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2007 Todos los derechos reservados.
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Argentina: Apuntes para la historia de la insurgencia

La CIA de los Montoneros


Autor: Juan Gasparini

Argenpress
Los prejuicios de ciertos periodistas que practican la revisión histórica están haciendo estragos. Las supuestas revelaciones en perjuicio de Mario Firmenich, cuando encabezara la conducción de los Montoneros, sobre todo las provenientes del fingido agente del Partido Demócrata de los Estados Unidos, Martin Edwin Andersen, embarran de tal manera los años de reciente violencia que conociera la Argentina, que le calza la memorable frase de Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca: 'nada era verdad en aquella crisis de incertidumbre'.

La diabolización del automalogrado Firmenich cuando incursionara en la dirección montonera se ha puesto de moda. Le entra como anillo al dedo a vastos sectores de la clase media y de la 'progresía' argentinas, todavía impregnadas por falsedades de la 'teoría de los dos demonios'. Como se sabe, desde ese andamiaje se descarga en la guerrilla peronista la mayoría de las faltas cometidas en años pasados, erigiéndola a su vez, por simplificación perversa, en objeto de venganza presente, dado el abandono de las tradiciones justicialistas llevado a cabo por el 'menemismo', al originarse unos y otros en el mismo movimiento político, fundado por el general Perón en 1945.

Es así que se imputan a Firmenich difusos y etéreos pecados, como si la imperdonable ausencia de un examen autocrítico personal de su actuación en el seno de los Montoneros, no le alcanzara para impedirle conciliar el sueño, restándole credibilidad al discurso que viene teniendo desde que recuperara su libertad tras el indulto presidencial de 1990.

Otras novedades de calibre parecido a las de Andersen se aprestan a salir a luz. Periodistas italianos han súbitamente recordado una reunión clandestina entre Firmenich y Licio Gelli, durante 1977 en Roma; y que 'dos montoneros trabajaron en el Banco Ambrosiano', la institución que arrastrara en su bancarrota los misteriosos enjuagues del Vaticano con 'dinero sucio' proveniente de la corrupción política y de la mafia. Se aguardan también explosivas afirmaciones en el informe que el procurador de Miami estaría por dar a conocer, en las que Raúl Castro y un puñado de funcionarios cubanos irrumpirían junto a sandinistas y montoneros, salpicados por tráfico de drogas; un cúmulo de versiones que probablemente nunca traspongan el vestíbulo de las promesas sensacionalistas. En ese tormentoso panorama podría resucitar Jorge Luis Borges con su magnífica sentencia: 'parece que nadie quiere una investigación precisa, y eso quiere decir que todos se sienten culpables'.

En un libro escrito hace buen rato en ingles ('Argentina's Desaparecidos and the Myth of 'Dyrty War') a punto de ser editado en castellano, idioma en el cual lo esencial ya se conoce desde 1987 (1), Martin Andersen acusa por enésima vez a Mario Firmenich de haber sido un informante del Ejército, haciéndolo responsable de la caída del jefe del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Mario Roberto Santucho, el 19 de julio de 1976; y de haber asimismo celebrado una suerte de ceremonia conjunta con las Fuerzas Armadas en la conferencia de prensa que puso fin a la extorsión de la que fueron víctimas los hermanos Born, el 20 de junio de 1975, dentro de una casa alquilada por los Montoneros, que fuera previamente usada por parapoliciales que reportaban en el Servicio de Inteligencia del Estado (SIDE).

Andersen extiende luego las distorsiones al conjunto de los Montoneros, quienes el 25 de septiembre de 1973, afirma, no fusilaron a José Ignacio Rucci, Secretario General de la CGT; ni acribillaron el 15 de julio de 1974 al civil Arturo Mor Roig, ex-ministro del interior de la penúltima dictadura militar que asolara la Argentina (1966-1973); acciones ejecutadas -siempre según Andersen- por los escuadrones de la muerte de José López Rega, la tristemente célebre 'Triple A'.

Las causas exactas del sacrificio de Santucho ni el propio ERP pudo dilucidarlas definitivamente. En la biografía de Santucho publicada por María Seoane ('Todo o nada', Planeta, 1991, páginas 307 y 308), esta periodista concluye que sólo los militares podrán algún día esclarecer si el capitán Juan Carlos Leonetti -quien disparó sobre Santucho pereciendo en el tiroteo- descubrió el escondite relevando las compras y alquileres de viviendas en la zona de Villa Martelli, en Buenos Aires, tras conocer la identidad falsa del lugarteniente del jefe del ERP Domingo Menna, secuestrado por el Ejército a mediodía del fatídico 19 de julio de 1976, a cuyo nombre estaba el apartamento en que se habían atrincherado cuatro de los cinco miembros de la cúpula de ese grupo guerrillero-; o si llegó al refugio por 'una infidencia de Montoneros'.

