NACIONES Y NACIONALISMO DESDE 1780
Eric J. Hobsbawm -
CAPITULO I
LA NACIÓN COMO NOVEDAD:
DE LA REVOLUCIÓN AL LIBERALISMO
La característica básica de la nación moderna y de todo lo relacionado con ella es su modernidad. Esto se comprende bien ahora, pero el supuesto contrario, que la iden-tificación nacional es tan natural, primaria y permanente que precede a la historia, está tan generalizado, que tal vez sea útil ilustrar la modernidad del vocabulario de la mate-ria misma. El Diccionario de la Real Academia Española, cuyas diversas ediciones se han examinado atentamente para este fin, no utiliza la terminología del estado, la na-ción y la lengua en el sentido moderno antes de su edición de 1884. En ésta, por pri-mera vez, leemos que la lengua nacional, es "la oficial y literaria de un país y más ge-neralmente hablada en él, a diferencia de sus dialectos y los idiomas de otras nacio-nes". El artículo correspondiente a "dialecto" establece la misma relación entre él y la lengua nacional. Antes de 1884, la palabra nación significaba sencillamente "la colec-ción de los habitantes en alguna provincia, país o reino" y también "extranjero". Pero en 1884 se daba como definición "estado o cuerpo político que reconoce un centro común supremo de gobierno" y también "territorio que comprende, y aun sus indivi-duos, tomados colectivamente, como conjunto", y en lo sucesivo el elemento de un estado común y supremo ocupa un lugar central en tales definiciones, al menos en el mundo ibérico. La nación es el "conjunto de los habitantes de un país regido por un mismo gobierno" (la cursiva es mía). La naçao de la (actual) Enciclopedia Brasileira Mérito es "la comunidad de los ciudadanos de un estado, viviendo bajo el mismo ré-gimen o gobierno y teniendo una comunión de intereses; la colectividad de los habitan-tes de un territorio con tradiciones, aspiraciones e intereses comunes, y subordinados a un poder central que se encarga de mantener la unidad del grupo (la cursiva es mía); el pueblo de un estado, excluyendo el poder gobernante". Además, en el Diccionario de la Academia Española la versión definitiva de "la nación" no se encuentra hasta 1925, momento en que se describe como "conjunto de personas de un mismo origen étnico y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común".
Así pues, gobierno, no va unido específicamente al concepto de nación hasta 1884. Porque, a decir verdad, como sugeriría la filología, el primer significado de la palabra nación indica origen o descendencia: "naissance, extraction, rang", por citar un diccio-nario de francés antiguo, que a su vez cita la frase de Froissart "je fus retourné au pays de ma nation en la conté de Haynnau" (volví a mi tierra de nacimiento/origen en el condado de Hainaut). Y, en la medida en que el origen o la descendencia se adscribe a un conjunto de hombres, difícilmente podrían ser los que formaran un estado (excep-to en el caso de los gobernantes o sus parientes). En la medida en que se adscribía a un territorio, sólo de modo fortuito era una unidad política, y nunca una unidad muy grande. Para el diccionario español de 1726 (su primera edición) la palabra patria o, en el uso más popular, tierra, significaba únicamente "el lugar, ciudad o país en que se ha nacido", o "cualquiera región, o provincia, o el distrito de algún dominio, u estado". Este sentido estricto de patria como lo que el uso español moderno ha tenido que dis-tinguir del sentido amplio de patria chica es muy universal antes del siglo XIX, excepto entre las personas que hubieran recibido una educación clásica y conociesen la Roma antigua. Hasta 1884 no se adscribió la palabra tierra a un estado; y hasta 1925 no oí-mos la nota emotiva del patriotismo moderno, que define patria como "nuestra propia nación, con la suma total de cosas materiales e inmateriales, pasado, presente y futuro que gozan de la lealtad amorosa de los patriotas". Forzoso es reconocer que la Espa-ña decimonónica no iba precisamente en la vanguardia del progreso ideológico, pero Castilla -y estamos hablando de la lengua castellana- era uno de los primeros reinos europeos a los que se puede colocar la etiqueta de "estado-nación" sin que ello indi-que una falta total de realismo. En todo caso, puede dudarse de que la Gran Bretaña y la Francia dieciochescas fueran "estados-nación" en un sentido muy diferente. Es po-sible, pues, que la evolución del vocabulario pertinente tenga un interés general.
En las lenguas romances la palabra "nación" es indígena. En otras lenguas, en la medida en que se usa, es voz tomada en préstamo de otra lengua. Esto nos permite ver más claramente las distinciones en el uso. Así, en alto alemán y en bajo alemán la palabra Volk (pueblo) hoy día tiene claramente algunas de las mismas asociaciones que las palabras derivadas de natío, pero la interacción es compleja. Es claro que en el bajo alemán medieval el término (natie), en la medida en que se emplea -y, a juzgar por su origen latino, uno diría que apenas se usaría excepto entre las personas cultas o las de estirpe real, noble o gentil-, todavía no tiene la connotación Volk, que no em-pieza a adquirir hasta el siglo XVI. Significa, como en el francés medieval, grupo de estirpe y descendencia (Geschiecht).
Al igual que en otras partes, evoluciona hacia la descripción de grupos autónomos más nutridos tales como gremios u otras corporaciones que necesitan distinguirse de otros con los que coexisten: de ahí las "naciones" como sinónimo de extranjero, como en español, las "naciones" de comerciantes extranjeros ("comunidades extranjeras, especialmente de comerciantes, que viven en una ciudad y en ella gozan de privile-gios"), las conocidas "naciones" de estudiantes en las antiguas universidades. De ahí también el menos conocido "un regimiento de la nación de Luxemburgo". Sin embar-go, parece claro que la evolución podía tender a recalcar el lugar o el territorio de ori-gen: el pays natal de una antigua definición francesa que pronto se convierte, al menos en la mente de lexicógrafos posteriores, en el equivalente de "provincia", mientras que otros prefieren recalcar el grupo de descendencia común y de esta manera se desplazan en dirección a la etnicidad, como la insistencia neerlandesa en el significado primario de natie como "la totalidad de hombres a los que se considera como pertene-cientes al mismo "stam"".
En todo caso, el problema de la relación incluso entre semejante "nación" extensa pero indígena y el estado seguía siendo desconcertante, pues parecía evidente que en términos étnicos, lingüísticos o de cualquier otro tipo, la mayoría de los estados, fuera cual fuese su tamaño, no eran homogéneos y, por ende, no podían equipararse senci-llamente con las naciones. El diccionario neerlandés singulariza de modo específico, como peculiaridad de los franceses y los ingleses, que utilizan la palabra "nación" para referirse a las personas que pertenecen a un estado aunque no hablen la misma len-gua. Un estudio sumamente instructivo de este acertijo procede de la Alemania diecio-chesca. Para el enciclopedista Johann Heinrich Zedler en 1740 la nación, en su sen-tido real y original, se refería a un número unido de Bürger (es mejor, en la Alemania de mediados del siglo xviii, dejar que esta palabra conserve su notoria ambigüedad) que comparten un conjunto de costumbres, moralidad y leyes. De esto se desprende que no puede tener ningún sentido territorial, toda vez que miembros de naciones diferen-tes (divididos por "diferencias en los estilos de vida -Lebensarten- y las costum-bres") pueden vivir juntos en la misma provincia, incluso en una que sea bastante pe-queña. Si las naciones tuvieran una relación intrínseca con el territorio, a los vendos de Alemania habría que considerarlos alemanes, cosa que es obvio que no son. La Ilus-tración acude naturalmente al cerebro del estudioso sajón, familiarizado con la última población eslava -que todavía sobrevive- dentro de la Alemania lingüística, a la cual todavía no se le ocurre etiquetar con el término de "minoría nacional", término que cae en un círculo vicioso. Para Zedler, la palabra que describe a la totalidad de la gente de todas las "naciones" que vive dentro de la misma provincia o estado es Volk. Pero, por desgracia para la pulcritud terminológica, en la práctica el término "nación" se usa con frecuencia dándole el mismo sentido que Volk; y a veces como sinónimo de "estado" de la sociedad (Stand, ordo) y otras veces para referirse a cualquier otra asociación o sociedad (Gesellschaft, societas).
Sea cual sea el significado "propio y original", o como quiera llamarse, de "nación", está claro que el término sigue siendo muy diferente de su sentido moderno. Así pues, sin adentramos más en el asunto, podemos aceptar que en su sentido moderno y bási-camente político el concepto nación es muy joven desde el punto de vista histórico. De hecho, esta juventud viene a subrayarla otro monumento lingüístico: el New English Dictionary, que en 1908 señaló que el antiguo significado de la palabra representaba principalmente la unidad étnica, pero que el uso reciente más bien recalcaba "el con-cepto de unidad e independencia políticas".
