos sobre el movimiento al plantear que Aquiles nunca alcanzaría a una tortuga si ésta obtuviera ventaja. Empédocles de Agrigento (490-430) considera que el origen del Universo está en los cuatro elementos: agua, aire, tierra y fuego, presentes en todas las cosas. El amor sería la fuerza que une a esos elementos mientras que la discordia o el odio los separa. Anaxágoras de Clazómene (499-428) considera la existencia de unas partículas como las componentes de las cosas, organizadas gracias a una mente rectora después del caos inicial. Rechazaba el planteamiento de la desaparición tras la muerte. Los sofistas forman una importante escuela desde donde aportarán fundamentales dosis de crítica y relativismo a la ciencia, la historia, la ética o la religión. Proponen impartir una formación general a los jóvenes para adaptarlos a la vida pública, a través del conocimiento del arte de hablar o retórica, del arte de la prueba o dialéctica y de la educación cívica. Protágoras de Abdera (480-410) puede ser considerado como el más importante entre los sofistas, incorporando significativas muestras de relativismo y subjetivismo a su pensamiento al considerar al hombre como la medida de todas las cosas, así como de escepticismo cuando plantea que la virtud es la destreza del fuerte. Gorgias de Leontino ahonda en ese escepticismo mientras que Hipias de Elis manifiesta que la ley es la tiranía del individuo. Sócrates (469-399) supera el escepticismo sofista y crea la filosofía antropológica al contraponer a la sensación la universalidad de la razón. El hombre debe alcanzar la verdad mediante el autoconocimiento ("conócete a ti mismo" será uno de sus planteamientos favoritos) y desarrollar su intelecto ("sólo sé que no sé nada"). La ignorancia nos llevará a la maldad por lo que a través del conocimiento y la inteligencia alcanzaremos la virtud. Pero esa inteligencia hay que desarrollarla, estimulando la búsqueda del conocimiento y de la razón "característica principal del hombre" según Sócrates. El daimónion (voz interior) constituye la única guía moral del individuo. Su oposición a las clases dirigentes provocó una acusación de impiedad y de corrupción de menores por lo que fue condenado a beber la cicuta. Sus amigos y colaboradores le posibilitaron la huida de Atenas a lo que él rehuyó. Platón (427-347) debe este nombre a la amplitud de su espalda, considerándose que se llamaba Aristocles, como su abuelo. Oponiéndose a la relatividad manifestada por los sofistas, Platón se interesa por la doctrina de Sócrates desde donde parte para desarrollar sus propios planteamientos basados en la existencia del mundo de las Ideas y el mundo del Ser, contrapuestos al mundo de las Apariencias. La formación del mundo se debe a una inteligencia, a un demiurgo, que desarrolla las apariencias (no ser) tomando las ideas como punto de partida. El individuo está formado de cuerpo y alma, siendo ésta inmortal. Existe un número limitado de almas por lo que es necesaria la reencarnación. Esta unión de alma y cuerpo es accidental y violenta. El Estado platónico está estructurado en tres clases: los filósofos que gobiernan, los guerreros que defienden a la sociedad y los artesanos que trabajan. La finalidad del Estado es que sus ciudadanos sean felices por lo que la Justicia debe ser la rectora, junto a la Prudencia, la Fortaleza y la Templanza. Todos estos planteamientos están recogidos en sus principales obras como El banquete, La república, Timeo o Fedón, estructuradas en forma de diálogos donde el protagonista es Sócrates hablando con sus discípulos. En el año 387 a. C. fundó la Academia de Atenas. Aristóteles (384-322) se formó en la Academia Platónica y fue nombrado preceptor de Alejandro por su padre, Filipo de Macedonia. A su regreso a Atenas fundó el Liceo donde se desarrolla la escuela peripatética denominada así porque los discípulos recibían la enseñanza mientras paseaban por el jardín. Aristóteles abarca todo el saber de su época, rechazando el idealismo platónico para fundar la lógica formal a través de su Organon donde basa la reflexión analítica, la construcción especulativa y el método empírico. El Organon está constituido por la Metafísica, la Física, la Lógica, la Política y la Retórica. La Metafísica estudia el ser en cuanto a ser, compuesto de materia y forma por lo que el ser es múltiple y no único. Una de las más importantes aportaciones de Aristóteles es la relación entre potencia y acto. El paso de la potencia al acto es el devenir, devenir que implica la existencia de una causa primera, un "primer motor inmóvil" que sería Dios, la "causa de las causas". Alma y cuerpo forman un solo ser. El fin del hombre es la felicidad, siendo el Estado el lugar apropiado para alcanzar esa felicidad mediante la virtud. Las conquistas militares de Alejandro provocarán la expansión y el contacto de la cultura griega hacia Oriente. Aparecen en esta época helenística nuevas corrientes de pensamiento como las escuelas epicúrea, estoica o cínica que se mantendrán hasta la época romana. Los epicúreos se interesan por el placer, por el goce continuo, siempre que ese disfrute sea regido por la inteligencia. La escuela estoica fue fundada por Zenón de Citio (335-264) y debe su nombre a las lecciones impartidas en un pórtico (stoa en griego). El acertado uso de la razón y la práctica de la virtud serán los dos puntales de esta filosofía, manteniendo siempre la independencia con el exterior. Los cínicos tuvieron en Diógenes de Sínope (404-323) a su máximo representante, siendo famosa la anécdota, posiblemente falsa, del encuentro con Alejandro. El monarca fue a visitar al filósofo que vivía en un tonel y sin apenas recursos, ofreciéndole lo que quisiera. La respuesta de Diógenes fue que se apartara porque le estaba quitando el sol.