La infidencia aludida por Seoane proviene de un encadenamiento de hechos que vale la pena disecar pues siembran la sospecha aunque no inculpan de delación a los Montoneros, quienes en aquellos meses, como los sobrevivientes del ERP no dejarán de recordar, socorrieron solidariamente con millones de dólares al último vestigio de la guerrilla no peronista que carecía de fondos para conseguir víveres y medicamentos en su agonía política.

El 19 de julio de 1976, Fernando Gertel, enlace de Santucho con Roberto Perdía -número dos de los Montoneros- alertó a Liliana Delfino, mujer de Santucho, que quien cumplía similares funciones a las de él ante Perdía, no había concurrido a una cita que ambos tenían previamente concertada para arreglar una reunión entre Santucho y Perdía con el propósito de afinar el lanzamiento de la Organización para la Liberación de la Argentina (OLA), la primera alianza pública bajo una sola sigla entre las dos formaciones que finalmente no se concretó. Gertel fue apresado horas después. Nada indica que su desaparición fue por soplo del asistente de Perdía, quien estaba en manos de las Fuerzas Armadas desde hacía una semana, y que podía haber 'entregado' el lugar y la hora del encuentro con Gertel, del que saliera ileso esa mañana, después del cual se viera con Liliana Delfino.

En un manuscrito en busca de editor redactado por Fernando Almirón, quien recoge los testimonios del ex-sargento del ejército, Victor Ibañez, participe del centro clandestino de detención 'El campito', que funcionara en Campo de Mayo, relata que la caída de Santucho brotó de una casualidad y que no provino de ninguna confidencia proporcionada por algún detenido. El suboficial de ejército recuerda que personal de la ESMA, al efectuar un control sobre la Avenida General Paz, cerca de Villa Martelli, recibe el señalamiento de una vecina de un edificio cercano donde 'se hacían reuniones con gente rara'. Como los marinos estaban fuera de su zona habitual de operaciones, 'le pasaron el dato al Ejército y Leonetti se manda para allá con su patota', desencadenando el desenlace que se conoce. (Copia del original conseguida por el autor en mayo de 1997; su archivo -capítulo XV, 'El ERP agonizó en Campo de Mayo').

Andersen prodiga más confusión desligando a los Montoneros de la muerte de José Ignacio Rucci, atribuyendo el hecho a 'la gente de López Rega', otorgándole sin embargo a los guerrilleros peronistas la propiedad de un 357 Smith & Wesson Magnum, que fue abandonado en el sitio en que perdió la vida Rucci, revólver que previamente un comerciante de Nueva York vendió a una azafata de Aerolíneas Argentinas que cumplió con un encargo de un amigo militar; (2) 'y que alguien se había presentado en Ezeiza para recogerla' (?).

Si ese revólver pudiera constituir una prueba, nadie sabe si fueron los Montoneros quienes lo perdieron en la huida, o si se le extravió a alguno de los cuatro guardaespaldas de Rucci que, desparramados en la vereda de Avellaneda 2953, entre Nazca y Argerich de la Capital Federal, trataron de repeler el ataque. Cabe precisar que la munición encontrada por la autopsia de Rucci provino de armas largas (escopetas y fusiles) y no de cortas (revólveres o pistolas). El juez Juan Carlos Liporace, entendedor de la causa, la cerró por carencia de elementos. (3) Como todo expediente judicial de un homicidio que ha sido archivado puede reabrirse ante la reaparición de nuevos fundamentos de investigación, es de esperar que Andersen cumpla con su deber y consiga el reinicio del sumario.

El conocido periodista y ex-montonero Miguel Bonasso (4) se dice desconcertado por las alegaciones de Andersen, sin refutar casi nada. Llama la atención que no haya rebatido las conjeturas de Andersen, montadas sobre trastabillantes indicios, basados en fuentes insolventes, y apoyados en un endeble ensamblaje de presunciones y premisas de un 'yankee' que apenas rozó la piel de la Argentina, visitando Buenos Aires, particularmente en épocas de la guerra de las Malvinas, como recadero de la CIA.