Dada la novedad histórica del moderno concepto de "la nación", sugiero que la me-jor manera de comprender su naturaleza es seguir a los que empezaron a obrar siste-máticamente con este concepto en su discurso político y social durante la edad de las revoluciones, y especialmente, bajo el nombre de "el principio de nacionalidad", a par-tir de 1830, más o menos. Esta digresión hacia la Begriffsgeschichte no es fácil, en parte, como veremos, porque las gentes de la época empleaban las palabras de esta clase con demasiada despreocupación, y en parte porque la misma palabra significaba o podía significar simultáneamente cosas muy diferentes.
El significado primario de "nación", el significado que con mayor frecuencia se ai-reaba en la literatura, era político. Equiparaba "el pueblo" y el estado al modo de las revoluciones norteamericana y francesa, equiparación que nos es conocida en expre-siones como, por ejemplo, "el estado-nación", las "Naciones Unidas", o la retórica de los presidentes de finales del siglo XX. El discurso político en los primeros tiempos de los Estados Unidos prefería hablar de "el pueblo", "la unión", "la confederación", "nuestra tierra común", "el público", "el bienestar público" o "la comunidad" con el fin de evitar las implicaciones centralizadoras y unitarias del término "nación" frente a los derechos de los estados federados. Porque formaba parte -o, desde luego, la forma-ría pronto- del concepto de la nación en la edad de las revoluciones el que esta na-ción fuese, utilizando la expresión francesa, "una e indivisible". La "nación" conside-rada así era el conjunto de ciudadanos cuya soberanía colectiva los constituía en un estado que era su expresión política. Porque, prescindiendo de las demás cosas que fuera una nación, el elemento de ciudadanía y de participación o elección de las masas nunca faltaba en ella. John Stuart Mill no definió meramente la nación por su posesión de sentimiento nacional. También añadió que los miembros de una nacionalidad "de-sean estar bajo el mismo gobierno, y desean que sea el gobierno de ellos mismos o de una parte de ellos mismos exclusivamente". Observamos sin sorpresa que Mill habla de la idea de nacionalidad no en una publicación aparte como tal, sino característica-mente -y brevemente-, en el contexto de su pequeño tratado sobre el gobierno re-presentativo o democracia.
La ecuación nación = estado = pueblo, y especialmente pueblo soberano, sin duda vinculaba nación a territorio, toda vez que la estructura y la definición de los estados eran entonces esencialmente territoriales. También daba a entender una multiplicidad de estados-nación así constituidos, y esta era en verdad una consecuencia necesaria de la autodeterminación popular. Así lo expresaba la declaración de derechos francesa de 1795:
Cada pueblo es independiente y soberano, cualesquiera que sean el número de in-dividuos que lo componen y la extensión de territorio que ocupa. Esta soberanía es inalienable.
Pero poco decía acerca de lo que constituía un "pueblo". En particular, no había ninguna relación lógica entre, por un lado, el conjunto de los ciudadanos de un estado territorial y, por el otro, la identificación de una "nación" basándose en criterios étnicos, lingüísticos o de otro tipo, o de otras características, que permitieran el reconocimiento colectivo de la pertenencia a un grupo. De hecho, se ha argüido que la Revolución francesa "fue totalmente ajena al principio o al sentimiento de nacionalidad; incluso se mostró hostil a él" por esta razón. Tal como señaló con percepción el lexicógrafo neerlandés, la lengua no tenía nada que ver en principio con ser inglés o francés, y, de hecho, como veremos, los expertos franceses lucharían empecinadamente contra todo intento de convertirla lengua hablada en criterio de nacionalidad, la cual, según argüían ellos, era determinada puramente por la condición de ciudadano francés. La lengua que hablaban los alsacianos o los gascones siguió sin tener que ver con su condición de miembros del pueblo francés.
A decir verdad, si "nación" tenía algo en común desde el punto de vista popular-revolucionario, no era, en ningún sentido fundamental, la etnicidad, la lengua y cosas parecidas, aunque estas cosas podían ser indicio de pertenencia colectiva también. Como ha señalado Pierre Vilar, lo que caracterizaba a la nación-pueblo vista desde abajo era precisamente el hecho de que representaba el interés común frente a los intereses particulares, el bien común frente al privilegio, como, de hecho, sugiere el término que los norteamericanos utilizaban antes de 1800 para indicar el hecho de ser nación al mismo tiempo que evitaban la palabra misma. Las diferencias de grupo étnico eran, desde este punto de vista revolucionario-democrático, tan secundarias como más adelante les parecerían a los socialistas. Obviamente, lo que distinguía a los colonos norteamericanos del rey Jorge y sus partidarios no era ni la lengua ni la etnicidad, y, a la inversa, la república francesa no tuvo reparo alguno en elegir al anglonorteamericano Thomas Paine miembro de su Convención Nacional.
Por lo tanto, no podemos atribuir a la "nación" revolucionaria nada que se parezca al posterior programa nacionalista consistente en crear estados-nación para conjuntos definidos atendiendo a criterios tan acaloradamente debatidos por los teóricos del siglo XIX como, por ejemplo, la etnicidad, la lengua común, la religión, el territorio y los re-cuerdos históricos comunes (por citar una vez más a John Stuart Mill). Como hemos visto, exceptuando en el caso de "un territorio cuya extensión fuera indefinida (y, quizá, el caso del color de la piel), ninguna de estas cosas unía a la nueva nación norteameri-cana. Además, cuando la "grande nation" de los franceses ensanchó sus fronteras en el transcurso de las guerras revolucionarias y napoleónicas, llegando a regiones que no eran francesas según los posteriores criterios de pertenencia nacional, se vio clara-mente que ninguno de ellos era la base de su constitución.
No obstante, los diversos elementos que más adelante se usarían para descubrir definiciones de la nacionalidad no estatal ya se hallaban indudablemente presentes, ya fuera asociados con la nación revolucionaria o creándole problemas, y cuando más afirmaba ser una e indivisible, mas problemas causaba la heterogeneidad que había dentro de ella. Poca duda hay de que para la mayoría de los jacobinos, un francés que no hablara francés era sospechoso, y que, en la práctica, el criterio etnolingüístico de nacionalidad se aceptaba con frecuencia. Como dijo Barère en el informe sobre las lenguas que presentó al Comité de Salud Pública:
¿Quién, en los departamentos de Alto Rin y Bajo Rin, se ha unido a los traidores pa-ra llamar a los prusianos y los austriacos a nuestras fronteras invadidas? Es el habitan-te del campo [alsaciano], que habla la misma lengua que nuestros enemigos y que, por consiguiente, se considera hermano y conciudadano suyo en lugar de hermano y con-ciudadano de franceses que le hablan en otra lengua y tienen otras costumbres.
La insistencia francesa en la uniformidad lingüística desde la Revolución ha sido verdaderamente fuerte, y a la sazón era excepcional. Volveremos a hablar de ella más adelante. Pero lo que conviene tener en cuenta es que, en teoría, el uso nativo de la lengua francesa no era lo que hacia que una persona fuese francesa -¿cómo podía hacerlo cuando la Revolución propiamente dicha pasaba tanto tiempo probando qué pocas eran las personas en Francia que realmente la utilizaban-, sino la disposición a adquirirla, entre las otras libertades, leyes y características comunes del pueblo libre de Francia. En cierto sentido, adquirir la lengua francesa era una de las condiciones para gozar de la plena ciudadanía francesa (y, por ende, la nacionalidad) del mismo modo que adquirir el inglés lo sería para tener la ciudadanía norteamericana. Como ejemplo de la diferencia entre una definición básicamente lingüística de nacionalidad y la francesa, incluso en su forma extrema, recordemos al filólogo alemán al que luego encontraremos convenciendo al Congreso Estadístico Internacional de la necesidad de incluir una pregunta relativa a la lengua en los censos estatales (véanse las pp. 105-106). Richard Böckh, cuyas influyentes publicaciones del decenio de 1860 argüían que la lengua era el único indicio de nacionalidad apropiado, argumento conveniente para el nacionalismo alemán, dado que los alemanes estaban tan dispersos por el centro y el este de Europa, se vio obligado a clasificar a los judíos askenazis como alemanes, puesto que el yiddish era un dialecto indiscutiblemente germano que se derivaba del alemán medieval. Böckh era muy consciente de que probablemente los antisemitas alemanes no compartirían esta conclusión. Pero los revolucionarios franceses, que abogaban por la integración de los judíos en la nación francesa, no hubieran necesita-do ni comprendido este argumento. A su modo de ver, los judíos sefardíes que habla-ban ladino y los judíos askenazis que hablaban yiddish -y en Francia los había de ambas clases- eran igualmente franceses una vez habían aceptado las condiciones para adquirir la ciudadanía francesa, que, naturalmente, incluían hablar francés. A la inversa, el argumento de que Dreyfus no podía ser "realmente" francés porque era de ascendencia judía fue interpretado correctamente como un desafío a la naturaleza misma de la Revolución francesa y su definición de la nación francesa.