4.- Religión

La historia de los griegos no se comprende bien sin la presencia constante de un pensamiento mítico muy desarrollado: el mito está enraizado en aspectos transcendentales de su vida individual, como el nacimiento, la boda o la muerte, y de su existencia colectiva, como pueden ser las fiestas sagradas de la ciudad o los rituales que conlleva la fundación de una colonia. Los griegos poseyeron un especial instinto para transmitir todo su complejo bagaje mítico mediante una rica y desarrollada expresión plástica y oral. Hesiodo y Homero serán los principales autores que nos aportan noticias de esa mitología griega que será heredada por los romanos. Sólo estos textos sirven de referencia para conocer el panteón helénico ya que, a diferencia de otros pueblos, los griegos no nos han dejado textos de carácter religioso, posiblemente porque no los tuvieron. Como la mayor parte de los pueblos de la Antigüedad, los griegos eran politeístas. Los dioses serán simples personificaciones antropomórficas de las fuerzas de la naturaleza que el hombre, en un momento temprano e inmaduro de la historia, comprendió a su propia medida. Esos dioses serán inmortales pero manifiestan aspectos humanos como bien narra Homero en la Iliada. La mayoría de estos dioses vivían en el monte Olimpo y allí tenían lugar las reuniones divinas amenizadas por música, comida y bebida, el néctar y la ambrosía, alimentos exclusivos de los dioses que dotaban de inmortalidad a quien los consumía. Entre dioses y hombres hay un continuo diálogo, expresado en múltiples ocasiones con relaciones sexuales de las que nacen héroes, alcanzando algunos la inmortalidad. Y es que los dioses griegos se preocupan de proteger a los individuos, sin otorgar respuestas sobre el futuro tras la muerte. En otras ocasiones los mortales rechazan a los dioses como Odiseo que renunció a la inmortalidad ofrecida por la diosa Calipso a cambio de vivir juntos en una isla. Odiseo prefirió a Penélope, su mortal esposa. Antes de la aparición de los dioses sólo existía el desorden del Caos, rodeado por la oscuridad eterna. Del Caos, sin explicación alguna, nacieron dos hijos, la Noche y la Muerte. En el universo no existía otra cosa hasta el nacimiento del Amor, hijo de la Noche y la Muerte, "un huevo nacido del viento (que la Noche puso) en el seno del sombrío y profundo Erebo (la Muerte)" según el poeta Aristófanes. El Amor primero creó la Luz y el Día y después la Tierra y el Cielo, Gea y Urano según los griegos. De la relación existente entre ellos nacieron los monstruos, destacando los tres Cíclopes llamados así porque tenían un solo ojo circular en la frente de sus 50 cabezas, y los Titanes. Cuando el titán Cronos castró a su padre, Urano, de la sangre manada nacieron los Gigantes y las Furias, guardianas de la vida humana y perseguidoras de los pecadores. Cronos consiguió expulsar a todos los monstruos de la Tierra y reinó durante tiempo inmemorial acompañado de su esposa-hermana Rea. Las divinidades primordiales y preolímpicas son: Gea.- La Tierra, como diosa primordial, esposa de Urano, al que a su vez engendró, y madre de los Gigantes, de los Titanes y de Cronos. Urano.- Divinidad primordial del Cielo y esposo de Gea. Dejaba a sus hijos encerrados en las entrañas de la Tierra hasta que uno de ellos, Cronos, lo castró. De la sangre de esta emasculación, caída sobre el mar, nació Afrodita. Cronos.- Hijo de Gea y Urano, al que castra con una hoz en complicidad con la madre. Esposo de Rea, devoró a todos sus hijos para evitar que reinaran, hasta que, al nacer Zeus, Rea le engañó, haciéndole tragar una piedra envuelta en un pañal. Zeus le destronó. Atlas y Prometeo.- Titanes, hermanos, condenados por Zeus. Atlas sostiene la bóveda del cielo mientras que Prometeo robó el fuego celeste que entregó a los hombres. Proteo, Nereo y las Nereidas.- Dioses originarios del mar, cuyos secretos conocen y guardan. Nereo es el padre de las Nereidas, las cincuenta ninfas del mar entre las que se encuentra Tetis. Poseidón asumirá en parte sus funciones. Los doce dioses olímpicos son: Zeus.- "Padre de dioses y hombres", divinidad del rayo y de la tormenta. Hijo de Rea y Cronos, al que destrona en las luchas por la soberanía olímpica. Vence a los Titanes y al monstruo Tifón. Es esposo de Hera y padre de Hefesto, el dios cojo del fuego, y de Ares, el dios de la guerra. Da a luz a Atenea que nace de su cabeza. Sus amores con diosas y mortales serán habituales, teniendo un buen número de descendientes. Atenea es la diosa de Atenas. Hija de Metis y Zeus, es representada armada con casco, lanza y una piel de cabra bordeada por serpientes. Es la diosa de la inteligencia. Afrodita.- Divinidad de origen oriental del amor y la fecundidad. Nació en las olas del mar por efecto de la castración de Urano. Casó con Efesto y amó en adulterio a Ares. Se unió en el lecho con un mortal, el troyano Anquises. Febo.- Hijo de Zeus y Leto, que le dio a luz en la isla de Delos, junto a su hermana Artemis. En Delfos poseyó el oráculo más famoso de la antigüedad. Dios de la adivinación y la música, tocaba la cítara acompañado por las Musas. Hera.- Esposa de Zeus, es la diosa protectora del matrimonio y de la dignidad femenina, aunque tendrá que enfrentarse a las numerosas infidelidades de su marido. Hestia era la diosa protectora del hogar siendo su emblema el fuego sagrado que nunca debía extinguirse. Poseidón era el dios del mar y de las aguas, sucesor de Proteo en este importante cargo. Era hermano de Zeus y padre del cíclope Polifemo, siendo el tridente su emblema característico. Artemisa era la diosa de la caza, los bosques y la castidad. Personificaba a la Luna y era la hermana de Apolo. Hefesto era el dios del fuego, protector de la industria y creador de las joyas de los dioses y las armaduras de los héroes. A pesar de ser cojo y contrahecho, casó con Afrodita, descubriendo su infidelidad con Ares gracias a Apolo. Ares era el dios de la guerra. Hijo de Zeus y Hera y amante de Afrodita. Se le representa con casco y escudo. Hermes es el mensajero de los dioses y el dios del comercio. Siempre aparece representado con alas en los pies y el caduceo en la mano. Hades era el dios de la muerte y de los infiernos, hijo de Cronos y de Rea. Para llegar a su reino se debía cruzar la laguna Estigia, siendo el barquero Caronte el encargado de llevar a las lamas de un lado al otro, cobrando un óbolo. Esta es la razón por la que los muertos eran enterrados con una moneda en la boca. Entre los dioses menores destacan: Eros es el dios del Amor, hijo de Afrodita y Zeus. Los relatos le presentan como un hermoso adolescente que llena de bienes a los individuos. Frecuentemente se le representa ciego y acompañado de Himeneo, el dios que presidía los festejos nupciales. Hebe era la hija de Zeus y Hera, considerada la diosa de la juventud y una de las escanciadoras de bebida a los dioses. Dionisos.