La muerte de Rucci fue uno de los yerros garrafales de los Montoneros, que reconocieron haber aniquilado una de las piezas del dispositivo de Perón, mecanismo del que también formaba parte López Rega, a quien Andersen -haciéndose eco de rumores trasegados desde la Embajada Estadounidense en la Argentina- adjudica la autoría del asesinato del Secretario General de la CGT, faltándole cuales podrían haber sido las razones para que el Ministro de Bienestar Social y secretario privado de Perón matara al líder sindical a quien el mismo Perón confiara el control del movimiento obrero, ambos enemigos acérrimos de los Montoneros, con los que competían en la disputa del poder. Para precisamente pesar en ella, los Montoneros creyeron que eliminando a Rucci forzarían la entrada en el círculo áulico de Perón, lo que produjo el efecto contrario. El patrón del justicialismo dio luz verde para que López Rega echara a andar la 'Triple A'. Los Montoneros tardarían en darse cuenta que Perón había decidido destruirlos como herederos y alternativa política para conducir el Movimiento Justicialista.

Allí radica el móvil del crimen. Se asienta en la concepción militarista de la lucha interna del peronismo que eligieran los Montoneros. En esa lógica, Perón cooperó erróneamente, malgastando sus favores en los sectores retrógrados de su movimiento, rompiendo su alianza con los radicales, lo que terminó hundiendo el país en el caos del que se sirvieron los militares para retornar al poder.

Perón calculó mal. Acaso pensó que estaba lejos de la muerte, que no se desgastaría y que eran válidas las maniobras palaciegas para domar de un 'dedazo' a un dirigente indócil, al vérselas con miles de jóvenes insertos en la sociedad política, dispuestos a pelear contra un líder que volvía a los balcones de la Casa Rosada gracias a ellos, defraudándolos de inmediato.

La voluntad de oponérsele de aquella manera, independientemente de sus funestos resultados posteriores, fue colectiva. No se trató de una iniciativa de la dirección montonera, desbordada por sus bases en la descomunal batalla de la Plaza de Mayo, el Día de los Trabajadores de 1974, después que Perón los escupiera de 'imberbes'. Los que en justa medida reivindican a Rodolfo Walsh por su actitud de ruptura para con las consecuencias últimas de esa estrategia - que desembocaría en la derrota al instalarse la dictadura militar, prosiguiendo en una guerra frontal que llevaba al suicidio- deberían saber que el famoso periodista y escritor preconizaba una política aún más dura en el conflicto con Perón. De ese cruento desencuentro entre protagonistas centrales de aquellos capítulos de la historia argentina no hay rastros en las reflexiones de Andersen. Nada sorprendente. Era imposible que todos los Montoneros tuvieran cabida dentro de la CIA.

Un criterio político equivalente animó a los Montoneros en el 'ajusticiamiento' de Mor Roig, habiendo solo transcurrido dos semanas de la muerte de Perón el 1 de julio de 1974. Esa operación buscaba desestabilizar un régimen antiperonista, capitaneado por María Estela Martínez y López Rega. En este marco, sólo a Andersen se le ocurre que López Rega, habiendo acaparado casi todo el gobierno, tenía interés en incrementar sus discordias con los radicales que le retaceaban el apoyo para mantener el funcionamiento de las instituciones, mandando a las 'tres A' a que liquidaran a Mor Roig, un hombre histórico del radicalismo. La autoría del atentado fue por lo demás confirmada por Roberto Quieto, en esa fecha número dos de Montoneros, ante el dirigente radical Enrique Vanoli, en circunstancias reconocidas por otros miembros de la UCR (Antonio Troccoli y Ricardo Yofré). (5)

El manantial de los señalamientos de Andersen que pretenden trastocar estos episodios de la historia argentina es Robert 'Sam' Scherrer, un funcionario del FBI apostado en aquella época en Buenos Aires, hoy 'postrado por una esclerosis múltiple y no está en condiciones de hablar'. (6) Surgen de las mismas aguas el brujuleo que Andersen ha exhumado sobre las finanzas de los Montoneros, las que, es público y notorio, jamás sobrepasaron los 64 millones de dólares; como se sabe, arrancados a los hermanos cerealeros Juan y Jorge Born, 17 de los cuales fueron administrados y posteriormente birlados por el banquero argentino afincado en Nueva York, David Graiver.