No obstante, es en la presentación del informe de Barère donde se encuentran dos conceptos muy distintos de la nación: el revolucionario-democrático y el nacionalista. La ecuación estado = nación = pueblo era aplicable a ambos, pero, ajuicio de los na-cionalistas, la creación de las entidades políticas que podían contenerla se derivaba de la existencia previa de alguna comunidad que se distinguiera de los extranjeros, mien-tras que desde el punto de vista revolucionario-democrático, el concepto central era la ecuación ciudadano-pueblo soberano = estado lo que, en relación con el resto de la raza humana, constituía una "nación". Tampoco deberíamos olvidar que en lo suce-sivo los estados, como quiera que estuviesen constituidos, también tendrían que tener en cuenta a sus súbditos, pues en la edad de las revoluciones la tarea de gobernarlos se había vuelto más difícil. Tal como lo expresó el libertador griego Colocotronis, ya no era verdad que "el pueblo pensara que los reyes eran dioses en la tierra y que tenían la obligación de decir que lo que hacían estaba bien hecho". La divinidad ya no los defendía. Cuando Carlos X de Francia resucitó la antigua ceremonia de la coronación en Reims en 1825 y (a regañadientes) la ceremonia de la curación mágica, sólo 120 personas se presentaron para que el toque de las regias manos les curase la escrófula. En la última coronación celebrada antes que la suya, en 1774, las personas habían sido 2.400. Como veremos después de 1870 la democratización haría que este pro-blema de la legitimidad y la movilización de los ciudadanos fuera a la vez apremiante y agudo. Es evidente que para los gobiernos el factor central de la ecuación estado = nación = pueblo era el estado.
Pero, ¿cuál era el lugar de la nación o, para el caso, la ecuación estado = nación = pueblo, en el orden de términos que fuese, en el discurso teórico de quienes, después de todo, imprimieron su carácter con la máxima firmeza en el siglo XIX europeo, y, es-pecialmente, en el período en que el "principio de nacionalidad" cambió su mapa de la forma más espectacular, a saber, el período comprendido entre 1830 y 1880: la bur-guesía liberal y sus intelectuales? Aun en el caso de haberlo querido, no hubiesen po-dido evitar la reflexión sobre el problema durante los cincuenta años en que el equilibrio del poder en Europa fue transformado por la aparición de dos grandes potencias basa-das en el principio nacional (Alemania e Italia), la partición efectiva de una tercera por los mismos motivos (Austria-Hungría después del compromiso de 1867), por no men-cionar el reconocimiento de varias entidades políticas menores como estados indepen-dientes que reivindicaban su nuevo estatuto como pueblos con una base nacional, desde Bélgica en occidente hasta los estados sucesores del imperio otomano en el sureste de Europa (Grecia, Serbia, Rumania, Bulgaria), y dos revueltas nacionales de los polacos exigiendo su reconstitución como lo que ellos consideraban un estado-nación. Tampoco deseaban evitarlo. Ajuicio de Walter Bagehot, "la construcción de naciones" era el contenido esencial de la evolución en el siglo XIX.
Sin embargo, como el número de estados-nación a principios del siglo XIX era redu-cido, la pregunta obvia que se hacían las mentes inquisitivas era cuál de las numerosas poblaciones europeas que, basándose en una u otra cosa, podían clasificarse como "nacionalidades" adquiriría un estado (o alguna forma menor de reconocimiento políti-co o administrativo independiente), y cuál de los numerosos estados existentes estaría imbuido del carácter de "nación". Este era esencialmente el propósito al confeccionar listas de criterios para tener el rango de nación potencial o real. Parecía obvio que no todos los estados coincidirían con naciones, ni viceversa. Por un lado, la famosa pre-gunta de Renan: "¿Por qué Holanda es una nación, mientras que Hannover y el Gran Ducado de Parma no lo son?", planteaba una serie de problemas analíticos. Por otro lado, la observación de John Stuart Mill en el sentido de que la fundación de un estado nacional tenía que ser (a) factible y (b) deseada por la nacionalidad misma planteaba otra. Esto les ocurría incluso a los nacionalistas de mediados de la época victoriana, los cuales no albergaban la menor duda acerca de la respuesta a ambos tipos de interro-gante en lo que se refería a su propia nacionalidad o al estado en que se encontraba. Porque hasta ellos se encontraban contemplando las reivindicaciones de otras nacio-nalidades y estados con más frialdad.
Con todo, al pasar de este punto nos encontramos, en el discurso liberal del siglo XIX, con un grado sorprendente de vaguedad intelectual. Esto no se debe tanto a que no se pensara detenidamente como a la suposición de que no era necesario explicarlo en detalle, toda vez que ya era obvio. Por consiguiente, gran parte de la teoría liberal de las naciones aparece tan sólo, por así decirlo, en los márgenes de discurso de los autores liberales. Asimismo, como veremos, un campo central del discurso teórico libe-ral hacía que fuese difícil considerar la "nación" intelectualmente. Nuestra tarea en el resto del presente capítulo consiste en reconstruir una teoría burguesa liberal y cohe-rente de la "nación", de forma parecida a lo que hacen los arqueólogos para recons-truir rutas comerciales basándose en yacimientos de monedas.
Puede que lo mejor sea empezar por el concepto de la "nación" que resulta menos satisfactorio, a saber: el sentido en que Adam Smith utiliza la palabra en el título de su gran obra. Porque en ese contexto significa claramente nada más que un estado terri-torial, o. como dijo John Rae, agudo cerebro escocés que recorrió la Norteamérica de comienzos del siglo XIX criticando a Smith, "toda comunidad, sociedad, nación, estado o pueblo independiente (términos que, en lo que se refiere a nuestro tema, pueden considerarse sinónimos)". Con todo, el pensamiento del gran economista político liberal debe ser pertinente para los pensadores liberales de clase media que conside-ren la "nación" desde otros puntos de vista, aunque no fueran, como John Stuart Mill. economistas ellos mismos, o, como Walter Bagehot, directores de The Economist. Po-demos preguntarnos si fue históricamente fortuito que la era clásica del liberalismo li-brecambista coincidiese con aquella "construcción de naciones" que Bagehot conside-raba tan central en su siglo. Dicho de otro modo, ¿tenía el estado-nación una función específica como tal en el proceso de desarrollo capitalista? O, mejor dicho: ¿cómo veí-an esta función los analistas liberales de la época?
Porque para el historiador es evidente que el papel de las economías definidas por fronteras estatales era grande. La economía mundial del siglo XIX era internacional más que cosmopolita. Los teóricos del sistema mundial han intentado demostrar que el capitalismo se originó como sistema mundial en un solo continente y no en otra parte precisamente debido al pluralismo político de Europa, que ni constituía ni formaba parte de un solo "imperio mundial". El desarrollo económico en los siglos XVI-XVIII se basó en los estados territoriales, cada uno de los cuales tendía a seguir políticas mercantilis-tas como un conjunto unificado. Todavía más obviamente, cuando nos referimos al capitalismo mundial en el siglo XIX y comienzos del XX, hablamos en términos de las unidades nacionales que lo componían en el mundo desarrollado: de la industria britá-nica, la economía norteamericana, el capitalismo alemán en contraposición al francés, etcétera. Durante el prolongado período que va del siglo XVIII a los años que siguieron a la segunda guerra mundial, en la economía mundial parecía haber poco espacio y pocas posibilidades para aquellas unidades auténticamente extraterritoriales, transna-cionales o intersticiales que habían desempeñado un papel tan importante en la géne-sis de una economía mundial capitalista y que hoy día vuelven a ser tan prominentes: por ejemplo, miniestados independientes cuya importancia económica no guarda pro-porción con su tamaño y sus recursos: Lübeck y Gante en el siglo XIV, Singapur y Hong Kong una vez más hoy día. De hecho, al volver la vista atrás para examinar el desarrollo de la moderna economía mundial, nos inclinamos a ver la fase durante la cual el desarrollo económico estuvo íntegramente vinculado a las "economías naciona-les" de varios estados territoriales desarrollados, situada entre dos eras esencialmente transnacionales.