- Hijo de Zeus y Semele, también llamado Baco. Era el dios de la vegetación y del vino. En la playa de Naxos descubrió y amó a Ariadna, la hija de Minos, abandonada por Teseo. Demeter es la divinidad agraria de la tierra y madre de Perséfone, muchacha que fue raptada por Hades al reino subterráneo o infernal. Su madre la buscó por toda la tierra. Encargó al héroe Triptólemo que enseñara a los mortales el cultivo del trigo. Entre los héroes vamos a destacar a: Herácles, hijo de Alcmena y de Anfitrión como padre mortal y de Zeus como padre divino. De descomunal fuerza, se le atribuyen numerosos trabajos así como la liberación del mundo de monstruos y males. Teseo será el más popular de los héroes atenienses. Ayudado de Ariadna, venció al Minotauro y salió del laberinto. En la playa de Naxos abandonó a la joven. Atalanta era una excelente corredora que fue abandonada por su padre y criada por una osa. Participará en la caza del jabalí de Calidonia, clavando la primera flecha mortal al animal. Desafió a sus pretendientes a vencerla en una carrera, saliendo siempre airosa hasta que Hipomenes obtuvo el triunfo merced a tres manzanas de oro que le había entregado Afrodita. Nunca existió en Grecia una casta sacerdotal que elaborara y ordenara los asuntos religiosos. Serán los poetas las máximas autoridades en materia religiosa. Cada ciudad rendía su homenaje a los dioses a través de los sacrificios, los himnos, las procesiones, los certámenes y los concursos gimnásticos. Algunas de estas fiestas revestían un carácter supranacional como las celebraciones y certámenes que se celebraban cada cuatro años en torno al santuario de Zeus en Olimpia o las llamadas Pitias que tenían lugar en el santuario de Apolo en Delfos. Se decretaba una tregua durante el tiempo de las fiestas y los juegos que se desarrollaban, compitiendo los mejores atletas, músicos, poetas, etc. por obtener el triunfo. En Atenas se celebraban también cada cuatro años las Grandes Panateneas que culminaba con la ofrenda del peplo nuevo a la diosa, tal y como se representan en los frisos del Partenón. Los dioses olímpicos viven lejos y no se ocupan demasiado de los asuntos humanos. Esa es la sensación que tendrán los griegos en un momento de crisis religiosa como lo fue el siglo IV a. C. y el posterior helenismo. Los dioses se hicieron más lejanos y resultaba más difícil encontrarlos y dialogar con ellos. Esa es la razón por la que en época helenística los hombres tuvieran la esperanza de encontrar dioses más cercanos a los olímpicos, dioses que bajaran a la tierra. Los nuevos monarcas helenísticos, inspirándose en el modelo oriental que adopta Alejandro, acabarán convirtiéndose en los nuevos dioses hechos de carne y hueso que el hombre anhelaba desde antiguo. Estas crisis religiosas motivaban el desarrollo de oráculos y presagios, siendo el más famoso el de Apolo en Delfos donde la Pitonisa servía de transmisión de las respuestas del dios que serían interpretadas por los sacerdotes del templo. La joven pitonisa mascaba laurel y algún alucinógeno que provocaba el éxtasis y el encuentro con Apolo.

5.- Ciudades y casas

La disposición de las ciudades griegas está determinada por la orografía del lugar donde se asentaban si bien en la mayoría de ellas encontramos determinados elementos significativos como son la acrópolis, el ágora y las murallas. La acrópolis era el lugar sagrado, situado generalmente sobre una colina, sirviendo como espacio de reunión de la población en caso de ataque o asedio enemigo. El ágora era el centro de la vida ciudadana y allí se desarrollaban las actividades políticas y económicas. Las casas estaban situadas sin un plan urbanístico preconcebido, con calles estrechas y sinuosas, sin ningún tipo de pavimento, presentando, por regla general, un aspecto descuidado, llenas de suciedad. Era frecuente que los niños fueran abandonados por sus padres en las calles; también existía un amplio número de vagabundos que vivían donde les era posible. A pesar de la existencia de un grupo de funcionarios que debían vigilar las vías públicas, el aspecto general de las urbes griegas debía ser bastante deplorable. La ciudad estaba dividida en barrios diferenciados según las clases sociales o la ocupación artesanal de sus habitantes. La excepción a este caos urbanístico debió ser la ciudad de Mileto donde el arquitecto Hipodamo desarrolló una traza cuadriculada, que en su memoria se llama también red hipodámica. Teniendo como ejemplo la ciudad de Mileto se construyeron un buen número de urbes en las colonias y en Asia cuando se produjo la expansión helenística con Alejandro. La mayoría de la población helénica habitaba en unas casas bastante modestas, construidas con materiales absolutamente perecederos por lo que apenas conservamos testimonios arqueológicos. Estas casas estaban organizadas alrededor de un pequeño patio donde solía estar el pozo en el que se recogía el agua de la lluvia, patio que servía de punto de partida para el acceso a las diferentes habitaciones que apenas tenían ventanas. Los techos eran planos y en numerosas ocasiones sirvieron para levantar sobre ellos una segunda planta que sobresalía sobre el eje de la calle, lo que era castigado por la administración pública con tributos. Los suelos de las viviendas eran de barro. Para evitar incendios el fuego era encendido en la calle, aunque no era muy frecuente la existencia de braseros ni chimeneas debido a la carestía de la leña y la práctica inexistencia de conductos de ventilación en los hogares. Cuando el agua del pozo no era suficiente debía acudirse a la fuente pública, trabajo casi siempre reservado a las mujeres. Las casas de los potentados disponían de mucho más lujo aunque también tenían como eje un patio central con columnas llamado peristilo. Al fondo de este patio encontramos la sala principal, denominada androceo, y en un lugar más alejado se halla el gineceo, habitación matrimonial. Los primitivos suelos de barro fueron posteriormente cubiertos con mosaicos. Parece ser que el mobiliario utilizado por los griegos no era muy abundante, independientemente del grado de riqueza de los habitantes de las casas. Quizá el elemento más importante fuera la cama, utilizada en variadas funciones, acompañada de mesas, sillas, cofres y almohadones.