En un 'briefing memorándum' del departamento de Estado del 27 de abril de 1977, publicitado por Andersen, se pretende que el capital montonero redondeó los 150 millones de dólares, 85 de los cuales fueron recuperados por el Ejército en un cinematográfico operativo realizado conjuntamente en Madrid, Ginebra y Buenos Aires; desconociéndose por otra parte, al juzgarlas inexistentes, las relaciones entre David Graiver y los Montoneros, imprescindibles para entender el financiamiento de la guerrilla peronista. Es evidente que la literatura amasada por Andersen utiliza harina de un costal ajeno a la realidad. (7)

Es otra la fuente invocada por Andersen para asegurar que Firmenich actuó en consonancia con las Fuerzas Armadas al organizar la conferencia de prensa que puso término al cautiverio de Jorge Born, en un chalet ubicado en Libertad 244 de Martínez, en Buenos Aires. En tal incidente Andersen se vale de documentos judiciales que estuvieron bajo control del fiscal Juan Martín Romero Victorica -quien se ocupó de acusar a Mario Firmenich después de su rendición brasilera del 12 de febrero de 1984, y de concertar el reparto de la indemnización del Estado a los herederos de David Graiver, entre éstos y los hermanos Born- un magistrado que perdió los pedales por su odio oligárquico hacia los Montoneros, cuestionado en el parlamento nacional por la parcialidad de sus manejos.

Como acostumbraban los Montoneros, y muchos otros grupos insurgentes de América Latina cuando tenían que realizar una conferencia de prensa -método del que se supo también servir el ERP- se arrendaba por una jornada locales para fiestas con el pretexto de un ágape familiar, permitiendo de ese modo el encuentro de los periodistas con los guerrilleros sin poner en peligro las propias infraestructuras, encubiertas en la legalidad o en identidades apócrifas de sus combatientes. Buscando una de esas fincas, los Montoneros descubrieron un anuncio en una confitería de la calle Maipú de Buenos Aires, ofreciendo la locación de un inmueble, cuyo dueño resultó ser Nelson Romero, quien allí vivía con su mujer Laura Iche, a donde concurría Rodolfo Silchinger, cuñado de Romero, personas que se supo mucho tiempo más tarde, estaban relacionadas con el Servicio de Inteligencia del Estado (SIDE).

Minutos antes que la ilusoria empresa locataria iniciara la seudorecepción, Laura Iche salió en busca de Silchinger y Romero, haciéndolos entrar, siendo los tres inmovilizados por los guerrilleros que los condujeron al segundo piso de la residencia, lejos de la mirada de la prensa, que arribó posteriormente acompañada por dos periodistas enrolados en los Montoneros, Francisco Urondo y Luis Guagnini. Todos estos precedieron a Jorge Born, trasladado desde la 'cárcel del pueblo' ubicada en las cercanías; y de Firmenich.

La coincidencia de haber realizado esa conferencia de prensa en ese lugar, dado los antecedentes de los habitantes permanentes, es fortuita. Estuvo condicionada por la casualidad del hallazgo de una ocasión propicia, en virtud de la proximidad de la 'pinturería' donde se mantenía a Jorge Born privado de su libertad. No sirvió ni para ahogar el acontecimiento propagandístico de los Montoneros -que platicaron con medios escritos y televisivos internacionales, teniendo a Jorge Born como testigo- ni pudo ser explotado por la represión, que buscaba afanosamente pistas para impedir el pago del suculento rescate. No influyó en las caídas de Francisco Urondo y Luis Guagnini, el primero baleado por la espalda, el segundo raptado y desaparecido, acaecidas bastante tiempo después y en otras zonas; como tampoco en la suerte del equipo que se encargó de la realización del operativo, que dejó el lugar sano y salvo.

Andersen no contempla en sus disquisiciones el significado de un factible arresto de Firmenich en esas circunstancias, admisible si era monitoreado por las Fuerzas Armadas, las que no hubieran dudado en ofrendarlo a cambio de los réditos políticos que hubieran sacado de su captura. Andersen omitió dedicar algún párrafo a la conducta estoica del primer grupo económico del país de entonces, el cual a pesar de sus notorias influencias entre los militares, soportó durante casi un año el secuestro de dos de sus directivos, desembolsando una suma descomunal, secuestro que en su tramo final aparecía presuntamente comandado por un infiltrado del Ejército en la jefatura de los Montoneros.