La dificultad para los economistas liberales del siglo XIX, o para los liberales que, como cabía esperar, aceptaban los argumentos de la economía política clásica, residía en que podían reconocer la importancia económica de las naciones sólo en la práctica, pero no en teoría. La economía política clásica, en especial la de Adam Smith, se había formulado como crítica del "sistema mercantil", es decir Justamente del sistema en el cual los gobiernos trataban las economías nacionales como conjuntos que debían des-arrollarse por medio del esfuerzo y la política del estado. El libre cambio y el mercado libre iban dirigidos precisamente contra este concepto del desarrollo económico nacio-nal, que era contraproducente, según creía haber demostrado Smith. La teoría econó-mica, por lo tanto, se elaboró exclusivamente basándose en unidades de empresa indi-viduales -personas o compañías-, que racionalmente maximizaban sus ganancias y minimizaban sus pérdidas en un mercado que no tenía ninguna extensión espacial es-pecífica. El límite era, no podía por menos de serio, el mercado mundial. Aunque Smith distaba mucho de oponerse a ciertas funciones del gobierno que tenían que ver con la economía, en lo que se refería a la teoría general del crecimiento económico, no tenía lugar alguno para la nación o cualquier otra colectividad mayor que la empresa, que, dicho sea de paso, no se tomó la molestia de investigar a fondo.
Así, J. E. Calmes, en el apogeo de la era liberal, incluso dedicó diez páginas a con-siderar seriamente la proposición de que una teoría del comercio internacional era in-necesaria, en contraposición a cualquier otro tipo de comercio entre individuos. Con-cluyó que, si bien era indudable que las transacciones internacionales se hacían cada vez más fáciles, todavía quedaban fricciones suficientes para justificar que el problema del comercio ente estados se considerase por separado. El economista liberal alemán Schönberg dudaba que el concepto "renta nacional" tuviera algún sentido. Los que no se daban por satisfechos con las ideas superficiales podían estar tentados de creer esto, pero probablemente iban demasiado lejos aun cuando las estimaciones de la "ri-queza nacional" en términos monetarios eran erróneas. Edwin Cannan opinaba que la "nación" de Adam Smith consistía solamente en el conjunto de individuos que vivían en el territorio de un estado y consideraba si el hecho de que al cabo de cien años toda aquella gente habría muerto hacía que fuese imposible hablar de la "nación" como de una entidad que existía de forma continua. En términos de la política, esto significaba la creencia de que sólo la asignación de recursos por medio del mercado era óptima, y que por medio de esta operación los intereses de los individuos producirían automáti-camente los intereses del conjunto: en la medida en que en la teoría hubiera espacio para un concepto como los intereses de toda la comunidad. A la inversa, John Rae escribió su libro de 1834 específicamente para demostrar contradiciendo a Smith, que los intereses individuales y los nacionales no eran idénticos, es decir, que los principios que guiaban al individuo en la busca del interés propio no maximizaban necesariamen-te la riqueza de la nación. Como veremos, no había que pasar por alto a los que se negaban a tomar a Smith de forma incondicional, pero sus teorías económicas no po-dían competir con la escuela clásica. El término "economía nacional" sólo aparece en el Dictionary of political economy de Palgrave en relación con la teoría económica ale-mana. El término "nación" propiamente dicho había desaparecido de la obra francesa equivalente del decenio de 1890.
Y, a pesar de ello, hasta los economistas clásicos más puros se vieron obligados a trabajar con el concepto de una economía nacional. Tal como el sansimoniano Michel Chevalier anunció en tono de pedir perdón o irónicamente en su lección inaugural en calidad de profesor de economía política en el Collège de France:
Se nos ordena que nos ocupemos de los intereses generales de las sociedades humanas, y no se nos prohíbe considerar la situación concreta en la sociedad dentro de la cual vivimos.
O, como diría lord Robbins, una vez más en relación con los economistas políticos clásicos, "hay pocos indicios de que a menudo fuesen más allá de la prueba del prove-cho nacional como criterio de la política, menos todavía de que estuvieran dispuestos a pensar en la disolución de los lazos nacionales". En resumen, no podían ni querían escaparse de "la nación", cuyos progresos siguió Porter, satisfecho de sí mismo, a partir de 1835 porque, según pensaba, uno deseaba "descubrir los medios que ha em-pleado alguna comunidad para alcanzar la eminencia entre las naciones". Apenas hace falta añadir que, al hablar de "alguna comunidad", quería decir "la comunidad propia de uno mismo".
¿Cómo, de hecho, podían negarse las funciones económicas e incluso las ventajas del estado-nación? La existencia de estados con un monopolio de la moneda y con finanzas públicas y, por consiguiente, normas y actividades fiscales era un hecho. Es-tas actividades económicas no podían abolirse, ni siquiera podían abolirías los que deseaban eliminar sus intervenciones perjudiciales en la economía. Asimismo, hasta los libertarios extremados podían aceptar, con Molinari, que "la división de la humani-dad en naciones autónomas es esencialmente económica". Porque el estado -el estado-nación en la era posrevolucionaria-, después de todo, garantizaba la seguri-dad de la propiedad y los contratos y, como dijo J. B. Say -que no era precisamente amigo de la empresa pública-, "ninguna nación ha alcanzado jamás un nivel de ri-queza sin estar bajo un gobierno regular". Los economistas liberales incluso podían racionalizar las funciones del gobierno en términos de la libre competencia. Así, Molina-ri arguyó que "la fragmentación de la humanidad en naciones es útil, por cuanto desa-rrolla un principio poderosísimo de emulación económica". A modo de prueba, citó la gran exposición de 1851. Pero incluso sin semejantes justificaciones, la función del gobierno en el desarrollo económico se daba por sentada. J. B. Say, que no veía más diferencia entre una nación y sus vecinas que entre dos provincias vecinas, a pesar de ello acusó a Francia -es decir, al estado y al gobierno franceses- de olvidarse de desarrollar los recursos nacionales del país y, en vez de ello, dedicarse a las conquis-tas en el extranjero. En pocas palabras, ningún economista, ni siquiera el de conviccio-nes liberales más extremas, podía pasar por alto o no tener en cuenta la economía nacional. Los economistas liberales tan sólo no gustaban de hablar de ella, o no sabían cómo hablar de ella.
Pero en los países que iban detrás del desarrollo económico nacional frente a la economía superior de Inglaterra, el libre cambio de Smith parecía menos atractivo. Allí no encontramos ninguna escasez de hombres que deseaban vivamente hablar de la economía nacional en conjunto. Ya hemos mencionado a Rae, el olvidado canadiense de origen escocés. Propuso teorías que parecen anticiparse a las doctrinas de sustitu-ción de importaciones e importación de tecnología que la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas formularía en el decenio de 1950. De modo más obvio, el gran federalista Alexander Hamilton en los Estados Unidos vinculó la nación, el estado y la economía, utilizando este vinculo para justificar su preferencia por un gobierno nacional fuerte frente a políticos menos centralizadores. La lista de sus "grandes medidas nacionales" que redactó el autor del articulo "nación" en una poste-rior obra de consulta norteamericana es exclusivamente económica: la fundación de un banco nacional, responsabilidad pública de las deudas del estado, la creación de una deuda nacional, la protección de las manufacturas nacionales por medio de aranceles elevados y la obligatoriedad de la contribución indirecta. Puede ser que, como el au-tor sugiere con admiración, todas estas medidas "fueran destinadas a desarrollar el germen de la nacionalidad", o cabe que, como en el caso de otros federalistas que hablaban poco de la nación y mucho en las discusiones económicas, creyera que la nación cuidaría de sí misma si el gobierno federal cuidaba del desarrollo económico: en todo caso, la nación significaba implícitamente economía nacional y su fomento siste-mático por el estado, lo cual en el siglo XIX quería decir proteccionismo.
En la Norteamérica decimonónica, los economistas del desarrollo eran, en general, demasiado mediocres para formular teorías convincentes a favor del "hamiltonismo", como intentaron hacer el desdichado Carey y otros. Sin embargo, esas teorías las formularon con lucidez y elocuencia unos economistas alemanes, encabezados por Friedrich List, que había adquirido sus ideas, inspiradas francamente en Hamilton, du-rante su estancia en los Estados Unidos en el decenio de 1820, lo que, de hecho, había permitido a éste participar en los debates nacionales en tomo a la economía de aquel período. A juicio de List, la tarea de la ciencia económica, que en lo sucesivo los alemanes tenderían a llamar "economía nacional" (Nationaloekonomie) o "econo-mía del pueblo" (Volkswirtschaft) con preferencia a "economía política", era "conse-guir el desarrollo económico de la nación y preparar su entrada en la sociedad univer-sal del futuro". Apenas hace falta añadir que este desarrollo tomaría la forma de la industrialización capitalista impulsada por una burguesía vigorosa.