6.- Las mujeres

A pesar de la existencia de un sistema democrático en Atenas, las mujeres carecían de derechos ciudadanos. Su función primordial era el matrimonio que se realizaba a edad temprana, aproximadamente a los 15 años. Las niñas de las clases acomodadas iniciaban su educación a los seis años, bajo la tutela de sus madres, enfocada al conocimiento de las labores domésticas, el hilado y el tejido. Sólo en época tardía acudirán a las escuelas. El matrimonio solía ser concertado por los padres, quienes debían dotar a la novia. Se hacía pública la intención de casar a una hija e inmediatamente se presentaban los pretendientes que a veces se aposentaban en la casa como se manifiesta en la Odisea cuando el héroe de Itaca no llega y Penélope debe contraer matrimonio. Una vez elegido el mejor pretendiente, éste hace diversos regalos a su futuro suegro. El amor entre los cónyuges, como es lógico pensar, no era el instrumento que llevaba a la boda. La mujer quedaba absolutamente sometida al marido, siendo el objetivo de la esposa tener hijos varones con los que perpetuar la especie. Ni siquiera tenía derecho a las propiedades del esposo y podía ser expulsada del hogar cuando éste fallecía. La viuda era de nuevo casada con otro pretendiente elegido por el tutor. La vida de las mujeres atenienses acomodadas no debía ser muy divertida. Normalmente estaban encerradas en casa, saliendo con ocasión de las fiestas religiosas o para visitar amistades. Su ocupación giraba en torno a la educación de los hijos y a la dirección de las labores domésticas realizadas por la servidumbre. No participaban en los grandes banquetes y dormían separadas de su esposo, que las requería en la cámara nupcial cuando deseaba mantener relaciones sexuales con ella. La dependencia del marido era tal que podía amonestarla, repudiarla o matarla en caso de adulterio, siempre que éste estuviera probado. Las mujeres de menor rango social tenían una vida más agradable ya que podían salir de sus casas sin ningún inconveniente, acudir al mercado o a las fuentes públicas e incluso regentar algún negocio. Al no existir presiones económicas ni sociales, los matrimonios apenas estaban concertados, siendo difícil la existencia de dotes. Si es cierto que numerosas niñas eran abandonadas por sus padres ya que se consideraban auténticas cargas para la familia. Los ciudadanos atenienses con posibles contaban con un buen número de concubinas con las que mantener relaciones sexuales a su deseo. Algunas de ellas vivían en su propia casa, bajo el techo conyugal y con el "visto bueno" de la esposa legítima. Pero también podía acudir a las numerosas prostitutas que vivían en la ciudad. La mayoría eran extranjeras ya que Solón en el siglo VI a. C. reclutó un buen número de mujeres y las introdujo en burdeles (llamados dicteria) dirigidos por un funcionario público, regulando de esa manera la prostitución. En el exterior de los burdeles se colocaban símbolos fálicos para indicar la actividad del negocio. El precio solía rondar el óbolo, la sexta parte de la dracma de plata. Estos establecimientos incluían en sus servicios masajes, baños y comida, la mayoría de carácter afrodisiaco e incluso algunas para estimular la virilidad como los testículos de asno salvaje. Para atraer al público, las mujeres solían vestir atuendos llamativos y llevar el cabello más largo que las atenienses, incluso algunas caminaban con un seno descubierto. Con el paso del tiempo las atenienses imitaron las modas de las prostitutas, proceso que se repetirá en numerosos momentos de la Historia. Así las prostitutas se maquillaban de manera ligeramente escandalosa con vistosos coloretes, utilizaban zapatos que elevasen su altura, se teñían el cabello de rubio y se depilaban, utilizando navajas de afeitar, cremas u otros útiles. Utilizaban todo tipo de postizos y pelucas. Estas modas serán rápidamente adaptadas por las mujeres decentes, provocando continuas equivocaciones según nos cuentan algunos cronistas. Las prostitutas de lujo recibían el nombre de hetairas. Eran una mezcla entre compañera espiritual, poetisa, artista y mercancía sexual. Solían vestir con una ligera gasa que permitía contemplar sus encantos e incluso llevar un pecho descubierto. Los más importantes políticos, artistas y filósofos gozaban de su compañía. El escultor Praxíteles estuvo locamente enamorado de Friné quien sirvió de modelo para algunas estatuas. La encantadora Friné vivía con cierta discreción, acudiendo a tertulias literarias y artísticas, aunque fue acusada de impiedad y condenada a muerte, salvándose al mostrarse desnuda al tribunal por indicación de su abogado. En un momento de su vida, Friné acumuló tal fortuna que decidió reconstruir las murallas de su ciudad natal, Tebas. Aspasia fue la amante y esposa de Pericles, siendo también acusada de impiedad y salvada tras las lágrimas derramadas por su marido. Aspasia colaboraba estrechamente con Pericles según nos cuentan los poetas cómicos, quienes la acusan de ser la promotora de la mayoría de las guerras que vivió Atenas en aquellos momentos. Otra de las más famosas hetairas será Lais de Corinto, considerada la mujer más bella que se haya visto jamás. El escultor Mirón ofreció a la dama todas sus posesiones a cambio de una noche, lo que Lais rechazó. Pero no tuvo inconveniente de entregarse a Diógenes por un óbolo ya que tenía ilusión de acostarse con un filósofo. Targelia será la amante del persa Jerjes I. A pesar de la importancia de la prostitución griega, los filósofos más importantes como Sócrates, Platón o Aristóteles ensalzaron el amor que se daba entre los hombres. Quizá esa homosexualidad impidió una relación más estrecha entre hombres y mujeres.