En su reportaje antes evocado, Bonasso dice que el libro de Andersen 'agrega un dato, hasta ahora inédito: Carlos Menem lo sabía cuando lo indultó junto a los comandantes en jefe', en relación a que secretamente el Presidente estaba al corriente de la pretendida servidumbre de Firmenich para con el Ejército, al acordarle su gracia ya fines de 1990, un desconocimiento informativo si se lo toma por una confidencia ignorada para esa fecha. Se ha visto que, las acusaciones públicas de Andersen contra Firmenich arrancan en 1987; antes, en forma de artículos, hoy en un libro.

De la misma manera que pude reconstruir algunos entretelones y rescatar del anonimato a los mártires montoneros que participaron en los 'ajusticiamientos' de Rucci y Mor Roig en escritos anteriores, dando cuenta de logros y desaciertos de ellos y muchos otros, sumémosle ahora el dato verdaderamente inédito que Menem también indultó a quien con documentos falsos alquiló por unas horas esa casa en el barrio de Martínez.

Este viejo militante peronista camina estos días por alguna capital de este mundo, al igual que otro indultado, quien supervisó la seguridad de la conferencia de prensa que allí tuvo lugar, 'reduciendo' a los dueños del chalet, y asegurando la llegada y partida de Jorge Born y Mario Firmenich, y la entrada y salida de los periodistas invitados.

Estos dos argentinos sobrevivieron a los campos de concentración de la dictadura con este secreto bien guardado y, dicho sea de paso, no fueron detectados por el fiscal Juan Martín Romero Victorica en su cruzada judicial antimontonera en la posterior transición democrática, nombres de los que Firmenich no hizo uso en el informe que pudo haber remitido a los oficiales del Ejército que comandaban la infiltración, siguiendo la lógica de Martin Edwin Andersen; si no, tampoco se entiende como esos dos ex-compañeros suyos fueron año después liberados por las Fuerzas Armadas de los centros clandestinos de detención. Queda por tanto dicho; una vez más, por si hacía falta, que ni ellos ni sus miles de compañeros que participaron de la frustrada odisea revolucionaria que quiso transformar la Argentina desde el peronismo en esos años, han trabajado para la SIDE ni para la CIA.

El mensaje de Andersen, o el de sus intoxicadores, persigue por elevación a las nuevas generaciones de jóvenes argentinos. Los exhorta a ser precavidos y a tener cuidado. Los previene contra la búsqueda de las utopías. Formula una clara advertencia contra la rebeldía innata de la juventud, y amenaza con reprimir el espíritu crítico de quienes acceden a la vida adulta. Recomienda dejar de lado pasar revista seriamente al pasado y asumir los riesgos en la práctica que entraña imaginar un futuro mejor. Porque a la larga -diría el esclerótico espía norteamericano-, los servicios de inteligencia extranjeros terminan pudriéndolo todo, entre traiciones y conspiraciones.
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Notas

(1) 'Expreso', junio de 1987, 'El Periodista', marzo de 1989, revistas circulantes en Buenos Aires. Bajo el título 'Dossier Secreto', el libro de Martin Andersen apareció en Argentina a fines de 1993, editado por 'Planeta'. La fuente principal de ese libro, como se ha dicho, fue el agente de inteligencia de los Estados Unidos destacado en Buenos Aires, Robert Scherrer, que murió dos años más tarde, exactamente en 1995. Pero el 11 de febrero de 1999 fue portada en la prensa internacional el oscuro papel de este Scherrer en las guerras de baja intensidad de América Latina al desclasificarse algunos documentos secretos norteamericanos sobre el 'Plan Condor' urdido por el tirano chileno Augusto Pinochet, en colaboración con las dictaduras de Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil. Ha quedado por tanto impreso que Scherrer era un confidente e informante de la satrapía chilena, liderazgo del abominable 'Plan Condor'. De allí alimentó Martin Andersen su teoría conspirativa y aberrante sobre los años de plomo en la Argentina. La historia orina sobre su tumba.

(2) 'Noticias', Argentina, 22 de noviembre de 1992.

(3) 'Somos', Argentina, 16 de octubre de 1981.

(4) 'Página 12', Argentina, 25 de abril de 1993.

(5) 'Clarín', Argentina, 18 de octubre de 1992.

(6) 'Página 12', Argentina, 25 de abril de 1993.

(7) 18 documentos confidenciales del Departamento de Eszado en Washington sobre el 'caso Graiver' y las finanzas de la guerrilla de los Montoneros fueron repartidos por Martin Andersen a periodistas argentinos en Buenos Aires durante 1990.