Con todo, lo que resulta interesante desde nuestro punto de vista relativo a List, y a la posterior "escuela histórica" de economistas alemanes que se inspiraron en él -igual que hicieron nacionalistas económicos de otros países, como, por ejemplo, Arthur Griffith de Irlanda-, es que formuló claramente una característica del concepto "libe-ral" de la nación a la que normalmente no se prestaba la debida atención. Tenía que ser del tamaño suficiente para formar una unidad de desarrollo que fuese viable. Si quedaba muy por debajo de este umbral, no tenía ninguna justificación histórica. Esto parecía demasiado obvio para requerir argumentos y raramente se razonaba. El Dic-tionnaire politique de Gamier-Pagés en 1843 juzgaba "ridículo" que Bélgica y Portugal fuesen naciones independientes, porque eran evidentemente demasiado pequeñas. John Stuart Mill justificó el nacionalismo de todo punto innegable de los irlandeses di-ciendo que, después de todo, teniendo en cuenta todas las circunstancias, eran "sufi-cientemente numerosos para ser capaces de constituir una nacionalidad respetable". Otros, entre ellos Mazzini y Cavour, aun siendo apóstoles del principio de nacionalidad, no estaban de acuerdo. De hecho, el propio New English Dictionary definía la palabra "nación", no sólo del modo habitual y divulgado en Gran Bretaña por J. S. Mill, sino como "un conjunto extenso de personas" con las características requeridas (la cursiva es mía). Ahora bien, List afirmó claramente que una población numerosa y un territo-rio extenso dotado de múltiples recursos nacionales son requisitos esenciales de la nacionalidad normal... Una nación restringida en el número de su población y en su territorio, especialmente si tiene una lengua propia, sólo puede poseer una literatura inválida, instituciones inválidas para la promoción del arte y la ciencia. Un estado pe-queño nunca puede llevar a la perfección completa dentro de su territorio las diversas ramas de la producción.
Las ventajas económicas de los estados en gran escala (Grossstaaten) a juicio del profesor Gustav Cohn, quedaban demostradas por la historia de Gran Bretaña y Fran-cia. Sin duda eran menos que las de una sola economía mundial, pero la unidad mun-dial, por desgracia, todavía no era alcanzable. Mientras tanto "todo aquello a lo que la humanidad aspira para la totalidad de la raza humana... en estos momentos ya se ha conseguido (zunächst einmal) para una fracción significativa de la humanidad, es decir, entre 30 y 60 millones". Y, por ello, "se desprende que el futuro del mundo civilizado, durante mucho tiempo venidero, tomará la forma de la creación de grandes estados (Grosstaatenhildung)". Observamos, por cierto, la suposición constante de que las "naciones" van en segundo lugar detrás de la unidad mundial. Hablaremos de ello seguidamente.
Dos consecuencias se desprenden de esta tesis, que fue aceptada de modo casi universal por quienes pensaban seriamente en este asunto, incluso cuando no lo for-mulaban de forma tan explícita como los alemanes, que tenían algunas razones históri-cas para obrar así.
En primer lugar, se desprendía de ella que el "principio de nacionalidad" era aplica-ble en la práctica sólo a nacionalidades de cierta importancia. De ahí el hecho, por lo demás sorprendente, de que Mazzini, el apóstol de este principio, no previera la inde-pendencia para Irlanda. En cuanto a nacionalidades o nacionalidades potenciales más pequeñas todavía -sicilianos, bretones, galeses-, sus pretensiones hay que tomarlas todavía menos en serio. De hecho, la palabra Kleinstaaterei (el sistema de miniesta-dos) era premeditadamente despectivo. Era aquello contra lo que estaban los naciona-listas alemanes. La palabra "balcanización", derivada de la división de los territorios que antes eran parte del imperio turco en varios estados pequeños e independientes, todavía conserva su connotación negativa. Ambos términos pertenecían al vocabulario de los insultos políticos. Este "principio del umbral" lo ilustra de forma excelente el mapa de la futura Europa de las naciones que el propio Mazzini trazó en 1857: com-prendía una docena escasa de estados y federaciones, sólo uno de los cuales (Italia, huelga decirlo) no sería clasificado obviamente como multinacional de acuerdo con criterios posteriores. El "principio de nacionalidad" en la formulación "wilsoniana" que dominó los tratados de paz al concluir la primera guerra mundial produjo una Euro-pa de veintiséis estados-: veintisiete si añadimos el estado libre de Irlanda que se fundaría poco después. Me limito a añadir que en un solo estudio reciente de movi-mientos regionalistas en la Europa occidental se cuentan cuarenta y dos de ellos, demostración de lo que puede suceder cuando se abandona el "principio del umbral".
Lo que debe tomarse en cuenta, sin embargo, es que en el período clásico del na-cionalismo liberal nadie hubiera soñado con abandonarlo. La autodeterminación para las naciones sólo era aplicable a las naciones que se consideraban viables: cultural y, desde luego, económicamente (prescindiendo de cuál fuera el significado exacto de la viabilidad). Hasta este punto, la idea de la autodeterminación nacional que tenían Maz-zini y Mill era fundamentalmente distinta de la del presidente Wilson. Más adelante consideramos las razones del cambio de la una a la otra. Con todo, tal vez valga la pena señalar de paso, aquí mismo, que el "principio del umbral" no fue abandonado por completo ni siquiera en la era "wilsoniana". En el período de entreguerras, la exis-tencia de Luxemburgo y Lichtenstein continuó causando cierta turbación, por muy del agrado que ambos estados fuesen para los filatélicos. A nadie le hacía gracia la exis-tencia de la ciudad libre de Danzig, no sólo en los dos estados vecinos, cada uno de los cuales quería tenerla dentro de su territorio, sino, de forma más general, entre los que creían que ninguna ciudad-estado podía ser viable en el siglo XX como lo había sido en el período hanseático. Los habitantes de la Austria residual deseaban de modo casi unánime integrarse en Alemania, porque sencillamente no podían creer que un estado pequeño como el suyo fuera viable como economía si permanecía independien-te (lebensfähig). Hasta 1945, o aún más hasta la descolonización, no hemos dejado en la comunidad de naciones espacio para entidades como Dominica, las Maldivas o An-dorra.
La segunda consecuencia es que la edificación de naciones era vista inevitablemen-te como un proceso de expansión. Este era otro motivo de la anomalía del caso irlan-dés o de cualquier otro nacionalismo puramente separatista. Como hemos visto, se aceptaba en teoría que la evolución social ensanchó la escala de las unidades sociales humanas de la familia y la tribu al condado y al cantón, de lo local a lo regional, lo na-cional y, finalmente, lo mundial. Por lo tanto, las naciones, por así decirlo, armonizaban con la evolución histórica sólo en la medida en que extendiesen la escala de la socie-dad humana, en igualdad de circunstancias.
Si nuestra doctrina debiera resumirse en forma de proposición, quizá diríamos que, en general, el principio de nacionalidades es legitimo cuando tiende a unir, en un con-junto compacto, grupos de población dispersos, e ilegítimo cuando tiende a dividir un estado.
En la práctica, esto quería decir que se esperaba que los movimientos nacionales fueran movimientos a favor de la unificación o expansión nacional. Así, todos los ale-manes e italianos esperaban unirse en un solo estado, lo mismo que todos los griegos. Los serbios se fundirían con los croatas en una única Yugoslavia (para la cual no había ningún precedente histórico en absoluto), y, más allá de esto, el sueño de una federa-ción balcánica obsesionaba a los que buscaban una unidad todavía más amplia. A ello siguieron comprometidos los movimientos comunistas hasta después de la segunda guerra mundial. Los checos se fundirían con los eslovacos, los polacos se combinarían con los lituanos y los rutenos -de hecho, ya habían formado un estado único y grande en la Polonia anterior a la partición-, los rumanos de Moldavia se unirían a los de Va-laquia y Transilvania, y así sucesivamente. Esto, evidentemente, era incompatible con las definiciones de las naciones basadas en la etnicidad, la lengua o la historia común, pero, como hemos visto, estos no eran los criterios decisivos de la construcción liberal de naciones. En todo caso, nadie ha negado jamás la multinacionalidad, el multilin-güismo o la multietnicidad real de los estados-nación más antiguos y más incontesta-bles, por ejemplo, Gran Bretaña, Francia y España.