7.- Diversiones

El ocio en Grecia debía ocupar buena parte de la jornada de los ciudadanos ya que en la mayoría de las polis estaba mal considerado el trabajo manual. Para estos menesteres disponían de numerosos esclavos y de extranjeros, llamados metecos, que constituían un amplio porcentaje de la población. Acudir a los baños era una actividad frecuente entre los ciudadanos helenos ya que en la mayoría de las casas no había agua corriente, al tiempo que servían como centro de reunión. Estos baños públicos serán numerosos durante el siglo IV a. C. y pasarán a Roma. También era habitual dar largos paseos, utilizando las stoas, largos pórticos en ocasiones de dos pisos y dos naves cerrados por un testero, siempre decorados con frescos, mosaicos o cuadros. Recordemos que una escuela filosófica será denominada estoica por reunirse sus discípulos en una stoa. La stoa de Eco en Olimpia tenía doscientos metros de longitud. Pero la actividad favorita por excelencia entre los ciudadanos será la política. Podemos afirmar que los griegos gozaban de la política, participando activamente en el gobierno de sus polis. No olvidemos que todos los ciudadanos atenienses podían participar en la Asamblea donde se toman las decisiones más relevantes de la ciudad. La música y el teatro serán dos de las actividades favoritas para disfrutar del ocio. Existían dos edificios destinados a tal fin, el odeón y el teatro, contando todas las polis con significativos ejemplos, siendo el más importante el teatro de Epidauro por su configuración acústica ya que desde todos los puntos se alcanza una calidad de sonido difícilmente superable. Al teatro acuden casi todas las clases sociales, recibiendo los ciudadanos más pobres una subvención para poder adquirir las entradas. Los actores iban cubiertos con máscaras y vestidos con trajes concretos para que el espectador pudiera identificar claramente a quien representaban. Los griegos daban mucha importancia al ejercicio físico, siendo una de las actividades educativas más importantes. Los atletas competían en juegos, celebrados en cada una de las polis, aunque existían algunos que tenían carácter supranacional como los Olímpicos o los Píticos, dedicados a Zeus y Apolo respectivamente. Tenían lugar cada cuatro años y durante el tiempo que duraba la celebración existía una tregua panhelénica. Los atletas participaban desnudos en la competición, cubiertos con una capa de aceite que resaltaba la belleza de sus cuerpos, y sólo los hombres tenían acceso a contemplar las pruebas. Durante casi un año se entrenaban en las cercanías del templo de Zeus y los ganadores recibían una rama de olivo como triunfo, aunque obtenían numerosos beneficios a posteriori como exención de impuestos o derecho a manutención gratuita.

8.- Cómo vestían

Los materiales que utilizaban los griegos para confeccionar sus vestidos eran, preferentemente, el lino, la lana y las pieles. Los hombres vestían una simple túnica que podía variar de tamaño en función de su uso. Solía dejar un hombro al descubierto y se ajustaban a la cintura con un cinturón de piel. Las túnicas cortas eran empleadas para realizar trabajos mientras que las largas se utilizaban para ocasiones especiales. Como complemento se utilizaba un manto llamado himatión que podía colocarse de diferentes maneras Si bien el vestido masculino apenas sufrió evolución, la indumentaria femenina sí cambió con el paso del tiempo. Hasta mediados del siglo VI a. C. las damas vestían una túnica cilíndrica llamada peplo que dejaba los hombros al descubierto, como podemos apreciar en la Dama de Auxerre del Museo del Louvre. El peplo dórico dejará paso al chitón e himatión jónicos, túnica cubierta con un manto, abundando ahora los pliegues. Las mujeres espartanas dejaban uno de los lados de su túnica sin cerrar. Numerosos complementos servían para adornar los vestidos.

9.- La sociedad

Tradicionalmente existe una división social característica en el mundo griego entre las dos polis principales y rivales entre sí: Atenas y Esparta. La sociedad espartana está caracterizada por su rigidez. Tres clases constituyen esta sociedad dividida en espartanos, periecos e hilotas. Los espartanos eran todos los nacidos en Esparta durante generaciones y recibían la consideración de ciudadanos, siendo considerados iguales ante la ley. Los periecos solían ser extranjeros que se dedicaban a la artesanía y el comercio; debían pagar impuestos y servir al ejército en tiempos de guerra. Los ilotas no tenían ningún tipo de derecho ya que eran siervos del Estado; en caso de necesidad eran reclutados para el ejército y trabajaban las tierras de los ciudadanos a cambio de un tributo. Los espartanos eran educados para formar parte del ejército. Los niños discapacitados eran arrojados al barranco del Taigeto. A los siete años, niños y niñas iniciaban su adiestramiento físico a cargo del Estado mediante carreras, saltos, manejo de las armas o lanzamiento de jabalina. La música formaba parte del adiestramiento ya que consideraban que los ejércitos entonando una canción marcial asustaban al enemigo. Las adolescentes abandonaban el adiestramiento para ser educadas como madres de soldados. Durante trece años los muchachos se preparaban, teniendo que vivir una temporada en solitario en el campo y matar al menos a un ilota. Entre los 20 y 30 años se integraban en el ejército donde continuaban su perfeccionamiento militar. A los 30 años alcanzaban la edad adulta y pasaban a desempeñar cargos públicos hasta los 60. Los ciudadanos espartanos se regían por una constitución en la que se reflejan las instituciones que forman el poder en la polis. La Diarquía está compuesta por dos reyes con carácter hereditario y tienen como función la máxima autoridad sacerdotal y la jefatura de las fuerzas armadas. El Consejo de Ancianos está constituido por 28 ancianos miembros de la nobleza y menores de 60 años, cuyas funciones son preparar los asuntos que trata la Asamblea y juzgar los litigios entre los ciudadanos. La Asamblea del Pueblo la forman los espartanos mayores de 30 años y deben aprobar o rechazar las propuestas del Consejo. El Eforato está compuesto por cinco éforos elegidos cada cinco años por los ciudadanos, teniendo en su mano el poder ejecutivo y el control sobre la conducta moral de los magistrados, los reyes y el Estado. La sociedad ateniense de la época clásica viene determinada por la división entre hombres libres y esclavos, a pesar del sistema democrático vigente. Se considera que de los 500.000 habitantes de la península Atica, sólo 40.000 eran ciudadanos libres. Estos ciudadanos tenían una amplia serie de derechos como el gobierno de la ciudad a través de la participación en la Asamblea y del control sobre los magistrados y los jueces, la propiedad de la tierra o la remuneración por desarrollar actividades públicas (siempre que el ciudadano en cuestión no