(*) Escribí esta crónica en 1993. Fue dedicada al extinto periodista uruguayo Ernesto González Bermejo, el primer entrevistador de los grupos armados que darían origen a los Montoneros. Se publicó en Argentina en 1999, como uno de los anexos de la segunda edición de Montoneros, final de cuentas, libro del que soy autor, editado inicialmente en 1988 por Puntosur, reeditado en 1999 por La Campana, actualmente agotado. Se trata de la resumida versión en castellano de mi tesis de doctorado en ciencias sociales, que obtuve en la Universidad de Ginebra el 21 de noviembre de 1988. El contenido viene a cuento por las imputaciones de haber cooperado voluntariamente con la dictadura militar formuladas contra algunos sobrevivientes de la jefatura montonera por voceros del régimen de las Fuerzas Armadas que perpetraran un genocidio en Argentina, aparentemente recogidas por el juez federal de Buenos Aires, Claudio Bonadío, quien viene de dictar ordenes de detención que conciernen a Mario Firmenich, Roberto Perdía y Fernando Vaca Narvaja.

La verdad histórica reflejada en este artículo se mantiene incólume y ha sido posteriormente confirmada por la apertura de los archivos federales suizos sobre los Montoneros, como diera cuenta en mi investigación periodística aparecida en la revista argentina 'Veintitres', el 26 de diciembre de 2002. La persecución lanzada contra Mario Firmenich por el gobierno ilegal instaurado en la Argentina a partir del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, con pedidos secretos de captura documentados por la policía helvética, echan por tierra que el citado fuera un colaborador de los militares.

Por otra parte, las memorias que acaba de sacar el alto dirigente del Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP), Enrique Gorriarán Merlo, tituladas 'De los Setenta a La Tablada' (Planeta, Catálogos, Buenos Aires, 2003) eximen a Firmenich y a los Montoneros de cualquier responsabilidad en la caída del líder del ERP, Roberto Santucho, rebatiendo lo apuntado por María Seoane al respecto en su libro 'Todo o nada' (Planeta, Argentina, 1991), reiterando a su vez el rechazo a las pretendidas alegaciones en ese erróneo sentido del estadounidense Martin Edwin Andersen, debidamente desmentidas en esta nota, no obstante repetidas por él estos días en el diario 'La Nación' de Buenos Aires del sábado 16 de agosto de 2003.

Por cierto la fuente principal Andersen sigue siendo la misma que antes, el fenecido Robert Scherrer, un ex-agente del FBI que revistara en la embajada estadounidense en Argentina, con el cual dice que habló y cruzó dos cartas, quien paradójicamente no dejo constancias escritas en la CIA de sus descubrimientos sobre Firmenich, a la que debía notificar, no hallandose nada en los archivos que ya han sido desclasificados para esta fecha. La ausencia es llamativa si se la contrasta con los inquietantes informes de la propia CIA sobre Scherrer, enlace norteamericano con el Plan Condor pergeñado por Augusto Pinochet para coordinar la represión en el Cono Sur, constituyéndolo en una fuente desconfiable para atribuirle veracidad a sus informaciones sobre los movimientos políticos de oposición a las dictaduras que asistió como espía a las ordenes de los servicios de inteligencia de su país.

En esta irónica 'CIA de los Montoneros', además de disecar los despropositos de Andersen, se anunciaba también una avalancha de nuevas acusaciones contra Firmenich que jamas tomaron carácter público. A las conexiones con el derrumbe del Banco Ambrosiano en Italia, vinculadas al Vaticano, Licio Gelli y la mafia, se sumaban las relacionadas con un grupo de cubanos encabezados por Raúl Castro, hermano de Fidel, junto a sandinistas y montoneros, todos presuntamente implicados en el trafico de drogas. Estas estrambóticas elucubraciones nunca se concretaron. Ninguna otra versión de similar naturaleza se ha difundido desde entonces como para corregir la convicción expuesta en mi libro y en la tesis de doctorado que lo sostuviera, subrayando que los Montoneros fueron destruidos por sus propios errores, los cuales despuntan en el mal manejo del enfrentamiento que les planteara Perón desde 1973. Sigue siendo evidente que las razones de la derrota de los grupos armados peronistas no radican en agentes ni motivos externos. Tampoco en la supuesta infiltración de las Fuerzas Armadas entre sus filas, o en una 'oveja negra' que se pasó de bando, la que algunos siguen buscando sin éxito a 30 años de los hechos. Todo eso es fruto de la imaginación malsana de los enemigos del pueblo argentino.

* Juan Gasparini es periodista y escritor, su último libro es 'Mujeres de dictadores', de Editorial Península, 2002