Que los "estados-nación" serían nacionalmente heterogéneos de esta manera fue aceptado tanto más rápidamente cuanto que. como había muchas partes de Europa, así como del resto del mundo, donde las nacionalidades estaban tan obviamente mez-cladas, una separación puramente espacial de ellas parecía muy poco realista. Esta sería la base de interpretaciones de la nacionalidad tales como la austromarxista poste-rior, que no la adscribía a territorios, sino a personas. Tampoco fue casualidad que la iniciativa en esta cuestión dentro del partido socialdemócrata austriaco la tomaran prin-cipalmente los eslovenos, que vivían en una región donde los asentamientos eslovenos y alemanes, que a menudo existían en forma de enclaves o zonas fronterizas de identi-ficación incierta y variable, eran especialmente difíciles de desenmarañar. Sin embar-go, la heterogeneidad nacional de los estados-nación era aceptada, sobre todo, porque parecía claro que las nacionalidades pequeñas, y en especial las pequeñas y atrasa-das, podían salir sumamente beneficiadas si se fundían para formar naciones mayores y, por medio de éstas, efectuar sus aportaciones a la humanidad. "La experiencia -según dijo Mill, expresando el consenso de los observadores sensatos- demuestra que es posible que una nacionalidad se funda y sea absorbida en otra." Para las atra-sadas e inferiores ello sería una gran ganancia:
Nadie puede suponer que no es más beneficioso para un bretón o un vasco de la Navarra francesa ser... miembro de la nacionalidad francesa, participando en igualdad de condiciones de todos los privilegios de la ciudadanía francesa ... que estar enfurru-ñado en sus propios peñascos, reliquia semisalvaje de tiempos pasados, dando vueltas en su propia y pequeña órbita mental, sin participación ni interés en el movimiento ge-neral del mundo. El mismo comentario es aplicable al Gales o un escocés de las High-lands como miembros de la nación británica.
Una vez se hubo aceptado que una nación independiente o "real" también tenía que ser una nación viable según los criterios vigentes en aquel tiempo, también se concluyó que algunas de las nacionalidades y lenguas menores estaban condenadas a desaparecer como tales. Friedrich Engels ha sido criticado amargamente como chauvi-nista de la gran Alemania por predecir la desaparición de los checos como pueblo y por hacer comentarios poco amables acerca del futuro de bastantes otros pueblos. Es verdad que se enorgullecía de ser alemán y era dado a comparar favorablemente a su gente con otros pueblos excepto en lo que se refería a la tradición revolucionaria. Tam-bién, no cabe la menor duda, estaba totalmente equivocado en relación con los checos y algunos otros pueblos. No obstante, criticarle por su postura esencial, que era com-partida por todos los observadores imparciales de mediados del siglo XIX, es puro ana-cronismo. Algunas nacionalidades y lenguas pequeñas no tenían ningún futuro inde-pendiente. Esto era aceptado de forma general, incluso por gentes que distaban mucho de ser hostiles a la liberación nacional en principio, o en la práctica.
Nada chauvinista había en semejante actitud general. No significaba implícitamente ninguna hostilidad para con las lenguas y la cultura de tales victimas colectivas de las leyes del progreso (como es seguro que las habrían llamado entonces). Al contrario, allí donde la supremacía de la nacionalidad estatal y la lengua del estado no constituí-an un problema, la nación principal podía proteger y fomentar los dialectos y las len-guas menores que había dentro de ella, las tradiciones históricas y folclóricas de las comunidades menores que contenía, aunque fuese sólo como prueba de la gama de colores de su paleta macronacional. Asimismo, las pequeñas nacionalidades o incluso estados-nación que aceptaban su integración dentro de la nación mayor como algo positivo -o, si se prefiere, que aceptaban las leyes del progreso- no reconocían tam-poco ninguna diferencia inconciliable entre microcultura y macro-cultura, o incluso es-taban resignadas a la pérdida de lo que no pudiera adaptarse a la era moderna. Fueron los escoceses y no los ingleses quienes inventaron el concepto del "británico del nor-te" después de la unión de 1707. Fueron los hablantes y paladines del gales en el Gales decimonónico quienes dudaban que su propia lengua, tan poderosa como vehí-culo de la religión y la poesía, pudiese servir a modo de lengua universal de cultura en el mundo del siglo XIX, es decir, quienes daban por sentadas la necesidad y las venta-jas del bilingüismo. Sin duda no eran inconscientes de las posibilidades de seguir carreras esencialmente británicas que se ofrecían al gales que hablará inglés, pero esto no disminuía su lazo emotivo con la tradición antigua. Esto resulta evidente hasta entre los que se resignaban a que la lengua galesa acabara desapareciendo, cual es el caso del reverendo Griffiths del Dissenting College, en Brecknock, que se limitó a pedir que dejaran que la evolución natural siguiese su curso.
Dejad que (la lengua galesa) muera serenamente, apaciblemente, honrosamente. Aunque estemos apegados a ella, pocos desearían aplazar su eutanasia. Pero ningún sacrificio se consideraría demasiado grande para impedir que sea asesinada.
Al cabo de cuarenta años, otro miembro de una nacionalidad pequeña, el teórico socialista Karl Kautsky -checo de nacimiento- habló en términos parecidamente re-signados, pero no desapasionados:
Las lenguas nacionales se verán cada vez más limitadas al uso doméstico, e incluso allí tenderán a ser tratadas como un mueble viejo heredado de la familia, algo que tra-tamos con veneración aun cuando no tiene mucha utilidad práctica.
Pero estos eran problemas de las nacionalidades más pequeñas cuyo futuro inde-pendiente parecía problemático. Los ingleses apenas se paraban a pensar en las pre-ocupaciones de los escoceses y galeses mientras se gloriaban de los exotismos de cosecha propia de las islas Británicas. A decir verdad, como pronto descubrirían los irlandeses del mundo escénico, daban la bienvenida a las nacionalidades menores que no lanzaran un desafío a las mayores, tanto más, cuanto menos inglesa fuera su forma de comportarse: cuanto más exagerasen su condición irlandesa o escocesa. De modo parecido, los nacionalistas pangermanistas estimulaban, de hecho, la producción de literatura en bajo alemán o en frisen, toda vez que estas lenguas no representaban ningún peligro porque estaban reducidas a la condición de apéndices del alto alemán en vez de competidoras del mismo; y los italianos nacionalistas se enorgullecían de Belli, Goldoni y las canciones en napolitano. Puestos a decir, la Bélgica francófona no ponía reparos a los belgas que hablaban y escribían en flamenco. Eran los flamingants quienes se resistían al francés. Ciertamente hubo casos en que la nación principal o Staatsvolk intentó activamente suprimir las lenguas y culturas menores, pero hasta finales del siglo XIX estos casos fueron raros salvo en Francia.
Así pues, algunos pueblos y algunas nacionalidades estaban destinabas a no ser nunca naciones del todo. Otros lo habían conseguido o lo conseguirían en el futuro. Pero, ¿cuáles tenían futuro y cuáles no lo teman? Los debates en tomo a lo que consti-tuía las características de una nacionalidad -territoriales, lingüísticas, étnicas, etcéte-ra- no ayudaron mucho. El "principio del umbral" era más útil, naturalmente, toda vez que eliminaba una serie de pueblos pequeños, pero, como hemos visto, tampoco fue decisivo, ya que existían "naciones" incontestables de tamaño muy modesto, por no hablar de movimientos nacionales como el irlandés, acerca de cuya capacidad de for-mar estados-nación viables las opiniones estaban divididas. La intención inmediata de la pregunta de Renan acerca de Hannover y el Gran Ducado de Parma era, después de todo, contrastarlos, no con cualquier nación, sino con otros estados-nación del mis-mo orden modesto de magnitud, con los Países Bajos o Suiza. Como veremos, la apa-rición de movimientos nacionales que contaban con el apoyo de las masas, que exigían que se les prestara atención, haría necesarias importantes revisiones de juicio, pero en la era clásica del liberalismo pocas de ellas, salvo las del imperio otomano, parecían exigir aún que se las reconociera como estados soberanos independientes, en contra-posición a exigir diversas clases de autonomía. Como de costumbre, también en este sentido el caso irlandés era anómalo: al menos se volvió anómalo con la aparición de los fenianos, que exigían una República de Irlanda que por fuerza sería independiente de Gran Bretaña.