tuviera suficientes rentas). A cambio de estos derechos deben participar en la guerra y correr con los gastos ocasionados por las campañas militares. Los metecos eran los extranjeros, considerándose que llegarían a los 70.000. Se dedicaban al comercio y a la artesanía, estando sus bienes protegidos. No podían poseer bienes inmuebles ni tierras, ni casarse con ciudadanas atenienses. Participaban en las fiestas sociales y religiosas y podían recibir encargos del Estado y concesiones mineras. Los deberes de los metecos eran acudir al servicio militar y pagar sus impuestos. Los esclavos serían unos 300.000 y carecían de derechos; debían trabajar para el Estado o sus propietarios particulares sin recibir nada a cambio, excepto la manutención. Se podían vender e incluso dar muerte ya que eran una propiedad más de sus dueños. Los esclavos procedían en su mayoría de las campañas de guerra, siendo capturados como prisioneros. El ciudadano o meteco que no pagara sus impuestos podía ser reducido a la esclavitud. En algunas ocasiones los esclavos eran reclutados para formar parte del ejército, siendo manumitidos si destacaban en alguna acción de armas. Los libertos quedaban vinculados a sus antiguos dueños. La educación ateniense era diferente a la espartana. Los niños acudían a la escuela a los siete años, iniciándose en primer lugar en las humanidades y después en los deportes, entre los 12 y los 14 años. A los 18 eran declarados efebos, siendo desde ese momento el Estado quien se ocupaba de su educación militar, política y administrativa durante tres años. A los 21 eran declarados ciudadanos de pleno derecho. La democracia ateniense sólo implicaba a los ciudadanos en las tareas de gobierno y en la elaboración de las leyes. Todos los ciudadanos eran iguales ante la ley, sólo existía diferenciación económica entre ellos. La elección de cargos públicos se realizaba por sorteo, remunerando a aquellos ciudadanos que no tenían posibles suficientes para dedicarse en exclusiva a la política. De esta manera se impedía que los poderosos coparan los cargos más importantes. El poder legislativo está en manos de la Asamblea (Ecclesia) que tiene la función de aprobar las leyes y los impuestos; en ella participan unos 3.000 ciudadanos aunque está formada por los 40.000. La dirección de la Asamblea recae en un consejo llamado Boule integrado por 5.000 ciudadanos elegidos por sorteo, siendo el consejo quien propone las leyes. El poder judicial está constituido por un tribunal (Helieo) que juzga las quejas de los ciudadanos; está formado por ciudadanos elegidos por sorteo en la Asamblea y tiene un equipo asesor integrado por juristas llamados arcontes. El poder ejecutivo está formado por los magistrados, dirige el ejército, la política exterior y la economía; su control está en manos de la Asamblea y debe obedecerla.

10.- El arte griego        

El arte prehelénico se suele dividir en dos periodos: el minoico y el micénico. La etapa minoica tiene lugar en la isla de Creta, situándose cronológicamente entre el 1800 y el 1450 a. C. mientras que el periodo micénico se desarrolla en la península del Peloponeso y las costas de Asia Menor entre los años 1400 y 1100 a. C. En ambos momentos se utilizarán las estructuras adinteladas, apareciendo la columna con un papel determinante. Incluso parece estar rodeada de cierto culto religioso al aparecer en Creta con el amuleto del hacha doble (labris) y flanqueada por leones en Micenas. Son columnas de madera que tienen el fuste en disminución hacia abajo y un capitel constituido por un grueso toro y un ábaco en forma de paralelepípedo. En este periodo se configurará un tipo de edificio que tendrá importancia en la época clásica: el megarón, núcleo del palacio y germen del futuro templo griego. La arquitectura minoica está caracterizada por los palacios, de los que conocemos un buen número, siendo los más importantes los de Cnosos, Faistós, Hagia Triada y Malia. Aunque diferenciados entre sí, existen una serie de características comunes como su situación sobre una colina; su orientación norte-sur; el patio central en torno al que se disponen las habitaciones unidas por corredores y escaleras; la división del espacio en áreas especializadas con una zona administrativa, las dependencias residenciales y los almacenes; la existencia de dos pisos, al menos; el pavimentado de los suelos; o la estructura de drenaje para retretes y baños. El palacio de Cnosos es el mejor conocido gracias a las excavaciones realizadas por Evans en los años iniciales del siglo XX. Se considera que sería la residencia del mítico rey Minos, donde estaría el laberinto, palabra que procede de las hachas dobles - labris - que decoran las columnas y numerosas estancias. La mayoría de las dependencias estaban decoradas por pinturas al fresco, apareciendo escenas de jóvenes que saltan sobre toros, procesiones de portadores de ofrendas o figuras aisladas como la Parisina o el Príncipe de los lirios. Al igual que en la pintura egipcia, las figuras continúan apareciendo de perfil mientras los colores son planos. La escultura minoica está definida por un grupo de pequeñas figuras realizadas en cerámica vidriada o loza que reciben el nombre de diosas de las serpientes aunque se piensa que se trataría de sacerdotisas. Llevan el pecho al descubierto y las serpientes se enroscan en sus brazos. También destacan cabezas de toro realizadas en esteatita negra con ojos de cristal de roca incrustados. Los relieves de tres vasos procedentes de Hagia Triada son los mejores exponentes de la calidad de los artistas minoicos. En el Vaso de los segadores podemos contemplar un grupo de campesinos que regresan del trabajo con sus herramientas, apareciendo en varios niveles de profundidad, intentando dar sensación de perspectiva. Los Vasos de Vafio también tienen relieves, realizados sobre oro, representando escenas campestres. Así mismo han aparecido extraordinarios relieves cerámicos con cabras y vacas amamantando a sus crías. Los recipientes cerámicos serán decorados con temáticas vegetales y animales, siendo característicos los estilos de Kamáres y de Palacio. Son escasos los restos arqueológicos que han quedado de la cultura micénica, denominada de esta manera por Schliemann al trabajar en las excavaciones del Círculo A de tumbas en Micenas. Quizá sean estos enterramientos los monumentos más característicos de esta civilización. En primer lugar encontramos las tumbas de fosa o de pozo, situadas en las afueras de las ciudades y señaladas mediante estelas clavadas en el suelo y rodeadas de un muro circular. Después vendrán las tumbas con largo corredor (llamado dromos) y cámara circular al fondo(denominada tholos), cubierta con falsa bóveda. Las más importantes son las de Micenas donde destaca el llamado Tesoro de Atreo, realizada en sillería. Las ciudades micénicas que se han conservado tienen una serie de elementos comunes: situación elevada, preferentemente una colina, en cuya parte más alta - acrópolis - se construye la residencia del príncipe y el templo, amurallando especialmente este espacio; murallas exteriores construidas con grandes bloques de piedra sin tallar, denominado muro ciclópeo porque consideraban que lo habían realizado los cíclopes; acceso por rampas; entradas monumentales junto a otros accesos protegidos con torres. Las ciudades mejor conservadas son Tirinto, Micenas y Pilos. En Micenas se encuentra la llamada Puerta de los Leones construida por grandes sillares de piedra, cerrada por un grueso dintel cuya carga ha sido aligerada con un vano triangular en el que se introduce el relieve que le da nombre, donde se representan dos leones enfrentados teniendo como eje una columna. En Tirinto hallamos una excelente fortificación que se extiende a la acrópolis rodeada con otra serie de murallas. A la acrópolis se accede por una entrada monumental denominada propileos permitiendo el paso al palacio edificado sobre la base del megarón. Nos han quedado algunos restos de las pinturas que decoraban los palacios micénicos, realizadas también al fresco con colores intensos como el amarillo, rojo, azul o blanco. La temática continúa la tradición minoica apareciendo procesiones de oferentes, animales, escenas de toros, apareciendo como novedad escenas de guerra y caza. En cuanto a la escultura, destaca la ausencia de la escultura monumental a excepción del relieve de la Puerta de los Leones. Serán más frecuentes las pequeñas figurillas, realizadas en piedra, terracota o marfil, y los relieves de las estelas. Abundan los ídolos de somero modelado encontrados en tumbas y las representaciones de animales, incluso de carros de guerra. En esas tumbas también se han hallado las llamadas máscaras de oro fino donde se ha intentado representar la fisonomía de los difuntos, destacando la llamada Máscara de Agamenón. Las diferentes invasiones de eolios, jonios y dorios acabarán con el arte prehelénico, sentándose las bases para el desarrollo de un nuevo estilo que se divide en tres grandes etapas: arcaico, hasta el siglo V a. C.; clásico que corresponde a los siglos V y IV a. C., y helenístico que abarca desde la etapa de Alejandro hasta la colonización romana. La arquitectura griega vendrá determinada por el equilibrio, el orden, la proporción y la medida. El material preferido será el mármol, cortado a la perfección para formar sillares con los que se levantarán los edificios que en su mayoría son adintelados, a pesar de conocer el arco. El monumento más importante para los griegos es el templo y allí se crearon los órdenes clásicos, la sucesión de las diferentes partes del soporte y de la techumbre según tres estilos diferentes denominados dórico, jónico y corintio. El orden dórico es el más austero y sobrio de los tres. Se eleva sobre unas gradas desde donde arranca directamente el fuste decorado por unas veinte estrías unidas a arista viva, ensanchándose ligeramente en la parte central. El capitel está formado del equino, especie de almohadilla sobre la que descansa el ábaco, paralelepípedo de base cuadrada. Sobre el capitel se desarrolla el entablamento que tiene tres partes: arquitrabe, friso y cornisa. El arquitrabe es liso mientras que en el friso encontramos triglifos (estrías verticales) y metopas (espacios decorados con relieves). La cornisa carga en saledizo sobre el friso; al ser la cubierta a dos aguas se forma en las fachadas el frontón, en cuyo tímpano aparecen relieves. El orden jónico es más esbelto y femenino. El fuste descansa sobre unas molduras denominadas basa; 24 estrías que finalizan en redondo decoran el fuste que acaba con un hilo de perlas llamado contario. El capitel consta del cimacio decorado con ovas y flechas sobre el que descansan las volutas, elemento definitorio del orden jónico. El arquitrabe está formado por tres fajas que avanzan progresivamente mientras que el friso está decorado con relieves. La cornisa es similar al orden dórico. El orden corintio sigue las normas del jónico, incorporando novedades en el capitel. El cuerpo troncocónico tiene forma de cesto adornado con hojas de agua, caulículos y rosas debido a una leyenda que narra como la diosa Gea quiso homenajear a una joven doncella fallecida. Sus familiares depositaron el cesto de labor sobre su tumba e inmediatamente empezaron a crecer de él una doble fila de hojas de acanto y cuatro parejas de tallos que se enrollan sobre si mismos, situándose sobre el conjunto una rosa o palmeta. Presente el platero Calímaco en este "milagro" decidió plasmarlo, dando lugar al capitel corintio. En algunas ocasiones el fuste de la columna es reemplazado por figuras. Si son masculinas se denominan atlantes o telamones mientras que si se trata de figuras femeninas se llaman cariátides. Como dijimos, el templo es el edificio principal de la arquitectura helénica. Tiene planta rectangular y suele estar formado por tres partes: el pronao o vestíbulo abierto definido por la prolongación de las naves laterales y dos columnas entre ellas; la nao o cella dividido habitualmente en diferentes naves separadas con columnas, situándose en su interior la estatua del dios titular del templo; el opistodomo, estructura similar al pronao pero en el lado opuesto, utilizado habitualmente para guardar los tesoros de la ciudad o del templo. El más famoso de los templos griegos es el Partenón de Atenas, levantado en honor de la diosa Atenea Partenos por los arquitectos Ictinos y Calícrates, siguiendo las órdenes de Pericles. Es de orden dórico y está realizado en mármol blanco del Pentélico mientras que las tejas son de mármol de Paros. En su conjunto destaca la perfecta simetría con que fue construido, guardando las proporciones de tal manera que algunas líneas se han curvado o las columnas se han inclinado para que la deformación visual las enderece. La decoración de los frisos pertenece a Fidias al igual que la famosa estatua de marfil y oro que guardaba la cella. Otros ejemplos importantes son el templo de Apolo en Figalia, realizado también por Ictinos; el Erecteion ateniense, posiblemente el más bello ejemplar de orden jónico donde contemplamos a las famosas cariátides; el de Apolo en Didima o el de Zeus en Pérgamo, levantado en época helenística y caracterizado por la gradería de acceso y los cuerpos laterales que la encuadran, dando origen al podium de los templos romanos. El teatro griego tiene tres partes: la escena donde se representa la obra en cuestión; la orquestra de planta circular utilizada por el coro y la gradería de planta semicircular rodeando a la orquestra. El de Epidauro es el más importante, edificado por Policleto el joven. El odeón tiene una forma similar al teatro, es de proporciones más reducidas y se utiliza para audiciones musicales. Los sepulcros no tienen