En la práctica había sólo tres criterios que permitían que un pueblo fuera clasificado firmemente como nación, siempre con la condición de que fuera suficientemente gran-de para cruzar el umbral. El primero era su asociación histórica con un estado que exis-tiese en aquellos momentos o un estado con un pasado bastante largo y reciente. De ahí que hubiese pocas discusiones acerca de la existencia de una nación-pueblo ingle-sa o francesa, de un pueblo ruso (de la Gran Rusia) o de los polacos, así como que fuera de España se discutiera poco en tomo a una nación española con características nacionales bien comprendidas. Porque, dada la identificación de la nación con el es-tado, era natural que los extranjeros diesen por sentado que las únicas gentes que había en un país eran las que pertenecían al estado-pueblo, costumbre que todavía irrita a los escoceses.
El segundo criterio era la existencia de una antigua élite cultural, poseedora de una lengua vernácula literaria y administrativa nacional y escrita. Esta era la base de las pretensiones de nacionalidad italiana y alemana, aunque los "pueblos" respectivos no tenían un solo estado con el que pudieran identificarse. En ambos casos la identifica-ción nacional era, por consiguiente, fuertemente lingüística, aun cuando en ninguno de ellos la lengua nacional era hablada para fines cotidianos por más que una pequeña minoría -se ha calculado que en Italia era el 2,5 por 100 en el momento de la unifica-ción-, mientras que el resto hablaba varios idiomas que solían ser mutuamente in-comprensibles.
El tercer criterio, y es lamentable tener que decirlo, era una probada capacidad de conquista. No hay como ser un pueblo imperial para hacer que una población sea consciente de su existencia colectiva como tal, como bien sabía Friedrich List. Además, para el siglo XIX la conquista proporcionaba la prueba darviniana del éxito evolucionis-ta como especie social.
Es obvio que otros candidatos a la condición de nación no eran excluidos a priori, pero tampoco había ninguna suposición apriorística a su favor. El método más seguro era probablemente pertenecer a alguna entidad política que, comparada con las pautas del liberalismo decimonónico, fuese anómala, periclitada y condenada por la historia y el progreso. El imperio otomano era el fósil evolucionista más obvio de su género, pero, como se hacía cada vez más evidente, lo mismo le ocurría al imperio Habsburgo.
Estas eran, pues, las concepciones de la nación y el estado-nación tal como las veí-an los ideólogos de la era del liberalismo burgués triunfante: digamos que de 1830 a 1880. Formaban parte de la ideología liberal de dos maneras. En primer lugar, porque el desarrollo de las naciones era indiscutiblemente una fase de la evolución o el pro-greso humano desde el grupo pequeño hacia el grupo mayor, de la familia a la tribu y la región, a la nación y, finalmente, al mundo unificado del futuro, en el cual, citando al superficial y por ende típico G. Lowes Dickinson, "las barreras de la nacionalidad que pertenecen a la infancia de la raza se fundirán y disolverán bajo el sol de la ciencia y el arte".
Ese mundo estaría unificado incluso lingüísticamente. Una sola lengua mundial, que sin duda coexistiría con lenguas nacionales reducidas al papel doméstico y sentimental de los dialectos, estaba en el pensamiento tanto del presidente Ulysses S. Grant como de Karl Kautsky. Tales predicciones. como sabemos ahora, no eran totalmente des-acertadas. Los intentos de construir lenguas mundiales artificiales que se hicieron a partir del decenio de 1880, a raíz de los códigos telegráficos y de señales del decenio de 1870, no tuvieron éxito, aunque uno de ellos, el esperanto, perdura todavía entre reducidos grupos de entusiastas y bajo la protección de algunos regímenes derivados del internacionalismo socialista del período. Por otro lado, el escepticismo sensato que tales esfuerzos inspiraban a Kautsky y su predicción de que una de las grandes len-guas estatales se transformaría en un lenguaje mundial de facto han resultado correc-tos. El inglés se ha convertido en esa lengua mundial, aun cuando complementa a las lenguas nacionales en lugar de sustituirlas.
Así pues, vista con la perspectiva de la ideología liberal, la nación (es decir, la na-ción grande y viable) fue la etapa de la evolución que se alcanzó a mediados del siglo XIX. Como hemos visto, la otra cara de la moneda, "la nación como progreso", era, por lo tanto, lógicamente, la asimilación de comunidades y pueblos más pequeños en otros mayores. Esto no significaba necesariamente el abandono de lealtades y senti-mientos antiguos, aunque, por supuesto, podía significarlo. Las personas geográfica y socialmente móviles, en cuyo pasado no había nada muy deseable que contemplar, podían mostrarse muy dispuestas a ello. Un buen ejemplo de ello eran los judíos de clase media en los países que ofrecían igualdad total por medio de la asimilación -París bien valía una misa no sólo para el rey Enrique IV- hasta que descubrieron, a partir de finales de siglo, que la disposición ilimitada a asimilarse no era suficiente si la nación receptora no estaba dispuesta a aceptar plenamente al asimilado. Por otro lado, no hay que olvidar que los Estados Unidos en modo alguno eran el único estado que ofrecía libremente la pertenencia a una "nación" a cualquiera que quisiese ingresar en ella, y las "naciones" aceptaban la entrada libre más fácilmente que las clases. Las generaciones anteriores a 1914 están llenas de chauvinistas de la nación grande cuyos padres, y no digamos sus madres, no hablaban la lengua del pueblo elegido por sus hijos, y cuyos nombres eslavos o alemanes, o eslavos "magiarizados", daban testimo-nio de su elección. Las recompensas de la asimilación podían ser sustanciosas.
Pero la nación moderna formaba parte de la ideología liberal de otra manera. Estaba vinculada al resto de las grandes consignas liberales por la larga asociación con ellas más que por necesidad lógica: del mismo modo que la libertad y la igualdad lo están a la fraternidad. Por decirlo de otro modo, debido a que la nación misma era una nove-dad desde el punto de vista histórico, era blanco de la oposición de los conservadores y los tradicionalistas y, por consiguiente, atraía a sus adversarios. La asociación entre las dos líneas de pensamiento quizá la ilustre el ejemplo de un típico pangermano de Austria, nacido en esa región de agudos conflictos nacionales que es Moravia. Amold Pichier, que sirvió en la policía de Viena con una devoción que las transformaciones políticas no rompieron de 1901 a 1938, era y, en cierta medida, siguió siendo durante toda su vida un apasionado nacionalista germano, anticheco y antisemita, aunque no era partidario de meter a todos los judíos en campos de concentración, como sugerían sus correligionarios antisemitas. Al mismo tiempo era un anticlerical apasionado e incluso un liberal en política; en todo caso, colaboró con los diarios más liberales de Viena durante la primera república. En sus escritos el nacionalismo y los razonamien-tos eugenésicos aparecen unidos a un entusiasmo por la revolución industrial y, cosa más sorprendente, por la creación de un conjunto de "ciudadanos del mundo (Weltbür-ger)... el cual... alejado del provincianismo de las ciudades pequeñas y de los horizon-tes limitados por el campanario de la iglesia" abría el globo entero a los que antes es-taban aprisionados en sus rincones regionales.
Así era, pues, el concepto de "nación" y "nacionalismo" tal como lo veían los pen-sadores liberales en el apogeo del liberalismo burgués, que fue también la época en que el "principio de nacionalidad" pasó por primera vez a ser importante en la política internacional. Como veremos, difería en un aspecto fundamental del principio "wilso-niano" de la autodeterminación nacional, que es también, en teoría, el leninista, y que dominó el debate en tomo a estas cuestiones a partir de finales del siglo XIX y continúa dominándolo. No era incondicional. En este sentido también difería del punto de vista radical-democrático, tal como se expresaba en la declaración de derechos de la Revo-lución francesa que citábamos anteriormente y que de forma específica rechazaba el "principio del umbral". Sin embargo, en la práctica los minipueblos cuyo derecho a la soberanía y a la autodeterminación era garantizado así, generalmente no podían ejer-cerlo porque sus vecinos mayores y más rapaces no se lo permitían: y tampoco en la mayoría de ellos había muchas personas que simpatizaran con los principios de 1795. Uno piensa en los cantones libres (conservadores) de las montañas de Suiza, que difí-cilmente podían estar lejos del pensamiento de los lectores de Rousseau que redacta-ron la declaración de los derechos del hombre en aquella era. Aún no habían llegado los tiempos del autonomismo de izquierdas o de los movimientos pro independencia en tales comunidades.
Desde el punto de vista del liberalismo -y, como demuestra el ejemplo de Marx y Engels, no sólo del liberalismo-, los argumentos favorables a "la nación" decían que representaban una etapa en el devenir histórico de la sociedad humana, y los argu-mentos a favor de la fundación de un estado-nación determinado, prescindiendo de los sentimientos subjetivos de los miembros de la nacionalidad interesada, o de las simpa-tías personales del observador, dependían de que pudiera demostrarse que encajaba en la evolución y el progreso históricos o los fomentaba. La admiración burguesa uni-versal por los escoceses de las Highlands no empujó a un solo autor, que yo sepa, a pedir una nación para ellos, ni siquiera a los sentimentales que lloraron el fracaso de la restauración de los Estuardo bajo el príncipe Carlos, cuyos principales partidarios habí-an sido los clanes de la región citada.
Pero si el único nacionalismo históricamente justificable era el que encajaba en el progreso, es decir, ampliaba, en vez de restringirla, la escala en que funcionaban las economías, sociedades y cultura humanas, ¿cuál podría ser la defensa de los pueblos pequeños, las lenguas pequeñas y las tradiciones pequeñas, en la inmensa mayoría de los casos, sino una expresión de resistencia conservadora al avance inevitable de la historia? La gente, la lengua o la cultura pequeña encajaba en el progreso sólo en la medida en que aceptara la condición de subordinada de alguna unidad mayor o se reti-rase de la batalla para convertirse en depositaría de nostalgia y otros sentimientos: en pocas palabras, si aceptaba la condición de viejo mueble de la familia que le asignó Kautsky. Y que, por supuesto, tantas de las pequeñas comunidades y culturas del mundo parecían dispuestas a aceptar. El observador liberal educado podía razonar preguntándose por qué la gente que hablaba en gaélico se comportaba de forma dife-rente de la que hablaba el dialecto de Northumberland. Nada les impedía ser bilingües. Los escritores ingleses que usaban un dialecto escogían su idioma no contra la lengua nacional estándar, sino con la conciencia de que ambos tenían su valor y su sitio. Y si, andando el tiempo, el idioma local se retiraba ante el nacional, o incluso se desvanecía, como ya les había ocurrido al algunas lenguas célticas marginales (la de Cornualles y la de la isla de Man dejaron de hablarse en el siglo XVIII), entonces, sin duda, era la-mentable, pero quizá no podía evitarse. No morían sin que nadie las llorase, pero una generación que inventó el concepto y el término de "folclore" podía distinguir la dife-rencia entre lo presente y vivo y las reliquias del pasado.
Por lo tanto, para comprender la "nación" de la era liberal clásica es esencial tener presente que la "edificación de naciones", por central que fuese para la historia del siglo XIX, era aplicable a sólo algunas naciones. Y, a decir verdad, la exigencia de que se aplicara el "principio de nacionalidad" tampoco era universal. Como problema inter-nacional y como problema político nacional afectaba únicamente a un número limitado de pueblos o regiones, incluso dentro de estados multilingües y multiétnicos tales como el imperio Habsburgo, donde ya dominaba claramente la política. No sería exagerado decir que, después de 1871 -siempre con la excepción del imperio otomano, que iba desintegrándose lentamente- pocas personas esperaban que se produjeran más cambios importantes en el mapa de Europa, y reconocían pocos problemas nacionales con probabilidades de causar tales cambios, dejando aparte la perenne cuestión pola-ca. Y, de hecho, fuera de los Balcanes, el único cambio que experimentó el mapa de Europa entre la creación del imperio alemán y la primera guerra mundial fue la separa-ción de Noruega de Suecia. Lo que es más, después de los rebatos y las correrías na-cionales de los años comprendidos entre 1848 y 1867, no era demasiado suponer que incluso en Austria-Hungría se enfriarían los ánimos. Eso, en todo caso, es lo que espe-raban tos funcionarios del imperio Habsburgo cuando (más bien a regañadientes) deci-dieron aceptar una resolución del Congreso Estadístico Internacional de San Peters-burgo en 1873, en el sentido de incluir una pregunta sobre la lengua en los futuros cen-sos, pero propusieron que se aplazara su aplicación hasta después de 1880, para dar a la opinión tiempo de calmarse. No podían haber cometido un error más espectacular al hacer su pronóstico.
Sucede también que, por regla general, en este período las naciones y los naciona-lismos no eran problemas interiores importantes para las entidades políticas que habí-an alcanzado la condición de "estados-nación", por heterogéneas que fuesen compa-radas con las pautas modernas, aunque causaban grandes molestias a los imperios no nacionales que no fueran clasificables (anacrónicamente) como "multinacionales". Ninguno de los estados europeos situados al oeste del Rin se encontraba aún ante complicaciones serias en este sentido, exceptuando Gran Bretaña a causa de los irlan-deses, esa anomalía permanente. Con esto no quiero decir que los políticos no se per-cataran de la existencia de los catalanes o los vascos, los bretones o los flamencos, los escoceses y los galeses, pero los veían principalmente como factores que añadían o restaban vigor a alguna fuerza política de alcance nacional. Los escoceses y los gale-ses funcionaban a modo de refuerzos del liberalismo; los bretones y los flamencos, del catolicismo tradicionalista. Por supuesto, los sistemas políticos de los estados-nación seguían beneficiándose de la falta de democracia electoral, que en el futuro perjudica-ría la teoría y la práctica liberales de la nación, como perjudicaría tantas otras cosas del liberalismo decimonónico.
Quizá por esto la era liberal produjo poca literatura teórica que se ocupara en serio del nacionalismo y esa poca tiene un aire superficial. Observadores como Mill y Renan se mostraron bastante ecuánimes al tratar de los elementos que constituían el "senti-miento nacional" -la etnicidad-, a pesar de la preocupación apasionada de los Victo-rianos por la "raza" -la lengua, la religión, el territorio, la historia, la cultura y el re-sto- porque, desde el punto de vista político, no importaba mucho, todavía, que a uno de estos elementos, el que fuera, se le considerase más importante que el resto. Pero a partir del decenio de 1880 el debate en tomo a "la cuestión nacional" se vuelve serio e intenso, especialmente entre los socialistas, porque el atractivo político de las con-signas nacionales para las masas de votantes reales o en potencia o los partidarios de movimientos políticos de masas era un asunto de verdadero interés práctico. Y el deba-te en tomo a cuestiones tales como los criterios teóricos de la condición de nación se hizo apasionado, toda vez que ahora se creía que cualquier respuesta dada llevaba implícita una forma concreta de estrategia, lucha y programa políticos. La cuestión te-nía importancia, no sólo para los gobiernos que hacían frente a varias clases de agita-ción o exigencia nacional, sino también para los partidos políticos que pretendían movi-lizar al electorado basándose en llamamientos nacionales, no nacionales o de alternati-va nacional. Para los socialistas de la Europa central y la Europa oriental la base teóri-ca sobre la cual se definían la nación y su futuro tenía mucha importancia. Marx y En-gels, al igual que Mill y Renan, habían considerado que estas cuestiones eran margina-les. En la segunda internacional estos debates ocuparon un lugar central, y una conste-lación de figuras eminentes, o figuras con un futuro eminente, aportaron a ellos escritos importantes: Kautsky, Luxemburg, Bauer, Lenin y Stalin. Pero aunque tales cuestiones interesaban a los teóricos marxistas, también revestía gran importancia práctica para, pongamos por caso, los croatas y los serbios, los macedonios y los búlgaros, la defini-ción que se hiciera de los eslavos meridionales.
El "principio de nacionalidad" que debatían los diplomáticos y que cambió el mapa de Europa en el período que va de 1830 a 1878 era, pues, diferente del fenómeno polí-tico del nacionalismo que fue haciéndose cada vez más central en la era de la demo-cratización y la política de masas de Europa. En tiempos de Mazzini no importaba que para el grueso de los italianos el Risorgimento no existiera, tal como reconoció Massi-mo d'Azeglio en la famosa frase: "Hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer los italianos". Ni siquiera importaba a los que consideraban "la cuestión polaca" que probablemente la mayoría de los campesinos de habla polaca (por no citar el tercio de la población de la antigua Rzecspopolita de antes de 1772 que hablaba otros idiomas) todavía no se sintieran nacionalistas polacos; como el futuro liberador de Polonia, el coronel Pilsudski, reconoció en su frase: "Es el estado el que hace la nación y no la nación el estado". Pero después de 1880 fue cobrando importancia lo que los hom-bres y las mujeres normales y corrientes sentían en relación con la nacionalidad. Por lo tanto, es importante considerar los sentimientos y las actitudes entre personas prein-dustriales de esta clase, sobre las que podía edificarse el novedoso atractivo del nacio-nalismo político. A ello se dedicará el capítulo siguiente.