especial importancia para los griegos siendo el más representativo el Mausoleo de Halicarnaso, levantado para el sátrapa Mausolo por su viuda, constituido por un cuerpo jónico porticado y un remate piramidal en gradas coronado por la cuadriga de Mausolo. Las acrópolis ocupan la parte más importante de las ciudades. Quizá la de Atenas sea la más famosa, presidida por el Partenón y los demás templos levantados en el lugar. El acceso se realizaba por los propileos, puertas monumentales con dos fachadas levantados por Menesicles. La escultura griega también se puede dividir en tres grandes etapas: arcaica, clásica y helenística. El estilo arcaico viene caracterizado por la representación de los jóvenes atletas vencedores en los juegos. Son figuras rígidas que con el paso del tiempo alcanzan mayor dinamismo, manifestando siempre una perfecta proporción basada en la simetría. Se busca la conquista del cuerpo humano y la expresión del rostro. Estas estatuas arcaicas se dividen en kuroi - los atletas, cuyo singular es kuros - y korai - las muchachas, cuyo singular es kore -. Estas esculturas obedecen a la llamada ley de la frontalidad, conservando los brazos pegados al cuerpo y rígidos, avanzando habitualmente la pierna izquierda. Los kuroi aparecen desnudos, siendo su anatomía el principal reto del escultor. Los labios se arquean hacia arriba resultando la llamada sonrisa arcaica mientras que sus ojos son abultados. Su cabellera en zig-zag cae sobre los hombros. A medida que avanza el tiempo se manifiesta un mayor conocimiento anatómico y aumenta la expresividad del rostro. Las korai se representan vestidas, reduciendo su cuerpo a una especie de tablero de mármol con un estrechamiento en las caderas y un abultamiento en el pecho. En algunas ocasiones se presentan con la forma del tronco de árbol. El cambio de moda supondrá una interesante evolución aunque siempre reflejen las figuras la típica sonrisa arcaica y el convencional rizo en el cabello. El avance de la figura en movimiento se pone de manifiesto en los frontones de Egina y Olimpia realizados hacia el año 490. En ellos aparecen adecuaciones al marco - las figuras se ubican adecuadamente en el espacio del frontón -, mayor dinamismo y una estructura anatómica más perfecta pero aún encontramos sonrisas arcaicas lo que reduce la calidad del conjunto. De esta época de transición también destaca el magnífico relieve del Nacimiento de Afrodita que decora el llamado Trono Ludovisi. El Auriga en bronce y el grupo de los Tiranicidas sirven de enlace con la etapa clásica. El estilo clásico es el momento de los grandes autores, suponiendo el hito de la escultura griega. A Mirón y Policleto debemos el dominio del cuerpo humano que caracteriza este periodo. Mirón se especializará en el movimiento, siendo su obra más famosa el Discóbolo, aunque posiblemente la expresión aún no alcance desarrollo posterior. Policleto está interesado por las proporciones del cuerpo humano, escribiendo la Symmetria donde establece el canon de belleza, considerando que la cabeza es la séptima parte del cuerpo humano, dividiéndose en tres partes el rostro. El Dorífero y el Diadúmeno recogen a la perfección estos planteamientos. Con Fidias culminan los esfuerzos hacia la conquista de la belleza, consiguiendo las figuras más equilibradas y perfectas. Será el autor de la decoración del Partenón, donde establece la técnica de los paños mojados que inciden en el estudio de la anatomía sin recurrir al desnudo. Algunas de sus obras eran de carácter monumental como la Atenea Partenos que hizo para el Partenón en oro y marfil, alcanzando los 15 metros de altura. Praxíteles será el maestro de las suaves curvas que caracterizan sus figuras como la Afrodita de Cnido - para la que posó como modelo la hetaira Friné-, el Fauno o el Apolo sauróctono, alcanzando cierta blandura y expresividad romántica. Scopas se preocupará por buscar los estados del alma, interesándose por la pasión incluso la violencia como se manifiesta en la Ménade o las estatuas del Mausoleo de Halicarnaso, rayando las expresiones de las figuras casi la tragedia. Lisipo busca las proporciones y la multiplicidad de los puntos de vista, desvirtuando el frontalismo de momentos anteriores. El Apoxiomeno o el Ares Ludovisi son magníficos ejemplos del estilo lisipeo, interesándose también el maestro por los retratos, especialmente los de Alejandro, de cuyo entorno formó parte como escultor de cámara, o de Aristóteles. Los retratos griegos buscan la individualización del personaje representado, utilizando la figura entera. La etapa helenística vendrá determinada por el desarrollo de las escuelas. En Atenas destacan Boetas, con su Joven orante, y Apolonio, autor del Torso del Belvedere. La escuela de Pérgamo nos ofrece unos excelentes grupos de figuras violentas que recogen las luchas contra los galos, obra de Epígono, Isígono y Antígono. El patetismo también se aprecia en los relieves de la Gigantomaquia que decoran el altar de Zeus. En la escuela de Rodas se aprecia un significativo gusto por lo gigantesco, el movimiento y la expresión del dolor como se aprecia en el grupo de Laoconte y sus hijos, obra de Agesandro, Polidoro y Atenodoro, o el Toro Farnesio de Apolonio y Taurisco. Alejandría se especializa en temas populares como los Enanos danzando o el Negrito cantando. La pintura griega ha desaparecido casi en su totalidad, disponiendo sólo de textos literarios, de vasos pintados o de copias romanas. Polignoto será la primera gran figura, dotando al dibujo de un importante papel y limitando los colores al rojo, el blanco, el negro y el amarillo. En el siglo V destacan Parrasio - interesado por esfumar los contornos y sugerir la continuidad de la superficie - y Zeuxis - autor de unas uvas tan reales que los pájaros acudieron a picotearlas, según narra la leyenda -. Apeles será la gran figura pictórica griega, quedando muestras de su estilo en la copia romana del mosaico de Alejandro vencedor de Darío en la batalla de Issos de una casa pompeyana. La cerámica griega alcanzó un importante desarrollo, siendo interesante para conocer cómo sería la gran pintura y la vida cotidiana. A lo largo del siglo VI a. C. los ceramistas atenienses impondrán su estilo, caracterizado por las figuras negras sobre fondo rojizo. El cuerpo del vaso sirve para representar toda clase de temas, imponiéndose lo narrativo sobre lo decorativo. A finales del siglo VI se produce un significativo cambio en el cromatismo de las piezas ya que las figuras tendrán el color rojo del barro y el fondo se pintará de negro. No se producirá, sin embargo, un cambio en la temática ni en la disposición de los asuntos en las piezas. Los lékythos tienen un carácter exclusivamente funerario ya que sirven para guardar las cenizas del difunto. Al ser alargado, deforma menos la figura e incluye policromía con azules, amarillos, ocres o morados.